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La honrada decisión
de Rosa Díez
nº
814
Luis Andrés
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Portada
SALARIOS…
nº
813
J. Pérez Payá
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Portada
Recaudadores de
impuestos de los siervos
nº
812
ANDRÉS CASTAÑO
La tropa
La historia de la humanidad es una historia
de resignación. Primero fueron saqueos y epidemias; más tarde, levas para
combatir y recaudadores de impuestos; por último regresaron al unísono las
epidemias, los saqueos, las levas y los impuestos. El deslome ha logrado
acicalarse con la típica impostura de las sociedades «ciudadanas»: tenemos
derechos. Adviertan el rango de la palabra. Un siervo es vasallo y debe
fidelidad; en cambio, un ciudadano puede exigir, el verbo invisible que se
esconde entre instancias y pólizas. Pero ocurre que la imagen de un labriego
medieval que entrega dos gallinas al contable del marqués no es diferente del
otro labriego que pregunta humildemente en Suma por qué debe pagar intereses por
algo que ya está pagado. Naturalmente, las palabras esenciales del embrollo son
«humildad» y «cobro indebido». Y como hace mil años, los humildes y quienes
cobran indebidamente son los mismos. Ha variado el atrezzo que ilustran varios
siglos, aunque perdure la esencia.
Un país, cualquiera, puede soportar epidemias, saqueos,
levas e impuestos. Lo descabellado es que pretenda sostenerse con dividendos
bancarios, que crecen a costa de otros injustamente, y de una nómina de
funcionarios que se reproduce como los topillos sin fumigación posible. Aunque
los topillos no cobran horas extras, la terapia es improbable. Hay tantos
intereses involucrados que tanto da entregar dos gallinas como la retención del
IRPF. Castizamente, somos unos «pringaos». La prueba es que nadie se atreve a
entrar en una oficina pública sin recomendación: debemos conocer a alguien que
agilice el trámite, alivie la preocupación y nos despida amablemente tras
haberle molestado.
Esto no sería un problema si la Administración poseyera
recursos para desprenderse de lo superfluo y se dedicara a gestionar con
eficacia. Pero entonces tropezaríamos con el inconveniente de que sobran casi
todos. Y es imposible desprenderse de «casi todos» cuando son precisamente «casi
todos» quienes garantizan dos o tres concejales, o son flamantes asesores
autonómicos para asuntos extraterrestres, o no consiguieron acabar la carrera y
el presupuesto es muy sufrido si arregla los apuros familiares. El daño que
provoca el cambalache político trasciende un acta electoral. Tras él se
despliega una turba anónima que suplica al padrino. Y el padrino contrata
entonces a la claque para que recoja gallinas. Qué remedio: es el padrino.
(Información, 29 de agosto de 2007)
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Aquí no vivimos a
cuerpo de rey
nº
811
El Heredero
No sé porqué causa tanta sensación el nombramiento de
un interventor, Óscar Moreno Gil, para llevar las cuentas de la Casa del Rey. La
prensa, en esa manera perversa que tiene de descartar interpretaciones, lo que
hace es explicar la decisión como consecuencia de iniciativas de republicanos y
comunistas para controlar el dinero que recibe mi Augusto Padre.
Y me extraña la importancia que se le ha dado porque no
se trata más que de poner para los asuntos civiles de Palacio algo que ya
existía en los del Cuarto Militar, incluso el discutido ex jefe de la Casa,
Sabino Fernández Campo, era general del Cuerpo de Intervención.
De los comentarios que he visto ninguno señala lo que
sí debería parecer un anacronismo: que a mi edad, con familia formada y
residencia propia, en mi condición de Heredero no disponga de una asignación
oficial específica, sino que la Princesa y Yo dependamos de la paga de papá, el
Rey.
Pero como he recordado en otras ocasiones, en mi caso
también se aplica eso de que donde hay capitán...
Quienes creen que en la Familia Real vivimos a cuerpo
de rey, dicho vulgarmente, deberían informarse sobre las interioridades de la
Casa de Su Majestad, que es la que recibe la asignación anual, de 8.289.979
euros para el año 2007. En ella se instalará el nuevo interventor, un
funcionario jubilado que controlará la legalidad de los gastos, no su interés u
oportunidad, sin rendir cuentas al Ministerio de Hacienda sino al Jefe de la
Casa, el discreto y paciente Alberto.
Me temo que volverá la polémica sobre lo cara que sale
a los españoles la presunta vida lujosa y ociosa de la Real Familia, cuando la
verdad es que no podemos lucirnos como Paco el Pocero en su megayate.
Ya he explicado otras veces que esos 8,2 millones de
euros, divididos por 44 millones de habitantes, dan el resultado de que la
Monarquía sale a 19 céntimos por español y año.
No en vano la partida de los Presupuestos del Estado
destinada a la Casa del Rey y sostenimiento de la Familia aparece bajo el
epígrafe de transferencias corrientes a "familias e instituciones sin fines de
lucro". ¿Más claro? (Fernando Gª-Romanillos)
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Humor gráfico
nº 810
Ramón, Diario de Navarra

nº 810
Enrique, Informacion, 30/08/07

nº 810
Ricardo, El Mundo, 30/08/07

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Portada
Ha muerto Francisco Umbral
nº
809
FRANCISCO UMBRAL
En la madrugada de hoy martes 28 de agosto ha fallecido Francisco
Umbral, tenía 72 años, de formación autodidacta publicó más de 80 libros, pero
en mi opinión es en el artículo periodístico de opinión donde puede
considerársele un maestro. En uno de esos últimos artículos hablaba de Azorín...
Azorín
A Azorín le visitábamos por las
tardes. Queremos decir que esta visita la hacíamos siempre que el maestro nos
hubiese dado aviso telefónico y alguna orientación sobre el famoso desconocido,
don José Martínez Ruiz, Azorín. Y, ya con la cosa en marcha, se complementaba
con un anticipo informativo que nos cogía por sorpresa: «Me levanto a las seis
de la mañana y escribo mi artículo para ABC; un artículo corto como de un duro.
Yo soy un hombre de un duro».
Azorín, el maestro Azorín, vivía entre las Cortes y don
José Zorrilla, en un piso señorial pero no triste que siempre me sale al
encuentro cuando voy a visitar al escritor. Muy por delante de Azorín allí nos
encontramos con una tienda de audífonos que a mano derecha arregla los audífonos
y lo que le lleven. A mano izquierda, el hombre de un duro escribiendo desde el
alba y vestido ya como para una recepción. Eso de ir de escritor de un duro
cuesta cinco pesetas.
La mejor filosofía para irse con Azorín al cine es
conseguir que nos invite. El maestro ve en el cine cosas insólitas que no tienen
mucho que ver con el séptimo arte. «Habrá reparado usted en que el sombrero de
Gary Cooper es una herencia del sombrero extremeño de toda la vida». Pero lo más
estupefaciente del escritor es cuando nos pide un vaso de agua en el descanso y
hay que compartir con él el agua porque Azorín es un agüista privilegiado que va
a llegar a los 100 años por no haber bebido nunca otra cosa que agua. Le
interesan mucho los agüistas, mayormente si además son curas.
Después de la cinta cinematográfica o película, que él
llama «pielecita» en un alarde gramatical, a tomar notas para lo que ha visto.
Claro que el maestro también ve cosas fuera del cine. Yo leo con calambrazo eso
de que Azorín pasa la mano por el «cerro» de su gato. Le va bien al maestro ese
barajeo de las gramáticas, donde de pronto aparece Santa Teresa, también
madrugadora. El naipe de la santa y los clásicos. Azorín vuelve a casa para
cenar con su señora y al final de la visita torna a la radio y es cuando dice
eso de que «la literatura está en el adjetivo». Azorín fue el cronista del 98 y
todavía llegó a tiempo de recoger aquello de Dionisio Ridruejo cuando el poeta
falangista glosa el Sistema engrandeciendo los Estados que se rigen por señores
a caballo.
Azorín queda, ya se ha dicho, como el cronista del 98 y
tiene su antagonista más fecundo en Pío Baroja, que a su vez mantiene una guerra
fría contra Valle-Inclán. Lo que hoy hubiera sido una disputa de géneros, los
del 98, menos politizados, lo dejaron en un laberinto de pensiones y teatros que
todavía conservan nombres, como Jácome Trezo.
Azorín es un clásico frío que trabajó mayormente con
los clásicos barrocos, y leyendo a Azorín nos asaltan los Bernini, Teresa, las
fascistas españoles, las aristocracias madrileñas. De modo que Azorín se perfila
siempre del lado contrario. No es que viva en trance madrugador y ofensivo sino
que la originalidad de su España le lleva a la violencia impasible del hombre
que encontraría sus antagonistas donde los demás buscábamos un otorrino.
(El Mundo, 27 de julio de 2007)
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La Iglesia
nº
808
JUAN JOSÉ MILLÁS
...la organización más sólida de este planeta es la Iglesia
católica, que cumplidos los 21 siglos de existencia sigue dando la lata como el
primer día. ¿Y cuál es su secreto...? Muy sencillo: predicar cosas distintas y
hasta contradictorias según la dirección del viento o las necesidades del
estómago. Por eso en unos sitios la Iglesia es partidaria de la pena de muerte,
mientras que en otros se escandaliza por la existencia del aborto. Por eso
predica la pobreza desde un trono de oro. Por eso es capaz de manifestarse a
favor de la libertad al tiempo que da cobertura moral a asesinos declarados como
Pinochet, o Franco, o Videla. Cuando los seres humanos ven fuera las
contradicciones que llevan dentro, se enamoran. A todos nos gustaría ser de
forma simultánea personas de orden y sinvergüenzas recalcitrantes, señores y
truhanes, prosistas y poetas, y eso no lo ha logrado nadie con la finura de la
Iglesia, que da trabajo a banqueros teologales, a obispos castrenses y a curas
comunistas. Cabe de todo en ella, pues lo que no se vende en la primera planta
se vende en la segunda, y lo que ni en una ni en otra, en Oportunidades...
(La doble vida de Ruiz-Gallardón, 26/08/2007, El País)
nº 808
Juan Manuel de Prada
Una
revolución gigantesca
Una visita a Roma, siguiendo
las huellas del cristianismo primitivo, me ha impuesto un motivo de reflexión.
¿Cómo pudo arraigar en la sociedad romana una fe como la cristiana, que se
sustentaba sobre una visión monoteísta de la divinidad y defendía postulados
éticos totalmente extraños, incluso adversos, a los que por entonces regían las
relaciones entre los hombres? Basta leer la brevísima Carta de San Pablo a
Filemón, en la que le propone que manumita a su esclavo Onésimo y lo acoja como
si de un «hermano querido» se tratase, para que advirtamos que la conversión a
la nueva fe proponía una subversión radical de los valores vigentes. La
esclavitud no era tan sólo una situación plenamente reconocida por la ley; era
también el cimiento de la organización económica romana. Podemos entender que un
esclavo se sintiese seducido por la prédica de un cristiano que le aseguraba que
ningún otro hombre podía ejercer dominio sobre él. Pero, ¿cómo un patricio que
funda su fortuna sobre el derecho de propiedad que posee sobre otros hombres se
aviene a amarlos «no sólo humanamente sino como hermanos en el Señor», no porque
ninguna obligación legal se lo imponga, sino «por propia voluntad», como San
Pablo le aconseja a Filemón que haga con Onésimo? Semejante cambio de mentalidad
exige una revolución interior gigantesca.
Pongámonos en el pellejo de un patricio romano de los
primeros siglos de nuestra era. Sabemos que por aquella época el culto a las
divinidades del Olimpo era cada vez más laxo y protocolario. Sabemos también que
los sucesivos emperadores que siguieron a Julio César se nombraron a sí mismos
dioses, en un acto de arrogancia megalómana que a cualquier patricio romano con
inquietudes espirituales le resultaría repugnante. Probablemente ese patricio
romano al que tratamos de evocar hubiese dejado de creer en los dioses paganos,
cuyas andanzas se le antojarían una superchería; pero su mentalidad seguía
siendo politeísta. La creencia en un Dios único se le antojaría un desatino
propio de razas híspidas y fanáticas, oriundas de geografías desérticas, ajenas
a la belleza multiforme del mundo.
Pero entonces nuestro patricio romano repara en la
novedad del cristianismo. Dios se ha hecho hombre: no para encumbrarse en un
trono y para que los demás hombres se prosternen a su paso, como hacían los
degenerados emperadores a quienes le repugnaba adorar, ni para disfrutar de tal
o cual gozo mundano, como hacían los habitantes del Olimpo; sino para participar
de las limitaciones humanas, para probar sus mismas penalidades, para acompañar
a los hombres en su andadura terrenal. Y, al hacerse hombre, Dios hace que la
vida humana, cada vida humana, se torne sagrada; a través de su encarnación, el
Dios de los cristianos logra que cada ser humano, cada uno de esos «pequeñuelos»
a los que se refiere el Evangelio, sea reflejo vivo, portador de divinidad. De
repente, ese patricio romano siente que por fin ha hallado una fe que le permite
adorar a un Dios único y seguir venerando la belleza multiforme del mundo de un
modo, además, mucho más exigente, puesto que ahora esa belleza es sagrada, está
poseída por ese Dios que ha querido compartir su misma naturaleza humana.
Para ese imaginario patricio romano que ahora tratamos
de evocar en su proceso de conversión desde la mentalidad politeísta tuvo que
desempeñar un papel decisivo el culto a los santos. En ellos debió encontrar una
simbiosis perfecta entre aquella «virtus» que cultivaron sus ancestros y la
nueva fe que hacía de cada hombre un portador de divinidad. Y, sobre todos
ellos, la figura de María. Los dioses del Olimpo elegían a las mujeres más
bellas y distinguidas para disfrutar de un placentero revolcón y enseguida
abandonar el lecho, con los primeros clarores del alba; el Dios de los
cristianos había elegido a la mujer más humilde, una paria de Judea, casada con
un carpintero zarrapastroso, para quedarse con ella, para quedarse en ella, para
hacerse visible ante los hombres, para hacerse uno de ellos, a través de ella.
En la sociedad romana, la mujer ocupaba un lugar vicario del hombre; al haber
confiado en una mujer como depositaria de su divinidad, el Dios cristiano había
encumbrado la naturaleza femenina hasta cúspides inimaginables.
De repente, nuestro patricio romano supo que Dios
estaba en él, que Dios estaba dentro de cada hombre y de cada mujer. Y se
dispuso a abrazar esa revolución gigantesca con un ardor hasta entonces
desconocido. (El Semanal, 26/08/2007)
nº 808
Alfonso J. Vázquez Vaamonde
La Cope y los papas
Cuando
voy a Galicia, la Cope se me mete en la antena de la radio al pasar por la
provincia de Valladolid. La oigo un rato, pero por pura curiosidad masoquista.
Oyéndola recuerdo que León XIII, en sus numerosas encíclicas, hacía una doble y
constante recomendación a los periodistas: "No ofendáis a vuestros lectores con
un lenguaje intemperante" y "no pongáis la causa religiosa al servicio de un
partido político o de un interés de grupo con daño del bien común". Si León XIII
levantara la cabeza y oyera a la Cope, que financian sus amados colegas en
Cristo, los obispos españoles, se volvería a morir del susto. Hoy, como ayer,
León XIII va por un lado y los obispos españoles, siglo y medio después, van por
otro. De hecho, cuando publicó su encíclica Rerum novarum (1891), que trataba
"De las cosas nuevas", un primer intento de aggiornamento de la Iglesia romana,
en las iglesias españolas se hicieron rogativas pidiendo a Dios la "conversión
del Papa", porque ¡se había vuelto socialista! A nadie puede sorprender que con
esa clase de obispos en España pasara luego lo que pasó.
Con Juan XXIII hubo un segundo intento de aggiornamento:
el Conciclio Vaticano II. Otro nuevo soplo de aire fresco hasta que, cuando
estaba quitando todo el moho de la Iglesia, llegó Juan Pablo II y volvió a
cerrar la ventana. Ahora, Benedicto XVI le está poniendo la tranca para que ni
aunque haya una tormenta se vuelva a abrir.
Aun así, no creo que Benedicto XVI sea capaz de
soportar lo que dice la Cope durante 15 minutos. Para eso hay que ser mucho más
que, simplemente, un obispo de Roma. Benedicto XVI podrá ser más o menos
integrista, pero lo que nadie le niega es que es un obispo inteligente y bien
educado. (El País, 27/08/2007)
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Vías de diversión
nº
807
CAMILO JOSÉ CELA CONDE
Divertirse parece ser, en el reino de España, sinónimo
de beber alcohol y hacer ruido... no existe celebración, fin de semana, salida
festiva o simple reunión de amigos en la que no abunde esa combinación de
borrachera y escándalo. Desde luego es la fórmula habitual desde hace bastante
tiempo en las celebraciones institucionales de los santos patronos que, a decir
verdad, debían ser todos ellos -o ellas- sordos. Dicen que el asunto tiene que
ver con la idiosincrasia española pero tampoco hace falta estar muy atento para
darse cuenta de que cualquier turbamulta de alemanes o ingleses se comporta
igual en fiestas. Este agosto que ya acaba ha dado fe, como tantos otros
anteriores, de que es así: tracas, mascletás, cohetes y griterío a viva voz -que
es mucha- como complementos necesarios, supongo, de la intoxicación por
alcoholes digamos refinados.
Las fiestas populares se apuntan de manera decidida a
la combinación de aguardientes diversos y muchas voces. A veces parece que no
podría ser de otra forma... De tanto aullido y tantos licores de garrafa parece
que hemos perdido ya el norte veraniego, cosa comprobable sin más que fijarse en
la cantidad de quemados inminentes que están dispuestos a alcanzar cuanto antes
ese objetivo en cualquier playa... Suele tenerse por un patrimonio cultural
soberbio el de la ingesta masiva de alcoholes de procedencia dudosa, y no
digamos ya si se acompañan de ruido festivo. Nos orgullecemos por añadidura de
torturar toros, patos, cabras o lo que se tercie, y le damos mucho mérito a
meter todas esas habilidades en el mismo paquete. Si por fin no hay heridos, la
alegría abunda. Y si los hay, pues también; para qué negarlo.
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Me siento más incómodo
por lo que servilmente callan
nº
806
Joan Pla
Digna expresión
Algunos individuos han tocado fondo en lo de proferir
insultos y sandeces, mentiras y difamaciones, cuando defienden o cuando atacan a
determinados personajes de actualidad, sean religiosos, civiles o militares. Con
treinta años de vida democrática, cuando la mayoría de los que empiezan a
dirigir empresas y a ocupar cargos de alta responsabilidad ni siquiera
conocieron a Franco ni supieron que Gregory Peck era tan guapo o más que Brad
Pitt, todavía hay quien cree que la libertad de expresión consiste en lamer y
babear al referirse a su amo y a sus intereses y en echar sapos y culebras por
la boca cuando tratan, no a sus contrarios, sino a los de su cacique de turno.
Sugiero que la «libertad de expresión» sea reemplazada por la «dignidad de
expresión». Hay personas que se sienten incómodas con lo que dice en un
determinado periódico un determinado articulista y dejan para siempre de comprar
o de leer ese periódico. Yo, que por obligación profesional, leo hasta la última
letra de lo que dicen los periódicos locales, me siento más incómodo por lo
que servilmente callan que por lo que dicen con premeditación y alevosía.
(El Mundo, 25 de agosto de 2007)
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