Gonzalo de Amarante,
confesor († a. 1260)
Tagilde, del
obispado de Braga, es el pueblo portugués que le vio nacer. Por
la discreción que desde pequeño demostró el Arzobispo de Braga lo
toma bajo su techo preparándolo para el sacerdocio. Luego le
encomienda la Abadía de San Pelayo por sus cualidades. Es muy
responsable y celoso de sus ovejas a las que acerca a Jesucristo
más con las obras que con los sermones, por ello adopta unas
ropas de mendigo y, arreciando en la penitencia, da en limosna a
los pobres cuanto le llega.
Como tiene un deseo vivo de visitar los Santos Lugares, deja a
un sobrino el cuidado de la Abadía y comienza su soñada
peregrinación. Lleno de agradecimiento y con muchas lágrimas de
pesar, Gonzalo contempla con admiración, mira piadoso, besa con
cariño y venera con respeto lo que para la fe son monumentos. De
hecho, el tiempo pasa insensible en su embeleso.
A los catorce años regresa para cuidar a sus ovejas. Ha sido
muy larga la ausencia. La Abadía ha cambiado. El pastor se ha
hecho lobo. Ha abandonado el cuidado y se ha dedicado al despojo.
Entre comilonas, cacerías, vicios y vanidades se ha convertido de
servidor en dueño. Como tantos. No obedece los requerimientos del
tío y hasta lo echa con amenazas violentas, maltratándolo
físicamente. Ya intentó antes demostrar su muerte para asegurarse
el puesto.
El legítimo abad, aprendió mucho en Palestina. Se retira
humillado y vencido. Recorre los alrededores y predica feliz el
Evangelio; construye una pequeña ermita y se convierte en
ermitaño orante solitario, predicador y consejero por los
alrededores de Tamaca.
La Virgen le lleva a pasar una noche en el monasterio de
Vimaro, de los dominicos. Allí es aceptado como religioso, recibe
los hábitos, hace sus votos y edifica a todos con su piedad,
mortificación y santidad.
Con la autorización del prelado, vuelve al oratorio de
Amarante donde se entrega sin límites a la oración, penitencia y
apostolado hasta el fin de su vida quemada en amor a Dios y en
bien de los hermanos. Contrajo un gravísima enfermedad y se
dispuso a morir como los mejores discípulos del Señor. Muere en
manos de la Virgen el 10 de enero de 1260.
Aparte quedan los "adornos". A la escueta y noble figura del
santo la piedad, el cariño o la fantasía añadió notas poco
probables, nada necesarias e imposibles de comprobar por la
ciencia histórica, pero que embellecían de modo maravilloso y
sobrenatural, como aureola, la grandeza de un hombre fiel. Fue el
tiempo quien añadió los guiños que hacía a Jesús crucificado
mientras mamaba los pechos de su ama de leche cuando era bebé;
como las repetidas, frecuentes y casi continuas apariciones de la
Virgen; y como el que los peces del río saltaban a la orilla
ofreciéndose como vianda para quien predicaba a Jesucristo
Texto:
Archidiócesis de Madrid
SAN
PEDRO DE ORSÉOLO (928-987)
Miembro
de una rica familia veneciana, era un buen soldado, capitán de
flotas guerreras y vencedor de piratas, cuando se acerca el fin
del primer milenio y Venecia va a iniciar su época más gloriosa
de poderío y fastuosidad. Posiblemente, también activo
conspirador en tiempos del dux Pedro IV Candiano, quien perecerá
en una revuelta cuando intentaba proclamarse rey.
Le sucede como dux este Pedro del que ahora se trata, del clan de
los Orseoli, y durante unos años se le juzga excelente gobernante
que pone orden en la ciudad. Sabemos de él que tenía una esposa y
un hijo, y que era hombre justo y muy piadoso, con buena fama
entre los venecianos.
Hasta que un día de septiembre de 978, sin avisar a nadie, sin
prevenir siquiera a los suyos, renuncia a todos los honores y a
la fortuna, sale de Venecia ocultamente y marcha peregrinando a
un monasterio del Pirineo rosellonés, San Miguel de Cuxá, donde
se hace monje benedictino.
No le bastará una decisión tan radical, y al cabo de unos años
elige una vida aún más solitaria, será ermitaño cerca del
monasterio, hasta que muere en olor de santidad, florecen los
milagros que la confirman y siglos después le canoniza la
Iglesia.
La santidad es siempre un itinerario de la dispersión a la
unidad, del mundo a Dios, y en este caso de san Pedro de Orséolo
se representa desde el balcón del Adriático y sus palacios de
Venecia a un rinconcito de los Pirineos, a una celda desnuda, y
por fin a una simple ermita en la montaña. Desde la grandeza
aparente a la invisible, así se traza el camino de santo dux
Texto:
Diócesis de Tuy -
SANTORAL