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              MORIRTURI 
 

 

MORIRTURI
por Francisco Peiró 

(Novela epistolar) 

II 

Alcalá Meco 27 de Junio de 1.994 

Muy distinguido Señor:

                                               Yo suelo escoger, con exquisito cuidado, la gente con quien me trato. Compréndalo, en mis circunstancias, toda precaución es poca. Suelo considerar, durante semanas y meses, los pros y contras de establecer una determinada relación. Observo al candidato cada minuto del día, su forma y modo de ingerir alimentos, de sostener el cigarrillo, sus comentarios a los programas televisivos, la cadencia de su andar durante sus paseos por el patio y, sobre todo y ante todo, pongo especial atención en su comportamiento en el juego. Si yo hubiera sido siempre tan concienzudo y cuidadoso a la hora de escoger mis amigos, otro gallo me hubiera cantado. Debo decir en mi descarga, no obstante, que, hasta ahora, cuando ya es demasiado tarde, no había podido permitirme el lujo de elegir mis amistades. Ni en los tiempos en que deambulaba por los arrabales de la gran ciudad, ni en la Academia, ni en los que realizaba los trabajos sucios para el ejército, ni  en Vietnam, ni, mucho menos, en la guerrilla pude permitirme ese lujo. Uno no podía estar en esa vaina de si le convenía entablar relaciones con éste, ese o aquel. Si, en la Indochina, el coronel gringo, que tomaba tres o cuatro rayas al día, era de fiar y si, a cambio de suplirle de nieve, hacer de chofer de sus amantes y escoltarle a casa después de sus borracheras, cumpliría su palabra de enviarnos pronto a la retaguardia. O si, en los Andes, al marchar a una misión, estarían esperándote los gubernamentales, a los que el jefe te había vendido a cambio de un poco plata. Uno estaba demasiado ocupado en intentar sobrevivir hasta el día siguiente, hasta el final de esa hora, de ese mismo minuto y, por ello, no estaba en condiciones de considerar quien le caía en gracia y quien no, bastante tenía uno con no caer en desgracia. La ventaja de no tener fe, futuro, sueños, proyectos, planes, fantasías o esperanzas, estriba en que uno puede tomarse las cosas con calma, pensar pausadamente, sin necesidad que el instinto de supervivencia, el deseo de gloria, el aguijón de la codicia o la tempestad de la lujuria, marquen tu camino. También ayuda, no lo niego, que, con el peso de los años, vayas aprendiendo a soportar tu propia soledad. Ya lo creo que ayuda. Nada empuja más hacia las malas compañías que la necesidad de una palabra de aliento y estímulo, o el deseo de una caricia. También es cierto, que el canon de la soledad es alto. El mundo se convierte en un puro escaparate, en algo inanimado, artificial y repetitivo, donde el resto de los humanos actúan de mero maniquíes, y donde tú eres el único espectador. Un espectador que, disponiendo de todo el tiempo del mundo, no teme que alguien le atosigue, empuje o moleste, con frases, o comentarios, de mal tono y, por lo tanto, puede dedicarse, con la máxima tranquilidad y atención, a escrutar cada figurín de la vitrina, fijándose en el detalle más insignificante, en el cambio más nimio, en el pormenor más circunstancial; intentando descubrir, entre tanto mal gusto y tanta patanería, aunque tarde en ello mil años, algún indicio de elegancia o distinción, un destello, por ínfimo que sea, de finura, esbeltez o garbo. Atraído por el reto, concentras tu energía, tu voluntad y toda tu esperanza en aquel gran escaparate, mas nada, o casi nada, de lo que observas constituye acicate suficiente para encender tu ánimo, iluminar tu espíritu o arrebolar tu imaginación; nada de aquel cuadro mortecino, sensiblero y fugaz es capaz de encender la más débil llama. Menos mal que, a estas alturas de la vida, no por ello uno cae en la desesperación o se sumerge en la desdicha, tan solo no es capaz de amortiguar el aburrimiento. 

Ya, ya me imagino que si alguna vez leyera estas líneas, cosa que me temo no llegue a hacer nunca, una fina sonrisa aparecería en sus finos labios recortados por el elegante bigote y, al saborear su Hennessy o Remy Martin, se diría a sí mismo: “Vaya descubrimiento, cualquier patán medio lelo sabe que el aburrimiento es el fin natural de todo hombre civilizado. Precisamente, la doctrina de los modernos filósofos se centra en aprender a llevar ese estigma con elegancia, bravado y pundonor.” Permítame decirle, señoría, que esto no es así. Su aburrimiento no es, en manera alguna, igual, semejante, parecido o pariente del mío. Ya me imagino que luego de vagar durante muchos años por juzgados, tribunales y salas, cree que ya lo ha oído y visto todo, que, difícilmente, algo puede llegar a sorprenderle, asombrarle, impresionarle o conmoverle, y da por descontado que cualquier delito, fechoría, maldad o intriga, que el ser humano sea capaz de cometer, ya han sido juzgados y sentenciados, una y mil veces, por sus predecesores. Estoy de acuerdo con usted, señoría, que la vida es un mero círculo donde, ciclo tras ciclo, los mismos yerros, los mismos desmanes, las mismas fechorías, se repiten y desdoblan una y otra vez. Pero, mi querida señoría, por mucho que usted crea estar de vuelta de todo, por mucho que piense que ya nada, ni nadie, puede espolear su curiosidad, alimentar su imaginación o herir su sensibilidad; aunque tenga la firme, segura y total certeza que no hay nada que la imaginación, la acción o la omisión humana pueda urdir ex novo, a fin de engañar, sacrificar, explotar o sojuzgar a sus semejantes, usted, señoría, no sufre, ni jamás podrá sufrir, ese cáncer devorador de mentes que es el aburrimiento integral. Porque, mi digna, inteligente y perspicaz señoría, ese aburrimiento es el credo de los maltratados, la fe de los desesperados, la Biblia de los desheredados, el Corán de los desahuciados y el Kuma Sutra de los rechazados. El aburrimiento del que yo hablo no se toma ni con filosofía, ni con resignación, paciencia, humildad, elegancia, cinismo o insolencia. El aburrimiento al que yo me refiero, el verdadero aburrimiento integral, no se adquiere, ni se sufre, ni se desprecia, es algo pasivo, letárgico, yaciente, manso, resignado, dócil. No es una pose, una pantalla, una excusa, una actitud ante la vida, una doctrina, o un método ingenioso para ocultar la inutilidad de la existencia, es la existencia misma. Es la vida de todos aquellos que no controlan su propio destino, que no pertenecen a sociedad, nación o élite alguna, que ni siquiera tienen armas, implementos o utensilios para destruirse a sí mismos, por lo que ni siquiera la amenaza, el pensamiento o la idea de su propia auto inmolación, consigue sacarlos de su sopor. Es aquel de las gentes que ni se resignan, ni se adaptan al medio, pues son el medio mismo. El medio de que se sirven otros para creerse salvadores, explotadores, evangelizadores, colonizadores o, simplemente, hombres. Ha pensado alguna vez, señoría, que esa masa amorfa, maloliente, inculta y lenguaraz, que aparece constantemente por debajo de su estrado, y que solo le produce tedio, hastió, hartazgo y desencanto, son la excusa de su indolencia, pero también la justificación de su palpitar. Que su vida, señoría, solo tendrá sentido, en tanto en cuanto ellos esparzan sus malos olores, y humores, por las salas y audiencias de este mundo. Puede que un sentido negativo, contradictorio, incierto e inmoral, pero un sentido, al fin y al cabo Se ha preguntado, alguna vez, qué pasa con esa masa amorfa y maleducada, qué le motiva cada mañana y justifica su vivir al cabo de su jornada  Cree usted, realmente, señoría, que el mero hecho de servir de coartada a su existencia, y a de los su ralea, les convierte en útiles y necesarios Se equivoca señoría. Los de abajo del estrado, ese rebaño multicolor, maloliente y miserable, ni tiene manera alguna de justificar su existencia, ni justifica ninguna. El aburrimiento que se enquista en su existencia constituye su única realidad vital, y el horizonte de su muerte. Me responderá usted, señoría, quizá no exento de algo de razón, que para eso existen los mitos, las leyendas, los símbolos y las religiones, para evitar que, a esa masa amorfa, el aburrimiento le roa cual descomunal gusano a diminuta manzana. Es posible, no lo niego, que, para algunos de mi calaña, el aliño de esos condimentos atenúe su sopor, pero yo soy de aquellos a quienes se les ha indigestado ese guiso. Mi mente está ya muy engastada en esas arenas movedizas del aburrirse sin fin. 

Si, señoría, lo confieso sin ningún rubor, en un momento dado, me interesé por la religión y, no habiendo ninguna otra más a mano, caí en las garras de la católica. No niego que, quizá, hubiera otros móviles que me empujaran a ello, por ejemplo, la necesidad de una ayuda material en forma de comida o ropas, la esperanza, vana por supuesto, de una toma de interés, por parte del clero, de mi situación penal y jurídica, y, también, el deseo de hablar con alguien que viviera allende estos muros, y a quien, al rozarle la piel, pudiera yo sentir que rozaba la libertad. Al fin y al cabo, ¿no es todo eso parte misma de la ilusión del mito, del impulso íntimo de la religión? Los curas y las monjas siempre andan pululando por estos lugares, indagando, preguntando, acechando, sonriendo, maquinando. Lo de las monjas es algo más llevadero, algunas de ellas no están, todavía, viejas y ajadas del todo, ni se han convertido, aun, en sebosos paquidermos o magros palillos. A veces, al deslizarte un puñado de caramelos, puedes acariciarles la mano, y puede que alguna, casi agraciada, te permita mirarla a los ojos. Lo de los curas es otra historia, dicho en dos palabras, ellos son los que te acarician la mano y se miran en tus ojos. Bueno, tampoco podría jurarlo del todo, no soy experto en el tema, pero, cuando el río suena.... Son dos, uno de ellos no sé si llega a cura, a lo mejor no pasa de diácono, ya sabe, esos mejunjes que se llevan ahora en Roma, a este paso acabaremos teniendo obispos mujeres y a un travesti de Sumo Pontífice. Los dos son sonrosados, parsimoniosos, un tanto obesos, de voz flautil y ademanes cansinos. Estaba tan necesitado de asirme a cualquier cabo para salir del cieno que me ahogaba, que estaba dispuesto, con tal de sentir la sombra de un espíritu libre montado en alas de Pegaso, a rezar padrenuestros, musitar avemarías y acompañar, con voz apagada, los insulsos cánticos que el supuesto diácono marcaba atrozmente con su guitarra al celebrar la santa misa. Es más fácil de lo que se supone sumergirse dentro de los postulados de cualquier creencia. Por ejemplo, uno puede, sin mayor dificultad, siempre que lo necesite desesperadamente y se encuentre en el estado mental apropiado, creer, vivir y sentir en sus carnes el misterio de la Santísima Trinidad, aceptar la resurrección de la carne y, aunque esto ya es más difícil, encontrarle cierta lógica al nuevo catecismo. Con esto de la religión, ocurre lo mismo que con la pesca submarina, se puede llegar a creer, durante un corto espacio de tiempo, que se es anfibio, pero, si la ficción se lleva más allá de lo razonable, se produce el ahogo y la asfixia. No se trata de esos arcanos asuntos de la Fe, no. Lo difícil no es creer, lo difícil es convivir, mezclarte con esos hombres, babosos, fulleros y mezquinos, que te llenan la cabeza de buenas palabras, falsas promesas y vanas esperanzas, y que, una vez se ha venido todo abajo cual gigantesco castillo de naipes, intentan, cual expertos economistas, justificar sus propios errores con la manida excusa que los designios de Dios son inescrutables. Puedo aguantar muchas cosas, pero, muy a mí pesar, no puedo aguantar la resignación. Ya, ya sé que el mito se crea precisamente para ese fin, para hacer la vida más sabrosa o, al menos, menos agria, un lubrificante con el que ayudar a digerir la amarga verdad, mas, por más que lo intento, no consigo tragarme esa píldora. Si, al menos, no hubiera intermediarios, resultaría algo más fácil. Si los hombres no tuvieran que trasmitirse la dichosa saga unos a otros, sería más factible aceptarla. ¿Cómo dar crédito a lo que emite una boca, lengua, paladar y dientes, igual de careados y putrefactos que los tuyos? El problema estriba en que la existencia misma del mito se fundamenta en ser algo compartido por toda la sociedad, de lo contrario su finalidad, es decir, su existencia misma, se viene abajo. ¿Cómo resolver esa terrible contradicción, cómo conseguir que el mito no se trasmita a través de seres pusilánimes, cobardes e ignorantes que, nada más mirarles a los ojos, te das cuenta que han caído más bajo que tú mismo? Puede que la solución del enigma consista en crear, de la nada, una especie de intermediarios impolutos, infalibles y casi etéreos, a mitad de camino entre el cielo y la tierra o, por lo menos, que aparezcan bajo ese prisma ante el resto de los humanos. Será por eso, supongo, por lo que el Papa viaja tanto. De todas maneras, he de admitir que el estar sumergido en ese etéreo elemento del mito y la fe, da a la existencia una dimensión diferente. Las argollas y grilletes del aburrimiento se tornan tan livianos que casi parecen plumas, la mente vuela en espiral, dando vueltas y vueltas en un espacio cada vez más luminoso y claro; tu agotado, maltrecho y senil cuerpo, se torna carne joven, ágil e ilusionada, tus piernas apenas parecen rozar el cemento del patio, y tus manos adquieren la fuerza de las garras del tigre. Por ensalmo, tu ser aparece liberado de esa masa espesa de cieno, lodo y barro que antes ahogaba tu espíritu, a medida que te alejas del inmundo cenagal, tus ojos contemplan, desde lo alto, los cabellos y calvas, pringosas de sudor, frustración y angustia, de los que, hasta hace bien poco, fueron tus compañeros y contertulios y, con la sonrisa de oreja a oreja, das gracias a Dios por haber escapado, para toda la eternidad, de aquel pantano de miseria, putrefacción y desespero. Hasta que un día, las fuerzas te fallan, las rodillas se doblan, los sesos se atoran, la vista se nubla y tú, hasta entonces, recio y fuerte espíritu desparece, azucarillo en el agua, y, de nuevo, te sientes succionado por una especie de oscuro flujo vaginal, en forma de lechosas arenas movedizas, que te hunde y hunde, con una fuerza tan solo comparable a la que hizo que tu madre te echara al mundo. Lo curioso es que, más que sentir terror, espanto o dolor alguno, notas una cálida languidez, un morboso abandono, una dejación suicida, y ese cieno putrefacto va penetrando por boca, nariz y oídos hasta dejarte saciado.

Supongo que cada uno tendrá una razón diferente para volver a ese útero común del letargo, el aburrimiento y el desespero, aunque, a poco que escarbemos, se verá que todo se reduce a una sola causa común, al miedo a volar y ser diferentes, al temor a quedarnos a medio camino entre el cieno y el cielo. Se acuerda, señoría, de aquel pibe, de aquel pingajo reseco a quien el sida roía noche tras noche y que, noche tras noche, lanzaba las más abyectas e infelices maldiciones contra jueces, policías, familiares y amigos, Usted que se va a acordar, si ni siquiera habrá leído mi anterior misiva. Aquellas cuatro cañas quebradas y aquella cabeza de pelo ralo, mentón hundido, ojeras todo terreno y boca de asco, murió. Feneció tres días después que, incapaz de alimentarse o hacer sus necesidades, lo lleváramos a la enfermería, que es lo mismo que decir directamente al cementerio. Recuerdo el hedor que escapaba de sus entrañas y se metía en las mías, un hedor de caverna supurienta, de letrina abandonada, de gusanos ahítos de carne humana, hedor que manaba por axilas e ingles e inundaba hasta los más recónditos rincones. En compañía de otras tres almas samaritanas, lo arrastré por los pasillos camino del cementerio, ¿o fue la enfermería? Una de sus frágiles cañas la llevaba sobre mi cuello y, entre mis dedos, estrujaba una de sus muñecas, tan delgada y débil, que temía se desgajase del cuerpo en cualquier momento. Avanzábamos, pasito a pasito, frenados por el temor a desmembrarle y nuestras dificultades para respirar, tal era la fetidez que manaba de todo su cuerpo. Mientras lo arrastrábamos, el pibe, en forma de gruñido incomprensible, excepto para mí, acostumbrado a oírle noche tras noche, maldecía todo lo divino y humano. En palabras textuales, se cagó en toda la mierda del coño que lo trajo al mundo, en el mamón del padre que lo engendró, en las furzias de sus hermanas y en los bujarrones de sus hermanos y, para terminar, pidióle a aquel Dios cobarde, cruel e inhumano que, de una puta vez, diera la cara y lo sacara de este apestoso mundo.

Recuerdo que algunas noches, allá antes del alba, en las que el largo insomnio te hace ver la verdadera desesperación de las cosas, se acercaba a su ventana y gritaba con voz apagada:”Dios, hijo de la gran puta, cabrón, llévame de una puta vez a tu infierno, que, al lado de esto, debe parecer un hotel de cinco estrellas.” Yo, en la celda contigua, me arrodillaba y le pedía a Dios que tuviera compasión de aquel desdichado, que le inspirara e iluminara, y le diera valor, coraje y resignación para aceptar su santa voluntad. Luego, en un tono de voz que pudiera oír aquel desdichado, pero que no despertarse a mis otros vecinos, entonaba el Credo, siguiendo el consejo de mi mentor y padre espiritual, aquel cura de manos flácidas, ojos tristes y sonrisa bobalicona de cuyo nombre no quiero acordarme. Al oír mis rezas, mi vecino comenzaba a reírse, una risa cortante, hiriente, sombría, igual que esa que dicen tienen las hienas. Pasado un rato, en el mismo tono de voz quedo y monocorde de mi plegaria, me respondía de esta manera: ”Dios todopoderoso, destructor de todas las cosas, creador de la peste, la lepra, el cólera, la rabia, la sífilis y el sida, si de verdad eres omnipotente, si de verdad tienes cojones, dile a esos maricones de curas y sus lameculos y correveidiles de la cuerda de mi vecino de ahí al lado, que dejen de darme el coñazo. Mándame, de una santa y puta vez, uno de esos rayos exterminadores, a ver si descanso en paz de una jodida vez y para toda la eternidad.” Dicho lo cual, tornaba a reír, con esa sonrisa de hiena herida, se acostaba y permanecía en silencio la breves horas que quedaban hasta el recuento. Yo seguía allí, arrodillado en medio de mi chabolo, pidiendo a Dios, en silencio, que tuviera piedad de aquella alma atormentada. Media hora antes de abrir las celdas, todavía arrodillado, apoyaba la cabeza y los brazos sobre la litera de piedra y me quedaba dormido. Ni antes, ni después, he podido dormir con la paz, la profundidad y el sosiego que lo hacía tras haber pedido a Dios por uno de mis semejantes. Hecho mucho de menos las suaves noches de otoño en que, a través de aquellas luchas espirituales, de aquellas confrontaciones dialécticas, más allá de blasfemias, rezos, juramentos y oraciones, sentía las fuerzas de nuestras mentes salir catapultadas de entre los barrotes, y juntarse, allá en la distancia, donde nacen las claras del día, para luego retornar a nosotros, dándonos nuevos ánimos, esperanzas y bríos.

Ya, ya sé lo que va a decir, me imagino lo que está pensando, me lo sé de memoria. Le estoy viendo, enfundado en su bata de seda, con esa fina sonrisa que le sale por debajo de su recortado bigote, dejar caer estas hojas encima del sobado periódico, dirigir su vista al techo, y decirse para sus adentros: “Este pobre sudaca imbécil es un gilipollas ¿No sé da cuenta, o no quiere darse cuenta, que ese muchacho pestilente y blasfemo, ese pingajo de caca de vaca dejada a secar en medio del desierto, era la razón de su existencia, el dique que le mantenía a salvo de la desesperación y el aburrimiento? Este sudaca es un subnormal”. Pues se equivoca. Estoy perfectamente al corriente de esa circunstancia, me doy perfecta cuenta de que él era ese escalón inferior en el que todo hombre necesita apoyarse para justificar su existencia, que ante ese ser de carne putrefacta, hedionda y quebradiza, yo me sentía redentor, salvador, benefactor y liberador. Eso sí, me di cuenta cuando era demasiado tarde.

Con motivo del fallecimiento del pibe, los curitas y monjitas decidieron montar una gran juerga eclesiástica. En el tablón de anuncios del módulo pincharon una nota que decía así: “Con motivo del fallecimiento de nuestro querido compañero Nepomuceno César Valdés –con ese nombre el pobre tenía que ser sudaca, del Uruguay, según creo-, mañana, a las cinco de la tarde, tendrá lugar, en el gimnasio de este módulo, un servicio religioso en su memoria. Todos los internos del módulo quedan cordialmente invitados. Si deseas asistir a esta ceremonia, pon tu nombre y apellidos en la hoja provista para tal efecto.” Casi la totalidad del módulo se apunto a la fiesta, incluidos nigerianos, marroquíes y libaneses. Aquí todo el mundo se apunta a cualquier cosa que ayude a romper la monotonía. Nos reunimos más de  medio centenar, en la hora y fecha indicadas. El gimnasio es un cuartucho de unos cuarenta metros cuadrados, de paredes desconchadas y húmedas, sin ventanas ni ventilación alguna, que huele a suciedad y sudor, donde, amontonados en un rincón, se apilan pesas comidas por el orín, bicicletas estáticas sin manillar ni pedales, y otros inútiles y vetustos aparejos. El día anterior el cura me había dicho: “Eli –los gallegos de la península parecen incapaces de pronunciar palabras de más de dos silabas, por lo que enseguida amputan tu nombre– sería conveniente que, al final de la ceremonia, uno de los internos pronunciara unas palabras en memoria del finado. Hemos pensado que quizás tú pudieras hacerlo.”

Serían las cinco de la tarde cuando, en presencia de los internos, amen de cinco monjas, todas viejas y gordas, con nariz de halcón, mofletes de Buda y ojos de no haber roto jamás un plato, el cura y el diácono, dio comienzo el oficio. Yo estaba un tanto nervioso, a mí ese de hablar en público nunca se me ha dado demasiado bien. Odio ser el centro de atención de todas las miradas, el punto de mira de todos los pensamientos, la referencia de todas las cómplices sonrisas. Había malgastado toda la noche hilvanando imposibles discursos, discurriendo elegantes frases, cavilando sentencias, oraciones y párrafos. ¿Qué podía decir acerca del pobre Nepomuceno? Que era un blasfemo y un mal hijo, que odiaba a la madre que lo trajo al mundo y al padre que lo había engendrado, que olía a cloaca y huevos podridos, que no se había resignado a su amargo destino, que maldecía, noche tras noche, a su creador y a su suerte, que imploraba, que exigía, día tras día, al Altísimo, su destrucción y su condena. Sentía en lo más hondo de mis vísceras que ese era, precisamente, el discurso que el pobre Nepomuceno César quería de mí, que él tenía el derecho, y yo la obligación, de que se respetase su última voluntad. Ya he dicho que el hablar en público no es mi especialidad, no es mi fuerte, que me aterra, me causa pánico, me descentra, me atosiga, me ahoga, pero, al mirar por la ventana y ver dudar las primeras luces, sentí que su espíritu se unía la mío, se incrustaba dentro de mí, exigiéndome, ordenándome, demandándome, implorándome, que diera testimonio de él.

Comenzó el jolgorio. Repartiéronse unas octavillas, una por cada dos o tres colegas, dada la afluencia de público, donde venían anotadas las estrofas que, al ritmo desgarrado de la guitarra del diácono, debíamos entonar en tan memorable ocasión: 

¡Oh Señor! A tu siervo Nepomuceno
Perdónale sus pecados todos
Dale junto a ti acomodo
Y acógele, acógele en tu seno.

¡Oh Señor! Tú que todo lo puedes,
Olvídate de sus yerros y pecados,
Cólmale de dones y mercedes
Y mantenle junto a tus seres alados. 

¡Oh Señor! Acoge al pobre pecador
Y permite que estas rezas
Le libren de máculas e impurezas.
Escucha nuestras plegarias Señor.
 

Y a nosotros, pobres pecadores,
Danos fe, paciencia y entereza;
Perdona nuestros muchos errores
Faltas, caídas y torpezas. 

¡Oh Señor! Escucha este nuestro canto
Y concédenos fuerza hasta el día
En que veamos tu gloria y armonía
Y cese nuestro pesar y llanto.

La excelsa poetisa en cuestión, según me había comunicado, con cierto aire conspirador, nuestro rubicundo y algodonoso prelado, era una de las monjitas, una que tenía cara de más mala leche y ojos más acerados que el resto, y que, en muchas ocasiones, o al menos a mí así se me antojaba, miraba a los internos con una mezcla de ardoroso deseo y culpable consternación. Con expresión beatífica, el cura se colocó en posición; el diácono templó la guitarra, miró a su alrededor inquisitivamente, hizo una especia de guiño a las monjitas, las cuales, en cerrada falange, se erguían todas en la primera fila, y nos pusimos a cantar. Cantar, cantar, lo que se dice cantar, solo cantaba un negrote, alto y fuerte, un verdadero elefante, que poseía una formidable voz de barítono y que respondía al nombre de Nigel Ngabo. Las monjitas emitían esos gorgoritos aflautados, tan propios de vicetiples vírgenes en edad menopáusica, que yo ya había escuchado miles de veces, siendo un pibe, en el coro de la iglesia de mi barrio, compuesto, mayormente, por viudas de funcionarios de correos y telégrafos, contratados del Ayuntamiento, empleados de banca y demás gentes de bien. El cura y el diácono, por su parte, especialmente este último, sacaban un hilo de voz que, pretendiendo ser varonil, no iba más allá de la de un eunuco en edad próxima al retiro. El resto murmuraba, siseaba, mascullaba o gruñía, según el caso, las primeras estrofas para luego esconderse en un avergonzado silencio. En cuanto a mí, permanecía mudo cual ñandú en medio de la pampa, la boca reseca, los labios como pegados con resina, centrándose y afanándose mi mente en vanos esfuerzos por recordar las escasas frases que, durante la larga noche anterior, había memorizado para tan memorable ocasión.

“! Oh Señor! Te rogamos escuches nuestras plegarias y te dignes acoger en tu seno a nuestro hermano Ne..Nepo...Nepocumeno César Álvarez. Tú que le concediste el regalo de la vida y luego le llamaste a tu seno en la flor de la misma, haz que, por su intercesión y la de todos los santos, nos sea concedida la gracia de la perseverancia, el don de la humildad y el regalo de la purificación a través del sufrimiento. Perdónanos ¡Oh Dios! nuestras culpas, errores, faltas, delitos y tropiezos, y concédenos, en nuestra hora final, la misma entereza, la misma decisión e idéntico valor para afrontar nuestro último suspiro, que le concediste a tu siervo César Valdés. Tú que reinas en unidad de tu Hijo y del Espíritu Santo en la gloria de los cielos, por los siglos de los siglos, amén.” “Amén” respondieron, con los ojos bajos, la falange monjil y el diácono guitarrista, permaneciendo el resto de la heterogénea congregación en un discreto silencio. “Y ahora – prosiguió el párroco, mirándome directamente a los ojos –si alguno desea decir algunas palabras sobre nuestro hermano Val... Álvarez, sí Álvarez, para que el ejemplo de su vida y el martirio de su sufrimiento pueda fortificar nuestros corazones, guiar nuestros pensamientos y ennoblecer nuestro espíritu, puede hacerlo.” “Sois todos una caca, una mierda, un gran excremento pestilente de vaca diarreica a punto de estirar la pata. Ojalá os salgan túrgidos y relucientes bubones en los más hondo de vuestras ingles que, al extenderse, propagarse e inflarse, os aplasten vuestros ridículos huevos y engullan vuestras microscópica pollas. Ojalá ¡Oh monjas excelsas! que vuestras secas y yermas entrañas paran tumores purulentos, más grandes que sandías, que os revienten vuestros chochos, una y mil veces sobados por el deseo, la frustración y la concupiscencia. Ojalá a vosotros curas canoros, vendedores de falsas esperanzas, tratantes de promesas vacuas, comerciantes de almas en pena, mercachifles del más allá, os metan mil serpientes de cascabel por vuestro dilatado ojete, hasta que os revienten las tripas y el ensangrentado escupitajo de los bífidos os salga por la boca. Dejadme, dejadme, dejadme refocilarme en mi angustia, mi miseria y mi dolor, en mi soledad, mi espanto, mi rabia y mi ira. Dejad que grite, blasfeme, maldiga, profane, injurie e impreque. Marchaos todos de aquí, largaos, perdeos, piraos, dejadme solo; no quiero aguantar vuestra falsa piedad, vuestro fingido dolor, vuestra lástima artera, vuestro estéril amor, amén.” Todo este maldito discurso parecía estallar en mi cerebro, agolparse en mi boca, retumbar en mis tímpanos, reventar mis oídos, pero yo permanecía cobardemente callado, con la boca cerrada y las mandíbulas fuertemente apretadas, sintiendo el sonrojo y la vergüenza trepar hasta la misma punta de mis escasos cabellos. “Nemo no era un mal coleguilla. Bueno, usted ya me entiende padre, tenía sus cosillas, bueno sus cosas, sí eso, sus manías, sus antojos, vale. En el fondo era un pibe guay, claro. Ya me entiendes, no. En el fondo era dabute. Mala leche sí, claro, bueno, un poco. Carácter, tenía carácter. Iba a su rollo, a su cosa, a su aire y si tú pasabas de él, él pasaba de ti. Un pibe tranquilo, padre, muy suyo, sabe. No es que yo lo conociera mucho, sabe, con la enfermedad y todo eso. Hombre, un poco, eso, ¿cómo se dice? solitario, eso sí que era, vale, pero hay que ponerse en su sitio, o no. Quiero decir, usted ya me entiende. Yo una vez le di un porro, bueno, ya sabe, uno de esos y el me dio las gracias” La voz gangosa, vallecana y cheli del Ramírez, un drogata medio tísico que tenemos aquí, había ido hilvanando, trabajosamente, las frases, dejándolas caer al desgaire. Creo que cumplía años el mismo día que el finado, por eso, quizá, pensó que tenía la obligación de dar la cara por él. Terminada la perorata, al igual que ocurre cada vez que el protocolo se ve alterado, se produjo un interminable e indeciso silencio. El rollizo cura, con sus ojos de miope, me miraba a mí y al Ramírez sin saber que hacer, al fin, el diácono, en un alarde de audacia, aporreó de nuevo las cuerdas y el cura, y el virginal coro, atacaron las últimas estrofas. 

Bendice aquellos ¡Oh Señor!
Que a cantar tu gloria venimos.
Mantennos en el buen camino
Y sálvanos del ángel exterminador.
 

Alabemos todos su gloria infinita,
Alabemos su poder universal
Y se digne librarnos de todo mal
Aquel que la vida da y quita. 

Y ahí se acabó la fiesta. Yo me escabullí lo mejor que pude y, desde ese día, no he querido saber nada de religiones, curas o monjas. Cada vez que vienen a husmear por aquí, repartiendo, caramelos, resignación y buenos consejos, me las arreglo para alcanzar el tigre sin ser visto; y allí permanezco hasta que se apagan sus sermones y palabras de aliento y conmiseración. Todavía hay algunas noches que, allá la alba, una fuerza oculta me hace mirar hacia los reflectores del patio y, en medio de aquella luz, veo desplazarse una vaga sombra. Ya, ya sé que todo es producto de mi imaginación, pero el caso es que la veo y, a ritmo de débil canto gregoriano, voy repitiendo, palabra por palabra, el discurso aquel que no me atreví a soltar en su día. 

Ya creo haberle dicho que suelo ser muy cuidadoso a la hora de escoger la gente con quien me trato, por lo que, desde aquel día, no he vuelto a intimar con nadie. Claro que, cual ya le relaté en la mía anterior, a veces me rebajo a mendigar un cigarrillo pero, al fin y al cabo, solo se trata de una mera transacción comercial, tabaco a cambio de conversación, la conversación del otro se entiende, pues yo me limito a escuchar y asentir y, a veces, y excepcionalmente, a gruñir. Hace unos meses, sin embargo, vi su foto, salía usted en las páginas de la actualidad gráfica del ABC. “El eminente jurisconsulto danés Hans Andersen, que ha sido nombrado recientemente presidente de la Sala de lo Penal del Tribunal de Estrasburgo” No sé si era una foto reciente o de archivo, pero ahí estaba usted, en una toma de primer plano, con su pelo ya medio ralo, aunque todavía azabache y sin una sola cana, sus oscuros y penetrantes ojos, sus finos labios y su recortado bigote. Se le adivinaba enjuto y de corta estatura, de andares firmes y ademanes autoritarios. Era, en masculino, el vivo retrato de mi madre, sobre todo aquellos ojos negros profundos y melancólicos y, a la vez, de un tinte entre acerado y turquesa, en los que se reflejaban las profundidades marinas del Báltico. El único recuerdo que poseo de mi madre proviene de un medallón que, de pibe chiquito, solía guardar en la mesita de noche, los mismos cabellos, los mismos ojos, la misma boca. Una noche, quizá antes de que mi padre volviera a casarse, no tendría yo más de tres o cuatro años, mi progenitor vino a darme un beso de buenas noches. Aun huelo el agrio hedor de su boca, señal inequívoca de que había bebido en exceso. Al inclinarse hacia mí, acaricie su cabellera de oro y, mirando el medallón, le pregunté por que mi madre y yo no nos parecíamos en nada a él; por qué mi hermano mayor tenía sus mismos ojos claros, su rubia cabellera y su rosada tez, y yo, sin embargo, la faz aceitunada, el pelo azabache y los ojos de carbón. Recuerdo las lágrimas de sus ojos, la consternación de mi pecho, y sus fuertes manos acariciando mi cara. Recuerdo mis frágiles manitas agarrándose histéricamente a su cuello. Recuerdo que, en un susurro, en su gutural y cortante castellano, dijo así:”Hay una leyenda entre los hombres del norte, una leyenda de los tiempos en que los abuelos de tus abuelos de tus abuelos ni siquiera habían pensado en nacer. Una leyenda de hace más de mil años”. “Papá, ¿qué es una leyenda?”Pregunté. Mi padre sostuvo mi cara entre sus manos y me miró a los ojos, yo hice una mueca de desagrado al notar su aliento, él rió con sonrisa apagada y triste. “Una leyenda es un cuento que se cuenta a los niños, arropados junto al fuego entre pieles y mantas, en las largas noches de invierno mientras, escuchan el aullido del viento en la llanura, los gritos de los lobos en la soledad de la noche, y el crujir de puertas y ventanas al ser atacadas por la nieve.” “¿Es la historia del patito feo una leyenda?”. Mi padre volvió a reír con la misma lúgubre risa, yo torné a estremecerme con el hedor que salía de sus entrañas. “Todavía no lo es, pero quizá un día llegue a serlo, si, otra vez, el mundo se sumerge en las tinieblas y los nietos de los nietos de tus nietos, y aun mucho más allá, no se acuerden del nombre del que la inventó”. ” ¿Y cómo es ese cuento?”, insistí. Volvió a depositarme entre las sábanas, besó mi frente, exhaló un profundo suspiro, fue en busca de una silla, se sentó a una distancia prudente, para que su aliento no afectara a mi pituitaria, cruzó las piernas, metió las manos en los bolsillos y prosiguió. “Hace muchos siglos, los normen, los hombres del norte, cansados de mirar, durante las largas noches de invierno, el fluir de los témpanos de hielo entre las oscuras aguas de sus mares. Cansados de contemplar el relucir de los diminutos carbunclos de nieve en las heladas llanuras, del ladrar de sus perros en las interminables noches sin luna, y cansados, en fin, de mirar los rostros cansados de sus compañeros de barbas hirsutas y tristes semblantes, decidieron embarcar en sus largas naves, empuñar los remos entre sus recias y callosas manos y poner rumbo al sur. Christian, el jefe de la expedición, era un bravo guerrero, poseía la altura de un abeto, la fortaleza de un oso, ojos azules de cielo en verano, cabello de trigo en otoño, y barba tan recia y dura, más roja que las ascuas de la gran hoguera de primavera, que la creía su mejor escudo. Partieron, un brumoso día de primavera, al rayar el alba. Viejos, mujeres y niños se agolpaban en la oscura playa azotada todavía por los gélidos vientos del norte. Los hombres levantaron en vilo a sus hijos, besaron a sus mujeres en la frente, abrazaron a sus padres, y subieron a las naves que, poco después, con el chapoteo ronco, pausado y regular de los remos, se fundían con las tenues nubes matutinas y desaparecían en el grisáceo espejo del mar.

Pasaron tres largos años sin que se tuviese noticias de ellos. Una o dos veces, algunos pescadores de las costas vecinas que recalaban ocasionalmente en sus playas, decían haber oído rumores, que otros navegantes habían dicho haber oído, que naves y hombres habían arribado al gran mar interior del sur donde no existe frió, tormenta o bruma, donde las aguas son tan azules y transparentes que semejan millones de iris de vírgenes nórdicas, donde en los largos meses de estío sopla un viento, tan seco y abrasador, que la única manera de combatirlo es permanecer continuamente sumergido entre las cálidas olas, y donde, aunque eso seguro que eran puras habladurías, el mar no se aleja de la playa ni de noche ni de día. Transcurría la primavera del cuarto año, un día desapacible y ventoso de primeros de mayo, a veces, un tímido rayo de sol se filtraba entre las nubes de aguanieve. De pronto, condensados de entre la niebla marina y surgidos del mismo fondo del mar, aparecieron tres largas naves, de las cinco que habían partido. Con la velocidad de un rayo que hubiera explotado al chocar dos nubes de estío, los niños, mujeres y viejos de la aldea corrieron hacia la playa. Los hombres de las recias naves saltaron, cual delfines, por la borda. Mujeres, niños y viejos se adentraron en el mar, fundiéndose todos en un abrazo entre aquellas ondas frías y verdosas. Tan solo Gunilda, la esposa de Christian, e hija mayor del jefe del clan, orgullosa y altiva, esperaba en tierra firme la llegada de su esposo. Gunilda, en tiempos, había dado a luz a tres criaturas, dos varones y una hembra, pero los tres habían muerto al poco de nacer y, en el último, la vieja partera le había susurrado al oído que jamás volvería a concebir. De pequeña, había escuchado, de boca de su abuela, las viejas sagas en las que se relataba las hazañas de los grandes guerreros que habían partido para los mares del sur, y habían vuelto con telas de brillante y nívea textura, con piedras de misteriosos destellos que, al reflejarse en las luces de la mañana, cegaban los ojos, con frutas de increíble tamaño, algunas del verdor del trigo en primavera y otras con el fulgor dorado de la mies en otoño, y con cántaros colmados de agua rojiza de aromas dulces de cálidos y serenos lugares. Pero, a veces, ¡ay! también habían traído doncellas. Mujeres de pequeña estatura, de talles cimbreantes, senos turgentes, torneadas piernas, y largas y sedosas cabelleras negras cual largas noches sin luna. Sus ojos, del tamaño de las ciruelas, eran profundos y oscuros, con un fulgor semejante al del fondo de las grutas marinas que dicen que hay allende los helados mares del norte. Estas doncellas, dulces, complacientes y sumisas, poseían secretos embrujos para atraer a los hombres, y apartarlos, para siempre, de sus rubias, altivas y honestas esposas.

Al fin, rodeado de sus fieles, de entre cuyo círculo sobresalía su roja cabeza, viose la figura de Christian acercándose a la playa. Al divisar a su esposa, se dirigió hacia ella y, al apartarse los guerreros para dejarla paso, Gunilda vio que su gigantesco marido acunaba un paquete entre sus brazos. Aproximose aun más a él con paso decidido y, entonces, pudo ver que, entre aquellos paños, había vida, la cabeza de un bebe de rasgados ojos negros que sollozaba sin cesar. Gunilda quedó paralizada, tan solo sus ojos se movían cual zarpas de oso, intentando encontrar, entre la multitud, la madre de aquella criatura.”No temas”, dijo Christian al percatarse de su ansiedad, “su madre murió durante la travesía al poco de dar a luz. Era casi una niña y las labores del parto primero, y el frío, la nostalgia y la bruma después, la debilitaron de tal modo que, hace dos lunas, aquel pajarillo asustado, murió entre mis brazos. Era la hija predilecta del gran jeque Ibrahim, señor de todas las costas de África al otro lado de las columnas de Hércules, a quien ayude a cruzar la franja de mar que separa sus tierras de las del norte, y a conquistar los fértiles valles que allí se encuentran”. Y luego, levantando y ofreciendo el plañidero montón de trapos, añadió: “Esta será nuestra hija. Deseo que la cuides, la adiestres y la eduques para que un día sea la esposa de un gran guerrero.” Gunilda, feliz y aliviada, la tomó entre sus brazos, cesando al instante el llanto del bebé, y respondió: “Tus órdenes serán obedecidas.”.

La niña, a quien su madre había puesto de nombre Sultana, creció fuerte y ágil cual soplo de viento. Era menuda y morena, de larga cabellera azabache, cimbreante cintura, torneadas piernas y ojos rasgados, sedosos y oscuros, del brillo y fulgor del último recodo de la más grande caverna de la más alta montaña allende el helado océano. Al cumplir los quince años, contrajo solemne matrimonio con Knut, el más sabio, astuto, sagaz y bravo guerrero de cuantos habitaron jamás las playas de las tierras llanas del norte, y tuvieron incontables hijos e hijas, todos altos y rubios, de ojos claros y pelo pajizo. Poco antes de morir, sin embargo, la nieta de una de sus hijas dio luz a una niña de cara olivácea, cabello azabache y ojos rasgados, más oscuros que la más negra noche sin luna, y Sultana, y todos sus hijos e hijas y nietos y nietas, se regocijaron y alabaron a los dioses. Desde entonces, cada vez que una criatura de pelo endrino, miembros menudos, y almendrados ojos, nace en nuestra familia, lo que a veces no sucede durante generaciones enteras, su venida al mundo es motivo de felicidad, regocijo, alegría y fausto, porque en la tierra del frío, la nieve, el viento el hielo, la bruma, la tempestad, el vendaval, la galerna, las verdinegras aguas, los témpanos y las eternas llanuras blancas, ese recién nacido trae memorias de tranquilos, cálidos y plácidos mares teñidos de infinitas turquesas, de diáfanos cielos claros y azules, de perfumes de rosas, claveles, jazmines, romero, cantueso y otros cientos y cientos de plantas y flores, y de impolutas aldeas, empinadas al filo del índigo mar, por cuyas estrechas callejuelas se contonean los cimbreantes talles de las zagalas de ojos más suaves que el terciopelo.” 

Entrega nº 22

Es posible que mi padre no me contara la historia de manera tan prolija y detallada. Es posible que yo me durmiera en medio de su relato. Es posible que yo soñara mucho de lo que aquí he contado. Y tampoco hay que descartar que la historia se fuera ensanchando en sucesivos sueños y lecturas. Lo que sí puedo asegurarle es que, desde aquella noche, nunca volví a sentir envidia de unos ojos aguamarina, unos cabellos claros o unas largas extremidades. Por suerte, o por desgracia, en la mayoría de los países donde me ha tocado vivir, incluido este que no conozco pero donde actualmente resido, abundan sobremanera los seres cetrinos y enclenques lo que también ayuda a soportar mi desgracia. Y, al verle en aquella fotografía del ABC, tan sureño y tan mediterráneo, no pude menos de preguntarme de qué suerte, rodeado de gentes del tamaño de torres, más rubias que el sol y de tez más sonrosada que la piel de un culito de recién nacido, habría podido llegar tan alto. Qué le habría impulsado a superar la humillación y el permanente escarnio que supone tener que tensar el gaznate cada vez que se dirigía a un interlocutor que le superaba en treinta, o más, centímetros. Y, más de una vez, me he preguntado si también a usted su talludo y rubicundo progenitor, en las largas noches de invierno, le relató el cuento de Sultana, aquella niña de ojos profundos y negros, que tenían el fulgor y brillo de la más honda caverna de las montañas del norte, allende los helados mares. Y, desde aquel instante, sentí una genuina y avasalladora simpatía hacia usted.

A lo largo de semanas y semanas, estudié cada rasgo, cada línea, cada trazo de aquella fotografía, hasta que conseguí memorizar los más nimios detalles. Luego, la guardé durante algún tiempo y me olvidé de ella, y de usted. Pues, aunque dicen que la primera impresión es la cuenta, le puedo asegurar que, al menos, en el cincuenta por ciento de los casos, esa famosa primera impresión suele verse condicionada por causas harto subjetivas, por ejemplo, la edad, la raza, la religión y el sexo y, en tratándose de mujeres, aun la sonrisa y el timbre de la voz, y muchas otras que ahora no me molestaré en detallar, todas las cuales hacen que atribuyamos a personas, o cosas, cualidades, o defectos, que ellas jamás soñaron siquiera que pudieran poseer. Al cabo de un tiempo, cuando mi mente ya había tenido el tiempo suficiente para digerirle, saqué su foto del escondite donde la tenía oculta, y volví a examinarla detenidamente, para volver a guardarla de nuevo; tornando a realizar la misma operación al cabo de algunas semanas. Las tres veces obtuve idéntico resultado, sus facciones denotaban un temperamento y un carácter en los que se podía confiar. De todas maneras, y partiendo del principio que toda precaución es poca y que la prudencia debe guiar siempre todos nuestros actos, por muy seguro que se esté de algo o alguien, le escribí una primera misiva exploratoria y aguardé durante tres meses. Como había previsto, recibí la callada por respuesta. Lo que me llevó a pensar que, hipótesis más probable, la tiró directamente a la papelera al recibirla, qué otro destino podía tener una misiva enviada por un oscuro exilado sudaca encerrado en una cárcel carpetovetónica a un personaje tan importante, sensato y ocupado. O, y tampoco deshecho esta última posibilidad, pues el hombre prudente debe de tener siempre en cuenta todos los factores posibles, comenzó a leerla un día de escaso trabajo en la oficina y, al tercer o cuarto párrafo, decidió que aquello no había por donde cogerlo, con lo que acabó, igualmente, en el cesto de los papeles. Por eso, en el momento de recibir esta que ahora escribo, estoy razonablemente seguro que, al leer el nombre del remitente, le dirá a su eficiente y recatada secretaria que la envíe directamente a la basura.

Se preguntará, sin duda, ahora que ha dejado de leer el periódico y sorbe parsimoniosamente su Remy Martin, al tiempo que escucha la romántica música de Bach, qué extraño interés puedo tener en malgastar mi tiempo y, sobre todo, mi preciosa tinta y escaso papel, enviándole misivas que yo sé, positivamente, que nunca van a ser leídas. Quizá, siendo usted persona inteligente, inquisitiva, sagaz y observadora, ya haya medio adivinado el meollo del asunto. Por otra parte, siendo usted, asimismo, una persona en extremo ocupada, no es cuestión de obligarle a que se exprima la sesera en exceso, y se desvíe de otros temas más urgentes e importantes, para ocuparse de este pequeño asunto. Por lo que, según mi costumbre, se lo diré en dos palabras, de forma directa y sencilla. Insignes tratadistas, desde Hoofs a Borges pasando por Cervantes, han apuntando en numerosas ocasiones, que la principal característica del hombre estriba en ser un animal social. Es decir, que lo define al hombre es la necesidad de relacionarse con otros semejantes de su especie, no solo para sobrevivir, sino para hacer mínimamente soportable su existencia. No me refiero, por supuesto, a las necesidades materiales de cobijo, comida y procreación, en las que apenas nos diferenciamos del resto de los vertebrados; siendo, por otra parte y si usted me lo permite, inferiores en cuanto a organización y eficiencia a muchos invertebrados. Me refiero, obviamente, a las que en un sentido genérico podríamos llamar, sin pretender por ello definir con precisión milimétrica el exacto sentido del término, necesidades espirituales. Si en el mundo hay, o no, alma, y si, en el caso que esa respuesta fuera afirmativa, esa alma es un atributo individual o colectivo y, en caso de darse el segundo supuesto, tal atributo abarcaría, o no, a todos los seres animados y, por extensión, a los inanimados, pues no está nada claro donde comienza y termina la vida; es algo sumamente disputado, discutido y, hasta la fecha, al menos por los escasos conocimientos que poseo al respecto, inconcluso. Lo que sí parece más claro, por lo menos en lo que a mí respecta, es que el hombre se siente, y, por lo tanto, es, humano, en tanto en cuanto se ve reflejado en los demás hombres. Si esto ocurre, o no, en otros seres vivientes, monos, delfines, ballenas, hormigas, abejas, termitas, mantis religiosas alacranes, moscas, amebas, leucocitos, virus del cólera o piedras, planetas y galaxias, por citar solo algunos ejemplos es, en mi opinión, irrelevante para la solución del problema que nos ocupa. Si se da la circunstancia, o no, que la mosca tse tse necesita de las vacas, los hipopótamos y los negros, para sentirse un mal bicho, o se siente realmente tal, solo en compañía de otros congéneres; si la mantis religiosa, quizás la especie más parecida al género humano, se siente tal, comiendo insectos y camuflándose en la vegetación de las densas florestas tropicales, o si, por el contrario, solo se siente plenamente mantis al devorar, o ser devorada, por su pareja, puede ser un interesante tema de discusión científico/filosófica, pero no es asunto que aquí nos ataña. Fuere cual fuere la respuesta, no restaría un ápice a la incontestable evidencia de que el hombre se realiza, y, por lo tanto, es, al establecer contacto espiritual con otros hombres, y transmitir sus penas, alegrías, cuitas, sinsabores y triunfos a otros de su misma especie. El que eso, a posteriore, contribuya a educarlos y mejorarlos o, por el contrario, a destruirlos y perderlos parece, según toda la experiencia empírica que obra en mi poder, igualmente irrelevante. Lo que, en definitiva, constituye el hecho existencial es el mero acto de la comunicación, siendo el resto puro devenir circunstancial. Por último, y esto es tanto, o más importante, que lo primero, hay que tener en cuenta que ese flujo de comunicación es, debe ser, única y exclusivamente, unidireccional. Hasta el punto que, si es recíproco, puede llegar a destruir la esencia misma del ser. No es, acaso, el amor más puro aquel que no pide nada a cambio. No es la creación, lo único que nos equipara a los dioses, un acto unilateral, unipersonal e independiente. No es el perdón, base, cimiento y sostén de nuestra religión, nuestra filosofía y nuestra cultura, la más firme muestra, el ejemplo más paradigmático, la materialización más sublime, de lo que estoy diciendo. El perdón, señoría, es algo íntimo y secreto. Algo que, en muchas ocasiones, se hace contra la voluntad del receptor, pues, obviamente, lo que quiere nuestro enemigo es ser odiado. Sin embargo, es la mayor realización del ser humano, aquello que, definitivamente, nos equipara a los dioses. Dios creó y perdonó, por eso es Dios. Bueno, pues ahí tiene, quizá de forma harto concisa, pero, creo yo, suficientemente explícita, llana y directa, las razones y fundamentos de mi, a primera vista, extraña conducta. Necesito sentirme hombre, necesito sentir que existo, necesito saber que soy, necesito ausentarme de estas cuatro paredes, necesito llenar mis noches de insomnio. La verdadera cárcel viene en la oscuridad de la noche, mientras la soledad te ahoga el corazón y te roe las entretelas. Todo lo que aquí me rodea, muros, fosos, alambres de espino, patios, interminables pasillos y fríos corredores; macilentos, idiotizados y coléricos jóvenes, cínicos aventureros, ambiciosos camellos, asesinos psicópatas y violadores desnaturalizados, aparte de funcionarios frustrados e insensibles, ya no son especie humana, pertenecen a un subgénero peculiar olvidado y abandonado por Dios y los hombres y, por lo tanto, me resulta imposible comunicarme con ellos. Que me importan sus penas y cuitas, sus chanchullos, monos y tratos; injusticias sufridas, abusos padecidos o familias rotas; o sus complejos, fobias, querellas y peleas. Sobre todo y ante todo, no quiero terminar lo mismo que ellos, un pingajo acodado contra los sucios muros, maldiciendo mi vida, mi destino y los seres que me trajeron a este mundo. No me falle señoría, olvídese de mí, no lea mis cartas y, sobre todo, ni se le ocurra responder a las mismas. Acuérdese de lo que dijo el poeta 

Cuando estés al final de tu camino,
La vida rota en mil y un pedazos;
Cenizas, dolor, llanto y desatino,
Agarrotándote cual vil lazo. 

Si has echado ya en el olvido
Hijos, mujer, ilusión y trabajo
Y hasta la madre que al mundo te trajo,
Recuerda este verso prohibido.
 

El día de tu infausto entierro
Sabrás, por fin, que tu solo amigo
No es aquel que a tu entierro vino,

Sino aquel que siendo testigo
De tus crímenes, pecados y yerros
Los olvidó a mitad del camino. 

Quede usted con Dios.

EXPOSICIÓN III

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