Sabas, anacoreta
(439-531)
Su vida comienza en el año 439
al nacer en Mutalasca, en la Capadocia. Tuvieron que cuidarlo sus
tíos maternos y paternos cuando los deberes militares requieren
la presencia de su padre en Alejandría. Desde muy pequeño
advierte los afanes desmedidos de los mayores que pelean entre sí
por los beneficios que esperan conseguir de la administración de
los bienes que a él pertenecen.
Es admitido en el monasterio
de Flaviano donde recibe educación. Allí crece en ciencia y en
virtud, conoce es estilo de vida de los monjes, se empapa de su
modo de vivir que le embelesa y, al tener edad, pide la admisión
en el monasterio con dieciocho años.
Con el permiso de su abad, en
el 457, marcha a los Santos Lugares y conoce los desiertos de
Palestina. Pasa el invierno en el monasterio de Pasarion. Se
consolida en él el amor al silencio y a la austeridad y por ello
pasa al monasterio de Eutimio, próximo a Jerusalén, y luego a
otro dirigido por Teoctisto donde hay una estricta observancia y
disciplina.
Su vida cobra verdadera
dimensión de anacoreta en el apartamiento de todo y de todos en
su gruta. Allí consume el tiempo con la oración abundante, la
penitencia recia y el trabajo de hacer cestillos que lleva al
monasterio cada sábado regresando con palmas para reanudar su
trabajo. San Eutimio lo nombrará como "el joven viejo"
para expresar en una frase su madurez y profundidad al tiempo que
su ímpetu y fortaleza. Y lo conoce bien porque cada 14 de enero
salen juntos al desierto de Rufan donde se dedican a una
inclemente penitencia hasta el domingo de Ramos, considerando que
este era el desierto donde Jesús vivió su cuarentena después de
su bautismo en el Jordán.
Nota relajo en el monasterio
de Teoctisto y marcha al desierto del Jordán donde en su cueva ha
de luchar contra el demonio enrabietado que le declara una guerra
sangrienta: visiones, fantasmas, aullidos e insultos que él
combate con más oración y más penitencia.
Conocida su residencia y
santidad acuden los fieles del lugar, con la intención de recibir
instrucción y aprender de su penitencia. Es preciso entonces
hacer cobertizos y bendecir un altar donde puedan decir Misa los
presbíteros del lugar. Ni él se juzgó con suficiente virtud ni
dignidad para ser sacerdote y afirmó que de ellas carecían
algunos de sus discípulos. Esto le granjeó dificultades que
llegan en forma de denuncia por enfermizo escrupuloso y odiosa
rigidez hasta Salustio, Patriarca de Jerusalén, que termina por
conferirle las Ordenes Sagradas delante de sus acusadores y
dándoselo como superior.
Acuden a él fieles de todas
partes; con frecuencia, también presbíteros y obispos. Corre por
el mundo cristiano el nombre de Sabas.
Es la hora de hacer más
monasterios. Se impone la construcción de un hospital donde
puedan ser atendidos los peregrinos enfermos y, además, se
precisa un amplio local independiente para formar debidamente a
los novicios, separados de los viejos. Cada vez son más los que
buscan su guía.
El Patriarca de Jerusalén lo
nombra exarca de todos los monjes, eremitas y anacoretas del
desierto.
Ya nonagenario, al final de su
vida, ha de luchar contra la herejía en la Iglesia.
Además, el anciano, pobre y
enjuto monje es recibido por el mismo emperador Justiniano a
quien pide en conversación personal que se ocupe de propiciar la
defensa de la ortodoxia, de la verdadera fe. Luego marcha a su
cueva esperando el paso a la eternidad en el 531.
Fue uno de los santos más
influyentes y significativos del anacoretismo en Oriente
Texto:
Archidiócesis de Madrid