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Insertado el lunes 16 de febrero de 2009

Algunos moriscos permanecieron en Monóvar tras la expulsión

Árabe

     Se conservan algunos datos acerca de los moriscos que consiguieron quedarse en España «legalmente»; da la impresión de que su número fue muy escaso, aunque seguramente sólo se hizo constar documentalmente un porcentaje muy bajo de los que realmente permanecieron. Entre las referencias documentales que se conservan existe una carta dell Obispo de Orihuela, fray Andrés Balaguer, a fray Antonio Sobrino, de 30 septiembre de 1609, se queja de la marcha generalizada de los moriscos en algunos lugares de su obispado, diciendo: «Las casas de Pedrel se fueron todos, sino dos que el Conde de Elda mandó quedar por fuerza. En Monóvar, que es de 250 vecinos, quedan 30 de estos medio voluntarios. En Albatera, lugar de 300 vecinos, quedan 36 casas. Las casas de Elche son 39 pero todos se quieren ir y el señor duque los tiene por fuerza».

     En 2010 se cumplirán 400 años de la expulsión oficialmente definitiva de España de los «moriscos», considerados los últimos descendientes de los viejos árabes que desde el año 711 dominaron gran parte de la península ibérica, hasta que en 1492 el rey nazarí, Boabdil, entregó a los Reyes Católicos el último baluarte árabe en territorio español: Granada. Aunque muchos permanecían en territorios cristianos ya no volverían a ocupar el gobierno de ningún territorio.

     Tras la firma de las Capitulaciones, el primer arzobispo de la Granada reconquistada, fray Hernando de Talavera, que era hijo de conversos, puso mucho empeño en que fueran respetadas todas las cláusulas pactadas en la rendición, valiéndose de su fuerte ascendiente sobre la reina Isabel de la que era su confesor y asesor espiritual. Y así se fue aplicando de forma suave y sin grandes traumas lo pactado, de forma que los moriscos pudieron en principio mantener su religión, sus costumbres y su lengua, pero por poco tiempo; en 1499 el Cardenal Cisneros ordenó la conversión forzada de los moriscos al cristianismo, tal como también se hiciera en tiempos de dominio árabe, en los que a la mayoría de los autóctonos se les obligó a convertirse al Islam, dando lugar a los llamados «mozárabes».

     Pese a que se promulgaron numerosas Pragmáticas que así lo ordenaban, en principio no se ejecutaron las expulsiones forzosas al extranjero porque a muchos señores y demás componentes de la nobleza, no les interesaba la expulsión, dado que la misma conllevaba la pérdida de mano de obra en la agricultura y en otros oficios que sólo los moriscos estaban dispuestos a realizar y que sólo ellos conocían, de manera que muchas veces se optaba por la deportación interior de los moriscos que más problemas habían causado, desagrupándolos y  distribuyéndolos por territorios en los que escaseaban, como Castilla la Vieja, Castilla la Nueva, Extremadura, Galicia y otros lugares a fin de proceder a su reparto para que así las constantes rebeliones tuvieran menos fuerza y también menos eco para que el ejemplo no cundiera.

     El Cardenal Cisneros aplicó con dureza la Inquisición, forzando las conversiones al cristianismo e imponiendo severos castigos a los que eran sorprendidos practicando otros ritos religiosos o culturales; habiéndose también procedido a la expulsión de los judíos, en 1502 ordenaba la conversión general dando a elegir a los establecidos en Castilla entre el bautismo o la inapelable expulsión. Los que se quedaron en España debieron bautizarse necesariamente pasando a denominarse mudéjares. Fueron prohibidas todas sus costumbres, cultura, idioma... El Cardenal Cisneros dictó una nueva Pragmática actuando en su condición de Regente, en virtud de la cual se les obligaba a abandonar sus vestimentas, sus costumbres y sus usos.

     La situación empeoró; se les acusó de ponerse del lado de los turcos con los que entonces España estaba en guerra... Entre 1568 y 1571 se produjeron rebeliones y casi todos los moriscos fueran deportados de unas provincias a otras. Se prohibió que fueran a Murcia, marquesado de Villena o Valencia, porque allí ya había exceso de moriscos. Otros optaron por emigrar fuera de España, y se fueron a América, destacando Méjico, Argentina, República Dominicana, Colombia, Venezuela y Perú. Otra parte de ellos lo hicieron hacia Francia, Alemania y Bélgica.

     Felipe III, recluido en el Alcázar de Segovia e influenciado por el Conde de Lerma y su confesor Gaspar de Córdoba, decretó el bando de la expulsión definitiva el 4 de abril de 1609.  «Salieron, pues, los desventurados moriscos en orden de procesión desordenada, mezclados los de a pie con los de a caballo, yendo unos entre otros reventados de dolor y de lágrimas, llevando grande estruendo y confusa vocería, cargados de sus hijos, mujeres y enfermos, y de sus viejos y niños llenos de polvo, sudando y carleando, los unos en carros apretados allí con sus personas, alhajas y baratijas; otros con cabalgadura con extrañas invenciones y posturas rústicas, cada cual con lo que tenía. Unos iban a pie, rotos, mal vestidos, calzados con una esparteña y zapato, otros con sus capas al cuello, y otros con envoltorios y líos... Entre los sobredichos de los carros y cabalgaduras (todo alquilado...) iban de cuando en cuando (de algunos moriscos ricos) muchas mujeres hechas unas devanaderas, con diversas patenillas de plata en los pechos, colgadas de los cuellos..., y con colores en sus trajes y ropas, con que disimular algo el dolor de corazón. Los otros que eran más sin comparación, iban a pie, cansados, doloridos, enojados, perdidos, tristes, fatigados, sedientos y hambrientos, tanto que ni les bastaba el pan de los lugares, ni el agua de las fuentes, con ser tierra tan abundante, y con darles el pan sin límites de su dinero...».

     En total, serían unos 325.000 moriscos los que fueron expulsados de lo que hoy es España tras la llamada «reconquista». La diáspora llegó a muchos lugares e incluso algunos regresaron con nueva identidad o se escondieron. Mas de cuatro mil se asentaron en Tánger, Tetuán y Rabat y crearon una llamada república pirata e independiente llamada Salé la Nueva, por contraposición a Salé la Vieja, en Extremadura, un lugar en donde se habían asentado en la segunda mitad del siglo VII, procedentes de Egipto y la actual Arabia Saudita; está república llegó a ser reconocida por Francia, Inglaterra y Holanda. Las familias quedaron divididas entre los expulsados y los que pudieron quedarse; muchas familias moriscas quedaron divididas en 1610; desde entonces muchos árabes aún conservan las llaves de las casas que hubieron de abandonar o los documentos que testifican las propiedades de las que fueron despojados. Tras estas deportaciones, Valencia llegó a quedarse sin una cuarta parte de la población, lo que provocó que el campo se quedara prácticamente abandonado y la agricultura se hiciera improductiva.

     La expulsión se llevó a cabo básicamente en dos fases, en la primera, «voluntaria», se permitió a los moriscos marcharse con sus bienes muebles y, en la segunda, forzosa, contra los que no se habían acogido a la primera; se les expulsó obligatoriamente con el único derecho de llevarse de España lo que pudieran llevar puesto.

     «En manos de mudéjares y moriscos estuvo principalmente la producción artístico-industrial durante los siglos XV y XVI... Moriscos eran los alfareros que bajo el disfraz de nombres cristianos habitaban los barrios de Sevilla, siéndolo también los que en pobres viviendas producían riquísimas telas, labrados cueros, artísticas obras de metal, de cobre o de plata, armas, jaeces de caballos y demás objetos de arte suntuario; dedicándose también a las industrias vulgares, a la labor de los campos y explotando todas las fuentes de la producción».

     «Vivian apartados de los cristianos viejos, sin querer admitir testigos de su vida. Tenían tiendas de cosas de comer en los mejores puestos de las ciudades y villas, viviendo la mayor parte de ellos por su mano. Otros se empleaban en oficios mecánicos, caldereros, herreros, alpargateros, jaboneros y arrieros... pagaban de buena gana las gabelas y pedidos y eran templados en su comida y vestir. Se mostraban exteriormente a todo con voluntad, y en estar advertidos en acrecentar los intereses de hacienda. No daban lugar a que los suyos mendigasen. Todos tenían oficio y se ocupaban de algo. Si alguno delinquía, a pendón herido eran a favorecerle, aunque el delito fuera muy notorio. No querellaban unos de otros; entre sí componían las diferencias. Eran callados, sufridos y vengativos en viendo la suya. Su trato común era trajinaría y ser ordinarios de unas ciudades a otras. No se supo quisiesen emparentar con los cristianos viejos, ni que en los casamientos que hacían entre sí pidiesen la dispensación al Pontífice romano en los grados de parentesco que prohíbe el derecho».

     «La expulsión fue una prudente medida; fue lo más acertado que se pudo hacer durante el reinado de los Austrias, porque fue la única solución posible. Fundamentalmente, la cuestión morisca era la de una minoría racial no asimilada que había ocasionado trastornos constantes desde la conquista de Granada. La dispersión de los moriscos por toda Castilla, después de la represión de la segunda rebelión de las Alpujarras en 1570, extendió el problema a áreas hasta entonces libres de población morisca. A partir de 1570 el problema lo fue tanto castellano, como valenciano o aragonés...».

     Todos los historiadores de la época coinciden en señalar que la expulsión no fue de naturaleza xenófoba o racial, sino la única solución con la que se podía abordar el problema; Los argumentos y la envidia, cuatrocientos años después, son los mismos que se emplean en la actualidad para justificar todas las actitudes racistas: «No se integran, son un problema, viven mejor que nosotros a nuestra costa, que se vuelvan a su casa...». Uno de los mayores traumas sociales de la historia de España.

     Salieron en embarcaciones tipo galeras, fletadas por el Estado español a Francia, Italia y Portugal. Sólo en 1609 salieron 64.000 de ambas Castillas, La Mancha y Extremadura y 6.000 del Campo de Calatrava aunque muchos de los expulsados retornaron a España de nuevo en cuanto pudieron, llegando en algunos casos más que los que se fueron. Muchos soslayaron los decretos de expulsión, unos acogidos a las disposiciones eximentes, bien por entrar en religión acogidos en los conventos, o por matrimonio con cristianos viejos, y muchos escaparon a la expulsión buscando una vida nómada fuera de sus poblaciones de origen para no ser conocidos, ejerciendo como vendedores, artesanos ambulantes, arrieros o recaderos, manteniendo sus costumbres durante varias generaciones, y otros muchos consiguieron escapar y regresar subrepticiamente a sus casas de España, de las que conservaban las llaves. La permanencia de los moriscos en España tras la expulsión definitiva y general, es un hecho indubitado, pese a los distintos decretos de expulsión. Muchos de ellos consiguieron mantenerse en el territorio español que no querían abandonar. Algunos de ellos incluso se mantuvieron ocultos en sus viejas tierras eludiendo el cumplimiento de todas las Pragmáticas, amparados por sus mismos señores, que temían perder su valiosa mano de obra, tan experta para la agricultura. Y, a pesar de todos los que se marcharon, fueron también muchos los que regresaron de nuevo a España valiéndose de mil ingenios.

     Cervantes nos lo recuerda cuando el morisco Ricote, tras haber retornado, se encuentra con Sancho Panza y le dice: «¿Cómo es posible, Sancho Panza, hermano, que no conozcas a tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?... Con justa razón fuimos castigados con la pena blanda y al parecer suave de destierro al parecer de algunos, pero al nuestro, la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estemos, lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural. En ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea; y en Berbería y en todas las partes de África, donde esperábamos ser recibidos, acogidos y regalados, es donde peor nos tratan... No hemos conocido el bien hasta que lo hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquéllos (y son muchos) que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados, tanto es el amor que la tienen».

     El idioma castellano está salpicado de numerosísimos nombres árabes dados a las cosas, costumbres, tradiciones y modos de vida social en común, y la cultura árabe se integró a la de los reinos cristianos peninsulares tras más años de convivencia que separados. Se estiman en más de 4.000 palabras y vocablos árabes los que se han ido incorporando a nuestro diccionario español, como: almirez, alcoba, almohada, albarda, alcayata, zócalo, azahar, alhelí, jazmín, azucena, albahaca, jara, retama, alquería, zahurda; o nombres de ríos como Guadiana, Guadalquivir, Guadalhorce, Guadalmedina, Guadalimar, Guadaira, Guadiaro, Guadalete, etc; poblaciones y ciudades que empiecen por Alcázar... y Medina, como Alcázar de San Juan, Alcázar del Rey, o el propio nombre de Alcázar usado también como apellido, que se da a los refugios y fortificaciones, como el Alcázar de Toledo, Medina de las Altas Torres, Medina de Ríoseco, Medina del Campo, Medina Azahara, etc. Aquí dejaron su aprecio por la agricultura y los huertos, para cuyo riego heredamos de ellos el sistema de norias; Y la «seguidilla», de origen morisco, aunque en varias versiones, constituye una de las expresiones más generalizadas de la danza y el cante popular español.

     En sentido contrario, también los árabes asimilaron numerosísimos usos, costumbres, modismos, y hasta en bastantes casos nuestros propios apellidos españoles, como todavía claramente se refleja en los actuales descendientes de aquellos moriscos que ahora viven en Rabat y otras ciudades marroquís, entre los que se encuentran el apellido Vargas, ahora mutado a Vargasch; o Zapata, que hoy llaman Sebatta; Torres, Chamorro, Blanco, Tredambo, Molina, Galán, Venegas, Báez, Becerra, Morales, Polanco, Tamayo, etc.

     El nombre de «moriscos» viene de la palabra «mudéjares»; los primeros musulmanes que tras la reconquista de Granada en 1492 se quedaron a vivir con los españoles convirtiéndose al cristianismo sin apenas problema, llegado a integrarse bastante bien con los cristianos. Y luego los moriscos que se acogieron a las llamadas «Capitulaciones» otorgadas por los Reyes Católicos para su integración; en donde se recogía: «..sus altezas y el príncipe Juan..., los recibirán por sus vasallos y súbditos naturales, debajo de su palabra, seguro y amparo real, al rey Abí Abdilehi, y sus alcaldes, cadís, alfaquis, meftís, sabios, alguaciles, caudillos y escuderos, y a todo el común, chicos y grandes, así hombres como mujeres, vecinos de Granada y de su Albacín y arrabales, y de las fronteras, villas y lugares de su tierra; y de la Alpujarra, y de los otros lugares que entraron debajo de este concierto y capitulación, de cualquier manera que sea, y los dejarán en sus casas, haciendas y heredades, entonces y en todo tiempo y para siempre jamás, y no les consentirán hacer mal ni daño sin intervenir en ello la justicia y hacer causa, ni les quitarán sus bienes ni sus haciendas ni parte de ello; antes bien, serán acatados, honrados y respetados de sus súbditos y vasallos, como lo son todos los que viven debajo de su gobierno y mando».


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