
MORIRTURI
por Francisco Peiró
(Novela epistolar)
II
Alcalá
Meco 27 de Junio de 1.994
Muy
distinguido Señor:
Yo suelo escoger, con
exquisito cuidado, la gente con quien me trato. Compréndalo, en mis
circunstancias, toda precaución es poca. Suelo considerar, durante semanas y
meses, los pros y contras de establecer una determinada relación. Observo al
candidato cada minuto del día, su forma y modo de ingerir alimentos, de
sostener el cigarrillo, sus comentarios a los programas televisivos, la
cadencia de su andar durante sus paseos por el patio y, sobre todo y ante
todo, pongo especial atención en su comportamiento en el juego. Si yo hubiera
sido siempre tan concienzudo y cuidadoso a la hora de escoger mis amigos,
otro gallo me hubiera cantado. Debo decir en mi descarga, no obstante, que,
hasta ahora, cuando ya es demasiado tarde, no había podido permitirme el lujo
de elegir mis amistades. Ni en los tiempos en que deambulaba por los
arrabales de la gran ciudad, ni en la Academia, ni en los que realizaba los
trabajos sucios para el ejército, ni en Vietnam, ni, mucho menos, en la
guerrilla pude permitirme ese lujo. Uno no podía estar en esa vaina de si le
convenía entablar relaciones con éste, ese o aquel. Si, en la Indochina, el
coronel gringo, que tomaba tres o cuatro rayas al día, era de fiar y si, a
cambio de suplirle de nieve, hacer de chofer de sus amantes y escoltarle a
casa después de sus borracheras, cumpliría su palabra de enviarnos pronto a
la retaguardia. O si, en los Andes, al marchar a una misión, estarían
esperándote los gubernamentales, a los que el jefe te había vendido a cambio
de un poco plata. Uno estaba demasiado ocupado en intentar sobrevivir hasta
el día siguiente, hasta el final de esa hora, de ese mismo minuto y, por
ello, no estaba en condiciones de considerar quien le caía en gracia y quien
no, bastante tenía uno con no caer en desgracia. La ventaja de no tener fe,
futuro, sueños, proyectos, planes, fantasías o esperanzas, estriba en que uno
puede tomarse las cosas con calma, pensar pausadamente, sin necesidad que el
instinto de supervivencia, el deseo de gloria, el aguijón de la codicia o la
tempestad de la lujuria, marquen tu camino. También ayuda, no lo niego, que,
con el peso de los años, vayas aprendiendo a soportar tu propia soledad. Ya
lo creo que ayuda. Nada empuja más hacia las malas compañías que la necesidad
de una palabra de aliento y estímulo, o el deseo de una caricia. También es
cierto, que el canon de la soledad es alto. El mundo se convierte en un puro
escaparate, en algo inanimado, artificial y repetitivo, donde el resto de los
humanos actúan de mero maniquíes, y donde tú eres el único espectador. Un
espectador que, disponiendo de todo el tiempo del mundo, no teme que alguien
le atosigue, empuje o moleste, con frases, o comentarios, de mal tono y, por
lo tanto, puede dedicarse, con la máxima tranquilidad y atención, a escrutar
cada figurín de la vitrina, fijándose en el detalle más insignificante, en el
cambio más nimio, en el pormenor más circunstancial; intentando descubrir,
entre tanto mal gusto y tanta patanería, aunque tarde en ello mil años, algún
indicio de elegancia o distinción, un destello, por ínfimo que sea, de
finura, esbeltez o garbo. Atraído por el reto, concentras tu energía, tu
voluntad y toda tu esperanza en aquel gran escaparate, mas nada, o casi nada,
de lo que observas constituye acicate suficiente para encender tu ánimo,
iluminar tu espíritu o arrebolar tu imaginación; nada de aquel cuadro
mortecino, sensiblero y fugaz es capaz de encender la más débil llama. Menos
mal que, a estas alturas de la vida, no por ello uno cae en la desesperación
o se sumerge en la desdicha, tan solo no es capaz de amortiguar el
aburrimiento.
Ya, ya me
imagino que si alguna vez leyera estas líneas, cosa que me temo no llegue a
hacer nunca, una fina sonrisa aparecería en sus finos labios recortados por
el elegante bigote y, al saborear su Hennessy o Remy Martin, se diría a sí
mismo: “Vaya descubrimiento, cualquier patán medio lelo sabe que el
aburrimiento es el fin natural de todo hombre civilizado. Precisamente, la
doctrina de los modernos filósofos se centra en aprender a llevar ese estigma
con elegancia, bravado y pundonor.” Permítame decirle, señoría, que esto no
es así. Su aburrimiento no es, en manera alguna, igual, semejante, parecido o
pariente del mío. Ya me imagino que luego de vagar durante muchos años por
juzgados, tribunales y salas, cree que ya lo ha oído y visto todo, que,
difícilmente, algo puede llegar a sorprenderle, asombrarle, impresionarle o
conmoverle, y da por descontado que cualquier delito, fechoría, maldad o
intriga, que el ser humano sea capaz de cometer, ya han sido juzgados y
sentenciados, una y mil veces, por sus predecesores. Estoy de acuerdo con
usted, señoría, que la vida es un mero círculo donde, ciclo tras ciclo, los
mismos yerros, los mismos desmanes, las mismas fechorías, se repiten y
desdoblan una y otra vez. Pero, mi querida señoría, por mucho que usted crea
estar de vuelta de todo, por mucho que piense que ya nada, ni nadie, puede
espolear su curiosidad, alimentar su imaginación o herir su sensibilidad;
aunque tenga la firme, segura y total certeza que no hay nada que la
imaginación, la acción o la omisión humana pueda urdir ex novo, a fin de
engañar, sacrificar, explotar o sojuzgar a sus semejantes, usted, señoría, no
sufre, ni jamás podrá sufrir, ese cáncer devorador de mentes que es el
aburrimiento integral. Porque, mi digna, inteligente y perspicaz señoría, ese
aburrimiento es el credo de los maltratados, la fe de los desesperados, la
Biblia de los desheredados, el Corán de los desahuciados y el Kuma Sutra de
los rechazados. El aburrimiento del que yo hablo no se toma ni con filosofía,
ni con resignación, paciencia, humildad, elegancia, cinismo o insolencia. El
aburrimiento al que yo me refiero, el verdadero aburrimiento integral, no se
adquiere, ni se sufre, ni se desprecia, es algo pasivo, letárgico, yaciente,
manso, resignado, dócil. No es una pose, una pantalla, una excusa, una
actitud ante la vida, una doctrina, o un método ingenioso para ocultar la
inutilidad de la existencia, es la existencia misma. Es la vida de todos
aquellos que no controlan su propio destino, que no pertenecen a sociedad,
nación o élite alguna, que ni siquiera tienen armas, implementos o utensilios
para destruirse a sí mismos, por lo que ni siquiera la amenaza, el
pensamiento o la idea de su propia auto inmolación, consigue sacarlos de su
sopor. Es aquel de las gentes que ni se resignan, ni se adaptan al medio,
pues son el medio mismo. El medio de que se sirven otros para creerse
salvadores, explotadores, evangelizadores, colonizadores o, simplemente,
hombres. Ha pensado alguna vez, señoría, que esa masa amorfa, maloliente,
inculta y lenguaraz, que aparece constantemente por debajo de su estrado, y
que solo le produce tedio, hastió, hartazgo y desencanto, son la excusa de su
indolencia, pero también la justificación de su palpitar. Que su vida,
señoría, solo tendrá sentido, en tanto en cuanto ellos esparzan sus malos
olores, y humores, por las salas y audiencias de este mundo. Puede que un
sentido negativo, contradictorio, incierto e inmoral, pero un sentido, al fin
y al cabo Se ha preguntado, alguna vez, qué pasa con esa masa amorfa y
maleducada, qué le motiva cada mañana y justifica su vivir al cabo de su
jornada Cree usted, realmente, señoría, que el mero hecho de servir de
coartada a su existencia, y a de los su ralea, les convierte en útiles y
necesarios Se equivoca señoría. Los de abajo del estrado, ese rebaño
multicolor, maloliente y miserable, ni tiene manera alguna de justificar su
existencia, ni justifica ninguna. El aburrimiento que se enquista en su
existencia constituye su única realidad vital, y el horizonte de su muerte.
Me responderá usted, señoría, quizá no exento de algo de razón, que para eso
existen los mitos, las leyendas, los símbolos y las religiones, para evitar
que, a esa masa amorfa, el aburrimiento le roa cual descomunal gusano a
diminuta manzana. Es posible, no lo niego, que, para algunos de mi calaña, el
aliño de esos condimentos atenúe su sopor, pero yo soy de aquellos a quienes
se les ha indigestado ese guiso. Mi mente está ya muy engastada en esas
arenas movedizas del aburrirse sin fin.
Si,
señoría, lo confieso sin ningún rubor, en un momento dado, me interesé por la
religión y, no habiendo ninguna otra más a mano, caí en las garras de la
católica. No niego que, quizá, hubiera otros móviles que me empujaran a ello,
por ejemplo, la necesidad de una ayuda material en forma de comida o ropas,
la esperanza, vana por supuesto, de una toma de interés, por parte del clero,
de mi situación penal y jurídica, y, también, el deseo de hablar con alguien
que viviera allende estos muros, y a quien, al rozarle la piel, pudiera yo
sentir que rozaba la libertad. Al fin y al cabo, ¿no es todo eso parte misma
de la ilusión del mito, del impulso íntimo de la religión? Los curas y las
monjas siempre andan pululando por estos lugares, indagando, preguntando,
acechando, sonriendo, maquinando. Lo de las monjas es algo más llevadero,
algunas de ellas no están, todavía, viejas y ajadas del todo, ni se han
convertido, aun, en sebosos paquidermos o magros palillos. A veces, al
deslizarte un puñado de caramelos, puedes acariciarles la mano, y puede que
alguna, casi agraciada, te permita mirarla a los ojos. Lo de los curas es
otra historia, dicho en dos palabras, ellos son los que te acarician la mano
y se miran en tus ojos. Bueno, tampoco podría jurarlo del todo, no soy
experto en el tema, pero, cuando el río suena.... Son dos, uno de ellos no sé
si llega a cura, a lo mejor no pasa de diácono, ya sabe, esos mejunjes que se
llevan ahora en Roma, a este paso acabaremos teniendo obispos mujeres y a un
travesti de Sumo Pontífice. Los dos son sonrosados, parsimoniosos, un tanto
obesos, de voz flautil y ademanes cansinos. Estaba tan necesitado de asirme a
cualquier cabo para salir del cieno que me ahogaba, que estaba dispuesto, con
tal de sentir la sombra de un espíritu libre montado en alas de Pegaso, a
rezar padrenuestros, musitar avemarías y acompañar, con voz apagada, los
insulsos cánticos que el supuesto diácono marcaba atrozmente con su guitarra
al celebrar la santa misa. Es más fácil de lo que se supone sumergirse dentro
de los postulados de cualquier creencia. Por ejemplo, uno puede, sin mayor
dificultad, siempre que lo necesite desesperadamente y se encuentre en el
estado mental apropiado, creer, vivir y sentir en sus carnes el misterio de
la Santísima Trinidad, aceptar la resurrección de la carne y, aunque esto ya
es más difícil, encontrarle cierta lógica al nuevo catecismo. Con esto de la
religión, ocurre lo mismo que con la pesca submarina, se puede llegar a
creer, durante un corto espacio de tiempo, que se es anfibio, pero, si la
ficción se lleva más allá de lo razonable, se produce el ahogo y la asfixia.
No se trata de esos arcanos asuntos de la Fe, no. Lo difícil no es creer, lo
difícil es convivir, mezclarte con esos hombres, babosos, fulleros y
mezquinos, que te llenan la cabeza de buenas palabras, falsas promesas y
vanas esperanzas, y que, una vez se ha venido todo abajo cual gigantesco
castillo de naipes, intentan, cual expertos economistas, justificar sus
propios errores con la manida excusa que los designios de Dios son
inescrutables. Puedo aguantar muchas cosas, pero, muy a mí pesar, no puedo
aguantar la resignación. Ya, ya sé que el mito se crea precisamente para ese
fin, para hacer la vida más sabrosa o, al menos, menos agria, un lubrificante
con el que ayudar a digerir la amarga verdad, mas, por más que lo intento, no
consigo tragarme esa píldora. Si, al menos, no hubiera intermediarios,
resultaría algo más fácil. Si los hombres no tuvieran que trasmitirse la
dichosa saga unos a otros, sería más factible aceptarla. ¿Cómo dar crédito a
lo que emite una boca, lengua, paladar y dientes, igual de careados y
putrefactos que los tuyos? El problema estriba en que la existencia misma del
mito se fundamenta en ser algo compartido por toda la sociedad, de lo
contrario su finalidad, es decir, su existencia misma, se viene abajo. ¿Cómo
resolver esa terrible contradicción, cómo conseguir que el mito no se
trasmita a través de seres pusilánimes, cobardes e ignorantes que, nada más
mirarles a los ojos, te das cuenta que han caído más bajo que tú mismo? Puede
que la solución del enigma consista en crear, de la nada, una especie de
intermediarios impolutos, infalibles y casi etéreos, a mitad de camino entre
el cielo y la tierra o, por lo menos, que aparezcan bajo ese prisma ante el
resto de los humanos. Será por eso, supongo, por lo que el Papa viaja tanto.
De todas maneras, he de admitir que el estar sumergido en ese etéreo elemento
del mito y la fe, da a la existencia una dimensión diferente. Las argollas y
grilletes del aburrimiento se tornan tan livianos que casi parecen plumas, la
mente vuela en espiral, dando vueltas y vueltas en un espacio cada vez más
luminoso y claro; tu agotado, maltrecho y senil cuerpo, se torna carne joven,
ágil e ilusionada, tus piernas apenas parecen rozar el cemento del patio, y
tus manos adquieren la fuerza de las garras del tigre. Por ensalmo, tu ser
aparece liberado de esa masa espesa de cieno, lodo y barro que antes ahogaba
tu espíritu, a medida que te alejas del inmundo cenagal, tus ojos contemplan,
desde lo alto, los cabellos y calvas, pringosas de sudor, frustración y
angustia, de los que, hasta hace bien poco, fueron tus compañeros y
contertulios y, con la sonrisa de oreja a oreja, das gracias a Dios por haber
escapado, para toda la eternidad, de aquel pantano de miseria, putrefacción y
desespero. Hasta que un día, las fuerzas te fallan, las rodillas se doblan,
los sesos se atoran, la vista se nubla y tú, hasta entonces, recio y fuerte
espíritu desparece, azucarillo en el agua, y, de nuevo, te sientes succionado
por una especie de oscuro flujo vaginal, en forma de lechosas arenas
movedizas, que te hunde y hunde, con una fuerza tan solo comparable a la que
hizo que tu madre te echara al mundo. Lo curioso es que, más que sentir
terror, espanto o dolor alguno, notas una cálida languidez, un morboso
abandono, una dejación suicida, y ese cieno putrefacto va penetrando por
boca, nariz y oídos hasta dejarte saciado.
Supongo
que cada uno tendrá una razón diferente para volver a ese útero común del
letargo, el aburrimiento y el desespero, aunque, a poco que escarbemos, se
verá que todo se reduce a una sola causa común, al miedo a volar y ser
diferentes, al temor a quedarnos a medio camino entre el cieno y el cielo. Se
acuerda, señoría, de aquel pibe, de aquel pingajo reseco a quien el sida roía
noche tras noche y que, noche tras noche, lanzaba las más abyectas e
infelices maldiciones contra jueces, policías, familiares y amigos, Usted que
se va a acordar, si ni siquiera habrá leído mi anterior misiva. Aquellas
cuatro cañas quebradas y aquella cabeza de pelo ralo, mentón hundido, ojeras
todo terreno y boca de asco, murió. Feneció tres días después que, incapaz de
alimentarse o hacer sus necesidades, lo lleváramos a la enfermería, que es lo
mismo que decir directamente al cementerio. Recuerdo el hedor que escapaba de
sus entrañas y se metía en las mías, un hedor de caverna supurienta, de
letrina abandonada, de gusanos ahítos de carne humana, hedor que manaba por
axilas e ingles e inundaba hasta los más recónditos rincones. En compañía de
otras tres almas samaritanas, lo arrastré por los pasillos camino del
cementerio, ¿o fue la enfermería? Una de sus frágiles cañas la llevaba sobre
mi cuello y, entre mis dedos, estrujaba una de sus muñecas, tan delgada y
débil, que temía se desgajase del cuerpo en cualquier momento. Avanzábamos,
pasito a pasito, frenados por el temor a desmembrarle y nuestras dificultades
para respirar, tal era la fetidez que manaba de todo su cuerpo. Mientras lo
arrastrábamos, el pibe, en forma de gruñido incomprensible, excepto para mí,
acostumbrado a oírle noche tras noche, maldecía todo lo divino y humano. En
palabras textuales, se cagó en toda la mierda del coño que lo trajo al mundo,
en el mamón del padre que lo engendró, en las furzias de sus hermanas y en
los bujarrones de sus hermanos y, para terminar, pidióle a aquel Dios
cobarde, cruel e inhumano que, de una puta vez, diera la cara y lo sacara de
este apestoso mundo.
Recuerdo
que algunas noches, allá antes del alba, en las que el largo insomnio te hace
ver la verdadera desesperación de las cosas, se acercaba a su ventana y
gritaba con voz apagada:”Dios, hijo de la gran puta, cabrón, llévame de una
puta vez a tu infierno, que, al lado de esto, debe parecer un hotel de cinco
estrellas.” Yo, en la celda contigua, me arrodillaba y le pedía a Dios que
tuviera compasión de aquel desdichado, que le inspirara e iluminara, y le
diera valor, coraje y resignación para aceptar su santa voluntad. Luego, en
un tono de voz que pudiera oír aquel desdichado, pero que no despertarse a
mis otros vecinos, entonaba el Credo, siguiendo el consejo de mi mentor y
padre espiritual, aquel cura de manos flácidas, ojos tristes y sonrisa
bobalicona de cuyo nombre no quiero acordarme. Al oír mis rezas, mi vecino
comenzaba a reírse, una risa cortante, hiriente, sombría, igual que esa que
dicen tienen las hienas. Pasado un rato, en el mismo tono de voz quedo y
monocorde de mi plegaria, me respondía de esta manera: ”Dios todopoderoso,
destructor de todas las cosas, creador de la peste, la lepra, el cólera, la
rabia, la sífilis y el sida, si de verdad eres omnipotente, si de verdad
tienes cojones, dile a esos maricones de curas y sus lameculos y
correveidiles de la cuerda de mi vecino de ahí al lado, que dejen de darme el
coñazo. Mándame, de una santa y puta vez, uno de esos rayos exterminadores, a
ver si descanso en paz de una jodida vez y para toda la eternidad.” Dicho lo
cual, tornaba a reír, con esa sonrisa de hiena herida, se acostaba y
permanecía en silencio la breves horas que quedaban hasta el recuento. Yo
seguía allí, arrodillado en medio de mi chabolo, pidiendo a Dios, en
silencio, que tuviera piedad de aquella alma atormentada. Media hora antes de
abrir las celdas, todavía arrodillado, apoyaba la cabeza y los brazos sobre
la litera de piedra y me quedaba dormido. Ni antes, ni después, he podido
dormir con la paz, la profundidad y el sosiego que lo hacía tras haber pedido
a Dios por uno de mis semejantes. Hecho mucho de menos las suaves noches de
otoño en que, a través de aquellas luchas espirituales, de aquellas
confrontaciones dialécticas, más allá de blasfemias, rezos, juramentos y
oraciones, sentía las fuerzas de nuestras mentes salir catapultadas de entre
los barrotes, y juntarse, allá en la distancia, donde nacen las claras del
día, para luego retornar a nosotros, dándonos nuevos ánimos, esperanzas y
bríos.
Ya, ya sé
lo que va a decir, me imagino lo que está pensando, me lo sé de memoria. Le
estoy viendo, enfundado en su bata de seda, con esa fina sonrisa que le sale
por debajo de su recortado bigote, dejar caer estas hojas encima del sobado
periódico, dirigir su vista al techo, y decirse para sus adentros: “Este
pobre sudaca imbécil es un gilipollas ¿No sé da cuenta, o no quiere darse
cuenta, que ese muchacho pestilente y blasfemo, ese pingajo de caca de vaca
dejada a secar en medio del desierto, era la razón de su existencia, el dique
que le mantenía a salvo de la desesperación y el aburrimiento? Este sudaca es
un subnormal”. Pues se equivoca. Estoy perfectamente al corriente de esa
circunstancia, me doy perfecta cuenta de que él era ese escalón inferior en
el que todo hombre necesita apoyarse para justificar su existencia, que ante
ese ser de carne putrefacta, hedionda y quebradiza, yo me sentía redentor,
salvador, benefactor y liberador. Eso sí, me di cuenta cuando era demasiado
tarde.
Con motivo
del fallecimiento del pibe, los curitas y monjitas decidieron montar una gran
juerga eclesiástica. En el tablón de anuncios del módulo pincharon una nota
que decía así: “Con motivo del fallecimiento de nuestro querido compañero
Nepomuceno César Valdés –con ese nombre el pobre tenía que ser sudaca, del
Uruguay, según creo-, mañana, a las cinco de la tarde, tendrá lugar, en el
gimnasio de este módulo, un servicio religioso en su memoria. Todos los
internos del módulo quedan cordialmente invitados. Si deseas asistir a esta
ceremonia, pon tu nombre y apellidos en la hoja provista para tal efecto.”
Casi la totalidad del módulo se apunto a la fiesta, incluidos nigerianos,
marroquíes y libaneses. Aquí todo el mundo se apunta a cualquier cosa que
ayude a romper la monotonía. Nos reunimos más de medio centenar, en la hora
y fecha indicadas. El gimnasio es un cuartucho de unos cuarenta metros
cuadrados, de paredes desconchadas y húmedas, sin ventanas ni ventilación
alguna, que huele a suciedad y sudor, donde, amontonados en un rincón, se
apilan pesas comidas por el orín, bicicletas estáticas sin manillar ni
pedales, y otros inútiles y vetustos aparejos. El día anterior el cura me
había dicho: “Eli –los gallegos de la península parecen incapaces de
pronunciar palabras de más de dos silabas, por lo que enseguida amputan tu
nombre– sería conveniente que, al final de la ceremonia, uno de los internos
pronunciara unas palabras en memoria del finado. Hemos pensado que quizás tú
pudieras hacerlo.”
Serían las
cinco de la tarde cuando, en presencia de los internos, amen de cinco monjas,
todas viejas y gordas, con nariz de halcón, mofletes de Buda y ojos de no
haber roto jamás un plato, el cura y el diácono, dio comienzo el oficio. Yo
estaba un tanto nervioso, a mí ese de hablar en público nunca se me ha dado
demasiado bien. Odio ser el centro de atención de todas las miradas, el punto
de mira de todos los pensamientos, la referencia de todas las cómplices
sonrisas. Había malgastado toda la noche hilvanando imposibles discursos,
discurriendo elegantes frases, cavilando sentencias, oraciones y párrafos.
¿Qué podía decir acerca del pobre Nepomuceno? Que era un blasfemo y un mal
hijo, que odiaba a la madre que lo trajo al mundo y al padre que lo había
engendrado, que olía a cloaca y huevos podridos, que no se había resignado a
su amargo destino, que maldecía, noche tras noche, a su creador y a su
suerte, que imploraba, que exigía, día tras día, al Altísimo, su destrucción
y su condena. Sentía en lo más hondo de mis vísceras que ese era,
precisamente, el discurso que el pobre Nepomuceno César quería de mí, que él
tenía el derecho, y yo la obligación, de que se respetase su última voluntad.
Ya he dicho que el hablar en público no es mi especialidad, no es mi fuerte,
que me aterra, me causa pánico, me descentra, me atosiga, me ahoga, pero, al
mirar por la ventana y ver dudar las primeras luces, sentí que su espíritu se
unía la mío, se incrustaba dentro de mí, exigiéndome, ordenándome,
demandándome, implorándome, que diera testimonio de él.
Comenzó el
jolgorio. Repartiéronse unas octavillas, una por cada dos o tres colegas,
dada la afluencia de público, donde venían anotadas las estrofas que, al
ritmo desgarrado de la guitarra del diácono, debíamos entonar en tan
memorable ocasión:
¡Oh Señor! A tu siervo Nepomuceno
Perdónale sus pecados todos
Dale junto a ti acomodo
Y acógele, acógele en tu seno.
¡Oh Señor! Tú que todo lo puedes,
Olvídate de sus yerros y pecados,
Cólmale de dones y mercedes
Y mantenle junto a tus seres alados.
¡Oh Señor! Acoge al pobre pecador
Y permite que estas rezas
Le libren de máculas e impurezas.
Escucha nuestras plegarias Señor.
Y a nosotros, pobres pecadores,
Danos fe, paciencia y entereza;
Perdona nuestros muchos errores
Faltas, caídas y torpezas.
¡Oh Señor! Escucha este nuestro canto
Y concédenos fuerza hasta el día
En que veamos tu gloria y armonía
Y cese nuestro pesar y llanto.
La excelsa
poetisa en cuestión, según me había comunicado, con cierto aire conspirador,
nuestro rubicundo y algodonoso prelado, era una de las monjitas, una que
tenía cara de más mala leche y ojos más acerados que el resto, y que, en
muchas ocasiones, o al menos a mí así se me antojaba, miraba a los internos
con una mezcla de ardoroso deseo y culpable consternación. Con expresión
beatífica, el cura se colocó en posición; el diácono templó la guitarra, miró
a su alrededor inquisitivamente, hizo una especia de guiño a las monjitas,
las cuales, en cerrada falange, se erguían todas en la primera fila, y nos
pusimos a cantar. Cantar, cantar, lo que se dice cantar, solo cantaba un
negrote, alto y fuerte, un verdadero elefante, que poseía una formidable voz
de barítono y que respondía al nombre de Nigel Ngabo. Las monjitas emitían
esos gorgoritos aflautados, tan propios de vicetiples vírgenes en edad
menopáusica, que yo ya había escuchado miles de veces, siendo un pibe, en el
coro de la iglesia de mi barrio, compuesto, mayormente, por viudas de
funcionarios de correos y telégrafos, contratados del Ayuntamiento, empleados
de banca y demás gentes de bien. El cura y el diácono, por su parte,
especialmente este último, sacaban un hilo de voz que, pretendiendo ser
varonil, no iba más allá de la de un eunuco en edad próxima al retiro. El
resto murmuraba, siseaba, mascullaba o gruñía, según el caso, las primeras
estrofas para luego esconderse en un avergonzado silencio. En cuanto a mí,
permanecía mudo cual ñandú en medio de la pampa, la boca reseca, los labios
como pegados con resina, centrándose y afanándose mi mente en vanos esfuerzos
por recordar las escasas frases que, durante la larga noche anterior, había
memorizado para tan memorable ocasión.
“! Oh
Señor! Te rogamos escuches nuestras plegarias y te dignes acoger en tu seno a
nuestro hermano Ne..Nepo...Nepocumeno César Álvarez. Tú que le concediste el
regalo de la vida y luego le llamaste a tu seno en la flor de la misma, haz
que, por su intercesión y la de todos los santos, nos sea concedida la gracia
de la perseverancia, el don de la humildad y el regalo de la purificación a
través del sufrimiento. Perdónanos ¡Oh Dios! nuestras culpas, errores,
faltas, delitos y tropiezos, y concédenos, en nuestra hora final, la misma
entereza, la misma decisión e idéntico valor para afrontar nuestro último
suspiro, que le concediste a tu siervo César Valdés. Tú que reinas en unidad
de tu Hijo y del Espíritu Santo en la gloria de los cielos, por los siglos de
los siglos, amén.” “Amén” respondieron, con los ojos bajos, la falange monjil
y el diácono guitarrista, permaneciendo el resto de la heterogénea
congregación en un discreto silencio. “Y ahora – prosiguió el párroco,
mirándome directamente a los ojos –si alguno desea decir algunas palabras
sobre nuestro hermano Val... Álvarez, sí Álvarez, para que el ejemplo de su
vida y el martirio de su sufrimiento pueda fortificar nuestros corazones,
guiar nuestros pensamientos y ennoblecer nuestro espíritu, puede hacerlo.”
“Sois todos una caca, una mierda, un gran excremento pestilente de vaca
diarreica a punto de estirar la pata. Ojalá os salgan túrgidos y relucientes
bubones en los más hondo de vuestras ingles que, al extenderse, propagarse e
inflarse, os aplasten vuestros ridículos huevos y engullan vuestras
microscópica pollas. Ojalá ¡Oh monjas excelsas! que vuestras secas y yermas
entrañas paran tumores purulentos, más grandes que sandías, que os revienten
vuestros chochos, una y mil veces sobados por el deseo, la frustración y la
concupiscencia. Ojalá a vosotros curas canoros, vendedores de falsas
esperanzas, tratantes de promesas vacuas, comerciantes de almas en pena,
mercachifles del más allá, os metan mil serpientes de cascabel por vuestro
dilatado ojete, hasta que os revienten las tripas y el ensangrentado
escupitajo de los bífidos os salga por la boca. Dejadme, dejadme, dejadme
refocilarme en mi angustia, mi miseria y mi dolor, en mi soledad, mi espanto,
mi rabia y mi ira. Dejad que grite, blasfeme, maldiga, profane, injurie e
impreque. Marchaos todos de aquí, largaos, perdeos, piraos, dejadme solo; no
quiero aguantar vuestra falsa piedad, vuestro fingido dolor, vuestra lástima
artera, vuestro estéril amor, amén.” Todo este maldito discurso parecía
estallar en mi cerebro, agolparse en mi boca, retumbar en mis tímpanos,
reventar mis oídos, pero yo permanecía cobardemente callado, con la boca
cerrada y las mandíbulas fuertemente apretadas, sintiendo el sonrojo y la
vergüenza trepar hasta la misma punta de mis escasos cabellos. “Nemo no era
un mal coleguilla. Bueno, usted ya me entiende padre, tenía sus cosillas,
bueno sus cosas, sí eso, sus manías, sus antojos, vale. En el fondo era un
pibe guay, claro. Ya me entiendes, no. En el fondo era dabute. Mala leche sí,
claro, bueno, un poco. Carácter, tenía carácter. Iba a su rollo, a su cosa, a
su aire y si tú pasabas de él, él pasaba de ti. Un pibe tranquilo, padre, muy
suyo, sabe. No es que yo lo conociera mucho, sabe, con la enfermedad y todo
eso. Hombre, un poco, eso, ¿cómo se dice? solitario, eso sí que era, vale,
pero hay que ponerse en su sitio, o no. Quiero decir, usted ya me entiende.
Yo una vez le di un porro, bueno, ya sabe, uno de esos y el me dio las
gracias” La voz gangosa, vallecana y cheli del Ramírez, un drogata medio
tísico que tenemos aquí, había ido hilvanando, trabajosamente, las frases,
dejándolas caer al desgaire. Creo que cumplía años el mismo día que el
finado, por eso, quizá, pensó que tenía la obligación de dar la cara por él.
Terminada la perorata, al igual que ocurre cada vez que el protocolo se ve
alterado, se produjo un interminable e indeciso silencio. El rollizo cura,
con sus ojos de miope, me miraba a mí y al Ramírez sin saber que hacer, al
fin, el diácono, en un alarde de audacia, aporreó de nuevo las cuerdas y el
cura, y el virginal coro, atacaron las últimas estrofas.
Bendice aquellos ¡Oh Señor!
Que a cantar tu gloria venimos.
Mantennos en el buen camino
Y sálvanos del ángel exterminador.
Alabemos
todos su gloria infinita,
Alabemos su poder universal
Y se digne librarnos de todo mal
Aquel que la vida da y quita.
Y ahí se
acabó la fiesta. Yo me escabullí lo mejor que pude y, desde ese día, no he
querido saber nada de religiones, curas o monjas. Cada vez que vienen a
husmear por aquí, repartiendo, caramelos, resignación y buenos consejos, me
las arreglo para alcanzar el tigre sin ser visto; y allí permanezco hasta que
se apagan sus sermones y palabras de aliento y conmiseración. Todavía hay
algunas noches que, allá la alba, una fuerza oculta me hace mirar hacia los
reflectores del patio y, en medio de aquella luz, veo desplazarse una vaga
sombra. Ya, ya sé que todo es producto de mi imaginación, pero el caso es que
la veo y, a ritmo de débil canto gregoriano, voy repitiendo, palabra por
palabra, el discurso aquel que no me atreví a soltar en su día.
Ya creo
haberle dicho que suelo ser muy cuidadoso a la hora de escoger la gente con
quien me trato, por lo que, desde aquel día, no he vuelto a intimar con
nadie. Claro que, cual ya le relaté en la mía anterior, a veces me rebajo a
mendigar un cigarrillo pero, al fin y al cabo, solo se trata de una mera
transacción comercial, tabaco a cambio de conversación, la conversación del
otro se entiende, pues yo me limito a escuchar y asentir y, a veces, y
excepcionalmente, a gruñir. Hace unos meses, sin embargo, vi su foto, salía
usted en las páginas de la actualidad gráfica del ABC. “El eminente
jurisconsulto danés Hans Andersen, que ha sido nombrado recientemente
presidente de la Sala de lo Penal del Tribunal de Estrasburgo” No sé si era
una foto reciente o de archivo, pero ahí estaba usted, en una toma de primer
plano, con su pelo ya medio ralo, aunque todavía azabache y sin una sola
cana, sus oscuros y penetrantes ojos, sus finos labios y su recortado bigote.
Se le adivinaba enjuto y de corta estatura, de andares firmes y ademanes
autoritarios. Era, en masculino, el vivo retrato de mi madre, sobre todo
aquellos ojos negros profundos y melancólicos y, a la vez, de un tinte entre
acerado y turquesa, en los que se reflejaban las profundidades marinas del
Báltico. El único recuerdo que poseo de mi madre proviene de un medallón que,
de pibe chiquito, solía guardar en la mesita de noche, los mismos cabellos,
los mismos ojos, la misma boca. Una noche, quizá antes de que mi padre
volviera a casarse, no tendría yo más de tres o cuatro años, mi progenitor
vino a darme un beso de buenas noches. Aun huelo el agrio hedor de su boca,
señal inequívoca de que había bebido en exceso. Al inclinarse hacia mí,
acaricie su cabellera de oro y, mirando el medallón, le pregunté por que mi
madre y yo no nos parecíamos en nada a él; por qué mi hermano mayor tenía sus
mismos ojos claros, su rubia cabellera y su rosada tez, y yo, sin embargo, la
faz aceitunada, el pelo azabache y los ojos de carbón. Recuerdo las lágrimas
de sus ojos, la consternación de mi pecho, y sus fuertes manos acariciando mi
cara. Recuerdo mis frágiles manitas agarrándose histéricamente a su cuello.
Recuerdo que, en un susurro, en su gutural y cortante castellano, dijo
así:”Hay una leyenda entre los hombres del norte, una leyenda de los tiempos
en que los abuelos de tus abuelos de tus abuelos ni siquiera habían pensado
en nacer. Una leyenda de hace más de mil años”. “Papá, ¿qué es una
leyenda?”Pregunté. Mi padre sostuvo mi cara entre sus manos y me miró a los
ojos, yo hice una mueca de desagrado al notar su aliento, él rió con sonrisa
apagada y triste. “Una leyenda es un cuento que se cuenta a los niños,
arropados junto al fuego entre pieles y mantas, en las largas noches de
invierno mientras, escuchan el aullido del viento en la llanura, los gritos
de los lobos en la soledad de la noche, y el crujir de puertas y ventanas al
ser atacadas por la nieve.” “¿Es la historia del patito feo una leyenda?”. Mi
padre volvió a reír con la misma lúgubre risa, yo torné a estremecerme con el
hedor que salía de sus entrañas. “Todavía no lo es, pero quizá un día llegue
a serlo, si, otra vez, el mundo se sumerge en las tinieblas y los nietos de
los nietos de tus nietos, y aun mucho más allá, no se acuerden del nombre del
que la inventó”. ” ¿Y cómo es ese cuento?”, insistí. Volvió a depositarme
entre las sábanas, besó mi frente, exhaló un profundo suspiro, fue en busca
de una silla, se sentó a una distancia prudente, para que su aliento no
afectara a mi pituitaria, cruzó las piernas, metió las manos en los bolsillos
y prosiguió. “Hace muchos siglos, los normen, los hombres del norte, cansados
de mirar, durante las largas noches de invierno, el fluir de los témpanos de
hielo entre las oscuras aguas de sus mares. Cansados de contemplar el relucir
de los diminutos carbunclos de nieve en las heladas llanuras, del ladrar de
sus perros en las interminables noches sin luna, y cansados, en fin, de mirar
los rostros cansados de sus compañeros de barbas hirsutas y tristes
semblantes, decidieron embarcar en sus largas naves, empuñar los remos entre
sus recias y callosas manos y poner rumbo al sur. Christian, el jefe de la
expedición, era un bravo guerrero, poseía la altura de un abeto, la fortaleza
de un oso, ojos azules de cielo en verano, cabello de trigo en otoño, y barba
tan recia y dura, más roja que las ascuas de la gran hoguera de primavera,
que la creía su mejor escudo. Partieron, un brumoso día de primavera, al
rayar el alba. Viejos, mujeres y niños se agolpaban en la oscura playa
azotada todavía por los gélidos vientos del norte. Los hombres levantaron en
vilo a sus hijos, besaron a sus mujeres en la frente, abrazaron a sus padres,
y subieron a las naves que, poco después, con el chapoteo ronco, pausado y
regular de los remos, se fundían con las tenues nubes matutinas y
desaparecían en el grisáceo espejo del mar.
Pasaron
tres largos años sin que se tuviese noticias de ellos. Una o dos veces,
algunos pescadores de las costas vecinas que recalaban ocasionalmente en sus
playas, decían haber oído rumores, que otros navegantes habían dicho haber
oído, que naves y hombres habían arribado al gran mar interior del sur donde
no existe frió, tormenta o bruma, donde las aguas son tan azules y
transparentes que semejan millones de iris de vírgenes nórdicas, donde en los
largos meses de estío sopla un viento, tan seco y abrasador, que la única
manera de combatirlo es permanecer continuamente sumergido entre las cálidas
olas, y donde, aunque eso seguro que eran puras habladurías, el mar no se
aleja de la playa ni de noche ni de día. Transcurría la primavera del cuarto
año, un día desapacible y ventoso de primeros de mayo, a veces, un tímido
rayo de sol se filtraba entre las nubes de aguanieve. De pronto, condensados
de entre la niebla marina y surgidos del mismo fondo del mar, aparecieron
tres largas naves, de las cinco que habían partido. Con la velocidad de un
rayo que hubiera explotado al chocar dos nubes de estío, los niños, mujeres y
viejos de la aldea corrieron hacia la playa. Los hombres de las recias naves
saltaron, cual delfines, por la borda. Mujeres, niños y viejos se adentraron
en el mar, fundiéndose todos en un abrazo entre aquellas ondas frías y
verdosas. Tan solo Gunilda, la esposa de Christian, e hija mayor del jefe del
clan, orgullosa y altiva, esperaba en tierra firme la llegada de su esposo.
Gunilda, en tiempos, había dado a luz a tres criaturas, dos varones y una
hembra, pero los tres habían muerto al poco de nacer y, en el último, la
vieja partera le había susurrado al oído que jamás volvería a concebir. De
pequeña, había escuchado, de boca de su abuela, las viejas sagas en las que
se relataba las hazañas de los grandes guerreros que habían partido para los
mares del sur, y habían vuelto con telas de brillante y nívea textura, con
piedras de misteriosos destellos que, al reflejarse en las luces de la
mañana, cegaban los ojos, con frutas de increíble tamaño, algunas del verdor
del trigo en primavera y otras con el fulgor dorado de la mies en otoño, y
con cántaros colmados de agua rojiza de aromas dulces de cálidos y serenos
lugares. Pero, a veces, ¡ay! también habían traído doncellas. Mujeres de
pequeña estatura, de talles cimbreantes, senos turgentes, torneadas piernas,
y largas y sedosas cabelleras negras cual largas noches sin luna. Sus ojos,
del tamaño de las ciruelas, eran profundos y oscuros, con un fulgor semejante
al del fondo de las grutas marinas que dicen que hay allende los helados
mares del norte. Estas doncellas, dulces, complacientes y sumisas, poseían
secretos embrujos para atraer a los hombres, y apartarlos, para siempre, de
sus rubias, altivas y honestas esposas.
Al fin,
rodeado de sus fieles, de entre cuyo círculo sobresalía su roja cabeza, viose
la figura de Christian acercándose a la playa. Al divisar a su esposa, se
dirigió hacia ella y, al apartarse los guerreros para dejarla paso, Gunilda
vio que su gigantesco marido acunaba un paquete entre sus brazos. Aproximose
aun más a él con paso decidido y, entonces, pudo ver que, entre aquellos
paños, había vida, la cabeza de un bebe de rasgados ojos negros que sollozaba
sin cesar. Gunilda quedó paralizada, tan solo sus ojos se movían cual zarpas
de oso, intentando encontrar, entre la multitud, la madre de aquella
criatura.”No temas”, dijo Christian al percatarse de su ansiedad, “su madre
murió durante la travesía al poco de dar a luz. Era casi una niña y las
labores del parto primero, y el frío, la nostalgia y la bruma después, la
debilitaron de tal modo que, hace dos lunas, aquel pajarillo asustado, murió
entre mis brazos. Era la hija predilecta del gran jeque Ibrahim, señor de
todas las costas de África al otro lado de las columnas de Hércules, a quien
ayude a cruzar la franja de mar que separa sus tierras de las del norte, y a
conquistar los fértiles valles que allí se encuentran”. Y luego, levantando y
ofreciendo el plañidero montón de trapos, añadió: “Esta será nuestra hija.
Deseo que la cuides, la adiestres y la eduques para que un día sea la esposa
de un gran guerrero.” Gunilda, feliz y aliviada, la tomó entre sus brazos,
cesando al instante el llanto del bebé, y respondió: “Tus órdenes serán
obedecidas.”.
La niña, a
quien su madre había puesto de nombre Sultana, creció fuerte y ágil cual
soplo de viento. Era menuda y morena, de larga cabellera azabache, cimbreante
cintura, torneadas piernas y ojos rasgados, sedosos y oscuros, del brillo y
fulgor del último recodo de la más grande caverna de la más alta montaña
allende el helado océano. Al cumplir los quince años, contrajo solemne
matrimonio con Knut, el más sabio, astuto, sagaz y bravo guerrero de cuantos
habitaron jamás las playas de las tierras llanas del norte, y tuvieron
incontables hijos e hijas, todos altos y rubios, de ojos claros y pelo
pajizo. Poco antes de morir, sin embargo, la nieta de una de sus hijas dio
luz a una niña de cara olivácea, cabello azabache y ojos rasgados, más
oscuros que la más negra noche sin luna, y Sultana, y todos sus hijos e hijas
y nietos y nietas, se regocijaron y alabaron a los dioses. Desde entonces,
cada vez que una criatura de pelo endrino, miembros menudos, y almendrados
ojos, nace en nuestra familia, lo que a veces no sucede durante generaciones
enteras, su venida al mundo es motivo de felicidad, regocijo, alegría y
fausto, porque en la tierra del frío, la nieve, el viento el hielo, la bruma,
la tempestad, el vendaval, la galerna, las verdinegras aguas, los témpanos y
las eternas llanuras blancas, ese recién nacido trae memorias de tranquilos,
cálidos y plácidos mares teñidos de infinitas turquesas, de diáfanos cielos
claros y azules, de perfumes de rosas, claveles, jazmines, romero, cantueso y
otros cientos y cientos de plantas y flores, y de impolutas aldeas, empinadas
al filo del índigo mar, por cuyas estrechas callejuelas se contonean los
cimbreantes talles de las zagalas de ojos más suaves que el terciopelo.”
Entrega nº
22
Es posible
que mi padre no me contara la historia de manera tan prolija y detallada. Es
posible que yo me durmiera en medio de su relato. Es posible que yo soñara
mucho de lo que aquí he contado. Y tampoco hay que descartar que la historia
se fuera ensanchando en sucesivos sueños y lecturas. Lo que sí puedo
asegurarle es que, desde aquella noche, nunca volví a sentir envidia de unos
ojos aguamarina, unos cabellos claros o unas largas extremidades. Por suerte,
o por desgracia, en la mayoría de los países donde me ha tocado vivir,
incluido este que no conozco pero donde actualmente resido, abundan
sobremanera los seres cetrinos y enclenques lo que también ayuda a soportar
mi desgracia. Y, al verle en aquella fotografía del ABC, tan sureño y tan
mediterráneo, no pude menos de preguntarme de qué suerte, rodeado de gentes
del tamaño de torres, más rubias que el sol y de tez más sonrosada que la
piel de un culito de recién nacido, habría podido llegar tan alto. Qué le
habría impulsado a superar la humillación y el permanente escarnio que supone
tener que tensar el gaznate cada vez que se dirigía a un interlocutor que le
superaba en treinta, o más, centímetros. Y, más de una vez, me he preguntado
si también a usted su talludo y rubicundo progenitor, en las largas noches de
invierno, le relató el cuento de Sultana, aquella niña de ojos profundos y
negros, que tenían el fulgor y brillo de la más honda caverna de las montañas
del norte, allende los helados mares. Y, desde aquel instante, sentí una
genuina y avasalladora simpatía hacia usted.
A lo largo
de semanas y semanas, estudié cada rasgo, cada línea, cada trazo de aquella
fotografía, hasta que conseguí memorizar los más nimios detalles. Luego, la
guardé durante algún tiempo y me olvidé de ella, y de usted. Pues, aunque
dicen que la primera impresión es la cuenta, le puedo asegurar que, al menos,
en el cincuenta por ciento de los casos, esa famosa primera impresión suele
verse condicionada por causas harto subjetivas, por ejemplo, la edad, la
raza, la religión y el sexo y, en tratándose de mujeres, aun la sonrisa y el
timbre de la voz, y muchas otras que ahora no me molestaré en detallar, todas
las cuales hacen que atribuyamos a personas, o cosas, cualidades, o defectos,
que ellas jamás soñaron siquiera que pudieran poseer. Al cabo de un tiempo,
cuando mi mente ya había tenido el tiempo suficiente para digerirle, saqué su
foto del escondite donde la tenía oculta, y volví a examinarla detenidamente,
para volver a guardarla de nuevo; tornando a realizar la misma operación al
cabo de algunas semanas. Las tres veces obtuve idéntico resultado, sus
facciones denotaban un temperamento y un carácter en los que se podía
confiar. De todas maneras, y partiendo del principio que toda precaución es
poca y que la prudencia debe guiar siempre todos nuestros actos, por muy
seguro que se esté de algo o alguien, le escribí una primera misiva
exploratoria y aguardé durante tres meses. Como había previsto, recibí la
callada por respuesta. Lo que me llevó a pensar que, hipótesis más probable,
la tiró directamente a la papelera al recibirla, qué otro destino podía tener
una misiva enviada por un oscuro exilado sudaca encerrado en una cárcel
carpetovetónica a un personaje tan importante, sensato y ocupado. O, y
tampoco deshecho esta última posibilidad, pues el hombre prudente debe de
tener siempre en cuenta todos los factores posibles, comenzó a leerla un día
de escaso trabajo en la oficina y, al tercer o cuarto párrafo, decidió que
aquello no había por donde cogerlo, con lo que acabó, igualmente, en el cesto
de los papeles. Por eso, en el momento de recibir esta que ahora escribo,
estoy razonablemente seguro que, al leer el nombre del remitente, le dirá a
su eficiente y recatada secretaria que la envíe directamente a la basura.
Se
preguntará, sin duda, ahora que ha dejado de leer el periódico y sorbe
parsimoniosamente su Remy Martin, al tiempo que escucha la romántica música
de Bach, qué extraño interés puedo tener en malgastar mi tiempo y, sobre
todo, mi preciosa tinta y escaso papel, enviándole misivas que yo sé,
positivamente, que nunca van a ser leídas. Quizá, siendo usted persona
inteligente, inquisitiva, sagaz y observadora, ya haya medio adivinado el
meollo del asunto. Por otra parte, siendo usted, asimismo, una persona en
extremo ocupada, no es cuestión de obligarle a que se exprima la sesera en
exceso, y se desvíe de otros temas más urgentes e importantes, para ocuparse
de este pequeño asunto. Por lo que, según mi costumbre, se lo diré en dos
palabras, de forma directa y sencilla. Insignes tratadistas, desde Hoofs a
Borges pasando por Cervantes, han apuntando en numerosas ocasiones, que la
principal característica del hombre estriba en ser un animal social. Es
decir, que lo define al hombre es la necesidad de relacionarse con otros
semejantes de su especie, no solo para sobrevivir, sino para hacer
mínimamente soportable su existencia. No me refiero, por supuesto, a las
necesidades materiales de cobijo, comida y procreación, en las que apenas nos
diferenciamos del resto de los vertebrados; siendo, por otra parte y si usted
me lo permite, inferiores en cuanto a organización y eficiencia a muchos
invertebrados. Me refiero, obviamente, a las que en un sentido genérico
podríamos llamar, sin pretender por ello definir con precisión milimétrica el
exacto sentido del término, necesidades espirituales. Si en el mundo hay, o
no, alma, y si, en el caso que esa respuesta fuera afirmativa, esa alma es un
atributo individual o colectivo y, en caso de darse el segundo supuesto, tal
atributo abarcaría, o no, a todos los seres animados y, por extensión, a los
inanimados, pues no está nada claro donde comienza y termina la vida; es algo
sumamente disputado, discutido y, hasta la fecha, al menos por los escasos
conocimientos que poseo al respecto, inconcluso. Lo que sí parece más claro,
por lo menos en lo que a mí respecta, es que el hombre se siente, y, por lo
tanto, es, humano, en tanto en cuanto se ve reflejado en los demás hombres.
Si esto ocurre, o no, en otros seres vivientes, monos, delfines, ballenas,
hormigas, abejas, termitas, mantis religiosas alacranes, moscas, amebas,
leucocitos, virus del cólera o piedras, planetas y galaxias, por citar solo
algunos ejemplos es, en mi opinión, irrelevante para la solución del problema
que nos ocupa. Si se da la circunstancia, o no, que la mosca tse tse necesita
de las vacas, los hipopótamos y los negros, para sentirse un mal bicho, o se
siente realmente tal, solo en compañía de otros congéneres; si la mantis
religiosa, quizás la especie más parecida al género humano, se siente tal,
comiendo insectos y camuflándose en la vegetación de las densas florestas
tropicales, o si, por el contrario, solo se siente plenamente mantis al
devorar, o ser devorada, por su pareja, puede ser un interesante tema de
discusión científico/filosófica, pero no es asunto que aquí nos ataña. Fuere
cual fuere la respuesta, no restaría un ápice a la incontestable evidencia de
que el hombre se realiza, y, por lo tanto, es, al establecer contacto
espiritual con otros hombres, y transmitir sus penas, alegrías, cuitas,
sinsabores y triunfos a otros de su misma especie. El que eso, a posteriore,
contribuya a educarlos y mejorarlos o, por el contrario, a destruirlos y
perderlos parece, según toda la experiencia empírica que obra en mi poder,
igualmente irrelevante. Lo que, en definitiva, constituye el hecho
existencial es el mero acto de la comunicación, siendo el resto puro devenir
circunstancial. Por último, y esto es tanto, o más importante, que lo
primero, hay que tener en cuenta que ese flujo de comunicación es, debe ser,
única y exclusivamente, unidireccional. Hasta el punto que, si es recíproco,
puede llegar a destruir la esencia misma del ser. No es, acaso, el amor más
puro aquel que no pide nada a cambio. No es la creación, lo único que nos
equipara a los dioses, un acto unilateral, unipersonal e independiente. No es
el perdón, base, cimiento y sostén de nuestra religión, nuestra filosofía y
nuestra cultura, la más firme muestra, el ejemplo más paradigmático, la
materialización más sublime, de lo que estoy diciendo. El perdón, señoría, es
algo íntimo y secreto. Algo que, en muchas ocasiones, se hace contra la
voluntad del receptor, pues, obviamente, lo que quiere nuestro enemigo es ser
odiado. Sin embargo, es la mayor realización del ser humano, aquello que,
definitivamente, nos equipara a los dioses. Dios creó y perdonó, por eso es
Dios. Bueno, pues ahí tiene, quizá de forma harto concisa, pero, creo yo,
suficientemente explícita, llana y directa, las razones y fundamentos de mi,
a primera vista, extraña conducta. Necesito sentirme hombre, necesito sentir
que existo, necesito saber que soy, necesito ausentarme de estas cuatro
paredes, necesito llenar mis noches de insomnio. La verdadera cárcel viene en
la oscuridad de la noche, mientras la soledad te ahoga el corazón y te roe
las entretelas. Todo lo que aquí me rodea, muros, fosos, alambres de espino,
patios, interminables pasillos y fríos corredores; macilentos, idiotizados y
coléricos jóvenes, cínicos aventureros, ambiciosos camellos, asesinos
psicópatas y violadores desnaturalizados, aparte de funcionarios frustrados e
insensibles, ya no son especie humana, pertenecen a un subgénero peculiar
olvidado y abandonado por Dios y los hombres y, por lo tanto, me resulta
imposible comunicarme con ellos. Que me importan sus penas y cuitas, sus
chanchullos, monos y tratos; injusticias sufridas, abusos padecidos o
familias rotas; o sus complejos, fobias, querellas y peleas. Sobre todo y
ante todo, no quiero terminar lo mismo que ellos, un pingajo acodado contra
los sucios muros, maldiciendo mi vida, mi destino y los seres que me trajeron
a este mundo. No me falle señoría, olvídese de mí, no lea mis cartas y, sobre
todo, ni se le ocurra responder a las mismas. Acuérdese de lo que dijo el
poeta
Cuando estés al final de tu camino,
La vida rota en mil y un pedazos;
Cenizas, dolor, llanto y desatino,
Agarrotándote cual vil lazo.
Si has echado ya en el olvido
Hijos, mujer, ilusión y trabajo
Y hasta la madre que al mundo te trajo,
Recuerda este verso prohibido.
El día de tu infausto entierro
Sabrás, por fin, que tu solo amigo
No es aquel que a tu entierro vino,
Sino aquel que siendo testigo
De tus crímenes, pecados y yerros
Los olvidó a mitad del camino.
Quede usted con Dios.
EXPOSICIÓN
III
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