Genoveva, santa († c. a. 502)
Su vida está asociada a los habitantes de París,
la antigua Lutecia.
El rey Clovis mandó edificar una iglesia en honor
de San Pedro y San Pablo y la montaña se llamará ya, en adelante,
la montaña de Santa Genoveva. Fue enterrada junto al rey
merovingio y lo que queda de sus cenizas, después de la acción
que corresponde en propiedad a las hordas de cretinos de la
Revolución, se encuentra en la Iglesia de Saint-Etienne-du-Mont.
La vida de la santa se desarrolló, en el siglo IV,
dentro de las murallas que rodeaban la pequeña isla formada por
los brazos del río Sena. Solo hay comunicación con el exterior a
través de las puertas que dan acceso al Castellum del
oppidum parisii como lo menciona César en su Guerra
de las Galias.
Los datos históricos de la santa de los parisinos
los proporciona en exclusiva Gregorio de Tours. Refiere que ya
san Germán, obispo de Auxerre, y el obispo Lobo de Trèves, de
paso hacia Gran Bretaña para combatir herejes, encontraron una
joven de una virtud fuera de lo usual, con una formidable fuerza
convincente, entusiasta en su deseo de hacer el bien y pronta al
sacrificio a favor de los pobres y necesitados. Es como una llama
ardiendo en fe capaz de conmover a los más forzudos guerreros y
de convencer al propio rey de los francos, que se muestra incapaz
de hacer frente a sus demandas de liberar a los prisioneros.
Incluso hay referencias del mismísimo Simeón el Estilita que,
desde lo alto de su columna, mandaba saludos a Genoveva cuando
descubría entre las multitudes que acudían a verlo, oírlo y
consultarle a algún mercader galo.
Se sabe que nació en Nanterre, cerca de París en
los comienzos del siglo IV y que sus padres fueron Severo y
Leoncia que eran nombres frecuentes entre los romanos. En los
relatos de su historia aparecen hechos que con toda probabilidad
pertenecen a elegantes añadidos destinados a enaltecer la figura
de la santa: en charla sobrenatural con san Germán cae del cielo
una medalla que el santo obispo coloca inmediatamente en el
cuello de la joven. El imprudente que osó insultarla que cayó
muerto en el acto. Su madre queda ciega cuando, arrebatada por la
ira, pone su mano sobre la santa; inmediatamente, llena de
misericordia filial, ella la cura. Cuentan y no paran.
En dos de los relatos se funda el patronazgo
sobre París. Uno fue la liberación del ataque esperado y temido
de Atila invasor; el otro fue la milagrosa provisión de alimentos
que la santa proporciona a los sitiados parisinos ante el asedio
que la isla del Sena soporta por parte del rey Clovis en lucha
por su corona, cuando ya se comenzaba a diezmar la ciudad por el
hambre. Y a fuer de verdad, no es extraño que los parisinos la
tengan por patrona.
Murió anciana en la primera década del siglo VI.
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL