Benito el Negro, monje (1526-1589)
Benito de san Filadelfo, llamado el Negro o el Moro, porque era
hijo de padres africanos y esclavos -quizás nubios- que
trabajaban en una propiedad cercana a Messina. Siciliano de
nacimiento, nació también como ellos en la esclavitud y se sabe
que de niño fue pastor.
Su amo le dio la libertad; compró un par de
bueyes con sus ahorros y trabajó por su cuenta.
A los veintitantos años se unió a un grupo de
eremitas franciscanos, convirtiéndose a partir de entonces en un
fidelísimo seguidor del ejemplo del santo de Asís.
Por razones no muy claras para la historia, aquel
grupo se dispersó en torno al año 1564 y, dependiendo del
biógrafo que se lea, Benito funda o llama a las puertas de un
convento. Sea lo que fuere, se le ve hecho todo un franciscano en
el convento llamado Monte-Pellegrino, a poca distancia de
Palermo. Eso sí, como no ha aprendido a leer ni a escribir,
trabaja en la cocina de los frailes como hermano lego.
En todas las épocas sucede que al hombre le gustó
la buena mesa y disfrutar de manjares suculentos y los frailes no
son especiales para eso. Es verdad que la disciplina franciscana
regula el disfrute de los alimentos y recorta apetencias nobles
en honor de la virtud y en procura de méritos para el fraile y
para la Iglesia; pero, por lo que cuentan, no estaba el convento
a la altura de esas exigencias en aquel tiempo.
Fue Benito un cocinero especial. ¿Qué bien
condimentados guisos saldrían del anafe del fraile negro? ¿Qué
exquisitos postres angélicos preparó la cocina del repostero de
color del carbón? ¿Qué deleitables menús saldrían de las manos
recias y teñidas del cocinero lego? La historia culinaria no hace
memoria de ello. La singularidad de Benito estriba en que, además
de ser buen cocinero, es admirable por su piedad, por su humildad
y por las curaciones milagrosas que prodigaba.
En el año 1578, los frailes le eligen superior
del convento a pesar de ser sólo lego y no tener conocimientos de
letras ni experiencia en el gobierno. El hecho tiene su
importancia y da idea de por donde iban las ideas y la vida del
fraile que fue en un tiempo esclavo y sigue siendo analfabeto.
Desde luego no fue elegido para el cargo por los buenos platos
que preparó cuando era guisandero; algo más debieron ver y buscar
aquellos buenos frailes en la persona del lego. Costó mucho
convencerle para que aceptara y quizá, luego, más de un fraile se
arrepintió de haberle convencido, porque llegó a establecer la
interpretación más estricta y austera de la regla franciscana.
Más tarde pasó a ser maestro de novicios y, según
cuentan, otra vez cocinero, que era lo que él amaba. Fue, en el
sentido más estricto, un santo entre pucheros. ¿Qué importa el
color? La gente enferma asaltaba la cocina conventual, la del
Negro, para pedirle la curación por su rezo infalible y su gesto
de taumaturgo entre los humos del fogón, los olores de las ollas,
el vaho de las cacerolas y las mondas del día. Fue un hombre de
una bondad extraordinaria y de una oración sublime
Texto: Archidiócesis de
Madrid -
SANTORAL