Epifanía del SeñorCon los pastores pasó hace unos días
un acontecimiento extraño que resultó bien. Cuidaban sus rebaños
cumpliendo su rudo oficio cuando vieron una tan extraña como
clara visión de ángeles que les decían cosas al principio
incomprensibles y al poco rato comprobadas. Sí, allí, en un
casuco, estaba el Niño del que se les habló, con su madre y un
varón. Hicieron lo que pudieron en su tosquedad y carencia según
mandaban las circunstancias. Como les habían asegurado que era la
"Luz que iluminaba al pueblo que habitaba en sombras de muerte",
de lo que tenían dieron para ayudar y para quedar bien con
aquella familia que al parecer era más pobre que ellos. No les
costó trabajo aceptar el milagro que era tan claro. Lo dijeron
los ángeles, pues... tenían razón.
Vinieron unos Reyes. Fueron los últimos en llegar a ver a
aquel Niño y si se entretienen un poco más..., pues ¡que no lo
encuentran! Viajaron mucho por los caminos del mundo. Venían
desde muy lejos. Pasaron miedo, frío y calor. Hasta estuvieron
perdidos pero, preguntando e inquiriendo, sacaron fruto de su
investigación. Aquello fue un consuelo porque tuvieron susto de
haber perdido el tiempo y tener que regresar a los comienzos con
el fracaso en sus reales frentes. Pero no, sabían que aquella
estrella era capaz de llevarles adonde estaba Dios. También las
circunstancias mandaban y adoraron y ¡cómo no! ofrecieron dones
al Niño-Creador.
Los dos son caminos, la fe y la razón. Uno es sencillo, basta
con que hable Dios. El otro es costoso, búsqueda constante y
sincera con peligros de equivocación. La Verdad está en su sitio.
Sencillez es condición. Los pastores la aprehenden y los sabios
la descubren. Entrambos la sirven y entrambos son de Dios
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL