A VUELTAS CON LA VIÑETAS
Francisco Peiró
Preocupa el desconcierto, también la angustia todo
hay que decirlo, quizá podríamos llamarlo, por tanto, una angustia
desconcertada, de muchos intelectuales occidentales a la hora de
analizar los sucesos de las dichosas caricaturas del Profeta. A
veces, da la impresión que tal desconcierto y tal angustia proceden
de la “creencia” de que estamos presenciando el choque entre una
fuerza irresistible (la cultura occidental) y un objeto inamovible
(el Islam). Así, se ha hablado del enfrentamiento de dos derechos
“fundamentales” de ambas civilizaciones, por un lado la creencia
religiosa y por otro la libertad de expresión. No estando ninguna de
las partes dispuesta a ceder en lo más mínimo, puesto que eso sería
tanto como perder su propia identidad. Como era de esperar, no pocos
han confundido la gimnasia con la magnesia, es decir las ideas con
las armas y, viniera o no a cuento, han echado en el cesto de esta
discusión ideológica todo lo que encontraban por el camino desde Al
Qaeda, el 11S y Osama Ben Laden, hasta la guerra de Irak, el
presidente Bush junior y el 11M, pasando por el problema árabe
israelí y la amenaza nuclear iraní. Y menos mal que, de momento, a
nadie le ha dado por recordar las Cruzadas, la Reconquista o la
batalla de Lepanto.
No se dejen engañar ustedes, diga lo que diga nuestra primera
autoridad civil, no hay tal choque de civilizaciones, simplemente
porque no hay tales. Huelgan por tanto y asimismo las disquisiciones
sobre si nuestra civilización es mejor, peor o igual que la islámica.
Y si tenemos derecho, o no, a menospreciar, ningünear o ignorar las
creencias y convicciones de nuestros vecinos del mundo musulmán. Por
mucho que nos cueste admitirlo, y seguramente a los españoles nos
cuesta y duele más que a muchos otros porque gran parte de los mitos
de nuestra historia están basados en esa distinción, no hay manera
humana, ni creo que divina, de desentrañar los limites y fronteras
donde comienza lo judeo, sigue lo cristiano y acaba lo musulmán.
Cualquier mero aficionado a estos temas sabe que los profetas del
mundo judío del Antiguo Testamento están incorporados en la cultura
cristiana, lo mismo que los profetas de la cristiana lo están en el
Corán. Como también es público y notorio que gran parte del
conocimiento de los clásicos griegos, Platón Aristóteles etc., vino a
Europa procedente del mundo islámico y gracias a las traducciones y
exégesis de gentes procedentes del pueblo judaico. Y para terminar
con estas sucintas consideraciones me limitaré a recordar que
Istambul, una de las ciudades islámicas más populosas de la tierra,
es una ciudad europea. No hay dos civilizaciones, créanme ustedes,
pero sí hay dos tendencias, dos filosofías, dos formas de entender la
vida, dentro de esa misma civilización. Y, de momento, en una parte
de, repito, esa misma civilización, va ganando una tendencia y en la
otra su opuesta. Al norte y oeste de Istambul prima, con no pocas
dificultades, vaivenes y altibajos, lo que, para entendernos,
denominaremos la tendencia laica y liberal y al este y sur de la
antigua Constantinopla la religiosa y fundamentalista. Pero eso no ha
sido siempre así ni tiene porque serlo en un futuro. Baste recordar a
esos efectos que, en los tiempos gloriosos del califato de Córdoba,
la tolerancia y la razón eran mucho más, y mejor, practicadas y
sostenidas en los terrenos musulmanes del Al Andalus que en los
cristianos de Castilla y Aragón.
Dicho de otra manera, en Occidente todavía hay un sector muy fuerte y
poderoso de fundamentalistas e intransigentes, y ello aun se refleja
en multitud de usos, costumbres y leyes que creo están en la mente de
todos, lo que ocurre es que a través de siglos de luchas y
raciocinios hemos conseguido que su influencia disminuya hasta llegar
a ser secundaria, aunque su atávico poder e influencia están siempre
latentes y amenazantes. Mientras que en los países de religión
musulmana todavía prima y manda ese mismo sector intransigente, lo
cual no quiere decir que no existan gran número de gentes, comenzando
por las del género femenino que son las mayores perjudicadas por el
sistema imperante, que no anhelen un cambio y estén dispuestas a
luchar por él.
El problema, por tanto, se centra no en si y como debemos respetar
las creencias, costumbres, religiones o mitos de otra civilización.
Sino en cual es la mejor forma y manera de ayudar a ese sector, de
nuestra propia civilización repito, que desea un cambio que le
permita alcanzar las cotas de prosperidad y libertad que nosotros
disfrutamos. En este sentido, las cuestiones de revueltas y
terrorismos me parecen totalmente coyunturales. A veces, me sonrojo
leyendo ciertas páginas y escuchando o mirando ciertas ondas en las
que se pretende sostener que la violencia, sobre todo la
indiscriminada y aparentemente irracional, son patrimonio y seña de
identidad de esa civilización, obviamente, para ellos, el Islam nada
tiene que ver con la nuestra, donde prima el atavismo y la
intransigencia. Cómo si nosotros nos hubiéramos distinguido a través
de la Historia, incluso la más reciente, por nuestro pacifismo y
nuestra bondad. Creo que la guerra de Irak ha demostrado de manera
fehaciente que, al menos en este momento y ese lugar, la fuerza bruta
no es la vía más adecuada para conseguir una democratización de los
países islámicos a partir de la cual puedan aumentar progresivamente
sus cotas de libertad y progreso material. La vía de la integración
parece la más adecuada pero, como todos sabemos, esa solución se
encuentra con enormes dificultades y reticencias en su camino, y no
ciertamente por parte del sector islámico de nuestra civilización,
sino por el cristiano y occidental. El caso de Turquía es
paradigmático. Istambul, como antes dijimos, está en Europa; la
península de Anatolia es parte de nuestro acervo cultural, sus costas
occidentales, por ejemplo, ya son descritas en la Ilíada y la Odisea;
y la inmensa mayoría de la población turca, sobre todo su élite
política, empresarial e intelectual, se considera europea. Sin
embargo, las gentes de Occidente, lo que hoy denominamos la Unión
Europea, se debate en un mar de dudas y contradicciones acerca de la
conveniencia de aceptarlos en su seno. En el fondo, y siento decirlo,
nuestros atavismos religiosos, fundamentalistas e intransigentes,
todavía parecen tener más poder sobre nosotros de lo que a primera
vista pudiera parecer. No obstante, esa parece ser nuestra única
salida, el único modo de ayudarlos en su camino hacia la libertad y
el progreso.
Todo eso está muy bien, pensarán algunos. Pero, con tanta parrafada,
lo único que se ha hecho es soslayar la cuestión candente que nos
ocupa estos días, a saber: qué hacer, qué actitud tomar frente a las
provocaciones, a la quema de banderas y embajadas, al boicot de los
productos. Y, por otra parte, qué grado de autocensura debemos
practicar a fin de evitar herir las creencias de terceros. Primera
cuestión. Éste parece tan buen momento como cualquier otro para que,
de una vez, nos percatemos que aunque dentro de nuestra propia
federación política, es decir, la Unión Europea, somos muy libres de
tirarnos los trastos a la cabeza cuantas veces nos venga en gana, de
puertas afuera, somos, y así debemos comportarnos, como una sola
entidad política. Cuando queman una bandera danesa, queman nuestra
bandera: cuando incendian la embajada danesa, incendian nuestra
embajada, y cuando boicotean los productos de Dinamarca boicotean
nuestros productos. Dinamarca no está al otro lado del globo,
Copenhague es tan nuestro como lo puedan ser Vich, Logroño o La
Coruña. La falta de una respuesta unitaria por parte de la UE es el
primer gran fallo de todo este incidente. Segunda cuestión. Si
partimos de la base de que no hay tal división de civilizaciones sino
una sola con dos áreas geográficas una de las cuales, quizá tan solo
temporalmente como ya ocurriera en el pasado, está material e
intelectualmente más avanzada que la otra, la cuestión se simplifica
en gran manera. Personalmente, y partiendo de esa base, las opiniones
de los ayatollas, dictadorzuelos, integristas y terroristas me
merecen la misma consideración que las que le pudiera dar hoy al
cardenal Rouco Varela, o en su día, por ejemplo, al cardenal Segura;
al dictador Franco, a mi tía la beata, o a la organización terrorista
ETA, es decir, completa y absolutamente ninguna. Plegarse ante sus
exigencias y amenazas me parece un acto de indecible cobardía. Por
último, está la, para algunos, peliaguda cuestión de si, en primer
lugar, las famosas viñetas debieron publicarse. Si no estoy mal
informado, en el origen de los famosos, para muchos infames, dibujos
no estuvo el ánimo de ofender o menospreciar a nada ni a nadie. Si no
estoy mal informado, repito, el origen de las caricaturas responde,
para el que esto suscribe, a una justa indignación al constatar que
el miedo, y no el respeto o la tolerancia, había sido la causa de que
un editor danés no pudiera encontrar a dibujante alguno para uno de
sus libros que osara a dibujar la figura de Mahoma, por temor a que
les ocurriera lo que al artista holandés, o al escritor indio. A esta
parte occidental de la civilización judeocristianaislamica le ha
costado siglos de duras batallas, luchas, revoluciones y muertes para
poder alejar de sí, al menos en parte, tantos milenios de
superstición, intolerancia, y abuso, y si el miedo hubiera sido la
fuerza principal que la hubiera movido a estas horas todavía
estaríamos más atrasados en nuestras conquistas sociales que lo están
los paupérrimos y sometidos habitantes del delta del Nilo o los del
oasis de Damasco.