Teodoro de Heraclea, mártir (†
c.a. 319)
Uno de los mártires orientales provenientes del
mundo de la milicia. Fue capitán de soldados. Hizo honor a su
nombre -Teodoro es Adorador de Dios- con el testimonio de
su sangre derramada. Ejerce el mando en tiempos del emperador
Licinio. Murió mártir, en Heraclea, por el año 319, defendiendo
la fe y sabiendo anteponer a su lealtad de soldado la
preeminencia de obedecer a Dios.
El resto es otro cantar. Muchos consideran los
relatos como producto de la fábula que se hace en torno a su
persona y a su entrega; puede que tengan razón. Siendo sinceros,
también nosotros encontramos dificultades para aceptar el relato
tal cual nos lo entrega el tiempo sin pasarlo por la criba de la
historia que lo purifique. Muy probablemente hay elementos del
relato bordados en el telar de la leyenda.
Porque dicen que pasaba su valiente vida librando
las tierras de alimañas, monstruos y dragones. Y donde se resalta
su condición de hombre de fe es en una de las caminatas que hacía
el emperador visitando el imperio, revisando sus fuerzas
militares y comprobando el estado de las posiciones. En esta
ocasión, lleva consigo todas las imágenes idolátricas de los
dioses romanos. Son ricas y minuciosamente trabajadas por los
artistas palatinos. Quiere donarlas a sus tropas para que le
sirvan de protección en las campañas.
El capitán Teodoro hace los honores del
recibimiento. Luego, de modo ingenuo y servicial, pide permiso al
emperador para que las estatuas de los dioses paganos sean
depositadas en las dependencias de su casa con el pretexto de
custodiarlas y perfumarlas. Así -asegura con pillería- estarán
más vistosas a la hora de ser presentadas al gran público. Y lo
más ocurrente que resuelve es destruir las imágenes de los dioses
falsos, obtener el oro que las recubre y posteriormente donarlo a
los pobres para que remedien sus miserias.
¡Claro que con su actuación alegre y decidida da
un testimonio de dónde tiene puestos sus valores y de en quién
tiene depositada su fe! Pero le valió el martirio por degüello
precedido de incontables tormentos que ya están previstos en los
relatos de las actas martiriales tardías. Sí, se habla de sus
muchas heridas sanadas por ángeles y de conversiones
multitudinarias de testigos presenciales al comprobar su firmeza
hasta el último momento de su muerte.
En el cielo nos encontraremos con Teodoro, el
capitán de Heraclea y, si lo cree oportuno, nos contará la verdad
de lo que pasó. No deja por ello de animar nuestra existencia
conocer lo que los ancestros dijeron de este intrépido santo
soldado pícaro, queriendo personificar en él que la fe no está
reñida con el sentido práctico y que la valentía profesional debe
acompañar a la fortaleza que da la entrega a Dios
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL