Regina (s. III),
virgen y mártir
Los niños piden -al menos así lo
hacían en tiempos pasados- a los mayores que les
cuenten un cuento a la hora de dormir. La
condescendencia de los que les quieren, procurando
su bien dormir, les lleva a ilustrar su imaginación
con historias que unas veces son sólo producto del
genio humano y otras... adornan la verdad de hechos
ocurridos en la ordinariez de la vida con
amplificaciones que hacen fantástica, amable y
hasta apasionante la historia real. No sé si la
historia de Regina servirá para rellenar esos
momentos previos al descanso nocturno de los
pequeños, pero no me cabe duda de que sí servirán a
los adultos para que detengamos un momento nuestro
ardoroso caminar.
Regina es palabra latina que se
vierte al castellano por Reina. Así se llamaba
nuestra protagonista de hoy. Fue una francesita
hija de padre romano y de madre gala. Era el tiempo
del Imperio. Cuando tenía quince años conoció a
Cristo y le entregó su corazón, se bautizó y
decidió darle para siempre su virginidad.
Es hermosa en demasía. El prefecto
romano se enamoró de ella al verla. En su
presencia, Regina confiesa su fe.
Desde este momento comienzan las
dificultades para la fidelidad. Fue puesta en la
cárcel y con una amenaza: al regreso del prefecto,
que necesariamente ha de ausentarse, ella debe
haber cambiado de religión o conocerá el furor
romano.
Sucede a la vuelta del personaje lo
previsible con la gracia de Dios. Ella se niega a
sacrificar a los ídolos, llegan las torturas, los
hierros arañan y cortan su carne. También hay
prodigios del Cielo: se producen terremotos, se
oyen voces celestiales... hasta una paloma se
acerca para consolarla, darle ánimos y curarla.
El ejemplo es tan llamativo que la
gente se convierte a centenares. Por fin, es
degollada.
La candidez de la historia narrada,
pletórica de elementos hiperbólicos y de adornos
donados por la fantasía, expone un drama común y
diario de mucha gente que bien merece la atención y
el mimo del poeta, me refiero a todos esos que
están dispuestos en serio a dar la vida por la fe
que tienen y, llegado el momento, darla