Santos:
Blas, Oscar (Anscario, Anskar),
obispos
Celerino, diácono
Laurentino, Ignacio, Celerina, Hipólito, Félix, Sinfronio,
mártires
Lupicino, Tigrido, Adrián, Remedio, presbíteros
Nitardo, Elinando, monjes
Azarías, profeta
Adelino, abad
Olivaria, Secundina, vírgenes y mártires
Vereburga,
abadesa
Claudina Thévenet, fundadora.

Blas, obispo y mártir (c.a. †
316)
"San Blas bendito, que se ahoga este angelito" ¿Quién no
escuchó esta jaculatoria, mezcla de oración suplicante y quizá
con algo de reminiscencia mágica, cuando se hacía apurada la
situación del niño que se tragó una bola o quedó sin respiración
cuando el caramelo o el chicle se le coló indebidamente? Al
tiempo que la experimentada abuela propinaba a la criatura un
buen golpe seco en la espalda o le oprimía el pecho para
facilitar la expulsión del cuerpo extraño, se estaba invocando a
uno de los santos más populares, cercanos y amables de la
antigüedad cuyo culto se extendió durante la Edad Media por toda
la cristiandad y ha llegado a nuestra cultura como protector de
los males de garganta.
Y lo curioso es que de Blas se sabe poco porque su vida sólo se
escribió cuando pasaron más de cuatro siglos desde que murió.
Naturalmente las Actas están llenas de fantasías que el pueblo
había ido amontonando con el paso del tiempo sobre su persona y
se recogieron poniéndolas por escrito con las añadiduras que el
mismo hagiógrafo del siglo IX tuvo a bien añadir para realzar su
amable figura tan invocada y venerada por las generaciones
anteriores; y hacían muy bien porque hay que mostrarse
agradecidos a las personas que nos hacen favores. Y de esto Blas
sabía mucho.
Parece ser que nació en Sebaste --actual Sivas--, en la segunda
mitad del siglo III. Era un armenio.
Dicen que fue médico --entiéndase de cuerpos, como todos los
médicos, y no necesariamente laringólogo que eso es
especialización ulterior--, pero aseguran también que ejercía del
mismo modo, con la misma pericia y con estupenda generosidad la
medicina en las almas. Era la caridad la virtud que le impulsaba
a hacer el bien, dando consuelo para los remordimientos y paz en
las tempestades de dentro.
Así que lo eligieron obispo por aclamación de clero local y
pueblo, según la usanza propia del tiempo.
Las circunstancias externas eran extremadamente difíciles
entonces por la persecución de Diocleciano y de sus sucesores,
como lo atestigua el martirio de Eustracio, o el de Carcerio, o
el de los 40 mártires de Sebaste que dieron su vida por la fe.
Cuenta el relato de su vida que aquél sabio y bondadoso obispo
Blas se refugió en las montañas y desde allí mantenía contacto
con sus fieles esporádicamente y en oculto, consolándoles y
fortaleciéndoles con su ejemplo y palabra. Sólo una vez
interrumpió voluntariamente aquel autodestierro; fue por la larga
visita que hizo a Eustracio en la cárcel la noche antes de su
martirio; compró por dinero al carcelero y pasó con su fiel toda
la noche confortándolo en el difícil trance, dándole la
Eucaristía y dialogando sobre el premio del cielo que se prometía
cercano; el alba trajo las primeras claridades y el abrazo puso
fin al diálogo.
El regreso a las montañas fue el comienzo de su vida como
anacoreta retirado en oración y penitencia. Ya que no hay fieles
a los que instruir y curar, vienen las fieras, pequeñas y
grandes, a darle compañía en su cueva y a recibir la bendición
del santo que las libraba de sus males, aunque nunca le
interrumpieron durante el tiempo de sus rezos por muy apuradas
que estuvieran. Así lo encontraron los soldados del prefecto
Agrícola cuando pateaban el monte Argeo en busca de fieras para
las fiestas de los romanos en el circo; asombrados lo vieron en
escena paradisíaca, rodeado de lobos, tigres, leones, osos,
liebres y conejos.
Describen la conducción del prisionero Blas por las tierras y
pueblos hasta Sebaste como un cortejo triunfal por las
aclamaciones de los cristianos y paganos que se le acercan, le
tocan, besan sus vestidos, piden su bendición y hasta curó al
cerdo de aquella mujer que casi se lo destroza un lobo y, lleno
de bondad, sanó la garganta de aquella joven que la tenía
atravesada por una mala espina.
Llevado a la presencia del procurador, se le juzga por blasfemo y
le brindan la oportunidad de salvarse de la muerte con el solo
hecho de derramar unos granos de incienso en la pira encendida a
los dioses. Como el obispo resiste con firmeza, lo apalean, lo
cuelgan de un madero y rastrean su cuerpo con garfios de hierro
sin hacerle desistir de su fe. Unas mujeres piadosas --asegura el
relato que fueron siete-- tuvieron la osadía de tomar algo de su
sangre y untaron con ella sus cuerpos. Bastó este gesto para que
fueran culpadas, reducidas, encadenadas y condenadas a morir,
incluidos los dos pequeños de aquella buena madre que no dejaban
de agarrarse al vestido de mamá.
Fue decapitado Blas, con aquellos dos niños; el año debió ser el
316.
Su culto se extendió por todo Oriente y luego por Occidente. La
fama de taumaturgo se celebró en el templo de Constantinopla
consagrado a su nombre. En Armenia llegó a existir la Orden
militar de San Blas. A lo largo de la Edad Media se pudieron
contar en Roma 35 iglesias bajo su protección, y una privilegiada
abadía. En Yugoslavia es el patrono de la república de Ragusa y
hasta se imprimieron monedas con su efigie.
Algunos le invocaron como protector de los
ganados, pero el mayor eco que encontró en el pueblo es el de
protector para los males y enfermedades de garganta. Y no creas
que sólo es por el interés de salir del paso por las molestias
que acarrea un catarro, un enfriamiento, una infección o un
cáncer. Como con las gargantas hacemos los hombres muchas cosas,
también se recurre a él cuando hay peligro de renegar de la fe, o
se pide su intercesión para los males que originaron las malas
confesiones y hasta de las intemperancias en la bebida
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL
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