Santos:
VIDAS DE SANTOS
Froilán, Gala, Apolinar,
Atilano, Diviciano, Marcelino, obispos; Astiero, Aurea, confesores; Plácido, Eutiquio, Victorino, Donato,
Firmato, Flaviana, Palmacio, Caritina, mártires; Mauro, Plácido, monjes

Froilán de León (833-905)
y Atilano de Zamora (c. 850-919)
Son hombres que la gracia de Dios forja en la España medieval en el
difícil siglo IX. A los cristianos les amenaza el aniquilamiento del que
se librarán con la reconquista del suelo patrio de manos de los árabes y
con la inmensa obra de colonización siguiente. Cada palmo yermo había que
labrarlo y roturarlo. A los hombres y mujeres habrá que infundirles el
espíritu, el carácter, la cultura y la pasión de la España cristiana que
estaba renaciendo con sello nuevo tras los montes cántabros.
San Froilán (833-905)
Froilán. Un contemporáneo cuyo nombre desconocemos escribió su
biografía. El diácono Juan la copió, en el 920, a 15 años de su muerte.
Depurada de adherencias legendarias comunes a los relatos de las vidas de
santos del medievo, se sabe que nace en el 833 en Lugo. Se prepara para
el sacerdocio según los usos del momento. Su vida espiritual hace crisis:
¿pastoral activa o eremita? Decide la segunda. Mientras goza de su paz,
estalla la persecución en la España musulmana contra los cristianos. Era
el año 850 y Córdoba engrosa su martirologio. Siente en sus venas la
necesidad de hacer algo y se pregunta si deberá permanecer por más tiempo
en la soledad de los montes ante la nueva situación. Conocido el querer
de Dios, se lanza a predicar por los poblados y ciudades.
San Atilano (850-919)
Pocos datos, y algunos improbables. Pero los ciertos bastan para
destacar la personalidad eminente de uno de los obispos españoles de los
difíciles años de la Reconquista.
Nace en Tarazona hacia el 850, familia noble. A 15 años está ya en el
monasterio. Ordenado sacerdote y dedicado a la pastoral activa, destaca
como predicador. Sin embargo, Atilano anhela la vida solitaria de oración
y penitencia. Para eso busca un maestro experimentado que es ardua tarea
en el siglo IX ya que, por testimonio de Odilón de Samos que inspeccionó
por mandato de Ordoño I la vida eremítica en Galicia, se sabe que había
de todo entre los solitarios, incluso eremitas que hacían de espías para
el mejor postor. Acertó en la elección: Un monje predicador y al mismo
tiempo solitario llamado Froilán, que no era sacerdote, ni amigo de
honores y alabanzas.
Ambos se apartan en la montaña del norte de León, cerca de Valdorria y
ya estarán juntos siempre... hasta que sean obispos. Con ansias de
soledad que pocas veces pudieron disfrutar.
Su fama de santidad y el rumor extendido en la comarca hace que
hombres y mujeres de todas partes acudan a la zona del Curueño para
escuchar de ellos la Palabra divina.
Por las peticiones insistentes de las gentes del pueblo, se ven
obligados a levantar un monasterio en Veseo que llegó a contar en la
época de los santos hasta 300 monjes que seguirán la regla de San
Fructuoso o San Isidoro.
Fama que llega a toda España. La corte de Oviedo, Alfonso III el Magno
colma de honores al abad Froilán y le faculta para construir monasterios
en su reino. Era la hora de impulsar la labor colonizadora soñada. Las
fronteras del reino astur-leonés llegaban hasta la línea del Duero.
Zamora, Toro y Simancas son fortalezas que vigilan los posibles asaltos
árabes al reino cristiano. Las tierras fronterizas a ambos lados del río
estaban despobladas y devastadas por los reyes asturianos. Lo exigía así
la táctica militar. Pero había que ir empujando la frontera más abajo y
en la zona del Duero era preciso levantar los poblados destruidos y
explotar las tierras abandonadas. Esta preocupación regia hermanaba con
el deseo evangelizador de Friolán y Atilano: los monasterios podrían ser
la fuerza cohesiva capaz para la colonización. El monasterio había de ser
una organización a cuyo amparo se acogieran las gentes, enseñaran las
artes de la paz e infundiera el espíritu de cruzada en la guerra de
reconquista.
Cuando se asientan las posiciones fronterizas por la derrota de
Almondhir, cerca de Benavente o de Zamora, se comienza su reedificación y
repoblación. Los santos Froilán y Atilano fundan el monasterio doble de
San Salvador de Tábara, que llega a reunir hasta 600 religiosos, hombres
y mujeres, con separación completa, sometidos a severa disciplina.
Esto facilita la labor colonizadora y cultural, además de religiosa.
Los campos se roturan y cultivan al abrigo del monasterio donde se alaba
a Dios, se reza, se estudia, se copian libros hasta llegar a ser en siglo
X, el más refinado escritorio. Allí ejercen los arquitectos,
pergamineros, pintores, miniaturistas que elevan el alma, y se
desarrollan los oficios y el arte.
Y a orillas del Esla fundan otros pequeños cenobios.
Culminan sus fundaciones en Moreruela. Se levanta allí un gran
monasterio, en lugar alto y ameno, que alberga a 200 monjes. Luego será
enriquecido con privilegios por Alfonso VII, Fernando II, y el Papa
Alejandro III y, ya en el siglo XII, cuna del Císter en España. Son
contemplativos al tiempo que poseen un dinamismo emprendedor. Fueron
consagrados Obispos el mismo día de Pentecostés del año 900. El abad,
Froilán, será obispo de León hasta su muerte, en el 905; el prior,
Atilano, será el obispo de la repoblada Zamora, gobernándola con
sabiduría y bondad hasta el cinco de octubre del 919, que fue su muerte
Texto: Archidiócesis de
Madrid