Severino, abad († 484)
Vivió y sufrió las alegrías y sobre todo los temores de la
iglesia de su tiempo. En su época, el anticristo se llamaba Atila.
Se desconocen sus orígenes, familia, edad y lugar
de nacimiento. La única fuente de conocimientos de su pintoresca
vida es Vita Sancti Severini, la escrita por su discípulo
Eugipio.
Severino aparece en la provincia romana del
Nórico -entre las actuales Baviera y Hungría- cuando esta región
sufría conmovida las terribles embestidas de las invasiones de
los pueblos bárbaros y se hace débil la resistencia del Roma. Son
aluviones de gente extraña y de costumbres violentas que siembran
desolación, ruina y matanzas. Era Asia que quería los tesoros, el
poder, la ciencia y la influencia de la Europa culta. En este
escenario de crueldad y miedo Severino es el monje que lleva una
vida pobre, sencilla, pacífica y casta. Y lo más admirable es que
las hordas de los grupos guerreros no le impidieron el ejercicio
de la predicación cristiana, ni la frenaron en la caridad.
El tono de su apostolado es la continua,
exigente, repetitiva y apocalíptica llamada a la conversión y a
la penitencia. Descubre y expone un nexo entre las calamidades
presentes y la justicia vindicativa de Dios, en los estertores
del corrompido Imperio.
A orillas del Danubio, la ciudad de Astura es la
primera que escucha los tonos duros de su llamada a la conversión
para desarmar la ira de Dios. Luego es en Cumana, otra plaza
fuerte. Después, Fabiena. Es preciso cambiar de vida para que no
se produzca la ruina próxima inminente. En algunos casos, la
insistencia del santo es inútil; cuando la gente sigue apegada a
su vida, sus vicios, sus negocios y sus cuentos el mal anunciado
y previsto se produce. Al vestirse de sayal, como en la antigua
Nínive, presagiando conversión y penitencia, muestra poder hasta
con los elementos: terremotos que ahuyentan ejércitos y deshielos
que facilitan abastecer a ciudades hambrientas.
Deseoso de la soledad monacal, pasa la vida en
olor de multitudes. Por aquellas llanuras heladas, se le ve con
los pies descalzos, penitente, ayunando, consolando y sanando
enfermos siempre a cambio de conversión y penitencia; es
respetado por romanos y por los bárbaros arrianos que ven en su
figura a un santo de cuerpo entero. Y hasta funda monasterios.
Murió en su monasterio de Fabiena -la actual
Instadt- el 8 de enero del año 482. Desde este año los hielos del
Danubio le echaron de menos.
Quizá los duros modos que adoptó para predicar el
Evangelio estuvo acorde con la dureza de los tiempos
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL