Santos:
VIDAS DE SANTOS
San Carlos Borromeo, cardenal,
Patrono de Banca y Bolsa;
Porfirio, Vidal Agrícola, mártires;
Amancio, Nicandro, Próculo, obispos;
Emerico, Filólogo, Patrobas, confesores;
Hermas, Pierio, presbíteros;
Modesta, virgen;
Juanicio, abad.
San
Carlos Borromeo, Obispo (1538-1584)
Nació el año 1538 en Arona (Italia).
Terminados sus estudios de derecho, su
tío el papa Pío IV lo nombró cardenal y le encomendó diversos
asuntos del papado.
Más tarde fue nombrado obispo de Milán
donde fue un verdadero pastor de su grey, entregándose sin
reservas a los fieles.
Cuidó con esmero a sus sacerdotes,
convocó sínodos y decretó muchas disposiciones destinadas a
poner por obra los mandatos del Concilio de Trento.
Su labor supuso una mejora de las
costumbres y un incremento de la vida cristiana en su diócesis.
Murió el día 3 de Noviembre del año 1584.
San Carlos Borromeo
Arzobispo de Milán y Cardenal
Fiesta: 4 de noviembre
Patrón de: Catequistas, Seminaristas
"Carlos" significa "hombre prudente"
Vida de San Carlos Borromeo, Resumen
San Carlos Borromeo, un
santo que tomó muy en serio las palabras de Jesús; "Quien ahorra su
vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará".
Era de familia muy rica
(los Borromeos). Su hermano mayor, a quien correspondía la mayor
parte de la herencia, murió repentinamente al caer de un caballo. El
consideró la muerte de su hermano como un aviso enviado por el cielo,
para estar preparado porque el día menos pensado llega Dios por medio
de la muerte a pedirnos cuentas. Renunció a sus riquezas y fue
ordenado sacerdote y mas tarde Arzobispo de Milán. Aunque no faltan
las acusaciones de que su elección fue por nepostismo (era sobrino
del Papa), sus enormes frutos de santidad demuestran que fue una
elección del Espíritu Santo.
Como obispo, su diócesis
que reunía a los pueblos de Lombardía, Venecia, Suiza, Piamonte y
Liguria. Los atendía a todos. Su escudo llevaba una sola palabra: "Humilitas",
humildad. El, siendo noble y riquísimo, vivía cerca del pueblo,
prívandose de lujos. Fue llamado con razón "padre de los pobres"
Decía que un obispo
demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que
a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer,
en vez de tener tiempo de sobra para perder.
Para con los necesitados
era supremamente comprensivo. Para con sus colaboradores era muy
amigable y atento, pero exigente. Y para consigo mismo era
exigentísimo y severo.
Fue el primer secretario
de Estado del Vaticano (en el sentido moderno).
Fue blanco de un vil
atentado, mientras rezaba en su capilla, pero salió ileso, perdonando
generosamente al atentador.
Fundó seminarios para
formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos
unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para
organizar según ellos sus propios seminarios.
Fue amigo de San Pío V,
San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y
San Andrés Avelino y de varios santos más.
Murió joven y pobre,
habiéndo enriquecido enormemente a muchos con la gracia. ……murió
diciendo: "Ya voy, Señor, ya voy". En Milán casi nadie durmió esa
noche, ante la tremenda noticia de que su queridísimo Cardenal
arzobispo, estaba agonizando.
Vida de San Carlos Borromeo
-Fuente: Vidas de los Santos, de Butler, IV
Entre los grandes hombres
de la Iglesia que, en los días turbulentos del siglo XVI,
lucharon por llevar a cabo la verdadera reforma que tanto necesitaba
la Iglesia y trataron de suprimir, mediante la corrección de los
abusos y malas costumbres, los pretextos que aprovechaban en toda
Europa los promotores de la falsa reforma, ninguno fue, ciertamente,
más grande ni más santo que el cardenal Carlos Borromeo. Junto con
San Pío V, San Felipe Neri y San Ignacio de Loyola, es una de las
cuatro figuras más grandes de la contrareforma. Era un noble de alta
alcurnia. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, se distinguió por su
talento y sus virtudes. Su madre, Margarita, pertenecía a la noble
rama milanesa de los Médicis. Un hermano menor de su madre llegó a
ceñir la tiara pontificia con el nombre de Pío IV. Carlos era el
segundo de los varones entre los seis hijos de una familia. Nació en
el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de
1538. Desde los primeros años, dió muestras de gran seriedad y
devoción. A los doce años, recibió la tonsura, y su tío, Julio Cesar
Borromeo, le cedió la rica abadía benedictina de San Gracián y San
Felino, en Arona, que desde tiempo atrás estaba en manos de la
familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, recordó a su padre
que las rentas de ese beneficio pertenecían a los pobres y no podían
ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en
educarle para llegar a ser, un día, digno ministro de la Iglesia.
Despúes de estudiar el latín en Milán, el joven se trasladó a la
Universidad de Pavía, donde estudió bajo la dirección de Francisco
Alciati, quien más tarde sería promovido al cardenalato a petición
del santo. Carlos tenía cierta dificultad de palabra y su
inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le
consideraban como un poco lento; sin embargo, el joven hizo grandes
progresos en sus estudios. La dignidad y seriedad de su conducta
hicieron de él un modelo de los jóvenes universitarios, que tenían la
reputación de ser muy dados a los vicios. El conde Gilberto sólo daba
a su hijo una parte mínima de las rentas de su abadía y, por las
cartas de Carlos, vemos que atravesaba frecuentemente por periodos de
verdadera penuria, pues su posición le obligaba a llevar un tren de
vida de cierto lujo. A los veintidós años, cuando sus padres ya
habían muerto, obtuvo el grado de doctor. En seguida retornó a Milán,
donde recibió la noticia de que su tío el cardenal de Médicism había
sido elegido Papa en el cónclave de 1559, a raíz de la muerte de
Pablo IV.
A principio de 1560, el
nuevo Papa hizo a su sobrino cardenal diácono y, el 8 de febrero, le
nombró administrador de la sede vacante de Milán, pero, en vez de
dejarle partir, le retuvo en Roma y le confió numerosos cargos. En
efecto, Carlos fue nombrado, en rápida sucesión, legado de Bolonia,
de la Romaña y de la Marca de Ancona, así como protector de Portugal,
de los países bajos, de los cantones católicos de Suiza y además, de
las órdenes de San Francisco, del Carmelo, de los Caballeros de Malta
y otras más. Lo extraordinario es que todos esos honores y
responsabilidades recaían sobre un joven que no había cumplido aún
veintitrés años y era simplemente clérigo de órdenes menores. Es
increíble la cantidad de trabajo que san carlos podía despachar sin
apresurarse nunca, a base de una actividad regular y metódica.
Además, encontraba todavía tiempo para dedicarse a los asuntos de su
familia, para oír música y para hacer ejercicio. Era muy amante del
saber y lo promovió mucho entre el clero, para lo que fundó en el
Vaticano, con el objeto de instruir y deleitar a la corte pontificia,
una academia literaria compuesta de clérigos y laicos, algunas de
cuyas conferencias y trabajos fueron publicados entre las obras de
San Carlos con el título de Noctes Vaticanae. Por entonces,
juzgó necesario atenerse a la costumbre renacentista que obligaba a
los cardenales a tener un palacio magnífico, una servidumbre muy
numerosa, a recibir constantemente a los personajes de importancia y
a tener una mesa a la altura de las circunstancias. Pero en su
corazón, estaba profundamente desprendido de todas esas cosas. Había
logrado mortificar perfectamente sus sentidos y su actitud era
humilde y paciente. Muchas almas se convierten a Dios en la
adversidad; San Carlos tuvo el mérito de saber comprobar la vanidad
de la abundancia al vivir en ella y, gracias a eso, su corazón se
despegó cada vez más de las cosas terrenas. Había hecho todo lo
posible por preveer al gobierno de la diócesis de Milán y remediar
los desórdenes que había en ella; en este sentido, el mandato del
Papa de que se quedase en Roma le dificultó la tarea. El Venerable
Bartolomé de Martyribus, arzobispo de Braga, fue por entonces a la
ciudad Eterna y San Carlos aprovechó la oportunidad para abrir su
corazón a ese fiel siervo de Dios, a quien indicó: "Ya veis la
posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino y sobrino
predilecto de un Papa y no ignorais lo que es vivir en la corte
romana. Los peligros son inmenso. ¿Qué puedo hacer yo, joven
inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y,
con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si
sólo Dios y yo existiésemos". El arzobispo disipó las dudas del
cardenal, asegurándole que no debía soltar el arado que Dios le había
puesto en las manos para el servicio de la Iglesia, sino que debía,
más bien, tratar de gobernar personalmente su diócesis en cuanto se
le ofreciese oportunidad. Cuando San Carlos se enteró de que
Bartolomé de Martyribus había ido a Roma precisamente con el objeto
de renunciar a su arquidiócesis, le pidió explicaciones sobre el
consejo que le había dado, y el arzobispo hubo de usar de todo su
tacto en tal circunstancia.
Pío IV había anunciado
poco después de su elección que tenía la intención de volver a reunir
el Concilio de Trento, suspendido en 1552. San Carlos empleó toda su
influencia y su energía para que el Pontífice llevase a cabo su
proyecto, a pesar de que las circunstancias políticas y eclesásticas
eran muy adversas. Los esfuerzos del cardenal tuvieron éxito, y el
Concilio volvió a reunirse en enero de 1562. Durante los dos años que
duró la sesión, el santo tuvo que trabajar con la misma diplomacia y
vigilancia que había empleado para conseguir que se reuniese. Varias
veces estuvo a punto de disolverse la asamblea, dejando la obra
incompleta, pero, con su gran habilidad y con el constante apoyo que
prestó a los legados del Papa, logró que la empresa siguiese
adelante. Así pues, en las nueve reuniones generales y en las
numerosísimas reuniones particulares se aprobaron muchísimo de los
decretos dogmáticos y disciplinarios de mayor importancia. El éxito
se debió a San Carlos más que a cualquier otro de los personajes que
participaron en la asamblea, de suerte que puede decirse que él fue
director intelectual y el espíritu rector de la tercera y última
sesión del Concilio de Trento.
En el curso de las
reuniones murió el conde Federico Borromeo, con lo cual, San Carlos
quedó como jefe de su noble familia y su posición se hizo más dificil
que nunca. Muchos supusieron que iba a abandonar el estado clerical
para casarse, pero el santo ni siquiera pensó en ello. Renunció a sus
derechos en favor de su tío Julio y se ordenó sacerdote en 1563. Dos
meses más tarde, recibió la consagración episcopal, aunque no se le
permitió trasladarse a su diócesis. Además de todos sus cargos, se le
confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de
Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada;
él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la Missa
Papae Maecelli. Milán que había estado durante ochenta años sin
obispo residente, se hallaba en un estado deplorable. El vicario de
San Carlos había hecho todo lo posible por reformar la diócesis con
la ayuda de algunos jesuitas, pero sin gran éxito. Finalmente, San
Carlos consiguió permiso para reunir un concilio provicional y
visitar su diócesis. Antes de que partiese, el Papa le nombró legado
a latere para toda Italia. El pueblo de Milán le recibió con
el mayor gozo y el santo predicó en la catedral sobre el texto "Con
gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros". Diez Obispos
sufragáneos asistieron al sínodo, cuyas decisiones sobre la
observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la
diciplina y la formación del Clero, sobre la celebración de los
divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la
enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, fueron
tan atinados que el Papa escribió a San Carlos para felicitarle.
Cuando el santo se hallaba en el cumplimiento del oficio como legado
de Toscana, fue convocado a Roma para asistir a Pío IV en su lecho de
muerte, donde también le asistió San Felipe Neri. El nuevo Papa Pío
V, pidió a San Carlos que se quedase algún tiempo en Roma para
desempeñar los oficios que su predecesor le había confiado, pero el
santo aprovechó la primera oportunidad para rogar al Papa que le
dejase partir y, supo hacerlo con tal tino, que Pío V le despidió con
su bendición.
San Carlos llegó a Milán
en abril de 1556 y, en seguida empezó a trabajar enérgicamente en la
reforma de su diócesis. Su primer paso fue la organización de su
propia casa. Puesto que consideraba el episcopado como un estado de
perfección, se mostró sumamente severo consigo mismo. Sin embargo,
supo siempre aplicar la discreción a la penitencia para no
desperdiciar las fuerzas que necesitaba en el cumplimiento de su
deber, de suerte que aun en las mayores fatigas conservaba toda su
energía. Las rentas de que disfrutaba eran pingües, pero dedicaba la
mayor parte de las obras de caridad y se oponía decididamente a la
ostentación y al lujo. En cierta ocasión en que alguien ordenó que le
calentasen el lecho, el santo dijo, sonriendo: "La mejor manera de no
encontrar el lecho demasiado frío es ir a él más frío de lo que pueda
estar". Francisco Panigarola, arzobispo de Asti, dijo en la oración
fúnebre por San Carlos: "De sus rentas no empleaba para su propio uso
más que lo absolutamente indispensable. En cierta ocasión en que le
acompañé a una visita del valle de Mesolcina, que es un sitio muy
frío, le encontré por la noche estudiando, vestido únicamente con una
sotana vieja. Naturalmente le dije que, si no quería morir de frío,
tenía que cubrirse mejor y él sonrió al responderme: 'No tengo otra
sotana. Durante el día estoy obligado a vestir la púrpura
cardenalicia, pero ésta es la única sotana realmente mía y me sirve
lo mismo en el verano que en el invierno' ". Cuando San Carlos se
estableció en Milán, vendió la vajilla de plata y otros objetos
preciosos en 30,000 coronas, suma que consagró íntegramente a
socorrer a las familias necesitadas. Su limosnero tenía orden de
repartir entre los pobres 200 coronas mensuales, sin contar las
limosnas extraordinarias, que eran muy numerosas. La generosidad de
San Carlos dejó un recuerdo inperecedero. Por ejemplo, supo ayudar
tan liberalmente al Colegio Inglés de Douai, que el cardenal Allen
solía llamar a San Carlos, fundador de la institución. Por otra
parte, el santo organizó retiros para su clero. El mismo hacía los
Ejercicios Espirituales dos veces al año y tenía por regla confesarse
todos los días antes de celebrar la misa. Su confesor ordinario era
el Dr. Griffith Roberts, de la diócesis de Bangor, autor de la famosa
gramática galesa. San Carlos nombró a otro galés (el Dr. Qwen, quien
más tarde llegó a ser obispo de Calabria) vicario general de su
diócesis, y llevaba siempre consigo una imagen de San Juan Fisher.
Tenía el mayor respeto por la liturgia, de suerte que jamás decía una
oración ni administraba ningun sacramento apresuradamente, por grande
que fuese su prisa o por larga que resultase la función.
Su espíritu de oración y
su amor de Dios dejaban en los otros un gran gozo espiritual, le
ganaban los corazones, e infundían en todos el deseo de perseverar en
la virtud y de sufrir por ella. Tal fue el espíritu que San Carlos
aplicó a la reforma de su diócesis, empezando por la organización de
su propia casa. Su casa estaba compuesta de cien personas; la mayor
parte eran clérigos, a lo que el santo pagaba generosamente para
evitar que recibiesen regalos de otros. En la diócesis se conocía mal
la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas
estaban desfiguradas por la supertición y profanadas por los abusos.
Los sacramentos habían caído en el abandono, porque muchos sacerdotes
apenas sabían cómo administrarlos y eran indolentes, ignorantes y de
mala vida. Los monasterios se hallaban en el mayor desorden. Por
medio de concilios provinciales, sínodos diocesanos y múltiples
instrucciones pastorales, San Carlos aplicó progresivamente las
medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo. Aquellas
medidas fueron tan sabias, que una gran cantidad de prelados las
consideran todavía como un modelo y las estudian para aplicarlas. San
Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que
Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por
la decadencia espiritual de la Edad Media y por los exesos de los
reformadores protestantes. Empleando por una parte la ternura
paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en
práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de
personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los
obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun
a los más valientes. San Carlos tuvo que superar su propia dificultad
de palabra, a base de paciencia y atención, pues tenía un defecto en
la lengua. A este propósito, decía su amigo Aquiles Gagliardi:
"Muchas veces me he maravillado de que, aun sin poseer elocuencia
natural alguna, sin tener ningún atractivo especial en su persona,
haya conseguido obrar tales cambios en el corazón de sus oyentes.
Hablaba brevemente, con suma seriedad y apenas se poda oir su voz;
sin embargo, sus palabras producían siempre efecto". San Carlos
ordenó que se atendiese especialmente a la instrucción cristiana de
los niños. No contento con imponer a los sacerdotes la obligación de
enseñar públicamente el catecismo todos los domingos y días de
fiesta, estableció la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que llegó a
contar, según se dice, con 740 escuelas, 3.000 catequistas y 40.000
alumnos. Así pues, San Carlos fundó las "escuelas dominicales" dos
siglos antes de que Roberto Raikes las introdujese en Inglaterra para
los niños protestantes. San Carlos se valió particularmente de los
clérigos regulares de San Pablo ("barnabitas"), cuyas constituciones
él mismo había ayudado a revisar y, en 1578, fundó una congregación
de sacerdotes seculares, llamados Oblatos de San Ambrosio que, por un
voto simple de obediencia a su obispo, se ponían a disposición de
éste para que los emplease a su gusto en la obra de la salvación de
las almas. Pío XI formó parte más tarde de esa congregación, cuyos
miembros se llaman actualmente Oblatos de San Ambrosio y de San
Carlos.
Pero en todas partes se
acogió bien la obra reformadora del santo, quien en ciertos casos
tuvo que hacer frente a una oposición violenta y sin escrúpulos. En
1567, tuvo una dificultad con el senado. Ciertos laicos que llevaban
abiertamente una vida poco edificante y se negaban a prestar oídos a
las exortaciones del santo, fueron aprisionados por orden suya. El
senado amenazó, con ese motivo, a los funcionarios de la curia del
arzobispo, y el asunto llegó hasta el Papa y Felipe II de España.
Entre tanto, el alguacil episcopal fue golpeado y expulsado de la
ciudad. San Carlos, después de considerar la cosa maduramente,
excomulgó a los que habían participado en el ataque. Finalmente, el
fallo sobre este conflicto de juridicción favoreció a San Carlos, ya
que en la antigua ley un arzobispo gozaba de cierto poder ejecutivo;
pero el gobernador de Milán se negó a aceptar esa decisión. San
Carlos partió por entonces a visitar tres valles alpinos: el de
Levantina, el de Bregno y La Riviera, que los anteriores arzobispos
habían dejado completamente abandonados y donde la corrupción del
clero era todavía mayor que la de los laicos, con los resultados que
pueden imaginarse. El santo predicó y catequizó por todas partes,
destituyó a los clérigos indignos y los reemplazó por hombres capaces
de restaurar la fe y las costumbres del pueblo y de resistir a los
ataques de los protestantes zwinglianos. Pero sus enemigos de Milán
no le dejaron mucho tiempo en paz. Como la conducta de algunos de los
canónigos de la colegiata de Santa María della Scala (que pretendían
estar exentos de la jurisdicción del ordinario) no correspondiese a
su dignidad, San Carlos consultó a San Pío V, quien le contestó que
tenía derecho a visitar dicha iglesia y a tomar contra los canónigos
las medidas que juzgase necesarias. San Carlos se presentó entonces
en la iglesia a hacer la visita canónica; pero los canónigos le
dieron con la puerta en las narices y alguien hizo un disparo contra
la cruz que el santo había alzado con la mano durante el tumulto. El
senado se puso en favor de los canónigos y presentó a Felipe II de
España las más virulentas acusaciones contra el arzobispo, diciendo
que se había arrogado los derechos del rey, porque la colegiata
estaba bajo el patronato regio. Por otra parte, el gobernador de
Milán escribió al Papa, amenazando con desterrar al cardenal Borromeo
por traidor. Finalmente, el rey escribió al gobernador para que
apoyase al arzobispo y los canónigos ofrecieron resistencia algún
tiempo, pero acabaron por doblegarse.
Antes de que ese asunto
se solucionase, la vida de San Carlos corrió un peligro todavía
mayor. La orden religiosa de los humiliati, que contaba ya con muy
pocos miembros pero poseía aún muchos monasterios y tierras, se había
sometido a las medidas reformadoras del arzobispo, pero los humiliati
estaban totalmente corrompidos y su sumisión había sido aparente. En
efecto, intentaron por todos los medios conseguir que el Papa anulase
las disposiciones de San Carlos y, al fracasar sus intentos, tres
priores de la orden tramaron un complot para asesinar a San Carlos.
Un sacerdote de la orden, llamado Jerónimo Donati Farina, aceptó
hacer el intento de matar al santo por veinte monedas de oro. Se
obtuvo esa suma con la venta de los ornamentos de una iglesia. El 26
de octubre de 1569, Farina se apostó a la puerta de la capilla de la
casa de San Carlos, en tanto que éste rezaba las oraciones de la
noche con los suyos. Los presentes cantaban un himno de Orlando di
Lasso y, precisamente en el momento en que entonaban las palabras,
"Ya es tiempo de que vuelva a Aquél que me envió", el asesino
descargó su pistola contra el santo. Farina consiguió escapar en el
tumulto que se produjo, en tanto que San Carlos, pensando que estaba
herido de muerte, encomendaba su vida a Dios. En realidad la bala
sólo había tocado sus ropas y su manto cardenalicio había caído al
suelo, pero el santo estaba ileso. Después de una solemne procesión
de acción de gracias, San Carlos se retiró unos días a un monasterio
de la Cartuja para consagrar nuevamente su vida a Dios.
Al salir de su retiro,
visitó otra vez los tres valles de los Alpes y aprovechó la
oportunidad para recorrer también los cantones suizos católicos,
donde convirtió a cierto número de zwinglianos y restauró la
disciplina en los monasterios. La cosecha de aquel año se perdió y,
al siguiente, Milán atravesó por un periodo de carestía. San Carlos
pidió ayuda para procurar alimentos a los necesitados y, durante tres
meses, dió de comer diariamente a tres mil pobres con sus propias
rentas. Como había estado bastante mal de salud, los médicos le
ordenaron que modificase su régimen de vida, pero el cambio no
produjo ninguna mejoría. Después de asistir en Roma al cónclave que
eligió a Gregorio XIII, el santo volvió a su antiguo régimen y así,
pronto se recuperó. Al poco tiempo, tuvo un nuevo conflicto con el
poder civil de Milán, pues el nuevo gobernador, Don Luis de Requesens,
trató de reducir la juridicción local de la Iglesia y de poner en mal
al arzobispo con el rey. San Carlos no vaciló en excomulgar a
Requesens quien, para vengarse, envió un pelotón de soldados a
patrullar las cercanías del palacio episcopal y prohibió que las
cofradías se reuniesen cuando no estuviera presente un magistrado.
Felipe II acabó por destituir al gobernador. Pero esos triunfos
públicos no fueron, por cierto, la parte más importante del "cuidado
pastoral" que ensalza el oficio de la fiesta de San Carlos. Su tarea
principal consistió en formar un clero virtuoso y bien preparado. En
cierta ocasión en que un sacerdote ejemplar se hallaba gravemente
enfermo, las gentes comentaron que el arzobispo se preocupaba
demasiado por él. El santo respondió: "¡Bien se ve que no sabéis lo
que vale la vida de un buen sacerdote!" Ya mencionamos arriba la
fundación de los oblatos de San Ambrosio, que tanto éxito tuvieron.
Por otra parte, San Carlos reunió cinco sínodos provinciales y once
diocesanos. Era infatigable en la visita a las parroquias. Cuando uno
de sus sufragáneos le dijo que no tenía nada que hacer, el santo le
mandó una larga lista de las obligaciones episcopales, añadiendo
después de cada punto: "¿Cómo puede decir un obispo que no tiene nada
que hacer?" El santo fundó tres seminarios en la arqudiócesis de
Milán, para otros tantos tipos de jóvenes que se preparaban al
sacerdocio y exigió en todas partes que se aplicasen las
disposiciones del Concilio Tridentino acerca de la formación
sacerdotal. En 1575, fue a Roma a ganar la indulgencia del jubileo y,
al año siguiente, la instituyó en Milán. Acudieron entonces a la
ciudad grandes multitudes de peregrinos, algunos de los cuales
estaban contaminados con la peste, de suerte que la epidemia se
propagó en Milán con gran virulencia.
El gobernador y muchos de
los nobles abandonaron la ciudad. San Carlos se consagró enteramente
al cuidado de los enfermos. Como su clero no fuese suficientemente
numeroso para asistir a las víctimas, reunió a los superiores de las
comunidades religiosas y les pidió ayuda. Inmediatamente se
ofrecieron como voluntarios muchos religiosos, a quien San Carlos
hospedó en su propia casa. Después escribió al gobernador, Don
Antonio de Guzmán, echándole en cara su cobardía, y consiguió que
volviese a su puesto, con otros magistrados, para esforzarse en poner
coto al desastre. El hospital de San Gregorio resultaba demasiado
pequeño y siempre estaba repleto de muertos, moribundos y enfermos a
quienes nadie se encargaba de asistir. El espectáculo arrancó
lágrimas a San Carlos, quien tuvo que pedir auxilio a los sacerdotes
de los valles alpinos, pues los de Milán se negaron, al principio, a
ir al hospital. La epidemia acabó con el comercio, lo cual produjo la
carestía. San Carlos agotó literalmente sus recursos para ayudar a
los necesitados y contrajo grandes deudas. Llegó al extremo de
transformar en vestidos para los pobres, los toldos y doseles de
colores que solían colgarse desde el palacio episcopal hasta la
catedral, durante las precesiones. Se colocó a los enfermos en las
casas vacias de las afueras de la ciudad y en refugios improvisados;
los sacerdotes organizaron cuerpos de ayudantes laicos, y se
erigieron altares en las en las calles para que los enfermos pudiesen
asistir a misa desde las ventanas. Pero el arzobispo no se contentó
con orar, hacer penitencia, organizar y distribuir, sino que asistió
personalmente a los enfermos, a los moribundos y acudió en socorro de
los necesitados. Los altibajos de la peste duraron desde el verano de
1576 hasta principios de 1578. Ni siquiera en ese período dejaron los
magistrados de Milán de hacer intentos para poner en mal a San Carlos
con el Papa. Tal vez algunas de sus quejas no eran del todo
infundadas, pero todas ellas revelaban, en el fondo, la ineficacia y
estupidez de quienes las presentaban. Cuando terminó la epidemia, San
Carlos decidió reorganizar el capítulo de la catedral sobre la base
de la vida común. Los canónigos se opusieron y el santo determinó
entonces fundar sus oblatos.
En la primavera de 1580,
hospedó durante una semana a una docena de jóvenes ingleses que iban
de paso hacia la misión de Inglaterra y uno de ellos predicó ante él:
era el Beato Rodolfo Sherwin, quien un año y medio más tarde había de
morir por la fe en Londres. Poco después, San Carlos le dio la
primera comunión a Luis Gonzaga, que tenía entonces doce años. Por
esa época viajó mucho y las penurias y fatigas empezaron a afectar su
salud. Además, había reducido las horas de sueño y el Papa hubo de
recomendarle que no llevase demasiado lejos el ayuno cuaresmal. A
fines de 1583, San Carlos fue enviado a Suiza como visitador
apostólico y en Grisons tuvo que enfrentarse no sólo contra los
protestantes, sino también contra un movimiento de brujas y
hechiceros. En Roveredo, el pueblo acusó al párroco de practicar la
magia y el santo se vio obligado a degradarle y entregarle al brazo
secular. No se avergonzaba de discutir pacientemente sobre puntos
teológicos con las campesinas protestantes de la región y, en cierta
ocasión, hizo esperar a su comitiva hasta que consiguió hacer
aprender el Padrenuestro y el Avemaría a un ignorante pastorcito.
Habiendose enterado de que el duque Carlos de Saboya había caído
enfermo en Vercelli, fue a verle inmediatamente y le encontró
agonizante. Pero, en cuanto entró en la habitación del duque, éste
exclamó: "¡Estoy curado!" El santo le dió la comunión al día
siguiente. Carlos de Saboya pensó siempre que había recobrado la
salud gracias a las oraciones de San Carlos y, después de la muerte
de éste, mandó colgar en su sepulcro una lámpara de plata.
En el año de 1584, decayó
más la salud del santo. Después de fundar en Milán una casa de
convalecencia, San Carlos partió en octubre, a Monte Varallo para
hacer su retiro annual, acompañado por el P. Adorno, S. J. Antes de
partir, había predicho a varias personas que le quedaba ya poco
tiempo de vida. En efecto, el 24 de octubre se sintió enfermo y, el
29 del mismo mes, partió de regreso a Milán, a donde llegó el día de
los fieles difuntos. La víspera había celebrado su última misa en
Arona, su ciudad natal. Una vez en el lecho, pidió los últimos
sacramentos "inmediatamente" y los recibió de manos del arcipreste de
su catedral.
Al principio de la noche
del 3 al 4 de noviembre, murió apaciblemente, mientras pronunciaba
las palabras "Ecce venio". No tenía más que cuarenta y seis años de
edad. La devoción al santo cardenal se propagó rápidamente. En 1601,
el cardenal Baronio, quien le llamó "un segundo Ambrosio", mandó al
clero de Milán una orden de Clemente VIII para que, en el aniversario
de la muerte del arzobispo, no celebrasen misa de requiem, sino una
misa solemne.
San Carlos fue oficialmente canonizado
por Paulo V el 1ro de noviembre de 1610.
SANTORAL
(El santo del día)