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El Grupo poético del 27

Grupo poético del 27

    Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Luis Cernuda y Rafael Alberti, y los malagueños Emilio Prados y Manuel Altolaguirre.

     Casi todos los miembros de las generaciones del 98 y del 27, y de la generación intermedia, llamada de las Vanguardias, mantuvieron relaciones de amistad, muchas veces estrecha. Se reunían en cafés y alrededor de tertulias; Benavente y Valle-Inclán presidían tertulias en el Café de Madrid, que frecuentaban Rubén Darío, Maeztu y Ricardo Baroja. Después Benavente y sus seguidores se fueron a la Cervecería Inglesa, mientras que Valle-Inclán, los hermanos Machado, Azorín y Pío Baroja tomaban el Café de Fornos. El ingenio de Valle-Inclán le llevó luego a presidir la del Café Lyon d'Or y la del nuevo Café de Levante, la que congregó a mayor número de participantes. Pero el café que ha llegado a nuestro días es el Gijón.

     En el último tercio del siglo XIX, en Madrid nacían los cafés como lugares de reunión y tertulia. En mayo de 1888 abrió sus puertas el Café Gijón en el madrileño Paseo de Recoletos. Fundado por un emigrante asturiano en Cuba llamado Gumersindo García. La decoración del local se conserva hoy en día: mesas de mármol negro, sillones con fundas en rojo, paredes forradas con listones de madera y un sótano donde se llevaban a cabo las tertulias. Por allí pasaron José Canalejas, Santiago Ramón y Cajal, Pío Baroja, Benito Pérez Galdós, Jacinto Benavente, Valle-Inclán, Severo Ochoa, Gomez de la Serna... y los demás protagonistas de esta serie de artículos sobre literatura contemporánea española, que incluirán la renombrada Generación del 98 y la del 27, llegando hasta Cela y terminando en González Sinde.

     En 1910 el café Gijón es traspasado a Benigno López, con la única condición de no cambiarle nunca su nombre, que realizó una primera reforma dirigida por el arquitecto Carlos Arniches Moltó. En estos años se va consolidando como referente cultural de la ciudad. Hasta sus mesas se acercan Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Federico García Lorca o Luis Cernuda. Con la posguerra continuó su actividad y miembros del movimiento llamado “Juventud Creadora” o “Garcilanismo” como: Alfonso Paso, Antonio Buero Vallejo, Antonio Gala o Enrique Jardiel Poncela. Camilo José Cela se inspiro en el Café para escribir  “La Colmena“.

     ―Contexto histórico

     En la década de los 20, soplaron con fuerza los vientos regeneradores del vanguardismo estético en Europa. A este movimiento pertenecieron personalidades españolas de excepción como Pablo Picasso, Salvador Dalí o Luis Buñuel. Madrid fue el lugar de nacimiento del cubista Juan Gris que supo reducir los objetos que pintaba a su masa cromática y propiedades geométricas esenciales. Y Cataluña puede presumir de la paternidad de Juan Miró, el maestro del surrealismo, un hombre profundamente poético y original y con un estilo infantil que traiciona su sabia visión. También asociado con el surrealismo, Salvador Dalí, fue un artista excepcional que gustaba de provocar la sensibilidad burguesa con gestos escandalosos y calculados. Dalí había vivido con Luis Buñuel y Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes de Madrid en los años 20, fue allí donde nació el grupo de poetas conocido como la Generación del 27. Por primera vez desde principios del siglo XVII coincidieron en España un grupo de talentos líricos eminentes. Estos jóvenes artistas se sentían extasiados con el mundo del cine, las "Luces de la ciudad", la ruptura con la burguesía, el arte del realismo y la ilusión de una revolución política y estética. Años más tarde, todos ellos sufrirían las tremendas heridas de la Guerra Civil. Federico García Lorca fue asesinado por los nacionalistas y su dramática muerte simbolizó la de toda una generación creadora. Rafael Alberti, Luis Cernuda, Pedro Salinas, Jorge Guillen, Rosa Chacel y María Zambrano se vieron forzados al exilio. Su poesía, que había traído a la lírica española el ideal de perfección de la "poesía pura", se volvió más temporal, más reflexiva.

     En la década de los 20 se instaura en España la dictadura del General Primo de Rivera (1923-1930). Surge en esta época una de las generaciones poéticas más brillantes de toda la historia de nuestra poesía. Son los componentes de la Generación del 27. Todos ellos nacen entre 1892 y 1906, logrando su plena madurez y prestigio en los años de la Segunda República Española (1931-1936). La Generación fue llamada de 1927 por haber celebrado este año, con fervoroso entusiasmo, el tercer centenario de la muerte de Góngora, afrentándose públicamente por primera vez con la crítica social y académica, que habían ignorado, cuando no atacado, al Góngora de los grandes poemas barrocos. Aquellos jóvenes poetas sabían lo que querían al exaltar al Góngora autor de Las Soledades, al que consideraban ejemplo perfecto del poeta puro, del poeta enamorado de la belleza, y al celebrar su centenario dejaron constancia de su homenaje en bellas ediciones gongorinas. Dámaso Alonso editó Las Soledades, Gerardo Diego una Antología poética en honor de Góngora, García Lorca su conferencia sobre la imagen poética de Góngora, y Rafael Alberti publicó una Continuación de Las Soledades. La celebración del centenario se coronó con un número Homenaje a Góngora que publicó la revista Litoral, dirigida en Málaga por dos miembros de la generación: los poetas Emilio Prados y Manuel Altolaguirre, el número, en el que colaboraron Picasso y Falla, junto a los poetas de la generación, llevaba una portada del pintor Juan Gris.
     Ese mismo año -1927- que da nombre a la generación, tiene lugar otra aparición pública de sus miembros; el Ateneo de Sevilla, a iniciativa de Ignacio Sánchez Mejías, el gran torero andaluz amigo de los poetas, invitó a éstos a que diesen una lectura de poemas en su tribuna. A esta cita sevillana acudieron: Dámaso Alonso, García Lorca, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Jorge Guillén y Luis Cernuda, que vivía entonces en Sevilla. Era la primera vez que los poetas del 27 leían públicamente sus versos, y unto a ellos tomaron parte en la lectura otros poetas y escritores que acudieron de Madrid: Juan Chabás, Mauricio Bacarisse y José Bergamín.

     Todos habían nacido en un período menor a 15 años, al final del siglo XIX y principios del XX: desde 1891 (Salinas) a 1905 (Altoaguirre). Tenían una formación intelectual semejante: la mayoría son universitarios, algunos llegan a ser profesores (Salinas, Guillén, Alonso...), y casi todos pasaron por la Residencia de Estudiantes. La Residencia de Estudiantes, desde su fundación en 1910 por la Junta para Ampliación de Estudios hasta 1936, fue el primer centro cultural de España y una de las experiencias más vivas y fructíferas de creación e intercambio científico y artístico de la Europa de entreguerras. En 1915 se traslada a su sede definitiva en la madrileña Colina de los Chopos. Durante toda esta primera etapa su director fue Alberto Jiménez Fraud, que hizo de ella una casa abierta a la creación, el pensamiento y el diálogo interdisciplinar. Tanto la Junta como la Residencia eran producto de las ideas renovadoras de la Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos.
     La Residencia se proponía complementar la enseñanza universitaria mediante la creación de un ambiente intelectual y de convivencia adecuado para los estudiantes. Características distintivas de la Residencia fueron propiciar un diálogo permanente entre ciencias y artes y actuar como centro de recepción de las vanguardias internacionales. Ello hizo de la Residencia un foco de difusión de la modernidad en España, y de entre los residentes surgieron muchas de las figuras más destacadas de la cultura española del siglo XX, como el poeta Federico García Lorca, el pintor Salvador Dalí, el cineasta Luis Buñuel y el científico Severo Ochoa. A ella acudían como visitantes asiduos o como residentes durante sus estancias en Madrid Miguel de Unamuno, Alfonso Reyes, Manuel de Falla, Juan Ramón Jiménez, José Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Blas Cabrera, Eugenio d'Ors o Rafael Alberti, entre muchos otros. Entre las personalidades que acudieron a sus salones figuran Albert Einstein, Paul Valéry, Marie Curie, Igor Stravinsky, John M. Keynes, Alexander Calder, Walter Gropius, Henri Bergson y Le Corbusier, entre muchos otros.

     Actualmente todos los integrantes de La Generación del 27 han fallecido, el último Rafael Alberti, el 28 de octubre de 1999.

     ―Características de la generación.

     Admira a los clásicos y a la Generación del 98. Se dice que fue la mejor generación de escritores que ha existido en España. Aunque desean encontrar nuevas fórmulas poéticas, no rompen con nuestras tradiciones y sienten admiración por el lenguaje poético de Góngora, por nuestros autores clásicos y por las formas populares del Romancero. A la par que lo tradicional, las corrientes de vanguardia, sobre todo el surrealismo, ejercen gran influencia en el grupo del 27. Los escritores surrealistas exploran el mundo de lo inconsciente y pretenden alcanzar la belleza absoluta, que está por encima de la realidad.

     Intención estética. Intentan encontrar la belleza a través de la imagen. Pretenden eliminar del poema lo que no es belleza y, así, alcanzar la poesía pura. Quieren representar la realidad sin describirla; eliminando todo aquello que no es poesía.

     Temática. Sienten especial interés por los grandes asuntos del Hombre, como el amor, la muerte, el destino... y los temas cargados de raíces populares.

     Estilo. Se preocupan fundamentalmente de la expresión lingüística y buscan un lenguaje cargado de lirismo. Utilizan estrofas tradicionales (romance, copla...) y clásicas (soneto, terceto...). También utilizan el verso libre y buscan el ritmo en la repetición de palabras, esquemas sintácticos o paralelismo de ideas.

     ―Estética e influencias.

     La mayoría de estos autores, principalmente líricos, entraron en contacto con la tradición literaria a través del Centro de Estudios Históricos dirigido por el padre de la filología española, Ramón Menéndez Pidal, y con las Vanguardias a través de los viajes, la divulgación llevada a cabo por Ramón Gómez de la Serna y otros novecentistas y, sobre todo, las actividades y conferencias programadas por la Residencia de Estudiantes, institución inspirada en el Krausismo de la Institución Libre de Enseñanza.
    
En los primeros años de la generación, es decir, los primeros años veinte, Machado no estaba de moda entre estos poetas. Reconocían la autenticidad y hondura de su obra, pero no la seguían. Pero luego, a partir de los años treinta, el valor de Machado fue subiendo para aquellos poetas y fue el más querido de todos ellos.
     Paul Valery fue en la primera fase de la generación (1920-1928) un ídolo para muchos de ellos, un alto ejemplo de la poesía pura a la que aspiraban.
     Ramón Gómez de la Serna, con sus deslumbradores hallazgos de imágenes novísimas les marca profundamente, sobre todo en sus comienzos. Ortega y Gasset influye en la primera etapa de la generación con su libro La deshumanización del arte. Esta obra es un análisis del arte de vanguardia. En ella comienza Ortega señalando el carácter minoritario y antipopular del arte nuevo, que “divide al público en estas dos clases de hombres: los que lo entienden y los que no lo entienden”. Y tras ello estudia sus principales rasgos:
Es un arte puro. Si la tradición decimonónica invitaba a valorar el arte por lo que tuviera de “humano”, de “real”, ahora se nos invita a valorar las puras calidades for­males. De ahí que se tienda a la deshumanización. La voluntad de estilo o “estilización”, supone un alejamiento de la realidad y una eliminación de las emociones humanas, en pro de la pura emoción artística. Es por ello un arte intelectual, ya que no se funda en el contagio emocional, “El placer estético tiene que ser un placer inteligente”. El fin del arte se convierte en juego, lejos de todo patetismo.
     Con el término de “vanguardias” se han designado en el siglo XX a aquellos movimientos que se oponen a la estética anterior y que proponen, con sendos manifiestos, concepciones profundamente nuevas del arte y de las letras. Los “ismos” vanguardistas se suceden a un ritmo muy rápido: Fauvismo, Futurismo, Expresionismo, Imaginismo, Cubismo, Dadaísmo, Surrealismo, etc. Agunos de aquellos movimientos hicieron aportaciones sustanciales a los miembros del grupo del 27:
     El Futurismo, que exalta la civilización mecánica y las conquistas de la técnica, aparece esporádicamente en los poetas del 27: Pedro Salinas escribe poemas a la bombilla eléctrica y a la máquina de escribir; Alberti compone un madrigal al billete del tranvía y canta a los actores de cine.
     El Creacionismo defiende que el poema es un objeto autónomo, una “creación” absoluta: “hacer un poema como la naturaleza hace un árbol” es la divisa de Huidobro (el iniciador del movimiento). Así, el poeta cultivará el “juego de azar de las palabras” y una imagen que no se basa en la comparación entre dos realidades: éstas se aproximan de modo gratuito o en virtud de una relación arbitraria que el poeta crea entre ellas. Su máximo representante es Gerardo Diego.
     La difusión del Surrealismo en España debe mucho al poeta Juan Larrea. Sus poemas, “artefactos animados, máquinas de fabricar emoción”, responden al Surrealismo más puro. Según Cernuda, a Larrea debe atribuirse la orientación surrealista de varios de los poetas del 27. Lo cierto es que casi todos los componentes del grupo (en cierto momento de su evolución) quedaron fuertemente marcados por este movimiento. A su influjo se deben varios libros fundamentales: Sobre los ángeles, de Alberti, Poeta en Nueva York, de Lorca... y buena parte de la obra de Vicente Aleixandre.
     Sin embargo, los poetas del 27 tienden a frenar las estridencias, a poner una discreta criba ante la innovaciones. No son iconoclastas, como era el caso de ciertos movimientos de vanguardia. Conjugan tradición y revolución, desarrollándose a su modo, aunque el impulso inicial, venga, en parte, de fuera.

     En su mismo momento de sazón, el Modernismo no había atraído profundamente a ningún gran poeta, excepto Manuel Machado: ni a su hermano Antonio, ni a Unamuno, ni Juan Ramón Jiménez. Este ultimo, sobre todo, se siente pronto impulsado por un afán innovador que lo convierte en el inmediato maestro de la generación del 27. Junto a este magisterio está el de Ramón Gómez de la Serna. Si el famoso autor de Platero y yo bebió en fuentes extranjeras, que a través de él influyeron en sus seguidores, el inventor de las “greguerías” fue uno de los primeros autores que en Europa, no sólo en España, practicaron el arte de vanguardia. Históricamente, la literatura de vanguardia es la que corresponde a la posguerra que siguió a 1918, aunque algún movimiento, corno el futurismo o el cubismo sea inmediatamente anterior. Durante unos diez años, el viejo continente disfruta, como suele ocurrir tras los grandes conflictos bélicos, una visible prosperidad y reina el optimismo. Se siente el deseo de olvidar los horrores pasarlos y se practica una literatura de «evasión». Estamos en el momento de lo que Ortega llamó la deshumanización del arte. El clima es semejante en España, que había permanecido neutral en la contienda europea. Esta situación dura, aproximadamente, hasta 1930: la depresión económica de Occidente coincide con una honda crisis espiritual en la que naufragan el optimismo y los ideales que habían nutrido a la década anterior. La crisis afecta también a España, país cuya secular descomposición política no favorecía precisamente alegres evasiones. No es que haya división tajante; pero, a partir de la citada fecha, la poesía, manteniendo algunas adquisiciones de los «años veinte», perderá extremosidad y, a la vez, tomará otra trayectoria.

     ―Tres etapas en la Generación del 27. La dictadura de Primo de Ribera. La República. La dictadura de Franco.

     a) Hasta 1927

      Influenciados por Bécquer, el Modernismo y Juan Ramón se orientan hacia la "poesía pura": "Poesía pura es todo lo que permanece en el poema después de haber eliminado de él todo lo que no es poesía"(Guillén). Se depura el poema de todo lo anecdótico, de toda emoción que no sea puramente artística. Para ello usan mucho la metáfora. Esta poesía es bastante hermética y fría. También lo "humano" les influye, sobre todo a través de la lírica popular (Alberti). La sed de perfección formal los lleva al clasicismo, sobre todo de 1925 al 27. Incluso podemos hablar de una fase "gongorina".

     Juan Ramón, entonces en la plenitud de su obra y de su prestigio, era para ellos, en aquellos primeros años de la generación, el maestro  indiscutido, cuya palabra era oráculo. Fue Juan Ramón quien editó el primer libro de Pedro Salinas, quien publicó en su revista y cuadernos de poesía poemas de casi todos los poetas de la generación; quien finalmente, dio el espaldarazo a Rafael Aberti, en la preciosa carta que va al frente de la primera edición de Marinero en Tierra, y sirvió de enlace a  la generación con la tradición lírica anterior, con Bécquer sobre todo, y más atrás con la poesía popular de los cancioneros, que Alberti y Lorca supieron renovar con arte insuperable. De Juan Ramón van a heredar los poetas del 27 el ansia de pureza y perfección en poesía, la nueva sensibilidad al expresar los más delicados matices de las cosas y de las sensaciones, y la exigencia y rigor en el lenguaje.

     Los comienzos de la generación coinciden con los primeros años veinte. En 1920 aparece el primer libro de Gerardo Diego, Romancero de la novia; en 1921, el de Dámaso Alonso, Poemas puros. Poemillas de la ciudad; en 1923, el de Pedro Salinas, Presagios; en 1925, el de Rafael Alberti, Marinero en Tierra, y el de Emilio Prados, Tiempo; en 1926, el de Manuel Altolaguirre, Las islas invitadas; en 1927, el de Luis Cernuda, Perfil del aire; y en 1928, el de Jorge Guillén, Cántico, y el de Vicente Aleixandre, Ámbito; año en que también se publica el Romancero Gitano, que hace famoso a su autor, Federico García Lorca.
     Aunque muy minoritaria en sus comienzos -el público y la crítica los ignoraban o los tachaban de vanguardistas-, la generación se impuso pronto por la calidad de su poesía y por la personalidad fulgurante de algunos de sus miembros, especialmente García Lorca y Alberti. En 1925 dos de ellos, Alberti y Gerardo Diego, obtuvieron el Premio Nacional de Literatura, el primero con Marinero en Tierra, y el segundo con Versos humanos, que obtuvo un accésit. Fue el primer éxito oficial de la generación, y el que le abrió las páginas de las revistas literarias del momento, como la prestigiosa Revista Occidente, que dirigía José Ortega y Gasset, y en cuyas páginas publicaron poemas, a partir de 1924, todos los poetas del 27. Mostraba así su apoyo a un movimiento poético que se caracterizaba por la calidad y pureza de su trabajo, y por el afán de alcanzar la esencialidad de la poesía.

      Este distanciamiento entre vida y poesía, entre realidad y pureza, que Ortega definiría en un famoso ensayo como "la deshumanización del arte", no dejó de provocar críticas a la poesía de la generación, que fue juzgada por algunos -Antonio Machado entre ellos- demasiado intelectual y esteticista, y como consecuencia, un tanto fría. Hay que reconocer que aquel clima estetizante e intelectualista tenía sus peligros, que los mismos poetas del 27 no tardaron en advertir. Ya en 1926 Jorge Guillén, a quien se consideraba el más fiel cultivador de la Poesía Pura, escribía en la "Carta a Fernando Vela" que figuraba en la Antología de los poetas de la generación hecha por Gerardo diego, que la poesía pura resultaba a veces "demasiado aburrida, demasiado inhumana y demasiado irrespirable". Y Dámaso Alonso ha reconocido que aquella primera fase purista de la generación heló de tal modo su pluma, que dejó de escribir, y necesitó del desgarrón de la guerra civil de 1936 para volver a la poesía.

     b) De 1927 a la Guerra Civil.

     Comienza a notarse cierto cansancio del puro formalismo. Se inicia un proceso de rehumanización (más notorio en algunos autores, pero presente en todos). Se dan las primeras obras surrealistas (radicalmente opuesto a la poesía pura). Pasan a primer término nuevos temas, más humanos: el amor, el deseo de plenitud, las frustraciones, las inquietudes sociales o existenciales... Nace la revista Caballo verde para la poesía, de Palo Neruda (1935), donde aparece el "Manifiesto por una poesía sin pureza".
     Algunos poetas, debido a sus inquietudes sociales, se interesan en política (en el favor de la República, fundamentalmente).
     Al terminar la década de los veinte y comenzar la de los treinta podía notarse ya un cambio de clima, una temperatura más cálida, en la poesía de la generación. Se inicia entonces una segunda fase en la poesía del 27, que Dámaso Alonso llamó fase neorromántica, y que es visible en libros ardientes y estremecidos como Pasión de la Tierra y Espadas como labios de Aleixandre; Sobre los Ángeles, de Rafael Alberti; y Donde habita el olvido de Cernuda. Es sobre todo a partir de la Segunda República Española, en 1931, y paralelamente a la rápida politización de las masas, cuando se produce la crisis del esteticismo y el alejamiento definitivo de los poetas del 27, del purismo poético que había encarnado Juan Ramón Jiménez.
    
La poesía social revolucionaria había conquistado, desde 1930 por lo menos a dos poetas de la generación del 27, Rafael Alberti y Emilio Prados. De 1929 es el primer poema social de Alberti, su Elegía Cívica; en 1933 el mismo Alberti funda la revista Octubre, de clara tendencia comunista, y publica dos libros de poesía revolucionaria: Consignas y Un fantasma recorre Europa. En vísperas de la revolución de los mineros asturianos, en septiembre de 1934, Alberti pone al frente de la primera edición de sus Poesías Completas, editadas por José Bergamín, estas palabras terminantes: "Publico aquí la mayor parte de mis obra poética comprendida entre 1924 y 1930, por considerarla un ciclo cerrado, contribución mía, irremediable, a la poesía burguesa. Pero a partir de 1931, mi obra y mi vida están al servicio de la revolución española".

     El Compromiso Social.

     La revolución de los trabajadores asturianos en octubre de 1934 politizó aún más la situación intelectual española y a los poetas del 27. Emilio Prados escribe, ya vencida la revolución, su libro Llanto en la sangre, con este subtítulo: "Durante  la represión y bajo la censura posterior al levantamiento de 1934". Las posiciones puristas, que aún defendían algunos poetas fieles a Juan Ramón Jiménez, quedaron barridas. A ellos contribuyó, además la llegada a España de Pablo Neruda, el gran poeta chileno, que publicó en Madrid la segunda edición de su admirable libro Residencia en la Tierra. En octubre de 1935, Neruda lanzó en Madrid el primer número de su revista Caballo verde para la poesía -título que simbolizaba sin duda el jinete de la esperanza, una esperanza poética y política- en estrecha colaboración con los poetas de la generación del 27, que pronto se hicieron -sobre todo Lorca, Alberti, Aleixandre y Altolaguirre- grandes amigos suyos. Cabría afirmar que si el órgano más importante de la Generación del 27, en su primera fase, fue la revista malagueña Litoral, dirigida por Emilio Prados y Manuel Altolaguirre de 1926 a 1929, en la segunda fase rehumanizadora fue sin duda Caballo verde la revista más representativa del grupo. El primer número se abría con un manifiesto que llevaba este título: "Sobre una poesía sin pureza", redactado por el propio Neruda.
    Las torres de marfil quedaron hechas añicos ante la violenta arremetida de Caballo Verde, que provocó, como era de esperar, la indignación de Juan Ramón Jiménez, quien interpretó aquellos ataques a la poesía pura como ataques a personales a él mismo. De entonces data la ruptura entre Juan Ramón y los poetas del 27, a los que acusó de cómplices de la campaña antipurista del poeta chileno. Ese distanciamiento se agravó aún más cuando la Generación en pleno, acompañada de lo mejor de los poetas jóvenes -Miguel Hernández a la cabeza- publicó un texto de homenaje a Neruda, añadiendo la edición de unos poemas, los "Tres cantos materiales" de Residencia en la Tierra.
     Ya en 1935 quedaba muy poco del clima estetizante y purista de los primeros años de la generación, que había sido sustituido por un clima de hervor y fiebre poética, por una temperatura de pasión y de vida que había ido creciendo paralelamente al aumento de la temperatura política del país, que culminó en julio de 1936, con el estallido de la Guerra Civil. Un mes antes de que este se produjera, en Junio de 1936, García Lorca contestaba a una pregunta de un periodista sobre como juzgaba la famosa teoría del arte por el arte, la moda de la poesía pura: "Ese concepto del arte por el arte- fueron sus palabras- es una cosa que sería cruel si no fuera afortunadamente cursi. Ningún hombre verdadero cree ya en esa zarandaja del arte puro, del arte por el arte mismo. en este momento dramático del mundo el artista debe llorar y reír con su pueblo. Hay que dejar el ramo de azucenas y meterse en el fango hasta la cintura para ayudar a los que buscan las azucenas."
    
la Generación del 27 era una generación republicana y liberal, y casi LA totalidad de sus miembros, al iniciarse en 1936 la sublevación militar, tomaron partido por ell lado de la República. La mayoría de ellos -Alberti, Aleixandre, Cernuda, Prados, Altolaguirre- colaboraron en las revistas literarias patrocinadas por las autoridades republicanas durante la Guerra Civil; como Hora de España, y El mono azul, ambas reeditadas años más tarde por una editorial alemana. Al llegar el huracán de la guerra, lo épico sustituyó a lo lírico, y los poetas escribieron romances. En noviembre de 1936 apareció en Madrid editado por el Ministerio de Instrucción Pública, el primer Romancero de la Guerra Civil, que incluía romances de guerra de Alberti, Bergamín, Aleixandre, Prados, Altolaguirre, Garfias y Miguel Hernández. Y al año siguiente, 1937, se publicaba, con un prólogo de Antonio Rodríguez Moñino, el gran bibliógrafo -quien fue amigo de todos los poetas del 27- el Romancero General de la Guerra de España, dedicado a Federico García Lorca, en homenaje a su memoria y como protesta contra su muerte.

     c) Después de la guerra.

     Lorca había muerto en 1936. En España quedan sólo D. Alonso y V. Aleixandre, que hacen poesía angustiada, existencial (Hijos de la ira, 1944).
     Las consecuencias del final de la guerra civil, con la derrota de la República, para la mayoría de los poetas de la Generación del 27, son bien conocidas: el exilio, la nostalgia, el dolor por la patria perdida. En tierra americana, aquellos poetas continuaron su obra, desde entonces marcada en gran parte por la herida de la guerra, por la añoranza española. Su poesía, en efecto va a experimentar desde el final de la guerra civil profundos cambios. Se hace más grave y preocupada, más dolorida por las heridas recientes de la guerra civil; de la guerra cainita, como la llamaba Unamuno, y por el dolor de la patria lejana y sin libertad; tiende cada vez más a reflejar los problemas humanos y sociales del tiempo histórico que a cada poeta le ha tocado vivir, y deja de ser estetizante y minoritaria para volver a las fuentes de la vida y de la historia. Algunos de los más grandes poetas del 27 empiezan a escribir una poesía temporalista, de acuerdo con la definición de Antonio Machado: "La poesía es la palabra del tiempo", Jorge Guillén subtitulará "Tiempo de historia" el segundo ciclo de su poesía, el de Clamor, y escoge, para uno de los libros de ese ciclo, un título machadiano, A la altura de las circunstancias, y para otro un título dentro también del temporalismo machadiano a lo Jorge Manrique: Que van a dar a la mar... El protagonista del ciclo de Clamor es el hombre contemporáneo, el español contemporáneo que ha sufrido la guerra, la persecución, el exilio, la prisión.

     La poesía de Cernuda experimentará también un cambio radical, a partir de la guerra civil. Él mismo nos confiesa que aquellos sucesos trágicos enturbiaron su vida diaria, y la muerte horrible de Federico, su gran amigo, no se apartaba de su mente. Ya en Inglaterra, primera fase de su exilio, lejos de aquel loco país -como llama a España- tuvo durante años una pesadilla constante que llenaba su sueño: se veía, una y otra vez, buscado y perseguido. Trabajando como profesor en una universidad inglesa, Cernuda sentía -nos lo dice él mismo- una nostalgia aguda de su tierra, de su ambiente y de sus amigos españoles. Y escribió entonces una serie de poemas fruto de esa preocupación y de esa nostalgia. El resultado fueron esos libros admirables que se llaman Las nubes, Ocnos, Como quien espera el alba.
     Los años americanos enriquecieron, al hacerla más honda y más grave, más sumida en el tiempo y en la muerte, la obra de los poetas del 27 que se vieron obligados a alejarse de España. No sólo la de Guillén y la de Cernuda: también la de Salinas, la de Alberti, la de Prados, la de Altolaguirre.

     Aquella evolución hacia una poesía temporalista enraizada en la vida temporal, afectó también a los poetas del 27 que permanecieron en España. En 1944 publicó Dámaso Alonso ese angustiado diario íntimo, esa protesta contra la injusticia y la crueldad de la Guerra y del odio que se llama Hijos de la Ira, tan lejos ya en el tiempo y en el tono, de aquellos primeros Poemas Puros publicados por él veintitrés años antes. Y escribe entonces estas palabras reveladoras: "Nada aborrezco más que el estéril esteticismo en que se ha debatido hace más de medio siglo el arte contemporáneo. Hoy es sólo el corazón del hombre lo que me interesa, expresar con mi dolor o con mi esperanza el anhelo y la angustia del eterno corazón del hombre".  Y en Hijos de la ira leemos este verso, que abre el libro: "Madrid es una ciudad de un millón de cadáveres".

     El caso de Vicente Aleixandre -premio Nobel- es también significativo. Como consecuencia de su postura durante la Guerra Civil, favorable a la República, sus libros fueron prohibidos al terminar la guerra, y su nombre vetado por la censura. Sólo a partir de la publicación de su gran libro Sombra del paraíso en 1944, comienzan a difundirse sus obras, y su nombre vuelve a tener circulación literaria. Su influencia sobre la juventud poética que surgió en los primeros años de la postguerra creció rápidamente, y en 1947 su definición de la "poesía como comunicación" encontró un amplio eco en los jóvenes. A partir de entonces la poesía de Aleixandre se inserta en una corriente de lírica temporalista que abarca el gran tema del vivir humano desde la conciencia de la temporalidad y de la solidaridad, que hallamos en dos de sus mejores libros: Historia del corazón, publicado en 1954, y En un vasto dominio, en 1962, en los que no falta el canto de la realidad social, del hombre situado aquí y ahora. El pueblo y la historia entran finalmente en la obra de los poetas del 27, como testimonio de un tiempo mísero y también esperanzado. Cerrando así el ciclo -o abriendo uno nuevo- que va desde la poesía pura, intimista o surrealista, a la poesía de situación temporal e histórica. Ellos, los poetas del 27, pueden decir lo que decía Goethe cuando alguien le reprochaba que escribiese poesía de circunstancias: "Mis poemas son todos poemas de circunstancias porque todos se inspiran en la realidad".

     Desde nuestra perspectiva podemos ver en la actualidad que aquel grupo de poetas acusados, cuando eran jóvenes, de esteticistas, puristas y deshumanizados, no sólo han enriquecido con libros inmortales nuestra poesía, sino que además han contribuido con un vivo ejemplo moral frente a una sociedad que en un primer momento los rechazó y hoy admite que han legado a nuestra cultura un tesoro poético cuya importancia ha sido comparada, y con razón, por Dámaso Alonso, a la de nuestros grandes poetas del Siglo de Oro.

     ―Autores y obras.

     La nómina habitual del grupo poético del 27 se limita a diez autores: Jorge Guillén, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre y Emilio Prados, pero hubo también muchos otros escritores, dramaturgos que pertenecen a la Generación del 27, generalmente encabezada por Max Aub a quien le siguen algunos más viejos, como Fernando Villalón, José Moreno Villa o León Felipe, y otros más jóvenes, como Miguel Hernández.

     Algunos miembros del grupo cultivaron otras ramas del arte, como Luis Buñuel, cineasta, K-Hito, caricaturista y animador, Salvador Dalí y los pintores surrealistas, Maruja Mallo, pintora y escultora, Benjamín Palencia, Gregorio Prieto, Manuel Ángeles Ortiz, Ramón Gaya y Gabriel García Maroto, pintores, Ignacio Sánchez Mejías, torero, o Rodolfo Halffter y Jesús Bal y Gay, compositores y musicólogo éste último también, pertenecientes al Grupo de los ocho, que se suele identificar en música como el correlato a la literaria Generación del 27. En Cataluña está el llamado grupo catalán, que hizo su presentación en 1931 bajo el nombre de Grupo de Artistas Catalanes Independientes integrado por Roberto Gerhard, Baltasar Samper, Manuel Blancafort, Ricardo Lamote de Grignon, Eduardo Toldrá y Federico Mompou.

     Jorge Guillén. (1893 - 1984) Su vida transcurre paralela a la de su amigo Pedro Salinas, a quien sucedió como lector de español en La Sorbona desde 1917 a 1923. En 1926 tomó posesión de la cátedra de Literatura en la Universidad de Murcia y poco después, con Juan Guerrero Ruiz y José Ballester Nicolás idearon fundar la revista "Verso y Prosa", que sustituyera al "Suplemento Literario de La Verdad", elevándolo de nivel. Fue también lector de Español en la Universidad de Oxford (1929-1931). Exiliado, se establece en los Estados Unidos y prosigue allí su docencia universitaria. Al jubilarse, reside en Italia, donde contrae segundas nupcias, para trasladarse posteriormente a Málaga. En 1976 se le concede el premio Miguel de Cervantes, máximo galardón para escritores de lengua española.
     Por su inclinación a la poesía pura, algunos críticos lo consideran el discípulo más directo de Juan Ramón Jiménez. Guillén se introduce tardíamente en el terreno literario: a los treinta y cinco años publica su primer libro, Cántico, que será ampliado en diversas ediciones. Cántico fue editado por primera vez en 1923 en la Revista de Occidente y constaba sólo de 75 poemas. La versión final, publicada en 1950 en Buenos Aires, tiene 334 poemas divididos en cinco partes. En esta obra exalta el goce de existir, la armonía del cosmos, la luminosidad, plenitud del ser y la integración del poeta en un universo perfecto donde muchas veces se funden amada y paisaje. El optimismo y la serenidad presiden los diferentes poemas que componen el libro.
     A causa de la experiencia de la Guerra Civil española, en su siguiente libro poético, Clamor, Guillén toma conciencia de la temporalidad y da entrada a los elementos negativos de la historia: la miseria, la guerra, el dolor, la muerte... Si Cántico es el agradecimiento del poeta por la perfección de la creación, en Clamor se cuartea la creencia en la perfección del cosmos. Sin embargo, no es un libro angustioso o pesimista pues en él domina el deseo de vivir. Esta obra se compone de tres volúmenes. Homenaje fue publicado en 1967. Como indica su título, Guillén exalta a personas destacadas del mundo de las artes y las ciencias usando las técnicas del monólogo dramático y del retrato. Con Aire nuestro tituló la compilación de sus tres grandes libros de poesía hasta 1968. Todavía publicaría Y otros poemas (1973) y Final (1982). La complejidad de la obra guilleniana reside en su ideal de poesía pura, que se resume en: Supresión de lo anecdótico, Sustantivación de los adjetivos, Escasez de verbos, Precisión lingüística y Concentración temática.

     Pedro Salinas. (1891 - 1951) Estudió derecho, filosofía y letras. Su vida estuvo dedicada a la docencia universitaria, que comenzó como lector de español en La Sorbona desde 1914 a 1917; allí se doctoró en Letras y adquirió un gran amor por la obra de Marcel Proust, de cuyo À la recherche du temps perdu tradujo al castellano los tres primeros volúmenes. Se casó en 1915 con Margarita Bonmatí Botella, una alicantina natural de Santa Pola e hija de un industrial con destilerías en Argel. Salinas le escribió cada día una carta de amor y ese epistolario fue recogido en Cartas de amor a Margarita (1912-1915) por su hija Soledad Salinas; también tuvo otro hijo, Jaime Salinas, editor y escritor.
     En 1918 Pedro gana una cátedra en la Universidad de Sevilla (donde tuvo como alumno a Luis Cernuda) y entre 1922 y 1923 enseñó en Cambridge; pasó luego a la de Murcia (1923-1925). En 1925 publicó una versión modernizada del Cantar de Mio Cid. En 1926 pasó a la Universidad de Madrid donde fundará en 1932 la revista Índice Literario para dar cuenta de las novedades literarias hispánicas. También escribió en Los Cuatro Vientos. Entre 1928 y 1936 fue investigador del Centro de Estudios Históricos, donde se encargó de la sección de literatura moderna.
     Fue nombrado profesor de la Escuela Central de Idiomas y secretario general de la Universidad Internacional de Verano de Santander. Allí conoció en el verano de 1932 a una estudiante norteamericana, Katherine R. Whitmore, que sería luego profesora de lengua y literatura española en Smith College (Northampton, Massachusetts); ella es la destinataria de su trilogía poética La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento; este romance se mantuvo aun cuando Katherine regresó a Estados Unidos para proseguir sus estudios, en forma epistolar; volvió para el curso académico 1934-1935, pero la mujer de Salinas descubrió el affaire e intentó suicidarse. Ante esto Katherine intentó poner fin a la relación, pero la Guerra Civil y el exilio del vate en Norteamérica, dificultaron estos propósitos; de todas formas, en 1939 Katherine se casó con su colega Brewer Whitmore y, aunque tuvo aún esporádicas noticias sobre Salinas, la conexión se rompió definitivamente. Se vieron por última vez en 1951, y Katherine falleció en 1982; autorizó sin embargo la publicación de su Epistolario con Salinas, guardado en la biblioteca de la Universidad Harvard, siempre que fuera 20 años después de su muerte y se omitieran las que ella le envió. Las de Salinas son unas trescientas, testimonio de una relación que duró quince años hasta que concluyó en 1947.
     Pedro Salinas pasó algunas vacaciones de verano en un pueblo de Alicante, Altet, pedanía de Elche, donde su mujer poseía una hacienda familiar, de nombre "Lo Cruz". Sostuvo una temprana, duradera y gran amistad con Jorge Guillén, de trayectoria muy parecida a la suya y con quien inició un activo epistolario que también ha sido publicado. Menos conocida es la amistad que sostuvo con Miguel Hernández, cuyo libro Perito en lunas saludó y promocionó en una reseña publicada en Índice literario, núm. 2 de 1933.
     La Guerra Civil Española le sorprende en Santander como secretario en la Universidad Internacional de Verano (lo fue entre 1933 y 1936). Marcha a América para enseñar en la universidad de Wellesley College y en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, en Estados Unidos. En el verano de 1943 se trasladó a la Universidad de Puerto Rico. En 1946 regresa a su cátedra de la Universidad Johns Hopkins. Fallece en Boston el 4 de diciembre de 1951 y está enterrado en San Juan de Puerto Rico.
     Define la poesía como un ahondamiento en la realidad, "una aventura hacia lo absoluto. Se llega más o menos cerca, se recorre más o menos camino: eso es todo". Reduce a tres los elementos de su creación: "Estimo en la poesía, sobre todo, la autenticidad. Luego, la belleza. Después, el ingenio". La principal característica de su arte consista en el "conceptismo interior", que se manifiesta en paradojas y condensación de conceptos. Prefiere los versos cortos y sobre todo la silva, y renuncia casi siempre a la rima. La aparente sencillez de sus versos hizo que Lorca les llamase prosías.
     La obra poética de Salinas suele dividirse en tres etapas: La etapa inicial (1923-32) está marcada por la influencia de la poesía pura de Juan Ramón Jiménez y los ecos de las vanguardias futurista y ultraísta. La idea de la depuración y perfección poéticas y el protagonismo que van cobrando en ella los temas amorosos perfilan lo que será su etapa de plenitud. Pertenecen a esta etapa Presagios (1923), Seguro azar (1929) y Fábula y signo (1931).
     La etapa de plenitud (1933-39) está formada por la trilogía amorosa inspirada en su amor por una estudiante estadounidense que conoció en España: La voz a ti debida, cuyo título está tomado de un verso de la Égloga tercera de Garcilaso de la Vega, Razón de amor y Largo lamento, cuyo título está tomado de un verso de Gustavo Adolfo Bécquer. Todos estos versos están escritos en heptasílabos blancos o sin rima, pero progresivamente van añadiéndose endecasílabos hasta que la proporción se invierte en el último libro. Se usa frecuentemente de la enumeración y existe cierto tono conceptista ("Todo quiere ser dos", "Serás, amor, un largo adiós que no se acaba" etc.) La voz a ti debida (1933) presenta la historia de una pasión amorosa, desde su nacimiento hasta el final. Razón de amor (1936) examina lo que queda del amor cuando éste acaba. La pasión y el dolor de la separación son, por lo tanto, los temas centrales del libro.
Largo lamento (1939) continúa la línea marcada en las obras anteriores.
     La etapa del exilio (1940-51) está formada por El contemplado (1946), extenso poema en que dialoga con el mar de San Juan de Puerto Rico; Todo más claro y otros poemas (1949), donde trata el tema de la creación a través de la palabra, y su obra póstuma Confianza (1955), afirmación gozosa de la realidad vivida.
     Su trayectoria prosística comienza con Vísperas del gozo (1926), obra inscrita en la línea vanguardista de la época. Salinas abandona la narrativa durante veinticinco años, y sólo al final de su vida se reincorpora a ella con La bomba increíble (1950), novela sobre los horrores de la bomba atómica, y El desnudo impecable y otras narraciones (1951). Su depurada formación universitaria y su agudo sentido crítico fueron esenciales en los ensayos sobre literatura -Literatura española. Siglo XX (1940), Jorge Manrique o tradición y originalidad (1947), La poesía de Rubén Darío (1948)- y en las ediciones de Fray Luis de Granada y San Juan de la Cruz.

     Rafael Alberti. (1902 - 1999) Tras la Guerra Civil Española se exilió debido a su militancia en el Partido Comunista de España regresó a España, tras el fin de la dictadura franquista. Cabe distinguir cinco momentos en la lírica albertiana: neopopularismo, gongorismo, surrealismo, poesía política y poesía de la nostalgia.
     El primer ciclo de su poesía está constituido por Marinero en tierra, donde expresa su nostalgia por no poder disfrutar del mar de su tierra natal. En La amante (1926) refleja sus impresiones por distintos puntos de Castilla (Santo Domingo de Silos, Aranda de Duero, la Ribera del Duero, Burgos...) donde viajó con su hermano, representante de vinos y sus derivados. A esta obra le siguió El alba del alhelí (1927). El poeta se sitúa en la tradición de los Cancioneros, pero desde la posición de un poeta de vanguardia.
     En un segundo momento, una nueva tradición sucederá a la cancioneril: la de Góngora. El resultado es Cal y canto (1929, pero escrito entre 1926 y 1927). El gongorismo está en la profunda transfiguración estilística a que se someten los temas. En este libro aparecen unos tonos sombríos que anticipan a Sobre los ángeles (1929, pero escrito entre 1927 y 1928).
     Sobre los ángeles —que abre la tercera etapa; esto es, la surrealista— nace como consecuencia de una grave crisis personal y en el marco de la crisis estética general común entonces a todo el arte de Occidente. El clasicismo anterior salta deshecho y, aunque todavía el poeta recurra a formas métricas tradicionales, el versolibrismo irrumpe triunfante. Las características de este poemario son: Densidad de las imágenes, Violencia del verso, Creación de un mundo onírico e infernal. Es, seguramente, el libro mayor del poeta, que prolongará sus tonos apocalípticos en Sermones y moradas, escrito entre 1929 y 1930, para cerrar el ciclo surreal con el humor de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos (1929), en donde se recogieron poemas dedicados a los grandes cómicos del cine mudo.
     La identificación de conducta privada y pública, que puede ser considerada un rasgo definidor del surrealismo, se traduce en Alberti en una toma de posición ideológica cercana al comunismo, que lo conduce al ámbito de la poesía política, cuya primera manifestación es la elegía cívica Con los zapatos puestos tengo que morir (1930). Con el establecimiento de la Segunda República Española (1931), Alberti se escora hacia las posiciones del marxismo. Los poemas de estos años serán recogidos en Consignas (1933), Un fantasma recorre Europa (1933), 13 bandas y 48 estrellas (1936), Nuestra diaria palabra (1936) y De un momento a otro (1937), en un conjunto que el autor llamaría El poeta en la calle (1938). Hay que añadir la elegía Verte y no verte (1935), dedicada a Ignacio Sánchez Mejías. El ciclo es desigual, pero hay logros notables.
     Existen controversias sobre su actuación durante la Guerra Civil de España. A Rafael Alberti se le atribuye haber estado a cargo de una Checa en Madrid. Fue amigo personal de Stalin, al que dedicó un poema tras su muerte. ("Redoble lento por la Muerte de Stalin", 1953). Condecorado por Fidel Castro fue fiel amigo y colaborador del líder cubano. En el destierro, se inicia el último ciclo de Alberti. De la poesía no política cabe destacar Entre el clavel y la espada (1941); A la pintura (1948), retablo sobre los temas y figuras del arte pictórico; Retornos de lo vivo lejano (1952) y Oda marítima seguida de Baladas y canciones del Paraná (1953), vertebrados por el tema de la nostalgia, en los que el verso culto alterna con el neopopular, y con momentos de alta calidad, que reaparecen en Abierto a todas horas (1964) y en el primer libro «europeo», Roma, peligro para caminantes (1968). La última producción albertiana es muy copiosa, sin que falte el poeta erótico, como en Canciones para Altair (1988).
     La obra dramática albertiana está integrada por El hombre deshabitado (1930), Fermín Galán (1931), De un momento a otro (1938-39), El trébol florido (1940), El adefesio (1944), La Gallarda (1944-45) y Noche de guerra en el Museo del Prado (1956), además de adaptaciones y algunas piezas cortas. Alberti comentaba en repetidas ocasiones que las principales exponentes teatrales del siglo XX y por quienes el sentía una gran admiración y respeto eran sin duda la mejicana María Tereza Montoya y la española Margarita Xirgú.

     Federico García Lorca

     Dámaso Alonso. (1898 – 1990), Licenciado en Derecho y en Filosofía y Letras, se formó en el Centro de Estudios Históricos dirigido por Ramón Menéndez Pidal y tomó parte activa en las actividades de la Residencia de Estudiantes dirigida por el krausista Alberto Jiménez Fraud. Allí conoció a Federico García Lorca,a Luis Buñuel, a Pepín Bello y a Salvador Dalí; también conocerá en 1917 durante unas vacaciones al que será su gran amigo, Vicente Aleixandre, con el que convivirá en la España franquista. Colaboró en la Revista de Occidente y en Los Cuatro Vientos, y reivindicó la segunda etapa, la culterana, de la poesía de Luis de Góngora elaborando para explicarla una gran teoría de la expresión poética denominada Estilística. Hizo una edición crítica de las Soledades (1927) de este poeta, acompañada de una paráfrasis explicativa del mismo. Más tarde publicaría otras ediciones y estudios sobre este autor. Enseñó en Oxford dos años y luego fue catedrático de la Universidad de Valencia y posteriormente de Filología Románica en la Universidad de Madrid; en esta última formó, entre otros importantes discípulos, a Fernando Lázaro Carreter. En 1948 fue elegido miembro de la Real Academia de la Historia. También recibió el Premio Cervantes en 1978. Murió de un infarto en 1990.
     Se clasifica como poesía pura de inspiración juanramoniana a su libro Poemas puros, poemillas de la ciudad (1924). A partir de 1939, el gran aldabonazo de la Guerra Civil y de la no menos desesperada posguerra le conmueven profundamente y publica su obra más importante, Hijos de la ira (1944; segunda edición corregida y aumentada en 1946) donde, inspirándose en el procedimiento estilístico del paralelismo progresivo presente en la poesía bíblica de los salmos penitenciales y en la filosofía existencialista de posguerra, expresa una visión desgarrada y sombría de la condición humana, utilizando largos versículos y un lenguaje violento que da cabida al léxico vulgar y malsonante. Acusa, maldice y protesta el grotesco espectáculo del mundo, inmerso entonces en una terrible guerra global.
     Siguieron a esta obra señera, que inaugura e inspira la llamada Poesía desarraigada (junto a Sombra del paraíso de su amigo Vicente Aleixandre), Hombre y Dios (1955) y Oscura noticia (1959), dos líricos libros de poesía desarraigada de muy personal religiosidad. El título del último procede de San Juan de la Cruz: «La noticia que te infunde Dios, es oscura». Se deja notar una impronta existencialista y es visible la influencia de James Joyce, cuya novela Retrato del artista adolescente había traducido Alonso bajo el anagramático seudónimo de Alfonso Donado en 1926. En esta temática religiosa su última incursión es Duda y amor sobre el Ser Supremo (1985).
     A esta etapa corresponde también su importante labor filológica, fundamentalmente dentro del campo de la estilística, representada por los siguientes estudios: La poesía de San Juan de la Cruz (1942), Poesía española: Ensayo de métodos y límites estilísticos (1950) y Estudios y ensayos gongorinos (1955). Como director de la Real Academia Española de la Lengua procuró unir en un trabajo común a las restantes academias americanas de la lengua.

     Vicente Aleixandre. (1898 – 1984). Premio Nacional de Literatura en 1933 por La destrucción o el amor, de 1932-33, Premio Francisco Franco en 1949 y Premio de la Crítica en 1963 por En un vasto dominio, y en 1969, por Poemas de la consumación, y Premio Nobel de Literatura en 1977.
     En 1919 se licencia en Derecho y obtiene el título de intendente mercantil. Ejerce de profesor de Derecho Mercantil desde 1920 hasta 1922 en la Escuela de Comercio. En 1917 conoce a Dámaso Alonso en Las Navas del Marqués, lugar donde veraneaba, y este contacto supone el descubrimiento de Rubén Darío, Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. Inicia de este modo una profunda pasión por la poesía. Su salud empieza a quebrantarse en 1922. En 1925 se le declara una nefritis tuberculosa, que termina con la extirpación de un riñón, operación realizada en 1932. Publica sus primeros poemas en la Revista de Occidente en 1926. Establece contacto con Cernuda, Altolaguirre, Alberti y García Lorca. A lo largo de su vida ocultó su homosexualidad. En los años treinta el poeta conoce a Andrés Acero y ambos inician una intensa relación amorosa que será interrumpida por el exilio a México de Andrés tras la Guerra Civil. Después de la Guerra Civil no se exilia, a pesar de sus ideas izquierdistas, permanece en España y se convierte en uno de los maestros de los jóvenes poetas.
     Su obra poética presenta varias etapas. Poesía pura. Su primer libro, Ámbito, compuesto entre 1924 y 1927 y publicado en Málaga en 1928, es la obra de un poeta incipiente, que aún no ha encontrado su propia voz. Predomina el verso corto asonantado y la estética de la poesía pura juanramoniana y guilleniana, además de ecos ultraístas y de la poesía clásica española de la Edad de Oro, especialmente Fray Luis de León y Góngora.
     Poesía superrealista. En los años siguientes, entre 1928 y 1932, se produce un cambio radical en su concepción poética. Inspirado por los precursores del surrealismo (en especial por Arthur Rimbaud y Lautréamont) y por Freud, adopta como forma de expresión el poema en prosa (Pasión de la Tierra, de 1935) y el verso libre (Espadas como labios, de 1932; La destrucción o el amor, de 1935, Sombra del Paraíso, de 1944). La estética de estos poemarios es irracionalista, y la expresión se acerca a la escritura automática, aunque sin aceptar la misma como dogma de fe. El poeta celebra el amor como fuerza natural ingobernable, que destruye todas las limitaciones del ser humano, y critica los convencionalismos con que la sociedad intenta apresarlo.
     Poesía antropocéntrica. Tras la guerra, su obra cambia, acercándose a las preocupaciones de la poesía social imperante. Desde una posición solidaria, aborda la vida del hombre común, sus sufrimientos e ilusiones. Su estilo se hace más sencillo y accesible. Dos son los libros fundamentales de esta etapa: Historia del corazón, de 1954 y En un vasto dominio, de 1962.
     Poesía de vejez. En sus últimos libros (Poemas de la consumación, de 1968, y Diálogos del conocimiento, de 1974), el estilo del poeta vuelve a dar un giro. La experiencia de la vejez y la cercanía de la muerte le llevan de vuelta al irracionalismo juvenil, aunque en una modalidad extremadamente depurada y serena. A estos dos títulos canónicos, esto es, de los publicados en vida por el propio poeta, podría añadirse un tercero, «En gran noche», de aparición póstuma, en 1991, y en la misma línea metafísica y reflexiva que los dos anteriores.
     Aleixandre también tiene una producción en prosa, tan interesante como breve. A ella pertenecen Vida del poeta: el amor y la poesía (1950, discurso de ingreso en la RAE), Algunos caracteres de la nueva poesía española (1955) y, sobre todo, Los encuentros (1958, colección de 39 evocaciones de escritores españoles, que luego fueron ampliadas hasta el número final de cincuenta y dos semblanzas).

     Gerardo Diego. (1896 – 1987) Nació el 3 de octubre de 1896 en Santander. Alumno de la Universidad de Deusto donde sigue la carrera de Filosofía y Letras, y donde conoce a quien seria después un amigo esencial en la vida literaria, Juan Larrea. Finalizada la carrera, se doctoró en Madrid. Fue catedrático de Lengua y Literatura en Institutos de Soria, Gijón, Santander y Madrid. En Santander dirigió dos de las más importantes revistas del 27, Lola y Carmen. Fue uno de los principales seguidores de la Vanguardia poética española, y en concreto del Ultraísmo y del Creacionismo. En 1925 obtuvo el Premio Nacional de Literatura, ex aequo con Rafael Alberti.
     Elaboró las dos versiones de la famosa Antología de poesía que dio a conocer a los autores de la Generación del 27. Como profesor, dio cursos y conferencias por todo el mundo. Fue además crítico literario, musical y taurino además de columnista en varios periódicos.
     Se casa en el año 1934, y al año siguiente se traslada como catedrático al Instituto de Santander. Su tarea poética se sigue completando con sus estudios sobre diferentes temas, aspectos y autores de la literatura española, con su labor de conferenciante y su destacada crítica musical, realizada desde diferentes periódicos. La Guerra Civil estalla cuando se halla de vacaciones en Sentaraille (Francia). Finalizada la contienda, retorna a España y se traslada al Instituto Beatriz Galindo de Madrid, en el que permanecería hasta su jubilación.
     Desde 1947 fue miembro de la Real Academia Española. En 1979, se le concedió el Premio Cervantes. Murió el 8 de julio de 1987 en Madrid.
     Representó el ideal del 27 al alternar con maestría la poesía tradicional y la vanguardista, de la que se convirtió en uno de los máximos exponentes durante la década de los años veinte. Su obra poética sigue, pues, estas dos líneas. Es de destacar la influencia de Gerardo Diego en otras figuras de relevancia tanto en el ámbito nacional como regional. Destaca entre sus seguidores la poeta cántabra Matilde Camus, de la que fue profesor en el Instituto de Santa Clara en Santander. Gerardo Diego envió en 1969 una poesía cuyo título es Canción de Corro para el prólogo del primer libro de Matilde Camus titulado Voces y que fue dado a conocer en el Ateneo de Madrid. Asimismo, pronto se publicará la correspondencia que mantuvo con Matilde Camus.
     Su poesía tradicional comprende poemas de corte tradicional y clasicista, donde recurre con frecuencia al romance, a la décima y al soneto. Los temas son muy variados: el paisaje, la religión, la música, los toros, el amor, etc. Es suyo el considerado por muchos el mejor soneto de la literatura española, El ciprés de Silos, así como de otros poemas importantes como Nocturno, Las tres hermanas o La despedida.

El ciprés de Silos:
 
Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño;
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi, señero, dulce firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

     Su inclinación por el nuevo arte de vanguardia le lleva a iniciarse primero en el creacionismo. La falta de signos de puntuación, la disposición de los versos, los temas intrascendentes y las extraordinarias imágenes caracterizan esta poesía.

     Luis Cernuda. (1902 - 1963) Su educación fue rígida e intransigente debido al carácter y a la condición militar de su padre. Empezó a estudiar Derecho en la Universidad de Sevilla en 1919, siendo uno de sus profesores Pedro Salinas, quien lo ayudó con sus primeras publicaciones. Al año siguiente fallece su padre. En 1923 deja la Universidad de Sevilla para hacer el servicio militar e ingresa en el Regimento de Caballería de Sevilla. En 1924 volvió para terminar la carrera, lo que consiguió en 1926. Asiste a los actos celebrados en el Ateneo de Sevilla con motivo del tercer centenario de la muerte de Góngora, pero sólo como oyente, aunque ya había conocido a varios miembros de la que sería denominada después Generación de 1927. En 1928 Salinas le ayuda a conseguir un lectorado de español en la Universidad de Toulouse. Se traslada después a Madrid en 1929, donde trabaja en la librería de León Sánchez Cuesta y se enamora de un joven actor gallego llamado Serafín Ferro, que no le corresponde; este amor insatisfecho inspira sus libros Donde habite el olvido y Los placeres prohibidos. Nunca negó su condición homosexual, factor que le hizo ser considerado en su patria un "raro" y rebelde, dada la mentalidad cerril y poco abierta de la España de entonces, "un país donde todo nace muerto, vive muerto y muere muerto", como dirá en Desolación de la Quimera. La consciencia de su aislamiento se expresa en una de sus imágenes más conocidas: Cernuda se ve a sí mismo "como naipe cuya baraja se ha perdido".
     El mismo año que estalla la Guerra Civil publica la primera edición de su obra poética completa hasta entonces, bajo el título de La realidad y el deseo (1936). Durante el conflicto participó en el II Congreso de Intelectuales Antifascistas de Valencia. En 1938 parte al Reino Unido, donde trabaja como lector de español en la Universidad de Glasgow, la Universidad de Cambridge y el Instituto Español de Londres, pasando los veranos en Oxford en compañía del pintor Gregorio Prieto. En 1947 se inicia su exilio norteamericano; allí enseña literatura y logra por fin la ansiada estabilidad económica. Pasa a México en 1952, donde se enamora de un culturista, a quien están dedicados los Poemas para un cuerpo. Trata con Octavio Paz y con los Altolaguirre, en especial su mujer, Concha Méndez. Muere el 5 de noviembre en la Ciudad de México y es enterrado pocos días después en la sección española del Panteón Jardín.
     La poesía cernudiana es una poesía de la meditación, que consta de cuatro etapas, según Octavio Paz: los años de aprendizaje, la juventud, la madurez y el comienzo de la vejez.
     A la etapa inicial pertenecen las primeras poesías, publicadas en 1927 con el título de Perfil del aire -que muestran a un poeta elegante en su contemplación elegíaca del mundo - y Égloga, elegía, oda, escrito entre 1927 y 1928, que rinde homenaje a la tradición clásica a la vez que toca algunos temas muy cernudianos: amor y eros en especial.
     Comienza el ciclo de la juventud con Un río, un amor y Los placeres prohibidos, escritos entre 1929 y 1931. Esos dos libros revelan la adhesión de Cernuda al surrealismo. Aunque el clasicista que siempre hubo en él atempera muchas veces la ruptura formal, lo esencial de esos poemarios es su espíritu de rebeldía contra el orden establecido. En Los placeres prohibidos la rebelión crece con la abierta reivindicación de la homosexualidad. Donde habite el olvido (1934) es un libro neorromántico, «superbecqueriano», que desarrolla una elegía amorosa. Invocaciones, de 1934-35, presenta al neorromántico dilatándose en amplios poemas que celebran las glorias del mundo y exaltan la misión del poeta.
     El período de madurez arranca con Las nubes (1940 y 1943), uno de los más bellos libros de poesía sobre la Guerra Civil, donde lo elegíaco alcanza su plenitud. Bajo el estímulo de la lírica inglesa, incluye monólogos dramáticos, como «La adoración de los magos». Prolonga tono y estilo en Como quien espera el alba (1947). Obsesionado con sus recuerdos sevillanos, elabora en prosa Ocnos (1ª ed. en 1942, luego ampliada: 1949 y 1963), esencial para entender su mitología del Edén perdido.
     En México se desarrolla su última etapa. Allí compondría Variaciones sobre tema mexicano, 1952, Vivir sin estar viviendo (1944-49) y Con las horas contadas, de 1950-56, que en ediciones posteriores incorporará Poemas para un cuerpo (Málaga, 1957). Es perceptible la sustitución de la anterior musicalidad elegante, garcilasiana, por un ritmo seco, duro, y por la renuncia a toda ornamentación en favor del concepto. Este estilo alcanza su plenitud en Desolación de la Quimera (1962).
     Cernuda es autor de una obra crítica (Estudios sobre poesía española contemporánea 1957 o Poesía y literatura, I y II 1960 y 1964) que, más allá de algunas arbitrariedades, ha permitido revisar tópicos y estimaciones. En ella, Cernuda reivindica a Campoamor, expresa su admiración por su amigo Federico García Lorca y enjuicia con severidad la obra de Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y Jorge Guillén.
     En 1985 se editó su única obra de teatro, La familia interrumpida.
     Fue el propio Luis Cernuda quien esbozó su evolución poética en "Historial de un libro", trabajo publicado primitivamente en Papeles de son Armadans, la revista dirigida por Cela, y recogido posteriormente en su Poesía y Literatura. Toda crítica literaria de su obra ha de referirse necesariamente a este trabajo del autor.
     Para Cernuda, el respeto a la tradición literaria y la aportación de originalidad en su obra deben ir en perfecto equilibrio. No se debe dar mayor peso a una o a otra. Para él, el respeto a la tradición es algo fundamental, pero no entiende esa tradición solamente como el respeto a la obra de autores españoles, sino que abarca el conjunto de la literatura europea desde Homero. Entre las presencias de la tradición que más claramente se ven en sus poemas encontramos:
     Garcilaso.- Tanto por su métrica (como se ve en el libro Égloga. Elegía. Oda), como por sus temas (el amor, la visión idealizada de la naturaleza y la presencia de la mitología clásica).
     Bécquer, y los poetas que inician el Simbolismo (Baudelaire, Paul Verlaine, Paul Valéry, Mallarmé, Friedrich Hölderlin, que le aportan el concepto del poeta como un ser sobrenatural que tiene la capacidad de percibir lo que otros no pueden.
     Los poetas platónicos (Fray Luis de León, T.S. Eliot, le aportan la visión de la naturaleza como un mundo de orden y paz, frente al caos humano.
     En Historial de un libro señala asimismo el influjo que ejercieron sobre él la poesía de los poetas metafísicos ingleses, la de Hölderlin y la de Constantino Kavafis.
     Junto a todas estas presencias de la tradición cultural europea, Cernuda también tendrá en cuenta la obra de sus contemporáneos:
     Juan Ramón Jiménez, por la visión subjetiva de la realidad y por la idea de que la verdadera literatura es aquella que se dirige a la esencia de las cosas, eliminando la superficialidad. Los poetas del 27 le enseñan a enfrentarse a la obra literaria desde la perspectiva del Surrealismo. En la poesía de Cernuda, en fin, la presencia de la tradición se conjugará con la originalidad de su aportación, fruto de sus peculiaridades biográficas.
     La función del poeta en la obra de Luis Cernuda entronca perfectamente con la tradición romántica, según la cual el artista aparece como un ser solitario dotado de un don sobrenatural que le permite ver y expresar lo que otros no pueden. En esta línea, Cernuda se nos presenta como un integrante de una tradición que arranca con los románticos, sobre todo con los alemanes como Hölderlin, Novalis o Heinrich Heine y que en España representa la figura de otro sevillano, Gustavo Adolfo Bécquer. El poeta es, por tanto, un “elegido”, bien sea por Dios o por el Demonio. Es un ser maldito, marginado por la sociedad, hecho del que deriva su soledad total. En el caso de Cernuda, esa condición de maldito, de diferente, viene reforzada por su forma distinta de entender el amor. Su homosexualidad choca frontalmente con los usos y las normas propias de la sociedad burguesa a la que pertenece y en la que vive. Como consecuencia del sentimiento de la diferencia, la actitud del poeta sevillano frente al mundo se definirá por la rebeldía y por el sentimiento de frustración provocado por el choque constante entre la realidad que vive y el deseo de vivir, de amar, de forma diferente.
     El núcleo temático de la obra de Cernuda es la antítesis entre la realidad y el deseo, hecho que explica que a partir de 1936 titulara el conjunto de su poesía con esta oposición. Esta antítesis nace, sin duda, de las peculiares circunstancias vitales del poeta sevillano, pero entronca perfectamente con lo que en los poetas románticos y simbolistas era la colisión entre la libertad individual y la sociedad burguesa, además de ser un tema característico de la poesía del siglo XX, como lo demuestra su aparición en poemas de autores muy variados, desde Antonio Machado, a Federico García Lorca, pasando por Rafael Alberti, por citar solamente a algunos contemporáneos de Cernuda.

     Manuel Altolaguirre. (1905 - 1959) Estudió bachillerato en el colegio de los jesuitas y Derecho en la Universidad de Granada, carrera que nunca ejerció. Su vocación más temprana fue la de impresor y editor. Aparte del libro "Litoral", publicó en otras revistas importantes y junto con su mujer, la poetisa Concha Méndez editó, en la colección Héroe, libros fundamentales de poesía.
     Desde la guerra civil, vivió en París, Cuba y México. Su actividad más destacada en este último país fue el cine. Como guionista consiguió en 1952 el Premio de la Crítica al mejor argumento en el Festival de Cine de Cannes y el "Águila de plata" de México por la película Subida al cielo, dirigida por su amigo y compañero en la Residencia de Estudiantes, Luis Buñuel. Como productor trabajó en Misericordia, basada en la obra de Benito Pérez Galdós y en "Las estrellas" de Arniches. Fue guionista, productor y director de cine. Como director firmó la película Cantar de los Cantares basado en la versión de Fray Luis de León.
     En 1959, volvió a España para presentar en Adamuz (Córdoba) su película en el Festival de Cine de San Sebastián y fallece en Burgos víctima de un accidente de automóvil.
     Es posiblemente el poeta más espiritual e intimista de la Generación del 27. En sus composiciones se observa la huella de San Juan de la Cruz, Garcilaso de la Vega, Juan Ramón Jiménez y Pedro Salinas. Aunque su producción es breve y desigual, supo crear un mundo intimista, pero rico en matices. Su poesía es cálida, cordial, transparente. Canta el amor, la soledad, la muerte, con tonos románticos. Según él, su poesía se siente hermana menor de la de Salinas. Rasgo sobresaliente de su producción es su musicalidad, con predominio de los versos cortos y las estrofas de raíz tradicional. Además de su poesía, Altolaguirre escribió un libro de memorias, El caballo griego, numerosos artículos de crítica literaria, algunas traducciones y obras de teatro.
     Tampoco debemos olvidar su labor como editor: en 1926 funda en Málaga -junto a Emilio Prados- Litoral, revista en la que publicará buena parte de la generación del 27, y durante su exilio cubano creó la imprenta La Verónica dedicada, también, a la edición de textos literarios.

     Emilio Prados. (1899 - 1962). Sus primeros quince años transcurren en Málaga, donde asiste al Instituto de enseñanza secundaria. En 1914, obtiene una plaza en el Grupo de Niños de la Residencia de Estudiantes de Madrid. En este internado conoce a Juan Ramón Jiménez, uno de los asiduos invitados y quien, junto con la afición a los libros inculcada por su abuelo Miguel Such y Such en su infancia, determinaría su inclinación hacia la poesía. En 1918 se incorpora al grupo universitario de la Residencia, centro que se convierte en punto convergente de las ideas vanguardistas e intelectuales de Europa, así como en un foro de diálogo permanente entre ciencias y artes. En este fecundo caldo de cultivo se forma la Generación del 27 y es aquí, donde Prados entabla amistad con el círculo que forman Federico García Lorca, Luis Buñuel, Juan Vicens, José Bello y Salvador Dalí.
     En 1921, el agravamiento de la enfermedad pulmonar que padece desde su infancia le obliga a ingresar en el sanatorio de Davosplatz (Suiza) donde pasará la mayor parte del año. En esa reclusión terapéutica, Emilio Prados comenzará a descubrir los autores más sobresalientes de la literatura europea y a consolidar su vocación de escritor. Tras este paréntesis, en 1922, reanuda su formación académica asistiendo a cursos en las universidades de Friburgo y Berlín; visita museos y galerías de arte de las principales ciudades alemanas y conoce a Picasso y a diversos pintores españoles en París.
     En el verano de 1924 regresa a su ciudad natal, donde continúa su actividad como escritor y funda, junto a Manuel Altolaguirre, la revista Litoral, el hito más renovador de la cultura española de los años 20, en cuyas páginas refleja el diálogo entre poesía, música y pintura del que bebió en la Residencia de Estudiantes, logrando reunir bajo un único código creativo a figuras tan relevantes como: Jorge Guillén, Moreno Villa, Manuel de Falla, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Ángeles Ortiz o Federico García Lorca entre otros. En 1925 inicia su actividad como editor de la imprenta Sur, en la que trabaja también junto a Altolaguirre. De estos talleres saldrán publicados gran parte de los títulos de la poesía del 27. El esmerado trabajo de edición que realizan ambos poetas les procura prestigio internacional.
     Paralelamente a sus actividades creadoras, su compromiso social se va decantando en un progresivo interés hacia los sectores más pobres y desfavorecidos de la sociedad. Es en plena II República, en 1934, cuando su acercamiento a la izquierda se muestra explícitamente. El clima de violencia que impera en Málaga al estallar la guerra le hace trasladarse a Madrid y allí entrará a formar parte de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Colabora en tareas humanitarias, ayuda en la organización del II Congreso Internacional de Escritores y en la edición de varios libros: Homenaje al poeta Federico García Lorca y Romancero general de la guerra de España, al tiempo que se publican varias de sus obras. Recibe el Premio Nacional de Literatura por la recopilación de su poesía de guerra, Destino fiel en 1938.
     Poco después se instala en Barcelona para encargarse, junto con Altolaguirre otra vez, de las “Publicaciones del Ministerio de Instrucción Pública”. Pero la situación es ya insostenible en la España de comienzos de 1939 para un republicano, por lo que decide marcharse a París y el 6 de mayo parte, junto con otras destacadas figuras de la intelectualidad republicana, hacia México, donde residirá hasta su muerte.
     Obra poética. Primera etapa 1925 a 1928: busca las correspondencias de la naturaleza con la otredad del ser. Funde elementos vanguardistas y surrealistas con sus raíces arábigo-andaluzas y las poéticas puristas y neopopularistas de la época.
     Segunda etapa 1932 a 1938: se entrega a la poesía social y política con un lenguaje surrealista.
     Tercera etapa, exilio en México 1939 a 1962: poesías que emanan un profundo sentimiento de desarraigo y soledad. En su recta final, la trayectoria poética de Prados se dirige hacia una poesía cada vez más densa y filosófica, hacia el concepto de vida nueva, de solidaridad y amor; autoafirmándose en su independencia y en la visión abierta y vanguardista que siempre había defendido, la generación del 27.

La Generación del 98
Antonio Machado
El Grupo Poético del 27
Federico García Lorca
Tiempo de silencio, de Luis Martín-Santos


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