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Santoral de Monòver Punto ComSantoral de Monòver Punto ComSantoral del 10 de enero:

Nicanor, mártir - Agatón, Marciano, presbíteros - Aldo, Gonzalo, confesores - Guillermo (Willian, Billy), Juan el Bueno, Patrocinio y Domiciano, obispos - Pedro Urseolo, monje - Leonia Francisca de Sales Aviat, beata

SANTORAL                  VIDAS DE SANTOS


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Nicanor (Nicandro)

     San Nicanor debe su prestigio en el santoral, al hecho de que fue uno de los siete primeros diáconos de la Iglesia de Jerusalén, que nombraron los apóstoles para atender a la multitud de pobres y enfermos que acudían a ellos en busca de auxilio. Ésta fue precisamente la actividad de los cristianos que más los distinguió de los paganos y de los judíos, y que fue el mayor argumento de convicción para cuantos lo veían. Nicanor, bajo la dirección de san Esteban protodiácono y protomártir, tenía que distribuir entre los pobres los bienes y el dinero que tan generosamente aportaban sin cesar las familias más acomodadas que se iban convirtiendo ante aquel inaudito espectáculo de caridad cristiana. Cuenta la tradición que tan pronto como pudo dejar su labor de diaconado en buenas manos, fue enviado por los apóstoles a evangelizar Chipre. Continuó en la isla predicando y practicando la caridad, por lo que las conversiones eran incontables. Dicen los hagiógrafos que hacía cundir milagrosamente los recursos que le confiaban. Murió el año 76, víctima de las primeras persecuciones. Su fiesta se celebra el 10 de enero. Se puede celebrar también esta onomástica el 4 de junio, en que se conmemora san Nicanor mártir.

Gonzalo de Amarante,
confesor († a. 1260)

     Tagilde, del obispado de Braga, es el pueblo portugués que le vio nacer. Por la discreción que desde pequeño demostró el Arzobispo de Braga lo toma bajo su techo preparándolo para el sacerdocio. Luego le encomienda la Abadía de San Pelayo por sus cualidades. Es muy responsable y celoso de sus ovejas a las que acerca a Jesucristo más con las obras que con los sermones, por ello adopta unas ropas de mendigo y, arreciando en la penitencia, da en limosna a los pobres cuanto le llega.

     Como tiene un deseo vivo de visitar los Santos Lugares, deja a un sobrino el cuidado de la Abadía y comienza su soñada peregrinación. Lleno de agradecimiento y con muchas lágrimas de pesar, Gonzalo contempla con admiración, mira piadoso, besa con cariño y venera con respeto lo que para la fe son monumentos. De hecho, el tiempo pasa insensible en su embeleso.

     A los catorce años regresa para cuidar a sus ovejas. Ha sido muy larga la ausencia. La Abadía ha cambiado. El pastor se ha hecho lobo. Ha abandonado el cuidado y se ha dedicado al despojo. Entre comilonas, cacerías, vicios y vanidades se ha convertido de servidor en dueño. Como tantos. No obedece los requerimientos del tío y hasta lo echa con amenazas violentas, maltratándolo físicamente. Ya intentó antes demostrar su muerte para asegurarse el puesto.

     El legítimo abad, aprendió mucho en Palestina. Se retira humillado y vencido. Recorre los alrededores y predica feliz el Evangelio; construye una pequeña ermita y se convierte en ermitaño orante solitario, predicador y consejero por los alrededores de Tamaca.

     La Virgen le lleva a pasar una noche en el monasterio de Vimaro, de los dominicos. Allí es aceptado como religioso, recibe los hábitos, hace sus votos y edifica a todos con su piedad, mortificación y santidad.

     Con la autorización del prelado, vuelve al oratorio de Amarante donde se entrega sin límites a la oración, penitencia y apostolado hasta el fin de su vida quemada en amor a Dios y en bien de los hermanos. Contrajo un gravísima enfermedad y se dispuso a morir como los mejores discípulos del Señor. Muere en manos de la Virgen el 10 de enero de 1260.

     Aparte quedan los "adornos". A la escueta y noble figura del santo la piedad, el cariño o la fantasía añadió notas poco probables, nada necesarias e imposibles de comprobar por la ciencia histórica, pero que embellecían de modo maravilloso y sobrenatural, como aureola, la grandeza de un hombre fiel. Fue el tiempo quien añadió los guiños que hacía a Jesús crucificado mientras mamaba los pechos de su ama de leche cuando era bebé; como las repetidas, frecuentes y casi continuas apariciones de la Virgen; y como el que los peces del río saltaban a la orilla ofreciéndose como vianda para quien predicaba a Jesucristo. (Archidiócesis de Madrid)

San Pedro de Orséolo (928-987)

     Miembro de una rica familia veneciana, era un buen soldado, capitán de flotas guerreras y vencedor de piratas, cuando se acerca el fin del primer milenio y Venecia va a iniciar su época más gloriosa de poderío y fastuosidad. Posiblemente, también activo conspirador en tiempos del dux Pedro IV Candiano, quien perecerá en una revuelta cuando intentaba proclamarse rey.

     Le sucede como dux este Pedro del que ahora se trata, del clan de los Orseoli, y durante unos años se le juzga excelente gobernante que pone orden en la ciudad. Sabemos de él que tenía una esposa y un hijo, y que era hombre justo y muy piadoso, con buena fama entre los venecianos.

     Hasta que un día de septiembre de 978, sin avisar a nadie, sin prevenir siquiera a los suyos, renuncia a todos los honores y a la fortuna, sale de Venecia ocultamente y marcha peregrinando a un monasterio del Pirineo rosellonés, San Miguel de Cuxá, donde se hace monje benedictino.

     No le bastará una decisión tan radical, y al cabo de unos años elige una vida aún más solitaria, será ermitaño cerca del monasterio, hasta que muere en olor de santidad, florecen los milagros que la confirman y siglos después le canoniza la Iglesia.

     La santidad es siempre un itinerario de la dispersión a la unidad, del mundo a Dios, y en este caso de san Pedro de Orséolo se representa desde el balcón del Adriático y sus palacios de Venecia a un rinconcito de los Pirineos, a una celda desnuda, y por fin a una simple ermita en la montaña. Desde la grandeza aparente a la invisible, así se traza el camino de santo dux. (Diócesis de Tuy).

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