Apolonia, virgen y mártir (†
c.a. 249)
Sucedió en tiempos del emperador Felipe que es
una época suave en la práctica de la fe cristiana. El lugar de
los acontecimientos es Alejandría y por el año 248, previo a la
persecución de Decio.
Sale a la calle un poeta con aires de profeta de
males futuros; practicaba la magia, según se dice; va por las
vías y plazas alejandrinas publicando, como agorero de males, las
catástrofes y calamidades que van a sobrevenir a la ciudad si no
se extermina de ella a los cristianos. No se sabe qué cosas
dieron motivo para predecir esos tiempos aciagos, pero la
verborrea produjo su efecto. El obispo Dionisio Alejandrino es el
que relata el comienzo de la persecución. Tomaron violentamente
al anciano Metro, sin respetar sus canas; le exigen blasfemias
contra Jesucristo, se desalientan con su firmeza y acaban
moliéndolo a palos y lapidándolo a las afueras de la ciudad.
Luego van a por la matrona Cointa que es atada, arrastrada y
también muerta a pedradas. Ahora la ciudad parece en estado de
guerra; han crecido los tumultos; la gente va loca asaltando las
casas donde puede haber cristianos. Se multiplican los incendios,
los saqueos y la destrucción.
En Alejandría vive una cristiana bautizada desde
pequeña y educada en la fe por sus padres; en los tiempos de su
juventud decidió la renuncia voluntaria al matrimonio para dar su
vida entera a Jesús. Se llama Apolonia y ya es entrada en años;
los que la conocen saben mucho de sus obras de caridad, de su
sólida virtud y de su retiro en oración; incluso presta ayuda a
la iglesia local como diaconisa, según se estila en la
antigüedad. Las hordas incontroladas la secuestran y pretenden
obligarla a blasfemar contra Jesucristo. Como nada sale de su
boca, con una piedra le destrozan los dientes. Después la llevan
fuera de la ciudad amenazándola con arrojarla a una hoguera, si
no apostata. Pide un tiempo para reflexionar. Se abisma en
oración. Luego, ella misma es la que, con desprecio a la vida que
sin Dios no vale, con paso decidido, pasa ante sus asombrados
verdugos y entra en las llamas donde murió.
Los cristianos recogieron de entre las cenizas lo
poco que quedó de sus despojos. Los dientes fueron recogidos como
reliquias que distribuyeron por las iglesias.
Su representación iconográfica posterior la
presenta sufriendo martirio de manos de un sayón que tiene una
gran piedra en la mano para impartir el golpe que le destrozó la
boca. Por eso es abogada contra los males de dientes y muelas.
También a nosotros nos asombra la decisión de
santa Apolonia por parecerse a al suicidio. Algún magnánimo
escritor habla de que «eso sólo es lícito hacerlo bajo una
inspiración de Dios». Desde luego es susceptible de más de una
glosa. Sólo que los santos, tan extremosamente llenos de Dios,
adoptan en ocasiones actitudes inverosímiles y desconcertantes
bajo el aguijón del Amor y ¡quien sabe si esas son «locuras» sólo
para quien no tiene tanto amor! Al fin y al cabo, cada santo es
el misterio de responder sin cuento a Dios
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL