
MORIRTURI
por Francisco Peiró
(Novela epistolar)
V
Alcalá Meco 17 de Octubre de
l.995
Muy distinguido Señor:
No hay verdad más grande que
aquella que nos aconseja no emitir, jamás, aseveración, o negación, absoluta
alguna. Aunque de seguir siempre, y sin excepción, esta máxima estaríamos
yendo contra ese mismo principio, usted ya me entiende. No se debe afirmar
nunca de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre. En esto de las
sentencias, los gallegos de esta parte del charco aun conservan cierto
sentido de la proporción y la mesura. Siendo esta, sin lugar a dudas, una de
las pocas cosas que respetan de la herencia de sus dignos antepasados.
Porque, el gallego de aquí, tiende casi siempre, y sin el casi, a pensar que
su historia, y su pasado, son, tan solo, un conjunto de hechos caóticos,
reprobables, inconexos y manifiestamente mejorables. A cualquiera de este
maldito lugar que se vanaglorie de sus antecesores, sean estos Carlos V,
Felipe II, Francisco Franco, el Cid, D. Pelayo o Viriato, se le considera un
retrógrado, una persona anclada en los negros pozos del pasado, alguien sin
ideas sobre el futuro y, por lo tanto, carente de ideales, y lastrado con
siniestra carga de frustraciones, envidias y ansias de revancha. Cualquier
personaje, personajillo u hombre del pueblo llano, sea de derechas,
izquierdas, o centro, que se arriesgue a guiar su conducta, tomar ejemplo, o
establecer comparación, entre su persona, organización o grupo y cualquiera
de aquellos tiempos pretéritos, suelen caerle, indefectiblemente, sin
remisión ni clemencia, las más terribles y mortíferas andanadas de
descalificaciones, desprecios, innuendos, burlas, mofas y chirigotas. Esta es
la impresión que he sacado, a lo largo de estos años, de lo leído, escuchado
y observado en la prensa, la radio y la televisión, amén de lo que he podido
colegir de las pocas conversaciones coherentes que he podido entablar con los
habitantes de este desgraciado país. Recuerdo que, una vez, le pregunté a mi
llorado amigo Ferrán sobre tan sorprendente fenómeno. El caballero me
contestó así:
”Mi querido Christophersen,
este país sufre de un empacho de Historia. Llevamos más de trescientos años
alimentándonos de Historia, simplemente porque no había otra cosa con que
alimentarse”. En primera instancia, no entendí, en absoluto, lo que el finado
caballero me quería decir, luego, la conversación se desviaría hacia otro
tema y me olvidé de aquello. No obstante, debí de insistir en este tópico en
alguna ocasión posterior por lo que, ante mi insistencia, se alargó un tanto
en su respuesta. “Mi querido Christophersen, comprendo perfectamente las
dificultades que usted encuentra en la comprensión de este problema. Ustedes
pecan de una carencia de Historia y, por tanto, necesitan de toda la que
tienen, y aun más. A nosotros, por el contrario, nos sobra. Nos sobra tanta,
que ya no sabemos que hacer con ella. Hay tal acumulación de interpretaciones
contradictorias, relatos interesados, documentos tergiversados, hazañas
fabuladas, y mitos y milagros inventados, que nuestro rico acervo cultural e
histórico se presta a ser utilizado, y de hecho así sucede constantemente,
para avalar, con la mayor impunidad, cualquier error, justificar cualquier
injusticia, destrozar cualquier argumentación, o destruir la más pura e
inmaculada honorabilidad. Por eso, en este país, se teme tanto a la Historia.
En el fondo, aunque nos neguemos a reconocerlo, lo que, de verdad,
caracteriza al moderno habitante de este suelo es su constante aspiración a
llegar a ser un país sin Historia, cosa que no es fácil de conseguir, pero
estamos en ello.” No piense que me estoy yendo, otra vez, por los cerros de
Úbeda, ni muchísimo menos, ya sabe que yo, las más de las veces y siempre que
una oportuna digresión no sea absolutamente necesaria, presumo de ser de los
que van directamente al grano, al meollo de la cuestión, a las raíces del
problema. Verá, señoría, últimamente he estado pensando que ya que no tengo
porvenir mejor sería borrar el pasado de mi mente. Seguro que si fuera capaz
de concentrarme tan solo en el presente mi existencia se haría más llevadera.
Recuerdo, muy a menudo, lo que
discutíamos en mi última carta. Usted no, claro. Cómo se va a acordar de ella
si ni siquiera la ha leído. Porque a mi me consta, señoría, que usted es un
caballero y cumplirá la palabra empeñada hasta más allá de su último aliento.
A veces, pienso tanto en aquella misiva que siento la tentación de liberarle
a usted de su juramento. ¿Será que, además de hablar a alguien,
necesito hablar con alguien? No sé, últimamente siento que cada vez sé
menos, lo cual, en opinión de algunos necios, me haría cada vez más sabio. Lo
que sí que sé, y de ello estoy absoluta y totalmente seguro, es que perdí una
magnífica ocasión para marcharme al otro barrio. Cómo ve usted estas cosas,
¿cree usted que eso de estirar la pata puede hacerse a voluntad, tal que
sostienen algunos? Bueno, no sé si lo dicen exactamente así, pero sí he
leído, en alguna parte, que, en esto del morir, la voluntad de vivir, o la
falta de ella, es muy importante. Quizá aquel día no me falló la voluntad de
vivir y, ahora, me pregunto por qué. Eso del instinto no acaba de
convencerme. He observado, en muy repetidas ocasiones, que cualquier cosa que
no se entiende acerca del comportamiento humano, o no se le encuentra la
explicación adecuada, suele ser achacada al comodín del instinto. Estoy
seguro de que, de haber sido consciente de mi estado de inconsciencia,
hubiera hecho algo para no volver nunca más. Ahora, estoy pagando las
consecuencias y el precio es muy duro, durísimo. Ojalá se presente pronto una
ocasión parecida. El cartero, dicen los gringos, siempre llama dos veces, a
ver si esta vez se cumple el dicho. Por otra parte, los de aquí replican que
el que no se consuela es porque no quiere. Sabe, señoría, deberíamos mantener
más a menudo, por no decir siempre, la boca cerrada. Le juro, por la sangre
de mis hijos, que esta vez me ha costado Dios y ayuda volver a empuñar la
pluma. No sabe la vergüenza y el coraje que he sentido al hacerlo. Y, menos
mal, que usted no lee mis cartas porque, de lo contrario, no creo que hubiera
tenido el valor necesario para hacerlo. También es verdad que donde la
voluntad falla es suplida por la necesidad. Qué carajo, ya estoy harto de
leer las mismas noticias en los periódicos, ver las mismas chorradas en la
televisión, y escuchar las mismas tonterías de boca de mis congéneres. Por
eso, he decidido olvidar mi pundonor y mi sentido del ridículo, decir digo
donde dije Diego y empuñar .la pluma una vez más. Qué otra arma me queda para
romper mi soledad.
¿Se acuerda usted, señoría, de
aquellas cartas en que le hablaba de ese olor tan característico, de ese tufo
que te marca cual hierro candente, y que se pega como una sanguijuela a todo
aquel que pasa por esta bañera infecta llena de pus, de alientos podridos y
miradas suplicantes? Obviamente, usted no se acuerda. A menudo me pregunto
cómo podría hacerle entender a alguien que está sentado tranquilamente en su
sillón favorito, con su bigote recortado, su batín de seda, su copa de Remy
Martín, sus pantuflas, y un libro de tapas de cuero en sus manos que, al
pasar las hojas, emite susurros de paz y sosiego, lo que se siente al estar
metido en esta cama con una calavera sidática a mi izquierda, a mi derecha un
viejete que padece de próstata y diabetes, cuya orina emite un sofocante
aroma dulzón, y enfrente un chavalillo de unos dieciocho años consumido,
hasta los tuétanos, por una sobredosis tras otra. Lo que, verdaderamente,
tiene gracia es que mi deplorable situación ni siquiera me afecta la mitad de
lo que me temía. La última vez que me metieron aquí —¿fue
aquí o en Ocaña?, quizá fuera en Carabanchel, que más da—
hace, ¿dos, tres años? Estaba dominado por una rabia tenaz, sorda, poderosa,
que me hacía clavarme las uñas en las palmas de las manos, dar cabezazos
contra los muros, morder los barrotes y dar aullidos a través de la ventana.
Una rabia gloriosa. Dios sabe lo que estos carniceros me habrán estado
metiendo en las venas. Sea lo que sea, me ha hecho soñar despierto a lo largo
de noches y días. El hipócrita del enfermero me ha andando diciendo que no,
que desde mi llegada he pasado la mayor parte del tiempo en un plácido sueño.
No es verdad. Puede que, externamente, durmiera, pero, en mi interior, estaba
salvajemente despierto. Podía sentir, oler, palpar, gustar, medir y vivir
cada una de las desgracias, rencores, odios, pulsaciones, miradas, hedores y
lágrimas de toda esta caterva de miserables que me rodean. Y, sobre todo y
más que nada, podía ver la cara oculta, la radiografía, el negativo, del lado
más negro de mi ser. No sé si, alguna vez, le he contado mi sueño del ataúd
con ventana. El que he tenido estos días pasados es una especie de versión
apocalíptica del mismo, lo que indica, supongo, hasta que punto está quebrado
y humillado mi ánimo. Me despierto desnudo dentro de un ataúd sumamente
angosto que, cual las paredes de una maquina de esas de convertir carros en
chatarra, se va estrechando cada vez más. Cabeza, brazos, piernas y pecho
están sujetos por bastas cuerdas de esparto que desgarran mis carnes y, a
medida que los tablones de pino se estrechan, oigo el crujir de mis huesos.
La parte superior de la caja es totalmente de cristal, abriéndose, a la
altura de mi boca, una rendija que me permite respirar. A mi alrededor,
totalmente desnudos, se hacinan, mirándome con desencajados ojos, diez o doce
enfermos, todos en cuclillas, con sonrisa de hiena y negras dentaduras, de
cuyas gargantas sale un hedor de entrañas podridas. De vez en cuando, de sus
bocas macilentas salta un escupitajo, mezcla de vómito, saliva y bilis, que
viene a caer sobre mi rostro. De pronto, todos al unísono rompen en una risa
desaforada, histérica, cavernosa y diabólica y, cogiendo entre sus
descarnadas manos el erecto falo del compañero situado a su derecha,
comienzan a saltar y dar vueltas en torno a mi menguante cárcel de pino. A
continuación, en un idioma extraño, y con una entonación horrenda parecida al
aullido del lobo, recitan una especie de himno, acabado el cual se acerca al
cristal que me cubre el más viejo, pellejudo, desdentado y maloliente de
todos ellos, introduce su boca por la apertura donde penetra el aire y besa
mis labios que, al no poderse mover ni un milímetro, no pueden evitar tan
infame roce, sintiendo, cada vez más, la caricia de su lengua en la mía. Y, a
pesar de que toda mi voluntad y todo mi ser se esfuerzan por impedirlo, noto
que mi sangre putrefacta acude, con la fuerza de un torrente, a mis
testículos y mi falo comienza a hincharse, alcanzando enseguida una poderosa
erección cuya punta presiona con fuerza la tapa de cristal, hasta que esta se
abre empujada por tan poderoso resorte. Cesan las risas y, en medio del
silencio, puedo distinguir los chasquidos de las lenguas de todos los
presentes, la rabia y el temor empujando mis ojos fuera de sus cuencas. La
boca del viejo sigue pegada a la mía, introduciéndose en lo más profundo de
mi garganta, y mi falo continúa hinchándose cual gigantesco globo. De pronto,
con un terrorífico aullido, se lanzan todos sobre mi miembro tumefacto,
lamiéndolo y acariciándolo con cuidado exquisito. En el colmo del paroxismo,
y sabiendo lo que viene a continuación, pido a gritos dejar de existir. Con
un estruendo ensordecedor mi gigantesca polla revienta. Una carcasa donde la
sangre, los excrementos y las vísceras toman el lugar de la pólvora, la luz y
el color. Es ese el preciso momento en que, de un salto, me despierto, miro
aterrorizado a los que, profundamente dormidos, me rodean, y noto que mis
manos aprietan, histéricamente, mis partes pudendas. Después de aquella
primera pesadilla, que se repitió muchas veces, cada vez que el enfermero se
acercaba con su jeringa y sus malditas pastillas me convertía en un
tembloroso infante y, hecho un ovillo sobre el camastro, le suplicaba que no
me las administrase. Él se reía indulgentemente de mis aprensiones,
asegurándome que aquello no tenía efectos secundarios, y me inyectaba la
dosis correspondiente. Más de una vez, tomé el firme propósito de contarle mi
sueño, pero el temor a que el relato se extendiera como un reguero de pólvora
me hacía volver atrás en el último instante. Menos mal que uno de mis vecinos
le comentó al médico que yo andaba entrompado a todas horas. El matasanos me
reconoció y dijo que, a veces, aquellas drogas alimentaban la libido y
producían una fuerte erección penal, o algo así, y me recetó otras malditas
pastillas para contrarrestar ese efecto. Desde entonces mis sueños
transcurren en una casta placidez.
Ahora solo tengo que
preocuparme de que cicatricen mis tres costillas rotas, y algunos huesos
fracturados de la mano derecha, lo metacarpios se llaman, según
he podido oír por aquí.
Mis lesiones me han dado un cierto aire de prestigio y dignidad por estos
entornos, la gente es así de estúpida, qué quiere que le diga. Si estás
enfermo de cáncer de pulmón, próstata o huesos; si padeces de hepatitis,
tuberculosis o riñón; y no le quiero decir si pillas la sífilis, la gonorrea
o el sida, aquí, en la calle, o donde quiera que sea, se es un paria,
llegando la cosa a extremos insufribles si se sufre de alguna enfermedad
mental. Parece que el contraer alguna de esas enfermedades fuera una especie
de maldición divina, de estigma sobrenatural, de tara diabólica, como si
estar infecto, enfermo o loco fuera una penitencia o un castigo impuesto por
el señor del más allá. Por el contrario, si uno ha sido víctima de un
accidente y, sobre todo, de una agresión física, se pasa, automáticamente, de
la categoría de enfermo a la de superhombre o, al menos, a la de héroe. Ya no
se es un paciente, se es un herido caído en numantina batalla en orden a
preservar la raza humana. Y, si eso es cierto y verdad en cualquier sitio o
lugar que uno se encuentre, lo es mucho más aquí, donde al no existir otra
razón que la fuerza, la violencia es objeto de un culto desorbitado. Ahora ya
se van acostumbrando a mi presencia, pero, al principio de mi estancia, todos
estos deshechos que me rodean solían acercase, boquiabiertos, a mi cama y en
sus miradas se distinguían claros signos de respeto y admiración. Llegó a
propagarse el rumor, al verme llegar medio inconsciente y con la mano en
cabestrillo, que mis heridas habían sido consecuencia del balazo de un poli.
Mayor honor no se puede esperar por estros pagos. Desgraciadamente, pronto se
propagó la verdad de lo sucedido. La verdad tampoco, sino la versión de los
hechos que a algunos interesaba. Cada uno cuenta la feria según le va, es
decir, relata los hechos de forma y manera que se perjudique lo más posible
el nombre del contrario y se ensalce el propio. De todas maneras, cómo
podemos esperar que los demás sepan porque y para que hemos realizado un
determinado hecho si nosotros mismos, la mayoría de las veces, no sabemos el
verdadero motivo o razón de nuestros actos. No es de extrañar, por tanto, el
que muy poca gente se tome la molestia de intentar llegar al fondo de los
hechos y, mucho menos, de las motivaciones que los produjeron, dando por
buenas las explicaciones de aquellos a los que nos sentimos más próximos, o
nos caen más simpáticos. Aquí, en mi pequeño entorno, por ejemplo, todo el
mundo está a mi favor, yo soy el que ven y oyen todos los días, por tanto, mi
voz es la verdad. Y no crea, señoría, que yo hago grandes esfuerzos por
presentar una versión que me sea favorable, al contrario, a veces, tengo que
pararles los pies si vienen a contarme otras versiones más desfavorables
sobre lo sucedido que han escuchado por los pasillos; versiones que, ellos
mismos, sin encomendarse a Dios o al diablo, se aprestan a refutar. No parece
sino que hubieran estado en el lugar de los hechos el día que sucedieron. El
me ha dicho tal y tal que esto fue así y así pero yo le he dicho que eso es
mentira porque sé que sucedió asa y asa, está a la orden del día. Es
increíble la forma en que la gente fabrica en su cerebro situaciones, hechos
y dichos que jamás presenció ni oyó y, luego, los relata a terceros
teniéndolos por absolutamente fidedignos. Por otro lado, qué sería de
nosotros si no fuéramos capaces de fabricar nuestra propia realidad, me
imagino que la vida se nos haría insufrible. Tengo la sospecha, en ese
sentido, señoría, que a todos los que se empeñan en ver la vida en su total
desnudez, en su verdad más honda, la sociedad les suele tachar de neuróticos,
maníacos, depresivos, ciclotímicos, melancólicos y otras lindezas. Ya decía
mi amigo el Manueliño, aquel bardo gallego: “Tenga en cuenta, Heliodoro, que
lo que puede que distinga al hombre del animal, si es que, de verdad, hay
alguna diferencia, es su conocimiento de la propia mortalidad. No es de
extrañar, por consiguiente, que, a fin de soportar esa triste realidad, el
cerebro del ser humano se haya autoprogramado para, a través de las más
preciosistas filigranas y artilugios, embellecer su propia conducta,
justificar sus más bajos deseos y enaltecer sus más bajas pasiones. Porque,
mi estimado Eli, si el hombre, a las primeras de cambio, llegara a la
conclusión de que, además de mortal, es un perfecto desastre, a ver quien
tenía el coraje de vivir. La especie humana desaparecería en menos tiempo que
canta un gallo.” La verdad que al hombre, a pesar de utilizar un lenguaje un
tanto rebuscado, no le faltaba algo de razón. Mírese usted mismo, señoría,
todo sea dicho sin ánimo de ofenderle o faltarle al respeto. Seguro que usted
se cree un ciudadano modélico, un padre de familia ejemplar, un marido
intachable, un hijo respetuoso y un profesional honesto. Estoy seguro que lo
cree de verdad, de corazón, desde lo más profundo de su alma hasta lo más
recóndito de su mente. Ahora, deje, por un momento, de leer su grueso libro
primorosamente encuadernado, deposite la copa de cognac encima de la mesita
supletoria, retire los pies del mullido taburete, póngalos en el suelo, y
reflexione. ¿Se siente, de verdad, satisfecho con lo realizado a lo largo de
su vida? ¿No se esconderá debajo de esas gafas de miope, de ese bigote
recortado, y de ese pelo sedoso y moreno cada vez más ralo, toda una vida de
frustración, ansiedad y autoengaño? Apuesto que lo mandaron a Estrasburgo
para quitárselo de en medio e impedir que viera realizadas sus justas
aspiraciones a presidir el Tribunal Supremo de su país. Sin embargo, señoría,
esta convencido, se autoconvence cada mañana al levantarse, cada noche al
acostarse, y cada minuto a lo largo del día, que lo de Estrasburgo ha sido,
siempre, el sueño de su vida, la culminación de todas sus ambiciones
profesionales. Si, durante un solo segundo, eximiera su mente de la férrea
disciplina a la que la tiene sometida, se daría cuenta de esta amarga verdad.
No lo haga señoría, no se le ocurra, jamás, meterse en ese avispero. Ese
cuento chino de que la verdad nos hace libres es una de las mayores
gilipolleces que he oído en mi vida. La verdad nos oprime, nos ahoga, nos
esclaviza. La verdad nos quita la ilusión de vivir, la capacidad de soñar, la
voluntad de seguir. Si, algún día, Dios no lo quiera, dejara que su verdad
volara con la libertad del viento, se daría cuenta de que jamás amó a su
mujer, de que ella se casó, simplemente, para mejorar su posición social. Que
el matrimonio, los hijos y la familia le importan un carajo, que todas sus
energías, todas sus facultades y todo su saber los ha empleado, única y
exclusivamente, en intentar vencer y humillar a sus oponentes, y que, al
final, al final no, mucho antes del final, que es lo que, en verdad, duele,
ha sido vencido. Tampoco se preocupe mucho por eso, señoría, al fin y al
cabo, es algo que a todos nos ocurre y, mal que bien, todos sobrevivimos a
nuestros propios engaños, mentiras y ocultaciones. Yo, sin ir más lejos,
practico, a diario y de continuo, ese deporte. Eso sí, al menos, ya no me
avergüenzo de ello. Figúrese, si usted, con la vida que le ha tocado en
suerte, no quiere enfrentarse a su propia realidad, la que se iba a armar si
yo intentara enfrentarme a la mía. Lo que me hace falta, lo que necesito cual
agua de mayo, es exactamente lo contrario, más imaginación, más inventiva,
más fantasía, más autodisciplina para conseguir que mi autoengaño sea más
convincente. ¿Por qué cree usted, señoría, que yo no duermo a menos que me
den esas píldoras de caballo que me ponen más salido que un alazán en celo?
Simplemente, porque me aterra dormir, no sea que, en ese estado, mi
autocontrol y autoengaño se derrumben y vea lo que, realmente, soy, qué Dios
sabe lo que será. Esa creencia popular que sostiene que los que disfrutan de
un sueño fácil, profundo y placentero son los que tiene el alma más pura,
honesta e inocente es una auténtica chifladura, un engañabobos, un camelo.
Los que duermen bien son los que creen tener principios sólidos, creencias
fuertes, y fe inamovible en su propio destino, es decir, los que más se
engañan a sí mismos, los que más abusan de su imaginación y fantasía. A ver
quién, a estas alturas de la Historia, puede creer que aquellas virtudes
existan. Durante estos últimos días, quizás debido a la inactividad e
inmovilidad a que me veo sometido por mi presente condición, no he podido
evitar que mi cabeza de vueltas y más vueltas sobre tales cuestiones. Y no me
refiero a toda esa coña del donde venimos y a donde vamos, y del quién soy yo
y para qué estoy aquí, sino a preguntas mucho más concretas, mucho más
prosaicas si quiere, pero, por eso mismo, mucho más interesantes. ¿He odiado,
amado, o engañado a alguien en esta vida? ¿Alguna vez he creído que valía la
pena morir o vivir por algo? ¿Alguna vez he sentido un genuino interés, una
sana, o malsana, curiosidad por persona, animal o cosa? ¿En algún momento de
mi vida me he sentido, de verdad, excitado, conmovido o culpable? Ya ve,
señoría, en principio, estas son cuestiones relativamente sencillas. Sin
embargo, no tengo respuesta para ninguna de ellas. Le voy a ser totalmente
sincero, señoría, prefiero que sea así, prefiero desentenderme de tales
preguntas, porque para intentar hallar una respuesta sería necesario remover
el pasado, volver a recrearlo. Y si termino por creerme que ese pasado ha
existido, puedo acabar creyendo que tendré un futuro; y de lo único de lo que
estoy absolutamente seguro, sobre lo único que no cabe autoengaño, fantasía o
ilusión alguna es sobre mi absoluta falta de porvenir. Perdone, señoría, que
le de la lata con todas estas chorradas, pero, ya sabe, el escribirle me
relaja, me aísla, me mantiene ocupado, me hace olvidar, no ya el pasado y el
futuro, que no son más que vanas y vagas divagaciones de nuestra mente, sino
el puñetero y acuciante presente, el de mis heridas, el de mi convalecencia,
el del olor a putrefacción y a muerte, el del temor, pavoroso y brutal, a
cerrar los ojos y encontrarme en aquella mortaja de pino menguante rodeado
por los falos de todos mis contertulios, y con mi cipote a punto de reventar.
Caray, señoría, la de cosas,
la de chorradas, la de imbecilidades que se le ocurren a uno cuando se
despierta a las primeras luces del alba y se ve incapaz de conciliar el
sueño. Se preguntara, sin duda, a qué se debe mi presente estado. Lo único
que puedo decirle al respecto es que, todavía hoy, no ceso de preguntarme por
qué me metí en aquel lío que terminó con la rotura de tres de mis escuálidas
costillas y la trituración de una de mis manos. En la segunda cama a mi
derecha reside un vejete que, para lo que suele haber por estos pagos, parece
tener la cabeza sobre los hombros, y los sobacos y las ingles, con perdón
señoría, sin demasiada mierda encima. A lo que parece, este buen hombre,
ahora rechoncho, calvo y desdentado, lleva muchos años sin poner los pies
fuera de esta enfermería. Unos dicen que si veinte años, otros que si
treinta, otros que si cincuenta, vaya usted a saber lo que hay de verdad en
todo ello. Lo cierto es que un día en que nuestro enfermero, el de los
dientes a lo Bugs Bunny, se sentía locuaz me señaló al vejete que tomaba,
placidamente, el sol en el jardín y me contó la siguiente historieta. En su
juventud, el anciano había sido pastor de ovejas allá por la sierra de
Cazorla, que cae por Jaén, según dijo. Un buen día, apareció, por una de
aquellas solitarias vaguadas, el cadáver de una niña de cinco o seis años, a
quien primero habían violado y después retorcido el pescuezo. Uno de los
aldeanos quien, al parecer, había tenido un altercado, poco ha, con el,
entonces, púber pastor por causa de la propiedad de unas ovejas, juró y
perjuró haberle visto por aquellos andurriales el día de autos. El pastorcete,
que vivía en una cabaña alejada de la aldea, y era un tipo un poco bronco y
nada sociable, negó su presencia por esos parajes a la hora del crimen y, por
supuesto, desmintió, rotundamente, su supuesta participación en el horrible
infanticidio. No obstante, el juez instructor optó por meterle entre rejas
hasta ver en que acababa el caso. Pasaron cuatro o cinco años sin que nada ni
nadie alterara la paz del villorrio. Mientras tanto, el juez instructor de la
lejana villa cabeza de partido judicial, había sido trasladado a otro
distrito, y los papeles del proceso dormían el sueño de los justos entre el
polvo y el moho de los anaqueles del provinciano juzgado, sin que nadie
hubiera reparado en la circunstancia que el pastorcillo seguía entre rejas.
Los de la aldea, por el contrario, no se habían olvidado de ello, hasta el
punto que, al menos un par de veces al año, el gañan recibía anónimas
misivas, amenazándole con una muerte igual a la de la niña, si algún día
salía libre y osaba retornar al poblado. Hete aquí que un día, pasados muchos
años, uno de los villanos descubrió, no lejos del lugar donde se había
cometido el anterior homicidio, el cuerpo inerte de otra niña con las
entrañas desgarradas y la nuca quebrada. Sigue diciendo la historia que el
pastorcillo, avisado de estos acontecimientos, solicitó audiencia ante el
juez de vigilancia y, con toda la vehemencia y ardor de que fue capaz,
suplicó se le permitiera permanecer indefinidamente en su nuevo hogar, de lo
contrario, no teniendo otro donde ir, tendría que acabar con sus huesos en su
lugar de nacimiento, donde no tendría más remedio que cargarse, al menos, al
vecino perjuro, y quizás a alguno más si alguien de los del vecindario
intentaba protegerle, con lo que, indefectiblemente, daría de nuevo con sus
huesos en la cárcel. El magistrado, comprensivo y bondadoso, habló con el
director del centro penitenciario, realizándose los trámites necesarios para
camuflar al antiguo pastorcillo en la enfermería donde, hasta hoy, sigue
vegetando Este relato, puede que en gran parte apócrifo, me fascinó. Primero
porque, de alguna manera, deja a los jueces en buen lugar, lo cual no deja de
ser original. Aunque le cueste creerlo, uno ya está harto de escuchar
diatribas e insultos contra jueces y magistrados. Verdad es que a mí me tocó
en suerte un lote que dejaba mucho que desear. Es de suponer, no obstante,
que, cual ocurre en el resto de los oficios y estamentos de la sociedad,
jueces los habrá de todo tipo y pelaje, incluso honrados y cabales. Segundo,
y principal, porque el pastor, o aquel que inventó la historia, demostró ser
un tipo sensato al señalar que, muchas veces, es preferible, una vez se está
dentro, permanecer aquí para siempre, en lugar de realizar, continuamente,
viajes de ida y vuelta. Y tercero, y no menos importante, porque ya me
gustaría ser capaz de inventarme una historia semejante para mi propio
consumo. No, Dios nos libre, que abarcara toda mi extensa y prolija
existencia, eso sería pedir demasiado, pero sí, al menos, en lo que concierne
a este último suceso que casi me cuesta la vida y del que tanto me está
costando reponerme. Una historia donde no hubiera cabos sueltos, donde todo
estuviera claro, todo fuera comprensible y sencillo y además, y si no fuera
mucho pedir, tuviera el mismo final feliz que tuvo el pastorcillo.
El
principal problema es que, en el fondo, me desprecio a mí mismo por no poder
expulsar de mi mente y de mi cuerpo ese sentimiento de satisfacción y alegría
que se siente al haber estado en peligro de muerte y haber salido, al final,
casi ileso del trance. Para mi desgracia, me he encontrado que ese instinto,
ese impulso vital, es más fuerte que mi voluntad. Defecar no es, de por sí,
una proeza de la que nos podamos sentir orgullosos, mas si se anda estreñido
durante muchos días, no puede evitarse esa sensación de haber puesto una pica
en Flandes si, eventualmente, se consigue evacuar. Algo parecido me ocurre
con este asunto, quisiera sentirme desgraciado, miserable, infeliz por haber
perdido, una vez más, una magnífica oportunidad de haber salido de este mundo
por la vía rápida y, en lugar de eso, me invade una alegría animal, cada vez
que pienso que, por muy poco, me libré
de la muerte. Ese sentimiento, por otra parte tan humano, tan básico, tan
natural me tiene desconcertado, inquieto y cabreado. Todavía, cual creo que
comenté, no he llegado a ninguna conclusión sobre la verdadera naturaleza de
lo ocurrido, pero me pregunto si, más que la muerte en sí, lo que tememos es
la vía por la que llegamos a ella. Es algo parecido a lo de casarse en la
catedral, con traje blanco, velo de encaje, música, flores y misa oficiada
por el arzobispo; o hacerlo en un solitario juzgado de tercera, con mugre y
tristeza por todos lados y con la parienta con una barriga de seis meses. Al
final, el papelote que te entregan viene a decir lo mismo, pero, con el
primero, la piba llora de alegría y satisfacción, y con el otro, entre las
lágrimas, asoma a sus ojos un rictus de frustración y tristeza. Me pregunto
si al verme allí en el suelo hecho un ovillo, pateado, magullado e insultado,
con toda la sensación de impotencia y ridículo que ello conlleva —el
dolor no cuenta, el dolor no es nada, la vergüenza, la rabia y el miedo son
sensaciones mucho más fuertes, tremendamente más poderosas,
infinitamente más
duraderas; el dolor físico se pasa, se olvida, se asume, el dolor mental, la
ignominia, la vergüenza, no—.
Me pregunto, repito, si, al notar el crujir de mis costillas, me arrepentí de
haber desperdiciado aquella gran ocasión en la que tuve la oportunidad de
salir de este mundo montado en una nube de color de rosa, teniendo a mis pies
un mundo de azules gasas, blancos castillos, multicolores mariposas, hadas
radiantes y duendes saltarines, sin olvidar los arroyos cristalinos, los
mágicos arco iris y los prados de verde turquesa moteados de impolutas
margaritas y bermellones amapolas. O si, por el contrario, aun en ese supremo
momento, al dar la muerte por cierta, mi apego a la vida me hizo dar gracias
por haber extendido mi existencia durante algunos miserables meses más. Puede
que todo esto sea un galimatías indescifrable para su señoría.
Para mí, sin embargo, tiene una importancia capital, un valor fundamental,
porque ahí, en ese instante, se pone al desnudo lo que se es y lo que se
espera. Mis preguntas nunca tendrán respuesta. Lo único que recuerdo es un
sabor a hierro y lejía en mi boca, y una apremiante necesidad de evacuar mi
vientre. A la postre, ¿no serán el cielo y el infierno nada más que eso, la
disposición con la que uno afronta la muerte? Quizá vayan al paraíso aquellos
que, en la muerte, no ven más que el regreso al vientre de la madre
naturaleza, y solo desciendan a los infiernos aquellos que, más allá de esta
existencia, solo ven vacío, desierto y soledad. Me pregunto, también, si,
habiendo desaprovechado la oportunidad de ingresar en el primero, no estaré
irremisiblemente condenado a extinguirme en el segundo.
Perdone, señoría, por haberle endilgado todo este preámbulo quizá un tanto
inconexo y deslavazado. Me hubiera gustado ser, cual tengo por costumbre,
directo, preciso y conciso, pero creo haberle dicho a lo largo de esta
misiva, y perdone que insista sobre ello, que los últimos acontecimientos han
sumido mi mente, y mi espíritu, en un mar de confusiones, negruras y
tinieblas que me enzarzan y me rodean en una pringosa, flexible e implacable
tela de araña. Desde que comencé esta carta quería contarle las causas y
porques de lo ocurrido, mas, al intentar ponerme a ello, me he dado cuenta
que me es imposible encontrar una razón plausible de lo sucedido, por lo que
paso, sin más, a relatarle la cronología de los hechos y, a lo mejor, así las
causas se revelan por sí mismas. Aquí, y en cualquier otra institución de
este caletre, la violencia, sea esta física o mental, y la razón de la
fuerza, son los únicos dioses que se veneran. Entiéndame bien señoría, no
quiero decir con ello que allá, en el exterior, impere más que aquí la fuerza
de la razón y la ley del raciocinio, ni muchísimo menos. Pero, sí es cierto
que, al otro lado del muro, el ídolo de la fuerza bruta, aun siendo ser
supremo, se disfraza con ropajes de códigos, religiones y pautas morales, y
aquí se muestra descarnado y desnudo en todo su esplendor y virulencia.
Recuerdo que, en más en más de una ocasión, el desparecido Ferrán me instruyó
acerca de esta distinción crucial. Intentaré, en la medida de lo posible,
explicarlo con sus propias palabras: “Desengáñese querido Christophersen, la
razón representa el lado subjetivo del universo, la fuerza su aspecto
objetivo. Todos tenemos razones, nuestras razones, para justificar nuestra
conducta, elegir nuestro camino y seleccionar nuestras creencias. Sin
embargo, e ineludiblemente, es la fuerza, y su inseparable compañero el
temor, lo que, en definitiva, hace que algunas creencias, caminos y conductas
resulten acertadas y otras erróneas. No hay religión, moral o costumbre que,
en un principio, no se haya impuesto por medio de la violencia. Otra cosa es
que, a medida que esa violencia primigenia se aleja en el tiempo, quede
oculta y enmascarada con ropajes de revelaciones divinas, principios
naturales, o sobrenaturales e, incluso, y esto es lo más sorprendente,
imperativos morales nacidos desde dentro del propio ser. Sin ir más lejos, el
hombre no debe su supremacía en la Tierra al hecho de haber adquirido pautas
de conducta más justas o civilizadas, por llamarlas de alguna manera, que las
del resto de las especies. Al contrario, su reinado sobre el globo terráqueo
se debe, precisamente, a su capacidad de aplicar la fuerza sobre las otras
especies, gracias a la peculiar estructura de sus extremidades. Y fue a
partir de esa fuerza, que le permitió un dominio absoluto sobre sus
competidores, y no al revés, que comenzó a desarrollar sus estructuras
mentales lo que, a la postre, devino en la creación y exaltación de mitos,
símbolos, leyendas y tradiciones, con los que, a toro pasado, se ha
pretendido demostrar que el origen de nuestra dictadura sobre el resto de los
animales se debe a la fuerza de la razón cuando, en realidad, proviene de la
razón de la fuerza.”
Sabía soltar parrafadas mejor
que nadie el jodido Ferrán, de no haber sido por su carácter enfermizo y
débil hubiera sido un excelente político. Le echo mucho de menos, señoría. La
principal peculiaridad de la cárcel no es, por tanto, el imperio de la
violencia sino que, cómo lo diría, ojalá estuviera aquí Ferrán para
iluminarme. Lo que quiero decir es que aquí las leyes de dentro y de fuera
están en continua lucha y conflicto. Este puede ser un lugar bastante
tranquilo, apacible y seguro, en algunos aspectos, la paz y seguridad que
aquí se disfrutan son bastante superiores a las de ahí afuera, pero, al igual
que ocurre en el mundo exterior, para ser capaz de disfrutar de esa
tranquilidad y sosiego nunca debe irse más allá de los límites marcados. Es
decir, se debe respetar al más fuerte y nunca oponerse, al menos
frontalmente, a sus deseos. El principal problema estriba en que al contrario
de lo que sucede en el mundo exterior, donde está razonablemente claro quien
manda y hasta donde, aquí los poderes fácticos y los oficiales andan siempre
en continuo, abierto y brutal conflicto, y si no quieres que, tarde o
temprano, se te caiga el pelo,
tienes que aprender a nadar entre dos aguas. Entiéndame, señoría, y de eso
quizá sepa usted más que yo, esas dos fuerzas opuestas puede que tengan, al
más alto nivel, lo mismo que ocurre en el mundo exterior, sus arreglos,
chanchullos y sobreentendidos, pero el interno de a pie se halla totalmente
abandonado y desprotegido y, si por desgracia o accidente, se encuentra, en
un momento determinado, en medio del fuego cruzado de esas dos facciones, su
suerte está echada. Es por esa razón por la que tanto he insistido en mis
cartas acerca de la conveniencia, y más que conveniencia necesidad, de pasar
desapercibido; de ser una mosca en el tejado, una cagarruta de mosquito
debajo de la mesa. Porque, señoría, si bien es verdad que los encargados de
hacer cumplir y respetar las normas oficiales suelen, con excesiva
frecuencia, hacer de su capa un sayo y saltarse a la torera las reglas,
procedimientos y normativas —usted
me perdonará, señoría, pero los dos sabemos que las cosas son así y a las
pruebas me remito—, al
menos, suelen ajustarse a ciertas pautas y parámetros, entre los que suele
incluirse el respeto a la vida del prójimo, a no ser, claro está, que su
eliminación se considere vital para sus intereses. Por el contrario, los que
detentan lo que pudiéramos llamar, en palabras del propio Ferrán, “el orden
alternativo interno”, con lo primero que te amenazan es con borrarte de la
lista de los vivos, precisamente, quizás, por ser ese el “derecho” más
respetado al otro lado de la frontera.
Ya le he dicho en reiteradas
ocasiones, la última de ellas apenas hace unas líneas, lo mucho que echo de
menos al finado Ferrán. No obstante, él constituye, o constituía, un
excelente ejemplo, seguramente debido al poco tiempo que llevaba entre
nosotros, y también, que duda cabe, a su origen, educación y condición
social, del preso incapaz de nadar y guardar la ropa. Por ello, aunque las
primeras vibraciones de la madrugada me sorprendan asomado a la ventana,
contemplando, entre los barrotes, las primeras luces del sol fundirse entre
los rayos de los reflectores y, ahogando un sollozo, recuerde al amigo
perdido; en público mi actitud debe de ser radicalmente distinta. Nuestra
ley, la ley de adentro, establece, de forma tajante, que el soplo debe ser
castigado, no existiendo excusa ni atenuante que exculpen su inobservancia.
Esto, señoría, usted lo sabe mejor que yo. Tampoco desconoce, aunque prefiera
ignorarlo, que, desde el punto de vista y los intereses de la sociedad de los
penados, la gravedad de este delito posee una lógica aplastante. La nuestra
es una sociedad en abierta y permanente guerra con el mundo exterior y, en
cualquier conflicto bélico, no hay mayor traición que colaborar con el
enemigo. Constituye, por tanto, un ordenamiento justo y necesario, destinado
a preservar la integridad y seguridad del conjunto, y el castigo
correspondiente no implica, per se, ansia de venganza, maldad o ensañamiento
alguno. Otra cosa es lo que bulla en la mente de aquellos encargados de
aplicar norma tan justa y necesaria. En definitiva, el soplón es la principal
amenaza para la estabilidad, la jerarquía de valores y las reglas de
convivencia del grupo y, por ende, su castigo debe ser ejemplar. Ya sé, ya
sé, señoría, lo que usted va a
decir, que son, precisamente,
esas jerarquías de valores y esas reglas del juego las que no son aceptables
y las que hay que suprimir. Normal, señoría, usted está al otro lado de la
trinchera, pero no se olvide que yo lucho en éste. Al igual que ocurre en
cualquier otra guerra civil, el hecho de que yo esté
de esta parte de la alambrada y usted enfrente, es una pura cuestión de
casualidad, geografía, o buena, o mala, ventura. Sin embargo, una vez se
halla uno encuadrado dentro de un bando determinado su obligación es cumplir
con las leyes imperantes en su seno o, de lo contrario, atenerse a las
consecuencias. Y si las normas no se cumplen, por muy altruista y digna que
sea la excusa, razón o circunstancia, no ha lugar a quejarse del castigo,
puesto que ya se sabía de antemano cuales iban a ser los resultados de ese
proceder. Indudablemente, siempre hay locos, visionarios o aventureros, (que
terminan en héroes si triunfan, y en traidores cuando fracasan) dispuestos a
cambiar el orden establecido, y puede que Ferrán estuviera incluido en ese
capítulo, pero le aseguro que yo, señoría, nunca me dejé
arrastrar por tales ambiciones. No niego que su muerte fuera debida a un
desgraciado accidente; en realidad, su infracción no pasó de un pequeño
pecadillo y no merecía la pena capital. Mas, no me negara usted que ese tipo
de “accidentes” también ocurren si la policía por error, exceso de celo, o
falta de pericia, se carga al gitanillo, o drogata, de turno, quien tan solo
pretendía mangar la casete del coche o la caja registradora del supermercado.
Estoy dispuesto a admitir que, en este lado de la trinchera, a los encargados
de castigar las infracciones se les va la mano con excesiva frecuencia, pero
eso es causa de nuestra escasez de medios y de la dura oposición del enemigo,
todo lo cual dificulta, en extremo, la correcta ejecución de las sentencias.
Mas, que la estadísticas nos
sean desfavorables, no quiere decir, en modo alguno, que ello altere un ápice
nuestro derecho fundamental a dictar nuestras leyes y a poner los medios
necesarios para hacerlas cumplir. Le pondré otro ejemplo que, quizás por ser
menos traumático, refleje con más exactitud la necesidad de poseer nuestro
propio ordenamiento jurídico.
Hace tiempo, gracias al
producto de mi trabajo en la cárcel de Ocaña, donde, al contrario que en
esta, curraba, llevando las cuentas de los talleres, y me sacaba mi buen
dinero, invertí mis ahorros en dos magníficos televisores y un pequeño
transistor, el cual todavía conservo, aunque lo venderé cualquier día de
estos, pues ya sabe que no dispongo de fondos ni para comprar pilas; en
realidad, no se porqué
ya no me he deshecho de él, quizá por ser un souvenir de mis tiempos de
opulencia. En fin, cual iba diciendo, aquí lo de los televisores es una
inversión excelente, siempre se encuentra quien, por falta de fondos para su
compra o por considerar que va a permanecer poco tiempo y no vale la pena el
desembolso, esté dispuesto a alquilarlos. Las rentas, debido a las
circunstancias que más a delante le relataré, alcanzan niveles muy
aceptables, una inversión de cuarenta o cincuenta mil pesetas en un aparato
de TV puede rentar unas cuatro mil pesetas al mes, lo que representa,
descontando los gastos adicionales de los que luego trataremos, unos
intereses, en base anual, de alrededor del setenta y cinco por ciento.
Desgraciadamente, las normas penitenciarias oficiales prohíben esta clase de
arrendamientos, prohibición que, supongo yo, se deriva de las esporádicas
broncas, reyertas y altercados que produce el incumplimiento de tales
contratos. De esa forma, señoría, se nos impide el derecho,
constitucionalmente reconocido, de invertir nuestros ahorros en la manera,
forma, tiempo y lugar que creamos más conveniente, siempre, claro está, que
el fin y los medios sean lícitos, que, en mi caso, lo eran y son. No creo que
eso nadie pueda ponerlo en duda. ¿Y qué ocurre cuando se nos deniegan
nuestros más elementales derechos? La naturaleza, según dicen, aborrece el
vacío, y nosotros hemos llenado ese vacío legal con nuestras propias normas y
procedimientos, en los cuales queda, clara y taxativamente, especificado
desde la regulación de los contratos hasta las penas, pecuniarias y de
cualquier otro tipo, a que está sujeto aquel que viole nuestro convenio.
Ahora bien, señoría, no hay ley efectiva sin fuerza que la respalde y vele
por su obligado y cabal cumplimiento. Usted mejor que nadie, señoría, sabe
que una ley que no sea coercitiva e intimidatoria es menos útil que una flota
de acorazados varada en medio del desierto. El problema es que aquí, al
contrario de lo que ocurre al otro lado de la trinchera, no disponemos de una
fuerza pública y, por lo tanto, nos vemos abocados a recurrir a la iniciativa
privada, viéndose el inversor obligado a contratar sus propios gendarmes para
defender sus legítimos derechos. Lo cual, lógicamente, aumenta los costes de
la inversión y, en consecuencia, aminora la rentabilidad del capital. Además,
hay que tener en cuenta que, en esta tierra de frontera, los desfalcos,
impagados, quebrantos, desperfectos y similares se dan en un porcentaje
netamente superior a las que puedan darse en el mundo que, para entendernos,
pudiéramos llamar oficial. Yo siempre fui extremadamente avisado y previsor
en mis inversiones, y supe elegir adecuadamente a mis clientes, por lo que
jamás tuve ningún problema a la hora de cobrar mis recibos. Pero,
sinceramente, señoría, ¿usted, de verdad, cree que si, para cobrar las rentas
o recuperar lo que era mío, hubiera tenido que recurrir, por medio de mis
agentes, a cualquier clase de violencia, física o verbal, podría decirse que
se estaba incumpliendo la ley? La ley, señoría, tan solo es el conjunto de
preceptos y normas prevalecientes, en el espacio y el tiempo, en una sociedad
determinada —llámese
esta clan, tribu, nación, estado, asociación de presidiarios o rebaño de
elefantes— en orden a
asegurar su supervivencia y el normal desarrollo de la misma. Pudiéndose
utilizar para su eficaz cumplimiento todos los medios a su alcance incluido,
por supuesto, porque al final es el único que sirve, el de la fuerza. En ese
sentido, señoría, y mal que le pese, nuestras leyes son, cuanto menos, igual
de correctas, honorables y legítimas que las suyas, todo lo demás son gaitas.
Le diré más, señoría, y perdone que me ponga tan pesado con este tema de los
televisores, pero es que cada vez que lo recuerdo me quema la sangre y se me
erizan hasta los pelos del culo, fue, precisamente, por carecer de fondos con
los que pagar a los gendarmes de nuestro ordenamiento jurídico, por lo que
perdí esos dos televisores que constituían todo mi patrimonio y mi única
fuente de subsistencia. No es que la cosa venga realmente a cuento, pero,
dado que a usted no le afecta, al fin y al cabo, usted ni se va a enterar de
que le escribo, y a mí puede que el explayarme sobre este tema me ayude a
desahogarme y calmar un poco mis nervios, que se ponen muy alterados cada vez
que pienso en ello, por una vez, y sin que sirva de precedente, me permitiré
un pequeña digresión y le relataré, de la manera más somera posible, según es
mi inveterada costumbre, la forma en que me birlaron aquellos dos preciosos
televisores.
Por razones que no acabo de
comprender y que, quizá por ser un ciudadano de tercer orden que milita en el
otro lado de la trinchera, nadie se ha molestado en explicarme, en los
traslados de un centro penitenciario a otro, tan solo se nos autoriza a
llevar, en los furgones policiales destinados a este respecto, un cantidad
restringida de ropa y objetos personales; el resto, televisiones, tocadiscos,
máquinas de escribir, computadoras y demás objetos, deben ser transportados
por otros medios. Por lo que he oído a otros compañeros, estos otros medios,
aunque excesivamente lentos —a
veces, por ejemplo, los envíos de Ocaña a Alcalá han llegado a demorarse
hasta tres meses—
funcionan razonablemente bien, queriendo decir con esto que las mercancías no
se pierden o extravían más allá de lo razonable. A mí, sin embargo, parece
que me haya mirado un tuerto, porque ni para eso tuve suerte. Habían
trascurrido más de cinco meses desde mi traslado a este centro procedente de
Ocaña, y mis bártulos no aparecían por ninguna parte, con el consiguiente
quebranto para mis rentas. Ya no me quedaban fondos ni para cerillas, cuando
decidí efectuar las reclamaciones correspondientes. Personalmente, usted bien
lo sabe, señoría, odio llamar la atención sobre mi persona; Los funcionarios,
aparte de hacerte poco o ningún caso, acaban por considerarte una molestia y
un engorro y, lo que es peor, se quedan con tu nombre, lo que en estos
lugares no puede traer nada bueno. A pesar de todo, un buen día, haciendo de
tripas corazón, decidí que tenía que hacer algo y, de la manera más amable y
correcta posible, expuse mi problema al encargado del módulo, un tipo
cuarentón que exhibe panza abundante y un bigote a lo Pancho Villa, y que
suele dejarse caer por aquí una vez por semana. El tal individuo, la verdad,
me escuchó muy atentamente, escrutó mi recibo y dijo que hablaría con el
departamento correspondiente. Transcurrieron otras cuatro semanas, durante
todas y cada una de las cuales tuve que rebajarme a hablar con el dichoso
funcionario y recordarle, respetuosamente, mi problema. Al fin, supongo que
harto ya de oír mis quejas, el émulo de Villa hizo que apareciera por el
módulo otro funcionario, este con aires de gran señor, que, al parecer,
trabajaba en el departamento de reclamaciones del centro, quien, un tanto
desabridamente, inquirió sobre mi problema, teniendo que volver a relatar,
con mi proverbial sencillez, economía de expresión y exactitud, lo de la
pérdida de mi equipaje y la grave situación financiera que ello me causaba.
El personaje, muy serio y formal pero un tanto displicente, prometió hablar
con sus homólogos de Ocaña para ver de solucionar mi apremiante situación.
Advirtiéndome, no obstante, que si los documentos de expedición estaban en
orden la responsabilidad recaía, única y exclusivamente, sobre el servicios
de paquetes de la RENFE y, en ese caso, añadió muy pagado de sí mismo el
representante del departamento de reclamaciones, poco podía hacerse, pues lo
de los ferrocarriles no quedaba bajo la jurisdicción de la Dirección General
de Instituciones Penitenciarias. Al cabo de algo más de dos meses, el
estirado funcionario se dignó volver a visitarme, indicándome que,
efectivamente, el paquete había sido expedido tan solo quince días después de
mi marcha, y que sus colegas de Ocaña habían tenido la gentileza de inquirir
sobre su paradero a los de la compañía de ferrocarriles quienes, un tanto a
regañadientes, habían prometido abrir la pertinente investigación.
Entregándome, a tal efecto, una hoja con membrete del centro donde figuraba,
escrito con primorosa caligrafía, el número de referencia del envío y la
fecha y hora en que fue consignado y un número de teléfono. Este, según dijo,
era el de reclamaciones del servicio de paquetes de RENFE y se suponía que,
un día sí y otro también, debía marcarlo para interesarme por la marcha de
las averiguaciones. Comprenderá, señoría, que, otras consideraciones aparte,
por ejemplo, que aquello no constituía, precisamente, un dechado de
competencia, interés y precisión, yo no podía permitirme el lujo de gastarme
moneda tras moneda en vanas llamadas telefónicas, cuando ni para café ni
tabaco tenía. No me quedaba otra solución que intentar recuperar mi propiedad
por otras vías alternativas, por lo que, durante meses, invertí considerable
tiempo y esfuerzo en dar la coña al educador, a la asistenta social, al pater
mofletudo aquel y a una monjita, mona ella y con unos ojos picarones que, por
desgracia, hace tiempo que dejo de venir por aquí. Asimismo, envié
respetuosas instancias, manuscritas en la excelente caligrafía que me es
propia, al juez de vigilancia penitenciaria, a los directores de los dos
centros implicados, al defensor del pueblo y, si no recuerdo mal, a los
ministros de Interior y de Justicia. No dirigiéndome a más altas instancias,
por temor a que este asunto desviara su atención, e impidiera que se
ocuparan, de manera debida, de otro más importante que creo tuve ocasión de
relatarle al principio de conocernos. No se ría, señoría, no se ría porque no
es cosa de risa. Tan solo el pater se dignó a echarme una mano, yendo,
personalmente, a las oficinas de RENFE de Madrid y Alcalá, y, creo recordar,
que también se dirigió, telefónicamente, a las de Ocaña, sin que en ninguna
de ellas supieran darle razón de aquel paquete cuyo contenido constituía todo
el patrimonio que poseía en este mundo. El resto de personajes y
personajillos se limitaron a darme la callada por respuesta.
Había
trascurrido un año o puede que más, desde el acaecimiento de tan desgraciado
percance cuando, un buen día, ingresó en nuestro modulo un chaval atracador
de bancos de profesión. Era este un muchacho recto y limpio, que jamás se
había metido en droga ni otros líos semejantes, a quien había conocido en
Ocaña, donde era muy popular, y a quien habían vuelto a trincar luego de un
breve interregno. Un día, estando inmersos en una apacible partida de
ajedrez, salió a relucir el caso y el muchacho, que, ya dije era un gran
chaval y tenía numerosos contactos y amistades en Ocaña, prometió hacer las
oportunas averiguaciones. Al cabo de poco tiempo me comunicó que, sin lugar a
la mínima duda, los televisores se hallaban todavía en Ocaña. Uno de los
reclusos con destino en el departamento de facturaciones de ese centro se
había dedicado, durante los últimos meses antes de que le fuera concedida la
condicional, a falsificar facturas de expedición de RENFE, vendiendo el
contenido de los paquetes a gentes que ignoraban, o no querían enterarse, de
la procedencia de los mismos. Al sinvergüenza aquel lo habían trincado de
nuevo, esta vez en Cádiz, y lo habían instalado en el penal del Puerto de
Santa María. Según las mismas fuentes, el tipejo disponía de pasta fresca y
era posible, no solo darle un buen escarmiento, sino, y lo que para mí era
mucho más importante, sacarle todo la pasta que me había birlado, incluidos
unos razonables intereses. Todo ello al muy razonable coste del veinte por
ciento de la recaudación. Eso sí, dadas las circunstancias, debía adelantar
una pequeña suma para gastos, con lo que la operación no pudo llevarse a cabo
dada mi falta de numerario. Y no me diga, señoría, que lo del pago por
adelantado pone a nuestra peculiar justicia en entredicho. He de recordarle a
ese respecto, en caso de que usted, señoría, lo haya olvidado, que por no
poder pagar, por adelantado, a un buen picapleitos es por lo que me encuentro
encerrado.
Quizá
piense, señoría, que me estoy perdiendo en un dispar, brumoso y abigarrado
mar de palabras inconexas, frases sin sentido e historietas que no vienen a
cuento. Quizá haya llegado a pensar que, aparte de magullarme el cuerpo, los
golpes me han ablandado la sesera hasta el punto de ser incapaz de poner mis
pensamientos, blanco sobre negro, con un mínimo de orden y concierto. Se
equivoca de medio a medio, señoría. Tampoco puedo asegurarle, de manera
radical y rotunda, que esté cuerdo, ¿cabe mayor osadía y vanidad que esa? Lo
que sí puedo afirmar, con certeza absoluta, es que no estoy ni más loco ni
más cuerdo que al comienzo de establecer nuestra relación. Igualmente, le
digo, y sé muy bien porque lo hago, que el exceso de sensatez puede llevarnos
a la locura más extrema. Ocurre, señoría, que desde comencé esta misiva ando
jugando con verbos, sustantivos, conjunciones y adverbios a ver si, en medio
de ese bosque de letras y signos ortográficos, encuentro algún árbol de la
sabiduría que me oriente e ilumine acerca de las verdaderas razones de mi
extraña conducta. He de confesar que, hasta ahora, mi progreso ha sido
ínfimo, por no decir nulo, lo cual quizá venga a ser una prueba más, por si
más pruebas hicieran falta a estas alturas, que las palabras, según el donde,
el como y el cuando, pudieran servir para una serie de determinados usos, por
ejemplo, entretener, divertir, aburrir, zaherir, y hasta adoctrinar y
engañar. Pero, no están diseñadas, ni constituyen el instrumento adecuado,
para bucear en las profundidades del alma y ver reflejado en ellas los
mecanismos de nuestro propio comportamiento. Y si alguna vez, por casualidad,
fortuna o designio ignoto, el alma llegara a desnudarse a través del verbo,
estoy seguro que ello solo serviría para provocar la hilaridad y el sarcasmo.
No es que todo eso me importe demasiado a estas alturas, para tan corto viaje
tampoco hacen falta tantas alforjas, y ni que decir tiene que si, a pesar de
todo, sigo metido en estros menesteres es porque no tengo otra puñetera cosa
que hacer. Me hallo, pues, en una encrucijada sin salida ya que, estando la
causa y el efecto de todo acto íntimamente entrelazados hasta el punto de no
poder existir el uno sin el otro, difícilmente puedo relatarle el segundo sin
conocer la primera. De todas maneras, y llegados a este punto, mucho me temo
que la pura inercia de las palabras, aun no sabiendo que camino tomar, ni en
que dirección adentrarme, me arrastre hacia delante, por lo que barrunto que
no dejaré de empuñar esta pluma hasta que haya vaciado mi mente de todo
aquello que, por culpa de aquel desgraciado suceso, se metió en mi sesera.
El
infortunado accidente que supuso el fallecimiento del caballero Ferrán Giner
Monts tuvo, en una primera instancia, las consecuencias lógicas y
previsibles. Acudió el juez instructor acompañado del forense, un oficial y
el secretario; se levantó el cadáver, y se inició la investigación
pertinente. Cual era lógico, y absolutamente previsible, viose, desde el
primer momento, que la susodicha investigación, no habiendo ni un solo
recluso dispuesto a aportar voluntariamente su testimonio, se vería abocada
al más estrepitoso de los fracasos. He de decirle a este respecto, aun a
sabiendas de que debe ser asunto por usted de sobra conocido, que aquí no se
colabora con la justicia del otro lado de la trinchera debido a dos causas
fundamentales. La primera objetiva, nuestro propio código nos lo prohíbe y,
de hacerlo, se está expuesto a las más terribles represalias; la segunda
subjetiva, el deseo de venganza, revancha y desquite. No puede usted
imaginarse, señoría, la gozada que supone poder enfrentarse a un juez que se
encuentra desprovisto de la principal arma que la justicia oficial le otorga,
estos es, el poder de enchironarte. No sabe el gusto, el orgasmo mental y
hasta físico, que se siente al encararse con un juez, mirarle tranquila y
honestamente a los ojos, y decirle, con la mayor parsimonia, que no has visto
nada, que nos has oído nada, que no te has enterado de nada, que no sabes, ni
supiste, ni sabrás, jamás, de los jamases, nada, de nada, de nada. Realmente,
es una gozada indescriptible ver reflejadas en tus propias pupilas esa mirada
de sordo encono, de amargo desespero, de rabia difícilmente contenida, que
transpiran los ojos del señor magistrado, ojos que te están gritando, con una
voz más poderosa que mil truenos, que él sabe que tú sabes cada detalle, cada
movimiento, cada pormenor, cada escena, cada palabra, y que no puede hacer
nada para obligarte a desembuchar. ¡Oh Dios, que supremo deleite, que espasmo
de satisfacción y de gozo! Perdone, señoría, pues ya supongo que usted no le
vera gracia al asunto. Para nosotros, sin embargo, es un pasatiempo que,
aparte de parecer, que no lo es, inocuo e intrascendente, con el que no se
hace daño a nadie, es un suceso que muy difícilmente nos ocurrirá más de una
vez en la vida, por lo que algunos no lo cambiarían ni por cinco años de
condena. Aparte de todo eso, lo hacíamos también por compañerismo y por
caridad, porque el negrazo aquel no había tenido ni la más remota intención
de cargárselo; era obvio que tan solo intentaba propinarle el correctivo
adecuado, siguiendo nuestra normativa legal, cual he apuntado más de una vez
a lo largo de estas líneas. Para mayor abundamiento, el placer general, que
no el mío en particular, se vio enormemente acrecentado al intentar
involucrar en el suceso al Dientes y al Setas. Numerosísimos testigos
tuvieron el gusto de declarar, con todo lujo de pormenores, matices y
detalles, y sin que existiera la más mínima contradicción entre ellos, que
aquellos dos sinvergüenzas se encontraban muy alejados del lugar de los
hechos el día de autos, circunstancia que corroboró hasta el mismo
funcionario.
Pasaron dos o tres meses y las
indagaciones seguían en punto muerto. Si hubiera sido un fiambre del montón,
uno cualquiera de nosotros, un timador, un violador, un drogata, un camello,
o un traficante de los de medio pelo, se hubiera dado carpetazo al incidente,
y aquí paz y después gloria. El informe del forense hubiera hecho constar que
la causa del fallecimiento se debía a una caída fortuita y desafortunada, y
si te he visto no me acuerdo. Pero, claro, Ferrán no era uno de nosotros.
Ferrán, en vida, podía haber sido un personaje despreciado por muchos, odiado
por algunos y apreciado por muy pocos, pero, una vez que hubo estirado la
pata, el tío paso a ser el Excelentísimo Sr. D. Ferrán Giner y Monts,
doctorado en dos universidades, una de ellas extranjera, y doctor honores
causa por otras tres o cuatro, amen de catedrático en excelencia de no sé que
universidad catalana, consejero de innumerables patronatos, sociedades
benéficas, anónimas y limitadas, expresidente de media docena de sociedades
estatales y paraestatales, fiel hijo y esposo, padre de cuatro huérfanos
inocentes, etc. etc. Ah, y después vino el tema de la presunción de
inocencia, cosa que, en este desgraciado país, parece de exclusivo dominio de
los difuntos, pues para los vivos ni se plantea. Aplicándose, en esta
cuestión, eso sí, un rasero democrático a rajatabla, pues carecen de ella
desde el misérrimo mendigo hasta el individuo más encumbrado. La gaita esa de
la presunción de inocencia se convirtió en el caballo de batalla de toda la
prensa y demás medios de comunicación e intoxicación. Qué cómo era posible
que a un hombre inocente —Ferrán
la espichó sin ser juzgado—
se le hubiera abandonado en un lugar tan peligroso e ignominioso. Que en el
fondo —lo del fondo,
usted bien lo sabe, señoría, es una palabreja muy apañada y de usos múltiples
y variados— no era más
que un chivo expiatorio, víctima de las luchas intercininas, o palabreja a
tal efecto, es decir, internas, por el poder. “El desgraciado yunque donde
han golpeado todas las secretas infamias del poder”, llegó a llamarle uno de
mis diarios favoritos en un extenso artículo de fondo.
De ahí se pasó a criticar la intolerable situación de inseguridad, abandono y
desorden que existía en las cárceles. Exigiéndose, a continuación, la
renuncia del Director General de Prisiones, y hasta la del Ministro del
Interior. Llegado a este punto, los diarios progubernamentales comenzaron a
aflojar la marcha y, en compensación, los anti, viendo que lo de las
dimisiones, incluida la del primer ministro, era un tema mucho más popular y
manipulable apretaron el acelerador, sacando a relucir estadísticas en las
que, entre otras lindezas, hasta las torceduras de tobillo en los partidos de
fútbol sala se incluían entre las lesiones de pronóstico reservado, y en
donde la conclusión final parecía ser que el único avance del sistema
penitenciario en los últimos veinte años se limitaba, única y exclusivamente,
a que se hubiera dejado de fusilar a los presos políticos antes del amanecer.
Total, que por una muy triste muerte, pero, al fin y al cabo, una muerte más,
se armó un cipostio de mil pares de diablos. El director del centro, un pobre
diablo que, según me dicen, tampoco ejercía de hijo de puta integral, tuvo
que dimitir, arrastrando en su caída al Director General. El ministro del
ramo, según rumoreaban los funcionarios, andaba loco con el maldito asunto, y
en el Parlamento la oposición llegó a insinuar que el asesinato del
Excelentísimo Ferrán era poco menos que un sacrílego contubernio, parido
dentro de las altas esferas del partido gobernante, cayendo, por supuesto, la
responsabilidad última en el mismísimo presidente del gobierno de la nación.
Ni que decir tiene que, en un principio, el vernos, día tras día, en las
primeras páginas de los papeles nos alegró y distrajo sobremanera. Mas, al
percatarnos que la tormenta no escampaba, sino que arreciaba por momentos,
comenzamos a preocuparnos. Estaba más claro que el agua que si los periódicos
continuaban dando el coñazo sobre lo de Ferrán, los mandamases se verían
abocados a encontrar un culpable, aunque para ello tuvieran que remover cielo
y tierra, y pagar en oro a los soplones. Y así sucedió. Un buen día el
negrazo autor del desaguisado o, según se mire, del desafortunado castigo,
desapareció del módulo sin dejar rastro y, ni los más chismosos funcionarios,
ni las más profundas gargantas de radio macuto, fueron capaces de aportar
idea alguna sobre su paradero. Dos jornadas más tarde, el periódico más
proclive al poder decía en primera plana y en grandes titulares: “RESUELTO EL
ENIGMA DE MECO. Fuentes cercanas al juez que instruye el caso indican que
ayer prestó declaración, en las dependencias de la Plaza Castilla, Don Walter
Ngomba, presunto autor del asesinato de D. Ferrán Giner y Monts, ocurrido en
la cárcel de alta seguridad de Alcalá Meco el uno de Octubre del pasado año,
etc, etc.” La noticia cayó como una bomba en nuestro módulo. Aquello
significaba pasar, de ser el orgullo y centro de atención de todos los
reclusos de las cárceles de España entera, a ser considerados los mayores
chivatos de la Historia. Los internos del resto del centro penitenciario ni
siquiera nos dirigían la palabra; muchos de mis compañeros fueron
recriminados hasta por los familiares y amigos que les visitaban; hasta los
funcionarios y jefes de servicios nos miraban con cierto encono. Aquello era
una cuestión de honor, que debía ser solventada a la mayor brevedad posible,
si no queríamos convertirnos en el hazmerreír de todo el sistema
penitenciario. Era de importancia vital desenmascarar al autor de tan vil y
abyecto soplo. Lo malo era que aquí, al igual que en el exterior, la
presunción de inocencia es algo que pertenece al mundo de las ideas, pero no
al de las realidades, por lo que, en principio, todos éramos culpables. En
consecuencia, nuestro pequeño módulo no tardó en convertirse en un verdadero
infierno, donde campaban por sus respetos el rumor, la sospecha y la
maledicencia, y donde, desde la mañana hasta la noche, sentías la furtiva
mirada del resto de los colegas clavada hasta lo más profundo del cogote. Al
igual que en el mundo exterior, se hizo absolutamente necesario encontrar un
culpable y enseguida, de lo contrario aquel polvorín estallaría en cualquier
momento. Los extranjeros, chivo expiatorio natural en todo tiempo y espacio,
nos andábamos con pies de plomo, conscientes que, si no éramos capaces de
hallar al culpable, el premio se rifaría entre nosotros. Un día el amigo
Hassán, de vuelta de la cárcel de Picasent donde había pasado unas cortas
vacaciones, se encerró conmigo en un retrete y me avisó que llevara mucho
cuidado, y que, si podía, pidiera el traslado a otro módulo o a otra a
prisión, porque muchos dedos acusadores comenzaban a apuntar hacia mi pobre
persona. La línea argumental, debía de haberlo supuesto, se basaba en mi
antigua amistad con el finado. No era Eli, el sudaca —decían—
el mejor amigo que tenía el fiambre en el módulo. No era la familia del
chivato Ferrán rica e influyente, gracias a lo cual habían montado todo aquel
follón en la prensa. Pues la cosa estaba clara, al Eli, al sudaca Eli, le
habían ofrecido pasta, rebaja de condena y protección si cantaba, y el Eli,
el sudaca hijo de puta del Eli, había cantado hasta la Traviata. Verde y con
asas. Así de simple y así de sencillo. Más claro que el agua. Para qué
molestarse en seguir buscando. Y ahí, precisamente ahí, comenzó esta
pesadilla que, por más que lo intento, no puedo ni explicarme ni explicarle.
Desde el primer momento, en
lugar de estar cagado de miedo, en vez de procurar, por cualquier medio a mi
alcance, que me enviasen a otro centro penitenciario, sentí un hondo orgullo,
un deslumbrante honor, una jactancia inmensa al ser considerado el principal
sospechoso. Era un sentimiento arrollador, más fuerte, más poderoso y más
voraz que el apetito carnal más desenfrenado —e
imagínese cual será el mío que llevo años sin comerme una rosca—.
En vez de salir del tigre cabizbajo y tembloroso, me contoneé por el patio
con la cabeza erguida, el pecho abombado y la mirada desafiante, cual gallo
de pelea justo antes de comenzar el combate. Ya sé, ya sé, señoría, que la
vanidad humana es inconmensurable, y está claro que el que escribe estas
líneas no es una excepción. Pero, todo tiene un límite, y estar orgulloso de
ser un chivato y un vendido era llevar las cosas demasiado lejos. No había
manera, por más que lo intentaba no podía poner freno a mis impulsos. Algunas
noches, despierto sobre la cama, arrullado por los ronquidos de las celdas
vecinas, el zumbido del viento y el chisporroteo de las estrellas, me decía a
mí mismo, en voz bien alta: “Heliodoro sos un autentico boludo. Toda esta
majadería tiene que acabar, sabéis che.” Mas, al instante siguiente, se
apoderaba de mí una risa incontrolable, una carcajada plena y macanuda y
reía, y reía, hasta que aquello me producía una tos profunda y aguda que me
sacaba todos los diablos del cuerpo, me daba una paz infinita y me dejaba
sumido en un profundo sopor. Durante el día estaba siempre eufórico, alegre y
dicharachero y, en las comidas, devoraba hasta el último garbanzo y roía la
carne hasta los huesos. Mi relación con los funcionarios mejoró hasta límites
insospechados, me enrollaba de continuo con ellos y a todas horas estaba
dándoles coba, y contándoles anécdotas y sucesos de mi tierra natal. Al mismo
tiempo, era cada vez más arisco y seco con mis compañeros. Milagro de los
milagros, deje de fumar. No es que dejara de fumar, es que, de pronto,
no tuve ninguna necesidad de la maldita droga; parecía que no la hubiera
probado en toda mi cochina existencia. Vivía en una nube, autosuficiente y
feliz, y cuanto más me taladraban mis colegas con sus miradas, más feliz,
realizado y satisfecho me sentía. Algunas noches, a eso de las tres o cuatro
de la madrugada, me levantaba, miraba las luces del patio, me acercaba a los
barrotes de la ventana y decía a voz en grito :”Che Heliodoro, hijo de la
gran chingada, vos acabareis mal”. Para luego apoderarse de mí una risa
alocada y, con ella, la paz y el sueño.
Cierto día llegó al módulo un
tipo alto, estrecho de hombros, pelo ensortijado y casposo, nariz partida,
labios gruesos y crueles, y ojos saltones de color amarillento, cuyo
principal distintivo eran las cuatro o cinco cicatrices que le cruzaban ambas
mejillas. El mismo día de su llegada, Hassán se acercó a mí y me dijo que
tuviera mucho cuidado, que aquel individuo había venido hasta allí con el
solo propósito de ajustar cuentas conmigo. Toda mi chulería y valentía se
vinieron abajo. Le dije al terrorista que aquello era injusto, que bien sabía
él que yo no había delatado a nadie. De acuerdo, mi comportamiento había sido
un tanto extraño, imprudente si se quería, pero todo aquello no había sido
sino un juego, un pasatiempo, la estupidez de un viejo loco. Le suplique que
hiciera algo, lo que fuera, por sacarme de aquel atolladero. “Demasiado
tarde” fueron sus únicas palabras. Y se largó. Pasé la noche en vela
temblando, un junco en medio de un vendaval. Un par
de
veces me acerqué a la ventana y grité con todas mis fuerzas; “Soy inocente,
soy inocente, solo era un juego. Me cago en Dios, os digo que soy inocente.”
Aquello no me hizo sentir mejor. Al contrario, mi dientes comenzaron a
castañear de tal manera que tuve que sujetarme la boca con ambas manos. Mi
comportamiento volvió a ser normal, no comía nada excepto pan, mantequilla y
mermelada, es decir, los sucedáneos de mierda que dan en lugar de los tales;
mendigaba cigarrillos y recogía colillas por el patio, el salón de juegos y
los pasillos, matando el resto del tiempo delante del televisor o acurrucado
en un rincón. Una mañana, después de una noche en vela, al contemplar las
claras del día fundiéndose con el parpadeo de las estrellas cuya luz
explotaba dentro de los focos del patio, una fuerza invadió mis ojos y,
agarrado a los barrotes de la ventana, decidí que, si el castigo tenía que
caer sobre mi cabeza, sería yo el que eligiera el lugar y la hora.
Creo haberle relatado en
alguna ocasión que, en este módulo, es tradicional que los negros se
encarguen de la distribución de las comidas. Me imagino que ello se debe a
que, al ser altos y fuertes, el resto los temen y respetan; y, al ser
manipulables y estúpidos, los funcionarios confían en ellos. A estas alturas
de nuestra relación, ya habrá detectado, señoría, que a mí no es que no me
gusten los negros, es que les tengo un profundo desprecio. Me producen asco y
repulsión. Así son las cosas, para que nos vamos a engañar. La verdad, no
aguanto que las palmas café con leche de sus manos rocen los alimentos, por
mucho que sus dedos estén enfundados en esos guantes finos y trasparentes
fabricados con goma reciclada de preservativos. No me pregunte si mi aversión
por la comida tiene algo que ver con ello, tampoco sabría que decirle, quién
sabe. No, ni aun servida por un mayordomo de ojos azules con guantes de
blanco algodón podría comer esa bazofia. En fin, a lo que vamos. A la hora
del almuerzo, uno de esos morenos, el más alto, fuerte y chuleta de todos
ellos y, por ende, el de más cortos alcances, se hallaba sirviendo unos
muslos de pollo sanguinolentos, aceitosos, y más fríos y duros que las mismas
piedras, usando, para este fin, unos guantes sucios y agujereados. Lo que
aproveché para decir, con voz clara y fuerte, a fin de que me oyera el
interesado, que no había mejor salsa para aquel pollo podrido que el tufo de
las manos de un negro. Al tiempo que se escuchaban algunas risitas
aprobatorias de los que se encontraban en mi más inmediato alrededor, vi al
negrazo abrirse paso entre la gente, plantarse delante de mí en jarras, patas
cual torres y pecho agitado que se movía a ritmo de fuelle, y soltarme, con
voz de trueno, que era un grandísimo hijo de puta, y que me iba a partir mi
cochina cara de gilipollas. Le contesté, intentando dominar el terror lo
mejor que pude y supe, que llevara mucho cuidado con lo que hacía, pues no
era la primera vez que jodía a un negro cabrón por atreverse a poner las
manos encima de un blanco. Puede que el negrazo me hubiera soltado una hostia
que me hubiera puesto en órbita, o puede que no, es gente cobarde que en
cuanto le plantas cara se achican. Nunca lo sabré, porque, en eso momento,
atraído, sin duda, por nuestros gritos, asomó la cara del funcionario por la
puerta del comedor y las aguas volvieron a su cauce. Empujado por no sé que
presentimiento, volví la cabeza hacia mi derecha y vi al Hassán y al morito
de las cicatrices, intercambiar una mirada de complicidad. Al terminar la
comida, de la que no probé bocado, me dirigí a los lavabos del salón para
agenciarme algunas colillas y, justo al agacharme para recoger una, noté
alguien a mis espaldas. Intenté incorporarme, pero antes que mi cerebro diera
las ordenes oportunas a mis piernas, ya estaba tendido cuan largo era,
sintiendo un fuerte dolor en la rabadilla. Quise levantarme, apoyando las
manos en el suelo, mas, antes de conseguirlo, mis costillas se llenaron de
agudas punzadas igual que si una lluvia de meteoritos las estuviera
atravesando sin cesar, al tiempo que un fuerte sabor ocre invadía mi boca.
Quedé paralizado, incapaz de mover el músculo más pequeño, lo único que pasó
por mi cabeza fue un tremendo sentimiento de frustración por no haber sido
capaz de desaparecer de este mundo aquel dulce día. Luego, o quizá en el
mismo instante, sentí una cuchillada en la mano y algo pegajoso se extendió
por toda mi cara. Cuando volví en sí, estaba en la enfermería tumbado sobre
una cama y mi cabeza daba vueltas dentro de un pozo cuyas paredes, de una
pulpa viscosa, me envolvían. Una vez más, todo se volvió negro y mis carnes y
huesos fueron desapareciendo en el fondo de aquel cenagoso agujero derretidos
por un ácido maloliente. Al abrir mis pupilas, me encontré rodeado por unos
altos muros amarillentos, que resultaron ser los dientes del enfermero, quien
se había inclinado para examinarme y, a medida que se aclaraban mi vista y
mis ideas, distinguí, detrás del conejito de la suerte, al médico, un tipo
alto y chupado con cara de caballo, y con toda la pinta de ser un veterinario
frustrado. Ambos intentaron tranquilizarme en la medida de sus posibilidades,
indicándome que apenas tenía algún que otro hueso roto en una mano y en las
costillas, amén de un pequeño corte en la ceja donde me habían dado una
docena de puntos. En pocas semanas estaría mejor que nunca.
Al cabo de un par de días
vinieron dos funcionarios de los servicios centrales a interrogarme. Les dije
que, hallándome agachado en los lavabos atándome un zapato, recibí una
tremenda patada en el culo y, una vez de bruces sobre el suelo, esa misma
persona, u otra, u otras, me habían reventado las costillas a patadas. Yo
había intentado defenderme, agarrando al agresor por los pies; debiendo de
ser entonces cuando recibí el enorme patadón que me había destrozado la mano
y producido la herida en la cara. Luego me había desmayado, sin que en ningún
momento pudiese ver a mi agresor, o agresores. Los mismos funcionarios, sin
que mediara pregunta alguna por mi parte, me indicaron que el negrazo con
quien había tenido el altercado era inocente, en el momento de la agresión
estaba siendo interrogado por el funcionario que presenció nuestra disputa.
Y aquí me tiene señoría. Y
menos mal que la mano dañada fue la siniestra, si no ni siquiera el consuelo
de poder contárselo me hubiera quedado. Me gustaría saber su opinión sobre
tan inexplicable, incomprensible y estrafalaria conducta. También entiendo
que, en su día, usted y yo hicimos un pacto y tampoco es cosa de romperlo,
tan solo porque a un viejo cascarrabias medio chiflado le de por presumir de
chivato.
Quede usted con Dios.
EXPOSICIÓN VI
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