Monóvar está aquíMonover punto com

 
   
              MORIRTURI 
 

 

MORIRTURI
por Francisco Peiró 

(Novela epistolar) 

V

Alcalá Meco 17 de Octubre de l.995

Muy distinguido Señor:

                                               No hay verdad más grande que aquella que nos aconseja no emitir, jamás, aseveración, o negación, absoluta alguna. Aunque de seguir siempre, y sin excepción, esta máxima estaríamos yendo contra ese mismo principio, usted ya me entiende. No se debe afirmar nunca de esta agua no beberé, ni este cura no es mi padre. En esto de las sentencias, los gallegos de esta parte del charco aun conservan cierto sentido de la proporción y la mesura. Siendo esta, sin lugar a dudas, una de las pocas cosas que respetan de la herencia de sus dignos antepasados. Porque, el gallego de aquí, tiende casi siempre, y sin el casi, a pensar que su historia, y su pasado, son, tan solo, un conjunto de hechos caóticos, reprobables, inconexos y manifiestamente mejorables. A cualquiera de este maldito lugar que se vanaglorie de sus antecesores, sean estos Carlos V, Felipe II, Francisco Franco, el Cid, D. Pelayo o Viriato, se le considera un retrógrado, una persona anclada en los negros pozos del pasado, alguien sin ideas sobre el futuro y, por lo tanto, carente de ideales, y lastrado con siniestra carga de frustraciones, envidias y ansias de revancha. Cualquier personaje, personajillo u hombre del pueblo llano, sea de derechas, izquierdas, o centro, que se arriesgue a guiar su conducta, tomar ejemplo, o establecer comparación, entre su persona, organización o grupo y cualquiera de aquellos tiempos pretéritos, suelen caerle, indefectiblemente, sin remisión ni clemencia, las más terribles y mortíferas andanadas de descalificaciones, desprecios, innuendos, burlas, mofas y chirigotas. Esta es la impresión que he sacado, a lo largo de estos años, de lo leído, escuchado y observado en la prensa, la radio y la televisión, amén de lo que he podido colegir de las pocas conversaciones coherentes que he podido entablar con los habitantes de este desgraciado país. Recuerdo que, una vez, le pregunté a mi llorado amigo Ferrán sobre tan sorprendente fenómeno. El caballero me contestó así: ”Mi querido Christophersen, este país sufre de un empacho de Historia. Llevamos más de trescientos años alimentándonos de Historia, simplemente porque no había otra cosa con que alimentarse”. En primera instancia, no entendí, en absoluto, lo que el finado caballero me quería decir, luego, la conversación se desviaría hacia otro tema y me olvidé de aquello. No obstante, debí de insistir en este tópico en alguna ocasión posterior por lo que, ante mi insistencia, se alargó un tanto en su respuesta. “Mi querido Christophersen, comprendo perfectamente las dificultades que usted encuentra en la comprensión de este problema. Ustedes pecan de una carencia de Historia y, por tanto, necesitan de toda la que tienen, y aun más. A nosotros, por el contrario, nos sobra. Nos sobra tanta, que ya no sabemos que hacer con ella. Hay tal acumulación de interpretaciones contradictorias, relatos interesados, documentos tergiversados, hazañas fabuladas, y mitos y milagros inventados, que nuestro rico acervo cultural e histórico se presta a ser utilizado, y de hecho así sucede constantemente, para avalar, con la mayor impunidad, cualquier error, justificar cualquier injusticia, destrozar cualquier argumentación, o destruir la más pura e inmaculada honorabilidad. Por eso, en este país, se teme tanto a la Historia. En el fondo, aunque nos neguemos a reconocerlo, lo que, de verdad, caracteriza al moderno habitante de este suelo es su constante aspiración a llegar a ser un país sin Historia, cosa que no es fácil de conseguir, pero estamos en ello.” No piense que me estoy yendo, otra vez, por los cerros de Úbeda, ni muchísimo menos, ya sabe que yo, las más de las veces y siempre que una oportuna digresión no sea absolutamente necesaria, presumo de ser de los que van directamente al grano, al meollo de la cuestión, a las raíces del problema. Verá, señoría, últimamente he estado pensando que ya que no tengo porvenir mejor sería borrar el pasado de mi mente. Seguro que si fuera capaz de concentrarme tan solo en el presente mi existencia se haría más llevadera.

Recuerdo, muy a menudo, lo que discutíamos en mi última carta. Usted no, claro. Cómo se va a acordar de ella si ni siquiera la ha leído. Porque a mi me consta, señoría, que usted es un caballero y cumplirá la palabra empeñada hasta más allá de su último aliento. A veces, pienso tanto en aquella misiva que siento la tentación de liberarle a usted de su juramento. ¿Será que, además de hablar a alguien, necesito hablar con alguien? No sé, últimamente siento que cada vez sé menos, lo cual, en opinión de algunos necios, me haría cada vez más sabio. Lo que sí que sé, y de ello estoy absoluta y totalmente seguro, es que perdí una magnífica ocasión para marcharme al otro barrio. Cómo ve usted estas cosas, ¿cree usted que eso de estirar la pata puede hacerse a voluntad, tal que sostienen algunos? Bueno, no sé si lo dicen exactamente así, pero sí he leído, en alguna parte, que, en esto del morir, la voluntad de vivir, o la falta de ella, es muy importante. Quizá aquel día no me falló la voluntad de vivir y, ahora, me pregunto por qué. Eso del instinto no acaba de convencerme. He observado, en muy repetidas ocasiones, que cualquier cosa que no se entiende acerca del comportamiento humano, o no se le encuentra la explicación adecuada, suele ser achacada al comodín del instinto. Estoy seguro de que, de haber sido consciente de mi estado de inconsciencia, hubiera hecho algo para no volver nunca más. Ahora, estoy pagando las consecuencias y el precio es muy duro, durísimo. Ojalá se presente pronto una ocasión parecida. El cartero, dicen los gringos, siempre llama dos veces, a ver si esta vez se cumple el dicho. Por otra parte, los de aquí replican que el que no se consuela es porque no quiere. Sabe, señoría, deberíamos mantener más a menudo, por no decir siempre, la boca cerrada. Le juro, por la sangre de mis hijos, que esta vez me ha costado Dios y ayuda volver a empuñar la pluma. No sabe la vergüenza y el coraje que he sentido al hacerlo. Y, menos mal, que usted no lee mis cartas porque, de lo contrario, no creo que hubiera tenido el valor necesario para hacerlo. También es verdad que donde la voluntad falla es suplida por la necesidad. Qué carajo, ya estoy harto de leer las mismas noticias en los periódicos, ver las mismas chorradas en la televisión, y escuchar las mismas tonterías de boca de mis congéneres. Por eso, he decidido olvidar mi pundonor y mi sentido del ridículo, decir digo donde dije Diego y empuñar .la pluma una vez más. Qué otra arma me queda para romper mi soledad.

¿Se acuerda usted, señoría, de aquellas cartas en que le hablaba de ese olor tan característico, de ese tufo que te marca cual hierro candente, y que se pega como una sanguijuela a todo aquel que pasa por esta bañera infecta llena de pus, de alientos podridos y miradas suplicantes? Obviamente, usted no se acuerda. A menudo me pregunto cómo podría hacerle entender a alguien que está sentado tranquilamente en su sillón favorito, con su bigote recortado, su batín de seda, su copa de Remy Martín, sus pantuflas, y un libro de tapas de cuero en sus manos que, al pasar las hojas, emite susurros de paz y sosiego, lo que se siente al estar metido en esta cama con una calavera sidática a mi izquierda, a mi derecha un viejete que padece de próstata y diabetes, cuya orina emite un sofocante aroma dulzón, y enfrente un chavalillo de unos dieciocho años consumido, hasta los tuétanos, por una sobredosis tras otra. Lo que, verdaderamente, tiene gracia es que mi deplorable situación ni siquiera me afecta la mitad de lo que me temía. La última vez que me metieron aquí ¿fue aquí o en Ocaña?, quizá fuera en Carabanchel, que más da hace, ¿dos, tres años? Estaba dominado por una rabia tenaz, sorda, poderosa, que me hacía clavarme las uñas en las palmas de las manos, dar cabezazos contra los muros, morder los barrotes y dar aullidos a través de la ventana. Una rabia gloriosa. Dios sabe lo que estos carniceros me habrán estado metiendo en las venas. Sea lo que sea, me ha hecho soñar despierto a lo largo de noches y días. El hipócrita del enfermero me ha andando diciendo que no, que desde mi llegada he pasado la mayor parte del tiempo en un plácido sueño. No es verdad. Puede que, externamente, durmiera, pero, en mi interior, estaba salvajemente despierto. Podía sentir, oler, palpar, gustar, medir y vivir cada una de las desgracias, rencores, odios, pulsaciones, miradas, hedores y lágrimas de toda esta caterva de miserables que me rodean. Y, sobre todo y más que nada, podía ver la cara oculta, la radiografía, el negativo, del lado más negro de mi ser. No sé si, alguna vez, le he contado mi sueño del ataúd con ventana. El que he tenido estos días pasados es una especie de versión apocalíptica del mismo, lo que indica, supongo, hasta que punto está quebrado y humillado mi ánimo. Me despierto desnudo dentro de un ataúd sumamente angosto que, cual las paredes de una maquina de esas de convertir carros en chatarra, se va estrechando cada vez más. Cabeza, brazos, piernas y pecho están sujetos por bastas cuerdas de esparto que desgarran mis carnes y, a medida que los tablones de pino se estrechan, oigo el crujir de mis huesos. La parte superior de la caja es totalmente de cristal, abriéndose, a la altura de mi boca, una rendija que me permite respirar. A mi alrededor, totalmente desnudos, se hacinan, mirándome con desencajados ojos, diez o doce enfermos, todos en cuclillas, con sonrisa de hiena y negras dentaduras, de cuyas gargantas sale un hedor de entrañas podridas. De vez en cuando, de sus bocas macilentas salta un escupitajo, mezcla de vómito, saliva y bilis, que viene a caer sobre mi rostro. De pronto, todos al unísono rompen en una risa desaforada, histérica, cavernosa y diabólica y, cogiendo entre sus descarnadas manos el erecto falo del compañero situado a su derecha, comienzan a saltar y dar vueltas en torno a mi menguante cárcel de pino. A continuación, en un idioma extraño, y con una entonación horrenda parecida al aullido del lobo, recitan una especie de himno, acabado el cual se acerca al cristal que me cubre el más viejo, pellejudo, desdentado y maloliente de todos ellos, introduce su boca por la apertura donde penetra el aire y besa mis labios que, al no poderse mover ni un milímetro, no pueden evitar tan infame roce, sintiendo, cada vez más, la caricia de su lengua en la mía. Y, a pesar de que toda mi voluntad y todo mi ser se esfuerzan por impedirlo, noto que mi sangre putrefacta acude, con la fuerza de un torrente, a mis testículos y mi falo comienza a hincharse, alcanzando enseguida una poderosa erección cuya punta presiona con fuerza la tapa de cristal, hasta que esta se abre empujada por tan poderoso resorte. Cesan las risas y, en medio del silencio, puedo distinguir los chasquidos de las lenguas de todos los presentes, la rabia y el temor empujando mis ojos fuera de sus cuencas. La boca del viejo sigue pegada a la mía, introduciéndose en lo más profundo de mi garganta, y mi falo continúa hinchándose cual gigantesco globo. De pronto, con un terrorífico aullido, se lanzan todos sobre mi miembro tumefacto, lamiéndolo y acariciándolo con cuidado exquisito. En el colmo del paroxismo, y sabiendo lo que viene a continuación, pido a gritos dejar de existir. Con un estruendo ensordecedor mi gigantesca polla revienta. Una carcasa donde la sangre, los excrementos y las vísceras toman el lugar de la pólvora, la luz y el color. Es ese el preciso momento en que, de un salto, me despierto, miro aterrorizado a los que, profundamente dormidos, me rodean, y noto que mis manos aprietan, histéricamente, mis partes pudendas. Después de aquella primera pesadilla, que se repitió muchas veces, cada vez que el enfermero se acercaba con su jeringa y sus malditas pastillas me convertía en un tembloroso infante y, hecho un ovillo sobre el camastro, le suplicaba que no me las administrase. Él se reía indulgentemente de mis aprensiones, asegurándome que aquello no tenía efectos secundarios, y me inyectaba la dosis correspondiente. Más de una vez, tomé el firme propósito de contarle mi sueño, pero el temor a que el relato se extendiera como un reguero de pólvora me hacía volver atrás en el último instante. Menos mal que uno de mis vecinos le comentó al médico que yo andaba entrompado a todas horas. El matasanos me reconoció y dijo que, a veces, aquellas drogas alimentaban la libido y producían una fuerte erección penal, o algo así, y me recetó otras malditas pastillas para contrarrestar ese efecto. Desde entonces mis sueños transcurren en una casta placidez.

Ahora solo tengo que preocuparme de que cicatricen mis tres costillas rotas, y algunos huesos fracturados de la mano derecha, lo metacarpios se llaman, según he podido oír por aquí. Mis lesiones me han dado un cierto aire de prestigio y dignidad por estos entornos, la gente es así de estúpida, qué quiere que le diga. Si estás enfermo de cáncer de pulmón, próstata o huesos; si padeces de hepatitis, tuberculosis o riñón; y no le quiero decir si pillas la sífilis, la gonorrea o el sida, aquí, en la calle, o donde quiera que sea, se es un paria, llegando la cosa a extremos insufribles si se sufre de alguna enfermedad mental. Parece que el contraer alguna de esas enfermedades fuera una especie de maldición divina, de estigma sobrenatural, de tara diabólica, como si estar infecto, enfermo o loco fuera una penitencia o un castigo impuesto por el señor del más allá. Por el contrario, si uno ha sido víctima de un accidente y, sobre todo, de una agresión física, se pasa, automáticamente, de la categoría de enfermo a la de superhombre o, al menos, a la de héroe. Ya no se es un paciente, se es un herido caído en numantina batalla en orden a preservar la raza humana. Y, si eso es cierto y verdad en cualquier sitio o lugar que uno se encuentre, lo es mucho más aquí, donde al no existir otra razón que la fuerza, la violencia es objeto de un culto desorbitado. Ahora ya se van acostumbrando a mi presencia, pero, al principio de mi estancia, todos estos deshechos que me rodean solían acercase, boquiabiertos, a mi cama y en sus miradas se distinguían claros signos de respeto y admiración. Llegó a propagarse el rumor, al verme llegar medio inconsciente y con la mano en cabestrillo, que mis heridas habían sido consecuencia del balazo de un poli. Mayor honor no se puede esperar por estros pagos. Desgraciadamente, pronto se propagó la verdad de lo sucedido. La verdad tampoco, sino la versión de los hechos que a algunos interesaba. Cada uno cuenta la feria según le va, es decir, relata los hechos de forma y manera que se perjudique lo más posible el nombre del contrario y se ensalce el propio. De todas maneras, cómo podemos esperar que los demás sepan porque y para que hemos realizado un determinado hecho si nosotros mismos, la mayoría de las veces, no sabemos el verdadero motivo o razón de nuestros actos. No es de extrañar, por tanto, el que muy poca gente se tome la molestia de intentar llegar al fondo de los hechos y, mucho menos, de las motivaciones que los produjeron, dando por buenas las explicaciones de aquellos a los que nos sentimos más próximos, o nos caen más simpáticos. Aquí, en mi pequeño entorno, por ejemplo, todo el mundo está a mi favor, yo soy el que ven y oyen todos los días, por tanto, mi voz es la verdad. Y no crea, señoría, que yo hago grandes esfuerzos por presentar una versión que me sea favorable, al contrario, a veces, tengo que pararles los pies si vienen a contarme otras versiones más desfavorables sobre lo sucedido que han escuchado por los pasillos; versiones que, ellos mismos, sin encomendarse a Dios o al diablo, se aprestan a refutar. No parece sino que hubieran estado en el lugar de los hechos el día que sucedieron. El me ha dicho tal y tal que esto fue así y así pero yo le he dicho que eso es mentira porque sé que sucedió asa y asa, está a la orden del día. Es increíble la forma en que la gente fabrica en su cerebro situaciones, hechos y dichos que jamás presenció ni oyó y, luego, los relata a terceros teniéndolos por absolutamente fidedignos. Por otro lado, qué sería de nosotros si no fuéramos capaces de fabricar nuestra propia realidad, me imagino que la vida se nos haría insufrible. Tengo la sospecha, en ese sentido, señoría, que a todos los que se empeñan en ver la vida en su total desnudez, en su verdad más honda, la sociedad les suele tachar de neuróticos, maníacos, depresivos, ciclotímicos, melancólicos y otras lindezas. Ya decía mi amigo el Manueliño, aquel bardo gallego: “Tenga en cuenta, Heliodoro, que lo que puede que distinga al hombre del animal, si es que, de verdad, hay alguna diferencia, es su conocimiento de la propia mortalidad. No es de extrañar, por consiguiente, que, a fin de soportar esa triste realidad, el cerebro del ser humano se haya autoprogramado para, a través de las más preciosistas filigranas y artilugios, embellecer su propia conducta, justificar sus más bajos deseos y enaltecer sus más bajas pasiones. Porque, mi estimado Eli, si el hombre, a las primeras de cambio, llegara a la conclusión de que, además de mortal, es un perfecto desastre, a ver quien tenía el coraje de vivir. La especie humana desaparecería en menos tiempo que canta un gallo.” La verdad que al hombre, a pesar de utilizar un lenguaje un tanto rebuscado, no le faltaba algo de razón. Mírese usted mismo, señoría, todo sea dicho sin ánimo de ofenderle o faltarle al respeto. Seguro que usted se cree un ciudadano modélico, un padre de familia ejemplar, un marido intachable, un hijo respetuoso y un profesional honesto. Estoy seguro que lo cree de verdad, de corazón, desde lo más profundo de su alma hasta lo más recóndito de su mente. Ahora, deje, por un momento, de leer su grueso libro primorosamente encuadernado, deposite la copa de cognac encima de la mesita supletoria, retire los pies del mullido taburete, póngalos en el suelo, y reflexione. ¿Se siente, de verdad, satisfecho con lo realizado a lo largo de su vida? ¿No se esconderá debajo de esas gafas de miope, de ese bigote recortado, y de ese pelo sedoso y moreno cada vez más ralo, toda una vida de frustración, ansiedad y autoengaño? Apuesto que lo mandaron a Estrasburgo para quitárselo de en medio e impedir que viera realizadas sus justas aspiraciones a presidir el Tribunal Supremo de su país. Sin embargo, señoría, esta convencido, se autoconvence cada mañana al levantarse, cada noche al acostarse, y cada minuto a lo largo del día, que lo de Estrasburgo ha sido, siempre, el sueño de su vida, la culminación de todas sus ambiciones profesionales. Si, durante un solo segundo, eximiera su mente de la férrea disciplina a la que la tiene sometida, se daría cuenta de esta amarga verdad. No lo haga señoría, no se le ocurra, jamás, meterse en ese avispero. Ese cuento chino de que la verdad nos hace libres es una de las mayores gilipolleces que he oído en mi vida. La verdad nos oprime, nos ahoga, nos esclaviza. La verdad nos quita la ilusión de vivir, la capacidad de soñar, la voluntad de seguir. Si, algún día, Dios no lo quiera, dejara que su verdad volara con la libertad del viento, se daría cuenta de que jamás amó a su mujer, de que ella se casó, simplemente, para mejorar su posición social. Que el matrimonio, los hijos y la familia le importan un carajo, que todas sus energías, todas sus facultades y todo su saber los ha empleado, única y exclusivamente, en intentar vencer y humillar a sus oponentes, y que, al final, al final no, mucho antes del final, que es lo que, en verdad, duele, ha sido vencido. Tampoco se preocupe mucho por eso, señoría, al fin y al cabo, es algo que a todos nos ocurre y, mal que bien, todos sobrevivimos a nuestros propios engaños, mentiras y ocultaciones. Yo, sin ir más lejos, practico, a diario y de continuo, ese deporte. Eso sí, al menos, ya no me avergüenzo de ello. Figúrese, si usted, con la vida que le ha tocado en suerte, no quiere enfrentarse a su propia realidad, la que se iba a armar si yo intentara enfrentarme a la mía. Lo que me hace falta, lo que necesito cual agua de mayo, es exactamente lo contrario, más imaginación, más inventiva, más fantasía, más autodisciplina para conseguir que mi autoengaño sea más convincente. ¿Por qué cree usted, señoría, que yo no duermo a menos que me den esas píldoras de caballo que me ponen más salido que un alazán en celo? Simplemente, porque me aterra dormir, no sea que, en ese estado, mi autocontrol y autoengaño se derrumben y vea lo que, realmente, soy, qué Dios sabe lo que será. Esa creencia popular que sostiene que los que disfrutan de un sueño fácil, profundo y placentero son los que tiene el alma más pura, honesta e inocente es una auténtica chifladura, un engañabobos, un camelo. Los que duermen bien son los que creen tener principios sólidos, creencias fuertes, y fe inamovible en su propio destino, es decir, los que más se engañan a sí mismos, los que más abusan de su imaginación y fantasía. A ver quién, a estas alturas de la Historia, puede creer que aquellas virtudes existan. Durante estos últimos días, quizás debido a la inactividad e inmovilidad a que me veo sometido por mi presente condición, no he podido evitar que mi cabeza de vueltas y más vueltas sobre tales cuestiones. Y no me refiero a toda esa coña del donde venimos y a donde vamos, y del quién soy yo y para qué estoy aquí, sino a preguntas mucho más concretas, mucho más prosaicas si quiere, pero, por eso mismo, mucho más interesantes. ¿He odiado, amado, o engañado a alguien en esta vida? ¿Alguna vez he creído que valía la pena morir o vivir por algo? ¿Alguna vez he sentido un genuino interés, una sana, o malsana, curiosidad por persona, animal o cosa? ¿En algún momento de mi vida me he sentido, de verdad, excitado, conmovido o culpable? Ya ve, señoría, en principio, estas son cuestiones relativamente sencillas. Sin embargo, no tengo respuesta para ninguna de ellas. Le voy a ser totalmente sincero, señoría, prefiero que sea así, prefiero desentenderme de tales preguntas, porque para intentar hallar una respuesta sería necesario remover el pasado, volver a recrearlo. Y si termino por creerme que ese pasado ha existido, puedo acabar creyendo que tendré un futuro; y de lo único de lo que estoy absolutamente seguro, sobre lo único que no cabe autoengaño, fantasía o ilusión alguna es sobre mi absoluta falta de porvenir. Perdone, señoría, que le de la lata con todas estas chorradas, pero, ya sabe, el escribirle me relaja, me aísla, me mantiene ocupado, me hace olvidar, no ya el pasado y el futuro, que no son más que vanas y vagas divagaciones de nuestra mente, sino el puñetero y acuciante presente, el de mis heridas, el de mi convalecencia, el del olor a putrefacción y a muerte, el del temor, pavoroso y brutal, a cerrar los ojos y encontrarme en aquella mortaja de pino menguante rodeado por los falos de todos mis contertulios, y con mi cipote a punto de reventar.

Caray, señoría, la de cosas, la de chorradas, la de imbecilidades que se le ocurren a uno cuando se despierta a las primeras luces del alba y se ve incapaz de conciliar el sueño. Se preguntara, sin duda, a qué se debe mi presente estado. Lo único que puedo decirle al respecto es que, todavía hoy, no ceso de preguntarme por qué me metí en aquel lío que terminó con la rotura de tres de mis escuálidas costillas y la trituración de una de mis manos. En la segunda cama a mi derecha reside un vejete que, para lo que suele haber por estos pagos, parece tener la cabeza sobre los hombros, y los sobacos y las ingles, con perdón señoría, sin demasiada mierda encima. A lo que parece, este buen hombre, ahora rechoncho, calvo y desdentado, lleva muchos años sin poner los pies fuera de esta enfermería. Unos dicen que si veinte años, otros que si treinta, otros que si cincuenta, vaya usted a saber lo que hay de verdad en todo ello. Lo cierto es que un día en que nuestro enfermero, el de los dientes a lo Bugs Bunny, se sentía locuaz me señaló al vejete que tomaba, placidamente, el sol en el jardín y me contó la siguiente historieta. En su juventud, el anciano había sido pastor de ovejas allá por la sierra de Cazorla, que cae por Jaén, según dijo. Un buen día, apareció, por una de aquellas solitarias vaguadas, el cadáver de una niña de cinco o seis años, a quien primero habían violado y después retorcido el pescuezo. Uno de los aldeanos quien, al parecer, había tenido un altercado, poco ha, con el, entonces, púber pastor por causa de la propiedad de unas ovejas, juró y perjuró haberle visto por aquellos andurriales el día de autos. El pastorcete, que vivía en una cabaña alejada de la aldea, y era un tipo un poco bronco y nada sociable, negó su presencia por esos parajes a la hora del crimen y, por supuesto, desmintió, rotundamente, su supuesta participación en el horrible infanticidio. No obstante, el juez instructor optó por meterle entre rejas hasta ver en que acababa el caso. Pasaron cuatro o cinco años sin que nada ni nadie alterara la paz del villorrio. Mientras tanto, el juez instructor de la lejana villa cabeza de partido judicial, había sido trasladado a otro distrito, y los papeles del proceso dormían el sueño de los justos entre el polvo y el moho de los anaqueles del provinciano juzgado, sin que nadie hubiera reparado en la circunstancia que el pastorcillo seguía entre rejas. Los de la aldea, por el contrario, no se habían olvidado de ello, hasta el punto que, al menos un par de veces al año, el gañan recibía anónimas misivas, amenazándole con una muerte igual a la de la niña, si algún día salía libre y osaba retornar al poblado. Hete aquí que un día, pasados muchos años, uno de los villanos descubrió, no lejos del lugar donde se había cometido el anterior homicidio, el cuerpo inerte de otra niña con las entrañas desgarradas y la nuca quebrada. Sigue diciendo la historia que el pastorcillo, avisado de estos acontecimientos, solicitó audiencia ante el juez de vigilancia y, con toda la vehemencia y ardor de que fue capaz, suplicó se le permitiera permanecer indefinidamente en su nuevo hogar, de lo contrario, no teniendo otro donde ir, tendría que acabar con sus huesos en su lugar de nacimiento, donde no tendría más remedio que cargarse, al menos, al vecino perjuro, y quizás a alguno más si alguien de los del vecindario intentaba protegerle, con lo que, indefectiblemente, daría de nuevo con sus huesos en la cárcel. El magistrado, comprensivo y bondadoso, habló con el director del centro penitenciario, realizándose los trámites necesarios para camuflar al antiguo pastorcillo en la enfermería donde, hasta hoy, sigue vegetando Este relato, puede que en gran parte apócrifo, me fascinó. Primero porque, de alguna manera, deja a los jueces en buen lugar, lo cual no deja de ser original. Aunque le cueste creerlo, uno ya está harto de escuchar diatribas e insultos contra jueces y magistrados. Verdad es que a mí me tocó en suerte un lote que dejaba mucho que desear. Es de suponer, no obstante, que, cual ocurre en el resto de los oficios y estamentos de la sociedad, jueces los habrá de todo tipo y pelaje, incluso honrados y cabales. Segundo, y principal, porque el pastor, o aquel que inventó la historia, demostró ser un tipo sensato al señalar que, muchas veces, es preferible, una vez se está dentro, permanecer aquí para siempre, en lugar de realizar, continuamente, viajes de ida y vuelta. Y tercero, y no menos importante, porque ya me gustaría ser capaz de inventarme una historia semejante para mi propio consumo. No, Dios nos libre, que abarcara toda mi extensa y prolija existencia, eso sería pedir demasiado, pero sí, al menos, en lo que concierne a este último suceso que casi me cuesta la vida y del que tanto me está costando reponerme. Una historia donde no hubiera cabos sueltos, donde todo estuviera claro, todo fuera comprensible y sencillo y además, y si no fuera mucho pedir, tuviera el mismo final feliz que tuvo el pastorcillo.  

El principal problema es que, en el fondo, me desprecio a mí mismo por no poder expulsar de mi mente y de mi cuerpo ese sentimiento de satisfacción y alegría que se siente al haber estado en peligro de muerte y haber salido, al final, casi ileso del trance. Para mi desgracia, me he encontrado que ese instinto, ese impulso vital, es más fuerte que mi voluntad. Defecar no es, de por sí, una proeza de la que nos podamos sentir orgullosos, mas si se anda estreñido durante muchos días, no puede evitarse esa sensación de haber puesto una pica en Flandes si, eventualmente, se consigue evacuar. Algo parecido me ocurre con este asunto, quisiera sentirme desgraciado, miserable, infeliz por haber perdido, una vez más, una magnífica oportunidad de haber salido de este mundo por la vía rápida y, en lugar de eso, me invade una alegría animal, cada vez que pienso que, por muy poco, me libré de la muerte. Ese sentimiento, por otra parte tan humano, tan básico, tan natural me tiene desconcertado, inquieto y cabreado. Todavía, cual creo que comenté, no he llegado a ninguna conclusión sobre la verdadera naturaleza de lo ocurrido, pero me pregunto si, más que la muerte en sí, lo que tememos es la vía por la que llegamos a ella. Es algo parecido a lo de casarse en la catedral, con traje blanco, velo de encaje, música, flores y misa oficiada por el arzobispo; o hacerlo en un solitario juzgado de tercera, con mugre y tristeza por todos lados y con la parienta con una barriga de seis meses. Al final, el papelote que te entregan viene a decir lo mismo, pero, con el primero, la piba llora de alegría y satisfacción, y con el otro, entre las lágrimas, asoma a sus ojos un rictus de frustración y tristeza. Me pregunto si al verme allí en el suelo hecho un ovillo, pateado, magullado e insultado, con toda la sensación de impotencia y ridículo que ello conlleva el dolor no cuenta, el dolor no es nada, la vergüenza, la rabia y el miedo son sensaciones mucho más fuertes, tremendamente más poderosas, infinitamente más duraderas; el dolor físico se pasa, se olvida, se asume, el dolor mental, la ignominia, la vergüenza, no. Me pregunto, repito, si, al notar el crujir de mis costillas, me arrepentí de haber desperdiciado aquella gran ocasión en la que tuve la oportunidad de salir de este mundo montado en una nube de color de rosa, teniendo a mis pies un mundo de azules gasas, blancos castillos, multicolores mariposas, hadas radiantes y duendes saltarines, sin olvidar los arroyos cristalinos, los mágicos arco iris y los prados de verde turquesa moteados de impolutas margaritas y bermellones amapolas. O si, por el contrario, aun en ese supremo momento, al dar la muerte por cierta, mi apego a la vida me hizo dar gracias por haber extendido mi existencia durante algunos miserables meses más. Puede que todo esto sea un galimatías indescifrable para su señoría. Para mí, sin embargo, tiene una importancia capital, un valor fundamental, porque ahí, en ese instante, se pone al desnudo lo que se es y lo que se espera. Mis preguntas nunca tendrán respuesta. Lo único que recuerdo es un sabor a hierro y lejía en mi boca, y una apremiante necesidad de evacuar mi vientre. A la postre, ¿no serán el cielo y el infierno nada más que eso, la disposición con la que uno afronta la muerte? Quizá vayan al paraíso aquellos que, en la muerte, no ven más que el regreso al vientre de la madre naturaleza, y solo desciendan a los infiernos aquellos que, más allá de esta existencia, solo ven vacío, desierto y soledad. Me pregunto, también, si, habiendo desaprovechado la oportunidad de ingresar en el primero, no estaré irremisiblemente condenado a extinguirme en el segundo.

Perdone, señoría, por haberle endilgado todo este preámbulo quizá un tanto inconexo y deslavazado. Me hubiera gustado ser, cual tengo por costumbre, directo, preciso y conciso, pero creo haberle dicho a lo largo de esta misiva, y perdone que insista sobre ello, que los últimos acontecimientos han sumido mi mente, y mi espíritu, en un mar de confusiones, negruras y tinieblas que me enzarzan y me rodean en una pringosa, flexible e implacable tela de araña. Desde que comencé esta carta quería contarle las causas y porques de lo ocurrido, mas, al intentar ponerme a ello, me he dado cuenta que me es imposible encontrar una razón plausible de lo sucedido, por lo que paso, sin más, a relatarle la cronología de los hechos y, a lo mejor, así las causas se revelan por sí mismas. Aquí, y en cualquier otra institución de este caletre, la violencia, sea esta física o mental, y la razón de la fuerza, son los únicos dioses que se veneran. Entiéndame bien señoría, no quiero decir con ello que allá, en el exterior, impere más que aquí la fuerza de la razón y la ley del raciocinio, ni muchísimo menos. Pero, sí es cierto que, al otro lado del muro, el ídolo de la fuerza bruta, aun siendo ser supremo, se disfraza con ropajes de códigos, religiones y pautas morales, y aquí se muestra descarnado y desnudo en todo su esplendor y virulencia. Recuerdo que, en más en más de una ocasión, el desparecido Ferrán me instruyó acerca de esta distinción crucial. Intentaré, en la medida de lo posible, explicarlo con sus propias palabras: “Desengáñese querido Christophersen, la razón representa el lado subjetivo del universo, la fuerza su aspecto objetivo. Todos tenemos razones, nuestras razones, para justificar nuestra conducta, elegir nuestro camino y seleccionar nuestras creencias. Sin embargo, e ineludiblemente, es la fuerza, y su inseparable compañero el temor, lo que, en definitiva, hace que algunas creencias, caminos y conductas resulten acertadas y otras erróneas. No hay religión, moral o costumbre que, en un principio, no se haya impuesto por medio de la violencia. Otra cosa es que, a medida que esa violencia primigenia se aleja en el tiempo, quede oculta y enmascarada con ropajes de revelaciones divinas, principios naturales, o sobrenaturales e, incluso, y esto es lo más sorprendente, imperativos morales nacidos desde dentro del propio ser. Sin ir más lejos, el hombre no debe su supremacía en la Tierra al hecho de haber adquirido pautas de conducta más justas o civilizadas, por llamarlas de alguna manera, que las del resto de las especies. Al contrario, su reinado sobre el globo terráqueo se debe, precisamente, a su capacidad de aplicar la fuerza sobre las otras especies, gracias a la peculiar estructura de sus extremidades. Y fue a partir de esa fuerza, que le permitió un dominio absoluto sobre sus competidores, y no al revés, que comenzó a desarrollar sus estructuras mentales lo que, a la postre, devino en la creación y exaltación de mitos, símbolos, leyendas y tradiciones, con los que, a toro pasado, se ha pretendido demostrar que el origen de nuestra dictadura sobre el resto de los animales se debe a la fuerza de la razón cuando, en realidad, proviene de la razón de la fuerza.”

Sabía soltar parrafadas mejor que nadie el jodido Ferrán, de no haber sido por su carácter enfermizo y débil hubiera sido un excelente político. Le echo mucho de menos, señoría. La principal peculiaridad de la cárcel no es, por tanto, el imperio de la violencia sino que, cómo lo diría, ojalá estuviera aquí Ferrán para iluminarme. Lo que quiero decir es que aquí las leyes de dentro y de fuera están en continua lucha y conflicto. Este puede ser un lugar bastante tranquilo, apacible y seguro, en algunos aspectos, la paz y seguridad que aquí se disfrutan son bastante superiores a las de ahí afuera, pero, al igual que ocurre en el mundo exterior, para ser capaz de disfrutar de esa tranquilidad y sosiego nunca debe irse más allá de los límites marcados. Es decir, se debe respetar al más fuerte y nunca oponerse, al menos frontalmente, a sus deseos. El principal problema estriba en que al contrario de lo que sucede en el mundo exterior, donde está razonablemente claro quien manda y hasta donde, aquí los poderes fácticos y los oficiales andan siempre en continuo, abierto y brutal conflicto, y si no quieres que, tarde o temprano, se te caiga el pelo, tienes que aprender a nadar entre dos aguas. Entiéndame, señoría, y de eso quizá sepa usted más que yo, esas dos fuerzas opuestas puede que tengan, al más alto nivel, lo mismo que ocurre en el mundo exterior, sus arreglos, chanchullos y sobreentendidos, pero el interno de a pie se halla totalmente abandonado y desprotegido y, si por desgracia o accidente, se encuentra, en un momento determinado, en medio del fuego cruzado de esas dos facciones, su suerte está echada. Es por esa razón por la que tanto he insistido en mis cartas acerca de la conveniencia, y más que conveniencia necesidad, de pasar desapercibido; de ser una mosca en el tejado, una cagarruta de mosquito debajo de la mesa. Porque, señoría, si bien es verdad que los encargados de hacer cumplir y respetar las normas oficiales suelen, con excesiva frecuencia, hacer de su capa un sayo y saltarse a la torera las reglas, procedimientos y normativas usted me perdonará, señoría, pero los dos sabemos que las cosas son así y a las pruebas me remito, al menos, suelen ajustarse a ciertas pautas y parámetros, entre los que suele incluirse el respeto a la vida del prójimo, a no ser, claro está, que su eliminación se considere vital para sus intereses. Por el contrario, los que detentan lo que pudiéramos llamar, en palabras del propio Ferrán, “el orden alternativo interno”, con lo primero que te amenazan es con borrarte de la lista de los vivos, precisamente, quizás, por ser ese el “derecho” más respetado al otro lado de la frontera.

Ya le he dicho en reiteradas ocasiones, la última de ellas apenas hace unas líneas, lo mucho que echo de menos al finado Ferrán. No obstante, él constituye, o constituía, un excelente ejemplo, seguramente debido al poco tiempo que llevaba entre nosotros, y también, que duda cabe, a su origen, educación y condición social, del preso incapaz de nadar y guardar la ropa. Por ello, aunque las primeras vibraciones de la madrugada me sorprendan asomado a la ventana, contemplando, entre los barrotes, las primeras luces del sol fundirse entre los rayos de los reflectores y, ahogando un sollozo, recuerde al amigo perdido; en público mi actitud debe de ser radicalmente distinta. Nuestra ley, la ley de adentro, establece, de forma tajante, que el soplo debe ser castigado, no existiendo excusa ni atenuante que exculpen su inobservancia. Esto, señoría, usted lo sabe mejor que yo. Tampoco desconoce, aunque prefiera ignorarlo, que, desde el punto de vista y los intereses de la sociedad de los penados, la gravedad de este delito posee una lógica aplastante. La nuestra es una sociedad en abierta y permanente guerra con el mundo exterior y, en cualquier conflicto bélico, no hay mayor traición que colaborar con el enemigo. Constituye, por tanto, un ordenamiento justo y necesario, destinado a preservar  la integridad y seguridad del conjunto, y el castigo correspondiente no implica, per se, ansia de venganza, maldad o ensañamiento alguno. Otra cosa es lo que bulla en la mente de aquellos encargados de aplicar norma tan justa y necesaria. En definitiva, el soplón es la principal amenaza para la estabilidad, la jerarquía de valores y las reglas de convivencia del grupo y, por ende, su castigo debe ser ejemplar. Ya sé, ya sé, señoría, lo que usted va a decir, que son, precisamente, esas jerarquías de valores y esas reglas del juego las que no son aceptables y las que hay que suprimir. Normal, señoría, usted está al otro lado de la trinchera, pero no se olvide que yo lucho en éste. Al igual que ocurre en cualquier otra guerra civil, el hecho de que yo esté de esta parte de la alambrada y usted enfrente, es una pura cuestión de casualidad, geografía, o buena, o mala, ventura. Sin embargo, una vez se halla uno encuadrado dentro de un bando determinado su obligación es cumplir con las leyes imperantes en su seno o, de lo contrario, atenerse a las consecuencias. Y si las normas no se cumplen, por muy altruista y digna que sea la excusa, razón o circunstancia, no ha lugar a quejarse del castigo, puesto que ya se sabía de antemano cuales iban a ser los resultados de ese proceder. Indudablemente, siempre hay locos, visionarios o aventureros, (que terminan en héroes si triunfan, y en traidores cuando fracasan) dispuestos a cambiar el orden establecido, y puede que Ferrán estuviera incluido en ese capítulo, pero le aseguro que yo, señoría, nunca me dejé arrastrar por tales ambiciones. No niego que su muerte fuera debida a un desgraciado accidente; en realidad, su infracción no pasó de un pequeño pecadillo y no merecía la pena capital. Mas, no me negara usted que ese tipo de “accidentes” también ocurren si la policía por error, exceso de celo, o falta de pericia, se carga al gitanillo, o drogata, de turno, quien tan solo pretendía mangar la casete del coche o la caja registradora del supermercado. Estoy dispuesto a admitir que, en este lado de la trinchera, a los encargados de castigar las infracciones se les va la mano con excesiva frecuencia, pero eso es causa de nuestra escasez de medios y de la dura oposición del enemigo, todo lo cual dificulta, en extremo, la correcta ejecución de las sentencias. Mas, que la estadísticas nos sean desfavorables, no quiere decir, en modo alguno, que ello altere un ápice nuestro derecho fundamental a dictar nuestras leyes y a poner los medios necesarios para hacerlas cumplir. Le pondré otro ejemplo que, quizás por ser menos traumático, refleje con más exactitud la necesidad de poseer nuestro propio ordenamiento jurídico.  

Hace tiempo, gracias al producto de mi trabajo en la cárcel de Ocaña, donde, al contrario que en esta, curraba, llevando las cuentas de los talleres, y me sacaba mi buen dinero, invertí mis ahorros en dos magníficos televisores y un pequeño transistor, el cual todavía conservo, aunque lo venderé cualquier día de estos, pues ya sabe que no dispongo de fondos ni para comprar pilas; en realidad, no se porqué ya no me he deshecho de él, quizá por ser un souvenir de mis tiempos de opulencia. En fin, cual iba diciendo, aquí lo de los televisores es una inversión excelente, siempre se encuentra quien, por falta de fondos para su compra o por considerar que va a permanecer poco tiempo y no vale la pena el desembolso, esté dispuesto a alquilarlos. Las rentas, debido a las circunstancias que más a delante le relataré, alcanzan niveles muy aceptables, una inversión de cuarenta o cincuenta mil pesetas en un aparato de TV puede rentar unas cuatro mil pesetas al mes, lo que representa, descontando los gastos adicionales de los que luego trataremos, unos intereses, en base anual, de alrededor del setenta y cinco por ciento. Desgraciadamente, las normas penitenciarias oficiales prohíben esta clase de arrendamientos, prohibición que, supongo yo, se deriva de las esporádicas broncas, reyertas y altercados que produce el incumplimiento de tales contratos. De esa forma, señoría, se nos impide el derecho, constitucionalmente reconocido, de invertir nuestros ahorros en la manera, forma, tiempo y lugar que creamos más conveniente, siempre, claro está, que el fin y los medios sean lícitos, que, en mi caso, lo eran y son. No creo que eso nadie pueda ponerlo en duda. ¿Y qué ocurre cuando se nos deniegan nuestros más elementales derechos? La naturaleza, según dicen, aborrece el vacío, y nosotros hemos llenado ese vacío legal con nuestras propias normas y procedimientos, en los cuales queda, clara y taxativamente, especificado desde la regulación de los contratos hasta las penas, pecuniarias y de cualquier otro tipo, a que está sujeto aquel que viole nuestro convenio. Ahora bien, señoría, no hay ley efectiva sin fuerza que la respalde y vele por su obligado y cabal cumplimiento. Usted mejor que nadie, señoría, sabe que una ley que no sea coercitiva e intimidatoria es menos útil que una flota de acorazados varada en medio del desierto. El problema es que aquí, al contrario de lo que ocurre al otro lado de la trinchera, no disponemos de una fuerza pública y, por lo tanto, nos vemos abocados a recurrir a la iniciativa privada, viéndose el inversor obligado a contratar sus propios gendarmes para defender sus legítimos derechos. Lo cual, lógicamente, aumenta los costes de la inversión y, en consecuencia, aminora la rentabilidad del capital. Además, hay que tener en cuenta que, en esta tierra de frontera, los desfalcos, impagados, quebrantos, desperfectos y similares se dan en un porcentaje netamente superior a las que puedan darse en el mundo que, para entendernos, pudiéramos llamar oficial. Yo siempre fui extremadamente avisado y previsor en mis inversiones, y supe elegir adecuadamente a mis clientes, por lo que jamás tuve ningún problema a la hora de cobrar mis recibos. Pero, sinceramente, señoría, ¿usted, de verdad, cree que si, para cobrar las rentas o recuperar lo que era mío, hubiera tenido que recurrir, por medio de mis agentes, a cualquier clase de violencia, física o verbal, podría decirse que se estaba incumpliendo la ley? La ley, señoría, tan solo es el conjunto de preceptos y normas prevalecientes, en el espacio y el tiempo, en una sociedad determinada llámese esta clan, tribu, nación, estado, asociación de presidiarios o rebaño de elefantes en orden a asegurar su supervivencia y el normal desarrollo de la misma. Pudiéndose utilizar para su eficaz cumplimiento todos los medios a su alcance incluido, por supuesto, porque al final es el único que sirve, el de la fuerza. En ese sentido, señoría, y mal que le pese, nuestras leyes son, cuanto menos, igual de correctas, honorables y legítimas que las suyas, todo lo demás son gaitas. Le diré más, señoría, y perdone que me ponga tan pesado con este tema de los televisores, pero es que cada vez que lo recuerdo me quema la sangre y se me erizan hasta los pelos del culo, fue, precisamente, por carecer de fondos con los que pagar a los gendarmes de nuestro ordenamiento jurídico, por lo que perdí esos dos televisores que constituían todo mi patrimonio y mi única fuente de subsistencia. No es que la cosa venga realmente a cuento, pero, dado que a usted no le afecta, al fin y al cabo, usted ni se va a enterar de que le escribo, y a mí puede que el explayarme sobre este tema me ayude a desahogarme y calmar un poco mis nervios, que se ponen muy alterados cada vez que pienso en ello, por una vez, y sin que sirva de precedente, me permitiré un pequeña digresión y le relataré, de la manera más somera posible, según es mi inveterada costumbre, la forma en que me birlaron aquellos dos preciosos televisores.

Por razones que no acabo de comprender y que, quizá por ser un ciudadano de tercer orden que milita en el otro lado de la trinchera, nadie se ha molestado en explicarme, en los traslados de un centro penitenciario a otro, tan solo se nos autoriza a llevar, en los furgones policiales destinados a este respecto, un cantidad restringida de ropa y objetos personales; el resto, televisiones, tocadiscos, máquinas de escribir, computadoras y demás objetos, deben ser transportados por otros medios. Por lo que he oído a otros compañeros, estos otros medios, aunque excesivamente lentos a veces, por ejemplo, los envíos de Ocaña a Alcalá han llegado a demorarse hasta tres meses funcionan razonablemente bien, queriendo decir con esto que las mercancías no se pierden o extravían más allá de lo razonable. A mí, sin embargo, parece que me haya mirado un tuerto, porque ni para eso tuve suerte. Habían trascurrido más de cinco meses desde mi traslado a este centro procedente de Ocaña, y mis bártulos no aparecían por ninguna parte, con el consiguiente quebranto para mis rentas. Ya no me quedaban fondos ni para cerillas, cuando decidí efectuar las reclamaciones correspondientes. Personalmente, usted bien lo sabe, señoría, odio llamar la atención sobre mi persona; Los funcionarios, aparte de hacerte poco o ningún caso, acaban por considerarte una molestia y un engorro y, lo que es peor, se quedan con tu nombre, lo que en estos lugares no puede traer nada bueno. A pesar de todo, un buen día, haciendo de tripas corazón, decidí que tenía que hacer algo y, de la manera más amable y correcta posible, expuse mi problema al encargado del módulo, un tipo cuarentón que exhibe panza abundante y un bigote a lo Pancho Villa, y que suele dejarse caer por aquí una vez por semana. El tal individuo, la verdad, me escuchó muy atentamente, escrutó mi recibo y dijo que hablaría con el departamento correspondiente. Transcurrieron otras cuatro semanas, durante todas y cada una de las cuales tuve que rebajarme a hablar con el dichoso funcionario y recordarle, respetuosamente, mi problema. Al fin, supongo que harto ya de oír mis quejas, el émulo de Villa hizo que apareciera por el módulo otro funcionario, este con aires de gran señor, que, al parecer, trabajaba en el departamento de reclamaciones del centro, quien, un tanto desabridamente, inquirió sobre mi problema, teniendo que volver a relatar, con mi proverbial sencillez, economía de expresión y exactitud, lo de la pérdida de mi equipaje y la grave situación financiera que ello me causaba. El personaje, muy serio y formal pero un tanto displicente, prometió hablar con sus homólogos de Ocaña para ver de solucionar mi apremiante situación. Advirtiéndome, no obstante, que si los documentos de expedición estaban en orden la responsabilidad recaía, única y exclusivamente, sobre el servicios de paquetes de la RENFE y, en ese caso, añadió muy pagado de sí mismo el representante del departamento de reclamaciones, poco podía hacerse, pues lo de los ferrocarriles no quedaba bajo la jurisdicción de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias. Al cabo de algo más de dos meses, el estirado funcionario se dignó volver a visitarme, indicándome que, efectivamente, el paquete había sido expedido tan solo quince días después de mi marcha, y que sus colegas de Ocaña habían tenido la gentileza de inquirir sobre su paradero a los de la compañía de ferrocarriles quienes, un tanto a regañadientes, habían prometido abrir la pertinente investigación. Entregándome, a tal efecto, una hoja con membrete del centro donde figuraba, escrito con primorosa caligrafía, el número de referencia del envío y la fecha y hora en que fue consignado y un número de teléfono. Este, según dijo, era el de reclamaciones del servicio de paquetes de RENFE y se suponía que, un día sí y otro también, debía marcarlo para interesarme por la marcha de las averiguaciones. Comprenderá, señoría, que, otras consideraciones aparte, por ejemplo, que aquello no constituía, precisamente, un dechado de competencia, interés y precisión, yo no podía permitirme el lujo de gastarme moneda tras moneda en vanas llamadas telefónicas, cuando ni para café ni tabaco tenía. No me quedaba otra solución que intentar recuperar mi propiedad por otras vías alternativas, por lo que, durante meses, invertí considerable tiempo y esfuerzo en dar la coña al educador, a la asistenta social, al pater mofletudo aquel y a una monjita, mona ella y con unos ojos picarones que, por desgracia, hace tiempo que dejo de venir por aquí. Asimismo, envié respetuosas instancias, manuscritas en la excelente caligrafía que me es propia, al juez de vigilancia penitenciaria, a los directores de los dos centros implicados, al defensor del pueblo y, si no recuerdo mal, a los ministros de Interior y de Justicia. No dirigiéndome a más altas instancias, por temor a que este asunto desviara su atención, e impidiera que se ocuparan, de manera debida, de otro más importante que creo tuve ocasión de relatarle al principio de conocernos. No se ría, señoría, no se ría porque no es cosa de risa. Tan solo el pater se dignó a echarme una mano, yendo, personalmente, a las oficinas de RENFE de Madrid y Alcalá, y, creo recordar, que también se dirigió, telefónicamente, a las de Ocaña, sin que en ninguna de ellas supieran darle razón de aquel paquete cuyo contenido constituía todo el patrimonio que poseía en este mundo. El resto de personajes y personajillos se limitaron a darme la callada por respuesta.

Había trascurrido un año o puede que más, desde el acaecimiento de tan desgraciado percance cuando, un buen día, ingresó en nuestro modulo un chaval atracador de bancos de profesión. Era este un muchacho recto y limpio, que jamás se había metido en droga ni otros líos semejantes, a quien había conocido en Ocaña, donde era muy popular, y a quien habían vuelto a trincar luego de un breve interregno. Un día, estando inmersos en una apacible partida de ajedrez, salió a relucir el caso y el muchacho, que, ya dije era un gran chaval y tenía numerosos contactos y amistades en Ocaña, prometió hacer las oportunas averiguaciones. Al cabo de poco tiempo me comunicó que, sin lugar a la mínima duda, los televisores se hallaban todavía en Ocaña. Uno de los reclusos con destino en el departamento de facturaciones de ese centro se había dedicado, durante los últimos meses antes de que le fuera concedida la condicional, a falsificar facturas de expedición de RENFE, vendiendo el contenido de los paquetes a gentes que ignoraban, o no querían enterarse, de la procedencia de los mismos. Al sinvergüenza aquel lo habían trincado de nuevo, esta vez en Cádiz, y lo habían instalado en el penal del Puerto de Santa María. Según las mismas fuentes, el tipejo disponía de pasta fresca y era posible, no solo darle un buen escarmiento, sino, y lo que para mí era mucho más importante, sacarle todo la pasta que me había birlado, incluidos unos razonables intereses. Todo ello al muy razonable coste del veinte por ciento de la recaudación. Eso sí, dadas las circunstancias, debía adelantar una pequeña suma para gastos, con lo que la operación no pudo llevarse a cabo dada mi falta de numerario. Y no me diga, señoría, que lo del pago por adelantado pone a nuestra peculiar justicia en entredicho. He de recordarle a ese respecto, en caso de que usted, señoría, lo haya olvidado, que por no poder pagar, por adelantado, a un buen picapleitos es por lo que me encuentro encerrado.

Quizá piense, señoría, que me estoy perdiendo en un dispar, brumoso y abigarrado mar de palabras inconexas, frases sin sentido e historietas que no vienen a cuento. Quizá haya llegado a pensar que, aparte de magullarme el cuerpo, los golpes me han ablandado la sesera hasta el punto de ser incapaz de poner mis pensamientos, blanco sobre negro, con un mínimo de orden y concierto. Se equivoca de medio a medio, señoría. Tampoco puedo asegurarle, de manera radical y rotunda, que esté cuerdo, ¿cabe mayor osadía y vanidad que esa? Lo que sí puedo afirmar, con certeza absoluta, es que no estoy ni más loco ni más cuerdo que al comienzo de establecer nuestra relación. Igualmente, le digo, y sé muy bien porque lo hago, que el exceso de sensatez puede llevarnos a la locura más extrema. Ocurre, señoría, que desde comencé esta misiva ando jugando con verbos, sustantivos, conjunciones y adverbios a ver si, en medio de ese bosque de letras y signos ortográficos, encuentro algún árbol de la sabiduría que me oriente e ilumine acerca de las verdaderas razones de mi extraña conducta. He de confesar que, hasta ahora, mi progreso ha sido ínfimo, por no decir nulo, lo cual quizá venga a ser una prueba más, por si más pruebas hicieran falta a estas alturas, que las palabras, según el donde, el como y el cuando, pudieran servir para una serie de determinados usos, por ejemplo, entretener, divertir, aburrir, zaherir, y hasta adoctrinar y engañar. Pero, no están diseñadas, ni constituyen el instrumento adecuado, para bucear en las profundidades del alma y ver reflejado en ellas los mecanismos de nuestro propio comportamiento. Y si alguna vez, por casualidad, fortuna o designio ignoto, el alma llegara a desnudarse a través del verbo, estoy seguro que ello solo serviría para provocar la hilaridad y el sarcasmo. No es que todo eso me importe demasiado a estas alturas, para tan corto viaje tampoco hacen falta tantas alforjas, y ni que decir tiene que si, a pesar de todo, sigo metido en estros menesteres es porque no tengo otra puñetera cosa que hacer. Me hallo, pues, en una encrucijada sin salida ya que, estando la causa y el efecto de todo acto íntimamente entrelazados hasta el punto de no poder existir el uno sin el otro, difícilmente puedo relatarle el segundo sin conocer la primera. De todas maneras, y llegados a este punto, mucho me temo que la pura inercia de las palabras, aun no sabiendo que camino tomar, ni en que dirección adentrarme, me arrastre hacia delante, por lo que barrunto que no dejaré de empuñar esta pluma hasta que haya vaciado mi mente de todo aquello que, por culpa de aquel desgraciado suceso, se metió en mi sesera.

El infortunado accidente que supuso el fallecimiento del caballero Ferrán Giner Monts tuvo, en una primera instancia, las consecuencias lógicas y previsibles. Acudió el juez instructor acompañado del forense, un oficial y el secretario; se levantó el cadáver, y se inició la investigación pertinente. Cual era lógico, y absolutamente previsible, viose, desde el primer momento, que la susodicha investigación, no habiendo ni un solo recluso dispuesto a aportar voluntariamente su testimonio, se vería abocada al más estrepitoso de los fracasos. He de decirle a este respecto, aun a sabiendas de que debe ser asunto por usted de sobra conocido, que aquí no se colabora con la justicia del otro lado de la trinchera debido a dos causas fundamentales. La primera objetiva, nuestro propio código nos lo prohíbe y, de hacerlo, se está expuesto a las más terribles represalias; la segunda subjetiva, el deseo de venganza, revancha y desquite. No puede usted imaginarse, señoría, la gozada que supone poder enfrentarse a un juez que se encuentra desprovisto de la principal arma que la justicia oficial le otorga, estos es, el poder de enchironarte. No sabe el gusto, el orgasmo mental y hasta físico, que se siente al encararse con un juez, mirarle tranquila y honestamente a los ojos, y decirle, con la mayor parsimonia, que no has visto nada, que nos has oído nada, que no te has enterado de nada, que no sabes, ni supiste, ni sabrás, jamás, de los jamases, nada, de nada, de nada. Realmente, es una gozada indescriptible ver reflejadas en tus propias pupilas esa mirada de sordo encono, de amargo desespero, de rabia difícilmente contenida, que transpiran los ojos del señor magistrado, ojos que te están gritando, con una voz más poderosa que mil truenos, que él sabe que tú sabes cada detalle, cada movimiento, cada pormenor, cada escena, cada palabra, y que no puede hacer nada para obligarte a desembuchar. ¡Oh Dios, que supremo deleite, que espasmo de satisfacción y de gozo! Perdone, señoría, pues ya supongo que usted no le vera gracia al asunto. Para nosotros, sin embargo, es un pasatiempo que, aparte de parecer, que no lo es, inocuo e intrascendente, con el que no se hace daño a nadie, es un suceso que muy difícilmente nos ocurrirá más de una vez en la vida, por lo que algunos no lo cambiarían ni por cinco años de condena. Aparte de todo eso, lo hacíamos también por compañerismo y por caridad, porque el negrazo aquel no había tenido ni la más remota intención de cargárselo; era obvio que tan solo intentaba propinarle el correctivo adecuado, siguiendo nuestra normativa legal, cual he apuntado más de una vez a lo largo de estas líneas. Para mayor abundamiento, el placer general, que no el mío en particular, se vio enormemente acrecentado al intentar involucrar en el suceso al Dientes y al Setas. Numerosísimos testigos tuvieron el gusto de declarar, con todo lujo de pormenores, matices y detalles, y sin que existiera la más mínima contradicción entre ellos, que aquellos dos sinvergüenzas se encontraban muy alejados del lugar de los hechos el día de autos, circunstancia que corroboró hasta el mismo funcionario.

Pasaron dos o tres meses y las indagaciones seguían en punto muerto. Si hubiera sido un fiambre del montón, uno cualquiera de nosotros, un timador, un violador, un drogata, un camello, o un traficante de los de medio pelo, se hubiera dado carpetazo al incidente, y aquí paz y después gloria. El informe del forense hubiera hecho constar que la causa del fallecimiento se debía a una caída fortuita y desafortunada, y si te he visto no me acuerdo. Pero, claro, Ferrán no era uno de nosotros. Ferrán, en vida, podía haber sido un personaje despreciado por muchos, odiado por algunos y apreciado por muy pocos, pero, una vez que hubo estirado la pata, el tío paso a ser el Excelentísimo Sr. D. Ferrán Giner y Monts, doctorado en dos universidades, una de ellas extranjera, y doctor honores causa por otras tres o cuatro, amen de catedrático en excelencia de no sé que universidad catalana, consejero de innumerables patronatos, sociedades benéficas, anónimas y limitadas, expresidente de media docena de sociedades estatales y paraestatales, fiel hijo y esposo, padre de cuatro huérfanos inocentes, etc. etc. Ah, y después vino el tema de la presunción de inocencia, cosa que, en este desgraciado país, parece de exclusivo dominio de los difuntos, pues para los vivos ni se plantea. Aplicándose, en esta cuestión, eso sí, un rasero democrático a rajatabla, pues carecen de ella desde el misérrimo mendigo hasta el individuo más encumbrado. La gaita esa de la presunción de inocencia se convirtió en el caballo de batalla de toda la prensa y demás medios de comunicación e intoxicación. Qué cómo era posible que a un hombre inocente Ferrán la espichó sin ser juzgado se le hubiera abandonado en un lugar tan peligroso e ignominioso. Que en el fondo lo del fondo, usted bien lo sabe, señoría, es una palabreja muy apañada y de usos múltiples y variados no era más que un chivo expiatorio, víctima de las luchas intercininas, o palabreja a tal efecto, es decir, internas, por el poder. “El desgraciado yunque donde han golpeado todas las secretas infamias del poder”, llegó a llamarle uno de mis diarios favoritos en un extenso artículo de fondo. De ahí se pasó a criticar la intolerable situación de inseguridad, abandono y desorden que existía en las cárceles. Exigiéndose, a continuación, la renuncia del Director General de Prisiones, y hasta la del Ministro del Interior. Llegado a este punto, los diarios progubernamentales comenzaron a aflojar la marcha y, en compensación, los anti, viendo que lo de las dimisiones, incluida la del primer ministro, era un tema mucho más popular y manipulable apretaron el acelerador, sacando a relucir estadísticas en las que, entre otras lindezas, hasta las torceduras de tobillo en los partidos de fútbol sala se incluían entre las lesiones de pronóstico reservado, y en donde la conclusión final parecía ser que el único avance del sistema penitenciario en los últimos veinte años se limitaba, única y exclusivamente, a que se hubiera dejado de fusilar a los presos políticos antes del amanecer. Total, que por una muy triste muerte, pero, al fin y al cabo, una muerte más, se armó un cipostio de mil pares de diablos. El director del centro, un pobre diablo que, según me dicen, tampoco ejercía de hijo de puta integral, tuvo que dimitir, arrastrando en su caída al Director General. El ministro del ramo, según rumoreaban los funcionarios, andaba loco con el maldito asunto, y en el Parlamento la oposición llegó a insinuar que el asesinato del Excelentísimo Ferrán era poco menos que un sacrílego contubernio, parido dentro de las altas esferas del partido gobernante, cayendo, por supuesto, la responsabilidad última en el mismísimo presidente del gobierno de la nación. Ni que decir tiene que, en un principio, el vernos, día tras día, en las primeras páginas de los papeles nos alegró y distrajo sobremanera. Mas, al percatarnos que la tormenta no escampaba, sino que arreciaba por momentos, comenzamos a preocuparnos. Estaba más claro que el agua que si los periódicos continuaban dando el coñazo sobre lo de Ferrán, los mandamases se verían abocados a encontrar un culpable, aunque para ello tuvieran que remover cielo y tierra, y pagar en oro a los soplones. Y así sucedió. Un buen día el negrazo autor del desaguisado o, según se mire, del desafortunado castigo, desapareció del módulo sin dejar rastro y, ni los más chismosos funcionarios, ni las más profundas gargantas de radio macuto, fueron capaces de aportar idea alguna sobre su paradero. Dos jornadas más tarde, el periódico más proclive al poder decía en primera plana y en grandes titulares: “RESUELTO EL ENIGMA DE MECO. Fuentes cercanas al juez que instruye el caso indican que ayer prestó declaración, en las dependencias de la Plaza Castilla, Don Walter Ngomba, presunto autor del asesinato de D. Ferrán Giner y Monts, ocurrido en la cárcel de alta seguridad de Alcalá Meco el uno de Octubre del pasado año, etc, etc.” La noticia cayó como una bomba en nuestro módulo. Aquello significaba pasar, de ser el orgullo y centro de atención de todos los reclusos de las cárceles de España entera, a ser considerados los mayores chivatos de la Historia. Los internos del resto del centro penitenciario ni siquiera nos dirigían la palabra; muchos de mis compañeros fueron recriminados hasta por los familiares y amigos que les visitaban; hasta los funcionarios y jefes de servicios nos miraban con cierto encono. Aquello era una cuestión de honor, que debía ser solventada a la mayor brevedad posible, si no queríamos convertirnos en el hazmerreír de todo el sistema penitenciario. Era de importancia vital desenmascarar al autor de tan vil y abyecto soplo. Lo malo era que aquí, al igual que en el exterior, la presunción de inocencia es algo que pertenece al mundo de las ideas, pero no al de las realidades, por lo que, en principio, todos éramos culpables. En consecuencia, nuestro pequeño módulo no tardó en convertirse en un verdadero infierno, donde campaban por sus respetos el rumor, la sospecha y la maledicencia, y donde, desde la mañana hasta la noche, sentías la furtiva mirada del resto de los colegas clavada hasta lo más profundo del cogote. Al igual que en el mundo exterior, se hizo absolutamente necesario encontrar un culpable y enseguida, de lo contrario aquel polvorín estallaría en cualquier momento. Los extranjeros, chivo expiatorio natural en todo tiempo y espacio, nos andábamos con pies de plomo, conscientes que, si no éramos capaces de hallar al culpable, el premio se rifaría entre nosotros. Un día el amigo Hassán, de vuelta de la cárcel de Picasent donde había pasado unas cortas vacaciones, se encerró conmigo en un retrete y me avisó que llevara mucho cuidado, y que, si podía, pidiera el traslado a otro módulo o a otra a prisión, porque muchos dedos acusadores comenzaban a apuntar hacia mi pobre persona. La línea argumental, debía de haberlo supuesto, se basaba en mi antigua amistad con el finado. No era Eli, el sudaca decían el mejor amigo que tenía el fiambre en el módulo. No era la familia del chivato Ferrán rica e influyente, gracias a lo cual habían montado todo aquel follón en la prensa. Pues la cosa estaba clara, al Eli, al sudaca Eli, le habían ofrecido pasta, rebaja de condena y protección si cantaba, y el Eli, el sudaca hijo de puta del Eli, había cantado hasta la Traviata. Verde y con asas. Así de simple y así de sencillo. Más claro que el agua. Para qué molestarse en seguir buscando. Y ahí, precisamente ahí, comenzó esta pesadilla que, por más que lo intento, no puedo ni explicarme ni explicarle.

Desde el primer momento, en lugar de estar cagado de miedo, en vez de procurar, por cualquier medio a mi alcance, que me enviasen a otro centro penitenciario, sentí un hondo orgullo, un deslumbrante honor, una jactancia inmensa al ser considerado el principal sospechoso. Era un sentimiento arrollador, más fuerte, más poderoso y más voraz que el apetito carnal más desenfrenado e imagínese cual será el mío que llevo años sin comerme una rosca. En vez de salir del tigre cabizbajo y tembloroso, me contoneé por el patio con la cabeza erguida, el pecho abombado y la mirada desafiante, cual gallo de pelea justo antes de comenzar el combate. Ya sé, ya sé, señoría, que la vanidad humana es inconmensurable, y está claro que el que escribe estas líneas no es una excepción. Pero, todo tiene un límite, y estar orgulloso de ser un chivato y un vendido era llevar las cosas demasiado lejos. No había manera, por más que lo intentaba no podía poner freno a mis impulsos. Algunas noches, despierto sobre la cama, arrullado por los ronquidos de las celdas vecinas, el zumbido del viento y el chisporroteo de las estrellas, me decía a mí mismo, en voz bien alta: “Heliodoro sos un autentico boludo. Toda esta majadería tiene que acabar, sabéis che.” Mas, al instante siguiente, se apoderaba de mí una risa incontrolable, una carcajada plena y macanuda y reía, y reía, hasta que aquello me producía una tos profunda y aguda que me sacaba todos los diablos del cuerpo, me daba una paz infinita y me dejaba sumido en un profundo sopor. Durante el día estaba siempre eufórico, alegre y dicharachero y, en las comidas, devoraba hasta el último garbanzo y roía la carne hasta los huesos. Mi relación con los funcionarios mejoró hasta límites insospechados, me enrollaba de continuo con ellos y a todas horas estaba dándoles coba, y contándoles anécdotas y sucesos de mi tierra natal. Al mismo tiempo, era cada vez más arisco y seco con mis compañeros. Milagro de los milagros, deje de fumar. No es que dejara de fumar, es que, de pronto, no tuve ninguna necesidad de la maldita droga; parecía que no la hubiera probado en toda mi cochina existencia. Vivía en una nube, autosuficiente y feliz, y cuanto más me taladraban mis colegas con sus miradas, más feliz, realizado y satisfecho me sentía. Algunas noches, a eso de las tres o cuatro de la madrugada, me levantaba, miraba las luces del patio, me acercaba a los barrotes de la ventana y decía a voz en grito :”Che Heliodoro, hijo de la gran chingada, vos acabareis mal”. Para luego apoderarse de mí una risa alocada y, con ella, la paz y el sueño.

Cierto día llegó al módulo un tipo alto, estrecho de hombros, pelo ensortijado y casposo, nariz partida, labios gruesos y crueles, y ojos saltones de color amarillento, cuyo principal distintivo eran las cuatro o cinco cicatrices que le cruzaban ambas mejillas. El mismo día de su llegada, Hassán se acercó a mí y me dijo que tuviera mucho cuidado, que aquel individuo había venido hasta allí con el solo propósito de ajustar cuentas conmigo. Toda mi chulería y valentía se vinieron abajo. Le dije al terrorista que aquello era injusto, que bien sabía él que yo no había delatado a nadie. De acuerdo, mi comportamiento había sido un tanto extraño, imprudente si se quería, pero todo aquello no había sido sino un juego, un pasatiempo, la estupidez de un viejo loco. Le suplique que hiciera algo, lo que fuera, por sacarme de aquel atolladero. “Demasiado tarde” fueron sus únicas palabras. Y se largó. Pasé la noche en vela temblando, un junco en medio de un vendaval. Un par de veces me acerqué a la ventana y grité con todas mis fuerzas; “Soy inocente, soy inocente, solo era un juego. Me cago en Dios, os digo que soy inocente.” Aquello no me hizo sentir mejor. Al contrario, mi dientes comenzaron a castañear de tal manera que  tuve que sujetarme la boca con ambas manos. Mi comportamiento volvió a ser normal, no comía nada excepto pan, mantequilla y mermelada, es decir, los sucedáneos de mierda que dan en lugar de los tales; mendigaba cigarrillos y recogía colillas por el patio, el salón de juegos y los pasillos, matando el resto del tiempo delante del televisor o acurrucado en un rincón. Una mañana, después de una noche en vela, al contemplar las claras del día fundiéndose con el parpadeo de las estrellas cuya luz explotaba dentro de los focos del patio, una fuerza invadió mis ojos y, agarrado a los barrotes de la ventana, decidí que, si el castigo tenía que caer sobre mi cabeza, sería yo el que eligiera el lugar y la hora.

Creo haberle relatado en alguna ocasión que, en este módulo, es tradicional que los negros se encarguen de la distribución de las comidas. Me imagino que ello se debe a que, al ser altos y fuertes, el resto los temen y respetan; y, al ser manipulables y estúpidos, los funcionarios confían en ellos. A estas alturas de nuestra relación, ya habrá detectado, señoría, que a mí no es que no me gusten los negros, es que les tengo un profundo desprecio. Me producen asco y repulsión. Así son las cosas, para que nos vamos a engañar. La verdad, no aguanto que las palmas café con leche de sus manos rocen los alimentos, por mucho que sus dedos estén enfundados en esos guantes finos y trasparentes fabricados con goma reciclada de preservativos. No me pregunte si mi aversión por la comida tiene algo que ver con ello, tampoco sabría que decirle, quién sabe. No, ni aun servida por un mayordomo de ojos azules con guantes de blanco algodón podría comer esa bazofia. En fin, a lo que vamos. A la hora del almuerzo, uno de esos morenos, el más alto, fuerte y chuleta de todos ellos y, por ende, el de más cortos alcances, se hallaba sirviendo unos muslos de pollo sanguinolentos, aceitosos, y más fríos y duros que las mismas piedras, usando, para este fin, unos guantes sucios y agujereados. Lo que aproveché para decir, con voz clara y fuerte, a fin de que me oyera el interesado, que no había mejor salsa para aquel pollo podrido que el tufo de las manos de un negro. Al tiempo que se escuchaban algunas risitas aprobatorias de los que se encontraban en mi más inmediato alrededor, vi al negrazo abrirse paso entre la gente, plantarse delante de mí en jarras, patas cual torres y pecho agitado que se movía a ritmo de fuelle, y soltarme, con voz de trueno, que era un grandísimo hijo de puta, y que me iba a partir mi cochina cara de gilipollas. Le contesté, intentando dominar el terror lo mejor que pude y supe, que llevara mucho cuidado con lo que hacía, pues no era la primera vez que jodía a un negro cabrón por atreverse a poner las manos encima de un blanco. Puede que el negrazo me hubiera soltado una hostia que me hubiera puesto en órbita, o puede que no, es gente cobarde que en cuanto le plantas cara se achican. Nunca lo sabré, porque, en eso momento, atraído, sin duda, por nuestros gritos, asomó la cara del funcionario por la puerta del comedor y las aguas volvieron a su cauce. Empujado por no sé que presentimiento, volví la cabeza hacia mi derecha y vi al Hassán y al morito de las cicatrices, intercambiar una mirada de complicidad. Al terminar la comida, de la que no probé bocado, me dirigí a los lavabos del salón para agenciarme algunas colillas y, justo al agacharme  para recoger una, noté alguien a mis espaldas. Intenté incorporarme, pero antes que mi cerebro diera las ordenes oportunas a mis piernas, ya estaba tendido cuan largo era, sintiendo un fuerte dolor en la rabadilla. Quise levantarme, apoyando las manos en el suelo, mas, antes de conseguirlo, mis costillas se llenaron de agudas punzadas igual que si una lluvia de meteoritos las estuviera atravesando sin cesar, al tiempo que un fuerte sabor ocre invadía mi boca. Quedé paralizado, incapaz de mover el músculo más pequeño, lo único que pasó por mi cabeza fue un tremendo sentimiento de frustración por no haber sido capaz de desaparecer de este mundo aquel dulce día. Luego, o quizá en el mismo instante, sentí una cuchillada en la mano y algo pegajoso se extendió por toda mi cara. Cuando volví en sí, estaba en la enfermería tumbado sobre una cama y mi cabeza daba vueltas dentro de un pozo cuyas paredes, de una pulpa viscosa, me envolvían. Una vez más, todo se volvió negro y mis carnes y huesos fueron desapareciendo en el fondo de aquel cenagoso agujero derretidos por un ácido maloliente. Al abrir mis pupilas, me encontré rodeado por unos altos muros amarillentos, que resultaron ser los dientes del enfermero, quien se había inclinado para examinarme y, a medida que se aclaraban mi vista y mis ideas, distinguí, detrás del conejito de la suerte, al médico, un tipo alto y chupado con cara de caballo, y con toda la pinta de ser un veterinario frustrado. Ambos intentaron tranquilizarme en la medida de sus posibilidades, indicándome que apenas tenía algún que otro hueso roto en una mano y en las costillas, amén de un pequeño corte en la ceja donde me habían dado una docena de puntos. En pocas semanas estaría mejor que nunca.

Al cabo de un par de días vinieron dos funcionarios de los servicios centrales a interrogarme. Les dije que, hallándome agachado en los lavabos atándome un zapato, recibí una tremenda patada en el culo y, una vez de bruces sobre el suelo, esa misma persona, u otra, u otras, me habían reventado las costillas a patadas. Yo había intentado defenderme, agarrando al agresor por los pies; debiendo de ser entonces cuando recibí el enorme patadón que me había destrozado la mano y producido la herida en la cara. Luego me había desmayado, sin que en ningún momento pudiese ver a mi agresor, o agresores. Los mismos funcionarios, sin que mediara pregunta alguna por mi parte, me indicaron que el negrazo con quien había tenido el altercado era inocente, en el momento de la agresión estaba siendo interrogado por el funcionario que presenció nuestra disputa.

Y aquí me tiene señoría. Y menos mal que la mano dañada fue la siniestra, si no ni siquiera el consuelo de poder contárselo me hubiera quedado. Me gustaría saber su opinión sobre tan inexplicable, incomprensible y estrafalaria conducta. También entiendo que, en su día, usted y yo hicimos un pacto y tampoco es cosa de romperlo, tan solo porque a un viejo cascarrabias medio chiflado le de por presumir de chivato. 

Quede usted con Dios.

EXPOSICIÓN VI

<(©¿©)>Comentar la noticia<(©¿©)>  [Ver comentarios en PREGUNTADOR]

-

 
  Web www.monover.com

-
Monòver punto com - ISSN 1885-4192
Cláusula de Exención de Responsabilidad
Copyright © 2003, 2004, 2005 Luis Andrés, Todos los derechos reservados
Edita: Luis Andrés Pastor Oleaga, (Responsable y esclavo de esta idea)
 Mayor 143 (Apartado 28) - 03640 Monòver / Monóvar - Alicante (Spain)
Tel.: 965 471 410 - cartas@monover.com

-
Monòver punto com - Estadísticas

 
TABLÓN DE ANUNCIOS
 
Monóvar está aquí - Anunciantes recomendados por Monòver punto com
Dedica un momento a visitar la publicidad
 
1
2
 
Monóvar está aquí - Anunciantes recomendados por Monòver punto com
 
3
4
 
Monóvar está aquí - Anunciantes recomendados por Monòver punto com
Gracias por hacer clic en la publicidad
 
5
 
Monóvar está aquí - Anunciantes recomendados por Monòver punto com
 
6
 
7
 
Monóvar está aquí - Anunciantes recomendados por Monòver punto com
 
Reservas
Elda.DiarioLocal.com - Reserva de hoteles en Elda
de hoteles
 
JB
 
Diario Local
 

TURISMO
Y OCIO

 
Monóvar está aquí - Anunciantes recomendados por Monòver punto com