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Insertado sábado 16 de mayo de 2009
Bases ideológicas para aprobar tanto PAI

Como comprenderán
fácilmente, no tengo la costumbre de leer informes del Parlamento Europeo ni de
ningún otro Parlamento; sin embargo, a instancias de un amigo jurista, he leído
un documento que les recomiendo si les gusta la literatura de terror: se trata
del informe elaborado por la diputada danesa Marguete Auken sobre "el impacto de
la urbanización extensiva en España en los derechos individuales de los
ciudadanos europeos, el medio ambiente y la aplicación del Derecho comunitario".
Es un texto de 30 páginas que se puede leer tanto como un relato espeluznante
cuanto como un pequeño tratado acerca de las peores conductas en materia
política y moral.
De hecho, yo introduciría el informe de la señora Auken como lectura obligatoria
en escuelas y universidades, y además, exigiría su conocimiento detallado previo
a todo candidato a ocupar un cargo público. Ustedes se preguntarán por qué
muestro tanto entusiasmo por ese documento redactado con la falta de gracia que
caracteriza a este tipo de escritos, y la respuesta es que puede considerarse un
espejo contundente que refleja, sin florituras ni hipocresías, la abyección
incrustada sórdidamente en nuestra vida pública.
Lo que de entrada llama más poderosamente la atención es la conspiración del
silencio que rodea al asunto y que se explica por la vergonzosa alianza de los
eurodiputados socialistas y populares españoles en el momento de rechazar el
informe de Auken que, no obstante, fue aprobado por el Pleno del Parlamento
Europeo a finales del pasado mes de marzo por 349 votos contra 110, con 114
abstenciones. Una arrolladora mayoría a la que se opusieron hasta el final
populares y socialistas, tan lamentablemente estos últimos que, según informaron
los periódicos al día siguiente de la votación, Michael Cashman, socialista
también él y autor de un informe previo sobre el tema, acabó votando a favor de
la resolución.
Leído el escrito no extraña en absoluto aquella conspiración de silencio, pues
son tantos quienes quedan retratados que apenas es comprensible que un escándalo
de tales dimensiones haya podido oscurecerse con permanente disimulo durante
décadas. Fíjense, además, que, condenada España severamente por la impunidad que
ha rodeado a la corrupción, tampoco con posterioridad nuestros foros
parlamentarios se han hecho eco de la resolución europea y, cómplices entre sí
los diversos partidos, ha continuado la alegre política de poner la cabeza bajo
el ala.
Personalmente, la sensación más desagradable que me ha quedado tras la lectura
del informe Auken es que el gran saqueo, la devastación sistemáticadel litoral
español, y no sólo del litoral -una devastación que afectará a varias
generaciones, las cuales señalarán a la nuestra como culpable-, es algo acaecido
durante la democracia y no antes, en el franquismo. Los destrozos heredados de
éste se han multiplicado, en las décadas democráticas, hasta límites
insoportables. La conclusión no es difícil: nuestra democracia ha sido tan débil
y tan poco vigilante que ha aupado una auténtica antidemocracia que pone en
cuestión, como actualmente se está comprobando, muchos de nuestros supuestos
avances.
Esta idea inquietante se desarrolla exhaustivamente en el informe con una
relación minuciosa de hechos igualmente inquietantes cuyos protagonistas tienen
en común la codicia, una concepción mafiosa de la política y un sentimiento de
impunidad que resulta tanto más irritante por el descaro con que se manifiesta.
De hacer caso a Auken, y al Pleno del Parlamento Europeo, la responsabilidad del
desastre se propaga por todos los círculos del Estado español, desde el más
general al más local. En este peculiar relato de terror se cita con la misma
dureza a la Generalitat valenciana en manos de los populares que a la socialista
Junta de Andalucía, tuteladora de diversos pillajes en Almería y sustentadora,
por acción u omisión, de esa peculiar joya de la corona de la corrupción que ha
sido Marbella. Al igual que sucede con todo buen relato de terror hay también en
el texto pasajes cómicos, como las trampas que diversos funcionarios tienden a
las comisiones de investigación enviadas desde Bruselas o las aireadas protestas
de castizos alcaldes quejosos con la intromisión de las narices nórdicas en las
suculentas recalificaciones de los terrones mediterráneos.
A estas alturas, y con murallas de hormigón por todos lados, sabemos
perfectamente que sólo a la sombra de políticos ventajistas ha podido tejerse la
telaraña de especulación y codicia de la que ahora parecemos lamentarnos. Sin
embargo, lo grave es que ya lo sabíamos. Estos años de destrucción del
territorio del patrimonio han transcurrido a la vista de todos. Bastaba coger el
Euromed para comprobar lo que ocurría en la costa castellonense o alicantina;
bastaba atender al vértigo de los precios de las viviendas, presentado a menudo
como signo de nuestro progreso colectivo, para percibir que algo nauseabundo se
cocinaba a nuestro alrededor.
¿A nuestro alrededor? Con su crudeza estilística Marguete Auken pone el dedo en
la llaga al describir la corresponsabilidad de los ciudadanos en la callada
aceptación del delito. Es cierto que a la cabeza del cortejo de la corrupción
han marchado políticos vendidos, especuladores o avariciosos y prestamistas
fraudulentos, pero ¿y tras ellos? Conchabados promotores inmobiliarios,
concejales e instituciones financieras, ¿qué hacían los jueces? Según Auken,
poco, y lo poco que hacían lo hacían tan lentamente que es como si no hicieran
nada. La policía iba en consonancia con los jueces. Pero tampoco los otros
estamentos ciudadanos ofrecieron resistencia. Los medios de comunicación han
reaccionado tarde y los ciudadanos han acabado horrorizándose como consumidores
más que como ciudadanos.
Hasta aquí el relato de terror con que la señora Auken ha descrito vivamente,
con ingenuidad nórdica y con toda la razón del mundo, el gran saqueo de lo que
pertenecía al futuro por parte de nuestros modernos depredadores. Casi nada más
se puede añadir al cuadro trazado que, en buena medida, explica las dramáticas
percepciones sobre la actual crisis económica.
Aunque bien pensado, quizá sí se puede añadir algo: el gran saqueo material de
todos esos años, generador de enormes fortunas y de daños irreparables, no
habría sido posible si, paralelamente, no hubiéramos incurrido en el gran saqueo
de las conciencias al que ahora denominamos "falta de valores", "novorriquismo"
y cosas semejantes, pero que en los años opulentos, o que creíamos opulentos,
estableció una férrea cadena de complicidades entre estafadores y futuros
estafados, vinculados unos con otros por el sueño del dinero -sueño, luego,
pesadilla para las víctimas- y por la confusión entre bienestar y beneficio.
Gracias, señora Auken.
El gran
saqueo, El PAÍS, RAFAEL ARGULLOL, 12/05/2009

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