Juana de Francia, reina
(1464-1505)
No por ser hija del rey de Francia iba a pasarlo
muy bien en su vida; más bien se puede asegurar todo lo
contrario. El conjunto de su existencia fue una mezcla de los
sufrimientos más amargos a los que puede estar abocada una
persona. Ni querida, ni rica, ni agasajada -como suele hacerse
con los príncipes y princesas- ni galanes, ni fiestas palaciegas.
Más bien todo lo contrario. Fue despreciada por su padre el rey
por desencanto al esperar un hijo varón y nacerle una hembra.
Peor asunto cuando se descubre que a su condición de mujer se
añade la fealdad de rostro y, por si fuera poco, hay que añadir
la incipiente cojera. «Una cosa así» hay que sacarla de la Corte
de los Valois. Será el castillo de Linières su sitio para
aprender a bordar. Allí pasará una vida monótona y solitaria sin
volver a ver a su madre, Carlota de Saboya, desde los cinco años.
Luis XI es, aunque Valois, un tirano, dueño de
vidas y haciendas. Ha querido casar a su hija Juana con Luis de
Orleáns porque eso sí entra dentro de su juego y engranajes
políticos. Ya lo tiene todo dispuesto. Los Orleáns se niegan a
emparentar con la fea, coja y jorobada maltrecha Juana; pero las
amenazas de muerte por parte del enojadizo rey son cosa seria y
el matrimonio de celebra el 8 de setiembre de 1476 en la capilla
de Montrichard, aunque el novio ni hable ni mire a la novia. A
partir de este acontecimiento, sólo hay visitas del esposo a la
malquerida mujer cuando lo manda el rey.
El duque Luis de Orleáns -el esposo de paja- es
levantisco; da con sus huesos en la cárcel por rebeldía y la
buena esposa despreciada intercede por él ante su hermano, el
nuevo rey Carlos VIII. Inesperadamente sube al trono francés el
duque de Orleáns por la muerte repentina de Carlos. Ahora es el
rey Luis XII y precipitadamente consigue la anulación del
matrimonio.
Ya Juana no es reina, sólo duquesa de Berry.
Retirada en Bourges funda la Orden de la Anunciación que honre a
la Virgen María, aprenda de ella las virtudes y se desviva por
los pobres. Es el año 1504 cuando ella hace su propia profesión
para morir en santidad el año 1505. La canonización solemne será
en Pentecostés del 1950.
Con añadido de matices y divergencias uno piensa
si la verdad de esta vida es susceptible de ser narrada como una
real versión de «cenicienta». Hay reyes, príncipes y palacios;
abundan los desprecios más que duraderos, notables y bien
sufridos; el final es feliz en ambos, si bien el del cuento
termina aquí mientras que el verdadero es más radiante; un hada
madrina -con varita mágica- hizo un papel fugaz en tanto que la
Virgen María prestó su ayuda eficaz
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL