
MORIRTURI
por Francisco Peiró
(Novela epistolar)
IV
Alcalá Meco 20 de Mayo de
l.995
Muy distinguido Señor:
Había tomado la firme,
irrevocable y final decisión de terminar, de una vez por todas, con este
juego estúpido, vano y pueril. Escribir a quien no se conoce, ni se quiere
conocer, sentimiento que, sin ánimo de ofender, supongo que será recíproco;
enviar cartas cuyo único destino son la destrucción y el olvido; y relatar
estados de ánimo, frustraciones, vacíos del alma y ardores de la mente,
destinados a una audiencia de ratas de estercolero, o gusanos de los
depósitos de papel reciclable, es una tarea tan estéril, estúpida, extraña y
extemporánea, que ni el loco más loco del más degradado manicomio osaría
acometerla. Pero, qué quiere, ahora que se han ido el Ferrán y el Nemo el
pegar ojo se ha convertido en una tarea casi sobrehumana. Ni siquiera a la
hora del amanecer, allá a las cinco o seis de la mañana, me entra ese sueño
diminuto, pero profundo, que te permite descansar un par de horas, y
almacenar energías con las que afrontar la jornada. Camino todo el día, con
mi espalda aguantando pilares y paredes, arrastrándome por los pasillos, o
dormitando frente a la vociferante televisión. Ando tan desquiciado, tan
falto de reflejos y concentración, que ya nadie quiere jugar conmigo al
ajedrez, y todo el mundo intenta soslayar mi mirada cuando buscan un cuarto
socio para jugar al parchís o al dominó. Malgasto muchas mañanas y tardes,
deslizando lentamente mis pies por el patio, refunfuñando, por lo bajini,
contra los negros por ser oscuros, contra los gallegos por ser claros, contra
los guardianes por mirarme en exceso, y contra los colegas porque no me hacen
caso. Me quejo si llueve, protesto si hace sol, detesto las películas de
violencia, y me desagradan las historias de amor. Maldigo a mis abogados y a
mi familia, si no responden a mis requerimientos, y los maldigo, aun más, si,
alguna vez, por equivocación supongo, lo hacen.
Figúrese en que estado me
encuentro, que D. Lucas, un funcionario que no es del todo un hijo de puta
integral, un tipo que parece, hasta cierto punto, decente, aunque uno no pude
fiarse, nunca, ni un pelo, con esa cara de panquemado y gafas de intelectual,
que seguro que iba para cura hasta que alguna piba le lió y la cagó, se
enrolló conmigo el otro día en el patio. Me ofreció un par de Fortunas y me
preguntó si me encontraba bien, si tenía algún problema en casa, si alguno de
mis familiares estaba enfermo o había fallecido, o, si acaso, mis socios, de
ahí afuera, me habían dejado sin un duro y en la estacada. Ya sabe, las
chorradas de costumbre. Estos tíos están siempre intentado sonsacarte. A
veces, sus preguntas pueden parecer inocentes, y cordiales, en realidad, no
son ni una cosa ni la otra. Todos ellos, hasta el que pueda tener la
apariencia más honesta y cabal, llevan escondido un oculto propósito, una
segunda intención, un fin maquiavélico. Yo me quedé profundamente preocupado,
pues no me hace ni pizca de gracia atraer la atención de tales individuos.
Aquí la clave de la supervivencia consiste en pasar desapercibido, en ser una
mosca en el tejado o una cagarruta de mosquito en el suelo; en que nadie
hable, comente, cuente, diga, murmure, explique, maldiga, alabe o critique
nada sobre ti. Hay que ser invisible igual que el más diáfano cristal o el
agua más pura y cristalina. La verdad es que cada vez me acerco más a ese
estado incorpóreo pues, últimamente, no hay manera de que pueda tragar ni un
gramo de la bazofia de estercolero que pasa por comida en este lugar. Vivo,
única y exclusivamente, a base de pan untado con sucedáneo de margarina y
mermelada, sustancias que, aunque solo Dios sabe de que estarán hechas, es lo
único que mis tripas aceptan y digieren. El resto, ese pescado con olor a
podrido, esa carne de conejo tísico, esas chuletas de macho cabrío cagón, más
duras que el mismísimo acero, y esas hamburguesas hechas, sin duda alguna,
con la carne del las morgues de Calcuta, Bombay, Ruanda y Somalia, mezclada,
para quitarle el gusto dulzón de la carne humana, con perros rabiosos y gatos
callejeros, no hay dios, diablo o mortal que se las trague. Y que decirle de
esos platos gallegos, la olla podrida —que
nombre más adecuado— ,
la fabada y el cocido, tienen el aspecto, y el sabor, de materiales de
derribo mezclados en una cementera. Lo que más odio es la fruta. Delante de
nosotros, todos, o casi todos, los que la manipulan o sirven utilizan esos
guantes tan delgados que parecen hechos de restos de condones, pero, ¿qué
ocurre a nuestras espaldas? Quién me asegura a mí que esas peras, manzanas o
naranjas no han sido lamidas por perros u orinadas por gatos, la gente tiene
muy mala leche y no me voy a fiar del primero que venga. Afortunadamente, hay
más de un gallego gilipollas, que goza comiendo toda esa mierda, y está
dispuesto a darme un pitillo por cada media docena de piezas de fruta. Menos
mal, porque si no pudiera echar humo, al menos, dos o tres veces por semana,
creo que acabaría definitivamente loco. Aunque, últimamente, ni siquiera el
fumar me produce el placer de antes, y así no hay manera. Cada vez que
consigo un pitillo lo miro, remiro y vuelvo a mirar durante horas y horas. Lo
huelo, lo acaricio con mis labios, lo sostengo entre mis dedos, lo guardo en
el bolsillo de la camisa, lo vuelvo a sacar, a acariciarlo, a olerlo, a
sobarlo, y no me decido. Me da horror pensar en el momento del sacrificio.
Usted, siendo de donde es, seguro que ha vivido alguna vez en una granja. Se
acuerda usted, señoría, cuando de niño le daban a criar un polluelo, una cría
de ganso o un suave y tímido conejillo. Exactamente lo mismo me ocurre a mí
con el pitillo; llego a tenerle tal amor, tal cariño y tal afecto que me
identifico con él. Percibo su íntima textura, su aroma, su buque. Imagino,
uno a uno, los diferentes pasos que han sido necesarios para la elaboración
de esta criatura singular, armoniosa, virginal y cilíndrica. Veo los verdes,
ondulados y feraces campos de Virginia, donde creció en su juventud; los
gigantescos secaderos donde la verde hoja fue adquiriendo ese color dorado y
ese olor a éxtasis y gloria. Imagino las fábricas y máquinas donde lo
enrollan, cortan y en empaquetan, los rápidos barcos y lanchas que, en las
noches sin luna, lo dejan en las costas gallegas, las hábiles manos que
ocultan las cajas en cuevas, cavernas y sótanos, los veloces camiones,
supuestamente cargados de cualquier otra mercancía, que traen a la capital la
sublime especia, hasta que, por el irrisorio precio de seis manzanas, cuatro
peras o tres naranjas, cae en mis manos. Le juro por Dios que veo en él una
criatura viva, palpitante, con más sentimiento y dignidad que muchos de
nosotros. Llega un momento, sin embargo, que su aroma me embriaga y, cediendo
a la tentación, sacrifico al fuego la inocente víctima. La primera bocanada
sí, la primera bocanada sabe a néctar de dioses, a maná del desierto, a
fresca leche de yegua al despertar en los albores de la mañana, a ardiente
churrasco de roja y prieta carne saboreada al ponerse el pálido sol más allá
de la interminable llanura. A todo eso, y muchos más, sabe la primera
bocanada. Me acuerdo de todas las mujeres que he amado, de todas las que he
deseado, y me olvido de las muchas que me han aborrecido. Repaso todos y cada
uno de los polvos que he echado, de las posturas, de los ardores, de los
gritos, de los gemidos, de los sollozos. Y recuerdo, vaya si lo recuerdo, que
el mejor momento, sin el cual el acto del amor es impensable, era el del
encender un pitillo después de finalizar con el otro capítulo. Esa primera,
profunda y lánguida bocanada es el broche de oro. Pronto, desgraciadamente,
todos esos espejismos abandonan mi mente y, al igual que me sucedía muchas
veces una vez finalizado el coito, se apodera de mí un terrible desasosiego,
una angustia incontrolable, un pesar de muerte y, a la tercera o cuarta
chupada, se me antoja que estoy ahogando a un pobre pajarillo entre mis
dedos, a un pajarillo que había nacido y había sido criado para mi solo gozo
y deleite, un pajarillo que me había sido fiel, que había confiado en mis
manos, en mis labios y en mi cuerpo todo y que, ahora, a cambio de tanto
cariño, dedicación y lealtad, ha sido convertido en humo por un ingrato e
injustificable capricho. Me envuelve, entonces, un asco irrefrenable, siento
mareos, quiero vomitar y, fuera de mis cabales, tiro el cigarrillo al suelo y
lo pisoteo con todas mis fuerzas. Otras veces, todo hay que decirlo, domino
mis fobias, mis manías, mis gilipolleces y mis locuras y, haciendo un
esfuerzo supremo, apuro el pito hasta la última brizna. Haga lo que haga, da
igual, exacta e irremisiblemente igual. Si lo pisoteo, me siento un idiota
por haber destrozado tan inapreciable tesoro, y, si lo apuro, me tengo por el
más vil, odioso e inmisericorde de todos los mortales.
Comprenderá que sin comer,
fumar ni dormir, viendo y oyendo, cada vez que cierro los ojos, la
sorprendida cara del Ferrán recitando las maldiciones del Nemo, difícilmente
puede aguantar mucho tiempo una persona en este lugar. Por supuesto, podría
ir al matasanos y exponerle la situación, pero, amigo mío, si me permite
llamarle así señoría, esa sería la ultima cosa que hiciera antes de caerme
muerto. No señoría, a mí no me vuelven a encerrar en ese lugar donde el olor
a muerte es mil veces más fuerte que el de Paris de la peste negra. Es un
olor más real y punzante que el del mismísimo tabaco, un hedor que impregna
narices, manos, ropa y cuerpo todo, y que luego se queda incrustado durante
años y años. Y no crea que es uno de esos aromas reales pero imaginarios, no,
ni mucho menos, muchos veteranos también lo sienten. Sé de colegas que,
después de tres o cuatro meses en la enfermería, han sido traslados a otro
centro y, enseguida, los nuevos colegas lo han husmeado. Es una cosa seria.
Es el olor acumulado, concentrado, destilado y refinado de incontables
miserias, injusticias, sufrimientos, desgarros, abandonos, crímenes,
demencias y traiciones. El hedor de la bilis, la supuración, el escupitajo,
la orina, la hez, la podredumbre y la gangrena. El terror de la tristeza, el
desprecio y la falta de fe en el futuro. El rumor de mil pisadas que se
arrastran, dejando huellas de hepatitis, leucemia, cáncer, úlceras, navajadas
y pinchazos. La fetidez de callos purulentos que ha sido pisados demasiadas
veces y que, al descalzarse por la noche, despiden un vapor agridulce con
regusto a baba, mierda y estercolero. No, señoría, no estoy dispuesto a
mirarme en los ojos de todos esos parias, ojos que atraen a los tuyos con la
fuerza de un gigantesco imán, y en los que puedo ver, con clara nitidez, el
ciclo de toda una vida y mi próximo y estéril fin.
Amanece entre los barrotes de
la ventana. Hay un momento mágico en que los rayos del sol se entremezclan
con los reflectores del patio y el aire seco de la mañana se llena de chispas
rojas, violetas y azules. Siento que se funden los grisáceos barrotes y me
sumerjo
en una orgía de fuerza, luz y color. Luego, se apagan las luces, el astro se
eleva, abro los ojos y la vida vuelve a ser la de siempre.
Ayer di el gran espectáculo y
todavía no estoy seguro si fui el héroe o el hazmerreír de la jornada.
Después de escribirle las líneas que preceden me encontraba tenso,
agarrotado, desasosegado, con ganas de romper las cuartillas en mil pedazos y
tirarlas por el retrete. Dos o tres veces las estrujé entre mis manos listas
para el sacrificio, mas, al fin, no tuve ni la voluntad ni la energía
suficientes. No sé lo que me ata a usted, o quizá sí lo sé, la complicidad de
su silencio. Es usted la única persona en la que puedo confiar plenamente, la
única a la que puedo abrir mi corazón y mi alma. Todos necesitamos hablar con
alguien, mejor dicho, hablar a alguien. Hablar con alguien es con-versar,
y yo ya no estoy para esas bromas, incluso ese hablar a alguien me
desazona y me inquieta. Qué quiere que le diga, no acabo de fiarme de usted.
Lo he pensado detenidamente y no acabo de ver que usted sea digno de mi
confianza, perdóneme, señoría, pero las cosas son así. Mire, yo no tengo
ninguna prueba de que uno de estos días no se decida a traicionarme. De
acuerdo, hasta ahora, su forma de comportarse ha sido la de un caballero,
porque usted es un caballero, que duda cabe. Es más, estoy plenamente seguro,
y daría mi vida por ello, si alguien diera algo por ella, que en el futuro
usted lo seguirá siendo, porque un caballero, señoría, no se hace, nace, y
punto. Pero ¿y sus íntimos, y sus allegados, y sus familiares, y sus
ayudantes, y sus secretarias? Qué me dice de ellos. ¿Son todos totalmente de
fiar? Sabe usted de sobra que un secreto compartido deja inmediatamente de
serlo. Y yo tiemblo, me agito y sudo cada vez que pienso que una de estas
misivas pueda caer en manos extrañas. Seguro que usted, sentando cómodamente
en su poltrona, con el batín de seda acariciándolo quedamente, y con los
pies, envueltos en chancletas Pierre Cardin, apoyados en el acolchado
taburete, pensará, periódico en mano y sorbiendo, pausadamente, el Remy
Martin: “¿Y qué coño —perdón
señoría, pero a usted también se le escapará
alguna vez un taco— van
a hacer mis familiares, ayudantes o allegados con las cartas de ese loco de
atar?” Ah, señoría, usted no sabe bien las ganas de joder que hay en el
mundo, mayormente, en ambos sentidos, pero más, mucho más, en ese que uno no
considera al meterse en la cama con una mujer. Aunque, bien pensado, mientras
se copula, muchos hombres y mujeres, especialmente estas últimas, están
siempre pensando el modo de joderle a uno. La gente hace cualquier cosa, se
inventa cualquier pretexto, pare cualquier idea, trama cualquier historia,
desvela cualquier misterio, traiciona cualquier secreto, teje cualquier
intriga, miente, roba, golpea y mata con el solo propósito de joder por
joder. Es algo consubstancial al género humano. El mal proporciona mucho
mayor placer que el bien y, ¿para qué queremos la vida si de ella no
obtenemos placer? Así que, aunque sé que usted nunca me traicionará porque es
un caballero, que nunca abrirá una de estas cartas, tenga los ojos bien
abiertos, no baje nunca la guardia, porque cualquiera de los de su alrededor,
el más inofensivo e insospechado, puede traicionarnos en cualquier momento. Y
esa es la razón, y no otra, por la que desconfió de usted, señoría, aunque
sepa que usted es un caballero y, quizá, el único digno de mi confianza. Cual
dice la copla esa de la radio:
Ni contigo, ni sin ti,
Tienen mis males remedio.
Contigo, porque no vivo,
Sin ti, porque me muero.
Total que, tan pronto acabe de
escribir, me quité las legañas con un poco de agua, me froté los dientes con
los dedos y bajé al comedor. Tenía hambre, mucha hambre, así que me zampe
tres panecillos con sucedáneo de margarina y supersucedáneo de sucedáneo de
sucedáneo de algo que no se parece en nada a la mermelada de fresa. Era una
bonita y soleada mañana de primavera tardía, había llovido durante la noche y
no hacía un calor excesivo. Luego de aquel festín, rociado con un buen vaso
de sucedáneo de leche y de una cosa de color marrón que no sé de que leches
será sucedáneo, me sentí, a la vez, eufórico, agitado y nervioso, un potro al
que, desde hace largo tiempo, no sacan a galopar. Salí al patio, puse la
directa y comencé a dar vueltas, y vueltas y más vueltas, con los puños
cerrados, la mirada pegada al suelo, y cargando contra el aire. Parecía un
toro de lidia en el momento justo de salir al ruedo. Debí de estar dando
vueltas, a paso de semental enjaulado, durante más de tres horas. Sudoroso,
jadeante y agotado me senté en el suelo, apoye mi espalda contra el muro y,
con mano trémula, encendí un celta que había intercambiado aquella mañana.
Noté, de pronto, que, con la rapidez que la bruma invade la llanura al tiempo
del alba, un profundo sopor invadía mi cabeza. Lo que sucedió después es
imposible de describir, al menos yo no me siento con fuerzas ni saber para
ello. Esa clase de experiencias solo puede ser descritas por un gran poeta.
Esa paz en el alma, ese armónico reposo, ese estar entre dos mundos sin estar
en ninguno, todo ese cúmulo de sensaciones, experiencias, evocaciones y
nostalgias, todas esas vívidas y, a la vez, etéreas imágenes, ese calor y esa
armonía, necesitan de una pluma mucho más alada, sutil y docta que la mía.
No, no se preocupe, señoría, no voy ahora a hacer el ridículo, ya lo he hecho
bastante en mi agitada existencia, hilvanando cuatro estrofas en el vano
intento de describir el indescriptible gozo que me invadió en aquellos
momentos. Y no sabe cuanto lo siento, porque estoy seguro que, si supiera
elevar mi espíritu hasta el mágico mundo de la poesía para poder plasmar en
palabras las sensaciones de aquellos momentos, me sentiría, de nuevo, el más
feliz de los mortales. Perdone que me ponga un tanto pesado sobre este
asunto, pero, después de la experiencia de ayer, se ven las cosas de este
mundo de una forma totalmente distinta. Uno quisiera poseer más sabiduría,
mayor capacidad, mejores recursos, talento más profundo. Ser un iluminado, un
profeta, un genio, para poder ser capaz de expresar, a través de una
explosión de luz y verbo, toda la gloria que penetra en la mente humana, una
vez se abre la ventana del más allá y comienza a intuirse la enormidad de su
magnitud y su paz. Por desgracia, sé que si la aptitud no acompaña la buena
intención, el tosco instrumento de la pluma puede convertir la visión más
gozosa y celeste en un inmenso mar de podredumbre. No hay nada más ridículo,
deleznable y grotesco que un poeta sin el genio de la inspiración. Una vez
conocí a uno de esos, puede que fuera en este lugar, puede que en Ocaña, que
más da. Mi experiencia me ha dejado en tal estado de shock que no soy capaz
de centrar mis pensamientos. El tipejo que, si mal no recuerdo, se
apellidaba
Figueredo Gutiérrez, respondía al nombre de Manolo y era, o al menos
pretendía serlo, de Mondoñedo, allá por la triste Galicia. Era un sujeto
escurrido, un verdadero renacuajo, tan poquita cosa que yo a su lado semejaba
un Goliat. Más delgado que una escoba, cabeza de pepino, ojos saltones y, más
que boca, tenía tan solo un proyecto de
ella, pues era tan minúscula y de labios tan finos y escuálidos que, a menos
que hablara, parecía haber nacido sin ella. Poseía un cuello tan largo y
delgado, semejante al de una famélica oca, que, a los ojos de un observador
poco avisado, parecía poder quebrarse en cualquier momento. Bueno, pensándolo
bien, tan poco podía ser tan largo aquel gaznate, tan corto era el sujeto. El
tal Figueredo Gutiérrez, Manueliño le llamaban sus compinches galaicos,
estaba acusado de un triple asesinato en Padrón, lugar que también queda por
aquellas tierras. Una de sus víctimas, al parecer, había sido uno de sus
propios clientes. El tal Figueredo había sido, y era, picapleitos y nada
malo, por cierto. Sin ir más lejos, me enseñó lo poco que sé acerca de las
leyes de este país, y todo el mundo decía que sus interpretaciones del Código
Penal eran tremendamente esclarecedoras. La obsesión del tal Manueliño era
“proyectar” poesía. Lo de crear poesía, decía él, estaba destinado a muy
pocos, Homero, Virgilio, Dante, Quevedo, Goethe, Shelley, Byron y unos pocos
más, pero no muchos más, añadía enseguida. Según él, eso de la poesía era
semejante al fútbol, para que salieran bardos insignes había, primero, que
crear afición y cantera y él, consciente de sus limitaciones, tan solo
pretendía contribuir, cual humilde aficionado, a crear el caldo de cultivo
necesario. El buen hombre se pasaba el día, mirando al techo y contando con
los dedos, tal si fuese un tendero analfabeto. A veces, sacaba un pequeño
cuaderno del bolsillo trasero de su pantalón y apuntaba algunas frases. A las
pocas semanas de conocerlo me invitó a su chabolo, se notaba que el pobre
estaba ansioso por mostrarme su obra. En realidad, declamaba sus poesías a
cualquiera que supiera leer de corrido y escribir sin demasiadas faltas de
ortografía, por lo que su potencial audiencia tampoco era excesiva. Su celda
estaba repleta de libros de todos los tamaños y colores, entre los que
sobresalían gran cantidad de diccionarios. Los tenía de cocina, de
agricultura, de grandes batallas, de papas, de ornitología, de frases
célebres, de frases hechas, de palabras arcanas y de uso infrecuente, de
medicina, de etnología, de entomología, de filosofía, y, sobre todo, de todas
clases de mitología, babilónica, fenicia, hindú, persa, griega, celta,
germana, nórdica, china, azteca, maya, esquimal, zulú, y qué se yo cuantas
más. El más gracioso y extraño de todos ellos era uno llamado diccionario del
reverso, o quizás fuera anverso o inverso, donde todo funcionaba al revés,
por lo que, al principio, te hacías un lío, aunque luego, cuando cogías el
tranquillo, la cosa resultaba entretenida. Gracias a él, me enteré, por
ejemplo, que bonzo rima con bronzo, tonzo y zonzo, vocablos que Dios sabe lo
que significan, ni para que coño, con perdón señoría, sirven.
El Manueliño me decía, aun
recuerdo sus palabras exactas —es
curioso, recuerdo mucho de lo que decía aquel enano, quizá porque no creía en
nada de lo que decía, aunque, eso sí, se expresaba con mucha gracia: “Todo
esto que aquí ves es, tan solo, un almacén de rimas. La rima, aun no siendo
consustancial a la poesía, es, sin embargo, su mejor adorno. Igual que los
ropajes, y los afeites, de la mujer no son la esencia de su belleza, pero
ayudan a realzarla”—.
La verdad es que el tío le daba al pico candela. A mí me parece que eso de la
rima puede quedar bien en ciertas ocasiones, pero me parece una gilipollez
total el pasarse horas cavilando para, al final, acabar rimando aldea con
diarrea. Vamos, que no veo el modo que le puede venir a uno la inspiración
intentando casar cuatro palabrejas. Manoliño, sin embargo, decía que era
cuestión de práctica y que si mucha gente pudiera dedicarse a esos
menesteres, el arte de la rima acabaría por meterse bajo la piel del
substrato colectivo y pasaría a formar parte del subconsciente sociocultural,
aumentado exponencialmente, de esa forma, las posibilidades que naciera un
genio capaz de crear versos y rimas antes de ser capaz de decir “mamá caca”.
Él negaba, desde luego,
cualquier conexión o culpabilidad con el crimen que se le imputaba, y, la
verdad, es que resultaba difícil imaginarse a aquel gnomo con la faca en la
mano, cortando pescuezos entre rima y rima. No obstante, algunas veces, si
algo, o alguien, le ponían mosca, sus ojos adoptaban un brillo que no acababa
de gustarme. Aquel enano pepinero casi llegó a confesarme, ya sabe la forma
de decir esas cosas en estos lugares, que sí, que él era el autor del
desaguisado. Por Dios, el diablo y la santa madona, lleve cuidado y no
permita que estos papeles caigan en malas manos, que luego igual le cuesta al
pobre hombre un disgusto tremendo. Si se los cargó, seguro que sería por una
buena razón, pues tampoco parecía de aquellos que disfrutan haciendo ese tipo
de cosas. Un día, en plan conspiratorial, me mostró su obra magna, la
traducción de la divina Comedia de Dante, del Alcipieri, decía él muy suyo.
Era, según él, una obra para toda una vida. Llevaba en ello catorce o quince
años, y aun iba por el canto treinta y cuatro o treinta y cinco de la parte
del Infierno. Igual podía ser la del Purgatorio, a usted y a mí que más nos
da. Al parecer le quedaba trabajo para otros veinte años. Él insistía, una y
otra vez, en que aquello merecía la pena, que aquel inmenso esfuerzo
contribuiría, siquiera modestamente, a abonar el terreno donde pudieran
crecer genios futuros. Por cierto, se empeño el tío en regalarme una copia de
la traducción del primer canto y aunque, en un principio, ni siquiera me
molesté en leerlo, una noche de insomnio, no se muy bien a santo de que, la
encontré entre mis papeles y, al ver que su lectura me producía una agradable
somnolencia, me acostumbre a leerlos en las numerosas noches que pasaba en
vela. Todavía recuerdo las primeras estrofas:
A mitad del camino de la vida,
Me extravié en la temible selva oscura
Do toda virtud se halla perdida.
Era tan negra aquella espesura
Y en mi alma causó pesar tan fuerte,
Que el terror, hasta hoy, en mi perdura,
Terror solo comparable a la muerte.
Continuaré, empero, mi relato
Porque, a la postre, aquello fue una suerte.
No podría decir, de inmediato,
Porque en tal lugar me cuerpo se hacina,
Quizá por dar a la bondad mal trato.
Al pronto, me vi al pie de una colina
Ya fuera de aquel bosque angosto
Que al alma angustia cual oscura mina.
El resto no me lo sé de
memoria, pero, si usted tiene interés en conocerlo, hágamelo saber y le
enviaré una copia. También me sé de memoria un poemilla que el Manueliño
compuso durante el poco tiempo que estuvo entre nosotros, al cabo de algunos
meses lo trasladaron a Nanclares y ahora Dios sabe lo que será de él. El
poema llevaba una dedicación de su puño y letra. “A mi entrañable amigo y
compañero de fatigas Heliodoro Christophersen, genuino representante del
mestizaje de razas, culturas, tradiciones y saberes en aquel continente
gloriosamente descubierto por nuestros antepasados, esperando que estas
coplillas le sirvan de consuelo, solaz, lenitivo y alivio”. Firmado, Manuel
Figueredo Gutiérrez. Lleva, además, una elegante, aunque algo rebuscada,
rúbrica. La cosa, sin ser nada del otro mundo, tiene su aquel y dice así:
El 52
(Así, en números. Manueliño
decía que lo de poner el título en números, y no en letras, era muy
importante, verdad es que no sabría explicarlo si me preguntaran el porqué)
Hay cincuenta y dos ventanas,
Hay un patio de cemento,
Hay un cielo nublado
Hay un rumor de frío viento.
Hay cincuenta y dos almas
Que miran al firmamento.
Hay cincuenta y dos penas
Y millones de lamentos.
Hay alambres de espino,
Hay torres, muros y fosos.
Hay cincuenta y dos presos
Concentrados en el coso.
Hay soledad y recuerdo,
No hay en el sueño reposo,
Hay dolor y hay angustia
Y el de la cárcel acoso.
Viento que oyes mis penas,
Viento que vienes de lejos,
Viento frío de la noche,
No es por mí por quien me quejo,
Es por aquellos que, en casa,
Son de mis penas reflejo,
Pues con ellas yo ya juego
Cual bebe con un trebejo.
No es porque esté dedicado a
mi humilde persona, y tampoco vamos a pretender que sea el Martin Fierro,
pero, a qué tiene su aquel. Yo, al principio, solía recitarlo casi todas las
noches, me daba una cierta paz, una cierta seguridad. Al poco tiempo, sin
embargo, empezó a venirme a la mente la desencajada figura del Manueliño,
hojeando las páginas del diccionario aquel del revés, y los versos perdieron
su encanto. La palabreja final me tenía obsesionado, me preguntaba porque no
había ligado reflejo con algún vocablo más normal, yo que sé, con viejo o con
espejo, o con complejo, incuso con pendejo. ¿qué significaba aquello de
trebejo? No dudaba de la existencia de aquella palabra, tampoco el Manueliño
se la iba a inventar, pero eso de recitar algo que no sabes lo que quiere
decir me tenía mosca, me jodía todo el poema. Un día, ni corto ni perezoso y
sin ninguna falsa vergüenza, al fin y al cabo yo no me considero ningún
analfabeto pero tampoco soy un diccionario andante, se lo pregunté. Manueliño
sonrió ladinamente, me miró con ojillos de suficiencia, y me indicó que fuera
a su chabolo por la noche antes de la hora del chape. Una vez allí, agarró el
diccionario más gordo que poseía, ese de la Academia, y me mostró la
palabreja, lo que tampoco me sirvió de mucho. El trebejo ese podía significar
la tira de cosas, que si cacharro, que si instrumento, que si trasto, que si
utensilio, que si pieza de ajedrez, —aunque,
la verdad, yo nunca me he topado con alguien que llamara a un caballo o a un
alfil un trebejo, pero, en fin, si lo dice el diccionario—
que si juguete, que si diversión, que si entretenimiento, que si burla, que
si cachondeo. O sea, me quedé igual que al principio.
Usted, señoría, seguro que
convendrá conmigo en que algo que puede significar muchas cosas es casi lo
mismo que si no significara ninguna. Total, que me quedé sin saber con que
puñetas jugaba el bebé aquel. Se lo comenté al bardo gallego, este volvió a
reírse con esa risa de suficiencia y me contestó que ahí estaba la madre del
cordero, que, la propia ambigüedad de la palabra, permitía una interpretación
personal para cada lector. Precisamente, la poesía consistía en eso, en que
el poeta lanzara palabras al aire y cada cual las interpretara con su propia
idiosincrasia. Yo, la verdad, no me quedé muy convencido. Tampoco era
cuestión de discutir con el autor, quien, encima, había tenido la gentileza
de dedicarme su obra. Había otra cosa en aquella coplilla que también me
dejaba defraudado e insatisfecho, pero que jamás me hubiera atrevido a
comentárselo a Manolo. Era una auténtica chorrada, pero no podía dejar de
pensar en ella. Verá, las ventanas que dan al patio no son cincuenta y dos
sino cincuenta y seis y, pensaba yo, ese dato le quitaba veracidad y realismo
al poema, parecía que estaba hablando de otro lugar. En fin, que he llegado a
la conclusión que eso de leer poemas acerca de asuntos, lugares o autores que
te son conocidos personalmente no es una idea feliz. No me disgusta la
poesía, pero, al menos para mí, resulta mucho más atractiva y romántica si
trata sobre parajes lejanos e ignotos, descritos por personas ya fallecidas
Mi libro de poemas favoritos se titula “Los mejores poemas del hemisferio
austral” que, precisamente, me lo regaló el ínclito Manueliño, uno de cuyos
sonetos, si no recuerdo mal, incluí en una anterior misiva.
Ahora no me acuerdo a santo de
qué estábamos hablando de esta chorrada de los poemas y la poesía. Espere un
momento que consulte un par de páginas más atrás a ver si retomo el hilo. Ah,
sí, estábamos hablando de lo que me ocurrió ayer. Estaba yo tan ricamente en
el suelo fumándome el celta que había adquirido a la hora del desayuno,
—he de advertirle, a
este respecto, que mi relación sentimental con el tabaco negro es
diametralmente opuesta a la que tengo con el rubio. El negro es otro asunto,
no se siente esa ternura, ese cariño, ese arrebato, esa tristeza al perder un
ser querido, que uno siente al fumarse un Wiston o un Marlboro o un Fortuna;
El negro se fuma sin preocupación, sin mala conciencia, sin vergüenza; se
fuma con naturalidad, con simpatía, para eso son negros, no.—
cuando me vi en el más encantado, plácido, tranquilo, celeste, azul y rosa
lugar que imaginarse pueda. Era un deslizarse por encima de verdes valles
cubiertos de flores multicolores, de azules lagos de mansas aguas, para luego
adentrarse en un crepúsculo, entre rosado y añil, lleno de dulces esperanzas
y tiernos sentimientos. De pronto, noté que me ahogaba y que mi cuerpo todo
colgaba, lo mismo que lo hace un cuarto de res de los ganchos de una
carnicería. Abrí los ojos y vi a los tres negros más altos, más fuertes y más
negros del módulo, y a un moro enorme de cara carcomida por la viruela, que
me tenían atrapado por mis cuatro extremidades. Por un momento, con la mitad
de mi mente todavía en el otro mundo, pensé que me estaban arrojando a una
fosa común, una de esas que todos hemos visto en las películas de nazis y
judíos Todo a mi alrededor olía a sudor y punzante humanidad, consecuencia
natural, supongo, de lo poco que veían el agua aquellos morenos. El morazo
daba grandes voces que retumbaban en mi tímpano, aunque era incapaz de captar
su significado. Al cabo de unos segundos, me rehice un poco y pude entender
lo que decía: “Enfermero, enfermero, la leche que te parió, ¿dónde estás?”.
Sentí que volvía a la vida y que un sabor tres veces amargo, mezcla de
absenta, hiel y cicuta, subía por las paredes de mi garganta y me estallaba
en la boca. Abrí los ojos y, con muecas, guiños y movimientos mudos de los
labios, di a entender que estaba vivo, pero que si continuaban
administrándome aquella pócima pronto dejaría de estarlo. Al ver que volvía
en sí, los negros, mudos de espanto, casi me dejan caer al suelo como un
saco. Lentamente y con mucho cuidado me depositaron en el suelo, me arrastré
hasta la pared y apoyé mi espalda en ella. Mi estómago se agitaba igual que
una batidora. Temí que, en cualquier instante, por un agujero o por otro,
saliera toda aquella masa ingente de sucedáneos que había ingerido pocas
horas antes.
—¿Se
encuentra usted bien? No se preocupe, ahora mismo viene el enfermero. Es
domingo y, a estas horas, el dispensario está cerrado.
Escuché, entre sueños, la voz del curita funcionario de cuya presencia no me
había percatado hasta el momento.
—No es derecho D.
Lucas, los domingos también muere gente, se te tenía que tener un servisio de
ventekuatro horas.
Tronó la voz del morazo con su peculiar acento.
—Bueno, bueno, tampoco
en la calle se encuentra atención médica tan fácilmente en un día de asueto.
Se exculpó D. Lucas.
—Ya, pero esto no es
calle, aquí no venir voluntarios.
Terció, pausada y razonablemente, uno de los negros.
Si antes, en mi sueño, lo veía
todo nítido y diáfano, ahora, en esta pesadilla, apenas podía entender lo que
decían, y mis labios y mi garganta se negaban a obedecer las órdenes que mi
cerebro emitía. Lo peor era que cada vez sentía deseos más incontrolables de
echar fuera todo aquello que se agitaba en las paredes de mi vientre.
Al
fondo del pasillo se oyó una voz gangosa, maltratando un tango. “Si yo
tuviera un corazón, el corazón que di....” El enfermero, un sujeto alto,
fuerte, bastante entrado en carnes y con una sonrisa de conejito de la
suerte, se acercaba pausadamente, asesinando a Gardel y blandiendo un llavero
enorme.
—Qué
hay, buenos días. A ver, ¿quién esta enfermo?
Dijo,
sonriendo jovialmente.
—No
ves, oes queres jilipolas.
Le
contestó otro de los morenos, mereciendo, por ello, una mirada de reprobación
del curita.
—Venga
Walter, no digas esas cosas, por favor. Si sigues por ese camino no voy a
tener más remedio que meterte un parte.
—D.
Lucas es que no es derecho. Andan tranquilamente de paseo y este hombre puede
estar muriendo.
Apoyó
otro negro las razones de su compinche.
—No se
preocupe Lucas, la gente suele ponerse nerviosa con estas cosas. Seguramente
no será mas que un desmayo pasajero, una lipotimia o cualquier cosa así.
Puede marcharse, si le necesito ya le llamaré. —Respondió
el de los dientes salidos, sin inmutarse lo más mínimo, añadiendo a renglón
seguido.— Antes
levántenlo y métanlo en la enfermería. El hombre parece poca cosa, pero un
peso muerto es un peso muerto.
Escogió
una gran llave del manojo, la introdujo en la cerradura, le dio cinco o seis
vueltas y la cancela se abrió con un chirriante sonido que revolvió aun más
mis tripas e hizo castañear mis dientes.
Me
levantaron entre dos de ellos, agarrándome por los sobacos, y me depositaron
sobre una silla. Yo tenía unas ganas locas de ir al cagódromo, pero no había
forma que las palabras salieran de mi boca. “Maldita sea. Enfermero de culo
gordo de mierda, no voy a poder aguantar mucho más. Si me cago en esta silla
y se escurre todo por los pantalones, se van a reír de mí hasta en el Plata,
y yo me voy a cagar en tu puta madre” Este pensamiento martilleaba mi cabeza,
pero mi boca se negaba a emitirlo.
El
curita, los tres negros y el moranco se largaron. El enfermero se metió por
una puerta y volvió al poco con uno de esos aparatejos de tomar la tensión.
—Vamos,
tranquilo que no pasa nada. Seguro que has tenido una bajada de tensión.
¿Cómo la tienes normalmente?
“Diecisiete, doce”, intenté decir, pero el sonido que, finalmente, salió de
mi garganta debió de sonar algo parecido a “di coces”.
Le dio
al hinchador ese y luego miro al mamómetro o como carajo, con perdón, se diga
el chisme ese y, al verlo , casi se quedó más lívido que yo.
—Jo
macho, estás en seis cuatro. Te voy a pinchar a ver si te sube. A lo mejor es
un corte de digestión. ¿Qué has almorzado esta mañana?
Se
marchó, volvió con la jeringa, y me metió el estoque. En ese justo momento,
mis cavernas explotaron. Indiqué, lo mejor que pude, la puerta del excusado y
el hombre me ayudó hasta allí. Menos mal que llegué a tiempo, porque eché
todo lo que no había echado desde que vine al mundo y casi me ahogo del olor
infecto que salía de mi propio cuerpo. Tiré de la cadena para que aquella
peste se alejara de mí, me limpie lo mejor que pude, me subí los pantalones
sin acertar a correr la cremallera de la bragueta y corrí, es un decir,
claro, a respirar aire fresco. Me sentí desfallecer, el tío debió darse
cuenta, porque me cogió en volandas, me depositó en la camilla y volvió a
pincharme. Estuve tres minutos que si me iba o me quedaba, menos mal que, al
final, lo del matasanos pareció hacer efecto y noté que la sangre volvía a
circular por mis venas. Al cabo de algún tiempo, llegó el médico. Me propuso
tenerme bajo observación en la enfermería durante cuarenta y ocho horas,
pero, con la excusa que no tenía ni siquiera un cepillo de dientes conmigo, y
que iba a ser mucho follón conseguir que me trajeran una muda y un pijama,
conseguí que me devolvieran al módulo. Mi vuelta, un par de horas después,
fue casi la de un héroe, o quizá, y mejor dicho, la de una atracción de
feria. Ya sabe lo que es esto, aquí cualquier cosa que se sale de lo normal,
cualquier incidente, cualquier fortuna, o desgracia, que sirvan para romper
la inagotable monotonía son recibidas cual maná del desierto. Y nuestro
módulo, desde el desgraciado accidente de Ferrán, con todo el follón de
policías, inspectores, jueces y toda esa coña que trajo consigo, y que paso
de contarle por ser, precisamente, su terreno y conocerlo mejor que nadie,
había sido una balsa de aceite. D. Lucas abrió, especialmente para mí, la
verja que da acceso a la escalera por la que se sube a las celdas, y me
acompañó
hasta el chabolo, recomendándome, muy solícito, que me tumbara y descansara
durante el resto de la jornada. Tan pronto la gente subió a la hora del
chape, después del almuerzo, todo el mundo vino a visitarme. Ni que hubiera
parido trillizos. Unos me ofrecían cigarrillos, otros caramelos y otros
chocolatinas y galletas, y todos, absolutamente todos, buenos consejos. El
tómatelo con tranquilidad y paciencia, el no te cabrees que es peor, el no te
hagas mala sangre que luego ya ves lo que pasa, el come un poco más que,
aunque sea una bazofia, ya ves que el cuerpo lo necesita, y el lleva cuidado
con lo que comes que aquí todo lo que te dan está podrido y ya ves luego lo
que pasa que te da un cólico miserere, estaban a la orden del día. Hubo uno
que se empeño, sin éxito, en que bebiera un líquido entre pardo y rojizo que
traía en una botella de whisky Chivas, y que, según decía, era una mezcla
milagrosa compuesta de cantueso, ginebra, zarzaparrilla, cenizas de rabo de
sapo, pelos de coño de virgen y agua de rosas, azahar y jazmín, y que,
insistía, era capaz de levantar a un muerto. La única pega era que, al
parecer, aquel enjuague te hacia empalmarte de una manera fantástica, y ni
haciéndote cuatro pajas diarias te bajaba la cosa. Perdón, señoría, pero esas
fueron, más o menos, sus palabras. Por fin, D. Lucas consiguió meterlos a
cada uno en su celda, yo me quedé rodeado de cigarrillos, chocolatinas y un
par de trozos de salchichón; me tumbé sobre el camastro con la cabeza mirando
al techo, los brazos cruzados y las puntas de los pies más tiesas y rígidas
que unas tetas de virgen en su noche de bodas, e intenté analizar lo
ocurrido.
Mire, Señoría, a ver de que
modo se lo explico para que luego no me tachen de abigarrado, barroco y
pomposo. Le advierto, de todas maneras, que tampoco va a ser fácil hacerlo de
una forma esquemática y concisa, Esto no es un problema de álgebra, o el
informe de un forense. Me permitirá, por lo tanto, que utilice un símil, que
si bien puede que no sea considerado muy ortodoxo en ciertos círculos, es, a
mi buen saber entender y mis cortos alcances, el que considero más apropiado.
Me había sentido igual que en la primera décima de segundo, inmediatamente
después de haber echado el tercer polvo consecutivo a una hembra de bandera
durante una noche de locura. La segunda ya no, a la segunda décima de
segundo, aterrizas de nuevo y te pones a pensar en todas esas cosas en las
que pensamos los hombres después de pasar un buen rato con una hembra ajena.
Qué estará haciendo tu mujer en ese momento, si la piba con la que acabas de
hacerlo pensará, realmente, que eres el macho mejor dotado de este lado del
Missisipi, que ya debe ser muy tarde, que no habrá más remedio, uno de estos
días, que hablar con el jefe y confesarle que las ventas no marchan según lo
programado, que tampoco ha sido para tanto, a ver que se ha creído la zorra
esa, que ya habla igual que si lo tuviera a uno en sus garras, qué coño
estará haciendo tu hija mayor que se ha ido de fin de semana con unas amigas.
Todas esas cosas que se piensan en el momento justo antes de encender un
pitillo, mirar de reojo a la compañera de cama, y volver a la puta realidad.
En resumen, si tuviera que reducir aquella sensación a una fórmula matemática
la definiría así: estado eterno que se experimenta durante la primera décima
de segundo después del tercer coito.
Señoría, había sido, por fin,
un hombre feliz. Pero, ese estado de exuberante languidez, de gloriosa
contemplación, de radiante soledad de infinitos horizontes, de morbosa
dejadez, ¿tenía sentido por sí solo o, únicamente, adquiría su verdadera
dimensión desde la perspectiva del recuerdo? En otras palabras, ¿valía la
pena estar muerto, o solo se podía disfrutar de la felicidad de la muerte, si
se estaba vivo para recordarla? Me temo que todo esto se está convirtiendo en
un pequeño galimatías sin mucho sentido, en un rompecabezas donde faltan la
mitad de las piezas, pero el asunto, al menos para mí, es de suma
importancia. ¿Dónde reside, a la postre, la felicidad, en el hecho mismo, o
en su recuerdo? No creo que me esté expresando muy bien, quizá no haya
palabras para ello, puede que yo, pobre ignorante, no sepa exponerlo
adecuadamente al carecer de inteligencia suficiente, no sé. El caso es que,
estando tumbado boca arriba, mirando al techo casi en trance, algo golpeó mi
cerebro, una chispa, una luz, un rayo, y me di cuenta que si yo adquiría la
voluntad de morir, de fundir mi cuerpo con ese rayo, entre azul y naranja, de
la mañana, que inundaba mi mente de transparente tranquilidad, se cumpliría
mi destino. Mas, tan solo osaría dar, con convicción y firmeza, ese paso si
supiera que de mí quedaba un recuerdo. Si, ahí afuera, quedara alguien que
entendiera y compartiera esa marcha, al haberse fundido su mente con la mía,
y ser partícipe de ese cúmulo de sensaciones que se disfrutan al encontrarse
en medio de ese camino sin retorno. Se me ocurrió, señoría, que usted podía
ser mi recuerdo, mi testimonio, mi huella, que mi mente podía vaciarse en la
suya. Yo podría, entonces, abrirme al vacío y morir en paz.
Olvídese de lo que le dije
anoche, señoría. Compréndalo, todos tenemos nuestros momentos de debilidad,
nuestros segundos de fantasía, nuestros instantes de abandono.
Anoche, estaba
en una nube, en una alfombra mágica que volaba por el espacio estelar. Cuando
se pierde el conocimiento por causa del desánimo, la fatiga y la debilidad,
uno se encuentra sin coraje, y sin agallas, para afrontar una noche en vela,
y un incierto, por tener la certeza de lo que ocurrirá, mañana.
Afortunadamente, el enfermero de la sonrisa de roedor me proporcionó, a
última hora de la noche, una pastilla de esas que me permitió dormir
beatíficamente hasta las once de la mañana. Al parecer, D. Lucas le había
dicho a su relevo que no me despertará a la hora del recuento. Después de
dormir más de doce horas seguidas, me desperté en la languidez del mediodía,
rodeado de cigarrillos y comestibles, y el mundo me pareció otro. Las cosas
nunca parecen las mismas a la luz del día. Me duché, me aseé y, nada mas
bajar, el moro del economato me invitó a un enorme tazón de café con leche
acompañado de un bollo de chocolate y, más tarde, el negro que cuida del
comedor me regaló un bote de mermelada, ¡verdadera mermelada!, casi entero.
Para colmo de dichas, Hassan, esa gran persona, sacó, de ese gran bolso que
siempre lleva consigo, un cartón de Marlboro y me lo ofreció con su mejor
sonrisa. ¡Figúrese!, doce paquetes enteros, doscientos cuarenta cigarrillos,
casi dos mil cuatrocientas caladas. Todavía no me he atrevido a abrir ni un
solo paquete, no quiero dilapidar mi tesoro. Hoy, señoría, la vida tiene otro
color, otra dimensión, otro sentido. Figúrese, debajo de mi almohada hay
suficiente acopio de tabaco para los próximos tres meses. Tres meses !Toda
una eternidad!. Una eternidad sin tener que mendigar una calada, sin tener
que soportar conversaciones babosas en las que tus bienhechores desgranan sus
estúpidas quejas y sus monótonas desgracias. Tres meses sin sentirme un
asesino cada vez que enciendo un pitillo de tabaco rubio. No vaya a pensar,
señoría, que soy tan bobo, tan memo, o tan simple, para no darme cuenta de la
temporalidad de mi situación. Sé que, cuando tan solo me resten dos o tres
paquetes, comenzaran de nuevo mis angustias, mis obsesiones y fobias, pero,
¿quién quiere pensar ahora en ello? La vida es presente, la vida es ahora,
hoy, este minuto, este segundo, este instante. Nadie puede asegurarnos el
próximo. Uno se va cuando se va, y punto. Dar vueltas y vueltas sobre ese
tema no nos lleva a ninguna parte, ni siquiera a la muerte. No hay nada más
que unas ganas de vivir pequeñas, caseras, prosaicas y superficiales, basadas
en vanas esperanzas e ilusiones que, consideradas individualmente, casi le
hacen a uno de reír, pero que, en su conjunto, te hacen olvidar la muerte. La
esperanza de que el moro del economato te vuelva a invitar a café y bollos,
la ilusión de que el enfermero roedor vuelva a administrarte un somnífero, la
fantasía de que Hassan vuelva a obsequiarte con un cartón de tabaco, la fe
que, de aquí a unos días, la gente siga recordando tu percance, siga siendo
amable contigo y continué invitándote a bocadillos de jamón y coca colas.
Para qué pensar que, quizá, dentro de nada, mañana mismo, ya no seré la
vedette del módulo, nadie mencionara mi nombre; y, dentro de pocos meses,
tendré que volver a mendigar tabaco, a ahorrar y sisar peras y manzanas para
su trueque en briznas de hojas secas, a sufrir insomnio, desazón y desespero,
y a contemplar, desde detrás de los barrotes de la ventana, las luces del
alba fundirse en los reflectores del patio, pensando cuan estúpido fui por no
haber tenido el valor de haberme marchado al otro barrio cuando me lo
pusieron a huevo. Es muy posible que todo acabe así, pero, de momento, no
quiero, me niego, a mirar hacía adelante o hacia atrás. Estoy dispuesto, mal
que luego me pese, a disfrutar del presente.
Seguro que usted no la conoce
señoría, pero, por alguna razón que ignoro, pues no posee, precisamente, un
vocabulario digno de repetirse ante señoras, en el tomo ese de “Las mil
mejores poesías del Hemisferio Austral” se incluye esta que creo nos viene al
pelo:
Si te dicen que la muerte
Es cosa horrible y fatal,
No hagas caso del carcamal
Y dile con voz bien fuerte:
Ser comido por gusano
Puede que sea nefasto
Para quien hace gran gasto
En lo que evacua el ano.
Para aquel que en la barriga
No tiene otro alimento
Que el hambre, la fatiga,
El sudor, sed y lamento,
De tal forma que el ojete
Puede pasar el infierno
De estar un tiempo eterno
Sin pasar por el retrete.
Seguro que a ese el deceso
No causa dolor y llanto,
Sino que entona un canto
Cuando deja de estar preso.
Quede usted con Dios.
EXPOSICIÓN V
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