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Tras la Protohistoria, en Occidente podemos dividir la Historia Universal en cuatro grandes etapas: Edad Antigua, Media, Moderna y Contemporánea, considerando esta última desde finales del siglo XVIII. Entre la
Revolución francesa y la actualidad, la humanidad ha experimentado una
explosión demográfica, concluida para las sociedades más avanzadas y aún en
curso para la mayor parte de los países subdesarrollados o recientemente
industrializados, lo que ha producido un aumento exponencial del consumo
de todo tipo de productos, servicios y recursos naturales; que han elevado el
nivel de vida de una forma antes insospechada para una gran parte de los
seres humanos, pero que han agudizado, (o al menos no reducido), las
desigualdades sociales, y dejan planteadas para el futuro próximo graves
incertidumbres en el medio ambiente. La ciencia y la cultura entran en un periodo de extraordinario desarrollo y fecundidad; mientras que el arte y la literatura, han intentado liberarse de sujeciones académicas y se han abierto a un público y un mercado cada vez más amplios. Desde finales del siglo XV, con el Humanismo, el Renacimiento y la Reforma Protestante, y ya en el siglo XVII con la Revolución Científica y el preludió a la Ilustración, había cambiado en la Europa Occidental la visión general del mundo y nuevas ideas se habían impuesto o estaban a punto de afianzarse: el antropocentrismo (confianza en el ser humano sobre lo divino), la idea del progreso social, la libertad individual, el impulso al conocimiento y la investigación científica. Las revoluciones de finales del XVIII y comienzos del XIX pueden entenderse como la consecuencia de esta nueva cosmovisión respecto del período precedente. La confianza en el ser humano y en el progreso científico se manifestó en el positivismo, que encontró su reflejo político en el liberalismo y en la doctrina de los derechos humanos, que terminó por dar forma a la Democracia contemporánea, que a partir del siglo XIX se fue extendiendo, hasta llegar a ser actualmente el ideal de forma de gobierno más universalmente aceptado. En la Edad
Contemporánea triunfan y alcanzan quizás su máximo potencial de desarrollo las
fuerzas económicas y sociales que durante la Edad Moderna se habían gestado
lentamente: el Capitalismo y la Burguesía; y las entidades
políticas que lo hacían de forma paralela: la Nación y el Estado. En el siglo XIX, estos elementos confluyen para conformar la formación social histórica del
estado liberal decimonónico europeo clásico, regido por una minoría burguesa
empecinada en la acumulación de capital, asentada sobre una gran masa de
proletarios, compartimentada por las fronteras de unos Estados nacionales de
dimensiones compatibles con mercados nacionales que a su vez controlaban un
espacio exterior disponible para su expansión colonial. En el mapa político se generaron terribles conflictos civiles, religiosos o tribales, (en particular, estos últimos, cuando las fronteras se fijaron siguiendo los límites geográficos de los imperios coloniales en desintegración, que habían sido delimitados con criterios opuestos al interés de las naciones sometidas). Y los estados europeos preponderantes en la era Moderna, se transformaron, después de la Segunda Guerra Mundial, en actores cada vez menos relevantes, debido a la hegemonía impuesta por los Estados Unidos y la Unión Soviética. La desaparición de ésta, y del bloque comunista, tras la llamada «Guerra Fría», ha dado paso al mundo actual del siglo XXI, que continua, no sabemos hacia donde, el apasionante devenir de la Historia de la Humanidad. |
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Monòver punto com - ISSN 1885-4192
Cláusula de Exención de Responsabilidad
Copyright © 2003-2009, Luis Andrés, Todos los derechos reservados
Edita: Luis Andrés Pastor Oleaga, (Responsable y esclavo de esta idea)
03640 Monòver / Monóvar - Alicante (Spain)
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