
MORIRTURI
por Francisco Peiró
(Novela epistolar)
III
Alcalá Meco 28 de Noviembre de
1.994
Muy distinguido Señor:
La compañía por estos pagos,
aunque variopinta a primera vista, es, en realidad, muy uniforme. Aquellos a
los que la justicia condena son aquellos a los que la sociedad ignora. Esta
es, y su señoría bien lo sabe, máxima muy cierta que, cual todo principio,
tiene sus reglamentadas y debidas excepciones. A veces, entre los grandes y
poderosos, se producen ciertas disensiones, desacuerdos, desavenencias o
disputas que llevan a alguno de ellos a dar con sus huesos en la cárcel. Es,
según dicen, un claro signo del progreso de los tiempos. Antaño, según
parece, el destino de tales potentados caídos en desgracia solía ser el
patíbulo o, al menos, el destierro. Permítame, señoría, que, con el debido
respeto, ponga en duda la bondad de tales adelantos, fruto, sin duda, de la
tendencia egalitaria de los tiempos que corren. Por el trance de la muerte,
tarde o temprano, hemos de pasar todos y cada uno de nosotros, no siendo, por
ello, signo de deshonor o bajeza alguna adelantar en unos pocos meses, o
años, su advenimiento. Por el contrario, ser enviado al trullo, lleva
implícito el estigma inequívoco que supone pasar a formar parte de la ralea
de los olvidados por el mundo. En fin, doctores tiene la iglesia, siendo, sin
duda, usted uno de los más preclaros. Pero, mucho me temo que una sociedad
que humilla de tal manera a sus más conspicuos miembros, negándoles la
posibilidad de un final digno y honroso, puede que tenga los días contados.
No cabe la menor duda, por otra parte, que un suceso de esa naturaleza es
siempre bienvenido por los internos “naturales” de los centros
penitenciarios. No porque deseen, de manera especial, el mal del prójimo, sus
inclinaciones a ese respecto son muy semejantes a las del resto de los
mortales, sino porque para ellos tal evento es motivo de singular solaz,
regocijo, disfrute y contento, al contribuir sobremanera a romper la letal
monotonía de sus vidas. Circunstancia esta que, con mucho, es la principal
inconveniencia, incomodo, molestia y dificultad que ha de sufrirse en nuestro
singular estado. Es esto opinión avalada por los más expertos tratadistas en
la materia, y no creo que valga la pena insistir sobre ello. Desgraciada e
ineluctablemente, lo que para los huéspedes asiduos a estos establecimientos
es tan solo un inocuo motivo de esparcimiento, novedad y juego, para el gran
prohombre, poco acostumbrado a estos avatares, suele convertirse en fuente
inagotable de escarnio, angustia, dolor y pesadumbre. Y no es que las
cárceles de este país sean, en modo alguno, ejemplo y modelo preclaro de
crueldad, dureza o desatino; no es ese, creo yo, el caso. En realidad, no
teniendo experiencia previa sobre esta modalidad de hospedaje, no puedo,
apriore, establecer una justa comparación entre los establecimientos que en
este país he visitado y los de otros lugares del planeta. Pero, por lo que
cuentan otros, que sí han sido huéspedes habituales de numerosos
establecimientos extranjeros, los de esta tierra son, a pesar de sus muchas
deficiencias, de lo mejorcito que se encuentra en el mercado. Huelga, por
descontado, el más somero cotejo con los de aquellos países que, aquí, suelen
denominarse del tercer mundo, seguramente porque rima con inmundo. De sobra
son conocidas las condiciones extremas que tienen que soportar los
presidiarios del cono sur, el Magreb o el Medio y Lejano Oriente, aunque, a
veces, la fértil imaginación de sus residentes los haga aparecer aun más
apocalípticos. Lo que sí puedo decirle que ha causado en mí una cierta
extrañeza, son algunos relatos esporádicos, por parte de extranjeros y
nacionales que han disfrutado de la hospitalidad de estas instituciones
allende el Pirineo. Todos, sin excepción, coinciden en que las cárceles
norteñas son mucho más duras, estrictas, severas e inaccesibles que sus
homólogas celtibéricas. Por ejemplo, las facilidades sanitarias suelen ser
inferiores, estando, en muchos casos, el uso de los lavabos estrictamente
controlado; la vigilancia es harto estricta, y las amenazas y coacciones por
parte de los funcionarios son todavía moneda corriente en muchos lugares de
Europa. En cuanto a las horas dedicadas a la diversión, el asueto y el
esparcimiento, nada tienen que envidiar las nuestras a las más
septentrionales. Por no mencionar las liberalidades que aquí se disfrutan,
aunque desgraciadamente yo no pueda beneficiarme de ellas, con personas del
sexo opuesto, lo que a cualquiera que haya experimentado con cárceles sajonas
o teutónicas parece cosa de ensueño. Siendo también causa de asombro, la
enorme liberalidad dispensada al comercio, uso y disfrute de la nieve, la
jeringa y el canuto.
Permítame ahora, señoría, una
pequeña digresión. Ya nos conocemos desde hace tiempo y tengo, por tanto, la
suficiente confianza para formularle una pregunta que quizás a otro pudiera
parecerle ridícula, o banal e infantil, pero que usted, conociendo mi caso,
comprenderá fácilmente porque la formulo. ¿Cree usted que puedan existir
personas que atraigan la mala suerte? Dicho en otras palabras ¿Cree que la
figura del gafe sea algo más que una mera especulación popular, fruto de la
proverbial ignorancia de las gentes? Recuerdo haber leído, en alguna parte,
que en el antiguo Egipto existían personas que poseían el don natural de, con
su sola presencia, parar las hemorragias producidas por las trepanaciones y
otras operaciones quirúrgicas. Por qué, siguiendo ese razonamiento, no va a
ser posible la existencia de su opuesto, es decir, de aquel que, con su sola
presencia, provoca desgracias y desventuras. Ya sé que a ustedes, los
intelectuales del mundo desarrollado, todo aquello que esté fuera de la
órbita de los cinco sentidos naturales les parece pura superchería infantil,
propia de salvajes, analfabetos, y viejas campesinas embaucadoras. Ojalá no
se vea nunca bajo el maleficio de un brujo haitiano, un palero cubano o un
hechicero venezolano. Y, de momento, no le digo más, que luego me acusan de
retórico, anacrónico, barroco, repetitivo, altisonante, afectado y no sé
cuantas otras injurias, infamias y supercherías.
Hace unos tres
meses, poco antes de enviarle mi última misiva que confío, perdón, estoy
seguro, fue a parar directamente al cesto de los papeles, apareció por aquí
un individuo extraño. Aparentaba unos cincuenta y pico de años, aunque él
pretendía tener algunos menos; más bien alto, un tanto rechoncho, y exhibía
abundante pelo entrecano. En la cara podía distinguirse unos pequeños ojos
color avellana, una nariz un tanto aguileña, una boca carnosa y una mandíbula
prominente. Vestía pantalones grises de pana, fuertes botas de cuero, camisa
de franela y una gruesa rebeca de color azul oscuro. Recuerdo de forma tan
precisa su indumentaria porque fue lo primero que me chocó de su persona.
Eran unas prendas gastadas y viejas pero, indudablemente, de marca, y
llevadas con una cierta distinción y aplomo, lo que le hacía sobresalir, aun
más, en medio del usual enjambre de niñatos veinteañeros cubiertos por
chándales multicolores, y calzados con zapatillas deportivas, quienes, en
esos momentos, se agolpaban en el comedor ante los carritos del condumio. Al
punto, se cruzaron nuestras miradas, aunque él, quizás molesto, confuso y
alarmado por mi inquisitiva contemplación, bajó inmediatamente la suya. El
individuo en cuestión, aguardó pacientemente a que el vociferante grupo de
jóvenes hubiera arramblado con lo mejor del insípido yantar, y alargó
tímidamente su plato, para que el chaval que distribuía la comida le
sirviera. Sosteniendo torpemente un recipiente en cada mano, alzó la vista
con el objetivo de identificar un lugar, entre los bancos, donde poder
ubicarse, y al ver un espacio vacío, justo enfrente del mío, se dirigió hacia
él. Al llegar me preguntó, con voz entrecortada, si aquel sitio estaba libre;
asentí con la cabeza, añadiendo, a continuación, que el sitio era todo suyo
pues, precisamente, el que ocupaba aquel lugar se había marchado en libertad
aquella misma mañana. El buen hombre se sentó en su porción de banco y comió,
lenta y sosegadamente, sin apenas levantar los ojos del plato. De vez en
cuando, yo le echaba una mirada a hurtadillas, acechando la oportunidad de
intercambiar unas palabras. Pero, cada vez que aquel sujeto levantaba la
vista, procuraba mirar hacia otro lado. Tan pronto terminó su yantar se
levantó, lavó sus escudillas en el fregadero y salió del comedor más deprisa
que un alma en pena. Por más que lo intenté, durante los tres o cuatro días
siguientes, no tuve la más mínima oportunidad de hablar con él. Por las
mañanas, recién afeitado y duchado, solía adquirir en el economato un café y
un bollo que sorbía y comía de pie, mirando tristemente el patio a través de
los barrotes de la ventana. A continuación, en idéntica postura, sacaba de
sus bolsillos un paquete de Marlboro y un mechero y se fumaba, con gran
naturalidad, un par de pitillos. Tan pronto el funcionario abría el patio se
dirigía hacia él, dedicándose durante la hora siguiente a circunvalar
aquellos escasos metros cuadrados con una velocidad y agilidad sorprendentes.
Al finalizar el paseo, se dirigía al salón, se colocaba los auriculares de un
transistor, abría un libro y se enfrascaba en su lectura hasta la hora del
almuerzo, que ingería, frente a mí, con tal concentración y silencio que no
había manera de sacarle una palabra. Por las tardes, una vez finalizada la
hora de la siesta, volvía a repetir el matutino paseo, para después, aislado
por su transistor, seguir leyendo hasta la hora de la cena que realizaba,
igualmente, en el más absoluto de los silencios. Yo acechaba constantemente
la oportunidad de entablar conversación con él, no solo porque quería
averiguar la identidad de tan misterioso personaje, sino porque ardía en
deseos de encontrar una excusa para poderle sacar un par de esos Marlboros,
que el tipo parecía consumir con tanta liberalidad e indiferencia. Yo, por el
contrario, había días en que no podía agenciarme ni siquiera una colilla de
Celtas. Tenía la firme certeza que, si alcanzaba a encontrar una excusa para
entablar relación, el caballero podía constituirse en una fuente inagotable
de suministro. Es más, tenía la corazonada que él no me exigiría a cambio que
me sentara a su vera para lanzarme, en interminable y repetitiva parrafada,
una extensa descripción de sus cuitas, problemas, injusticias y sinsabores.
Aunque, a decir verdad, tampoco me hubiera importado saber sobre su vida y
milagros, por primera vez en mucho tiempo alguien excitaba mi curiosidad. Un
día, mediada la tarde, jugaba yo una desganada partida de ajedrez con uno de
los contertulios, cuando observé que uno de los peores sujetos del módulo, un
pibe de unos treinta años, alto, enteco, de larga cabellera grasienta y
lacia, ojos hundidos, dientes picados, barba eternamente a medio afeitar, y
arropado siempre con el mismo chandal verdegualda salpicado de lamparones y
zurcidos, se había instalado en cuclillas frente al caballero en cuestión y
no hacía más que darle al pico. El caballero le escuchaba en silencio,
mostrando en su semblante una educada y civil expresión de desagrado, cosa
que el pibe parecía ignorar en absoluto. El crío, Menéndez de apellido y
Rafael de nombre, pero más conocido por estos pagos por el Setas era, y es,
aparte de un adicto crónico, uno de nuestros mayores gorrones, especializado
en la técnica llamada de la paliza. Técnica que consiste en acosar a la presa
poniendo una cara doliente, compungida y atribulada, para después machacarla,
durante horas y horas, con el relato, verídico o fantástico, que igual da, de
toda clase de penas, desgracias y calamidades, hasta que la víctima, con tal
de perderle de vista, acaba por acceder a los deseos del depredador. Es truco
universalmente conocido, no obstante, puesto en práctica con el ingenio
adecuado, suele ser bastante efectivo. Por supuesto, para que se vea coronado
por el éxito hay que carecer, por completo, de vergüenza, reparo, recato o
pudor alguno, razón por la que tales mañas quedan casi exclusivamente
reservadas, al menos por estos lares, a nuestros más furibundos, rastreros y
desvergonzados yonkis. La víctima ideal es el interno primerizo de algunos
posibles, y no conectado al mundo de la droga. Obviamente, en estos lugares,
esa especie escasea más que los políticos honestos o los banqueros honrados
en la vida de ahí afuera, por lo que los drogatas más desesperados suelen
intentar el truco hasta con los recién llegados de aspecto más patibulario.
Hay que reconocer, cual ya apunté, que el Setas era un verdadero experto en
el juego, un verdadero genio, un eximio artista, corriendo el rumor, sin duda
apócrifo, que en más de una ocasión, a base de tenacidad y labia, había
conseguido que un veterano en horas bajas le proveyera de tabaco, parné y
polvo. A mí, sin ir más lejos, me había sacado en menos de un año, tres
celtas, un par de cafés y veinte duros que, aunque a su señoría le parezca
poca cosa, le aseguro no es fútil hazaña. A pesar que el ruido de la
televisión, los alaridos de los jugadores de parchís y el estrépito de las
fichas de dominó al ser catapultadas sobre las mesas, me impedía oír una
palabra de lo que el taimado Setas murmuraba, podía, en mi mente, reproducir
al pie de la letra, la indignación y la furia ahogando mi pecho, las palabras
que, con voz plañidera, resignada y doliente, el pérfido Menéndez desgranaba
al oído del incauto caballero.
—Buenas,
qué tal. Perdone que le moleste, ¿Puedo interrumpirle un momento? No es
mi intención darle molestias, sabe, pero, si no le molesta, voy a
decirle una cosa ¿No le molestara, verdad?
A esto el caballero, siendo de
buena cuna, no tenía más remedio que responder cualquier manida cortesía, con
lo que el Setas proseguiría su avance.
—¿Usted,
por un casual, no se llamara Menéndez, ni tendrá parientes en la Puebla de
Sanabria, verdad?
—No,
¿por qué? Era la obligada respuesta a esa apertura, con lo que el de los
hongos en los pinreles, pues de ahí provenía su apodo, movía la siguiente
pieza.
—No,
por nada. —Ahí,
en ese punto exacto, venía un estudiado y respetuoso silencio de un par de
minutos, durante el cual el amigo Setas haría el ademán de estudiar, a
hurtadillas y con todo candor y respeto, los rasgos faciales de su
interlocutor. Y, una vez había observado en ellos signos suficientes de
desconcierto o sorpresa, y aun irritación, que era, más o menos, por donde
debían de ir en ese momento las cosas a juzgar por la expresión del
caballero, nuestro hábil embaucador movería de nuevo sus peones. —Perdone
que le mire así. No se habrá ofendido, eh. Es que, bueno, qué quiere que le
diga. Verá,
es que las acciones de su cara, ¿Cómo se dice? Las facciones, no. —El
hacerse más ignorante de lo que realmente se es suele ser, según los
entendidos en la materia, un ardid muy efectivo que inspira, a la incauta
víctima, confianza y ternura a la vez. —Bueno,
eso. Verá y, por favor no se me ofenda, eh. Joder, qué quiere que le diga, es
que aquí los colegas suelen ser muy ostensibles, ya sabe, muy quisquillosos.
Aquí la gente no tiene educación y enseguida la toman con uno, hay que estar
muy al loro de lo que se larga, Ya sabe, no. —Otro
estudiado y servil silencio, durante el cual, con cuidado descaro, el Setas
pretende haber sido deslumbrado por las facciones de su interlocutor. —Oiga
colega, bueno, perdón por lo de colega, ya sabe, la costumbre, no. De verdad
no le va a importar si le digo una cosa...
Bueno, si le importa, dígamelo, y en paz, que le vamos a hacer, pero le
aseguro que se lo digo con todo el respeto del mundo. Yo tengo mucho respeto
a las personas de edad, sabe.
—No,
Hombre no. Di, di lo que sea.
Es la respuesta obligada.
—Verá
usted y, por favor, no se me ofenda, eh. En fin, se lo diré, pero que conste
que yo no quiero ofender. Verá, mi viejo la palmó hace tres meses y estos
cabrones no me dejaron ir al entierro. Ya sabe, aquí le tratan aquí a uno
igual que a un animal. Mi viejo no era mal tío, empinaba lo suyo, claro, y
pegaba unas ostias de la leche, eso sí, pero no era un mal tipo. Somos siete
en la familia, entre hermanos y hermanas, y tres estamos en esto, quiero
decir, aquí, ya me entiende, dos pibes y una de las pibas, de las chavalas,
la que va antes que yo, pues eso. Pero el resto le juro que son buena gente,
y yo ya lo he dejado. Le juro por mi madre que no lo volveré a tocar, tan
pronto me largue de aquí me iré al curro con mi hermano mayor que es capataz
de una obra, a ese lo de currar se le da de puta madre. Es por la parienta,
sabe. Tenemos dos criaturas, dos cabroncetes preciosos, dabute tío. La
parienta curra en lo de la limpieza del metro, está un poco desgastada la
tipa, ya sabe, un poco escurrimía y eso, pero todavía hace su papel, ya sabe.
Lo de mi viejo me fastidió
cantidad, una cabronada lo del entierro, son unos hijos de puta, dicen que si
por no tener buena conducta y eso, yo que coño sé. Tres hijos en el trullo, y
una piba en la Ballesta, y mi hermano el pequeño que ya durará poco, muy
fuerte, la reostia tío. Toda la vida barriendo las mierdas de las calles, las
cagadas de los chuchos de los señoritos,
bueno, perdón, ya sabe, para después morirse como un perro sin que sus hijos
puedan ir al selepio o como coño se diga eso. Pero, le juro por mis muertos,
que en cuanto salga de aquí voy a ir al curre y con los primeros talegos que
saque me voy a agenciar, ¿cómo se dice eso?, eso, una lápida de esas de puta
madre, de esas bien guai, y se la voy a poner al viejo para que vean que su
hijo también tiene cojones. Y, por la madre que me parió, que voy a tratar a
la Faustina como está mandao, vaya que sí, por mis cojones. —Llegado
este punto la voz entrecortada y rota del Setas, sus ojos ligeramente acuosos
y su semblante magistralmente cariacontecido, ya han logrado despertar la
curiosidad del oyente más experto y calloso. Podía ver, por la cara que ponía
el caballero y por el libro cerrado sobre su regazo, que la infame serpiente
ya había logrado captar su atención. Y ahora, una vez realizada la apertura y
situadas hábilmente las piezas sobre el tablero, venía, a continuación, la
jugada maestra. —No se me vaya a ofender, eh, a usted se le ve que es todo un
señor. ¿Cómo le diría? ¡Ostias! Yo soy un don nadie, un paleto, un perdido,
un drogata. No, eso ya no. Le juro por mi madre, mis hijos y la tumba de mi
padre que eso ya no, nunca, jamás, kaput, finito. Se lo digo de verdad, que
sí, que me muera ahora mismo, que no vea más a mi madre, mi parienta y mis
pibes si estoy mintiendo. ¡Me cago en la leche de Dios! Que sí hombre que sí,
que yo ya he terminado con eso, me cago en la puta. Cómo he podido ser tan
burro, tan ciego tan cabrón. Mi padre no tenía donde caerse muerto, me cago
en to, pero era un tío honrao, un hombre cabal, a su manera, un señor. Mala
leche sí que tenía sí y te arreaba unos mamporros de no te menees, eso
también, pero es que nos los merecíamos. Sabe usted, nosotros nacimos en
Leganés, pero nos criamos en Entrevías, así que cómo coño quería que
saliéramos. Mi viejo no, mi viejo nació y se crió en La Puebla, como decía
él, un serrano criado entre montes, vacas y prados, y había acabado en Madrid
por algunos líos de familia, ya sabe, herencias y todos esos follones de los
pueblos. Aquí se casó con mi vieja que era de Torreperojil, provincia de
Jaén. Sacó plaza de basurero municipal con concurso y oposición, no se vaya
usted a creer, y ahí la jodió. Porque, a ver quien se pira otra vez a las
montañas con siete churumbeles. Mi viejo era un tipo honrado a carta cabal,
muy pocas veces vi a mi madre con los ojos a la funerala, no como otros, yo
sin ir más lejos, que le sacuden a la parienta en cuanto se han tomao dos
copas. A nosotros sí, a nosotros nos hostiaba a menudo, vaya zurras que nos
endilgaba. Figúrese, siete en una casa de dos dormitorios; había que imponer
algo de indisciplina, sino aquello podía ser la reostia, y más como éramos
nosotros. Eso sí, jamás hubo gaitas de niños mimados ni nada de toda esa
coña. Allí cobraban igual los pibes que las pibas, los grandes y los chicos.
Un tío legal era mi padre. Mire, no se me ofenda, eh, pero desde el primer
día que llegó le he estado mirando, perdone, eh. Mire, es que usted, bueno
ostia, no se lo tome a mal señor, es que usted me recuerda mucho a mi viejo.
El mismo, el mismo,
...el mismo potre, ¿se dice
así, no? distinguido, el mismo aire de persona seria y formal. En fin, yo no
lo puedo evitar, que quiere que le diga, desde que le vi entrar me dije,
joder como me recuerda a mi viejo el caballero ese y, desde entonces, que
quería hablar con uste, sabe. Yo no soy gran cosa, soy una mierda para que
nos vamos a engañar, pero echo mucho en falta al viejo, un padre es un padre,
no. Aquí no se puede tener una conversación seria con nadie, todos son unos
putos quinquis, marginados, como dice el cura ese, y usted es un señor como
mi viejo muy cabal, muy legal, muy serio. ¿No le importa, verdad?
Llegado este punto, el
Menéndez volvía a exhibir uno de sus solemnes silencios, ponía una magistral
cara de cordero degollado, de profundo arrepentimiento, de miseria, de dolor
y de marginación, al tiempo que miraba fijamente, no a su interlocutor, sino
al pitillo que se estaba fumando.
Usted ya habrá adivinado que
era más que dudoso que el Setas hubiera sabido jamás quien había sido su
padre. Si su hermana, si es que la tenía, era o no una ramera es cosa que
ignoro. Lo que sí parece ser cierto, por la pinta que dicen que traía cuando
venía a verle, era que la que
hacía el recorrido de la
Ballesta y calles adyacentes era su parienta, quien, de todos modos, debía de
ser una buena mujer, pues le entregaba todas las semanas los ocho talegos
correspondientes, aparte de abundante condumio cada quince días, que es
cuanto permite el reglamento; y, cada treinta días, según mandan los cánones,
disfrutaba con él de un vías a vis íntimo. Ni que decir tiene, que el de los
hongos en los cascos se gastaba todos los talegos y el guiri en comprar polvo
y chocolate y, dado que aquello era a todas luces insuficiente para sus
necesidades, andaba siempre con trampas, deudas y broncas, hasta el punto que
si pudiera haber vendido el vías a vis íntimo a un colega, para así adquirir
más mierda, seguro que lo habría hecho. A su misma madre hubiera vendido, el
muy cabrón, con tal de conseguir un gramo de buen género, no habiéndosele
pasado jamás por la imaginación, ni siquiera por una décima de segundo, lo de
meterse en dique seco. Pero, a qué padre de familia de mediana edad, lejos de
su esposa, hijos y familiares más queridos, no le agrada y alaba que su
semblante y su porte evoque, en la mente de un pobre joven descarriado, la
efigie del progenitor cuya muerte reciente aun está velando. Es esto de la
vanidad, y perdone la digresión, señoría, pero no creo que se me pueda acusar
de retórico, rimbombante o retorcido, al igual que, en su día, lo hizo aquel
obispo episcopaliano, por hacer, en contadas ocasiones, un comentario al
margen. Es esto de la vanidad, decía, algo de lo que no se libra nadie, sean
niños, viejos, mujeres, varones, sabios, tontos, guapos o feos. Fíjese usted
bien, señoría, si usted le dice a un desconocido que es feo, lenguaraz y
maleducado, el hombre, sin duda, tomará gran molestia, y es posible que hasta
recurra a la agresión física. Pero, si le dice que es el más feo, lenguaraz y
maleducado de todo el orbe y sus aledaños, que tiene la más horripilante
figura y las maneras más descorteses que nadie tuvo jamás sobre la tierra, ni
jamás volverá a tener, tenga por cierto que el tal sujeto, al menos en su
fuero interno, y puede que en el externo, no dejará de sentirse alabado,
aplaudido y honrado. Porque el hombre, mucho más que la belleza, la bondad,
la virtud o la verdad, lo que persigue es la singularidad de su existencia y,
en el fondo, le importa un carajo si para ello se hace necesario exceler en
la maldad, la fealdad, el vicio o la torpeza. Es más, estoy firmemente
convencido que lo malo nos atrae más que lo bueno, siempre, claro está, que
nadie nos supere en ello.
El caballero, aunque,
obviamente poco ducho en las leyes, lides, usos y costumbres del trullo,
tampoco tenía aspecto de ser ningún completo gilipollas, por lo que no podía
afirmarse con total rotundidad que se estuviera tragando, en su totalidad, la
sarta de embustes con los que el Setas le estaba obsequiando. Yo casi podía
leer la duda y la ofuscación en sus ojos. “Hombre”, pensaría, “eso de que
este chaval se va a quitar de la droga debe ser un cuento para sacarme la
pasta, eso se ve hasta en las películas de la tele. Pero, lo del padre puede
ser verdad, uno no puede estar desnaturalizado hasta el punto de atreverse a
jugar con el fallecimiento de su propio progenitor. Además, esta pobre gente
merece el beneficio de la duda, hay que confiar en ellos, sino cómo se van a
curar. El chico no parece mala persona, un poco pesado y pegajoso sí que es,
pero perder a
un padre es algo muy duro,
todavía me acuerdo del día en que perdí al mío y eso que tampoco era una
joya”. A continuación miraría detenidamente al Setas y se diría a sí mismo
que, aunque aquel pobre diablo estaba muy estropeado, no debía de llegar a
los treinta con lo que, técnicamente, podría ser su hijo. Tampoco podía ser
muy brusco con esta gente, siempre era mejor tener amigos que enemigos, nunca
se sabe lo que puede pasar el día de mañana. Antes de que transcurriera un
solo minuto desde que el Setas cerrará la boca, el caballero echó mano al
bolsillo de su camisa, sacó el rojizo paquete y le ofreció un pitillo. El
tipo, con todo el rostro del mundo y una sonrisa de hiena, cogió un par.
—Ya
sabe, uno para después de la cena, vale.
Le diría con toda la jeta.
Le pidió fuego y, con regodeo,
casi con recochineo, le vi echar las volutas al aire, preparando, sin duda,
los últimos movimientos que precedían al jaque mate.
Le juro que, al verle fumar
aquel Marlboro con tal delectación, se me llevaron todos los diablos, y a
punto estuve de levantarme, ir hacia él y estrellarle el tablero de ajedrez
en toda la cabeza, pero supe contenerme a tiempo y aguardar, impaciente y con
un humor de mil demonios, el desenlace de aquella partida. La verdad es que
así no había manera de concentrarse, por lo que mi adversario ganó
fácilmente la que estábamos jugando. Antes de acabar el pitillo el Menéndez
estaba volviendo a la carga.
—De
verdad, colega, perdón, caballero que la gente que no fuma no sabe lo que se
pierde. Hombre, digo yo, hay vicios y vicios, a ver si se me entiende. Cómo
no me va entender si a usted se le ve un hombre tan inteligente, un señor con
estudios, o no, o me equivoco. Yo no quiero meterme donde no me llaman, eso
si que no, aquí cada uno está por lo que está y punto, como si los de afuera
fueran mejores, vamos, no te jode. Como digo yo, si aquí nos dieran un
paquete todas las mañanas y pudiéramos mojar todas las noches, usted ya me
entiende, la cosa no estaría tan mal. Tampoco es que me fuera a correr de
gusto, ya me entiende, no. Yo es que de los últimos diez años he pasado siete
en el trullo este, sabe, y eso de no poder meterla, en fin, uno lo lleva muy
mal, uno es joven, no. Ya sé que soy un desastre, una desgracia, una
calamidad, pero le juro que, desde lo de mi viejo, he decido reformarme, le
juro que no he catao na, vamos que ni he mirao la mercancía, que la espiche
ahora mismo si lo que digo no es verdad, ¡rehostia!, que se vuelvan maricones
mis dos chavalillos, que se muera mi madre ahora mismito. Lo que pasa,
sabe…Joder es que usted se parece cantidad a mi viejo, perdone, eh. Joder ya
me estoy poniendo pesado con la coña esa, verdad, perdone, eh, perdone.
Bueno, vamos a dejarlo estar, pero que conste que se lo digo de corazón, sin
maldad, cuando le miro a usted no hago más que pensar en él, de veras. Oiga,
de verdad, no se ofenderá usted por eso, por favor, dígamelo. Lo que pasa es
que, como por aquí no vienen muchos caballeros como usted, uno ni se acuerda
de los buenos modales. Pero, oiga, a mí no me importa, de verdad. ¿No se
ofenderá por lo de mi padre? Dígamelo de verdad, por favor.
—Pero
hombre, no, claro que no, por qué me iba a ofender, hasta cierto punto, es
natural.
Sería, más o menos, la
respuesta del caballero, quien ya no sabe la forma de quitarse de encima al
Setas y a su labia nefanda, aunque, por otra parte y sin querer reconocerlo,
comienza a sentirse halagado.
—De
verdad que hay días en que esto se hace muy duro. —vuelve
a la carga el cochino de los hongos. —Hay
días que uno quiere mandarlo todo a la mierda y acabar de una puta vez, me
entiende, no. Joder. Es que han sido muchos años enganchado y, además, cómo
se va a consolar uno si ni para tabaco tiene. No, le juro que no lo voy a
hacer, pero pensar, lo que se dice pensar, pues uno piensa, a ver cómo coño
lo va a evitar. Las mañanas, las mañanas son las peores. El menda se
despierta con la boca pringosa, pastosa, ya sabe, que parece que uno puede
mascarse la lengua, que uno no coordina, joder. Uno ve que el día se le viene
encima y uno coge una depre del copón. Uno cierra los ojos y sueña con un
poco de caballo, una miseria, un gramo, tan solo para olerlo, joder, una
chispa para tener algo con que empezar el día con buen pie. Coño, leche,
colega, es que es muy duro y, si al menos, uno pudiera fumarse dos o tres
pitillos antes de salir de la cama, pues hombre, joder, uno enfocaría las
cosas de otra manera, pero ni eso colega, ni eso. Joder, es que eso de
levantarse por las mañanas y no tener fuerza ni para mirarse al espejo es la
releche, no. Ya, ya, no me diga nada, ya sé que me estoy poniendo pesao.
Seguro que usted estará pensando, joder, a ver si el pelma este acaba de una
puta vez. Pero, de verdad, a qué es la releche, a qué no hay derecho. Yo soy
joven, tengo mis necesidades, qué vida tengo yo. Ya, tiene usted razón, tenía
que haberle hecho caso al viejo, pero a ver, la vida. Yo, de chaval, quería
ser maquinista de tren, de esos que tocan el pito y todo eso, pero el viejo
me decía que fuera un recogemierdas como él, que eso era un trabajo seguro,
que él tenía ahí mucho gancho, que me iba a colocar. Y a ver quién se
ilusiona con un curro como ese, a ver quién se levanta por las mañanas
pensando que toda su vida estará recogiendo basura, joder, coño, es que es
muy fuerte, no, no me joda. No, no, por favor, dígame, cómo se libra uno de
acabar hasta el culo de droga con la de camellos que hay todo el día por la
calle viviendo de puta madre. A ver, usted que es un señor inteligente, con
estudios y todo eso, a ver ¡¿cómo?!. No, no, en serio, por favor, dígame,
joder.
—No,
no, claro, visto así, pues hombre, sí.
Viene a farfullar el
intimidado interlocutor, a quien el ínclito mangui ya le está resultando
realmente pesado, aunque, al ser primerizo, no se atreve a despedirlo con
malos modales. Lo que sí está dispuesto es, siempre que sea de forma
amistosa, a hacer cualquier cosa con tal de perderlo de vista.
—Mire,
yo a usted no le conozco de nada, no vaya usted a pensar, eh. Yo soy como
soy, pero, si quiero, soy un tío legal, pero que muy legal, según para que y
con quien, claro. Tampoco uno va a ser legal con todo este atajo de manguis,
no le parece. Y, si digo que hago una cosa, hago una cosa. Yo soy, aquí donde
me ve usted, un tío cumplidor a carta cabal, y siempre pago mis deudas,
todas, hasta la última peseta. Pero comprenderá, colega, que a veces no se
puede. No es que uno no quiera y ponga toda su buena voluntad, es que no se
puede, me entiende. Mire, antes venía mi madre todas las semanas y me traía
dos o tres talegos, a veces, más. El viejo no venía nunca, tenia su orgullo,
sabe, pero yo se que le daba pasta a la vieja, me entiende. Una vez me trajo
dos de esos moraos, dos de los grandes oiga, que me caiga muerto ahora mismo
si no es verdad. ¿Me cree o no me cree? No, de verdad, oiga para mí es muy
importante tener su confianza no se crea. A que usted me cree.
—No,
hombre, sí, claro que sí. Si yo le creo, no se preocupe.
Quizás contestaría la
acorralada víctima.
Pero el Setas, a estas
alturas, ya no estaba para escuchar respuestas estúpidas. Olfateaba el
cansancio del contrincante y se aprestaba a dar la puntilla final, el jaque
mate.
—Joder
tío, me cago en la leche jodía, es que, desde que murió el viejo, a ver de
qué, ya me entiende, qué quiere que le diga. Uno tiene sus vicios que uno
también es humano. Vamos, que ya tiene uno bastante con lo que tiene para
pasarse el día sin un solo pito y un puto café. Joder, ya está bien, no,
vamos, digo yo. Le juro por la madre de mis hijos, hasta por la madre de los
suyos, oiga, ya me entiende, sin ánimo de ofender, eh, que este es el primer
pitillo que he probado en casi una semana, y del sabor del café, oiga, es que
ni me acuerdo. Mire, el del economato no es que sea mala persona, un poco
hijoputilla sí que es, pero mala persona, pues tampoco, aunque el muy
cabroncete hay que ver como se ha puesto por dos talegos que le he dejado a
deber. Oiga, y digo yo, qué son dos talegos, para qué sirven en la calle dos
billetes verdes, ni para limpiarse el culo, o no. Y el tío nada, pero que
nada de nada, el tío se ha cerrado en banda y no hay nada que hacer. Y mire
que le he jurado por mis muertos, por mis muertos y por la Santísima Virgen,
joder, que cualquier día de estos mi vieja me trae unos cuantos talegos, pero
como si nada. Mi vieja friega pisos y esas cosas, mayormente en los servicios
de los cines y todo eso, pero, con los gastos del funeral y toda esa coña, la
pobre anda bastante jodida, qué quiere que le diga. Pero el otro día me dijo
que ya estaba acabando con los plazos esos de la funeraria y que pronto se
podría ocupar de mí. Pero el colega del economato como el que oye llover,
oiga, que le doy, por lo menos, la mitad de lo que le debo o seansacabó, así
de claro, que esto son lentejas. Usted, cómo lo ve. Oiga, que yo no le pido a
usted nada, yo que coño le voy a pedir. A ver, dígame usted, yo con qué coño
de derecho voy a pedirle nada, si usted no me conoce de nada, ni yo a usted
tampoco, es un decir, vamos. Que estamos los dos en el trullo, que somos
colegas, que estamos aquí hablando, que, bueno, que conocernos sí, pero que
tampoco es pa tanto, o no. Además, hablando en plata, lo del cafelito y lo
del tabaco, pues sí, oiga, son cosas importantes, para que lo voy a negar,
son fundamentales para pasar el rato, para que uno no acabe muerto de asco,
pero, la verdad, morirse, lo que se dice morirse, uno no se muere por esas
cosas. —A continuación,
la voz del Setas, después de un brevísimo silencio, se moldea en un
balbuciente murmullo que, sin embargo, puede ser perfectamente escuchado por
la futura, y cercana, víctima. —Joder,
tío, yo no quiero contarle mis problemas, vamos, que ya está bien. Usted va a
creerse que yo soy un pesao y tampoco es eso. Únicamente, que ya no sé por
donde salir. Joder, qué quiere que le diga, usted es un señor y yo soy un
mangui, vale. Usted se marchará cualquier día de estos a su casa y yo, bueno,
en fin, a mí, a lo mejor, cualquier día me quitan de en medio. En fin,
olvídese, ya ha aguantado bastante mi rollo y a usted que le importan mis
problemas, joder, vamos, digo yo. Bueno, es igual, de perdidos al río, yo le
cuento la historia y usted hace lo que le de la gana que es muy dueño de
hacerlo, vale. Aquí la gente no es mala, vamos, mala, mala, no es. Vamos, que
si no te metes con los demás nadie se mete contigo. Usted no se preocupe,
usted dedíquese a lo suyo y verá como no le pasa nada, palabra. Pero, claro,
los que somos de aquí, pues, nos metemos en líos, ya sabe. Yo paso de
todo ese rollo de los drogatas, le juro que sí, me cago en la leche, que es
verdad, pero tengo deudas, rollos de antes, me entiende. Y las deudas son las
deudas. Oiga, eso de las deudas es sagrado, más sagrado que mentar a la
madre, o chivarse de un coleguilla, y el que no las paga puede pasarlo muy
mal, pero mal, mal. Oiga, tampoco quiero alarmarle, que no es su problema,
que coño. Pero, si mañana no les doy tres talegos lo tengo jodido. Y lo malo
es que tienen razón, a ver que vida, que hace más de dos meses que no les doy
ni un duro. Me dicen que lo del rollo del entierro de mi viejo lo tienen muy
visto y que, o apoquino los intereses de la pasta, o que me atenga a las
consecuencias. Y no tiene mala leche ni na ese cabrón, hostia,. No, no, no
está en este módulo, los de aquí son unos mandaos y harán lo que tengan que
hacer, ya sabe, el curro es el curro, y ellos también tienen que ganarse la
vida. Es mi problema, no el suyo; y si hay que sacudir a un colega o clavarle
un pincho, pues mala chorra, qué se le va a hacer. Pero, usted no se preocupe
que ya me arreglaré, usted tranquilo, eh, que aquí no pasa na.
Vi al caballero sacar tres
cartulinas verdes y entregárselas al Setas. Le juro que le hubiera rajado al
muy hijo de la gran chingada, si hubiera tenido un pincho a mano,. Le juro
que estuve tentado de levantarme, salir corriendo y arrancarle las tres
cartulinas, de mil pelas cada una, a ese guarro que infecta de hongos a todo
el módulo. Menos mal que, en ese momento, mi adversario, feliz y contento por
su fácil victoria, sacó un pitillo rubio, Winston para más señas, y me lo
ofreció. Y no iba a despreciar un pito por hacer el ridículo delante del
gilipollas ese y del incauto caballero. Si no hubiera sido por esa feliz
circunstancia hubiera armado la tremenda. Una vez hube apurado el tabaco, a
cambio del cual tuve que escuchar, pacientemente, todo un listado completo de
todos y cada uno de los agravios, quejas, lamentaciones, protestas, dolores,
gemidos y tristezas de mi adversario, este me invitó a otra partida y, a
pesar de que, fácilmente podría haberle sacado otro pitillo, rehusé, me
levanté y me fui al patio a rumiar lo mío.
Lo de ir al patio a meditar, o
a mantener una conversación privada, es costumbre muy extendida y
recomendable, siendo el único lugar medianamente tranquilo y sosegado, aparte
de la privacidad de las celdas, que hay en los módulos. A veces, ni allí se
puede estar en paz y tranquilidad, pues en cuanto hace un día medianamente
soleado y no muy frío, los pibes sacan las sillas y ponen los transistores a
todo volumen con lo que allí no hay quien pare. Afortunadamente, era una
mañana gris de otoño, creo recordar que el suelo estaba húmedo y moteado de
pequeños charcos, había llovido un poco antes del amanecer, por lo que los
pibes que solían meter bulla, jugando al balón o haciendo gimnasia, estaban
matando el tiempo en los salones o fumándose un porro en el tigre. Me metí
las manos en los bolsillos del pantalón, alcé el cuello de la cazadora, miré
al cielo encapotado y, patio arriba y abajo, me puse a pensar. No podía dejar
pasar aquella ocasión venida del cielo. Había tenido la enorme suerte de que
el caballero eligiera sentarse justo enfrente mío en el comedor y, hasta
entonces, no había sabido sacar provecho de tan feliz circunstancia, por
tanto, el verdadero imbécil, el verdadero gilipuertas, el único comemierdas,
era yo. Me lo estaban poniendo a huevo y yo ya había desperdiciado cinco
días, uno detrás del otro. No, si, en el fondo, había tenido mucha suerte. O
no era una suerte enorme que durante esos cinco días ni el Setas, ni ninguno
de esos sanguijuelas, de esos jodidos desgraciados, se hubiera acercado a él
para desplumarlo. En parte, quizá ello se debiera a que, dada su edad y su
atildado aspecto, a alguien, sin mucha sesera, se le había ocurrido propagar
el rumor que el pobre caballero era uno de la pasma, o un soplón, sin que
nadie se parara ni un minuto a pensar que sentido tenía enviar a un espía a
un lugar donde solo había cuatro pibes enganchados y un montón de negros,
sudacas y moros de poca monta. De todos modos, era sumamente extraño que
hubieran enviado a aquel caballero a nuestro módulo. La gente de categoría ,
en principio, solía ir al módulo cuatro y si, por cualquier circunstancia, en
ese momento, no había plaza le retenían en ingresos, o tránsitos, hasta que
hubiera una celda disponible. También cabía la posibilidad de que, en
realidad, no fuera nadie importante, tan solo un contable o administrador
pillado en fragrante desfalco, o un pequeño comerciante que hubiera incurrido
en una quiebra fraudulenta. Llegué a preguntarme si, bajo aquella pinta de
hombre de bien, no se escondería alguien acusado de haber cometido un delito
de violación o abuso de menores, sabido es que esas gentes, generalmente,
tienen aspecto de no haber roto jamás un plato. Tampoco aquello me cuadraba,
a esa clase de delincuentes los suelen mantener alejados de los inquietos
jóvenes, quienes son especialmente sensibles a ese tipo de actividades, y
suelen ensañarse con quienes las cometen. A lo mejor, se trataba, llana y
simplemente, de un delito de sangre, de un asesinato pasional, de un simple
accidente de tráfico. Todas aquellas posibilidades no dejaban de ser muy
remotas. Aquel sujeto, lo miraras por donde lo miraras, era un ser respetable
y acaudalado, y era obvio que jamás había pisado una cárcel anteriormente,
por lo que su presencia en el módulo nueve no tenía explicación aparente.
Quizá todo se debiera a una confusión, o a un error, de los funcionarios o
los chupatintas cosa, por otro lado, bastante corriente. De lo que no había
duda, y a la vista estaba, es que disponía de pasta en cantidad, nadie se
desprende, gratis etamore, de tres machacantes, por muy agilipollado que
esté, a no ser que tenga una pasta gansa en el banco, o donde sea. Era, por
tanto, absolutamente necesario y urgente hacer algo al respecto. Estuve
pensando y pensando hasta que chaparon el patio, luego me metí en donde lo de
la tele hasta la hora de la cena y, a pesar del ruido y del jolgorio, intenté
concentrarme. Había que encontrar una solución, tenía que establecer contacto
con el misterioso caballero.
Qué quiere que le diga, yo soy
hombre orgulloso, puede que no tenga donde caerme muerto, pero tengo mi
orgullo, mi vergüenza y mis modales...
Yo no soy un pibe de esos que por un gramo es capaz de matar a su santa
madre, que nunca mienten porque no saben distinguir la verdad de la mentira,
y a los que no se les puede acusar de hacer el mal porque nunca han visto el
bien. Yo era, y soy, un hombre consciente de mis actos, con mi orgullo, mi
vergüenza y mi dignidad. Comprenderá usted que, con todas esas limitaciones,
no se puede abordar a un desconocido así, por las buenas, no se puede llegar
y decir, buenas soy fulano de tal y usted quién es, por qué está aquí, qué se
le ha perdido por estas tierras, venga, cuénteme y, de paso, déme un paquete
de tabaco y un par de talegos.
Llegó la hora de la cena. El
caballero se sentó frente a mí, según tenía por costumbre. Se le notaba
tenso, molesto, cansado, lo cual tampoco era de extrañar visto el tercer
grado al que le había sometido el Setas. Todo ello, sin embargo, me puso
todavía más cuesta arriba el abordarle, se veía que el hombre no estaba para
bromas, ni para nuevos conocimientos y amistades. Estábamos ya al final de la
cena, en cualquier momento el sujeto se levantaría, lavaría sus platos y
cubiertos y se marcharía de allí a marchas forzadas, tal que si le
persiguiese el mismísimo diablo.
—Oiga,
perdone ¿Sería tan amable de prestarme su periódico por unos momentos, si no
le molesta?
Me quede en babia, por lo que
tardé cinco o seis segundos en reaccionar. El caballero se me quedó mirando
con un mirar confuso, pensando, sin duda que, quizá, hubiese dicho alguna
inconveniencia, o que había formulado una petición poco razonable. Miré hacia
la mesa y vi que allí, junto a mi mano, reposaba un ejemplar del día anterior
del ABC, que Hassan, el terrorista, me había prestado justo antes de ir a
cenar. Este Hassan, activista, según tengo entendido, de Hamás, o de alguna
otra organización terrorista palestina o libanesa, tampoco estoy muy seguro,
porque no tengo por costumbre meterme en la vida de los demás, es un pibe de
bandera. Culto, bien parecido, de modales exquisitos, considerado con sus
compañeros, siempre de buen humor y, sobre todo y ante todo, con incontables
fondos a su disposición. Una vez, el día de su cumpleaños, nos regaló, a
todos y cada uno de los internos de este módulo, una coca cola, un paquetito
de galletas y un paquete de Fortuna. Yo le he visto comprar, se los trae
especialmente para él Alí, el del economato central, los cartones de Winston
de tres en tres, y las latas de coca cola por paquetes de tres docenas. Lo
malo de Hassan es que, al estar bajo vigilancia intensiva, cada dos o tres
meses, lo trasladan de módulo, por lo que tan solo lo vemos muy de vez en
cuando. Al pobre lo tienen siempre de arriba para abajo, lo mismo está en el
tres que en el siete que en el nueve y, a veces, hasta le hacen darse un
garbeo por Carabanchel o Guadalajara. Por eso, por sus contactos y por la
cantidad de periódicos y revistas que lee, recibe El País, El Mundo y el ABC
todos los días, y está suscrito a revistas españolas, inglesas y árabes, no
hay cosa en el mundo, en la cárcel, o en el módulo, que se le escape. Un
servidor, por la cuenta que le tiene, procura mantener buenas relaciones con
él y, algunas veces, se acuerda de mí y me presta periódicos y revistas
atrasados, porque a uno, dentro de sus magras posibilidades, también le gusta
mantenerse informado. A mí el que más me gusta es El Mundo, porque me parece
el más imparcial, el mejor informado y el que tiene más mala leche y más
recochineo se gasta dándole caña al gobierno. Hassan, sin embargo, dice que
no es más que un panfleto amarillista y, siendo él el dueño del periódico, no
me siento con autoridad moral para llevarle la contraria. Allí estaba el
caballero pidiéndome, con la máxima cortesía y educación, que le prestara
aquel manoseado ABC, y allí estaba yo, comportándome cual si fuera un
gilipollas y sin saber que responder.
—No
faltaría más caballero, será un placer. Si lo desea, puede llevárselo a su
celda para leerlo con mayor tranquilidad. Yo ya le he echado un vistazo y
tengo más literatura arriba, no se preocupe. Por cierto, mi nombre es
Heliodoro Christophersen para servirle.
Acerté a decir, al fin, con
más o menos desenvoltura.
—Ferrán
Giner Monts, encantado.
Me contestó el caballero,
alargándome la mano por encima de la mesa.
Me quedé parado, de nuevo, en
plan comemierdas. Hacía siglos que no estrechaba la mano de nadie, a ver a
quién se la iba a estrechar en este lugar de mierda olvidado de la mano de
Dios. El caballero quedó allí, con la mano colgando en el aire, con un vago
gesto de confusión y casi de ofensa. Menos mal que, en el último segundo,
reaccioné, la cogí entre las mías y la estreche efusivamente.
—Perdone
la indiscreción. —inquirí,
—usted no es de por
aquí, quiero decir, de Madrid, verdad.
El caballero sonrió
tristemente.
—No,
realmente, no. La verdad es que no, pero ya llevo diez años viviendo en la
capital castellana. También es verdad que me desplazo a mi tierra siempre que
puedo, ya sabe, puentes, fines de semana, vacaciones y demás.
—Sacó el paquete de
Marlboro y se colocó un cigarrillo entre los labios, luego, me miró
confusamente con un vago gesto de culpabilidad.
—Perdón caballero,
¿fuma usted?
Dijo, ofreciéndome la
cajetilla.
Escogí un pitillo con la mayor
finura, tranquilidad y abandono posibles, cual si yo fumara, al menos, tres
paquetes diarios.
—Muchas
gracias, precisamente acabo de terminar el paquete y creo que ya han cerrado
el economato. —Me
ofreció fuego y, entonces, me apercibí, no sé porque no me había dado cuenta
antes, debo de estar perdiendo facultades, que el mechero era un Cartier de
oro de los de verdad. Aquel tipo era realmente un pardillo, era un verdadero
milagro que todavía conservase semejante joya, que debía valer, por lo menos,
unos cien talegos, sino doscientos. Hay gentes que por muy inteligentes que
parezcan no se enteran de nada. ¿Cómo se le había ocurrido traer una cosa así
a un sitio semejante? —Perdone,
caballero, no quiero inmiscuirme en sus asuntos, pero le advierto que no es
aconsejable exhibir una cosa así por estos andurriales.
—Ya,
ya me lo figuro, cómo no voy a figurármelo. Qué quiere que le diga. Antes de
venir aquí, bueno a Carabanchel que es donde me llevaron primero, le entregué
a mi abogado todos los objetos de valor, el reloj, la cartera con las
tarjetas de crédito, gran parte del metálico que llevaba encima , etc., etc.,
y me olvidé del mechero. No se preocupe, no tiene importancia, durará lo que
tenga que durar, más se perdió en Cuba.
—Ah,
así que no le cogieron a usted in flagrantí en el aeropuerto, ya sabe a lo
que me refiero. Perdón, no quiero ser indiscreto, en absoluto. En fin, yo
pensé, vamos que no es normal ver por aquí a una persona de... de su
categoría, vamos.
—Perdón,
cómo dice. Ah ya, se refiere usted al tráfico de estupefacientes o algo así,
supongo. No, no, en absoluto, yo nunca me he dedicado a esas cosas, aunque le
advierto que yo soy un firme partidario de la liberalización de la droga. No
por nada, sino porque lo único que se consigue con la situación actual es
aumentar la corrupción y el descontrol, no le parece.
—Por
supuesto, por supuesto, tiene usted toda la razón.
Respondí, pues ya sabe que no
tengo por costumbre contradecir a la mano que me alimenta y, en esos
momentos, en lo único en que pensaba era en la forma de sacarle otros dos
pitillos para poder disfrutarlos en la soledad de mi celda.
—Es
una vergüenza para el país ver a todos estos jóvenes, en la flor de la vida,
totalmente degenerados, sin ilusión, sin ideales, sin ambiciones. Que nos
ocurra a usted y a mí, pues, aun, qué quiere que le diga. Pero, que los
chicos de veinte o treinta años tengan mentalidad y comportamiento de señores
de sesenta es una tragedia tremenda. Así no se hace país, de verdad que no se
dónde iremos a parar si no somos capaces de parar esa terrible lacra.
—Exactamente
lo que yo pienso caballero, sí señor, exactamente. Lo de los jóvenes de hoy
es un terrible problema.
A mí, el que estos pibes
zaparrastrosos y sucios no tengan ni ilusión, ni entusiasmo, ni ambición, me
importa tres carajos. Son unos degenerados, claro que sí, por eso no valen
para maldita la cosa, por eso son lo que son, porque no saben más que darle a
la jeringa y esnifar, no te jode. A mí qué me importa este miserable país,
que le den por el culo al país, que se hunda en el cieno del Mediterráneo y
todos sus piojosos habitantes con él. Pero, ya sabe, a veces no queda más
remedio que meterse el orgullo en el bolsillo y echar palante. La verdad es
que lo de no poder expresarte libremente, lo de estar tragando quina a todas
horas por un maldito pitillo, por un apestoso café o por un sobado periódico,
es la parte más dura de todo este calvario.
—¿Lleva
usted mucho tiempo por... por aquí? Perdone, quizá ahora el indiscreto soy
yo.
—No se
preocupe, no es indiscreción alguna. —Le
contesté feliz al ver que el tío se enrrollaba. Ya sabe, siempre es mejor que
sea el otro el que lleve el peso de la conversación, así es más fácil
sonsacarle.— Llevo aquí
más de seis años. Bueno, aquí, exactamente, tres y pico, antes estuve en
Ocaña y Carabanchel. Por lo que me dice, también estuvo usted en Carabanchel,
no.
—Sí,
sí, pero ya le digo, tan solo una semana, después me trasladaron aquí, al
módulo de ingresos donde estuve cosa de diez días. Esto me gusta mucho más,
no sabe cuanto aprecio tener una celda para mí solo. La verdad que lo más
duro, hasta ahora, ha sido el tener que soportar las conversaciones nocturnas
de los compañeros de celda, y también sus ronquidos y, sobre todo, los
olores. ¡Dios qué olores! No sé que relación tendrá la droga con el agua y el
jabón, parece que esos chicos no se lavan desde el día en que entran hasta
que el día en que salen. Los funcionarios deberían tomar cartas en el asunto,
no le parece. Las duchas no son gran cosa, pero, al menos, suele haber agua
caliente. Yo no he dejado de ducharme un solo día, mantenerse limpio es algo
que ayuda a mantener la moral.
—Pues
lleve cuidado porque en este módulo hay muchos de esos jóvenes con hongos, y
ya sabe que eso se trasmite, principalmente, en las duchas.
—Ya, ya
me advirtieron en Carabanchel. Qué quiere que le diga, yo sin ducharme no soy
persona. Además, la semana pasada mi mujer me trajo unos polvos que dicen que
van muy bien para eso.
—Pues
mire, el que estaba con usted esta tarde, Menéndez, al que llaman,
precisamente, el Setas, parece ser unos de los principales trasmisores de esa
plaga.
—No me
diga, pobre hombre. No me extraña, no tiene aspecto de ser muy aseado, pero
con la vida que han llevado estas gentes tampoco se puede esperar gran cosa
de ellos, y la verdad es que nosotros tampoco hemos hecho gran cosa para
remediarlo. En algunos aspectos, me atrevería a decir que hemos contribuido a
empeorarlo. También es cierto que no se podía hacer todo en tan corto espacio
de tiempo.
—¿Se
refiere a usted y a mí?
Le
atajé sin poderlo evitar.
El
caballero sonrío de manera condescendiente.
—No,
por supuesto que no. Usted no tiene nada que ver en todo eso, y es muy
posible que yo tampoco. Sabe, yo soy un estúpido liberal que se siente
culpable de todo y a quien, en consecuencia, le culpan de todas las cosas. El
sentimiento de culpa, señor mío, presupone unos principios morales,
culturales y filosóficos sin los cuales no puede florecer. Eso es una
constante histórica, no solo a nivel individual, sino también colectivo. Ahí
tiene usted, sin ir más lejos, a los alemanes, ellos se sienten culpables
porque son gente civilizada, y los demás se aprovechan de ello. El inglés,
por el contrario, nunca se sentirá culpable del exterminio de indios,
orientales u occidentales, negros, malayos o chinos. El inglés es un pueblo
con sentido de imperio y, por tanto, bárbaro, careciendo de toda conciencia y
toda piedad y, al ser esto un hecho universalmente conocido, nadie se molesta
en acusarles ni responsabilizarles de nada, para qué.
En ese
momento llegaron los pibes de la limpieza y nos dijeron que ahuecáramos el
ala. El tiempo se nos había pasado volando. Es increíble lo que cambian las
cosas si uno puede disfrutar de la conversación de un caballero al tiempo que
se fuma un buen pitillo, el mundo parece otro.
Al día
siguiente, tan pronto me fue posible, fui donde Hassan y le rogué que me
dejara otro periódico atrasado. El moro me miró con esos ojillos inquisidores
suyos, y se rió abiertamente, felicitándome por haber ligado al caballero. Me
dijo, Hassan está siempre al corriente de todo, que el individuo en cuestión
había sido presidente de una gran empresa estatal. Hace cosa de un año y
medio, o por ahí, había sido misteriosamente cesado, sin que sus superiores
ofreciesen ninguna explicación al respecto. Hacía cosa de tres meses, una
revista había sacado algunos trapos sucios sobre su persona, a consecuencia
de lo cual le habían incoado un proceso, y habían decretado su ingreso en
prisión. Cual suele suceder, había opiniones para todos los gustos. Unos
decían que tenía más de dos mil millones en Suiza, otros que tan solo era una
tapadera del partido y que él, personalmente, no se había quedado
ni con una peseta. Había quien sugería que, precisamente, lo habían
destituido, y luego procesado, por negarse a seguir colaborando en los
chanchullos del partido y que, realmente, la cosa no iba contra él, sino
contra su jefe político a quien se quería desacreditar por vía indirecta.
Total, uno de esos galimatias políticos, con visos de culebrón venezolano,
que no hay Dios que los entienda. Seguro que, si fuese Hassan el que
estuviera escribiéndole esta misiva, se lo contaría con todo lujo de
detalles, con una pormenorizada descripción de los personajes, los motivos y
las posibles consecuencias en la política nacional. Pero supongo que a usted,
que, al igual que yo, es persona sensata, todo ese embrollo no le interesará
lo más mínimo. Hombre, qué quiere que le diga, puestos a elegir hubiera
preferido que Ferrán fuera del partido de la oposición, siempre parece que el
pertenecer al partido en el poder aumenta las posibilidades de ser culpable,
pero, a caballo regalado...
Además el tío me caía bien, a
pesar de su desprecio por el dinero y de su afición por las elucubraciones
metafísicas, se le veía un tipo con clase, vaya. Según Hassan,
hay
que ver que facilidad tiene para enterarse de todo el hombre, el educador de
ingresos, ya sabe el funcionario que decide a que módulo van los recién
llegados, estaba de vacaciones. Su sustituto le tenía una manía a los del
gobierno que no veas. Por esa razón habían acabado los huesos del caballero
entre esta caterva de manguis, drogatas, negros, moros y sudacas. Ver al
pobre Ferrán tratado sin ninguna clase de favoritismo, también contribuía a
hacerle más simpático. Aparte de que yo no hubiera desperdiciado tal mirlo
blanco, ni aunque Ferrán hubiera sido el jefe de fontaneros de la mismísima
Moncloa. El tío era una mina virgen, bueno, casi virgen, porque ya lo había
desvirgado el Setas. Tesoros de ese calibre solo se encuentran una vez en la
vida.
Por un tiempo, las cosas
fueron pura seda. Puede que, al recordarlas, parezcan mejores de lo que
realmente fueron, lo que suele suceder a menudo. Con todo y con eso, le
aseguro que fue la mejor temporada que he pasado en este cochino país. Todas
y cada una de las mañanas, quedaba invitado a café y bollo en donde el
economato. No sabe usted lo que significa comenzar el día con un vasito de
café, café, y no esa agua chirli que los pobres nos vemos obligados a tomar.
Él se tomaba uno doble con leche, y yo, para no abusar, solo un sencillo, que
sabía a gloria, lo mismo que el bollo con sucedáneo de nata y chocolate, que
al lado de ese pan correoso del día anterior que, hasta entonces, estaba
acostumbrado a tragar, sabía a mismísimo maná del cielo. Concluido el
refrigerio nos regalábamos con un par de pitillos por barba. Y, a
continuación, para hacer la digestión de tan placentero yantar, caminábamos
una hora por el patio. No es que andar sea, precisamente, mi deporte
favorito, pero un poco de ejercicio tampoco viene mal. Eso sí, concluido el
paseo, otro café y un par de pitillos más. He de confesar que el tal Giner
era un conversador amenísimo, poseía un tono de voz pausado, armónico y
reflexivo, sus maneras eran siempre educadas y graciosas, y su cultura, y
erudición, eran enciclopédicas. Música, literatura, astronomía, geografía,
matemáticas, física, deporte; no había, en verdad, tema en el que no fuera un
verdadero experto. Sus opiniones nunca eran dogmáticas, ni, por lo general,
adoptaba un excesivo protagonismo. Al contrario, gustaba de escuchar mis
argumentos y mis teorías y, aunque no estuviese de acuerdo con ellas, lo
disimulaba con tanta gracia, y tanta cortesía, que daban ganas de seguir
diciendo chorradas, solo para contemplar el buen ánimo y disposición con que
las escuchaba. A eso de las doce se recibía la prensa. Siguiendo mis
indicaciones, nos habíamos suscrito a la mayoría de los periódicos
madrileños, amén de a los principales semanarios y, al retorno de su visita
familiar semanal, venía cargado de libros y publicaciones. Así que ahí nos
tenía a los dos, leyendo los papeles cual dos príncipes, y dando caladas sin
cesar a nuestros Marlboros. Por la tarde, después de nuestro consiguiente
paseo, que, la verdad, el tío no perdonaba a no ser que estuviera diluviando,
jugábamos unas partidas de ajedrez acompañados de nuestros respectivos cafés.
El tipo era un experto en el jueguecito de marras, creo que, fácilmente,
hubiera podido ganarme sin las dos torres, pero a él no parecía importarle el
que mi juego fuera tan pobre, decía que le ayudaba a pasar el rato. Yo temía
ofenderle porque, la verdad, tengo muy mal perder. A veces, cuando ya creía
tenerlo acorralado, se escabullía, en el último segundo, y me ganaba la
partida. Entonces, sin poderlo evitar me cogía unos cabreos terribles que a
él no parecían importarle mucho. Creo que disfrutaba con aquellas pueriles
escenas; lo más que llegaba a decirme era que no fuera tan quisquilloso, que
todo era cuestión de práctica. Algunas veces se dejaba ganar, con lo que ese
día yo era el tipo más feliz del mundo. Claro que no todo eran buenos ratos,
en cuanto me descuidaba ya estaba el Setas encima del caballero, uno no podía
ni ir al lavabo. Y lo peor era que Ferrán, a pesar de la catadura de aquel
sujeto y sus evidentes intenciones de sacarle la pasta, le trataba siempre
con deferencia y simpatía, y hasta con ternura. Y no solamente al Setas, daba
un cigarrillo, o cinco duros para un café, a cualquiera que viniera a
pedírselos. Un despilfarro una locura. Un día, que yo me sentía especialmente
osado, le plantee el tema. Le dije, siempre con buenas palabras y modales
exquisitos, que, por estos pagos, el exceso de liberalidad induce al gorroneo
y al expolio y que, a la postre, al que regala sin tino ni mesura, acaban por
perderle el respeto y tomarle por tonto. Proféticas palabras las mías, a las
que, ni decir tiene, él no hizo caso alguno. Contestándome así, al tiempo que
me ofrecía un pitillo y me acercaba el mechero:
—Querido
Christophersen, probablemente, tenga usted toda la razón del mundo, para que
lo voy a negar. Es casi seguro, y puede que sin el casi, que el único
lenguaje que estos chicos entiendan sea el del látigo y la porra, y me figuro
que, más de uno, el dinero que reciba para cafés o bocadillos lo utilice para
otros fines. Pero, sabe lo qué le digo, que, en el fondo, yo no hago todo eso
por ellos, lo hago por mí. Qué quiere que le diga, desde pequeñito he sido
así, y me temo que la cosa no tenga remedio. De niño, los domingos por la
mañana, mis padres me llevaban a la iglesia vestido con mis mejores galas, y
al entrar en el recinto nos parábamos a dar limosna a los pobres que
mendigaban en la puerta.
Yo no podía evitar sentirme sumamente avergonzado; pensaba que tan solo les
estábamos devolviendo una ínfima parte de lo que les habíamos arrebatado. Y
no me pregunte por qué me sentía así, porque no sabría que decirle. En
aquellos tiempos, figúrese usted, no se leían libros avanzados, ni esa clase
de doctrina se enseñaba en los colegios, Por el contrario, la presencia de
pobres en la calle era algo cotidiano, casi natural, en realidad, formaban
parte del paisaje urbano, lo mismo que ahora los semáforos o los carteles
publicitarios. Hoy en día, todos nos avergonzamos un poco de esos
desgraciados que mendigan en las esquinas, pero, entonces, una iglesia que no
tuviera su cuadrilla de pobres se veía rebajada de categoría, pues ellos eran
el instrumento para que los píos feligreses se sintieran personas caritativas
y generosas, e hicieran meritos suficientes para ganarse el cielo. Pero yo,
ya le digo, puede que por haber sido un niño con una sensibilidad fuera de lo
normal, o por tener en el subconsciente algún recuerdo que nunca he sido
capaz de desvelar, el caso es que me siento terriblemente culpable cada vez
que la gente viene, con cara implorante, a pedirme cualquier cosa, y no
solamente limosna. Y así me ha ido en la vida. Ya ve, Christophersen, soy un
sentimental, y me ha cogido un poco viejo para ir cambiando. Admito que tiene
usted toda la razón, es más, es tanta la gente que viene a pedirme para
tabaco y café que, a veces, tengo dificultades yo mismo, y creo que no me va
a alcanzar el dinero del peculio. En fin, intentaré enmendarme, pero no se
haga demasiadas ilusiones, al fin y al cabo, tan solo se trata de dinero.
Maldito
gilipollas, se trata tan solo de dinero. Y qué otra cosa hay en el mundo
aparte del cochino dinero. La gente que no sabe apreciar el dinero no debería
poseerlo, desgraciadamente, suele ocurrir todo lo contrario. Me podría decir,
señoría, usted que, según parece, ha estudiado en Bolonia, Paris, Princenton,
Salamanca, Santiago de Chile y no sé cuantos sitios más, por qué el mundo
está hecho tan del revés. ¿Será verdad que el Supremo Hacedor tiene un
macabro sentido del humor, y gusta de reírse de nosotros, poniendo en
nuestras cabezas unas ideas, y unos principios, absolutamente inútiles a la
hora de enfrentarnos al mundo que nos rodea? Vaya usted a saber, a lo mejor
el Hacedor ese nunca nos puso ninguna idea en la cabeza y todo son
figuraciones nuestras. Lo que sí que sé es que la maldita manía de
despilfarrar sus cuartos fue lo que provocó aquella desgracia. Los chavales
comenzaron a perderle el respeto, a tomarle por el pito del sereno. Hasta que
un día, ocurrió lo que tenía que ocurrir. Dio la casualidad que, el buenazo
de Ferrán, tuvo que ir de diligencias a la plaza de Castilla, el mismo día
que tocaba cobrar el peculio, del cual dependía el bienestar de un servidor,
de él mismo y, en menor medida, de unos cuantos más. Así que, asesorados por
el funcionario correspondiente, me firmó una autorización para cobrarlo en su
nombre. El peculio suele cobrarse los jueves después del desayuno, en la
ventanilla del economáto, haciéndose cargo del pago un funcionario destinado
para tal fin. Dado que toda la caterva de drogatas, camellos, negros y moros
apenas tiene modales o educación alguna, a la hora del pago suelen agruparse
todos frente a la citada ventanilla, gritando, maldiciendo empujando y dando
codazos. Obviamente, yo no estaba dispuesto a participar en semejante
jolgorio, así que me situé a una prudente distancia, y esperé a que terminase
el revuelo. Una vez el último de aquella chusma hubo cobrado y se fueron
todos con la música a otra parte, es decir, a arreglar cuentas y a pagar
deudas atrasadas, me acerqué tranquilamente a la ventanilla, y exhibí el
documento acreditativo que me autorizaba a cobrar los haberes de Ferrán. El
funcionario, un tipo con gruesas lentes, ademanes secos, bajito, rechoncho y
bastante desagradable, así suelen ser todos los que trafican con dinero
ajeno, me dijo que lo sentía mucho. Bueno, lo que lo sentía mucho es una
figura retórica mía, lo único que dijo el muy cabrocente, y con muy malas
formas, fue que el peculio de Giner Monts ya había sido cobrado. Dicho lo
cual echó la llave a la caja metálica, donde se guardaban las cartulinas que
aquí pasan por numerario, cerró la carpeta de los recibos y papeles, y me dio
la espalda. Me quedé unos momentos en babia y, a renglón seguida, recordé que
había visto salir al Setas, de entre aquel enjambre vociferante, con la
sonrisa del ratón que se ha comido el queso. Sin pensármelo dos veces, me fui
hacia él y le pregunté, sin más preámbulos, si era él el sinvergüenza que
había tenido la cara dura de cobrar el dinero de Ferrán. Contestome, el muy
chulo hijo de puta, que claro que sí, que Ferrán era su amigo y le había
encargado que le cobrará el peculio. Me aguanté, lo mejor que pude, las ganas
de soltarle una hostia y, aprovechando que estábamos cerca de la garita del
funcionario, le grité con todas mis fuerzas, poniéndole delante de sus
narices la autorización pertinente, que, o me daba inmediatamente la pasta, o
le iba a dar una patada en los cojones. El tío cabrón, siguió haciéndose el
chulo. Me dijo, en plan macarra, que el no sabía nada de papeles, que a él le
había dicho Ferrán que cobrara, y en paz. A voz en grito, le llamé de todo,
absolutamente de todo, ladrón, comemierdas, estafador, malnacido,
sinvergüenza, caradura, yo que sé, de todo, con lo que el funcionario, el
mismo que nos había asesorado sobre lo de la autorización, no tuvo más
remedio que salir de su garita a investigar lo que pasaba. Mas, al ver que no
corría la sangre, pasó olímpicamente del tema y volvió a encerrarse en su
cubículo, lo que aprovechó el Setas para irse a jugar una partida de dominó
con sus amiguetes.
A la
hora de la comida, noté un ambiente raro. Todo el mundo parecía mirarme
acusadoramente y, al subir a los chabolos a la hora de la siesta, Hassan me
susurró en la escalera que tuviera cuidado, que no armara tanta bulla, que no
acusara a la gente de ladrona delante de los funcionarios, que esas cosas
siempre traen líos. Creo que ni siquiera le contesté de lo encendido que
estaba. Por la tarde, casi a la hora de la cena, llegó Ferrán. El pobre venía
rendido, luego de haber pasado más de diez horas chapado en los calabozos de
la Plaza de Castilla, que son unas grandes cuevas sin ventanas, sin luz
exterior y casi sin ventilación y donde, por lo general, encierran, en cada
uno de ellos, a treinta o cuarenta personas, todas fumando, tosiendo y
sudando. Tan pronto le vi, me lo lleve a un rincón y le conté lo que había
sucedido. Puso cara de asombro e, inmediatamente, se fue en busca del Setas.
No sé lo que le diría, pero esa fue la última vez que se dirigieron la
palabra. También sé, uno al final se entera de todo, que el Setas tan solo le
devolvió cuatro mil pesetas de las ocho que le había birlado. Como era de
esperar, no podía ser de otra manera con gente de esa calaña, todo el mundo
le dio la razón al Setas. Que si no había derecho a insultarlo y acusarlo así
en las proximidades del funcionario, que el pobre se había disculpado ante
Ferrán y había prometido devolver los cuatro talegos tan pronto pudiera, es
decir, cuando fuera obispo de Córdoba, según expresión muy usada por aquí;
que aquello no era razón suficiente para negarle el saludo, el tabaco y el
café; al fin y al cabo, qué eran cuatro talegos para el ricachón aquel que se
había llevado más de mil millones, que qué derecho tenía a enfadarse por
cuatro cochinas pesetas. Alguno llegó a decir que lo que se merecía eran
cuatro mil hostias por llevarse el dinero del Estado, del que también
formaban parte, según ellos, los colgados, los ladrones y los drogatas. En
fin, todo muy propio de esa gentuza rencorosa y pendenciera, sin la más
remota idea de lo que es el agradecimiento o la educación. Ferrán no le dio
más importancia al tema, pero yo, muy educadamente, le recordé que con esa
clase de gente no se puede ser blando, que aprendiera para la próxima vez. Su
respuesta, para su desgracia y la mía, fue la acostumbrada, que aquella
conducta era consecuencia de la educación recibida, que dada la miseria y la
marginación padecida no se podía esperar otra cosa, que la culpa era del
sistema más que de aquella pobre gente, ni que el tal sistema fuese alguien
con nombre y apellidos, etc., etc. Ya sabe que a mí toda esa verborrea pseudo
progresista, tan solo me parecen ganas de sentirse culpable por algo que no
has creado y que, generalmente, tampoco puedes controlar. Por lo menos, me
había quitado al Setas de en medio, lo cual no era poco, aunque no me sentaba
demasiado bien el que la gente me señalara con el dedo y, a mis espaldas, me
llamara el compinche, y hasta el lacayo, del ricachón. Y no porque me
sintiera particularmente insultado, ya sabe que no ofende el que quiere sino
el que puede, pero no es bueno andar siempre en boca del populacho. Lo mejor
aquí es pasar desapercibido. La fama y la notoriedad para lo único que sirven
es para que te encuentres con la primera puñalada que ande por ahí perdida y
sin amo.
Pasaron diez días más o menos
tranquilos. Ferrán continuaba repartiendo cigarrillos y cafés entre los
chavales, aunque, ahora, con un cierto control, lo que le granjeaba no pocas
críticas. Los mismos recipientes de sus bondades, a sus espaldas, comenzaron
a llamarle tacaño y gruñón. Hasta que un buen día, bueno, de bueno nada,
apareció el Dientes. No me pregunte por su nombre y apellidos porque nunca
los supe, ni interés que puse en ello. Este sí que era un mal bicho de
verdad. Apenas tenía dentadura, y los pocos dientes que todavía le colgaban
de las encías estaban en avanzado estado de putrefacción. Esmirriado, de
mirar torvo, zarrapastroso y desaliñado, lucía una casposa melena que se
recogía por detrás con un pringoso y mugriento pañuelo; llevaba siempre la
camisa fuera de los calzones, y calzaba, a todas horas, unas chancletas de
esas de baño que jamás habían visto el agua. Aquí la gente no es muy
aficionada a la ducha, al fin y al cabo, no tenemos que presumir delante de
nadie, pero lo del Dientes batía todos los records. Exhibía, asimismo, un
horripilante y perenne proyecto de barba, que le hacía parecer aun peor
encarado. Pendenciero, bravucón y bocazas, poseía amplia experiencia en toda
clase de crímenes, incluidos algunos delitos de sangre. En realidad, para
esta subespecie de la fauna penitenciaria, suele haber, en todos los centros,
módulos destinados exclusivamente para su uso y disfrute, y Alcalá Meco no
era una excepción. Pero, ya sabe lo que son las cosas, ya sabe que la
dejadez, el desinterés y la desidia suelen ser los grandes principios por lo
que se gobiernan estas instituciones. Que si falta espacio en los módulos de
castigo, que qué más da, que qué le vamos a hacer, que si tampoco el pibe es
tan mala persona, que si lleva mucho tiempo sin armar jarana, que si hay que
incentivar al interno, que si todo el mundo tiene derecho a una segunda
oportunidad. Todo ese rollo de los chupatintas y mandamases del lugar, que
solo sirve para quitarse la responsabilidad de encima si las cosas salen
rana. Aquel chorbo, apenas veinticuatro horas después de su llegada, ya le
había declarado la guerra a Ferrán. No era una contienda declarada y a campo
abierto, sino una guerra de guerrillas, de pequeñas emboscadas y golpes de
mano. Una mañana, te dan un empujón y te tiran el café, otro día, desaparece
una ficha de ajedrez, otro, resulta que te salpica la sopa del compañero de
al lado, o recibes un pisotón en la cola del condumio. Ya sabe, todas esas
chorradas que, aisladas, apenas las nota uno, pero que, todas juntas y
repetidas, un día tras otro, acaban con la paciencia de un ejercito de Jobs.
Ferrán ni se dio cuenta y, al hacerle caer del burro, no se lo podía creer.
En el fondo, él se sentía al margen de todo aquello, cual si fuera un
misionero en medio de una tribu salvaje. Simpatizaba con ellos y quería
ayudarlos, pero, en el bien entendido que cada uno tenía su lugar y su
posición. Por eso, lo último que podía imaginarse, era que llegaran a
tratarle de igual a igual. Poco a poco, sin embargo, comenzó a envolverle una
sorda irritación que trataba inútilmente de ocultar. Yo, por mi parte,
pretendía que aquella feria no iba conmigo y, de momento, todos tan felices.
Visto su fracaso inicial, el mamarracho del Dientes cambió de estrategia.
Estábamos, el caballero y yo, jugando tan ricamente al ajedrez una tarde,
cuando el fulano se acercó a nosotros, se puso en jarras y, durante un buen
rato, se dedicó a contemplar, despectivamente y en silencio, nuestra partida.
Al cabo de un tiempo, separó los morros y dijo; “La leche, que malos que
sois”, y se largó con viento fresco. Yo no quise darle gran importancia al
incidente, Ferrán, sin embargo, abrió la boca para decir algo, luego cambió
de idea, se levantó y, sin mediar disculpa o explicación alguna, se fue a dar
una vuelta por el patio. Por la noche, unos minutos antes del chape, me deje
caer por el chabolo de Hassan y le pregunté si sabía qué coño estaba pasando.
Me dijo que no pasaba gran cosa, simplemente que, al parecer, el Dientes era
un antiguo compinche del Setas, y estaba incordiando un poco para demostrar
que ellos también tenían capacidad de respuesta. Añadió que no me preocupara,
que la cosa seguro no pasaría a mayores, pues todo el mundo sabía que Ferrán
no era carne de presidio, y nadie se iba a atrever a tocarle ni un pelo.
Bueno, si el Hasan lo decía. Sin embargo, yo no me quedé muy tranquilo. Estas
cosas de piques, rencores, orgullos, honores y reputaciones ofendidas, ni se
sabe por qué empiezan ni se sabe dónde acaban. Un buen día, —joder
con la costumbre de llamar buenos días a los más nefastos, la verdad es que
no hay quien entienda este idioma—
estando en nuestro paseo matutino, el funcionario de turno se asomo al patio
y ladró: “Giner, venga enseguida, tiene usted un telegrama”. Su niña pequeña,
una piba de doce años había sufrido un accidente. Lo de siempre, la cría
marchaba en bicicleta por una calle tranquila de la urbanización donde
vivían, y algún imbécil alocado la había atropellado. La cosa no era para
tanto, una fuerte conmoción y un brazo roto; en un par de meses estaría
totalmente repuesta. No obstante, Ferrán, poco ducho en los pesares y
sufrimientos del encierro, se puso histérico. Se tornó sumamente taciturno e
irascible, abandonó todo paseo y toda charla; no hacía más que fumar un
cigarrillo tras otro, en un rincón del patio, mascullando palabrejas,
totalmente incomprensibles, en catalán. Otras veces, agarrado a la valla
metálica que separa el foso del patio, permanecía en silencio durante horas y
horas, mirando el muro, con tal fijeza y ardor que parecía que iba a
taladrarlo con solo la fuerza de sus ojos. Conocedor de estos percances por
propia experiencia, sabía que lo mejor era dejarle solo, para que rumiase en
paz su preocupación, su pena y su rabia, hasta que el tiempo, y el cansancio,
le obligaran a hacerse a la idea que de allí no se salía porque a uno le
diera la gana. Lo malo de aquella tensa situación era que hacía descender, de
manera alarmante, mi suministro de café y tabaco, por lo que yo andaba
también un tanto nervioso y descentrado. A veces, después de que hubiera
permanecido largo tiempo inmóvil, mirando el infinito mar del muro, me
acercaba a él y, haciéndome el distraído, le preguntaba si todo iba bien, más
que nada para ver si se acordaba de que no me había dado un cigarrillo desde
la hora del desayuno. También, que carajo, porque, aunque el tío fuera un
blandengue y un gilipollas integral, le tenía aprecio. Rara vez conseguía mi
propósito. Al verse interrumpido en sus meditaciones, levantaba la cabeza, me
miraba con cara de asombro, cual si yo fuese un guerrero de la Edad Media,
con casco y coraza incluidos, y decía, dirigiéndose al cielo: “Sí, sí,
querido Christophersen, claro que sí. Solo tengo que salir de aquí, me cago
en Deu” Y de ahí no le sacabas, ni sacabas un cigarrito. Eso sí, a la hora de
la cena, me miraba con cara de cordero degollado y me ofrecía el paquete.
“Tome, querido Christophersen, y cójase otro para el chape”. La verdad es que
no era mal sujeto después de todo.
Tal suele ocurrirnos a todos,
al cabo de cinco o seis días, comenzó a recuperarse un poco. A veces, esas
recuperaciones son engañosas, siendo el preludio de nuevas y más graves
recaídas. Una tarde se acercó a mí y me invitó a dar una vuelta por el patio.
Se mostraba alegre y dicharachero, cual si aquel percance nunca hubiera
ocurrido.
”Mire Christophersen, para que
nos vamos a engañar, he descubierto que no tengo madera de héroe. Le he dicho
a mi abogado que estoy dispuesto a declarar de nuevo ante el juez, a
condición de que se pacte mi libertad bajo fianza. Estoy seguro que antes de
una o dos semanas estaré fuera. Compréndalo Christophersen, no es que me
importe estar dentro, le advierto que lo que hay fuera es, en muchos
sentidos, bastante peor. La verdadera maldad requiere un alto grado de
inteligencia, y muchas de estas pobres gentes están aquí, precisamente, por
carecer de ella. Entiéndalo, yo no puedo abandonar a mi familia, la niña
parece estar recuperándose, pero mi mujer está destrozada. Primero lo mío y
luego lo de la noia, es demasiado. Mire, yo creo que, de una manera u otra,
me soltaran muy pronto, la gente que permanece mucho tiempo en prisión acaba
por convertirse en mártir, y eso es lo que menos conviene a los de ahí
fuera.” Luego me propuso jugar unas partiditas ante el tablero. Acepté
encantado. La concentración exigida por el ajedrez siempre aviva las ganas de
tener un pitillo entre las manos, ya me veía inhalando el humo de cinco o
seis cigarrillos. Allá fuimos. Nos sentamos, colocamos las fichas y comenzó
la partida. Era obvio que su mente, aun su mismo cuerpo, estaban en otra
órbita, en menos de quince minutos le había dado jaque mate.
—Je,
je, je. Jo macho, je, je.
¿Y tú eres el que decían que
era tan virguero en esto? Jo tío, no tienes ni puta idea, pero que ni puta.
El Dientes había aparecido de
repente y, al tiempo que escupía aquellas palabras, se reía con su particular
risa de chacal borracho.
Ferrán le miró con un brillo
extraño en las pupilas, después bajo la vista y dijo con tono solemne:
—Mira,
hijo, utilizando una centésima parte de mi cerebro, con los ojos vendados,
los brazos atados a la espalda y moviendo las fichas con la boca, no me
durarías más de quince jugadas. Habrase visto imbécil y descarado semejante.
¡Deu!
El Dientes le propinó un
directo que le dio en la mitad de la frente y le hizo caer al suelo, lo que
aprovechó el desalmado para lanzarse sobre él. Ferrán, instintivamente, le
cogió por las muñecas, inmovilizando a su adversario.
Éste
exclamaba a grito pelado:
—A
mí nadie me lla imbécil, te enteras. A mí nadie me llama imbécil, te enteras.
A mí nadie me llama...
Llegaron tres o cuatro y les
separaron. El Dientes, hecho un toro, bufaba y gritaba: “te vas a enterar, te
vas a enterar”.
Entre todos, se lo llevaron al
patio casi arrastrando, donde pude ver que se reunía con el Setas y un
pequeño grupo.
Ferrán se reincorporó y volvió
a sentarse. No dijo ni palabra, ni yo tampoco. La velocidad del ataque me
había cogido por sorpresa y no sabía que decir. Nos quedamos un rato en
silencio. Él, con los ojos entornados, mirando fijamente las piezas, yo sin
saber salir de aquel atolladero. Al fin se levanto pausadamente y dijo:
—Ahora
enseguida vuelvo.
Y despareció por la puerta.
Volvió al cabo de cinco
minutos.
—He
estado hablando con el funcionario, le he contado lo que ha sucedido. Me ha
dicho que, dada la clase de individuo, ya se temía algo de esto, y que lo
mejor es que, por el momento, me encierre en mi celda hasta que puedan
mandarme a otro módulo. Pero yo le he dicho que no es necesario.
Vi, a través de la ventana,
salir al funcionario al patio y dirigirse hacia el Dientes. Pasaron otros
diez o quince minutos, Ferrán me había ofrecido un pitillo y fumábamos en
silencio.
Llegó hasta nosotros un grupo
de cinco o seis, todos muy alterados.
”Tú, hijo de puta,
cabrón, chivato, judas. Eso no se hace, te enteras, eso no se hace. Si tienes
algo contra el pobre Dientes se lo dices a él, pero no a esos hijos de puta.
Desde que te vimos entrar por la puerta, sabíamos que nos ibas a traer
problemas. Hijo de mala madre, ricachón, tramposo, marrullero, abusón, te
vamos a cortar la lengua y metértela por el culo. Habrase visto cabrón
semejante, teníamos que cortarte los cojones y metértelos en la boca para que
no pudiera chivarte nunca más.”
Así durante un buen rato.
Ya sabe el tenor que toman
esos espectáculos. Bueno, quizá no haya tenido la oportunidad de presenciar
ninguno, pero le advierto que tampoco son gran cosa. Todos gritando a la vez
sin orden ni concierto, todos sacando pecho, todos intentando parir una frase
más graciosa y más ofensiva que la anterior, todos echando chispas por los
ojos con cara de comerse el mundo de un bocado. Pero, bien dicen que perro
ladrador poco mordedor. Así que yo, aunque un poco alterado, confiaba en que,
una vez desahogados los ánimos, cada uno se marchara a sus respectivos
quehaceres y se restableciera la calma.
Ferrán, por su parte, los
miraba con una serenidad pasmosa, dirigiéndoles una mirada desafiante que los
encendía todavía más. Se marcharon al fin. Ferrán apago el cigarrillo y, con
pulso tembloroso, sacó otro del paquete que jamás llegó a fumar.
—¿Dónde
está el chivato, dónde está el chivato?
Los gritos guturales de uno de
los negrazos del módulo se oían cada vez más próximos. De pronto, lo tuvimos
encima. Ferrán se levantó para decir algo. El directo en la mandíbula le alzó
del suelo. Al caer, su nuca dio, de lleno, contra el pico de la mesa, y allí
quedó. Su rostro tan solo reflejaba sorpresa. Una monumental, enorme,
tremenda sorpresa. La boca entreabierta, los ojos cual platos, el cuello
retorcido. Quedamos todos paralizados. El negro salió corriendo. Alguien
sacudió a Ferrán, que cayó al suelo igual que un saco.
Quede
usted con Dios.
EXPOSICIÓN
IV
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