Santos:
VIDAS DE SANTOS
Martín de Porres, Germán, Teófilo, Cirilo, Mariano, Cuarto, Silvia,
confesores;
Huberto patrono de los cazadores;
Engracia y los innumerables mártires de Zaragoza;
Armengol, Domnino, Pirmino, obispos;
Valentín, presbítero;
Hilario, diácono;
Cesáreo, Vidal, mártires;
Roberto Mayer, beato.
Martín
de Porres, religioso (1579-1639)
El racismo, esa distinción que
hacemos los hombres distinguiendo a nuestros semejantes por el color
de la piel es algo tan sinsentido como distinguirlos por la estatura
o por el volumen de la masa muscular. Y lo peor no es la distinción
que está ahí sino que ésta lleve consigo una minusvaloración de las
personas -necesariamente distintas- para el desempeño de oficios,
trabajos, remuneraciones y estima en la sociedad. Un mulato hizo
mayor bien que todos los blancos juntos a la sociedad limeña de la
primera mitad del siglo XVII.
Fue hijo bastardo del ilustre
hidalgo -hábito de Alcántara- don Juan de Porres, que estuvo breve
tiempo en la ciudad de Lima. Bien se aprecia que los españoles allá
no hicieron muchos feos a la población autóctona y confiemos que el
Buen Dios haga rebaja al juzgar algunos aspectos morales cuando
llegue el día del juicio, aunque en este caso sólo sea por haber
sacado del mal mucho bien. Tuvo don Juan dos hijos, Martín y Juana,
con la mulata Ana Vázquez. Martín nació mulato y con cuerpo de atleta
el 9 de diciembre de 1579 y lo bautizaron, en la parroquia de San
Sebastián, en la misma pila que Rosa de Lima.
La madre lo educó como pudo, más
bien con estrecheces, porque los importantes trabajos de su padre le
impedían atenderlo como debía. De hecho, reconoció a sus hijos sólo
tardíamente; los llevó a Guayaquil, dejando a su madre acomodada en
Lima, con buena familia, y les puso maestro particular.
Martín regresó a Lima, cuando a su
padre lo nombraron gobernador de Panamá. Comenzó a familiarizarse con
el bien retribuido oficio de barbero, que en aquella época era
bastante más que sacar dientes, extraer muelas o hacer sangrías;
también comprendía el oficio disponer de yerbas para hacer emplastos
y poder curar dolores y neuralgias; además, era preciso un
determinado uso del bisturí para abrir hinchazones y tumores. Martín
supo hacerse un experto por pasar como ayudante de un excelente
médico español. De ello comenzó a vivir y su trabajo le permitió
ayudar de modo eficaz a los pobres que no podían pagarle. Por su
barbería pasarán igual labriegos que soldados, irán a buscar alivio
tanto caballeros como corregidores.
Pero lo que hace ejemplar a su
vida no es sólo la repercusión social de un trabajo humanitario bien
hecho. Más es el ejercicio heroico y continuado de la caridad que
dimana del amor a Jesucristo, a Santa María. Como su persona y nombre
imponía respeto, tuvo que intervenir en arreglos de matrimonios
irregulares, en dirimir contiendas, fallar en pleitos y reconciliar
familias. Con clarísimo criterio aconsejó en más de una ocasión al
Virrey y al arzobispo en cuestiones delicadas.
Alguna vez, quienes espiaban sus
costumbres por considerarlas extrañas, lo pudieron ver en éxtasis,
elevado sobre el suelo, durante sus largas oraciones nocturnas ante
el santo Cristo, despreciando la natural necesidad del sueño. Llamaba
profundamente la atención su devoción permanente por la Eucaristía,
donde está el verdadero Cristo, sin perdonarse la asistencia diaria a
la Misa al rayar el alba.
Por el ejercicio de su trabajo y
por su sensibilidad hacia la religión tuvo contacto con los monjes
del convento dominico del Rosario donde pidió la admisión como
donado, ocupando la ínfima escala entre los frailes. Allí vivían en
extrema pobreza hasta el punto de tener que vender cuadros de algún
valor artístico para sobrevivir. Pero a él no le asusta la pobreza,
la ama. A pesar de tener en su celda un armario bien dotado de
yerbas, vendas y el instrumental de su trabajo, sólo dispone de
tablas y jergón como cama.
Llenó de pobres el convento, la
casa de su hermana y el hospital. Todos le buscan porque les cura
aplicando los remedios conocidos por su trabajo profesional; en otras
ocasiones, se corren las voces de que la oración logró lo improbable
y hay enfermos que consiguieron recuperar la salud sólo con el toque
de su mano y de un modo instantáneo.
Revolvió la tranquila y ordenada
vida de los buenos frailes, porque en alguna ocasión resolvió la
necesidad de un pobre enfermo entrándolo en su misma celda y, al
corregirlo alguno de los conventuales por motivos de clausura, se le
ocurrió exponer en voz alta su pensamiento anteponiendo a la
disciplina los motivos dimanantes de la caridad, porque "la
caridad tiene siempre las puertas abiertas, y los enfermos no tienen
clausura".
Pero entendió que no era prudente
dejar las cosas a la improvisación de momento. La vista de golfos y
desatendidos le come el alma por ver la figura del Maestro en cada
uno de ellos. ¡Hay que hacer algo! Con la ayuda del arzobispo y del
Virrey funda un Asilo donde poder atenderles, curarles y enseñarles
la doctrina cristiana, como hizo con los indios dedicados a cultivar
la tierra en Limatombo. También los dineros de don Mateo Pastor y
Francisca Vélez sirvieron para abrir las Escuelas de Huérfanos de
Santa Cruz, donde los niños recibían atención y conocían a
Jesucristo.
No se sabe cómo, pero varias veces
estuvo curando en distintos sitios y a diversos enfermos al mismo
tiempo, con una bilocación sobrenatural.
El contemplativo Porres recibía
disciplinas hasta derramar sangre haciéndose azotar por el indio inca
por sus muchos pecados. Como otro pobre de Asís, se mostró también
amigo de perros cojos abandonados que curaba, de mulos dispuestos
para el matadero y hasta lo vieron reñir a los ratones que se comían
los lienzos de la sacristía. Se ve que no puso límite en la creación
al ejercicio de la caridad y la transportó al orden cósmico.
Murió el día previsto para su
muerte que había conocido con anticipación. Fue el 3 de noviembre de
1639 y causada por una simple fiebre; pidiendo perdón a los
religiosos reunidos por sus malos ejemplos, se marchó. El Virrey,
Conde de Chinchón, Feliciano de la Vega -arzobispo- y más personajes
limeños se mezclaron con los incontables mulatos y con los indios
pobres que recortaban tantos trozos de su hábito que hubo de
cambiarse varias veces.
Lo canonizó en papa Juan XXIII en
1962.
Desde luego, está claro que la
santidad no entiende de colores de piel; sólo hace falta querer sin
límite
SANTORAL
(El santo del día)