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              MORIRTURI 
 

 

MORIRTURI
por Francisco Peiró 

(Novela epistolar) 

VI

Alcalá Meco 8 de Marzo de 1.996 

Muy distinguido Señor:

                                               Lo que el Todopoderoso, en su rectitud, escribe con rayas torcidas puede que, a la postre, resulte ser mucho más útil y provechoso de lo que, en un primer momento, pudiera sospecharse. Siempre dicho, claro está, con toda la precaución y desconfianza con que las cosas del más allá merecen tratarse.

Creo que ya le dije, en mi anterior misiva, que mi estancia en este lazareto, aunque salpicada de numerosas pesadillas, era, en su conjunto, bastante más llevadera que lo fue aquella primera vez que tuve la desgracia de caer en manos de matasanos. No obstante, jamás pude imaginarme que, a la postre, pudiera ser motivo de tan enorme satisfacción y gozo. Usted, señoría, ya habrá tenido tiempo de irme conociendo y, por ello, habrá tenido ocasión de constatar que no soy persona en absoluto proclive a dejarme arrastrar por los espejismos de la alegría, el entusiasmo o la exultación. Tampoco soy de esos dados a echar las campanas al vuelo en honor del primero que me encuentro en mi camino, recitando a su paso loores, lisonjas y piropos. No pretendo decir con eso que me tengo por persona imparcial, equilibrada y aséptica. Muy al contrario, y mal que me pese, he de admitir que si algo define mi humilde persona es un carácter con tendencia al pesimismo y la melancolía. Le tengo a usted por sabedor de todas estas particularidades, pero he creído conveniente traerlas a colación antes de relatar los hechos que, a continuación, detallo.

Usted quizá recuerde que hace algunos años, empujado por la melancolía de mi espíritu y por la desesperación de mi mente, decidí acercarme al seno de la Iglesia Católica con el noble propósito de hallar en su regazo consuelo material y espiritual. Quizá recuerde, asimismo, que, a raíz del fallecimiento de mi infortunado vecino Nepomuceno, decidí alejarme de ella, al percatarme de la falsedad de sus palabras y la vacuidad de los corazones de sus ministros, cuyos sermones, homilías y consejos, en lugar de apaciguar mi alma, dar alivio a mi corazón y consuelo a mi desespero, contribuían a encender mi cólera, y sacar a la superficie todas las malas pasiones escondidas en mi pecho. Nunca me arrepentí de aquella decisión, pues por muy grandes que siguieran siendo mi angustia, congoja y agobio, al menos, las sufría en silencio y quietud sin tener, encima, que escuchar las vanas soflamas de aquellos supuestos ministros del Señor. No niego, sin embargo, que, desde entonces, he echado en falta la cadencia de una voz amiga que acariciara y lamiera mis heridas interiores. Confieso humildemente, señoría, que siempre tuve necesidad de un mentor, de un guía, de un maestro, de alguien que marcara el sendero de mi existencia y alumbrara los tortuosos caminos de mi desesperación. Alguien a quien seguir ciegamente y en quien confiar de manera plena, total y absoluta. Porque, y fíjese bien señoría, no es el intercambio de opiniones lo que hace mover al mundo, lo que le hace llegar a mayores cotas de civilización y entendimiento. Lo que, de verdad, contribuye, ha contribuido y contribuirá, a perfeccionar la raza humana es el ejemplo de nuestros mayores, de los mejor dotados, de los más experimentados, siendo obligación del resto, es decir de la inmensa mayoría, seguir su estela y asimilar sus enseñanzas. En ese sentido, el mero intercambio de vocablos, lo que, en lenguaje vulgar, llamamos conversación o diálogo siempre ha sido, y siempre será, un acerado utensilio conducente al relajo, la maledicencia y la iniquidad. El único flujo de comunicación, verdaderamente útil y provechoso, es el unidireccional, aquel que se mueve de arriba hacia abajo. El otro, el que se mueve en ambas direcciones, el que se empecina en poner en duda la sapiencia de nuestros líderes, y acotar su sabiduría y sagacidad, solo lleva a la humanidad, la Historia una y otra vez, así lo demuestra, a un ciclo infinito de conflictos, disputas, rechazos, ansiedades y guerras. El diálogo rompe la armonía del universo, el equilibrio de fuerzas, el amor entre los corazones, el respeto por los mayores y la convivencia en el seno de las familias. Un mundo debidamente estructurado, un mundo con esperanzas de progreso y mejora, es un mundo donde el padre habla y el niño escucha, donde el maestro enseña y el discípulo aprende, el escritor expone y el lector asimila, el general ordena y el soldado obedece, el juez sentencia y el reo pena, donde, en definitiva, el hombre peca y Dios perdona. Es, en ese mundo ideal, donde el mensaje fluye, la información se trasmite, la comunicación avanza y, con ella, el devenir de la humanidad. No es, en contra de lo que, en un principio, pudiera parecer, un mundo inmóvil, anquilosado y pasivo, sino un universo dinámico y ágil, aunque atemperado, eso sí, por el orden, la jerarquía y la disciplina. Un orden donde, según el mérito, la conveniencia, la edad, el lugar, o el paso del tiempo, el discípulo de ayer puede llegar a ser el maestro de mañana, el hijo obediente devendrá en responsable progenitor, y los generales del futuro serán aquellos que, en su día, fueron los más aguerridos soldados. A modo de prueba irrefutable de lo que digo, le ofrezco el ejemplo siguiente: seguro, señoría, que usted se ha percatado en más de una ocasión del, aparentemente, extraño fenómeno que hace que una persona se sienta mucho más solitaria entre una muchedumbre vociferante, que rodeado de una comunidad silenciosa. Esto se debe, señoría, a que el silencio une mucho más que la voz porque ésta no es atendida ni escuchada ya que, en el diálogo, los hombres solo atienden, si acaso, al sonido de su propia voz.

Hasta ahora, señoría, gracias a su comprensión y magnanimidad, he podido descargar mi mente y vaciar mi espíritu, válvula de escape que me ha permitido no abandonarme por completo a la locura y desesperación. Últimamente, y a pesar de ello, me estaba convirtiendo en un pozo reseco, en un páramo frío y yermo, en un vientre infecundo y estéril incapaz de todo sentimiento y toda comunicación. De pronto, caído del cielo, alguien vino a fecundarme de nuevo, a inyectarme nuevos bríos, nuevas esperanzas, nuevos amaneceres. Ya le he dicho en numerosas ocasiones, y a riesgo de ponerme pesado se lo repito de nuevo, que soy persona poco dada al alabanza, el oropel, la loa, las medallas y la coba. Le consta que tengo a orgullo y prurito llamar las cosas por su nombre sin circunloquios, perífrasis ni rodeos, por eso, lo que le voy a decir a continuación, deseo, y espero, que se tome en su justa medida. El padre Cayetano Augusto César Sierpes Bermúdez, natural de Camagüey en la isla de Cuba, miembro de la Compañía de Jesús, y conocido aquí por Calle, mote que él acepta con una resignada sonrisa, aunque puedo ver, por las chispas de sus ojos, que el tal apodo le sienta peor que una patada en salva sea la parte, es persona respecto a quien difícilmente podemos excedernos en elogios, parabienes y felicitaciones; ser providencial que me ha devuelto el placer, la alegría y la dicha de escuchar, y que ha llenado mi alma, mi mente, mi corazón y mi espíritu de nuevas ideas, conceptos y visiones. Ha sido él quien, en definitiva, me ha abierto los ojos y me ha hecho ver el lugar que ocupo en el mundo, la necedad de mi existencia, y la conveniencia de mi muerte. El padre Cayetano Augusto César Sierpes Bermúdez debe ser un poco menos viejo que yo, pero aparenta, por lo menos, ser quince años más joven. Alto, magro, de cabello negro, espeso y rizado, boca ancha de labios sensuales, nariz recta y fina, frente alta y estrecha, barbilla voluntariosa y prominente, y cuello, torso y brazos dignos de un toro. Su tez tiene ese color de fina canela amasada con nívea azúcar en polvo, ese color entre tostado, rosado y prieto que engulle, dentro de sí, todo el mortero de razas, tribus y especies de donde germina la gente caribeña. Pero lo que, realmente, define, caracteriza y distingue al Padre Sierpes son sus ojos. Ojos profundos, rasgados, serenos, de un color entre el gris perla y el amatista, ojos que, al mirarte, rebuscan y hallan aquello que se oculta en los más recónditos recovecos de tu cerebro.

El Padre Sierpes apareció, por encanto, hace unas tres semanas, siendo el motivo de su visita la recopilación de datos para cierto trabajo antropológico o antropomórfico. En definitiva, estudiar las mentes, o lo que queda de ellas, de todos estos deshechos humanos que me rodean. Pero, no crea, realiza su tarea con tal delicadeza, dulzura, tacto y cortesía que estoy seguro que todos los internos se dejarían cortar sus cabezas, a fin de facilitar que el Calle pudiera mirar en su interior. Aunque, al cabo de casi siete años de convivir con estas gentes de hablar seco, sobrio y gutural, me temo que ya apenas quede nada de mi armonioso hablar porteño, él enseguida adivinó mi procedencia, mis inquietudes y mis deseos. Se acercó a la cabecera de mi cama, sentose en una pequeña silla que apenas podía acomodar sus largas extremidades, y me solicitó, con una voz dulcemente varonil sin ser pegajosa, y armoniosamente suave sin ser femenina, que le permitiera relatarme la historia de su vida, la cual, dijo, si bien no era del interés, dureza y complejidad de la mía, podría, quizás, ayudarme a relajar mi turbado espíritu y apaciguar mi azorada mente. Tal era la emoción que me embargaba que no recuerdo, ahora, si llegué a balbucir algunas palabras de asentimiento, o me limité a responder con mis ojos. El padre Sierpes cruzó los dedos de sus manos, los colocó sobre su regazo, dobló, una sobre otra, sus largas piernas y dijo así: “Yo, hijo mío, nací en Vertientes, una pequeña villa al este de Camagüey, de donde procedía la familia de mi vieja, pero me crié y crecí en Puerto Manatí, en la bahía de Sabanalama, al norte de la provincia de Oriente, de allí era mi padre y allí se ganaba la vida pescando con la ayuda de un pequeño esquife. Fui el mayor de seis hermanos y, dado que a mi madre la Virgen no le concedió hija alguna, tuve, desde muy pequeño, que ayudarla en todas las tareas del hogar. A causa de ello, no salí hasta los trece años a la mar a ayudar a mi viejo, lo que me permitió adquirir, en la escuela del villorrio, algunos conocimientos elementales de lectura y escritura. Un día, apenas cumplidos los dieciséis años, en el momento en que mi viejo y yo estábamos varando la barca, después de toda una noche de infructuosa pesca, oímos un grito desgarrador que procedía del bohío. Corrí hacia la cabaña y, al entrar en ella, vi a mi madre, con la falda levantada y las piernas abiertas, siendo violada por un soldado, y a mis llorosos y atemorizados hermanos hacinados en un rincón, amenazados, a punta de pistola, por su compañero. Apenas recuerdo nada de los momentos que siguieron. Lo único que ha retenido mi mente es la visión de aquel gendarme con la cabeza reposando sobre el regazo de mi madre, con su pescuezo atravesado de lado a lado por un gran cuchillo de cocina. Creo que su compañero intentó dispararme, pero mis hermanos, asiéndolo de manos y piernas, se lo impidieron. De pronto, en medio de aquel forcejeo, apareció mi viejo blandiendo un largo machete y, apartando a mis hermanos, hundió la hoja en la garganta de aquel canalla, quien, al desplomarse, aplastó bajo su peso a algunos de nosotros, al tiempo que una nube de sangre le manaba por la traquea. Mi padre, mis hermanos y yo quedamos paralizados. Mi madre, sin embargo, sacudiéndose el cadáver de encima lo mejor que pudo, se levantó, se arregló la falda y el pelo y me ordenó que, al punto, tomará mis escasas pertenencias y emprendiera el camino hacia Sierra Maestra para unirme a los rebeldes. Ella, añadió, se encargaría de echar toda la culpa sobre mi cabeza, para que ni mi padre, ni mis hermanos, fueran objeto de las iras de los militares. Por fortuna, mi viejo tenía un hermano en Niquebo, en el golfo de Guacanabayo, casi al pie de la Sierra Maestra y, provisto de una muda y unos pocos pesos, hacia allá encaminé mis pasos, alcanzando el lugar tras una semana de arduo camino. La suerte quiso que mi pariente tuviera algunos contactos entre los rebeldes y, una vez se les hubo relatado lo sucedido, no pusieron ninguna objeción a admitirme entre sus filas. Durante más de dos años, marché arriba y abajo, unas veces perseguidor y otras perseguido y, al igual que cualquier guerrillero, maté por no ser muerto, y saqueé y robé para sobrevivir. Llevaba casi tres años en esos menesteres cuando La Habana cayó en nuestras manos; tenía ya casi veinte años y todos me conocían por El Cholito. Mis compañeros me emborracharon, me metieron en un burdel y, a lo largo de las tres semanas siguientes, estuve bebiendo y copulando a mayor gloria de la revolución. Tan pronto me hube repuesto de mis excesos, requisé un coche y puse rumbo hacia Manatí. Mi padre y mi madre habían sido asesinados al poco de mi partida. Uno de los violadores era hermano del jefe de la guarnición, y este no perdió tiempo en ajustar cuentas. Félix Eurípides, el hermano al que precedía, había sido obligado a enrolarse en las tropas de Batista el año anterior y su paradero era desconocido, y Julio Nicéforo, el benjamín, había fallecido de unas fiebres hacía tres meses. De todo ello me informó, puntualmente y sin que una sola vez le temblaran los labios, Aníbal Justiniano, quien por entonces había cumplido los dieciséis años. Acurrucados bajo sus brazos, mis otros dos hermanos menores asentían con los ojos. Los monté a los tres en el carro y me los traje para la Habana. En el viaje de vuelta; dormitando junto al chofer, jure no morir sin antes vengarme. 

Durante un cursillo de artillería, allá en la sierra, habían descubierto que poseía un don natural para las matemáticas, y el Comandante me prometió que, una vez triunfase la revolución, haría de mí un gran ingeniero. Durante los siguientes seis años estudié día y noche, sin olvidarme jamás de mi solemne juramento. Encontré a Luz de Nieve, una linda criollita, y la traje a casa. Tuvimos dos niñas que, siguiendo la tradición familiar, fueron criadas por mis hermanos, pues mi compañera trabajaba de secretaria para un importante miembro del Estado Mayor. Un día, recién recibida mi licenciatura, Luz de Nieve me comunicó, con voz serena y lágrimas en los ojos, que habían hallado el paradero de Benito Pompeyo Adolfo Camargo Suárez, que así se llamaba el chingado que había liquidado a mis viejos. Estaba en Nicaragua, alistado, con el grado de capitán, en la Guardia Nacional. Hablé con las autoridades, les expuse mi caso y pedí permiso para ausentarme del país durante algún tiempo. Mas, la autorización me fue denegada con el sensato, aunque para mí incomprensible, argumento de que mi vida era demasiado valiosa para la revolución, y no podía ponerse en peligro por una simple cuestión personal. Afortunadamente, no me faltaban los contactos, así que, una oscura noche, me embarqué en un pesquero, y al cabo de dos días me encontraba en la isla de Las Mujeres frente a Punta Cancún. Me había provisto de algunos pesos yankis, por lo que no me fue difícil, unas veces en guagua, otras en barco y otras a pie, llegar a Managua, donde arribé a los dos meses de mi partida. Gracias a las gestiones de Luz de Nieve, disponía del nombre de un contacto, el padre Pepe Pérez Pintado, español de la compañía de Jesús. Un gallego enteco, de rostro chupado, barba poblada y ojos oscuros y ardientes y, según sus propias palabras, “con una mala leche de la ostia, pero más bueno que el pan”. Le expuse, lisa y llanamente, mi situación. Me contestó que no podía ayudarme a matar a un semejante. Pero, si deseaba quedarme en Managua, él podía proporcionarme los documentos necesarios y un lugar donde alojarme, a cambio, yo debía ayudarle en la instrucción de los chamacos y en la construcción de su iglesia. Durante más de dos años, rastreé, indagué e investigué, pues el canalla aquel había cambiado de identidad y apariencia. Al fin, mis pesquisas dieron su fruto y averigüé su paradero. La fortuna acudió a mi auxilio, una de sus mucamas, una chamaquita bella, dulce y sencilla, era feligresa de Pepe, y no me costó gran trabajo llevármela a la cama, e inducirla a contarme la vida y milagros de su amo. Aquel miserable era homosexual, pero no tenía un amigo fijo. A veces, buscaba su diversión entre los soldaditos de la unidad bajo sus ordenes, y, otras, acudía a cierto cabaret a las afueras de la ciudad. Hacia allí me dirigí una noche. No resultó difícil hacer que fijara su atención en mí y me invitara a su domicilio. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba sucediendo, ya tenía un cuchillo apretándole la garganta. Le obligué a tumbarse sobre la cama boca abajo, le até, le amordacé, le bajé los pantalones y le introduje en el esfínter un enorme consolador que llevaba incorporado una potente bomba de relojería. Tac, tac, tac. Algunas noches de insomnio, sobre todo si cambia el tiempo, todavía puedo oírlo a mi lado. Salí del bohío, me aleje unos cientos de metros, me senté en la vereda y encendí un pitillo. Diez minutos después se oyó la explosión. Al día siguiente fui a ver al Padre Pepe y le dije: “Hace diez años que vengo llenándome las manos de sangre en mi lucha contra la injusticia, la miseria y la explotación, no sé si esa es la mejor manera de cambiar el mundo, pero tú me has demostrado que no es la única. Quiero llegar a ser sacerdote y jesuita, deseo seguir tu ejemplo”. Pepe me miró intensamente a los ojos poseído de una rabia infinita, luego bajo la cabeza y dijo: ”De acuerdo, te enviaré a ver al General de la Compañía, nos hacen falta hombres de tu temple.” Durante los diez años siguientes estudié en Roma, Paris, Madrid y Nueva York. Aprendí lenguas, teología, filosofía, medicina, cartografía, química, física, genética y algunas cosas más y, excelso remate a todo ello, me consagraron en San Pedro. Más tarde me destinaron a una misión en la India y allí, paradojas de la vida, estuve tentado de convertirme al budismo. Años después me enviaron a Nigeria, donde quedé fascinado por el animismo yoruba, cuna de la santería y el espiritualismo cubanos, y donde comencé a comprender la verdadera esencia del islamismo. Desde hace tres años resido en Madrid, intentando coordinar la ayuda material y la asistencia espiritual a los más necesitados, sea cual fuere su religión, nacionalidad, clase o condición. Y ahora dime, ¿quieres hacerme alguna pregunta, necesitas cualquier clase de consejo o ayuda? O, simplemente, quieres que me largue por donde he venido.”

Quedé un largo rato en silencio, saboreando las mieles de su dulce, cadencioso y educado acento caribeño, con el que se pueden contar las mayores catástrofes, miserias, penas y atrocidades del mismo modo que un maestro desgrana un cuento en un colegio de párvulos, tal es la calidez de sus agudos, la dulzura de sus graves, la textura de su entonación y la sonoridad de sus silencios. Luego le dije:”Padre, no sabe lo que me alegra su milagrosa aparición. Es una flor de primavera que se ha abierto, multicolor y esplendorosa, en medio de la más recia tormenta de los mares del Ártico. Usted irradia el resplandor y pureza de legiones de serafines y arcángeles. No tengo una pregunta, tengo miles, millones, cientos de billones, pero no sé por donde empezar.” El padre Sierpes cerró los ojos y sonrió, una sonrisa entre beatífica, burlona y pícara; agarró mi mano entre las suyas, con tal fuerza que creí oír el crujido de mis huesos, y dijo con una dulcísima y profunda voz; ”No, no me digas nada. Deja que adivine cual es el mayor de tus males, la causa de todas tus desgracias y desdichas. Sí, sí, lo veo en el fondo de tu corazón y de tu alma, quieres morir, pero ya no te quedan fuerzas para dar el último paso. No te preocupes, yo te ayudaré. Ahora e de irme, prometo venir a visitarte la semana que viene”.

Pasé la semana más angustiosa y feliz de mi vida, solo comparable a la emoción de una virgen enamorada en la víspera de sus esponsales. ¿Sabía usted, señoría, que la espera puede ser, a la vez, la más amarga y dulce de las experiencias del ser humano? Nuestra naturaleza está concebida de tal forma que la expectativa cuenta mucho más que el logro. Hasta entonces, yo solo había sufrido el lado negro de esa experiencia, siempre sufriendo por el advenimiento de algo, o alguien, temido u odiado. Ahora, doy todos esos padecimientos por válidos, porque el antiguo temor de la espera se ha convertido en motivo de gozo, alegría y contento. Lo único negativo, pensaba yo, que pudiera tener una espera dichosa podría estribar en que, al igual que el sufrimiento alcanza su punto álgido durante la noche anterior a la tortura, hasta el extremo que el dolor físico puede llegar a ser motivo de liberación y desahogo. Así, la aparición del ser amado, después de una larga espera, pudiera ser causa de frustración, tristeza y desengaño, al estar la realidad, por lo general, por muy por debajo de nuestros sueños y fantasías.

Transcurrida la semana, y llegado el día, rogué al Altísimo que no viniese, que me permitiese gozar un poco más de la espera. Mas, al verle aparecer por la puerta, fui consciente de que todos mis temores y angustias habían sido en vano. Su sonrisa, y sus ojos tenían el mismo hechizo que el primer día. Subido en una lánguida nube rosa, que flotaba en un lago de aguas azules y transparentes, le pregunté: ”¿Y qué fue de su familia?” Sonrió, una sonrisa sin tristeza ni amargor, aunque un tanto apagada y ambigua, y me dijo así : ”Mi familia sois todos vosotros. Si acaso te refieres a la que, en otro tiempo tuve, te diré que Luz de Nieve contrajo matrimonio con un alto cargo de la Revolución al poco tiempo de partir hacia mi aventura. Mis hijas crecieron felices y contentas, se casaron a su debido tiempo y me hicieron abuelo. En cuanto a mis hermanos, no tuvieron destinos parejos. El menor de los que quedaban, Anastasio Sócrates Lázaro, murió hace años al intentar salvar el canal que nos separa de La Florida. Su hermano Constantino Reyes, que iba junto a él en la travesía, tuvo más suerte, pudo arribar a Miami y, ahora, es un poderoso banquero ligado a los negocios del narcotráfico y la prostitución. En cuanto a Aníbal Justiniano, quizá el más sensato de todos nosotros, regresó a su playa, su barca y su bohío y vive solo en Puerto Manatí, acompañado del destello de las estrellas y el arrullo del mar. Por lo que respecta a Félix Eurípides, jamás se volvió a saber de él. Seguramente, algún revolucionario lo ejecuto en alguna perdida vereda, y su cuerpo sirvió de rancho a cuervos y zopilotes. Qué si siento nostalgia, tristeza o dolor. No, he aprendido a aceptarme a mí mismo, a aceptar lo que soy, no lo que fui, o quise ser. Acepto los cambios de mi vida porque son parte del vivir mismo, algo que te enriquece y aporta, y sin lo cual yo no sería yo. Si mañana el destino me convierte en monje budista, santón islámico, santero cubano o, de nuevo, en un honrado padre de familia, lo aceptaré con humildad y alegría, y procuraré cumplir mi nuevo cometido con el mismo tesón, la misma dicha y la misma naturalidad con que acepté este que, por ahora, es el que Dios me ha encomendado. Vivir, hijo mío, es aceptar el riesgo de cambiar, evolucionar, equivocarse y rectificar; y yo me regocijo en ese riesgo porque, sin él, la vida no tendría sentido. Aquel que no puede disfrutar del milagro de la vida, de sus diminutas alegrías y enormes amarguras, aquel que no tiene ojos para el trino de los pájaros, el susurro de las hojas, el llanto de los niños y el estertor de los viejos, aquel que no sabe dar gracias por el resplandor de la luna entre las nubes o el estallido del sol entre la niebla marina, a ese, más le valdría estar muerto. A ti, lo único de provecho que te queda por hacer en esta vida es aprender a bien morir. No temas, Heliodoro, yo te enseñaré.” “Sí”, respondí con el corazón lleno de júbilo, “¿qué tengo que hacer?”. “Lo primero, y principal, tener confianza en mí, creer, con certeza absoluta, que jamás te engañaré. Afirmar, con total convicción, que tu único propósito sólo consiste en seguir mis pasos, cumplimentar mis consejos, repetir mis oraciones y erradicar de tu alma cualquier sentimiento de amargura. Has de saber que, al final del camino, te espera una muerte dulcísima, una muerte mil veces más grata que aquella que, una vez, quisiste atrapar y no pudiste por no estar preparado para ello. Por lo pronto, tendrás que aprender a disciplinar, controlar y sujetar tu mente, condición imprescindible para elevarse a la contemplación del espíritu y, finalmente, sumergirse en él. No te preocupes, es más fácil de lo que a primera vista pudiera parecer. El comienzo es lo más arduo, hay que vencer la natural inercia del ser humano a desprenderse de su cuerpo, luego todo será un plácido descenso hasta que el mar del más allá te acoja en su seno. Ahora, cierra los ojos, busca dentro de ti, en la parte superior de tu cerebro, ese punto invisible donde se centra todo tu yo. Verás que, al principio, se mueve y tambalea, oscila de un lado a otro incapaz de mantenerse en equilibrio. Tienes que concentrarte, profundamente, para aferrarlo con tu mente y sostenerlo inmóvil en el vacío, cual luna entre nubes movidas por la brisa. Una vez el punto haya adquirido una firmeza y una estabilidad absolutas, tienes que derramar todo tu cuerpo dentro de él. No temas, habrá espacio suficiente, pues, aunque el punto es infinitamente microscópico, tú eres muy poca cosa, tan poca que estás muy cercano a la nada. Ya sabes, primero hay que estabilizarlo para luego introducirse en él. Relájate, serénate, concéntrate, ten la absoluta certeza que lo vas a conseguir. Y, ahora, adiós, volveré dentro de cinco o seis días.” Me apretó la mano, luego el hombro, y se marchó.

Transcurrida la semana, y llegado el día, rogué al Altísimo que no viniese, que me permitiese gozar un poco más de la espera. Mas, al verle aparecer por la puerta, fui consciente de que todos mis temores y angustias habían sido en vano. Su sonrisa, y sus ojos tenían el mismo hechizo que el primer día. Subido en una lánguida nube rosa, que flotaba en un lago de aguas azules y transparentes, le pregunté: ”¿Y qué fue de su familia?” Sonrió, una sonrisa sin tristeza ni amargor, aunque un tanto apagada y ambigua, y me dijo así : ”Mi familia sois todos vosotros. Si, acaso, te refieres a la que, en otro tiempo tuve, te diré que Luz de Nieve contrajo matrimonio con un alto cargo de la Revolución al poco tiempo de partir hacia mi aventura. Mis hijas crecieron felices y contentas, se casaron a su debido tiempo y me hicieron abuelo. En cuanto a mis hermanos, no tuvieron destinos parejos. El menor de los que quedaban, Anastasio Sócrates Lázaro, murió hace años al intentar salvar el canal que nos separa de La Florida. Su hermano Constantino Reyes, que iba junto a él en la travesía, tuvo más suerte, pudo arribar a Miami y, ahora, es un poderoso banquero ligado a los negocios del narcotráfico y la prostitución. En cuanto a Aníbal Justiniano, quizá el más sensato de todos nosotros, regresó a su playa, su barca y su bohío y vive solo en Puerto Manatí, acompañado del destello de las estrellas y el arrullo del mar. Por lo que respecta a Félix Eurípides, jamás se volvió a saber de él. Seguramente, algún revolucionario lo ejecuto en alguna perdida vereda, y su cuerpo sirvió de rancho a cuervos y zopilotes. Qué si siento nostalgia, tristeza o dolor. No, he aprendido a aceptarme a mí mismo, a aceptar lo que soy, no lo que fui, o quise ser. Acepto los cambios de mi vida porque son parte del vivir mismo, algo que te enriquece y aporta, y sin lo cual yo no sería yo. Si mañana el destino me convierte en monje budista, santón islámico, santero cubano o, de nuevo, en un honrado padre de familia, lo aceptaré con humildad y alegría, y procuraré cumplir mi nuevo cometido con el mismo tesón, la misma dicha y la misma naturalidad con que acepté este que, por ahora, es el que Dios me ha encomendado. Vivir, hijo mío, es aceptar el riesgo de cambiar, evolucionar, equivocarse y rectificar; y yo me regocijo en ese riesgo porque, sin él, la vida no tendría sentido. Aquel que no puede disfrutar del milagro de la vida, de sus diminutas alegrías y enormes amarguras, aquel que no tiene ojos para el trino de los pájaros, el susurro de las hojas, el llanto de los niños y el estertor de los viejos, aquel que no sabe dar gracias por el resplandor de la luna entre las nubes o el estallido del sol entre la niebla marina, a ese, más le valdría estar muerto. A ti, lo único de provecho que te queda por hacer en esta vida es aprender a bien morir. No temas, Heliodoro, yo te enseñaré.” “Sí”, respondí con el corazón lleno de júbilo, “¿qué tengo que hacer?”. “Lo primero, y principal, tener confianza en mí, creer, con certeza absoluta, que jamás te engañaré. Afirmar, con total convicción, que tu único propósito solo consiste en seguir mis pasos, cumplimentar mis consejos, repetir mis oraciones y erradicar de tu alma cualquier sentimiento de amargura. Has de saber que, al final del camino, te espera una muerte dulcísima, una muerte mil veces más grata que aquella que, una vez, quisiste atrapar y no pudiste por no estar preparado para ello. Por lo pronto, tendrás que aprender a disciplinar, controlar y sujetar tu mente, condición imprescindible para elevarse a la contemplación del espíritu y, finalmente, sumergirse en él. No te preocupes, es más fácil de lo que a primera vista pudiera parecer. El comienzo es lo más arduo, hay que vencer la natural inercia del ser humano a desprenderse de su cuerpo, luego todo será un plácido descenso hasta que el mar del más allá te acoja en su seno. Ahora, cierra los ojos, busca dentro de ti, en la parte superior de tu cerebro, ese punto invisible donde se centra todo tu yo. Verás que, al principio, se mueve y tambalea, oscila de un lado a otro incapaz de mantenerse en equilibrio. Tienes que concentrarte, profundamente, para aferrarlo con tu mente y sostenerlo inmóvil en el vacío, cual luna entre nubes movidas por la brisa. Una vez el punto haya adquirido una firmeza y una estabilidad absolutas, tienes que derramar todo tu cuerpo dentro de él. No temas, habrá espacio suficiente, pues, aunque el punto es infinitamente microscópico, tú eres muy poca cosa, tan poca que estás muy cercano a la nada. Ya sabes, primero hay que estabilizarlo para luego introducirse en él. Relájate, serénate, concéntrate, ten la absoluta certeza que lo vas a conseguir. Y, ahora, adiós, volveré dentro de cinco o seis días.” Me apretó la mano, luego el hombro, y se marchó.

La primera noche no conseguí avistarlo. Sentía, sabía que estaba allí, pero mi vista interior no conseguía localizarlo. Sin embargo, no sentí angustia alguna, sabía que podía conseguirlo, que la mente, el poder y la voluntad de Cayetano me guiarían, finalmente, hacia él. A eso del filo de la madrugada, exhausto, me dormí. Desperté, tres horas después, más relajado que si hubiera dormido un día entero. Mañana y tarde transcurrieron en un soplo y, en cuanto se apagaron las luces, inicié de nuevo mi búsqueda. Ahora el paraje me resultaba familiar, sabía donde me hallaba y en que dirección tenía que encauzar mis pasos; percibía algo semejante a un calor radiactivo, pero todavía no acertaba a distinguir, con claridad, su procedencia. No obstante, intuía que se encontraba cerca, muy cerca. Cuando quise darme cuenta el alba penetraba los cristales de mi ventana, me encontraba fresco y fragrante cual ramo de rosas. El doctor que me visitó aquella mañana hizo hincapié en lo estupendo de mi aspecto. Las molestias en mi mano y mis costillas parecía haber aminorado. La tercera noche tenía perfecta conciencia de cómo llegar hasta él. Fue, no obstante, un largo y tortuoso camino y, en algún momento, noté que gruesas perlas de sudor cubrían mi frente. Por fin, a eso de las cinco de la mañana, un poco antes que el viejo pastor se levantará para satisfacer sus necesidades, cosa que hacia todos los días con precisión milimétrica, ¡eurekia! ahí estaba, definitivamente ahí. Transparente, etéreo, intangible, pero, tal era su poder de atracción y su fuerza, que no había margen para el error. Días después, Cayetano lo denominaría el agujero negro de la mente. A mí, cuyos conocimientos de física son más bien escasos, se me antojó algo semejante al fulgor invisible de un ojo oculto en la inmensidad de un gran salón oscuro en el transcurso de una noche de tormenta. No sabes porque, pero tienes la certeza absoluta que está ahí, vigilándote, envolviéndote, traspasándote. Desperté pasadas las once, el pastor me dijo que había dormido como un tronco de piedra. Recuerdo que le miré con ojos cargados de sueño y le pregunté: “¿Y hay que meterse ahí dentro?” El pobre me miró con cara de lástima. La cuarta noche la pasé dando vueltas alrededor de aquel punto casi inexistente. Era imposible que yo pudiera introducirme en él. En ese lugar, sin espacio y sin luz, no podía penetrar ni el más sutil y etéreo de los espíritus. Por otra parte, si Cayetano lo afirmaba, habría, por fuerza, un camino. Me revolvía inquieto en el lecho y, cada vez que cambiaba de postura, sentía terribles punzadas en mis costillas y dolores indescriptibles en cada uno de mis metacarpios. El pastor, siempre puntual, se levantó y se dirigió al retrete, yo hice lo propio, la inquietud de mi mente también había afectado a la vejiga. Durante el día, noté que mi presión arterial ascendía a niveles alarmantes, experimente mareos y nauseas, y el pastor comentó que estaba más blanco que una oveja recién trasquilada. Me envolvió un escalofrío al ver acercarse las brumas del atardecer. Al apagarse las luces, me negué a cerrar los ojos y mis dedos sujetaron febrilmente los pliegues de las sabanas. Cuando mayor eran mi crispación y desespero, me arrulló una voz cadenciosa, dulce y serena, la voz de un suave bolero desgranado en el murmullo de una noche tropical, que me decía: “Cálmate, serénate, concéntrate”. Mis manos se abrieron, mis hombros se relajaron, mi cuello se acomodó a la almohada y cerré los ojos. Pasé algún tiempo en tinieblas, dividido entre el miedo y la esperanza. Poco a poco, muy lentamente, vi que se acercaba hacia mí aquel punto diminuto e invisible. Perdí la noción del tiempo y el espacio. Me encontraba flotando en medio de la nada, mi cuerpo, hecho un ovillo, disminuía paulatinamente de tamaño hasta desaparecer. El punto tomó la forma de una luna opaca un millón de veces del tamaño del sol. “Recuerda que, aunque el punto es infinitamente pequeño, el tamaño de cuerpo es inferior a la nada”, retumbaron en mi cerebro las palabras de Sierpes. La luna seguía creciendo y creciendo, yo seguía aproximándome a ella hasta poder tocarla con las manos. Una violenta descarga sacudió mi cerebro, estaba en su interior. Desperté. Sobre los muros nacían los albores, mi cuerpo se convirtió en un chorro de luz y energía que salía a su encuentro.

Todo aquel día estuve preso de la sensación más extraña que describirse pueda. Me encontraba allí, dentro de aquella cama, envuelto entre sábanas y mantas y rodeado de rostros enfermizos, demacrados y famélicos y, al mismo tiempo, no estaba. Me sentía fuera de mí mismo, algo externo a mi propio ser, un espectador de mi propio interior. Notaba mis brazos al moverse, y sentía la piel de mi cara al ser acariciada por mis dedos, sin embargo, el de esas sensaciones era otro. Tenía dos cerebros, uno el que hacia mover mis extremidades e inhalar aire en mis pulmones, y otro, situado mucho más arriba, allá en la lejanía, que era donde residía mi verdadero yo. Al llegar la noche y apagarse las luces, cerré los ojos dispuesto a reemprender mi camino hacia el centro mismo de aquella inmensa opacidad, pero me encontré en un mar de nadas, flotando sin rumbo fijo, habiendo adquirido, de nuevo, mi tamaño normal. Sentí una soledad infinita, un abandono comparable tan solo al que pudiera sentir una ternera recién parida, abandonada por su madre, vagando solitaria por la pampa en una noche de vientos, lluvias y tormentas, excepto que yo ni tan siquiera disfrutaba de la compañía del aullido del vendaval, el agua o el trueno. Por un tiempo indefinido mi mente permaneció paralizada, incapaz de provocar la mínima reacción en mi cerebro. Al fin, viniendo de las más remotas profundidades del universo estelar, acarició mis oídos la aterciopelada, sensual y cálida voz de Cayetano Augusto César Sierpes Bermúdez: “Cálmate, relájate, serénate, concéntrate.” Mi mente se esclareció, mi pulso se serenó, se ordenaron mis pensamientos, mis ojos interiores vieron, y percibí, lo mismo que si de una visión se tratara, que ya no andaba perdido en medio de la nada universal, sino que me encontraba dentro, en lo más hondo, de aquel agujero negro de mi mente donde reside el ser y el yo. Mas, en las profundidades de aquel punto infinitamente diminuto e invisible, el mundo retomaba la misma dimensión e idénticas coordenadas espaciales y temporales que había dejado atrás. Me invadió una explosión de conocimiento y, ante mí, mostró su rostro LA VERDAD: la esencia del más allá era dinámica, no estática, y se manifestaba en la perpetua reducción del yo en traslación incorpórea, instantánea y constante hacia el interior de puntos, diminutos e invisibles, que se encuentran dentro de otros, igualmente diminutos e invisibles, en un viaje unidireccional sin principio ni fin.

Una vez despierto, apenas podía recordar nada de aquel vago y quebradizo sueño, pero de alguna vaga, sutil e indefinida manera supe que estaba preparado para recibir la muerte. No había acabado de desayunar y apareció Cayetano. Alargó su mano, se sentó junto a la cabecera de la cama, se acercó el índice de la mano derecha a los labios y sonrió.

Y bien dijo , no me digas ahora que esos puntos invisibles te quedan anchos.

Exploté en una risa desbordante, incontenible, contagiosa y feliz. Él se unió a mis carcajadas con la mayor naturalidad, tal si aquello fuera el chiste más ocurrente del mundo. A un funcionario, que en esos momentos pasaba por el otro lado de la cristalera, al vernos tan felices también se le escapó una sonrisa. Miré a mi alrededor, la sala estaba impregnada de un nuevo aroma y una nueva luz que purificaban las llagas supurientas del desespero, el sin futuro y la oscura soledad. Al cabo de un rato me hizo señas que me calmara y, una vez nos hubimos tranquilizado los dos, dijo:

Ves que pequeños somos. Si pudiéramos llegar hasta la nada llegaríamos hasta Dios, que es el Todo y la Nada al mismo tiempo. ¡Cuidado! No cantes victoria, todavía queda mucho camino por recorrer. Aprender a morir es aun más difícil que aprender a vivir. El cuerpo es una lapa que intenta pegarse al acantilado del espíritu, aunque haya llegado al convencimiento que nada le queda por hacer en este mundo. Tú ya sabes que necesitas la muerte, sabes lo que hay detrás de ella, pero todavía no has aprendido a controlar tu materia, a dirigir sus caprichos y ansiedades; a dominar sus instintos, no solo dormido, sino también despierto. Ten en cuenta que el cuerpo, presenta mayor resistencia a desintegrase cuanto más cerca ve su fin. La carne es muy fuerte, mucho más fuerte de lo que piensa el espíritu, si no fuera así quizá haría ya mucho tiempo que la vida habría desaparecido de la faz de la tierra. Ya vas aprendiendo a entrar en el otro mundo, pero, recuerda, todavía te falta mucho que aprender para salir de este. Ten en cuenta que las carnes enfermizas están siempre sobre aviso, por lo que resulta muy difícil deshacerse de ellas. Las fuertes y sanas, por el contrario, suelen ser confiadas, lo que las hace más maleables y obedientes a las directrices de una mente experta y bien entrenada. Tienes que recuperar la salud, reparar esos huesos, levantar ese ánimo. No me refiero a la fuerza interior que has descubierto a lo largo de estas noches, eso es algo que queda entre tu yo y mi yo, y tu cuerpo ni sabe ni tiene porque saber de ello. Necesitas recomponer tu voluntad sensorial, encontrar, de nuevo, placer, interés y satisfacción en todas esas cosas nimias, intrascendentes y triviales, todas esas cosas que para muchos aparecen básicas y vitales, todas esas cosas que, para ti, ha tiempo que pasaron el umbral de lo soportable. Para tener fuerza para morir tienes que recuperar la alegría de vivir. Piensa que, al final de ese periplo, arribará tu liberación, que cuanta más alegría le pongas a la vida más cercana estará tu muerte. Aprender a afrontar tu pasado constituye el próximo paso. Aprender a convertir lo negativo en positivo, lo abyecto en noble, lo criminal en caritativo, lo sucio en impoluto, lo triste en motivo de risa y regocijo. Rememora todas las mujeres que has amado, todos los pezones que has estrujado entre tus dedos, las bocas que has succionado entre tus labios, los clítoris que han sido acariciados por la punta de tu lengua, los labios vaginales que han acariciado las yemas de tus dedos, las veces que tu sexo se ha introducido en otro cuerpo, provocando lánguidos lamentos de placer o de temor. Piensa en cuantas mujeres simularon profunda pena en sus corazones al verte marchar para, después de tu partida, mostrar una dicha irrefrenable. Y cuantas otras juraron bendecir el día de tu marcha para luego llorar amargamente tu ausencia. Regocíjate en todos esos chamaquitos que ayudaste a engendrar, toda esa caterva de llorones mocosos de muchos de los cuales no conoces siquiera su existencia, y a los que tu olímpico desinterés ha permitido una vida libre y audaz. Perdona a todos los amigos que ayudaste y te traicionaron, y reza por todos los enemigos a los que liquidaste, machacaste y hundiste en el oprobio y el fango. Tú has sido un hombre odiado, saca fuerzas de ese odio, de esa inquina de ese rencor. Recuerda que el odio, mucho más que el amor, es fuente inagotable de vida. Revive el pasado, míralo con orgullo, saca fuerzas de él. Eres un hombre salido de la nada, a la nada has llegado y pronto estarás más allá de la nada. Pero, en el interim, has disfrutado de poder, éxito y dinero, de envidias, celos y rencores; has suscitado admiración y deseo, y es posible que, alguna vez, amor. Muéstrate orgulloso de todo ello al contemplarte en el espejo y, también, al mirar en las pupilas del resto de los mortales. Has hecho lo que el destino te encargó hacer, y lo llevaste a cabo con ardor y dedicación absolutas, qué más se puede pedir a un ser humano. Deja de pensar en la derrota, el oprobio, la vergüenza y el herido orgullo. En el duelo de la vida siempre encontraremos a alguien más rápido y certero, pero eso le ocurre por igual al vencedor y al vencido. Ese es el destino del hombre: encontrar, siempre, a alguno superior a él, alguien más listo, más sucio, más traicionero, menos escrupuloso o más simpático que nos arrebata la mujer, nos jode el negocio, nos chulea la querida, o nos deja en ridículo delante de los amigos, y qué. Lo mismo le ocurrirá a él, y a su sucesor, y al sucesor de su sucesor. No es en el momento infamante de la derrota en donde hay que concentrar la mente al despertarse cada mañana, sino en los escasos, pero gloriosos, instantes de victoria, en las veces que nos acostamos con la mujer de nuestro mejor amigo; en los dulces segundos que nuestros ojos vieron, ahíto de rabia e ira, morderse el labio, hasta hacerlo sangrar, a nuestro más enconado enemigo; en aquel dulce momento que, contra la sensata opinión de familiares, deudos y expertos, arriesgamos todo nuestro caudal en un negocio insensato que, a la postre, produjo abundantes y suculentos dividendos. Fuiste lo que el destino quiso que fueras, pero, además, lo fuiste porque lo querías ser, porque, desde pequeño, rechazaste lo fácil y lo obvio, porque, desde siempre, caminaste sobre la cuerda floja de la dificultad y el obstáculo, porque, desde el primer momento, remaste contra corriente y entre escollos y, sobre todo y ante todo, porque con ello disfrutaste más en un solo segundo de tu vida que muchos otros en cien vidas enteras. Tu ciclo ha finalizado, pero no por ello, debes avergonzarte de él. Míralo con orgullo, hincha el pecho, levanta la cabeza, respira hondo y, arropado por toda tu experiencia vital, disponte a penetrar en el más allá. Y, ahora, adiós, me están esperando en Carabanchel para un asunto urgente. Espero que, mañana mismo, te levantes de esa cama y comiences a pasear por el patio y, en un par de semanas, quiero verte fuera de aquí.

Puso la mano en mi hombro, la apretó con fuerza y, en un suspiro, se marchó. Quedé angustiado, mareado y con ganas de vomitar. Si, para llegar a la muerte, debía revivir mi pasado y, además de rememorarlo, aceptarlo, quizá el morir no fueran tan buena idea. El precio, aun tratándose de la misma muerte, parecía demasiado alto.

Aquella noche me subió la fiebre. Sudaba a mares. Soñé que un enorme gigante de estertórea risa colocaba su mano sobre mi cabeza, presionaba hacia abajo con sobrenatural fuerza y me clavaba en la tierra cual una estaca. En el último instante, mi  boca ya se ahogaba ahíta de tierra, polvo y guijarros, la presión disminuía durante una décima de segundo, levantaba los ojos al cielo y veía que aquel monstruo tenía mi faz. Luego, con un último empellón, mi cabeza desaparecía clavada en la tierra. Tres, cuatro o cinco veces desperté a lo largo de aquella terrible noche y otras tantas, agotado, volví a dormitar para, una vez más, volver a aquel sueño maldito. A su inmutable hora, se levantó el pastor. Quise seguirle hasta el tigre, mas, al intentarlo, me asaltaron tales náuseas y mareos que desistí, permaneciendo, entre sentado y acostado, sobre la cama. A continuación escuché un chapoteo, me estaba orinando en el suelo.

A la noche siguiente me negué a tomar mi pastilla para el sueño y permanecí en vela. El pastor, siempre puntual, marchó a hacer sus necesidades, le seguí. Sacudiendo las últimas gotas  el vejete espetó en mi oído:” Rediez, de qué cojones tienes miedo si ya no te queda nada.” Se la enfundó en la bragueta y se marchó. Yo quedé allí, mirando al suelo, absorto en mis pensamientos.

Los tres, el cura, el pastor y el sueño, tenían razón. Los tres sabían de mis miedos, los tres sabían que era, tan solo, miedo de mi mismo. No había más remedio, si quería largarme de este mundo, que superar ese cerval terror. Esa noche conseguí conciliar el sueño sin pesadillas ni sobresaltos. Me desperté a eso de las nueve de la mañana, me duché y enjaboné, soportando, lo mejor que pude, el dolor de mis costillas; me puse un jersey y unos vaqueros y salí a pasear al jardín de la enfermería. La contemplación del cielo azul mesetario y el aire fresco de la mañana en mis pulmones, se me antojó una de las más placenteras sensaciones que había experimentado en mi vida. Respiré con fuerza, a pesar de los agudos pinchazos que ello producía en mis costillas, y paseé la mirada a mi alrededor. Sentados en los bancos de madera, cual figuras de barro o arcilla, cuencas profundas, pelo ralo, espaldas gibosas, algo más de una veintena de esperpentos, algunos viejos otros prematuramente envejecidos, miraban al suelo. Eran, en su mayoría, sifilíticos, hepáticos, y sidosos, con algún que otro tísico y tuberculoso para variar. “Dios mío, maldita sea, he de salir de aquí”, me dije. Casi al tiempo, un pensamiento horrible envió una descarga eléctrica a lo largo de mi espinazo. Si me marchaba de allí jamás volvería a ver al Calle. ¿Cómo, sin él, tendría fuerzas para llegar hasta el fin? El Calle era lo único que daba sentido a mi existencia, no quería dejar de verlo, no estaba dispuesto a perderlo. La pesadilla del gigante Clavaestacas volvió a repetirse aquella noche, pero tan solo una vez. A la hora acostumbrada, el pastor marchó a los lavabos, esa vez, encontré fuerzas para seguirle, evitando así la caída libre de un reguero de orina por la pernera del pijama. Volvimos a sacudírnoslas al unísono y, ya en el pasillo camino de nuestro camastros, se volvió hacia mí y dijo:”!Rediez! ¿Para qué ostias te sirve ser un cobarde?” Baje la cabeza y me metí en la cama, tumbado boca a arriba, brazos paralelos al pecho, ojos abiertos, cuello tenso. Al poco, escuché los sonoros ronquidos del viejo gañan. Ahora me daba cuenta, tenía que hacerlo por mí mismo, sin la ayuda de nadie. La muerte era algo privado, personal, intransferible. Me levanté con la firme intención de pedir el alta en el momento en que apareciera el médico. Tenía que retornar a mi chabolo, a mi módulo, a mi vida cotidiana. No pudo ser, no pude reprimir el deseo de ver al Calle por última vez. Necesitaba enfrentarme cara a cara con él y decirle: “Mírame, estoy listo para emprender el camino, listo para afrontar la nada, para el gran salto en el vacío. Déjame que estreche tu mano, te mire a los ojos y te vea marchar. Déjame afrontar con dignidad, con orgullo y con calma, el hecho incontrovertible de que jamás volveremos a vernos.”

A lo largo de las dos semanas siguientes mi régimen de vida  dio un giro de ciento ochenta grados. Me levantaba a las ocho de la mañana, desayunaba en abundancia y, a continuación, salía al jardín a respirar aire fresco y hacer un poco de ejercicio. Charlaba, leía, comía y, al acabar la jornada, me embargaba el más profundo y reparador de los sueños. Tal eran la disposición de ánimo, fuerza de voluntad y enormes deseos de recuperación, que bullían en mi pecho, que el matasanos quedó maravillado de mi rápida y casi milagrosa mejoría. Sobre todo, teniendo en cuenta que, hasta entonces, la cicatrización de mis heridas había sido extremadamente lenta, por no decir inexistente. Mas, los días pasan y pasan y el padre Sierpes no aparece, Ya sé que es un hombre muy ocupado, que quizá haya tenido, de pronto y sin previo aviso, que emprender un largo viaje, hasta puede que haya enfermado y esté reposando en una cama y lugar semejante al que me encuentro, todo es posible. Sin embargo, la razón que me ha llevado a escribirle esta carta a la dudosa luz de los focos del patio no es esa, sino otra mucho más grave.

A las alturas en que nos encontramos, señoría, creo que usted ya ha tenido ocasión sobrada de conocer hasta los más profundos recovecos de mi alma. Y, si me lo permite, señoría, hasta me atrevería a decirle que ese conocimiento, esa intimidad y familiaridad nos son recíprocos. Es este, señoría, que duda cabe, un lugar maldito, pero también una magnífica escuela para aprender a conocer, y darse a conocer, a nuestros semejantes. Aquí cualquier intento de disimular, disfrazar y ocultar la propia personalidad, el yo genuino, está abocado al más rotundo de los fracasos. Sobre todo, si la duración de la estancia se aleja en el tiempo, sin saber nunca a ciencia cierta cuando concluirá. Allá, en el exterior, muchos piensan que pueden tener una, dos o tres, o quizás hasta cuatro, personalidades diferentes, sin que las mismas se entremezclen, crucen o estorben en el cotidiano vivir. Por ejemplo, se puede ser, al mismo tiempo, un jefe cruel y despiadado en la oficina, un esposo sumiso y frío en el hogar y un amante apasionado con la querida de turno, sea esta estable o pasajera. Se puede pretender que nuestro verdadero yo no está en ninguno de esos roles, que todos son, tan solo, pobres imitaciones y que, algún día, si las circunstancias nos son propicias o los hados menos adversos, aparecerá nuestra personalidad verdadera, al igual que dicen que Arfrodita apareció de manera espontánea entre la espuma de las olas. Usted por su profesión, y yo por mi condición, sabemos que eso no es cierto, que el yo ideal, puro y virginal no existe, que ni siquiera llega a la categoría de entelequia. Usted, y yo, sabemos que la personalidad de cada individuo no es sino la suma de todas esas pequeñas personalidades. Que ser un cabrón en la oficina es la causa directa de convertirse en un calzonazos delante de la parienta, o viceversa. Que la frialdad en el lecho conyugal es la consecuencia lógica de haber dilapidado todas las energías en el ajeno, o quizás, y lo que en el fondo viene a ser lo mismo para el tema que nos ocupa, se haya empleado a fondo en el ajeno porque se le desprecia en el propio. Lo que intento decirle es que, a la postre, nuestras diferentes conductas, y modos de ser y actuar, tan solo son distintos eslabones de una misma cadena. Pero, insisto, en el exterior siempre caben excusas y pretextos para no asumir y enfrentarse a ese yo global. Algunos, presentan la coartada que su verdadero, único y real yo, tan solo aparece al vestirse de Cenicienta con bragas de seda, o verter infantiles lágrimas ante los dibujos de Walt Disney. Pretendiendo que todo lo demás es solo una imposición de la sociedad, un disimulo, un artificio, un engaño, una representación, un camelo. Aquí, señoría, no cabe ese juego artificioso, esa trampa, esa estratagema; aquí solo se puede ser una cosa a la vez y, si se intenta ocultar lo que la persona piensa que es su yo verdadero, ese yo postizo fagocita al verdadero y ocupa su lugar. Aquí la vida no nos ofrece la posibilidad de actuar en planos diferentes, caminos paralelos o pisos superpuestos. Aquí uno es uno, y no hay más.

Sinceramente, le cuento todo esto que, lo admito, quizá no nos lleva a ninguna parte, porque estoy algo asustado. Señoría, he intentado no ocultarle cosa alguna a lo largo de estos largos meses en que hemos estado en contacto, no solo porque he llegado a cogerle aprecio, sino también porque me consta que la honradez, delicadeza y honorabilidad que usted acredita, previene cualquier posibilidad de que se entrometa en asuntos ajenos, por ejemplo, leyendo misivas dirigidas a usted pero que no destinadas para sus ojos. Es, por ello, que pienso que no contarle la verdad, plena y absoluta, acerca de mi propio yo o, al menos, lo que mi mente tiene por tal, sería engañarme a mi mismo. Eso, señoría, en este lugar, no es posible, pues, ya le dije antes que aquí uno acaba siendo lo que aparenta ser. El caso, señoría, es que temo estar volviéndome loco. Ya está, ya lo he dicho, ya ha quedado fuera de mí. Me refiero, claro está, a mi vergüenza, a mi temor, no a mi locura. Usted sabe perfectamente, pues yo jamás se lo he ocultado, que, al principio de mi estancia en estos pagos, la rabia, el desánimo y la ira se apoderaron de mi espíritu, y tampoco descarto que mi mente desvariara en alguna ocasión. Admito que, durante muchas lunas, me negué a aceptar el entorno que me rodeaba, es decir, aquello que, por lo común, se denomina la normalidad y, aun hoy, ese término me parece uno de los más alienantes, espantosos y enloquecedores que puedan existir sobre la faz de la tierra. Me adapté, a la postre, al medio lo mejor que supe, poniendo ese mínimo de imaginación y fantasía que nos permite aguantar el castrante martilleo, la infinita repetición de los días y las noches. Para hacerle el cuento corto, señoría, lo que me tiene descentrado y obnubilado, lo que es motivo de duda y me envuelve en brumosa ansiedad es que, no solo el padre Sierpes no aparece por ninguna parte y nadie puede darme la menor pista sobre su paradero, sino que todo el mundo niega su existencia. Yo lo he visto, yo he escuchado su cálida, armoniosa y dulce voz, su acento caribeño arrullador; yo me he mirado en sus dulces y aterciopelados ojos que, a veces, destilan una dureza diamantina, y sus finos dedos, torneados apéndices de manos suaves, mas de temple de acero, me han acariciado mil veces. Usted sabe que es verdad. Usted sabe que yo no le mentiría, que no puedo mentirme a mi mismo, ¿para qué, por qué, con qué fin? Lo admito, es posible que, alguna vez, la rabia y el desespero me hayan arrastrado hasta el mismo borde del precipicio de la locura, pero creo, firmemente, de que uno sabe cuando está loco y cuando aparenta estarlo. Vale, en algún momento me perdí en medio de todo aquel marasmo, sé que mi imaginación pudo ir demasiado lejos en mis esfuerzos por no aceptar un cruel presente, pero esos, señoría fueron, lo sé, instantes breves, puntuales, controlados. ¿Quién no se ha dejado llevar, alguna vez, por la ira, la desesperación y el desencanto hasta perder el control? No, no y no, mil veces no. Imposible, insostenible, inaguantable. Yo no me he inventado ese ser. Yo no he imaginado ese hombre al que he visto, palpado, olido y sentido a lo largo de horas, días y noches enteras, por mucho que el maldito matasanos vaya diciendo por ahí que Eli el sudaca se ha inventado un compañero de cama para que le consuele. El muy cabrón me la tiene jurada desde que, hace muchos años, casi le estrangulo con su propio estereoscopio. Cree vengarse el muy boludo, esparciendo el rumor de que lo del padre Sierpes es tan solo una invención mía, está seguro que ese infundio acabará por volverme loco. Se equivoca de medio a medio. Antes o después, Calle dará señales de vida y, cuando lo haga, estaré aquí, listo para decirle: “Aquí estoy, sano, fuerte, totalmente recuperado y dispuesto a fabricar mi propia muerte.” Vaya si lo voy a hacer, esté usted seguro de ello, pese a quien pese.

Gracias por escucharme señoría, no sé que haría sin usted. No hubiera podido resistir, día tras día, si no hubiera tenido la oportunidad de, en mis noches en vela, tomar la pluma y, al tiempo que dibujo palabra tras palabra sobre el papel, sentir su compañía. Le veo allá, en el norte brumoso, sentado en su sillón favorito con su batín de seda y sus pantuflas, su periódico y su cognac, contemplando la lúgubre ventana por donde se escurren gotas de fría lluvia. Perdón, señoría, por tales exabruptos. Estoy agotado, deprimido, desilusionado. Solo me sostiene ya el saber que usted me comprende y me anima.

¡Por fin, por fin, señoría, Dios bendito sea loado! Por fin, he tenido noticias suyas. Ve, mi querido amigo, yo sabía que no estaba loco. Ve, era imposible que mi mente fabricara tales engendros. Yo sé lo que es producto de mi imaginación y lo que es realidad. Se lo dije una y mil veces, yo había escuchado su cálida voz, acariciado sus finos dedos, había sido atraído por sus magnéticos fluidos y hechizado por sus ojos. Yo no había visto un burro volando, ni una hormiga gigante, Había visto a un ser de carne y hueso con sus músculos y sus tejidos. Había admirado a un ser compasivo y misericordioso, consciente del sufrimiento de sus semejantes, y sabedor que la mayor ayuda que puede proporcionársele a un pobre es enseñarle a bien morir.

Para que la muerte, señoría, llegue a ser el instante supremo de nuestras vidas, exaltación postrera de nuestra personalidad, nuestra inteligencia y nuestro yo, para que en nuestro último suspiro no existan remordimientos, desazones ni angustias, para que el tránsito sea apacible y sereno sin escalofríos ni temblores, necesitamos un maestro. Un guía que nos oriente y nos enseñe, no solo a afrontar ese momento supremo, sino a dotarnos de voluntad, conocimiento y confianza suficientes para ser capaces, por nosotros mismos, de elegir el modo, el lugar y la hora.

Perdone, señoría, por lo de la otra noche, pero era tal mi grado de desasosiego, terror y ofuscación que, en algunos momentos, llegué a pensar que hasta usted mismo podía haber sido producto de mi imaginación, que, durante mis largas noches de insomnio, yo había inventado su cara, su cargo, sus pantuflas, su batín y su Hennessy. Hubo un momento en que tuve dudas sobre la realidad de las cuartillas sobre las que desgranaba estas palabras. Llegué hasta el punto de pensar que mi estancia en la cárcel, mi desgracia, mi condena y mi vida misma eran tan solo productos de mi obcecación y mi locura. Menos mal que las cosas parecen volver a su cauce y que, si las cosas no vuelven a torcerse, Dios no lo quiera, seré capaz de morir afrontando mi propia realidad.

Me entretuve horas y horas, con el sobre entre los dedos, incapaz de afrontar el momento de rasgarlo y leer su contenido. Me embargaba no sé que negro presagio o indefinido presentimiento. Hasta tal punto los ignominiosos comentarios de mis carceleros habían afectado mi moral y mi salud psíquica y física, que no acababa de creerme que aquella carta fuera suya, que su existencia estuviera en el plano de esta realidad. Al filo del atardecer, en la soledad del jardín, rasgué el sobre. Contenía dos finas cuartillas de papel de seda de las que se desprendían aromas de sándalo, incienso y mirra entremezclados con efluvios de animal macho, usted ya me entiende, señoría. Eran páginas de una bella y apretada caligrafía de caracteres bien torneados, y trazados rectos y firmes. Quedé especialmente impresionado por las eses cuyo vuelo era semejante al de un danzarín al bailar un vals, o el que simula el cuello del cisne al agacharse sobre el agua para alimentar a sus polluelos. Perdone, señoría, si me excedo en los prolegómenos, quizá tengan algo de razón aquellos que me acusan de retorcido, retórico y barroco, de enrollarme con más vueltas que una persiana, vamos. Compréndalo, señoría, no tengo otro lugar donde acudir a contar mis cuitas y mis alegrías. Espero que, una vez más, sepa disculparme si, abusando de su confianza, me tomo la libertad de reproducir en su integridad el contenido de tan esperada misiva. Tampoco tiene porque preocuparse en exceso, el padre Sierpes no es un servidor. Si por algo se distingue su estilo es por su concisión y exactitud, hasta tal punto que su lectura parece durar el tiempo de un suspiro, tal es la elegancia de sus expresiones, la precisión de sus conceptos, la claridad de sus ideas y la exactitud y firmeza de sus conclusiones. Y ahora, y sí sin más dilaciones, paso a trascribírsela.

“Querido Heliodoro: 

Hay un momento en que a todos nos llega la hora de encarar el horizonte en solitario. Ese momento ha llegado. Te he transmitido cuanto sé en orden a preparar la mente y el espíritu para el momento final. Cualquier nuevo encuentro solo serviría para llenar tu pecho de nuevas incertidumbres. Mantente firme en tus propósitos, recto en tu camino y esperanzado en tu andar. Llegarás, te lo dice tu maestro y amigo.

Una última advertencia.. Es posible que, una vez superados los últimos repechos del camino y encarado el descenso final de tu existencia, tu soma y tu psique se resistan a permitir que tu alma vuele hacia los etéreos senderos. No temas, si en algún momento sientes que tu ánimo flaquea, abre la ventana de tu celda, allá al filo de la medianoche, vacía tu cerebro de todo pensamiento, mira a las estrellas y piensa en mí. Piensa en mí con toda la fuerza, voluntad y coraje de tu ser. A su debido momento, acudiré en tu ayuda.

Adiós amigo, encomiéndame al Supremo Hacedor al llegar a tu destino.”

No sabe, señoría, lo que yo daría por escribir así, con esa autoridad, con esa exactitud, con ese calor, cariño, profundidad y determinación y, porque no decirlo, con esa humildad. Ahora sí que tengo fuerzas para afrontar el repecho final. Solo saber que el está esperando mi silenciosa llamada me da fuerzas para traspasar el momento de la verdad.

Sabe, señoría, le voy a echar de menos. Jamás pensé que pudiera decirle esto a un sicario, con perdón, de la justicia., ya ve usted lo que es la vida. Usted, señoría, ha demostrado ser, e intuí desde el primer momento en que vi su foto, un tipo recto, honrado y cabal. Si alguien ha pecado de sectarismo, ceguera e intransigencia he sido yo. Entiéndame, señoría, póngase en mi lugar. Yo he sido maltratado, escarnecido, abusado, e injustamente condenado y encarcelado por uno de los de su especie. En esas circunstancias no puede exigírseme que posea un talante abierto, un corazón indulgente y una actitud ecuánime. Sin embargo, y a pesar de todo, no oso afirmar que, de haber disfrutado de libertad, en vez de haberme podrido todos estos años en celdas, pasillos y patios, mi fin hubiera sido más honorable. He de admitir, mal que me pese, que, de haber sido otras las circunstancias, quizá un tiro en la nuca o una puñalada en el corazón, en cualquier calleja porteña oscura y maloliente, hubieran puesto fin a mis días. Y, de no ser así, me hubieran envenenado con curare, cianuro o arsénico en cualquier hotel de mala muerte, o de cinco estrellas, que más da, en Río, Roma, Miami, Nueva York o Moscú.

No me arrepiento, no puedo arrepentirme, señoría, de todos los avatares, sucesos, triunfos y desastres de la que, ahora, se me antoja una muy corta existencia. Permítame decirle, y quizá esté usted de acuerdo conmigo, que si la educación que me dieron hubiera sido otra, si los adultos que tutelaron mi niñez y pubertad no me hubieran inculcado todos aquellos principios y creencias, tan contrarios a la realidad de las cosas y tan diametralmente opuestos a la propia conducta que ellos seguían, si, en vez de enseñarme la caridad, cuando ellos solo practicaban la envidia, e instigarme a actuar con nobleza, cuando todo en mi entorno era vil y mezquino, hubieran permitido y alentado el libre florecer de mis instintos, impulso y pasiones, quizá y solo quizá, mi vida hubiera trascurrido por otros derroteros. Todo esto, señoría, no dejan de ser, seguramente, locas ideas y pretensiones de un viejo cascarrabias que tan solo aspira, a estas alturas del cuento, a morir con un mínimo de dignidad, decencia y decoro. 

Quede usted con Dios.

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