Rosendo, obispo y abad († 977)
Portugueses y gallegos se disputan el honor de su
nacimiento que debió ser a principios del X.
Hijo de don Gutierre, que tenía posesiones en
Orense -donde habitualmente vivía la familia, en la cuenca del
Arnoya-, y de doña Ildaura oriunda de Portomarín. Había un
inconveniente serio en la familia: todos los hijos de Ildaura
-que llegó a ser santa- se le morían.
Cuando el rey Alfonso III hacía la guerra a los
portugueses en tierras de Coimbra, le acompaña don Gutierre, con
los otros nobles, en la contienda. Doña Ildaura agota los medios
sobrenaturales a su alcance rogando por su posteridad; hace una
peregrinación con súplicas y lágrimas y se pone bajo la
protección de San Miguel Arcángel.
Nació Rosendo el 26 de noviembre del 907. Lo
bautizó Sabarico, tío paterno del recién nacido. Ante el
acontecimiento, agradecidos los padres, intensifican las buenas
obras construyendo y dotando monasterios.
Rosendo pasa a Mondoñedo para formarse en el
monasterio. Ya con doce años, en el 919, aparece su firma con la
de reyes y nobles, en la escritura con la que su tío el rey
Ordoño II otorga diploma a la iglesia de León.
Es nombrado Obispo cuando sólo tiene dieciocho
años, en el 925. Sucede a su tío Sabarico en la sede de
Mondoñedo. Pide al Señor la paz que buena falta hacía entre su
pueblo. Se gana la confianza de los abades del entorno, dirime
contiendas entre los nobles, soluciona pleitos, reconcilia
penitentes y aconseja en las dudas; también apaga rencores, cura
las heridas de la envidia tan presente en todos los tiempos,
pacifica matrimonios, sofoca conspiraciones y serena ánimos
inquietos.
Abundando en el influjo social, contribuye
poderosamente en la abolición de la esclavitud.
Construye también el monasterio de Celanova. Pide
tierras a su hermano Fruela y prima Jimena. Ocho años tarda en
ponerse en pie la obra que termina siendo el punto de encuentro
de la cristiandad gallega y el blanco de las miradas de los
monasterios.
En medio de tanta actividad, él sigue añorando el
monasterio, la paz y compañía de sus monjes. Pero en el año 955
le llega una orden un tanto extraña del rey Ordoño III. Ahora
comienza a ser, además de obispo, militar y político de su
tiempo. Lo ha hecho el rey gobernador de las tierras hasta el
mar. Tiene que aprender la alternancia de los salmos con las
órdenes y a machihembrar las bendiciones con la espada. Pasan los
moros el Mondego y llegan hasta el Miño; allá han de vérselas con
Rosendo, que supo ser fiel ya como obispo ya como guerrero.
Luego, los normandos invadieron, en el 968 y por mar, las costas
de su territorio; los expulsa de sus feudos mandándoles a don
Gonzalo.
Parece que el monje frustrado podrá al fin
realizar sus sueños de soledad y retiro porque las labores
militares y las de gobierno, las agrícolas e industriales han
quedado bien aseguradas; no necesitan ya de su defensa y amparo.
Ahora sí, piensa Rosendo, podré entrar en el monasterio de
Celanova donde hace tiempo pidió al abad san Franquila: «Padre,
el hábito y un rincón». Pero... hay otro pero. La sede de
Santiago queda vacante en ese tiempo y es la infanta Margarita,
tutora del rey don Ramiro III, quien le insta para que la acepte.
Cuida de nuevo del clero, rehace monasterios, atiende a los
fieles, asegura aspectos civiles de los bienes eclesiásticos,
asiste al concilio de León acompañado por san Pedro de Mezonzo e
impregna de dinamismo apostólico a los a los clérigos y a los
monjes.
Pudo pasar los tres últimos años de su vida en el
monasterio de Celanova, rezando, predicando y dando ejemplo.
Murió el 1 de marzo del 977.
Que es santo no cabe duda. Que hizo de casi todo
es cierto; supo servir con Dios a su pueblo. Que mezcló la cruz
con la espada es cosa propia de la época. Lo que se prueba en la
historia no obsta para ampliar su figura con el paso del tiempo.
Las gasas de la leyenda añadieron rasgos abundantes con gran
cantidad de intervenciones sobrenaturales de San Miguel, su
protector, que bajaba con él al coro del monasterio y le
iluminaba con sus alas para que hiciera bien sus rezos
Texto:
Archidiócesis de Madrid -
SANTORAL