
MORIRTURI
por Francisco Peiró
(Novela epistolar)
VI
Alcalá Meco 8 de Marzo de
1.996
Muy distinguido Señor:
Lo que el Todopoderoso, en su
rectitud, escribe con rayas torcidas puede que, a la postre, resulte ser
mucho más útil y provechoso de lo que, en un primer momento, pudiera
sospecharse. Siempre dicho, claro está,
con toda la precaución y desconfianza con que las cosas del más allá merecen
tratarse.
Creo que ya le dije, en mi
anterior misiva, que mi estancia en este lazareto, aunque salpicada de
numerosas pesadillas, era, en su conjunto, bastante más llevadera que lo fue
aquella primera vez que tuve la desgracia de caer en manos de matasanos. No
obstante, jamás pude imaginarme que, a la postre, pudiera ser motivo de tan
enorme satisfacción y gozo. Usted, señoría, ya habrá tenido tiempo de irme
conociendo y, por ello, habrá tenido ocasión de constatar que no soy persona
en absoluto proclive a dejarme arrastrar por los espejismos de la alegría, el
entusiasmo o la exultación. Tampoco soy de esos dados a echar las campanas al
vuelo en honor del primero que me encuentro en mi camino, recitando a su paso
loores, lisonjas y piropos. No pretendo decir con eso que me tengo por
persona imparcial, equilibrada y aséptica. Muy al contrario, y mal que me
pese, he de admitir que si algo define mi humilde persona es un carácter con
tendencia al pesimismo y la melancolía. Le tengo a usted por sabedor de todas
estas particularidades, pero he creído conveniente traerlas a colación antes
de relatar los hechos que, a continuación, detallo.
Usted quizá recuerde que hace
algunos años, empujado por la melancolía de mi espíritu y por la
desesperación de mi mente, decidí acercarme al seno de la Iglesia Católica
con el noble propósito de hallar en su regazo consuelo material y espiritual.
Quizá recuerde, asimismo, que, a raíz del fallecimiento de mi infortunado
vecino Nepomuceno, decidí alejarme de ella, al percatarme de la falsedad de
sus palabras y la vacuidad de los corazones de sus ministros, cuyos sermones,
homilías y consejos, en lugar de apaciguar mi alma, dar alivio a mi corazón y
consuelo a mi desespero, contribuían a encender mi cólera, y sacar a la
superficie todas las malas pasiones escondidas en mi pecho. Nunca me
arrepentí de aquella decisión, pues por muy grandes que siguieran siendo mi
angustia, congoja y agobio, al menos, las sufría en silencio y quietud sin
tener, encima, que escuchar las vanas soflamas de aquellos supuestos
ministros del Señor. No niego, sin embargo, que, desde entonces, he echado en
falta la cadencia de una voz amiga que acariciara y lamiera mis heridas
interiores. Confieso humildemente, señoría, que siempre tuve necesidad de un
mentor, de un guía, de un maestro, de alguien que marcara el sendero de mi
existencia y alumbrara los tortuosos caminos de mi desesperación. Alguien a
quien seguir ciegamente y en quien confiar de manera plena, total y absoluta.
Porque, y fíjese bien señoría, no es el intercambio de opiniones lo que hace
mover al mundo, lo que le hace llegar a mayores cotas de civilización y
entendimiento. Lo que, de verdad, contribuye, ha contribuido y contribuirá, a
perfeccionar la raza humana es el ejemplo de nuestros mayores, de los mejor
dotados, de los más experimentados, siendo obligación del resto, es decir de
la inmensa mayoría,
seguir su estela y asimilar
sus enseñanzas. En ese sentido, el mero intercambio de vocablos, lo que, en
lenguaje vulgar, llamamos conversación o diálogo siempre ha sido, y siempre
será, un acerado utensilio conducente al relajo, la maledicencia y la
iniquidad. El único flujo de comunicación, verdaderamente útil y provechoso,
es el unidireccional, aquel que se mueve de arriba hacia abajo. El otro, el
que se mueve en ambas direcciones, el que se empecina en poner en duda la
sapiencia de nuestros líderes, y acotar su sabiduría y sagacidad, solo lleva
a la humanidad, la Historia una y otra vez, así lo demuestra, a un ciclo
infinito de conflictos, disputas, rechazos, ansiedades y guerras. El diálogo
rompe la armonía del universo, el equilibrio de fuerzas, el amor entre los
corazones, el respeto por los mayores y la convivencia en el seno de las
familias. Un mundo debidamente estructurado, un mundo con esperanzas de
progreso y mejora, es un mundo donde el padre habla y el niño escucha, donde
el maestro enseña y el discípulo aprende, el escritor expone y el lector
asimila, el general ordena y el soldado obedece, el juez sentencia y el reo
pena, donde, en definitiva, el hombre peca y Dios perdona. Es, en ese mundo
ideal, donde el mensaje fluye, la información se trasmite, la comunicación
avanza y, con ella, el devenir de la humanidad. No es, en contra de lo que,
en un principio, pudiera parecer, un mundo inmóvil, anquilosado y pasivo,
sino un universo dinámico y ágil, aunque atemperado, eso sí, por el orden, la
jerarquía y la disciplina. Un orden donde, según el mérito, la conveniencia,
la edad, el lugar, o el paso del tiempo, el discípulo de ayer puede llegar a
ser el maestro de mañana, el hijo obediente devendrá en responsable
progenitor, y los generales del futuro serán aquellos que, en su día, fueron
los más aguerridos soldados. A modo de prueba irrefutable de lo que digo, le
ofrezco el ejemplo siguiente: seguro, señoría, que usted se ha percatado en
más de una ocasión del, aparentemente, extraño fenómeno que hace que una
persona se sienta mucho más solitaria entre una muchedumbre vociferante, que
rodeado de una comunidad silenciosa. Esto se debe, señoría, a que el silencio
une mucho más que la voz porque ésta
no es atendida ni escuchada ya que, en el diálogo, los hombres solo atienden,
si acaso, al sonido de su propia voz.
Hasta ahora, señoría, gracias
a su comprensión y magnanimidad, he podido descargar mi mente y vaciar mi
espíritu, válvula de escape que me ha permitido no abandonarme por completo a
la locura y desesperación. Últimamente, y a pesar de ello, me estaba
convirtiendo en un pozo reseco, en un páramo frío y yermo, en un vientre
infecundo y estéril incapaz de todo sentimiento y toda comunicación. De
pronto, caído del cielo, alguien vino a fecundarme de nuevo, a inyectarme
nuevos bríos, nuevas esperanzas, nuevos amaneceres. Ya le he dicho en
numerosas ocasiones, y a riesgo de ponerme pesado se lo repito de nuevo, que
soy persona poco dada al alabanza, el oropel, la loa, las medallas y la coba.
Le consta que tengo a orgullo y prurito llamar las cosas por su nombre sin
circunloquios, perífrasis ni rodeos, por eso, lo que le voy a decir a
continuación, deseo, y espero, que se tome en su justa medida. El padre
Cayetano Augusto César Sierpes Bermúdez, natural de Camagüey en la isla de
Cuba, miembro de la Compañía de Jesús, y conocido aquí por Calle, mote que él
acepta con una resignada sonrisa, aunque puedo ver, por las chispas de sus
ojos, que el tal apodo le sienta peor que una patada en salva sea la parte,
es persona respecto a quien difícilmente podemos excedernos en elogios,
parabienes y felicitaciones; ser providencial que me ha devuelto el placer,
la alegría y la dicha de escuchar, y que ha llenado mi alma, mi mente, mi
corazón y mi espíritu de nuevas ideas, conceptos y visiones. Ha sido él
quien, en definitiva, me ha abierto los ojos y me ha hecho ver el lugar que
ocupo en el mundo, la necedad de mi existencia, y la conveniencia de mi
muerte. El padre Cayetano Augusto César Sierpes Bermúdez debe ser un poco
menos viejo que yo, pero aparenta, por lo menos, ser quince años más joven.
Alto, magro, de cabello negro, espeso y rizado, boca ancha de labios
sensuales, nariz recta y fina, frente alta y estrecha, barbilla voluntariosa
y prominente, y cuello, torso y brazos dignos de un toro. Su tez tiene ese
color de fina canela amasada con nívea azúcar en polvo, ese color entre
tostado, rosado y prieto que engulle, dentro de sí, todo el mortero de razas,
tribus y especies de donde germina la gente caribeña. Pero lo que, realmente,
define, caracteriza y distingue al Padre Sierpes son sus ojos. Ojos
profundos, rasgados, serenos, de un color entre el gris perla y el amatista,
ojos que, al mirarte, rebuscan y hallan aquello que se oculta en los más
recónditos recovecos de tu cerebro.
El Padre Sierpes apareció, por
encanto, hace unas tres semanas, siendo el motivo de su visita la
recopilación de datos para cierto trabajo antropológico o antropomórfico. En
definitiva, estudiar las mentes, o lo que queda de ellas, de todos estos
deshechos humanos que me rodean. Pero, no crea, realiza su tarea con tal
delicadeza, dulzura, tacto y cortesía que estoy seguro que todos los internos
se dejarían cortar sus cabezas, a fin de facilitar que el Calle pudiera mirar
en su interior. Aunque, al cabo de casi siete años de convivir con estas
gentes de hablar seco, sobrio y gutural, me temo que ya apenas quede nada de
mi armonioso hablar porteño, él enseguida adivinó mi procedencia, mis
inquietudes y mis deseos. Se acercó a la cabecera de mi cama, sentose en una
pequeña silla que apenas podía acomodar sus largas extremidades, y me
solicitó, con una voz dulcemente varonil sin ser pegajosa, y armoniosamente
suave sin ser femenina, que le permitiera relatarme la historia de su vida,
la cual, dijo, si bien no era del interés, dureza y complejidad de la mía,
podría, quizás, ayudarme a relajar mi turbado espíritu y apaciguar mi azorada
mente. Tal era la emoción que me embargaba que no recuerdo, ahora, si llegué
a balbucir algunas palabras de asentimiento, o me limité a responder con mis
ojos. El padre Sierpes cruzó los dedos de sus manos, los colocó sobre su
regazo, dobló, una sobre otra, sus largas piernas y dijo así: “Yo, hijo mío,
nací en Vertientes, una pequeña villa al este de Camagüey, de donde procedía
la familia de mi vieja, pero me crié y crecí en Puerto Manatí, en la bahía de
Sabanalama, al norte de la provincia de Oriente, de allí era mi padre y allí
se ganaba la vida pescando con la ayuda de un pequeño esquife. Fui el mayor
de seis hermanos y, dado que a mi madre la Virgen no le concedió hija alguna,
tuve, desde muy pequeño, que ayudarla en todas las tareas del hogar. A causa
de ello, no salí hasta los trece años a la mar a ayudar a mi viejo, lo que me
permitió adquirir, en la escuela del villorrio, algunos conocimientos
elementales de lectura y escritura. Un día, apenas cumplidos los dieciséis
años, en el momento en que mi viejo y yo estábamos varando la barca, después
de toda una noche de infructuosa pesca, oímos un grito desgarrador que
procedía del bohío. Corrí hacia la cabaña y, al entrar en ella, vi a mi
madre, con la falda levantada y las piernas abiertas, siendo violada por un
soldado, y a mis llorosos y atemorizados hermanos hacinados en un rincón,
amenazados, a punta de pistola, por su compañero. Apenas recuerdo nada de los
momentos que siguieron. Lo único que ha retenido mi mente es la visión de
aquel gendarme con la cabeza reposando sobre el regazo de mi madre, con su
pescuezo atravesado de lado a lado por un gran cuchillo de cocina. Creo que
su compañero intentó dispararme, pero mis hermanos, asiéndolo de manos y
piernas, se lo impidieron. De pronto, en medio de aquel forcejeo, apareció mi
viejo blandiendo un largo machete y, apartando a mis hermanos, hundió la hoja
en la garganta de aquel canalla, quien, al desplomarse, aplastó bajo su peso
a algunos de nosotros, al tiempo que una nube de sangre le manaba por la
traquea. Mi padre, mis hermanos y yo quedamos paralizados. Mi madre, sin
embargo, sacudiéndose el cadáver de encima lo mejor que pudo, se levantó, se
arregló la falda y el pelo y me ordenó que, al punto, tomará mis escasas
pertenencias y emprendiera el camino hacia Sierra Maestra para unirme a los
rebeldes. Ella, añadió, se encargaría de echar toda la culpa sobre mi cabeza,
para que ni mi padre, ni mis hermanos, fueran objeto de las iras de los
militares. Por fortuna, mi viejo tenía un hermano en Niquebo, en el golfo de
Guacanabayo, casi al pie de la Sierra Maestra y, provisto de una muda y unos
pocos pesos, hacia allá encaminé mis pasos, alcanzando el lugar tras una
semana de arduo camino. La suerte quiso que mi pariente tuviera algunos
contactos entre los rebeldes y, una vez se les hubo relatado lo sucedido, no
pusieron ninguna objeción a admitirme entre sus filas. Durante más de dos
años, marché arriba y abajo, unas veces perseguidor y otras perseguido y, al
igual que cualquier guerrillero, maté por no ser muerto, y saqueé y robé para
sobrevivir. Llevaba casi tres años en esos menesteres cuando La Habana cayó
en nuestras manos; tenía ya casi veinte años y todos me conocían por El
Cholito. Mis compañeros me emborracharon, me metieron en un burdel y, a lo
largo de las tres semanas siguientes, estuve bebiendo y copulando a mayor
gloria de la revolución. Tan pronto me hube repuesto de mis excesos, requisé
un coche y puse rumbo hacia Manatí. Mi padre y mi madre habían sido
asesinados al poco de mi partida. Uno de los violadores era hermano del jefe
de la guarnición, y este no perdió tiempo en ajustar cuentas. Félix Eurípides,
el hermano al que precedía, había sido obligado a enrolarse en las tropas de
Batista el año anterior y su paradero era desconocido, y Julio Nicéforo, el
benjamín, había fallecido de unas fiebres hacía tres meses. De todo ello me
informó, puntualmente y sin que una sola vez le temblaran los labios, Aníbal
Justiniano, quien por entonces había cumplido los dieciséis años. Acurrucados
bajo sus brazos, mis otros dos hermanos menores asentían con los ojos. Los
monté a los tres en el carro y me los traje para la Habana. En el viaje de
vuelta; dormitando junto al chofer, jure no morir sin antes vengarme.
Durante un cursillo de
artillería, allá en la sierra, habían descubierto que poseía un don natural
para las matemáticas, y el Comandante me prometió que, una vez triunfase la
revolución, haría de mí un gran ingeniero. Durante los siguientes seis años
estudié día y noche, sin olvidarme jamás de mi solemne juramento. Encontré a
Luz de Nieve, una linda criollita, y la traje a casa. Tuvimos dos niñas que,
siguiendo la tradición familiar, fueron criadas por mis hermanos, pues mi
compañera trabajaba de secretaria para un importante miembro del Estado
Mayor. Un día, recién recibida mi licenciatura, Luz de Nieve me comunicó, con
voz serena y lágrimas en los ojos, que habían hallado el paradero de Benito
Pompeyo Adolfo Camargo Suárez, que así se llamaba el chingado que había
liquidado a mis viejos. Estaba en Nicaragua, alistado, con el grado de
capitán, en la Guardia Nacional. Hablé con las autoridades, les expuse mi
caso y pedí permiso para ausentarme del país durante algún tiempo. Mas, la
autorización me fue denegada con el sensato, aunque para mí incomprensible,
argumento de que mi vida era demasiado valiosa para la revolución, y no podía
ponerse en peligro por una simple cuestión personal. Afortunadamente, no me
faltaban los contactos, así que, una oscura noche, me embarqué en un
pesquero, y al cabo de dos días me encontraba en la isla de Las Mujeres
frente a Punta Cancún. Me había provisto de algunos pesos yankis, por lo que
no me fue difícil, unas veces en guagua, otras en barco y otras a pie, llegar
a Managua, donde arribé a los dos meses de mi partida. Gracias a las
gestiones de Luz de Nieve, disponía del nombre de un contacto, el padre Pepe
Pérez Pintado, español de la compañía de Jesús. Un gallego enteco, de rostro
chupado, barba poblada y ojos oscuros y ardientes y, según sus propias
palabras, “con una mala leche de la ostia, pero más bueno que el pan”. Le
expuse, lisa y llanamente, mi situación. Me contestó que no podía ayudarme a
matar a un semejante. Pero, si deseaba quedarme en Managua, él podía
proporcionarme los documentos necesarios y un lugar donde alojarme, a cambio,
yo debía ayudarle en la instrucción de los chamacos y en la construcción de
su iglesia. Durante más de dos años, rastreé, indagué e investigué, pues el
canalla aquel había cambiado de identidad y apariencia. Al fin, mis pesquisas
dieron su fruto y averigüé su paradero. La fortuna acudió a mi auxilio, una
de sus mucamas, una chamaquita bella, dulce y sencilla, era feligresa de
Pepe, y no me costó gran trabajo llevármela a la cama, e inducirla a contarme
la vida y milagros de su amo. Aquel miserable era homosexual, pero no tenía
un amigo fijo. A veces, buscaba su diversión entre los soldaditos de la
unidad bajo sus ordenes, y, otras, acudía a cierto cabaret a las afueras de
la ciudad. Hacia allí me dirigí una noche. No resultó difícil hacer que
fijara su atención en mí y me invitara a su domicilio. Antes de que pudiera
darse cuenta de lo que estaba sucediendo, ya tenía un cuchillo apretándole la
garganta. Le obligué a tumbarse sobre la cama boca abajo, le até, le
amordacé, le bajé los pantalones y le introduje en el esfínter un enorme
consolador que llevaba incorporado una potente bomba de relojería.
Tac, tac, tac.
Algunas noches de insomnio,
sobre todo si cambia el tiempo, todavía puedo oírlo a mi lado. Salí del
bohío, me aleje unos cientos de metros, me senté en la vereda y encendí un
pitillo. Diez minutos después se oyó la explosión. Al día siguiente fui a ver
al Padre Pepe y le dije: “Hace diez años que vengo llenándome las manos de
sangre en mi lucha contra la injusticia, la miseria y la explotación, no sé
si esa es la mejor manera de cambiar el mundo, pero tú me has demostrado que
no es la única. Quiero llegar a ser sacerdote y jesuita, deseo seguir tu
ejemplo”. Pepe me miró intensamente a los ojos poseído de una rabia infinita,
luego bajo la cabeza y dijo:
”De acuerdo, te enviaré a ver
al General de la Compañía, nos hacen falta hombres de tu temple.” Durante los
diez años siguientes estudié en Roma, Paris, Madrid y Nueva York. Aprendí
lenguas, teología, filosofía, medicina, cartografía, química, física,
genética y algunas cosas más y, excelso remate a todo ello, me consagraron en
San Pedro. Más tarde me destinaron a una misión en la India y allí, paradojas
de la vida, estuve tentado de convertirme al budismo. Años después me
enviaron a Nigeria, donde quedé fascinado por el animismo yoruba, cuna de la
santería y el espiritualismo cubanos, y donde comencé a comprender la
verdadera esencia del islamismo. Desde hace tres años resido en Madrid,
intentando coordinar la ayuda material y la asistencia espiritual a los más
necesitados, sea cual fuere su religión, nacionalidad, clase o condición. Y
ahora dime, ¿quieres hacerme alguna pregunta, necesitas cualquier clase de
consejo o ayuda? O, simplemente, quieres que me largue por donde he venido.”
Quedé un largo rato en
silencio, saboreando las mieles de su dulce, cadencioso y educado acento
caribeño, con el que se pueden contar las mayores catástrofes, miserias,
penas y atrocidades del mismo modo que un maestro desgrana un cuento en un
colegio de párvulos, tal es la calidez de sus agudos, la dulzura de sus
graves, la textura de su entonación y la sonoridad de sus silencios. Luego le
dije:”Padre, no sabe lo que me alegra su milagrosa aparición. Es una flor de
primavera que se ha abierto, multicolor y esplendorosa, en medio de la más
recia tormenta de los mares del Ártico. Usted irradia el resplandor y pureza
de legiones de serafines y arcángeles. No tengo una pregunta, tengo miles,
millones, cientos de billones, pero no sé por donde empezar.” El padre
Sierpes cerró los ojos y sonrió, una sonrisa entre beatífica, burlona y
pícara; agarró mi mano entre las suyas, con tal fuerza que creí oír el
crujido de mis huesos, y dijo con una dulcísima y profunda voz; ”No, no me
digas nada. Deja que adivine cual es el mayor de tus males, la causa de todas
tus desgracias y desdichas. Sí, sí, lo veo en el fondo de tu corazón y de tu
alma, quieres morir, pero ya no te quedan fuerzas para dar el último paso. No
te preocupes, yo te ayudaré. Ahora e de irme,
prometo venir a visitarte la
semana que viene”.
Pasé la semana más angustiosa y
feliz de mi vida, solo comparable a la emoción de una virgen enamorada en la
víspera de sus esponsales. ¿Sabía usted, señoría, que la espera puede ser, a
la vez, la más amarga y dulce de las experiencias del ser humano? Nuestra
naturaleza está concebida de tal forma que la expectativa cuenta mucho más
que el logro. Hasta entonces, yo solo había sufrido el lado negro de esa
experiencia, siempre sufriendo por el advenimiento de algo, o alguien, temido
u odiado. Ahora, doy todos esos padecimientos por válidos, porque el antiguo
temor de la espera se ha convertido en motivo de gozo, alegría y contento. Lo
único negativo, pensaba yo, que pudiera tener una espera dichosa podría
estribar en que, al igual que el sufrimiento alcanza su punto álgido durante
la noche anterior a la tortura, hasta el extremo que el dolor físico puede
llegar a ser motivo de liberación y desahogo. Así, la aparición del ser
amado, después de una larga espera, pudiera ser causa de frustración,
tristeza y desengaño, al estar la realidad, por lo general, por muy por
debajo de nuestros sueños y fantasías.
Transcurrida la semana, y
llegado el día, rogué al Altísimo que no viniese, que me permitiese gozar un
poco más de la espera. Mas, al verle aparecer por la puerta, fui consciente
de que todos mis temores y angustias habían sido en vano. Su sonrisa, y sus
ojos tenían el mismo hechizo que el primer día. Subido en una lánguida nube
rosa, que flotaba en un lago de aguas azules y transparentes, le pregunté:
”¿Y qué fue de su familia?” Sonrió, una sonrisa sin tristeza ni amargor,
aunque un tanto apagada y ambigua, y me dijo así : ”Mi familia sois todos
vosotros. Si acaso te refieres a la que, en otro tiempo tuve, te diré que Luz
de Nieve contrajo matrimonio con un alto cargo de la Revolución al poco
tiempo de partir hacia mi aventura. Mis hijas crecieron felices y contentas,
se casaron a su debido tiempo y me hicieron abuelo. En cuanto a mis hermanos,
no tuvieron destinos parejos. El menor de los que quedaban, Anastasio
Sócrates Lázaro, murió hace años al intentar salvar el canal que nos separa
de La Florida. Su hermano Constantino Reyes, que iba junto a él en la
travesía, tuvo más suerte, pudo arribar a Miami y, ahora, es un poderoso
banquero ligado a los negocios del narcotráfico y la prostitución. En cuanto
a Aníbal Justiniano, quizá el más sensato de todos nosotros, regresó a su
playa, su barca y su bohío y vive solo en Puerto Manatí, acompañado del
destello de las estrellas y el arrullo del mar. Por lo que respecta a Félix
Eurípides, jamás se volvió a saber de él. Seguramente, algún revolucionario
lo ejecuto en alguna perdida vereda, y su cuerpo sirvió de rancho a cuervos y
zopilotes. Qué si siento nostalgia, tristeza o dolor. No, he aprendido a
aceptarme a mí mismo, a aceptar lo que soy, no lo que fui, o quise ser.
Acepto los cambios de mi vida porque son parte del vivir mismo, algo que te
enriquece y aporta, y sin lo cual yo no sería yo. Si mañana el destino me
convierte en monje budista, santón islámico, santero cubano o, de nuevo, en
un honrado padre de familia, lo aceptaré con humildad y alegría, y procuraré
cumplir mi nuevo cometido con el mismo tesón, la misma dicha y la misma
naturalidad con que acepté este
que, por ahora, es el que Dios me ha encomendado. Vivir, hijo mío, es aceptar
el riesgo de cambiar, evolucionar, equivocarse y rectificar; y yo me regocijo
en ese riesgo porque, sin él, la vida no tendría sentido. Aquel que no puede
disfrutar del milagro de la vida, de sus diminutas alegrías y enormes
amarguras, aquel que no tiene ojos para el trino de los pájaros, el susurro
de las hojas, el llanto de los niños y el estertor de los viejos, aquel que
no sabe dar gracias por el resplandor de la luna entre las nubes o el
estallido del sol entre la niebla marina, a ese, más le valdría estar muerto.
A ti, lo único de provecho que te queda por hacer en esta vida es aprender a
bien morir. No temas, Heliodoro, yo te enseñaré.” “Sí”, respondí con el
corazón lleno de júbilo, “¿qué tengo que hacer?”. “Lo primero, y principal,
tener confianza en mí, creer, con certeza absoluta, que jamás te engañaré.
Afirmar, con total convicción, que tu único propósito sólo
consiste en seguir mis pasos, cumplimentar mis consejos, repetir mis
oraciones y erradicar de tu alma cualquier sentimiento de amargura. Has de
saber que, al final del camino, te espera una muerte dulcísima, una muerte
mil veces más grata que aquella que, una vez, quisiste atrapar y no pudiste
por no estar preparado para ello. Por lo pronto, tendrás que aprender a
disciplinar, controlar y sujetar tu mente, condición imprescindible para
elevarse a la contemplación del espíritu y, finalmente, sumergirse en él. No
te preocupes, es más fácil de lo que a primera vista pudiera parecer. El
comienzo es lo más arduo, hay que vencer la natural inercia del ser humano a
desprenderse de su cuerpo, luego todo será un plácido descenso hasta que el
mar del más allá te acoja en su seno. Ahora, cierra los ojos, busca dentro de
ti, en la parte superior de tu cerebro, ese punto invisible donde se centra
todo tu yo. Verás que, al principio, se mueve y tambalea, oscila de un lado a
otro incapaz de mantenerse en equilibrio. Tienes que concentrarte,
profundamente, para aferrarlo con tu mente y sostenerlo inmóvil en el vacío,
cual luna entre nubes movidas por la brisa. Una vez el punto haya adquirido
una firmeza y una estabilidad absolutas, tienes que derramar todo tu cuerpo
dentro de él. No temas, habrá espacio suficiente, pues, aunque el punto es
infinitamente microscópico, tú eres muy poca cosa, tan poca que estás muy
cercano a la nada. Ya sabes, primero hay que estabilizarlo para luego
introducirse en él. Relájate, serénate, concéntrate, ten la absoluta certeza
que lo vas a conseguir. Y, ahora, adiós, volveré dentro de cinco o seis
días.” Me apretó la mano, luego el hombro, y se marchó.
Transcurrida
la semana, y llegado el día, rogué al Altísimo que no viniese, que me
permitiese gozar un poco más de la espera. Mas, al verle aparecer por la
puerta, fui consciente de que todos mis temores y angustias habían sido en
vano. Su sonrisa, y sus ojos tenían el mismo hechizo que el primer día.
Subido en una lánguida nube rosa, que flotaba en un lago de aguas azules y
transparentes, le pregunté: ”¿Y qué fue de su familia?” Sonrió, una sonrisa
sin tristeza ni amargor, aunque un tanto apagada y ambigua, y me dijo así :
”Mi familia sois todos vosotros. Si, acaso, te refieres a la que, en otro
tiempo tuve, te diré que Luz de Nieve contrajo matrimonio con un alto cargo
de la Revolución al poco tiempo de partir hacia mi aventura. Mis hijas
crecieron felices y contentas, se casaron a su debido tiempo y me hicieron
abuelo. En cuanto a mis hermanos, no tuvieron destinos parejos. El menor de
los que quedaban, Anastasio Sócrates Lázaro, murió hace años al intentar
salvar el canal que nos separa de La Florida. Su hermano Constantino Reyes,
que iba junto a él en la travesía, tuvo más suerte, pudo arribar a Miami y,
ahora, es un poderoso banquero ligado a los negocios del narcotráfico y la
prostitución. En cuanto a Aníbal Justiniano, quizá el más sensato de todos
nosotros, regresó a su playa, su barca y su bohío y vive solo en Puerto
Manatí, acompañado del destello de las estrellas y el arrullo del mar. Por lo
que respecta a Félix Eurípides, jamás se volvió a saber de él. Seguramente,
algún revolucionario lo ejecuto en alguna perdida vereda, y su cuerpo sirvió
de rancho a cuervos y zopilotes. Qué si siento nostalgia, tristeza o dolor.
No, he aprendido a aceptarme a mí mismo, a aceptar lo que soy, no lo que fui,
o quise ser. Acepto los cambios de mi vida porque son parte del vivir mismo,
algo que te enriquece y aporta, y sin lo cual yo no sería yo. Si mañana el
destino me convierte en monje budista, santón islámico, santero cubano o, de
nuevo, en un honrado padre de familia, lo aceptaré con humildad y alegría, y
procuraré cumplir mi nuevo cometido con el mismo tesón, la misma dicha y la
misma naturalidad con que acepté este que, por ahora, es el que Dios me ha
encomendado. Vivir, hijo mío, es aceptar el riesgo de cambiar, evolucionar,
equivocarse y rectificar; y yo me regocijo en ese riesgo porque, sin él, la
vida no tendría sentido. Aquel que no puede disfrutar del milagro de la vida,
de sus diminutas alegrías y enormes amarguras, aquel que no tiene ojos para
el trino de los pájaros, el susurro de las hojas, el llanto de los niños y el
estertor de los viejos, aquel que no sabe dar gracias por el resplandor de la
luna entre las nubes o el estallido del sol entre la niebla marina, a ese,
más le valdría estar muerto. A ti, lo único de provecho que te queda por
hacer en esta vida es aprender a bien morir. No temas, Heliodoro, yo te
enseñaré.” “Sí”, respondí con el corazón lleno de júbilo, “¿qué tengo que
hacer?”. “Lo primero, y principal, tener confianza en mí, creer, con certeza
absoluta, que jamás te engañaré. Afirmar, con total convicción, que tu único
propósito solo consiste en seguir mis pasos, cumplimentar mis consejos,
repetir mis oraciones y erradicar de tu alma cualquier sentimiento de
amargura. Has de saber que, al final del camino, te espera una muerte
dulcísima, una muerte mil veces más grata que aquella que, una vez, quisiste
atrapar y no pudiste por no estar preparado para ello. Por lo pronto, tendrás
que aprender a disciplinar, controlar y sujetar tu mente, condición
imprescindible para elevarse a la contemplación del espíritu y, finalmente,
sumergirse en él. No te preocupes, es más fácil de lo que a primera vista
pudiera parecer. El comienzo es lo más arduo, hay que vencer la natural
inercia del ser humano a desprenderse de su cuerpo, luego todo será un
plácido descenso hasta que el mar del más allá te acoja en su seno. Ahora,
cierra los ojos, busca dentro de ti, en la parte superior de tu cerebro, ese
punto invisible donde se centra todo tu yo. Verás que, al principio, se mueve
y tambalea, oscila de un lado a otro incapaz de mantenerse en equilibrio.
Tienes que concentrarte, profundamente, para aferrarlo con tu mente y
sostenerlo inmóvil en el vacío, cual luna entre nubes movidas por la brisa.
Una vez el punto haya adquirido una firmeza y una estabilidad absolutas,
tienes que derramar todo tu cuerpo dentro de él. No temas, habrá espacio
suficiente, pues, aunque el punto es infinitamente microscópico, tú eres muy
poca cosa, tan poca que estás muy cercano a la nada. Ya sabes, primero hay
que estabilizarlo para luego introducirse en él. Relájate, serénate,
concéntrate, ten la absoluta certeza que lo vas a conseguir. Y, ahora, adiós,
volveré dentro de cinco o seis días.” Me apretó la mano, luego el hombro, y
se marchó.
La
primera noche no conseguí avistarlo. Sentía, sabía que estaba allí, pero mi
vista interior no conseguía localizarlo. Sin embargo, no sentí angustia
alguna, sabía que podía conseguirlo, que la mente, el poder y la voluntad de
Cayetano me guiarían, finalmente, hacia él. A eso del filo de la madrugada,
exhausto, me dormí. Desperté, tres horas después, más relajado que si hubiera
dormido un día entero. Mañana y tarde transcurrieron en un soplo y, en cuanto
se apagaron las luces, inicié de nuevo mi búsqueda. Ahora el paraje me
resultaba familiar, sabía donde me hallaba y en que dirección tenía que
encauzar mis pasos; percibía algo semejante a un calor radiactivo, pero
todavía no acertaba a distinguir, con claridad, su procedencia. No obstante,
intuía que se encontraba cerca, muy cerca. Cuando quise darme cuenta el alba
penetraba los cristales de mi ventana, me encontraba fresco y fragrante cual
ramo de rosas. El doctor que me visitó aquella mañana hizo hincapié en lo
estupendo de mi aspecto. Las molestias en mi mano y mis costillas parecía
haber aminorado. La tercera noche tenía perfecta conciencia de cómo llegar
hasta él. Fue, no obstante, un largo y tortuoso camino y, en algún momento,
noté que gruesas perlas de sudor cubrían mi frente. Por fin, a eso de las
cinco de la mañana, un poco antes que el viejo pastor se levantará para
satisfacer sus necesidades, cosa que hacia todos los días con precisión
milimétrica, ¡eurekia! ahí estaba, definitivamente ahí. Transparente, etéreo,
intangible, pero, tal era su poder de atracción y su fuerza, que no había
margen para el error. Días después, Cayetano lo denominaría el agujero negro
de la mente. A mí, cuyos conocimientos de física son más bien escasos, se me
antojó algo semejante al fulgor invisible de un ojo oculto en la inmensidad
de un gran salón oscuro en el transcurso de una noche de tormenta. No sabes
porque, pero tienes la certeza absoluta que está ahí, vigilándote,
envolviéndote, traspasándote. Desperté pasadas las once, el pastor me dijo
que había dormido como un tronco de piedra. Recuerdo que le miré con ojos
cargados de sueño y le pregunté: “¿Y hay que meterse ahí dentro?” El pobre me
miró con cara de lástima. La cuarta noche la pasé dando vueltas alrededor de
aquel punto casi inexistente. Era imposible que yo pudiera introducirme en
él. En ese lugar, sin espacio y sin luz, no podía penetrar ni el más sutil y
etéreo de los espíritus. Por otra parte, si Cayetano lo afirmaba, habría, por
fuerza, un camino. Me revolvía inquieto en el lecho y, cada vez que cambiaba
de postura, sentía terribles punzadas en mis costillas y dolores
indescriptibles en cada uno de mis metacarpios. El pastor, siempre puntual,
se levantó y se dirigió al retrete, yo hice lo propio, la inquietud de mi
mente también había afectado a la vejiga. Durante el día, noté que mi presión
arterial ascendía a niveles alarmantes, experimente mareos y nauseas, y el
pastor comentó que estaba más blanco que una oveja recién trasquilada. Me
envolvió un escalofrío al ver acercarse las brumas del atardecer. Al apagarse
las luces, me negué a cerrar los ojos y mis dedos sujetaron febrilmente los
pliegues de las sabanas. Cuando mayor eran mi crispación y desespero, me
arrulló una voz cadenciosa, dulce y serena, la voz de un suave bolero
desgranado en el murmullo de una noche tropical, que me decía: “Cálmate,
serénate, concéntrate”. Mis manos se abrieron, mis hombros se relajaron, mi
cuello se acomodó a la almohada y cerré los ojos. Pasé algún tiempo en
tinieblas, dividido entre el miedo y la esperanza. Poco a poco, muy
lentamente, vi que se acercaba hacia mí aquel punto diminuto e invisible.
Perdí la noción del tiempo y el espacio. Me encontraba flotando en medio de
la nada, mi cuerpo, hecho un ovillo, disminuía paulatinamente de tamaño hasta
desaparecer. El punto tomó la forma de una luna opaca un millón de veces del
tamaño del sol. “Recuerda que, aunque el punto es infinitamente pequeño, el
tamaño de cuerpo es inferior a la nada”, retumbaron en mi cerebro las
palabras de Sierpes. La luna seguía creciendo y creciendo, yo seguía
aproximándome a ella hasta poder tocarla con las manos. Una violenta descarga
sacudió mi cerebro, estaba en su interior.
Desperté. Sobre los muros nacían los albores, mi cuerpo se convirtió en un
chorro de luz y energía que salía a su encuentro.
Todo
aquel día estuve preso de la sensación más extraña que describirse pueda. Me
encontraba allí, dentro de aquella cama, envuelto entre sábanas y mantas y
rodeado de rostros enfermizos, demacrados y famélicos y, al mismo tiempo, no
estaba. Me sentía fuera de mí mismo, algo externo a mi propio ser, un
espectador de mi propio interior. Notaba mis brazos al moverse, y sentía la
piel de mi cara al ser acariciada por mis dedos, sin embargo, el de esas
sensaciones era otro. Tenía dos cerebros, uno el que hacia mover mis
extremidades e inhalar aire en mis pulmones, y otro, situado mucho más
arriba, allá en la lejanía, que era donde residía mi verdadero yo. Al llegar
la noche y apagarse las luces, cerré los ojos dispuesto a reemprender mi
camino hacia el centro mismo de aquella inmensa opacidad, pero me encontré en
un mar de nadas, flotando sin rumbo fijo, habiendo adquirido, de nuevo, mi
tamaño normal. Sentí una soledad infinita, un abandono comparable tan solo al
que pudiera sentir una ternera recién parida, abandonada por su madre,
vagando solitaria por la pampa en una noche de vientos, lluvias y tormentas,
excepto que yo ni tan siquiera disfrutaba de la compañía del aullido del
vendaval, el agua o el trueno. Por un tiempo indefinido mi mente permaneció
paralizada, incapaz de provocar la mínima reacción en mi cerebro. Al fin,
viniendo de las más remotas profundidades del universo estelar, acarició mis
oídos la aterciopelada, sensual y cálida voz de Cayetano Augusto César
Sierpes Bermúdez: “Cálmate, relájate, serénate, concéntrate.” Mi mente se
esclareció, mi pulso se serenó, se ordenaron mis pensamientos, mis ojos
interiores vieron, y percibí, lo mismo que si de una visión se tratara, que
ya no andaba perdido en medio de la nada universal, sino que me encontraba
dentro, en lo más hondo, de aquel agujero negro de mi mente donde reside el
ser y el yo. Mas, en las profundidades de aquel punto infinitamente diminuto
e invisible, el mundo retomaba la misma dimensión e idénticas coordenadas
espaciales y temporales que había dejado atrás. Me invadió una explosión de
conocimiento y, ante mí, mostró su rostro LA VERDAD: la esencia del más allá
era dinámica, no estática, y se manifestaba en la perpetua reducción del yo
en traslación incorpórea, instantánea y constante hacia el interior de
puntos, diminutos e invisibles, que se encuentran dentro de otros, igualmente
diminutos e invisibles, en un viaje unidireccional sin principio ni fin.
Una vez
despierto, apenas podía recordar nada de aquel vago y quebradizo sueño, pero
de alguna vaga, sutil e indefinida manera supe que estaba preparado para
recibir la muerte. No había acabado de desayunar y apareció Cayetano. Alargó
su mano, se sentó junto a la cabecera de la cama, se acercó el índice de la
mano derecha a los labios y sonrió.
—
Y bien —dijo—
, no me digas ahora que esos puntos invisibles te quedan anchos.
Exploté
en una risa desbordante, incontenible, contagiosa y feliz. Él se unió a mis
carcajadas con la mayor naturalidad, tal si aquello fuera el chiste más
ocurrente del mundo. A un funcionario, que en esos momentos pasaba por el
otro lado de la cristalera, al vernos tan felices también se le escapó una
sonrisa. Miré a mi alrededor, la sala estaba impregnada de un nuevo aroma y
una nueva luz que purificaban las llagas supurientas del desespero, el sin
futuro y la oscura soledad. Al cabo de un rato me hizo señas que me calmara
y, una vez nos hubimos tranquilizado los dos, dijo:
—Ves
que pequeños somos. Si pudiéramos llegar hasta la nada llegaríamos hasta
Dios, que es el Todo y la Nada al mismo tiempo. ¡Cuidado! No cantes victoria,
todavía queda mucho camino por recorrer. Aprender a morir es aun más difícil
que aprender a vivir. El cuerpo es una lapa que intenta pegarse al acantilado
del espíritu, aunque haya llegado al convencimiento que nada le queda por
hacer en este mundo. Tú ya sabes que necesitas la muerte, sabes lo que hay
detrás de ella, pero todavía no has aprendido a controlar tu materia, a
dirigir sus caprichos y ansiedades; a dominar sus instintos, no solo dormido,
sino también despierto. Ten en cuenta que el cuerpo, presenta mayor
resistencia a desintegrase cuanto más cerca ve su fin. La carne es muy
fuerte, mucho más fuerte de lo que piensa el espíritu, si no fuera así quizá
haría ya mucho tiempo que la vida habría desaparecido de la faz de la tierra.
Ya vas aprendiendo a entrar en el otro mundo, pero, recuerda, todavía te
falta mucho que aprender para salir de este. Ten en cuenta que las carnes
enfermizas están siempre sobre aviso, por lo que resulta muy difícil
deshacerse de ellas. Las fuertes y sanas, por el contrario, suelen ser
confiadas, lo que las hace más maleables y obedientes a las directrices de
una mente experta y bien entrenada. Tienes que recuperar la salud, reparar
esos huesos, levantar ese ánimo. No me refiero a la fuerza interior que has
descubierto a lo largo de estas noches, eso es algo que queda entre tu yo y
mi yo, y tu cuerpo ni sabe ni tiene porque saber de ello. Necesitas
recomponer tu voluntad sensorial, encontrar, de nuevo, placer, interés y
satisfacción en todas esas cosas nimias, intrascendentes y triviales, todas
esas cosas que para muchos aparecen básicas y vitales, todas esas cosas que,
para ti, ha tiempo que pasaron el umbral de lo soportable. Para tener fuerza
para morir tienes que recuperar la alegría de vivir. Piensa que, al final de
ese periplo, arribará tu liberación, que cuanta más alegría le pongas a la
vida más cercana estará tu muerte. Aprender a afrontar tu pasado constituye
el próximo paso. Aprender a convertir lo negativo en positivo, lo abyecto en
noble, lo criminal en caritativo, lo sucio en impoluto, lo triste en motivo
de risa y regocijo. Rememora todas las mujeres que has amado, todos los
pezones que has estrujado entre tus dedos, las bocas que has succionado entre
tus labios, los clítoris que han sido acariciados por la punta de tu lengua,
los labios vaginales que han acariciado las yemas de tus dedos, las veces que
tu sexo se ha introducido en otro cuerpo, provocando lánguidos lamentos de
placer o de temor. Piensa en cuantas mujeres simularon profunda pena en sus
corazones al verte marchar para, después de tu partida, mostrar una dicha
irrefrenable. Y cuantas otras juraron bendecir el día de tu marcha para luego
llorar amargamente tu ausencia. Regocíjate en todos esos chamaquitos que
ayudaste a engendrar, toda esa caterva de llorones mocosos de muchos de los
cuales no conoces siquiera su existencia, y a los que tu olímpico desinterés
ha permitido una vida libre y audaz. Perdona a todos los amigos que ayudaste
y te traicionaron, y reza por todos los enemigos a los que liquidaste,
machacaste y hundiste en el oprobio y el fango. Tú has sido un hombre odiado,
saca fuerzas de ese odio, de esa inquina de ese rencor. Recuerda que el odio,
mucho más que el amor, es fuente inagotable de vida. Revive el pasado, míralo
con orgullo, saca fuerzas de él. Eres un hombre salido de la nada, a la nada
has llegado y pronto estarás más allá de la nada. Pero, en el interim, has
disfrutado de poder, éxito y dinero, de envidias, celos y rencores; has
suscitado admiración y deseo, y es posible que, alguna vez, amor. Muéstrate
orgulloso de todo ello al contemplarte en el espejo y, también, al mirar en
las pupilas del resto de los mortales. Has hecho lo que el destino te encargó
hacer, y lo llevaste a cabo con ardor y dedicación absolutas, qué más se
puede pedir a un ser humano. Deja de pensar en la derrota, el oprobio, la
vergüenza y el herido orgullo. En el duelo de la vida siempre encontraremos a
alguien más rápido y certero, pero eso le ocurre por igual al vencedor y al
vencido. Ese es el destino del hombre: encontrar, siempre, a alguno superior
a él, alguien más listo, más sucio, más traicionero, menos escrupuloso o más
simpático que nos arrebata la mujer, nos jode el negocio, nos chulea la
querida, o nos deja en ridículo delante de los amigos, y qué. Lo mismo le
ocurrirá a él, y a su sucesor, y al sucesor de su sucesor. No es en el
momento infamante de la derrota en donde hay que concentrar la mente al
despertarse cada mañana, sino en los escasos, pero gloriosos, instantes de
victoria, en las veces que nos acostamos con la mujer de nuestro mejor amigo;
en los dulces segundos que nuestros ojos vieron, ahíto de rabia e ira,
morderse el labio, hasta hacerlo sangrar, a nuestro más enconado enemigo; en
aquel dulce momento que, contra la sensata opinión de familiares, deudos y
expertos, arriesgamos todo nuestro caudal en un negocio insensato que, a la
postre, produjo abundantes y suculentos dividendos. Fuiste lo que el destino
quiso que fueras, pero, además, lo fuiste porque lo querías ser, porque,
desde pequeño, rechazaste lo fácil y lo obvio, porque, desde siempre,
caminaste sobre la cuerda floja de la dificultad y el obstáculo, porque,
desde el primer momento, remaste contra corriente y entre escollos y, sobre
todo y ante todo, porque con ello disfrutaste más en un solo segundo de tu
vida que muchos otros en cien vidas enteras. Tu ciclo ha finalizado, pero no
por ello, debes avergonzarte de él. Míralo con orgullo, hincha el pecho,
levanta la cabeza, respira hondo y, arropado por toda tu experiencia vital,
disponte a penetrar en el más allá. Y, ahora, adiós, me están esperando en
Carabanchel para un asunto urgente. Espero que, mañana mismo, te levantes de
esa cama y comiences a pasear por el patio y, en un par de semanas, quiero
verte fuera de aquí.
Puso la
mano en mi hombro, la apretó con fuerza y, en un suspiro, se marchó. Quedé
angustiado, mareado y con ganas de vomitar. Si, para llegar a la muerte,
debía revivir mi pasado y, además de rememorarlo, aceptarlo, quizá el morir
no fueran tan buena idea. El precio, aun tratándose de la misma muerte,
parecía demasiado alto.
Aquella
noche me subió la fiebre. Sudaba a mares. Soñé que un enorme gigante de
estertórea risa colocaba su mano sobre mi cabeza, presionaba hacia abajo con
sobrenatural fuerza y me clavaba en la tierra cual una estaca. En el último
instante, mi boca ya se ahogaba ahíta de tierra, polvo y guijarros, la
presión disminuía durante una décima de segundo, levantaba los ojos al cielo
y veía que aquel monstruo tenía mi faz. Luego, con un último empellón, mi
cabeza desaparecía clavada en la tierra. Tres, cuatro o cinco veces desperté
a lo largo de aquella terrible noche y otras tantas, agotado, volví a
dormitar para, una vez más, volver a aquel sueño maldito. A su inmutable
hora, se levantó el pastor. Quise seguirle hasta el tigre, mas, al
intentarlo, me asaltaron tales náuseas y mareos que desistí, permaneciendo,
entre sentado y acostado, sobre la cama. A continuación escuché un chapoteo,
me estaba orinando en el suelo.
A la
noche siguiente me negué a tomar mi pastilla para el sueño y permanecí en
vela. El pastor, siempre puntual, marchó a hacer sus necesidades, le seguí.
Sacudiendo las últimas gotas el vejete espetó en mi oído:” Rediez, de qué
cojones tienes miedo si ya no te queda nada.” Se la enfundó en la bragueta y
se marchó. Yo quedé allí, mirando al suelo, absorto en mis pensamientos.
Los
tres, el cura, el pastor y el sueño, tenían razón. Los tres sabían de mis
miedos, los tres sabían que era, tan solo, miedo de mi mismo. No había más
remedio, si quería largarme de este mundo, que superar ese cerval terror. Esa
noche conseguí conciliar el sueño sin pesadillas ni sobresaltos. Me desperté
a eso de las nueve de la mañana, me duché y enjaboné, soportando, lo mejor
que pude, el dolor de mis costillas; me puse un jersey y unos vaqueros y salí
a pasear al jardín de la enfermería. La contemplación del cielo azul
mesetario y el aire fresco de la mañana en mis pulmones, se me antojó una de
las más placenteras sensaciones que había experimentado en mi vida. Respiré
con fuerza, a pesar de los agudos pinchazos que ello producía en mis
costillas, y paseé la mirada a mi alrededor. Sentados en los bancos de
madera, cual figuras de barro o arcilla, cuencas profundas, pelo ralo,
espaldas gibosas, algo más de una veintena de esperpentos, algunos viejos
otros prematuramente envejecidos, miraban al suelo. Eran, en su mayoría,
sifilíticos, hepáticos, y sidosos, con algún que otro tísico y tuberculoso
para variar. “Dios mío, maldita sea, he de salir de aquí”, me dije. Casi al
tiempo, un pensamiento horrible envió una descarga eléctrica a lo largo de mi
espinazo. Si me marchaba de allí jamás volvería a ver al Calle. ¿Cómo, sin
él, tendría fuerzas para llegar hasta el fin? El Calle era lo único que daba
sentido a mi existencia, no quería dejar de verlo, no estaba dispuesto a
perderlo. La pesadilla del gigante Clavaestacas volvió a repetirse aquella
noche, pero tan solo una vez. A la hora acostumbrada, el pastor marchó a los
lavabos, esa vez, encontré fuerzas para seguirle, evitando así la caída libre
de un reguero de orina por la pernera del pijama. Volvimos a sacudírnoslas al
unísono y, ya en el pasillo camino de nuestro camastros, se volvió hacia mí y
dijo:”!Rediez! ¿Para qué ostias te sirve ser un cobarde?” Baje la cabeza y me
metí en la cama, tumbado boca a arriba, brazos paralelos al pecho, ojos
abiertos, cuello tenso. Al poco, escuché los sonoros ronquidos del viejo
gañan. Ahora me daba cuenta, tenía que hacerlo por mí mismo, sin la ayuda de
nadie. La muerte era algo privado, personal, intransferible. Me levanté con
la firme intención de pedir el alta en el momento en que apareciera el
médico. Tenía que retornar a mi chabolo, a mi módulo, a mi vida cotidiana. No
pudo ser, no pude reprimir el deseo de ver al Calle por última vez.
Necesitaba enfrentarme cara a cara con él y decirle: “Mírame, estoy listo
para emprender el camino, listo para afrontar la nada, para el gran salto en
el vacío. Déjame que estreche tu mano, te mire a los ojos y te vea marchar.
Déjame afrontar con dignidad, con orgullo y con calma, el hecho
incontrovertible de que jamás volveremos a vernos.”
A lo
largo de las dos semanas siguientes mi régimen de vida dio un giro de ciento
ochenta grados. Me levantaba a las ocho de la mañana, desayunaba en
abundancia y, a continuación, salía al jardín a respirar aire fresco y hacer
un poco de ejercicio. Charlaba, leía, comía y, al acabar la jornada, me
embargaba el más profundo y reparador de los sueños. Tal eran la disposición
de ánimo, fuerza de voluntad y enormes deseos de recuperación, que bullían en
mi pecho, que el matasanos quedó maravillado de mi rápida y casi milagrosa
mejoría. Sobre todo, teniendo en cuenta que, hasta entonces, la cicatrización
de mis heridas había sido extremadamente lenta, por no decir inexistente.
Mas, los días pasan y pasan y el padre Sierpes no aparece, Ya sé que es un
hombre muy ocupado, que quizá haya tenido, de pronto y sin previo aviso, que
emprender un largo viaje, hasta puede que haya enfermado y esté reposando en
una cama y lugar semejante al que me encuentro, todo es posible. Sin embargo,
la razón que me ha llevado a escribirle esta carta a la dudosa luz de los
focos del patio no es esa, sino otra mucho más grave.
A las
alturas en que nos encontramos, señoría, creo que usted ya ha tenido ocasión
sobrada de conocer hasta los más profundos recovecos de mi alma. Y, si me lo
permite, señoría, hasta me atrevería a decirle que ese conocimiento, esa
intimidad y familiaridad nos son recíprocos. Es este, señoría, que duda cabe,
un lugar maldito, pero también una magnífica escuela para aprender a conocer,
y darse a conocer, a nuestros semejantes. Aquí cualquier intento de
disimular, disfrazar y ocultar la propia personalidad, el yo genuino, está
abocado al más rotundo de los fracasos. Sobre todo, si la duración de la
estancia se aleja en el tiempo, sin saber nunca a ciencia cierta cuando
concluirá. Allá, en el exterior, muchos piensan que pueden tener una, dos o
tres, o quizás hasta cuatro, personalidades diferentes, sin que las mismas se
entremezclen, crucen o estorben en el cotidiano vivir. Por ejemplo, se puede
ser, al mismo tiempo, un jefe cruel y despiadado en la oficina, un esposo
sumiso y frío en el hogar y un amante apasionado con la querida de turno, sea
esta estable o pasajera. Se puede pretender que nuestro verdadero yo no está
en ninguno de esos roles, que todos son, tan solo, pobres imitaciones y que,
algún día, si las circunstancias nos son propicias o los hados menos
adversos, aparecerá nuestra personalidad verdadera, al igual que dicen que
Arfrodita apareció de manera espontánea entre la espuma de las olas. Usted
por su profesión, y yo por mi condición, sabemos que eso no es cierto, que el
yo ideal, puro y virginal no existe, que ni siquiera llega a la categoría de
entelequia. Usted, y yo, sabemos que la personalidad de cada individuo no es
sino la suma de todas esas pequeñas personalidades. Que ser un cabrón en la
oficina es la causa directa de convertirse en un calzonazos delante de la
parienta, o viceversa. Que la frialdad en el lecho conyugal es la
consecuencia lógica de haber dilapidado todas las energías en el ajeno, o
quizás, y lo que en el fondo viene a ser lo mismo para el tema que nos ocupa,
se haya empleado a fondo en el ajeno porque se le desprecia en el propio. Lo
que intento decirle es que, a la postre, nuestras diferentes conductas, y
modos de ser y actuar, tan solo son distintos eslabones de una misma cadena.
Pero, insisto, en el exterior siempre caben excusas y pretextos para no
asumir y enfrentarse a ese yo global. Algunos, presentan la coartada que su
verdadero, único y real yo, tan solo aparece al vestirse de Cenicienta con
bragas de seda, o verter infantiles lágrimas ante los dibujos de Walt Disney.
Pretendiendo que todo lo demás es solo una imposición de la sociedad, un
disimulo, un artificio, un engaño, una representación, un camelo. Aquí,
señoría, no cabe ese juego artificioso, esa trampa, esa estratagema; aquí
solo se puede ser una cosa a la vez y, si se intenta ocultar lo que la
persona piensa que es su yo verdadero, ese yo postizo fagocita al verdadero y
ocupa su lugar. Aquí la vida no nos ofrece la posibilidad de actuar en planos
diferentes, caminos paralelos o pisos superpuestos. Aquí uno es uno, y no hay
más.
Sinceramente, le cuento todo esto que, lo admito, quizá no nos lleva a
ninguna parte, porque estoy algo asustado. Señoría, he intentado no ocultarle
cosa alguna a lo largo de estos largos meses en que hemos estado en contacto,
no solo porque he llegado a cogerle aprecio, sino también porque me consta
que la honradez, delicadeza y honorabilidad que usted acredita, previene
cualquier posibilidad de que se entrometa en asuntos ajenos, por ejemplo,
leyendo misivas dirigidas a usted pero que no destinadas para sus ojos. Es,
por ello, que pienso que no contarle la verdad, plena y absoluta, acerca de
mi propio yo o, al menos, lo que mi mente tiene por tal, sería engañarme a mi
mismo. Eso, señoría, en este lugar, no es posible, pues, ya le dije antes que
aquí uno acaba siendo lo que aparenta ser. El caso, señoría, es que temo
estar volviéndome loco. Ya está, ya lo he dicho, ya ha quedado fuera de mí.
Me refiero, claro está, a mi vergüenza, a mi temor, no a mi locura. Usted
sabe perfectamente, pues yo jamás se lo he ocultado, que, al principio de mi
estancia en estos pagos, la rabia, el desánimo y la ira se apoderaron de mi
espíritu, y tampoco descarto que mi mente desvariara en alguna ocasión.
Admito que, durante muchas lunas, me negué a aceptar el entorno que me
rodeaba, es decir, aquello que, por lo común, se denomina la normalidad y,
aun hoy, ese término me parece uno de los más alienantes, espantosos y
enloquecedores que puedan existir sobre la faz de la tierra. Me adapté, a la
postre, al medio lo mejor que supe, poniendo ese mínimo de imaginación y
fantasía que nos permite aguantar el castrante martilleo, la infinita
repetición de los días y las noches. Para hacerle el cuento corto, señoría,
lo que me tiene descentrado y obnubilado, lo que es motivo de duda y me
envuelve en brumosa ansiedad es que, no solo el padre Sierpes no aparece por
ninguna parte y nadie puede darme la menor pista sobre su paradero, sino que
todo el mundo niega su existencia. Yo lo he visto, yo he escuchado su
cálida, armoniosa y dulce voz, su acento caribeño arrullador; yo me he mirado
en sus dulces y aterciopelados ojos que, a veces, destilan una dureza
diamantina, y sus finos dedos, torneados apéndices de manos suaves, mas de
temple de acero, me han acariciado mil veces. Usted sabe que es verdad. Usted
sabe que yo no le mentiría, que no puedo mentirme a mi mismo, ¿para
qué, por qué, con qué fin? Lo admito, es posible que, alguna vez, la rabia y
el desespero me hayan arrastrado hasta el mismo borde del precipicio de la
locura, pero creo, firmemente, de que uno sabe cuando está loco y cuando
aparenta estarlo. Vale, en algún momento me perdí en medio de todo aquel
marasmo, sé que mi imaginación pudo ir demasiado lejos en mis esfuerzos por
no aceptar un cruel presente, pero esos, señoría fueron, lo sé, instantes
breves, puntuales, controlados. ¿Quién no se ha dejado llevar, alguna vez,
por la ira, la desesperación y el desencanto hasta perder el control? No, no
y no, mil veces no. Imposible, insostenible, inaguantable. Yo no me he
inventado ese ser. Yo no he imaginado ese hombre al que he visto,
palpado, olido y sentido a lo largo de horas, días y noches enteras, por
mucho que el maldito matasanos vaya diciendo por ahí que Eli el sudaca se ha
inventado un compañero de cama para que le consuele. El muy cabrón me la
tiene jurada desde que, hace muchos años, casi le estrangulo con su propio
estereoscopio. Cree vengarse el muy boludo, esparciendo el rumor de que lo
del padre Sierpes es tan solo una invención mía, está seguro que ese infundio
acabará por volverme loco. Se equivoca de medio a medio. Antes o después,
Calle dará señales de vida y, cuando lo haga, estaré aquí, listo para
decirle: “Aquí estoy, sano, fuerte, totalmente recuperado y dispuesto a
fabricar mi propia muerte.” Vaya si lo voy a hacer, esté usted seguro de
ello, pese a quien pese.
Gracias
por escucharme señoría, no sé que haría sin usted. No hubiera podido
resistir, día tras día, si no hubiera tenido la oportunidad de, en mis noches
en vela, tomar la pluma y, al tiempo que dibujo palabra tras palabra sobre el
papel, sentir su compañía. Le veo allá, en el norte brumoso, sentado en su
sillón favorito con su batín de seda y sus pantuflas, su periódico y su
cognac, contemplando la lúgubre ventana por donde se escurren gotas de fría
lluvia. Perdón, señoría, por tales exabruptos. Estoy agotado, deprimido,
desilusionado. Solo me sostiene ya el saber que usted me comprende y me
anima.
¡Por
fin, por fin, señoría, Dios bendito sea loado! Por fin, he tenido noticias
suyas. Ve, mi querido amigo, yo sabía que no estaba loco. Ve, era imposible
que mi mente fabricara tales engendros. Yo sé lo que es producto de mi
imaginación y lo que es realidad. Se lo dije una y mil veces, yo había
escuchado su cálida voz, acariciado sus finos dedos, había sido atraído por
sus magnéticos fluidos y hechizado por sus ojos. Yo no había visto un burro
volando, ni una hormiga gigante, Había visto a un ser de carne y hueso con
sus músculos y sus tejidos. Había admirado a un ser compasivo y
misericordioso, consciente del sufrimiento de sus semejantes, y sabedor que
la mayor ayuda que puede proporcionársele a un pobre es enseñarle a bien
morir.
Para que
la muerte, señoría, llegue a ser el instante supremo de nuestras vidas,
exaltación postrera de nuestra personalidad, nuestra inteligencia y nuestro
yo, para que en nuestro último suspiro no existan remordimientos, desazones
ni angustias, para que el tránsito sea apacible y sereno sin escalofríos ni
temblores, necesitamos un maestro. Un guía que nos oriente y nos enseñe, no
solo a afrontar ese momento supremo, sino a dotarnos de voluntad,
conocimiento y confianza suficientes para ser capaces, por nosotros mismos,
de elegir el modo, el lugar y la hora.
Perdone,
señoría, por lo de la otra noche, pero era
tal mi grado de desasosiego, terror y ofuscación que, en algunos momentos,
llegué a pensar que hasta usted mismo podía haber sido producto de mi
imaginación, que, durante mis largas noches de insomnio, yo había inventado
su cara, su cargo, sus pantuflas, su batín y su Hennessy. Hubo un momento en
que tuve dudas sobre la realidad de las cuartillas sobre las que desgranaba
estas palabras. Llegué hasta el punto de pensar que mi estancia en la cárcel,
mi desgracia, mi condena y mi vida misma eran tan solo productos de mi
obcecación y mi locura. Menos mal que las cosas parecen volver a su cauce y
que, si las cosas no vuelven a torcerse, Dios no lo quiera, seré capaz de
morir afrontando mi propia realidad.
Me
entretuve horas y horas, con el sobre entre los dedos, incapaz de afrontar el
momento de rasgarlo y leer su contenido. Me embargaba no sé que negro
presagio o indefinido presentimiento. Hasta tal punto los ignominiosos
comentarios de mis carceleros habían afectado mi moral y mi salud psíquica y
física, que no acababa de creerme que aquella carta fuera suya, que su
existencia estuviera en el plano de esta realidad. Al filo del atardecer, en
la soledad del jardín, rasgué el sobre. Contenía dos finas cuartillas de
papel de seda de las que se desprendían aromas de sándalo, incienso y mirra
entremezclados con efluvios de animal macho, usted ya me entiende, señoría.
Eran páginas de una bella y apretada caligrafía de caracteres bien torneados,
y trazados rectos y firmes. Quedé especialmente impresionado por las eses
cuyo vuelo era semejante al de un danzarín al bailar un vals, o el que simula
el cuello del cisne al agacharse sobre el agua para alimentar a sus
polluelos. Perdone, señoría, si me excedo en los prolegómenos, quizá tengan
algo de razón aquellos que me acusan de retorcido, retórico y barroco, de
enrollarme con más vueltas que una persiana, vamos. Compréndalo, señoría, no
tengo otro lugar donde acudir a contar mis cuitas y mis alegrías. Espero que,
una vez más, sepa disculparme si, abusando de su confianza, me tomo la
libertad de reproducir en su integridad el contenido de tan esperada misiva.
Tampoco tiene porque preocuparse en exceso, el padre Sierpes no es un
servidor. Si por algo se distingue su estilo es por su concisión y exactitud,
hasta tal punto que su lectura parece durar el tiempo de un suspiro, tal es
la elegancia de sus expresiones, la precisión de sus conceptos, la claridad
de sus ideas y la exactitud y firmeza de sus conclusiones. Y ahora, y sí sin
más dilaciones, paso a trascribírsela.
“Querido
Heliodoro:
Hay un
momento en que a todos nos llega la hora de encarar el horizonte en
solitario. Ese momento ha llegado. Te he transmitido cuanto sé en orden a
preparar la mente y el espíritu para el momento final. Cualquier nuevo
encuentro solo serviría para llenar tu pecho de nuevas incertidumbres.
Mantente firme en tus propósitos, recto en tu camino y esperanzado en tu
andar. Llegarás, te lo dice tu maestro y amigo.
Una
última advertencia.. Es posible que, una vez superados los últimos repechos
del camino y encarado el descenso final de tu existencia, tu soma y tu psique
se resistan a permitir que tu alma vuele hacia los etéreos senderos. No
temas, si en algún momento sientes que tu ánimo flaquea, abre la ventana de
tu celda, allá al filo de la medianoche, vacía tu cerebro de todo
pensamiento, mira a las estrellas y piensa en mí. Piensa en mí con toda la
fuerza, voluntad y coraje de tu ser. A su debido momento, acudiré en tu
ayuda.
Adiós
amigo, encomiéndame al Supremo Hacedor al llegar a tu destino.”
No sabe,
señoría, lo que yo daría por escribir así, con esa autoridad, con esa
exactitud, con ese calor, cariño, profundidad y determinación y, porque no
decirlo, con esa humildad. Ahora sí que tengo fuerzas para afrontar el
repecho final. Solo saber que el está esperando mi silenciosa llamada me da
fuerzas para traspasar el momento de la verdad.
Sabe,
señoría, le voy a echar de menos. Jamás pensé que pudiera decirle esto a un
sicario, con perdón, de la justicia., ya ve usted lo que es la vida. Usted,
señoría, ha demostrado ser, e intuí desde el primer momento en que vi su
foto, un tipo recto, honrado y cabal. Si alguien ha pecado de sectarismo,
ceguera e intransigencia he sido yo. Entiéndame, señoría, póngase en mi
lugar. Yo he sido maltratado, escarnecido, abusado, e injustamente condenado
y encarcelado por uno de los de su especie. En esas circunstancias no puede
exigírseme que posea un talante abierto, un corazón indulgente y una actitud
ecuánime. Sin embargo, y a pesar de todo, no oso afirmar que, de haber
disfrutado de libertad, en vez de haberme podrido todos estos años en celdas,
pasillos y patios, mi fin hubiera sido más honorable. He de admitir, mal que
me pese, que, de haber sido otras las circunstancias, quizá un tiro en la
nuca o una puñalada en el corazón, en cualquier calleja porteña oscura y
maloliente, hubieran puesto fin a mis días. Y, de no ser así, me hubieran
envenenado con curare, cianuro o arsénico en cualquier hotel de mala muerte,
o de cinco estrellas, que más da, en Río, Roma, Miami, Nueva York o Moscú.
No me
arrepiento, no puedo arrepentirme, señoría, de todos los avatares, sucesos,
triunfos y desastres de la que, ahora, se me antoja una muy corta existencia.
Permítame decirle, y quizá esté usted de acuerdo conmigo, que si la educación
que me dieron hubiera sido otra, si los adultos que tutelaron mi niñez y
pubertad no me hubieran inculcado todos aquellos principios y creencias, tan
contrarios a la realidad de las cosas y tan diametralmente opuestos a la
propia conducta que ellos seguían, si, en vez de enseñarme la caridad, cuando
ellos solo practicaban la envidia, e instigarme a actuar con nobleza, cuando
todo en mi entorno era vil y mezquino, hubieran permitido y alentado el libre
florecer de mis instintos, impulso y pasiones, quizá y solo quizá, mi vida
hubiera trascurrido por otros derroteros. Todo esto, señoría, no dejan de
ser, seguramente, locas ideas y pretensiones de un viejo cascarrabias que tan
solo aspira, a estas alturas del cuento, a morir con un mínimo de dignidad,
decencia y decoro.
Quede
usted con Dios.
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