
MORIRTURI
por Francisco Peiró
(Novela epistolar)
EXPOSICIÓN
I
Alcalá
Meco 14 de Febrero de 1.994
Muy distinguido señor:
La recepción de una carta no
es siempre motivo de congoja. La emisión de la misma, por lo menos en lo que
a mí concierne, sí lo es. Durante estos cinco últimos largos años he escrito
más de trescientas misivas, es decir, más de una por semana y, que yo
recuerde, ninguna de ellas ha sido motivo de regocijo, contento, felicidad o
alborozo. Las pocas, muy pocas a decir verdad, que he escrito a parientes, o
no han sido contestadas o lo han sido tanto tiempo después que su recepción
producía más tristeza, al constatar en que poca estima lo tienen a uno, que
exultante júbilo, al saber, a destiempo y a deshora, de aquellos seres
preteridamente queridos y hoy prácticamente olvidados. Esas han sido pocas,
muy pocas, si las comparamos a la riada, al alud, a las toneladas de papel
que he malgastado, disipado y dilapidado; a los litros, a los mares, de tinta
que he vertido, pluma en ristre, en el vano intento, en la gaseosa quimera,
de hacerme oír por alguien capaz de escuchar mi pena, subsanar mi dolor o
amortiguar mi desesperación. En mi tortura, he llegado a escribir al rey, al
presidente del gobierno, a la reina consorte, al príncipe heredero, al
Presidente de las Cortés, al del Senado, al de Cáritas, Cruz Roja y Amnistía
Internacional, y había pensado hacerlo a la Sociedad Protectora de Animales.
Quién soy yo, sino un animal, acosado, abandonado, olvidado y maltratado.
Todo eso, por supuesto, después de malgastar toneladas, montañas, de papel,
tinta y horas, enviando misiva tras misiva al ministro y Ministerio de
Justicia, al Fiscal General del Estado, Presidentes del Tribunal
Constitucional, Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Director
General de Instituciones Penitenciarias, Director General de la Seguridad de
Estado, Defensor de Pueblo, Presidente de la Conferencia Episcopal y
Directores de los diversos centros penitenciarios donde me han ido alojando.
Y, por supuesto, aunque solo muy esporádicamente, a mi siempre mutante,
siempre mudo, siempre sordo y siempre ausente abogado de oficio. Esto es, las
pocas veces que he llegado a saber la correcta dirección de su bufete. De
todos he recibido la misma respuesta, la callada que dicen aquí. Ha de saber
que, aunque mi español es limpio y bruñido, todavía no he llegado a
familiarizarme del todo con el castellano que, tan solo, es la versión local
de ese idioma que hablamos todos. La verdad es que, en los cinco años que
llevo aquí, no he mostrado ninguna inclinación por adaptarme a las costumbres
locales, supongo que porque no conozco el país, ni maldito interés que tengo
en ello. Yo soy de donde soy, vengo de donde vengo, y no tengo el más mínimo
interés en renegar ni ocultar mis orígenes que, por otra parte, son un tanto
confusos. De todas maneras, qué más da. Qué más da si mi español es el
correcto de la Patagonia, El Chaco, Entrerríos, Cienfuegos o la provincia de
Burgos, a usted qué más le da. ¿Habla usted acaso mi idioma? Y, si lo
hablase, me iba a hacer más o menos caso por ser mi vocabulario y mi
gramática más o menos floridos. Sinceramente, no creo que usted vaya a
prestarme ni más, ni menos, atención que toda esa serie de autoridades y
personajillos a los que antes me he referido. Pero, ¿qué voy a hacer, caer en
la desesperación, abandonarme a mi suerte, ver los días pasar, uno tras otro,
sin que ninguna perspectiva de libertad los ilumine? Permita, al menos, a
este hombre provecto cuya única esperanza, bueno esperanzas ya no me quedan,
pero todavía tengo la ilusión, el espejismo, la quimera si usted quiere, de
que alguien me escuche, de que alguien comparta mi dolor, mi indignación y
disgusto por tanta infamia, por tanto abuso, por tanta prevaricación, por
tanta injusticia. Dicen que la suya es la última Corte de Apelación que hay
en Europa, que son gente atenta, dialogante y compasiva, de espíritu ecuánime
y sereno y que han llamado más de una vez la atención a los jueces y
tribunales de esta misérrima tierra, quienes, ciertamente, y yo doy
testimonio de ello, son harto propensos a juzgar y dictaminar sin llegar, no
ya al fondo, sino ni siquiera a la mera superficie de las cosas. Así que me
arriesgaré, que remedio me queda, y malgastaré una vez más mi pluma y mi
pulso en el relato pormenorizado de mi historia con la esperanza, intuyo que
vana, de que alguien me escuche en medio de este desierto de sordos.
Permítame decirle antes, sin
intención de ofensa o agravio alguno, que prefiero, a pesar de todo, a
aquellos que ignoran mis justas reivindicaciones, que a los que me contestan
con manidos formulismos, frases hechas o excusas de rigor. El “tomo nota de
su problema y veré lo que puedo hacer”, el “siento muchísimo su situación
pero este no es el departamento adecuado para la solución de su problema”, o
el todavía mucho peor “tenga confianza en Dios Omnipotente que todo lo
puede”, alteran más mi, ya de por sí, muy alterado sistema nervioso, que
pudiera hacerlo la decepción y frustración que siempre produce el tener la
callada por respuesta. Pero, ¡Por el amor de todos los dioses y diablos del
infierno! algo o alguien tiene que ser capaz de atender mis quejas con un
mínimo de comprensión y cariño y con algo, por muy perentoria y básica que
sea, de efectividad. No es posible que todo el mundo me de la espalda, me
abandone, me deje consumirme lenta e irremisiblemente, cual coyote viejo que
renquea moribundo por las soledades de la pampa.
Yo, señoría, al parecer, fui
concebido en la ciudad de Alborg, al norte de la península de Jutlandia. Una
tierra, según dicen, fértil y llana que, de alguna manera, se me antoja
parecida a otra en la que luego me tocó vivir gran parte de mi infancia. Mi
nombre es Heliodoro Christophersen, y aunque hay pocas dudas acerca del
origen de mi apellido, mi nombre de pila siempre ha sido motivo de toda
suerte de especulaciones y cábalas, y aquí, de sarcasmos y burlas, a los que
siempre me he apresurado a poner fin, coto y freno, en la medida de mis
posibilidades. Allá, allende el océano, las gentes tienen una visión más
amplia de la Historia y del devenir de las cosas y ello se plasma, a nivel
popular, en el uso común de patronímicos que parecen estar vedados a las
estrechas y arcaicas mentes de los de este lado del charco. Nadie allá se
asombra, ni mueve siquiera un pelo de sus pestañas, porque a un prieto se le
bauticé Trajano Pompeyo Alba, o que un indiecito responda por Newton Edison
Covarrubias, o una cristiana se le llame Zulema, o a un moro Santiago. Aquí,
sin embargo, con esas mentes anquilosadas de cristianos viejos, cualquier
recurso a la imaginación de la Historia lo encuentran ridículo o risible.
Para ellos, lo único sensato y formal, cabal y razonable es lo manido, lo
trillado, lo aburrido, lo simple, lo fácil. Todo lo que sea adentrarse en la
belleza de los sonidos, en el suave temple de las voces, en la dulce armonía
de tonos y matices, se les antoja afeminado, ridículo y fuera de lugar. Y
así, con sus desabridas, secas y cortantes voces, más propias de cavernícolas
que de gentes que pretenden darnos lecciones de civismo y democracia, se
llaman unos a otros Pepe, Paco, Pedro o Quique, con un acento tan duro y una
inflexión de voz tan agria, que más que llamar a un hermano o a un padre
parecen escupir un insulto. De todas formas, continúa siendo un misterio la
razón por la que mi padre escogió tal nombre. Jamás me atreví a indagarle. Mi
padre era de esos al que ciertas cosas no podían preguntársele. Quizá fuera
tan solo un nombre que, por cualquier circunstancia, retuvo en su memoria
durante sus primeros días de estancia en el Nuevo Mundo, quizás abrió el
Santoral y eligió el primero con el que se tropezaron sus ojos o,
simplemente, se lo sugirió el escribano del mismo Registro. Pero yo tengo la
esperanza, me atrevería a decir la certeza, que había, que hay, alguna razón
más poderosa por la que yo estaba destinado a llamarme Heliodoro.
Mi madre murió al poco tiempo
de llegar a su nueva patria, tendría yo tan solo unos meses, puede que tan
solo unas semanas, jamás me atreví a preguntarle sobre este tema a mi viejo.
Bueno, quizá lo hiciera alguna vez de muy niño, pero sus respuestas fueron
tan confusas, y dichas de tan mala gana, que nunca más quise insistir sobre
ello. El viejo tornó a casarse al poco, y a la edad de ocho años me enviaron
a un internado. Un lugar lóbrego, sucio y frío del que prefiero no acordarme,
y del que me escapé un buen día, con tan solo quince años, para no volver
jamás. Jamás, tampoco, volví a ver a mi familia. Mi viejo, que era ingeniero
civil, se pasaba la vida embarcado en los ferrocarriles, siempre de pueblo en
pueblo, acechando los infinitos horizontes de la Pampa. Lo recuerdo, alto,
rubio y con poblada barba, de pie en la plataforma exterior del vagón,
disfrutando de aquella tierra sin límites. Yo debo de haber salido a mi
madre, soy moreno, casi cetrino, no muy alto y delgaducho, casi enclenque,
hasta el punto de que muchos antes de escuchar mi apellido me tienen por
sirio.
Perdone que me esté
extendiendo tanto en estos prolegómenos. Por las noches, al tomar la pluma,
esta parece pegarse al papel y no hay forma de que mi puño pare de hacer
garabatos. Si no escribo pienso, y eso es mucho peor. Además, cuando uno deja
de emborronar cuartillas tiende, quizá por lo avanzado de la hora, a apagar
la luz y echarse sobre la cama, en un bravo, pero vano, intento de atraer el
sueño, con lo que uno acaba pasando horas y horas intentando contar las
grietas del techo, a la vez que escucha los ronquidos de las celdas
contiguas, los susurros de algunas conversaciones de ventana a ventana, y el
leve rumor de los automóviles ronroneando en la lejanía. Poco apoco, de entre
esas grietas, mi vida va surgiendo cual falso humo de teatro. Mis años
trampeando por Belgrano, mis tiempos en la escuela de suboficiales, mis
miedos en Vietnam con la Cruz Roja, las angustias, las miserias, las
soledades de mis horas con las guerrillas de Colombia y Perú; mis dos
chamacas, mis diez hijos, habidos de cuatro mujeres, y mi cabalgar solitario
por la hacienda, contemplando el sol que se incrusta en la llanura. Si he
decirle la verdad, todo parece convertirse en una especie de película muda de
dibujos, y me río y me divierto recordando hechos inéditos que hasta ese
momento no habían aflorado a mi mente. Siempre hay un momento en el que, de
pronto, el pasado deja de fluir por esas ranuras que rezuman penas y
humedades y la mente se vacía. Veo, entonces, cerrarse las grietas y, en la
blanca y sucia pared, observo el futuro que me estrangula. Me pregunto para
qué quiero salir de aquí, cuál va a ser mi vida fuera de estos muros, y si a
la vida, a mi vida, le queda algún sentido. Es igual, da lo mismo, tengo
derecho a una satisfacción, tengo derecho a ser oído, tengo derecho a que se
repare mi honor.
Yo llegué, por primera, y
última, vez, a esta misérrima tierra hará mañana cinco años, seis meses y
diez días. Venía en un vuelo de Avianca procedente de Bogota vía Caracas.
Traía un voluminoso equipaje, dos grandes maletas de piel y dos pesados
bolsos de mano. Al llegar al control de pasaportes, me detuvieron sin mediar
explicación alguna y, después de ser interrogado durante más de tres horas y
ser despojado de todas mis pertenencias, incluidos un rolex de oro y tres mil
dólares que nunca más volví a ver, fui trasladado a los calabozos de la plaza
de Castilla, de allí a Carabanchel, posteriormente a Ocaña I y, finalmente, a
Alcalá Meco, donde actualmente me encuentro. Sabe usted lo que es estar más
de cinco años en un país y no conocer siquiera una casa, una calle, una
plaza, el recodo de un camino, el olor de una flor en el campo, el relinchar
de un caballo en la pradera, los zumbidos de las moscas en verano, o el
quejido de las copas de los árboles en otoño. Sabe usted la sensación de
angustia, de vacío, de oprobio que eso produce. Es igual que llegar a la luna
y que no te permitan bajar del cohete; volar de noche encima de una nube sin
saber en que dirección vas, ni que hay arriba o abajo. Mi situación me
recuerda aquella del hombre de la caverna descrita por Aristóteles en su
República, también yo veo tan solo sombras difuminadas, proyectos de sombras,
espejismos de sombras. La vida verdadera, el diario latir, el pulso vital se
me escapa cual arena entre las manos. A veces, me veo dentro de un ataúd, uno
de esos con ventana de cristal incluida, para que los deudos puedan ver al
finado, solo que el fiambre, aunque inmóvil y mudo, sigue por siempre vivo,
viendo, eternamente, pasar la vida ante sus vidriados ojos. Por supuesto que
he pensado muchas veces en suicidarme, sobre todo cuando recibo noticias, del
otro lado del charco, en las que me cuentan que mis hijos crecen, mis viejas
se hacen más viejas, y allá, en mi verdadera vida que yo ya solo veo a través
del cristal del ataúd, los pibes y pibas siguen chingando, criando hijos,
matando animales, durmiendo al raso, viendo la Cruz del Sud por las noches y
sintiendo el aire fresco de la mañana. Desgraciadamente, no es posible
suicidarse en frío. No se puede acabar con la propia vida, cuando uno se ha
acostumbrado a pasar horas y horas tumbado en la cama, a comer tres veces al
día y malgastar el resto del maldito tiempo frente a la televisión, u
observando a los demás jugarse el dinero al parchís o al dominó.
He sufrido torturas en las
cárceles de media Sudamérica, he estado bajo fuego enemigo en Vietnam, he
cruzado a pie, perseguido por guardias y perros, selvas y desiertos, me he
mantenido oculto durante semanas y meses en las quebradas y en las cuevas de
las sierras, comiendo hierbas y oliendo mis propios excrementos, he
presenciado la muerte, unas veces lenta y otras brutal, de muchos compañeros,
y aun de algún hijo, y a todo he sobrevivido porque jamás me abandono la
esperanza. Cuando parece que uno no puede aguantar más, cuando se cierran las
puertas de la vida y se abren las del infierno, puedes, al menos, agarrarte a
la muerte, a una muerte real, inminente, liberadora. Ver la bala que pronto
te abrirá la cabeza, el cohete que hará volar en mil pedazos tu helicóptero,
los cables que, aplicados a los testículos, pronto te harán estallar el
cerebro; mas, aquí no cabe ni la rabia, ni el orgullo, ni el empuje. No vale
el grito de carga, el presentar el pecho a las balas o el escupir al verdugo,
aquí se encuentra uno siempre golpeando el vacío, el vacío de la rutina, la
monotonía y el aburrimiento. Si este fuera un lugar donde los guardianes te
maltrataran durante el día y te impidieran dormir por la noche, o un tórrido
desierto donde, a todas horas, hubiera que cavar zanjas sin recibir una sola
gota de agua; si aquí me sintiera odiado, maltratado y vejado, cabría la
esperanza que, dentro de mí, sintiera renacer el odio, la venganza, el deseo
de asesinato o de suicidio, la vida en definitiva, mas lo único que encuentro
es indiferencia. Y así, el gusano de la cárcel va penetrando por las fosas
nasales y te va chupando el seso. Y sabes, y te sientes, que eres un simple
sudaca condenado por narco, un mero número en un registro, una carga para el
Estado, una mera excusa para engordar la nómina de policías, jueces y
guardianes, un mero cero a la izquierda. Todo esto, señoría, es lo que,
lentamente, va acabando conmigo y arrebatándome las fuerzas para quitarme la
vida. Claro está, señoría, que hago todo lo posible para que dentro de mí
renazca esa rabia, ese odio, esa furia, esa ira, ese enfado que es, al fin y
al cabo, la esencia de la vida misma, mas el muro de la rutina y el abismo
del vacío hacen imposible esa tarea. Por más que intento retener en mi
memoria la imagen del juez que me condenó, del fiscal que me acusó y del
abogado que ni siquiera intentó defenderme, por más que cada mañana intentó
renovar mi sed de venganza, mi propósito de revancha y mi indignación por la
injusticia, no puedo evitar que, cada día, las imágenes de esos tres
personajes se vuelvan más borrosas, consumidas, poco a poco, por el humo del
tiempo. Y sin una imagen, sin un rostro, sin un cuerpo de carne y hueso, le
aseguro, señoría, que, al final, se hace imposible odiar la justicia, y la
injusticia, y renovar la sed de venganza, acabando todo en un deshecho de
virutas de bellas palabras. Aquí, las únicas cosas, de carne y hueso, que
están a mi alcance son esas piltrafas que arrastran sus demacradas carnes por
pasillos, comedores y patios. Confieso, señoría, que por mucho que hago
esfuerzos sobrehumanos por odiarlos, por regocijarme con el pensamiento de
romperles una silla en las costillas, o meterles un palo por la boca hasta
reventar sus intestinos, solo consigo, por muy despreciables, falsos y ruines
que sean, que me inspiren desprecio. Y el desprecio, señoría, no es
suficiente. Las escasas veces que sus pupilas se cruzan con las mías, no veo
en ellas más que vacío, y al contemplar su boca, sempiternamente semiabierta,
veo salir de ella las heces de una sociedad que los utiliza para montar
fantasmagóricas cruzadas contra ejércitos de duendes. Señoría, uno puede
odiar el bien o aborrecer el mal, disfrutar de la compañía o añorar la
soledad, desear la paz o encharcarse en la violencia, trabajar por el orden o
aprovecharse del caos, disfrutar del celibato o enfangarse en el sexo pero,
cómo puede uno sentir reacción alguna ante esa nada que sale de esas cuencas
hundidas, y ante esa sonrisa babeante que destila ignorancia y miseria. Le
juro, señoría, que intento odiarlos con todas mis fuerzas, pero mejor sería
golpear un fantasma. Al final, ese odio larvado que me carcome el
pensamiento, que se acumula en todos mis órganos y se agolpa en mis vísceras
cual poderosa descarga eléctrica, acaba dirigiéndose, con excesiva y
peligrosa frecuencia, hacia aquellos a quienes me está vedado hacerlo. No es
solo que los musculosos negros nigerianos, los mal encarados marroquíes, o
los astutos libaneses, sean gentes contra las que nada tengo ni a las que
nada me une y, por lo tanto, no deberían inspirarme atracción o animadversión
alguna, sino que, además, se da la circunstancia de que ellos constituyen la
columna vertebral de nuestra particular sociedad. Sobre ellos se levanta el
entramado de violencia, drogas y amiguismo que fabrica la sangre envenenada
con la que se alimentan aquellos otros desgraciados, por ello, el que se
enfrenta a estos desalmados puede dar por seguro que su vida se convertirá en
un infierno. Y una cosa es un suicidio de héroe, y otra llevar una vida de
perros. Le aseguro, señoría, que mi vida en común en el patio, en la sala de
juegos, en el comedor y en los pasillos, está llena de una tensión sorda y
agobiante, que hace de la soledad de mi celda un verdadero paraíso. Me paso
el día entero intentando que mi frustración y mala leche caigan sobre algún
miserable y escuálido drogata y, al mismo tiempo, tengo verdadero pánico a
que, en un momento de descuido, descargue toda la adrenalina, largo tiempo
acumulada, contra el primer negrazo que se ponga impertinente, lo que puede
acarrearme un mamporro que me deje lisiado para todo la vida.
No dejo de reconocer, señoría,
que cada vez que veo en la televisión, o leo en los periódicos, que a alguno
de esa caterva de personajes públicos le acecha la desgracia o le asalta la
iniquidad me alegro y regocijo y hago votos para que algún día compartan
techo y rancho con nosotros. Para que le voy a engañar, o engañarme, es ese
un sentimiento un tanto superficial que no acaba de satisfacerme, que no
descarga mi adrenalina, que no siento verdaderamente mío. Supongo que, si
estuviera en mi país, la cosa sería diferente. Seguramente, hacia esos
personajillos públicos, o hacia cualquier otros, sentiría un odio más
natural, más próximo, más humano, más mío, pero, por mucho empeño que ponga
en ello, me resulta imposible descargar mi ira sobre todos esos personajes
locales; noto que mis sentimientos hacia ellos son falsos, asépticos,
artificiales, desnaturalizados. Un odio, en definitiva, prefabricado que no
sale del corazón, ni sirve de grito de ataque. También es cierto que, en
alguna de esas noches estrelladas, cuando el cielo esta en calma y el
silencio hincha el patio de añoranzas, veo con mayor nitidez y claridad los
rostros de todos aquellos que participaron en esta magna injusticia y, por
unos momentos, me embeleso planeando venganzas, desquites y escarmientos, mas
se trata de una visión demasiado corta y vaga para alcanzar, ni de lejos, ese
nivel de odio que hace que te sientas vivo, vibrante y dispuesto a morir por
cualquier causa, o a disfrutar, hasta el orgasmo, de la más abyecta
desgracia.
Aquí al lado, en el chabolo de
mi derecha, había un gallego que se murió del sida. Era un pibe de no más de
veintidós años. Cuando yo lo conocí apenas podía arrastrar sus pies para
llegar al lavabo. Manos y piernas le colgaban a guisa de pingajos que fueran
a desprenderse en cualquier momento. El recuerdo que tengo de su cara es el
de una nariz de guadaña, prominente y afilada, y una lengua blanquecina y
rasposa con la que, constantemente, acariciaba el labio inferior, haciendo
burla de su destino. Nadie parecía saber por qué continuaba allí, por qué no
le habían enviado al hospital o a su casa. Alguien sugirió, alguna vez, que
no lo querían en ninguno de los dos sitios, quizá fuera cierto. Sin embargo,
a esa piltrafa humana aun le quedaban fuerzas, muchas noches, para, entre
desvelo y desvelo, echar las más terribles maldiciones contra padres,
familiares, allegados, jueces y funcionarios. No sabe señoría lo que le
envidiaba, y le envidio. Hay noches que lloro de rabia y celos, al darme
cuenta de que la mente de aquel desgraciado, capaz de anidar en su seno tal
despecho, estaba mucho más viva que la mía. Siempre me he preguntado, desde
chiquito, cómo es posible que se diga que Dios nos perdona. ¿No le parece a
usted, señoría, que solo se perdona a aquel a quien antes se ha odiado? En
ese caso, ¿no sería el odio un atributo divino y, por lo tanto, un misterio
oculto que a la Iglesia no le interesa revelar? Lo que tengo bien claro es
que el diablo no odia, el diablo es, cuanto menos, un cínico que pasa de
todo; seguramente, no es más que un perdedor amargado o, al igual que muchos
otros, un fracasado, comprensivo y condescendiente con las debilidades
ajenas. Puede que, en algún caso aislado, haya maquinado la perdición de
algún alma descarriada mas, por lo general, no creo que ponga excesivo
interés en ello. Quizá, por ser consciente de su eterna desventaja respecto a
su divino contrincante, se limite a cumplir con su oficio de mala gana,
dejando que la madre naturaleza haga el resto del trabajo. Yo creo que, en
los pocos casos que realmente se ha involucrado en la condenación de algún
desgraciado, lo ha hecho por mero espíritu deportivo, para evitar que el
tanteo sea excesivamente abultado. Quizá, señoría, sea ese el verdadero
problema de la humanidad, que el odio, y por lo tanto el amor, vayan cayendo
en desuso, y la indiferencia, y por lo tanto la ignorancia, se vayan
apropiando a marchas forzadas de nuestra juventud, con lo que, en cierto
sentido, podríamos decir que el mundo se va satanizando. Ese, creo yo
señoría, es el verdadero problema al que rehúsan enfrentarse estos pibes
melancólicos que arrastran sus pies por estros pagos, quienes, en vez de
odiar y aprovechar ese odio a modo de impulso para salir de su marasmo, se
pasan la vida sintiéndose culpables por haber sido engañados, embaucados y
prostituidos. La de cosas que podían solucionarse en este mundo, en esta
tierra que ni vibra ni siente, con una sana y arrebatadora explosión de odio.
No voy a mentirle señoría, seguramente usted ya lo habrá adivinado, esa peste
de la desidia también esta acabando conmigo. Siento que me pudro por
segundos, dentro de ese ataúd con vistas, y que el gusano que me roe y me
tritura no es otro que ese irrefrenable deseo de ignorar, de olvidar, de
borrar cualquier huella de conocimiento de mi mente, engañado por la
imparable convicción de que el saber lleva a la desesperación y la ignorancia
conduce al nirvana.
Y a cuento de qué me contará
este desgraciado todo esto, se preguntara usted. Usted, señoría, debe ser un
señor enfundado en unas pantuflas y un batín, repantigado en un sillón,
leyendo felizmente un periódico, e intentando aislarse del alboroto que
producen los niños al disputarse el mando de la televisión, y los gritos que
emite su señora en un vano intento por poner algo de orden. O, quizá, sea
usted un viejete verde, de esos que palpan disimuladamente a las secretarias,
y, en casa, ponen el canal de las películas porno nada más su mujer se
ausenta para jugar al bridge con las amigas. O puede, quién sabe, que sea
usted uno de esos jueces rectos, estirados y solitarios, sin esposa, amigos o
amantes, que sale de la corte bien entrada la tarde, llevándose a casa
montones de carpetas y expedientes que lee, con fruición y sumo cuidado,
hasta altas horas de la noche. Sea como fuere, señoría, he de confesar que no
le envidio, su caso es todavía más patológico que el mío. A ustedes la
práctica de su oficio les acaba arrancando todo sentimiento, toda flaqueza,
toda debilidad, en definitiva, todo lo que caracteriza al ser humano,
incluida la ignorancia. Además, y por si fuera poco, les hace creerse en
posesión de la verdad y eso, señoría, es la más terrible de las desgracias,
la más profunda de la maldiciones. Disculpe, señoría, si a estas altas horas
de la noche, enfrascado en mi papel, mi soledad y mi tinta, digo cosas que
van directamente de corazón a corazón sin circunloquios ni alharacas. Ya sé
que no soy un Cervantes pero, al menos, me tengo por un escritor preciso y
exacto, lejos de frases sesgadas o encubiertos innuendos, un escritor que no
se anda por las ramas y que si, a veces, no utiliza las palabras más
ajustadas sí intenta usar las frases más concisas para que, gracias a la
brevedad de mi exposición, el lector pueda detectar, con prontitud, cualquier
error de concepto en el que haya podido incurrir. He de decir, no obstante,
señoría, que, con harta frecuencia, a la verdad más desnuda la denominan
insulto, a la precisión ultraje, y al rigor ensañamiento, con lo que, a la
postre, uno queda de malo de la película tan solo porque se ha limitado,
simple y llanamente, a describir los hechos y a llamar las cosas por su
nombre, sin que medien circunloquios, retóricas o manierismos. A pesar de
todo, he de confesarle que, en su caso, me he permitido hacer una excepción y
alejarme de todos esos criterios de objetividad y rigor, que creo me
caracterizan, pero que convierten a cualquier exposición en un texto
impersonal, distante y antipático, pues, sin haber llegado a conocerle ni
siquiera por foto, no puedo evitar el que usted me caiga simpático. No sé si
es usted un caballero de mediana edad, calva incipiente y cintura creciente,
rodeado de mujer e hijos, un misántropo justiciero, o un viejete que intenta
meneársela todas las noches frente al televisor. El hecho incontrovertible y
cierto es que usted me cae bien señoría. Aunque, a decir verdad, el que
seamos casi compatriotas quizá tengo algo que ver con ello, difícilmente
podría congeniar con alguien de este país en el que sus habitantes ni saben
quienes son, ni que quieren, ni donde van. Tampoco quiero decir con esto que
me deje ganar, sin más ni más, por cualquier persona del norte por el mero
hecho de serlo. Es bien sabido que muchas de ellas tienden al
ensimismamiento, la indiferencia y la melancolía, aunque casi ninguno de
ellos carezca del valor y el coraje propios de las gentes acostumbradas a
luchar por la supervivencia durante las largas noches de invierno. Tengo la
feliz intuición, señoría, aun más, la absoluta certeza, que somos cual almas
gemelas, que usted también es, por naturaleza, de esos que necesita ir
directamente al grano, manteniéndose alejado de toda pomposidad barroca y
retórica. Es más, si, por los avatares del destino, esta misiva consiguiera
llegar a sus manos, no le movería a leerla ni la curiosidad malsana, ni el
deseo de regodearse en desgracias ajenas, sino un sentido innato de la
equidad y la justicia. Y si, una vez leída, usted no considerara conveniente
aliviar o subsanar mi insostenible condición, no tengo la menor duda que la
tiraría a la papelera, sin que, ni por un segundo, pasase por su cabeza la
peregrina idea de enviarme una manida, burocrática y superficial respuesta.
Cabe la posibilidad, a pesar de todo, que su peculiar oficio haya dejado sus
secuelas y que, por tanto, hasta la más transparente verdad le suene, al
menos en primera instancia, a radical mentira. No en vano a lo largo de su
carrera habrá asistido a innumerables procesos donde reinaban, todopoderosos,
la ocultación, el falseamiento y el embuste. Mas, estoy convencido, tengo que
estarlo, que, finalmente, su disciplina mental y su rectitud de criterio
sabrán allanar las dificultades, e imponderables, connaturales a toda
administración de justicia.
Créame, mi caso solo ha podido
darse en un Estado donde imperan la improvisación, la prisa y el desorden. De
lo contrario, cómo puede explicarse que me hayan condenado a quince años sin
existir siquiera el corpus delicti, sin tener siquiera las mínimas garantías
de una defensa profesional y apropiada, y sin que, en ningún momento, se
hayan respetado las normas procesales más elementales. Señoría, por favor,
soy muy consciente, penosamente consciente, de que todo el mundo repite esta
misma cantinela, de que todo condenado pretende ser inocente, de que todos
creemos que nuestro caso es único, el más injusto, el más lacerante. Mi
problema, y mi desgracia, señoría, mi grave problema, es que en mi caso estoy
diciendo la verdad, con el agravante de que soy consciente de que no puedo
demostrarlo. También soy consciente de que todo juez, sentado todopoderoso en
aquella egregia tarima, ha visto tantas veces deambular bajo sus ojos la
mentira, el engaño y la falsedad, disfrazadas de la verdad más pura por medio
de toda clase de subterfugios, refinamientos y afeites que, por mucho que me
afane en exponer mi caso con precisión, exactitud y todo lujo de detalles, a
los ojos del magistrado, todo parecerá, ad in eternum, una maldita sarta de
mentiras. Me doy cuenta, asimismo, que cuanto más prolijo sea en los
pormenores, mayor sea la abundancia de matices que aporte y más lacerante sea
mi enojo y mi indignación, mayores serán las sospechas que ello suscite en la
mente del que me tiene que juzgar. Lo malo, lo verdaderamente terrible, y
usted señoría es consciente de ello, es que si, por el contrario, hiciera una
exposición deslavazada, dubitativa, imprecisa y desencajada, no por ello
aumentaría mi credibilidad ni cambiaría su disposición. A la postre, todo da
igual, hasta en los países que presumen de ser más civilizados, la sentencia
tiene poco que ver con las declaraciones de los testigos, o la lógica de las
pruebas, basándose, juicio, y condena, en meras sospechas, prejuicios y
prevenciones, y aun, en meros formulismos repetitivos y rutinarios.
Yo, señoría, me críe y crecí
en el cono sur americano y he vivido, y viajado, por Argentina, Perú,
Colombia, Brasil, Venezuela, y la mayor parte de la estrecha franja de la
América Central. Allí tuve, algún día, algún amigo y allí me quedan, todavía,
cuantiosos enemigos. ¿Por qué las dos maletas y los dos maletines, que se
decían estaban impregnados de coca, nunca se mostraron en el juicio? ¿Por qué
mi abogado defensor, de oficio claro está, desapareció sin dejar rastro nada
más finalizar el juicio, y, cuando quise darme cuenta, ya había expirado el
plazo para la apelación? ¿Por qué ni las más altas, ni las más bajas, ni las
medianas, instancias judiciales, policiales, legislativas, religiosas o
caritativas de este misérrimo país quieren atender a mis razones? Sabe lo
que, de verdad, acabó conmigo señoría, el saberme inocente. Mi inocencia fue
la causa de mi perdición, el origen de todos mis males. Sentí tal cabreo al
verme esposado, acusado, expoliado y encarcelado, que en lo último que pensé
fue en mi defensa, y acepté al primer abogado hijo de la gran chingada que
llamó a la puerta de mi celda. Es posible, no lo niego, que si hubiera
acudido a familiares y amigos pretéritos en busca de plata para poder pagar
una buena defensa, aquellos me la hubieran denegado, pero, la verdad, la
maldita verdad, es que ni siquiera lo intenté. Llegué a pensar, estúpido de
mí, que el mero hecho de no preocuparme por mi defensa vendría a resaltar aun
más mi inocencia. Esto es Europa Occidental, me decía, aquí no se condena a
los inocentes. Yo vine limpio, igual que siempre, y si no hay coca no hay
coca, y se acabó. Esta es gente civilizada, volvía a repetirme, no son esos
desaprensivos cabrones de allá del sur, incluso allá, las cosas se maquinan
por una razón, con un objetivo, con alguna intención. Claro que, de donde
procedo, se condena a muchos inocentes; por supuesto que se fabrican miles de
pruebas, y se destruyen, o hacen desaparecer, montones de otras; en verdad
que se perjura más que se come, y se miente, y se traiciona, más que se
defeca, pero nada de eso se hace porque sí. Contra lo que, a primera vista,
pudiera parecer la desidia, la incompetencia, el desorden o el prejuicio, no
rigen en nuestras vidas en la medida que suponen otros que se tienen por más
civilizados. Se mata, se viola, se rapta y se ejecuta a las gentes, por parte
de las fuerzas gubernamentales y por las alternativas, en un grado muy
superior al que sería deseable, pero, créame señoría, la inmensa mayoría de
las veces estas deplorables prácticas siempre responden a una razón, a un
plan, a un objetivo. Admito que, en bastantes circunstancias, solo el
verdugo, o el que está tras él, llega a saber el porque, pero, siempre, ese
porque existe. Pero, a mí, por qué. Era la primera vez que mis zapatos
pisaban esta tierra con la que no tengo relación alguna, ni familiar, ni de
amistad, ni de intereses. Sí, soy sudaca, y qué. Donde yo vengo a nadie se le
considera culpable, a priore, por ser italiano, francés, ruso o checoslovaco.
Admito que el haber nacido cholo, prieto, judío, o gringo, puede llegar a ser
una desventaja, pero casi siempre esos casos están justificados, es de sobra
conocido que esa clase de gentes suelen meter sus narices en asuntos ajenos
donde nadie les llama. Yo era un mero turista, mi pasaporte estaba en regla,
mi ticket era de ida y vuelta, mi chequera rebosaba de billetes. De acuerdo,
era un sudaca, pero uno pasablemente rico y eso, creo yo, siempre marca la
diferencia. Para empezar, me acusaron de traer cuatro maletas y dos maletines
impregnados de coca hasta las cachas, amén de unas figuritas de marfil
rellenas de materia prima. Tal que le dije, tan solo había traído dos
maletas, y por mis muertos le juro que, jamás, había oído hablar de ninguna
figurita de marfil. Por eso, desde el primer instante, exigí al juez
instructor que me fuera mostrado el cuerpo del delito Mi abogado, al ver que
me enfrentaba al juez, no se digno a emitir ni un solo sonido en mi defensa.
No solo eso, sino que, además, me recriminó duramente a la salida,
advirtiéndome que a un juez no se le exige; a lo sumo, se le ruega, se le
exhorta o se le solicita. Le respondí, y mucho me temo que esa respuesta fue
de vuelta al juez, que, en mi país, lo que ha de solicitarse se solicita y lo
que ha de exigirse se exige. Y añadí, que ningún juez hijo de la gran
chingada osa poner muertos sobre espaldas ajenas, a menos que tenga las suyas
bien cubiertas, de lo contrario, se arriesga a que los amigos o familiares
del agraviado descarguen, cuanto menos, unos cuantos palos sobre las suyas.
El juez instructor no volvió a solicitar mi presencia, ni volví a ver el
careto del picapleitos hasta el mismo día del juicio. Jamás había cometido
delito alguno en este país, cómo iba a cometerlo si era la primera vez que
ponía los pies en esta maldita tierra. Ni aquí, ni en ninguna parte, tenía
antecedentes de ninguna clase, no habiendo pisado en mi vida un juzgado o una
comisaría ni, por descontado, una cárcel. Por qué, entonces, tuve que pasarme
más de tres años entre rejas, sin que se me dijera, exactamente, de que se me
acusaba, y sin que nadie pudiera darme dato alguno sobre la posible fecha del
juicio. En fin, qué más da lo que le cuente, o no le cuente, si usted ya debe
de conocer de sobra el funcionamiento de la justicia en este país. Además, no
sé para que le cuento todo esto, si ni siquiera se va a tomar la molestia de
abrir el sobado sobre cuando llegue a sus manos, si es que alguna vez llega.
Sé que irá directamente a la papelera, eso es algo que, desde un principio,
tengo por seguro. Lo que ni su cómoda inhibición, ni la ausencia en este país
de las garantías procesales más elementales, va a poder impedir es que yo me
desahogue, que use, y abuse, si es necesario y me viene en gana, de mi
olímpico derecho a escribir lo primero que pase por mi cabeza. Aun me queda
la facultad, la plena potestad, de plasmar, blanco sobre negro, todas las
injusticias de que he sido objeto, y todas las frustraciones que he sufrido,
y sufro, pese a que nadie me lea, escuche o apoye. Dentro de poco, ni a eso
tendré derecho, mis reservas de papel y pluma se agotan, y apenas me queda
plata con que poder reponerlas.
Digan lo
que digan, no es la carencia de sexo el asunto más importante por estos
pagos, y mucho menos ahora que, gracias a unas nuevas leyes casi obscenamente
permisivas, algunas esposas, novias y amantes están mucho mejor atendidas de
lo que jamás soñaron estarlo cuando sus hombres estaban fuera. Ahora, y
siempre, lo peor del trullo fue la carencia de plata. “Como en todas partes,
no te jode”, responderá usted. Como en todas partes no, porque, en otras
partes, siempre hay una ranura, un agujero, una rendija para que se cuelen
otros valores, otras pasiones, otros engaños u otros desengaños. El amor, la
amistad la camaradería y el deber, que ahí afuera parecen cosas tan nimias,
tan rutinarias, nos hacen olvidar que el dinero es el rey, y eso ayuda, ya lo
creo que ayuda. Aquí no, aquí el tanto tienes tanto vales es un valor
constante, omnipresente y todopoderoso que se cumple a rajatabla en todo
lugar, tiempo y circunstancia. El verse sin un peso, un duro dirían aquí, en
el bolsillo produce una aterradora sensación de soledad, de dependencia de
desamparo. No sabe la vergüenza, la rabia, la rebeldía, la depresión y el
infinito cabreo que se siente por las mañanas al echar mano, medio dormido,
al tabaco y encontrarte con un bolsillo vacío. Te quedas mirando al techo con
la misma sensación de impotencia que el que tiene una ballena encima. Durante
unos largos minutos, miras las grietas del techo y escuchas las toses y demás
evacuaciones de las celdas vecinas, y te juramentas, por enésima vez, que
dejaras de fumar, que nunca jamás tus labios rozaran, de nuevo, la fragrante
fronda. A renglón seguido, al igual que en otros tantos días pretéritos y
futuros, un rictus de hastío te cruza la cara, y te das cuenta que fumar, o
no fumar, no es lo verdaderamente importante. Lo triste, lo miserable, lo que
realmente cuenta, es la cara que se te va a quedar en el comedor a la hora
del desayuno, al oler el aroma del tabaco que inhalan tus vecinos mientras tu
sorbes ese sucedáneo de sucedáneo de no sé qué, Saber que, esa cara,
adquirirá una expresión enfebrecida y anhelante que, sin decir un a palabra,
pedirá, a gritos y por misericordia, un pitillo, sin que, por mucho que lo
intentes, tu quebradiza voluntad sea capaz de sujetarla. Es la cara de un
mendigo acabado, la cara de uno que vendería mil veces su insípida vida por
una sola calada. Más tarde o más temprano, siempre hay alguien que por lo que
sea, porque ese día ha tenido carta de la amante, porque el abogado le ha
llenado las orejas de falsas esperanzas, o porque ha mejorado su
estreñimiento, termina mirándote con una ternura displicente, tal si él
tuviera en sus manos la llave de tu felicidad, y sobre ti, hijo pródigo
vuelto al redil, pesara tanto la culpa que no te atrevieras ni siquiera a
implorarle un pitillo. Cree, el muy cretino, que irradia esplendor, gloria y
bondad y que tú, ante tal despliegue de atributos, has quedado mudo, incapaz
siquiera de rogarle que te deje recoger las migajas de su mesa. La verdad,
señoría, es que no sé porque le estoy aburriendo a usted con todo este rollo.
Usted, ahora mismo, debe de estar sentado en su sillón favorito con su batín
de seda y su pipa entre los labios, escuchando la romántica música de Bach o
de Vivardi, y, por mucho que lo intentara, ni en un millón de años podría
atisbar siquiera ni un solo átomo de lo que puede llegar a significar vivir
eternamente, pues cada día es una eternidad sin principio ni final, sumergido
en esta miasma de rabia, frustración e impotencia. Al fin, ese sucio
renacuajo que esa mañana ha cagado a gusto, se pone muy serio, muy
trascendental y te mira, no con pena, aquí nadie siente pena por nadie, todos
se creen los más perjudicados, los más puteados, los únicos dignos de
lástima, sino con superioridad, con un atisbo de guasa en los labios, puede
que hasta con simpatía, aunque raras veces se llega a tal extremo, y
lentamente, muy lentamente, haciendo un esfuerzo sobrehumano, echa mano al
bolsillo y saca el paquete. Ya se sabe lo que viene después, quieres
levantarte y echar a correr, irte al patio y dar veinte vueltas hasta
quedarte sin bofe, pero te quedas allí hipnotizado. Te das perfecta cuenta de
lo que está pasando, eres totalmente consciente de la indignidad y del
desprecio, pero no puedes evitarlo, te has quedado sin voluntad. Algo
parecido a lo que podría ocurrirte si, después de cinco años de abstinencia,
se te abriera de piernas una virgen quinceañera; sabes que te vas a meter en
un lío tremendo, pero no puedes, no quieres, evitarlo. Permaneces clavado al
suelo, mientras el coño quinceañero, o el paquete de ducados, que todo es una
misma cosa, se acerca lentamente a tus narices y una voz que quiere ser
aséptica, indiferente, impersonal, pero que no puede evitar un claro timbre
de superioridad, de paternal admonición, te pregunta, con un rictus de sorna
y desprecio en los labios: “¿Quieres uno?” Esa voz de drogata, de alcohólico,
o de mamón, se te antoja dulce voz de impúber que te dice: “tómame, tómame”.
Con cuidado infinito, evitando, sin poder conseguirlo del todo, el tembleque
de tu mano, desgranas un cigarrillo del paquete, tragas saliva tres veces y
respondes, con voz que quisiera ser firme y reposada, pero que es pura
gelatina, un confuso y apresurado “gracias”.
Lo peor
viene después. Quisieras marcharte al último rincón del módulo, esconderte
debajo de la escalera, encerrarte en los desencerrajados lavabos, o
acurrucarte en el rincón más lejano del patio y acariciar larga, lenta e
intensamente el pitillo, y luego chuparlo y besarlo, al igual que si de una
vagina virgen se tratara. Sin embargo, hay que poner cara de póquer, sacar,
con ademán cansino, el mechero, arrimarlo a la punta y, una vez encendido,
darle dos o tres caladas, mostrando, no solo indiferencia, sino casi hastío y
desagrado. Y, dado que las desgracias nunca vienen solas, encima, hay que
pretender que la charla que, a guisa de cobro, te endilga el presumido
cabroncete es la más interesante y prometedora que has escuchado en toda tu
jodida existencia. Charla que, por supuesto, siempre versa sobre el mismo
tema: él mismo y sus malditas y jodidas circunstancias. La fidelidad de su
mujer (todos sabemos que le pone unos cuernos de aquí te espero), la honradez
de los socios y amigos que quedaron fuera (el mismo, en momentos de
depresión, ya confesó que lo dejaron sin un duro), el cariño de los hijos
(ninguno de los cuales viene a visitarle), el firme propósito de enmienda
(todos, hasta los funcionarios y jefes, saben donde será el próximo atraco en
cuanto ponga los pies en la calle). Eso es solo la primera parte, luego
suelen dar rienda suelta a la moquilla y al lloriqueo, lamentándose de su
perra suerte, de la injusticia de su situación, la inocencia de su proceder,
los abusos y desmanes de policías, jueces y abogados, etc., etc., etc. Tú no
tienes más cojones que sentarte ante él con cara de gilipollas, sonriente o
contrito, según vaya la fiesta, emitiendo gruñidos de admiración, extrañeza o
asentimiento, incapaz de concentrarte, y disfrutar de cada calada como Dios
manda. Le juro por mis diez hijos que cada vez que, al despertar, mi mano
descubre un bolsillo vacío, un sudor frío recubre todo mi cuerpo tan solo de
pensar que, una vez más, he de rebajarme a aguantar todo ese rollo. Le
aseguro que, a veces, desearía ser uno de estos manguis, de estos pibes
enganchados de por vida a la hierba, el polvo o la jeringa, quienes piden un
pitillo con la misma desfachatez y descaro que te dan, o no te dan, los
buenos días, y a quienes las gentes dan tabaco con la misma actitud que
usarían para dar comida a los cerdos. A nadie se le ocurriría pedir a esos
degenerados que, a modo de pago, se vieran obligados a escuchar las
estupideces y tonterías de su benefactor. Estoy cansado de ser un viejo
cascarrabias serio y formal, quizás fuera mejor convertirse en un guiñapo
humano sin preocupaciones, sin tabúes, sin esperanzas y sin falsas
vergüenzas. Ya no hay remedio, hasta para eso es demasiado tarde.
Releo los
últimos párrafos que escribí anoche. No es que quiera pedir disculpas por
ellos, pero sí hacer constar que eran ya más de las dos de la mañana, y
confieso que, a esa hora, suelo ponerme melancólico, sentimental, violento y
arbitrario. También es verdad que esos sentimientos, no solo me ayudan a
quemar los rescoldos de mi frustración y mi impaciencia, sino que, de alguna
manera, actúan de somnífero. Hay días en que los que me encuentro más tímido,
más serio, más apocado. Días en que apenas me atrevo a maldecir mi suerte y
mi destino, y en los que siento vergüenza de poner, negro sobre blanco, lo
que cruza por mi mente. Esas son las noches de total insomnio, las noches que
permanezco boca arriba, con los ojos clavados en las grietas del techo, hasta
que la voz del funcionario ladra el recuento. En cuanto a esos desgraciados,
qué quiere que le diga, supongo que también serán personas pero cuanto más
convivo con ellos, cuanto más les escucho y observo menos me lo parecen.
Dejémonos de elucubraciones insensatas y vayamos al grano, que, aunque a mí
algunos, injustamente creo yo, me acusan de retórico, redundante y hasta
superficial y hueco, si usted, señoría, algún día aprendiera la lengua de
Cervantes, y quisiera tomarse la molestia de leerme, podría comprobar que soy
conciso, preciso, y suelo ir directamente al grano sin dilaciones
innecesarias, ni superfluos circunloquios. Tres años y cuatro meses me tiré
en los penales de Carabanchel y Ocaña I sin saber nada de la justicia. Dígame
señoría, y de verdad que no quiero ponerme pesado, ¿no se supone que la
justicia está para amparar al débil, proteger al inocente y permitir que el
presunto culpable tenga posibilidad real de defenderse? Le parece que esos
altos principios se reafirman y practican manteniendo encerrada a una persona
durante tres años y cuatro meses, sin darle una sola oportunidad de
explicarse, y sin tener una sola prueba en su contra.
Entre
usted y yo, he de confesarle, señoría, que con los abogados de oficio que hay
por aquí, en la mayoría de los casos, los jueces y fiscales están de más. El
primero que me tocó en suerte, el mismo que me defendió en el juicio, —ahora
ya voy por el tercero o cuarto, y la única razón por la que no he cambiado de
nuevo se debe, tan solo, a que es una joven señorita muy agraciada, que no
muy docta, que alegra mi vista las escasas veces que me visita—
insistió, desde el primer día, en que aquello era un clarísimo caso de delito
in fragrante y que, dada mi condición de extranjero, nada podía hacerse en
cuanto a la libertad bajo fianza. Al parecer, la presunción de inocencia es
para uso exclusivo de unos cuantos nacionales selectos. Se trata, obviamente,
de un bien escaso que hay que distribuir con sumo cuidado. En cuanto al
juicio, siempre que hablaba de él lo hacía en un tono de voz reverencial,
cual si hablará de la Santísima Trinidad y se tratara de algo remoto, ignoto,
arcano y majestuoso. Tan lejano en el tiempo que bien pudiera parecer que
estaba hablando del Juicio Final. En resumen, que uno llegaba a dudar de su
celebración o, al menos, de la fecha real en que pudiera tener lugar tal
evento. Lo que nadie jamás puso en duda fue que yo sería declarado culpable,
creo que hasta yo mismo estaba medio convencido de ello, tal era la firmeza y
convicción que, al unísono, mostraban abogados, jueces, fiscales, compañeros
y guardianes. Con el tiempo, he ido observando que en este país se administra
la justicia con criterios y principios similares a los que se administra el
agua a los regantes o se reparten subsidios a las regiones menos favorecidas.
Existe una especie de baremo básico con el que, para empezar, todos parecen
estar de acuerdo, limitándose el fiscal a solicitar el cincuenta por ciento
más de lo que cree que corresponde, y el abogado defensor el cincuenta por
ciento menos. Pudiera parecer, al observador poco docto en estos temas, que,
estadísticamente, los jueces acabarían dictando sentencia en el justo medio.
Sin embargo, siguiendo, precisamente, los principios de esa misma
estadística, rara vez lo hacen. Las veces en que tienden hacia la
magnanimidad se ven compensadas por las que les apetece sentirse inflexibles,
imperando, a la postre, la ley del péndulo en muchas más ocasiones de las que
fuera desear.
¿Usted
sabe lo que siente el acusado en el momento de oír a un testigo hacer una
declaración falsa que sabe le costará muchos años de cárcel? Usted qué carajo
va a saber. Usted, señoría, por muy nórdico y muy profesional que sea, no
deja de ser un juez y, por tanto, metafísicamente incapaz de meterse dentro
de los zapatos del acusado. Yo tengo la teoría, que reconozco adolece de
ciertas dificultades para ser puesta en práctica, pero que no por ello deja
de tener un cierto valor intrínseco, que para que el juez pudiera llegar a
dictar una sentencia justa sería necesario que, primero, hubiera sido
condenado por un caso similar. Cómo si no, tal individuo puede llegar a saber
lo que empujó al presunto reo a cometer el delito, y si el castigo que
pretende imponerle es acorde con la culpa. Al escuchar a aquel perito de
bigote recortado, calvo, rechoncho, de manos peludas y ojos acuosos afirmar,
solemnemente, que el alijo incautado, incluyendo las inexistentes figuritas y
maletines, era de ocho kilos, mi cuerpo se convirtió en un absceso de ira y
rabia y, golpeando el respaldo del banquillo con todas mis fuerzas, me
levanté y grité que aquello era una mentira infame, que yo solo había traído
dos maletas y que, en todo caso, exigía que se presentara el presunto cuerpo
del delito para que fuera examinado por otros expertos independientes.
Imagínese la cara del señoría de turno al ver mi actitud y escuchar mis
palabras. Al principio, solo reflejaba asombro, luego vi sus pupilas colmarse
de una ira sorda y cortante, todavía hoy recuerdo aquellos ojos grises
llameantes y medio entornados. Mi abogado, añadirle el calificativo de
defensor sería llevar las cosas a un extremo ridículo, bajó del estrado,
asustado y tembloroso, un corderillo camino del matadero, y me imploró que me
contuviese, que dejara las cosas seguir su curso, que estaba en buenas manos.
Yo le contesté, en un talante aun más agresivo del utilizado anteriormente
contra el juez, que no eran su vida y su libertad las que estaban en juego,
que allí todos, jueces, fiscales, abogados, testigos y peritos, se habían
puesto de acuerdo para tenderme una trampa y condenarme. Por fin, el
magistrado que presidía la sala, el de los entornados y llameantes ojos
grises, con un hilo de voz semejante a un acerado puñal, que apenas
sobresalía sobre el leve murmullo de la sala, me hizo callar con la nada
velada amenaza de expulsarme del recinto si seguía manteniendo esa actitud.
Me callé, y aun hoy en día no sé exactamente porque. Bueno, sí lo sé, aunque
quizás nunca he querido reconocerlo, no podía soportar la idea de que me
encerrasen de nuevo, y era muy consciente que, de seguir enfrentándome al
magistrado, era segura mi condena. Usted, señoría, solo conoce un lado de los
procesos, ese que podríamos llamar técnico, al cual se pretende dotar de una
apariencia de frialdad, racionalidad y lógica. Señoría, aunque fuera
solamente una vez en la vida, debería conocer el otro lado, el mío, el del
reo, el emotivo, el pasional, el doloroso. Todo acusado, y más el que ha
soportado largos periodos en la cárcel en espera de juicio, cree fieramente
en su inocencia por mucha que sea la evidencia en su contra y, por ende, está
firmemente convencido que el fallo irá en su favor. Figúrese la firmeza de
mis convicciones, sabiéndome inocente. Me había pasado más de tres años
asegurándome a mí mismo que todo se aclararía en el juicio, que no solo me
pondrían en libertad sino que, además, me indemnizarían por los perjuicios
causados, que mi honor y mi honra quedarían, por fin, esclarecidos y a salvo,
que todo aquello era tan solo una pesadilla que acabaría en un final feliz.
Me repetía, y repetía, que resultaba metafísicamente imposible que la suerte
me diera la espalda de aquel modo, después de haber pasado una eternidad en
la trena a causa de una vergonzante arbitrariedad, reconcomiéndome a diario
las entrañas a causa de la rabia, el dolor y la vergüenza, teniendo que
soportar, encima, a aquella caterva de tarados indeseables, enfermos
incurables, psicópatas criminales, maniacos depresivos, guardianes pasotas y
abogados ausentes. Tres años de frustración, tres años de espera, tres años
de esperanza. Y, ahora, aquel perito destrozaba todo aquel acervo de
sufrimientos e ilusiones, con aquel relato malintencionado, desvergonzado y
rastrero y, para más inri, con un semblante de santurrón inofensivo, y voz de
quien desgrana un rosario. Para más recochineo, todos los presentes, incluido
el que se suponía que estaba a cargo de mi defensa, le escuchaban
ensimismados, atribuyendo a su discurso más autoridad que al mismísimo
oráculo de Belfos, al tiempo que yo me mordía los tales en el colmo de la
desesperación y el paroxismo.
¿Por qué,
señoría, los jueces no se adaptan a los nuevos tiempos y permiten que, en su
presencia, las gentes manifiesten sus sentimientos y frustraciones con entera
libertad? ¿Por qué el probo ciudadano, que paga religiosamente sus impuestos,
no puede mostrar ante los administradores de justicia su indignación o su
enfado, al igual que lo hace ante la presencia de cualquier otro funcionario
público? Entiendo, perfectamente, que el juez se sienta representante de la
justicia y quiera preservar su dignidad. Mas, acaso el policía no entraña
orden, el médico curación, el farmacéutico remedio, el maestro sabiduría, el
ferroviario puntualidad, el banquero confianza, y el político aspira a ser la
esencia de la probidad y el sentido común. Sin embargo, nadie sostiene que la
dignidad, o la existencia, de tales instituciones pueda llegar a sufrir el
menor peligro porque las gentes, en periódicos, radios y televisiones, en
cenáculos, prostíbulos y casas particulares, y aun en ministerios y
parlamentos, acusen, a voz en grito y hasta con lenguaje barriobajero, a los
policías de desordenes, a los políticos de engañifas, desfalcos y
contubernios, a los médicos de errores mortales, a los maestros de yerros, a
los ferroviarios de retrasos y a los banqueros de estafas y quiebras. Muy al
contrario, todo el mundo piensa que esto de lavar en público, y a los ojos
del mundo, los trapos sucios del Estado, y las instituciones que son su pilar
y principal soporte, es algo sano y provechoso, en tanto en cuanto impide el
adecenamiento, la corrupción y la ineficacia. De tal manera que, cuanto más
acerbas son las críticas, más grueso el lenguaje y menos frecuente la
educación y el recato, más se cree que se profundiza en la democracia y en el
sostenimiento de las libertades. ¿No cree, señoría, que un poco de esta misma
medicina debería ser recetada para el mal que afecta a cortes y juzgados? Yo
sé, señoría, que usted es una persona sensata, y no uno de aquellos que
pretenden que el juez personifica a la justicia cualquiera que sea el lugar,
la hora o la situación. A qué usted no piensa, a la par que fuma su pipa,
escucha su música y lee su periódico, que es una especie de pantocator sobre
cuya cabeza reluce, a modo de aura, la espada y la balanza. A qué usted no
cree que, al sentarse en lo alto del estrado, se transforma, por ensalmo, en
alguien infalible, iluminado por la verdad absoluta, el conocimiento perfecto
y la sabiduría infinita. Da la casualidad, sin embargo, y usted lo sabe,
señoría, que harto número de sus colegas no están hechos de la misma pasta
que usted. Piensan que, por el mero hecho de ejercer esa función, su mente
habita en un castillo encantado, a salvo de toda influencia, problemática y
consideración humana. Imagine, por un instante, señoría, que estando ahí
plácidamente sentado, fumando su pipa, sorbiendo su café y escuchando la
séptima de Bach, su mujer irrumpe en la habitación y le comunica que ha
descubierto que su secretaría y usted son amantes y, en consecuencia, va a
coger a los bártulos y los niños y va a marcharse a casa de la suegra. O, por
poner otro ejemplo, que le llama la policía y le comunica que su hijo está en
el hospital gravemente enfermo a causa de una sobredosis. A qué usted,
señoría, no es de los que cree que, al día siguiente, podría enfundarse el
negro sayal y dictar sentencia sobre un caso de divorcio o droga. No me
negará usted, señoría, que muchos de sus colegas creen que esto de
administrar justicia es lo mismo que administrar una finca o un patrimonio,
algo aséptico, impersonal y desconectado de cualquier vivencia personal. Me
he preguntado muchas veces, a solas en mi cuarto, contemplando las grietas
del techo, si, realmente, existe la vocación de juez, al igual que existen
las de sacerdote, médico y poeta. Si hay niños, o niñas, que al preguntarles
sus tías del pueblo que quieren ser cuando sean mayores, responden:
“magistrado del Tribunal Supremo”. ¿Qué cree, señoría, existen o no esa clase
de pibes? Recapacite, señoría, dele unas cuantas chupadas a ese tabaco
holandés, cuyo aroma cálido, punzante y dulzón puedo sentir activando mi
pituitaria, y haga memoria. ¿Qué quería ser usted cuando era infante? Le
confieso que no sé si yo quería ser juez, quizá ni siquiera supiera que
existía esa profesión. No obstante, si debo decirle que, desde que era un
pibe así de chiquito, a mi me encantaba juzgar; sentía una tentación
irresistible por señalar lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que era
acertado y erróneo, lo que era recto y torcido, y todo ello sin matices,
sombras o condicionantes. Las cosas eran o no eran, punto y final. Quizá, por
ello, disfruté tanto en la escuela militar, allí no había medias tintas, ni
claroscuros, ni verdades a medias, todo allí era drástico, tajante y sincero.
Y, creo yo, todavía sigo siendo así, sin dobleces, sin compromisos, sin
dobles fondos. Las cosas, y las gentes, son o no son, están o no están, si
uno es un baboso es un baboso, si es un chivato es un chivato, si es un
maricón es un maricón, y si está enganchado está enganchado, sin más, así de
claro y sencillo. Todos tenemos el derecho, personal, intransferible y
absoluto de juzgar a nuestros semejantes, eso es algo que, digan lo que digan
los timoratos y liberales, todos hacemos de continuo y sin parar. Nuestro
mundo, señoría, es un mundo de jueces, lo cual no quiere decir,
necesariamente, que tenga que ser un mundo de reos. Permita, señoría, y con
esto no quisiera en absoluto perturbar su paz hogareña después de un día de
intenso trabajo, ni soliviantar su ánimo o emponzoñar su espíritu, de tal
manera que mañana algún miserable vaya a pagar los platos rotos, que le diga
algo con claridad meridiana, yo soy el primero en reconocer su derecho a
juzgar, es más, creo, sinceramente, que dada su cultura, preparación,
conocimiento y probada inteligencia, se halla en mejor disposición de emitir
un veredicto que la mayoría de los mortales. Ah, alto ahí señoría, porque, lo
mismo que le digo eso, también le digo que de juzgar a una persona a
condenarla hay una divisoria eterna, un espacio infinito que ningún espécimen
humano puede atravesar. Por favor, señoría, no me diga usted, ahora, eso de
que usted administra justicia lo mismo que receta medicinas un boticario. Por
mucho que ustedes quieran, las leyes no son aspirinas, antibióticos o
pastillas para la tos. Cada vez que usted impone un castigo, usted, señoría,
pasa de ser un mero humano, que opina, evalúa y juzga, a ser un dios. Siendo
cierto que el Supremo Creador, al darnos la facultad de pensar, nos dio la de
juzgar - que es un pensamiento sino una opinión, un juicio -, no es menos
cierto que jamás estuvo entre sus designios el otorgarnos la potestad de
castigar y condenar, para eso tendría que habernos dotado del don de la
infalibilidad y ese, por mucho que se empeñen, ni siquiera el Papa de Roma lo
posee. ¿No se siente usted, señoría, un pequeño dios, o un gran diablo, que
todo viene a ser lo mismo, en el momento de condenar a alguien a cadena
perpetua; no se siente transplantado a otro nivel, a otra categoría a otro
rango? ¿O es qué, precisamente, lo que quiere es sentir esa sensación que le
embruja, le cautiva y le intoxica? ¿Me podría jurar que cuando, de pequeño,
soñaba con togas, birretes, estrados y puñetas no soñaba, realmente, con
poseer esa cualidad divina, o diabólica, según se mire? Tampoco crea que, en
el fondo, se lo reprocho, al fin y al cabo, las vidas de todos los mortales
están constantemente dominadas por el irrefrenable deseo de ser Dios. Y no me
venga usted también con la monserga esa de que la justicia que usted
administra es la justicia de los hombres y, por ende, falible etc., etc.,
etc. y bla, bla, bla. ¡Y una mierda y un cojón de mico! Usted quiere ser
Dios, un dios con mayúsculas, un dios omnipresente, omnisciente e infalible.
Lo mismo que cuando el pintor, pinta, el poeta escribe o el escultor talla,
con una salvedad, que ellos crean y usted destruye.
Le pido
disculpas por el arrebato de ayer, ya creo haberle dicho que, al llegar las
pequeñas horas de la noche, mi alma toca a arrebato. Compréndalo, señoría,
cada vez que rememoro aquel juicio me pongo muy agresivo, y que mejor lugar
para descargar mi adrenalina, mi frustración, mi agresividad y mi rabia que
un papel que a nadie interesa y nadie va a leer. Ahora que comienza una nueva
noche y me encuentro relajado y a gusto permítame que, sin malas ni segundas
intenciones, le haga una pregunta. ¿Usted, señoría, nunca se ha planteado la
posibilidad de emitir un veredicto injusto, de aplicar una pena equivocada o
desproporcionada? Ya, ya sé que usted me va a decir que no es infalible, que
su conciencia estará tranquila, siempre y cuando ponga todos los medios a su
alcance para intentar emitir un fallo lo más justo y equilibrado posible Si,
luego, se equivoca, pues, así es la vida, qué le vamos a hacer. Mas,
plantéese el caso en sus términos reales, personales y puntuales, póngase en
el caso concreto de condenar a alguien poseedor de unos ojos asustados y una
boca implorante, a alguien a quien usted conoce perfectamente, alguien que
tiene un nombre y unos apellidos, una madre, unos hijos y, quizá, hasta
algunas esperanzas. Piense, señoría, en algún conocido, en algún familiar, en
el vecino de la casa de al lado, por ejemplo. En ese señor de mediana edad
con gafas y con perro, contable de una gran multinacional, hombre metódico,
ordenado, puntual y amable donde los haya. Siempre entra y sale a la misma
hora, hasta tal punto, que puede ajustarse el reloj solo con verle a salir o
regresar de su diario paseo con el can. Todos los sábados va al cine con su
esposa, y todos los domingos sus hijos vienen a comer a su casa. Imagínese
que ese hombre, por el que usted no siente especial aprecio, pero que es algo
real, tangible, cierto; tan real como el paisaje que le rodea, el bosque de
pinos y hayas, la gran casona en lo alto de la suave colina o el pequeño lago
artificial en el fondo del valle, es llevado ante su estrado acusado de algún
delito estrafalario, tremendo, inconcebible. Piense usted lo que le venga en
gana, la violación de cincuenta recién nacidos, la voladura de la torre Afiel,
el envenenamiento de las aguas del Nilo, yo que sé, lo que a usted le parezca
más inconcebible. Se celebra el juicio y el fiscal presenta cincuenta, mil,
cincuenta mil peritos, técnicos y forenses que confirman y atestiguan, con
todo lujo de detalles, sobre el desmán cometido. Que hablan, durante horas y
días enteros, acerca de las sonrosadas vaginas y diminutos esfínteres que el
malvado pene agresor reventó, o del estruendo, humo y caos, del olor a muerte
y podredumbre, de los gritos desgarradores, de los incontables heridos, de la
angustia de los vivos en la búsqueda de los incontables muertos, de cómo, a
raíz de la explosión, los puentes cayeron, los trenes descarrilaron, los
túneles se inundaron, y los cadáveres flotaron en las cenagosas aguas del
río, hasta que su descomposición convirtió el amplio cauce en una masa
gelatinosa de carroña y barro. Todas estas terribles deposiciones de peritos
y forenses relatadas, por supuesto, en un tono de voz ecléctico, frío y
desapasionado, y con el peculiar vocabulario que caracteriza a tales seres,
es decir, especialmente rebuscado y con abundantes tecnicismos salpicados de
palabras arcanas y foráneas. Usted, ante el alud de tan extensos testimonios
que, sin embargo, no aportan ni una sola prueba concreta, ni una sola foto,
ni un solo pedazo de metal retorcido, ni una sola muestra de líquido
putrefacto, pero que, no obstante, continúan, machacona y universalmente,
durante días y días sin fin, decide, perversamente, que algo de verdad tendrá
que haber en aquellas alegaciones; que usted no va a ponerse en contra de
tantas y tantas preclaras opiniones y arruinar sus carrera, negando lo que
parece ser el unánime sentir de la ciudadanía. Y así, sin haber visto ni una
sola prueba, ni un solo indicio, basándose tan solo en la palabrería
incomprensible de esos charlatanes, condena al reo, escudando su conciencia
con el variopinto argumento que al condenado siempre le queda la opción de
apelar. Que sea el tribunal de superior jerarquía el que apechugue con el
problema de enfrentarse a la caterva de peritos, a la jauría de periodistas y
payasos, para eso les pagan. Ahora, señoría, viene la parte más difícil y,
sin embargo, la más necesaria, ahora métase en la piel de ese rechoncho,
metódico y puntual contable. Por supuesto, que el pobre siente miedo,
angustia, zozobra, pánico y todo lo demás, pero, sobre todo y ante todo,
tiene la sensación, la firme convicción, que todo es un sueño, de que le ha
sido administrada alguna clase de poderosa droga alucinógena que convierte
las pesadillas en situaciones más reales que la vida misma. El pobre se
pellizca continuamente brazos y piernas, toca tenuemente, con la punta de las
yemas de los dedos, los objetos que le rodean, a menudo suspira y respira
profundamente y, a pesar de toda la abrumadora evidencia, su cerebro le
repite, “no es real, no es real”, porque, admitir que aquello está
ocurriendo, sería lo mismo que ir derecho a la locura.
Así me
sentí yo aquella mañana, señoría, al escuchar a aquel individuo del bigotito
recortado verter las más viles mentiras sobre mi persona, sin que yo pudiera
hacer nada para evitarlo. Al fin, ante mis reiteradas protestas, conseguí que
el cagueta del abogado implorara al magistrado, con tímida y temblorosa voz
de colegiala, que quizá, si su señoría no tenía inconveniente, fuera oportuno
que se presentaran algunas pruebas físicas, aparte de las documentales, sobre
todo aquello que el del bigote afirmaba con tanta soltura y descaro. Su
señoría ni siquiera se digno a contestarle, tan solo se limitó a alzar las
cejas, interrogativamente, hacia el supuesto experto, y este, muy seguro de
sí mismo, y en el mismo tono doctoral que había utilizado hasta entonces,
explicó a la sala , con una naturalidad y seguridad digna de mejor causa,
que, en el transcurso de los análisis periciales, los cuerpos del delito
habían resultado destruidos, no quedando, por consiguiente, ni el menor
rastro de las cuatro maletas y los dos maletines, supuestamente, impregnados
hasta las cachas de la blanca coca tropical; habiendo desaparecido, así mismo
y de forma misteriosa, las dichosas figurillas de marfil. No obstante, afirmó
a continuación con la misma desfachatez y tono doctoral, resultaba evidente,
por su testimonio y por la documentación aportada, la existencia de todos
aquellos enseres de viaje, al igual que su pertenencia a mi humilde persona.
El juez asintió sesudamente a las explicaciones del descarado y bigotudo
perito, mirando, a continuación, de soslayo al abogado, diciéndole con sus
ojillos miopes: “¿Qué más pruebas y explicaciones requiere, no está la cosa
suficientemente clara?” La mirada del abogado viró hacia mí de rebote con el
siguiente mensaje clavado en sus ojos vacunos: “He hecho todo lo humanamente
posible, pero ya le había advertido que todo era inútil. Seguir enfrentándose
al magistrado solo nos llevaría a un sustancial aumento de la pena”.
Los ocho,
diez o doce meses posteriores al juicio son, ahora, un vago y lejano sueño,
uno de esos confusos recuerdos de infancia, en los que, en medio del olvido
general, queda grabada en la memoria una escena concreta sin razón aparente
alguna. Me acuerdo, por ejemplo, de estar comiendo un plato de natillas
sentado en la cama de la enfermería, de observar, invadido por una paz
profunda, a alguien cortando rosas en el jardín, recuerdo, especialmente, la
noche que intenté contar todas las estrellas del cielo. He de advertirle, de
todas maneras, que en mi corazón no anidaba ningún sentimiento negativo ni
doloroso, al contrario, me sentía flotando en el aire empujado por una suave
brisa. Dicen que, en un par de ocasiones, me agarré a los barrotes de la
ventana e intenté arrancarlos de cuajo, y que casi necesitan un soplete para
despegar mis manos del hierro, que, en otras dos o tres ocasiones, hice mis
necesidades en medio del jardín de la enfermería, festivamente jaleado por
los otros reclusos. No sé si todo eso fue realidad, o tan solo lo dicen para
tomarme el pelo, en todo caso, no me produce desazón alguna. Conservo de
aquellos meses un agradable recuerdo en mi mente, y no estoy dispuesto a que
nadie lo destruya ni altere. Luego, al regresar al módulo y dejar de
administrarme la dosis, vinieron los malos tiempos. De pronto, sufría una
especie de shock nervioso y toda la realidad, todo el pasado, presente y
futuro, se agolpaban delante de mí. Algo así dicen les ocurre a los que están
a punto de marcharse para el otro barrio, que pasan revista a su vida entera
en una centésima de segundo, centésima que, según algunos, perdura por toda
una eternidad. Sentía que la condena me agarraba las tripas y las retorcía,
causándome violentas arcadas que me sacudían desde la punta de los pies hasta
el cogote, pero, en vez de vomitar, sentía mis huesos convertirse en hielo y
resquebrajarse manos y cabellos con un sonido similar al de un martillo
golpeando cristales. Aquella angustia desparecía con la misma celeridad de su
advenimiento y, durante semanas enteras, entraba en un túnel muy oscuro, muy
negro y lleno de humo del que no recuerdo nada en absoluto, aparte de sentir
una terrible sensación de ahogo. Parece, por lo que dicen los demás, que poco
a poco me fui aclimatando a lo de la sentencia y, aunque puede que durante
algún tiempo siguiera padeciendo aquellos síntomas, acabé por acostumbrarme a
ellos sin darles mayor importancia. Sí recuerdo, muy vivamente, que un día,
no se cuando ni donde, recuperé la curiosidad, ya sabe esa ansia de fisgoneo
intrascendente y pueril que parece ser el motor de nuestras vidas. Así,
espoleado por la curiosidad e inmunizado contra el dolor, volví, poco a poco,
a incorporarme a la vida carcelaria. Dicen, los matasanos y loqueros de por
aquí, que mi estado todavía no es normal, a lo que yo les contesto que,
gracias a Dios, yo no he sido normal en toda mi vida, y no tengo ningún deseo
de cambiar a estas alturas. El caso es que, a poco de volver a disfrutar de
la diaria rutina, me llamó a su despacho el juez de vigilancia penitenciaria,
que en este caso era una representante del sexo femenino. Le advierto que yo
no tengo nada contra la práctica de la judicatura por parte de las señoras, a
mí qué más me da. He de reconocer, no obstante, que me invade un sentimiento
extraño a la hora de intentar equiparar el concepto de mujer con el de
legítima autoridad, ya sabe lo que quiero decir. Apuesto, señoría, que a
usted le sucede tres cuartos de lo mismo, aunque es de suponer que nunca lo
confesaría, ni en público ni en privado, y puede que ni siquiera a sí mismo.
Uno puede sentirse amenazado, desprotegido o intimidado ante un juez normal y
corriente. Ante una jueza los instintos reaccionan de forma diferente, te
sientes activo en lugar de pasivo, protector en vez de amenazado, guardián,
estando preso, y eso, señoría, no es conveniente ni para la dignidad del
cargo, ni para la seguridad del reo. La mayoría de los machos, tendemos a
hablar más de la cuenta tan pronto vemos unas faldas, cosa harto peligrosa,
en general, y casi catastrófica en este particular. Uno puede ser, es,
inocente, mas, aun así, hablar en exceso con la justicia nunca fue, ni será,
aconsejable. No se porque me enrollo con estos temas que usted conoce mucho
mejor que yo y, además, no vienen al caso, pero tenga en cuenta lo que le
digo, la verdadera reforma judicial, esa de la que usted habla tanto, no se
producirá hasta que las mujeres no tomen las riendas. Ellas convertirán esto
de la Justicia con mayúsculas, esas mayúsculas que apelan tanto al orgullo
del macho, en una cosa sencilla y normal de andar por casa, ni más, ni menos,
importante que planchar, coser o parir. En fin, dejémonos de estas chorradas,
que luego todo el mundo me acusa de enrollarme en exceso, de abusar de mi
imaginación tropical y mi barroquismo criollo, acusaciones que ya vertió
sobre mí, en respuesta a una muy correcta misiva mía, un gilipollas de obispo
episcopaliano. Lo que ocurre es que a mí me gusta matizar, precisar,
detallar, considerar cada uno de los ángulos y los lados, ver las posibles
salidas y conclusiones de cada problema, repasar, con detalle, cada uno de
los puntos en litigio, y luego, con discreción y paciencia, sin prisas ni
aspavientos, alcanzar, si se considera conveniente, posible y pertinente, las
conclusiones definitivas. Y no crea que la obsesión por el detalle más nimio,
por el mínimo pormenor, por el orden, la claridad y la precisión, es muy de
mi gusto. A mí me gustaría escribir al desgaire, diciendo lo primero que me
viniera en gana, sin preocuparme de cronologías, inexactitudes o matices,
pero usted comprenderá, señoría, que, en mi situación, eso es imposible;
comprenderá que cada palabra, cada silaba, cada letra, debe ser sopesada,
medida y correctamente encauzada. No puedo permitirme el lujo de que mis
sentimientos me traicionen, y mis pasiones me alejen de mi único y vital
objetivo.
La juez, o
jueza, pues, una cosa más bien pequeña y un tanto regordeta, de manos finas y
suaves y un hablar cantarín que incita al diálogo y la confidencia, me
atrevería decir que hasta a la confesión, me comunicó que el plazo para la
apelación había prescrito, pero que, dado el grado de abandono que había sido
objeto por parte del abogado de oficio, sumado a mi notoria incapacidad,
durante el periodo posterior al juicio, para llevar de manera normal mis
asuntos y poder nombrar otro leguleyo, junto a la inexistencia de cualquier
familiar, pariente o allegado que pudiera velar por mis intereses durante el
plazo anteriormente descrito, era factible la posibilidad de que, basándose
en una hipotética indefensión, se pudiera, eventualmente, revisar mi caso.
Bueno, quizás no fueran esas sus palabras exactas, pero sonaban más o menos
así. Todo ese embrollo de frases altisonantes a mí me dejan bastante frío,
pero la voz cantarina de la señoría poseía un timbre que me embelesaba, me
adormecía y me hacía sonreír. Aquel sonido semejaba suave trino de pajarillos
y arrullo de hojas batidas al viento en el sopor de una plácida tarde de
estío. Aquella voz, muy a pesar mío, hizo renacer en mí la esperanza. Me
pasaba los días haciendo planes para el futuro, locos esquemas que sabía
irrealizables pero que, desde el desayuno a la cena, alegraban mi espíritu y
apaciguaban mi cólera, y, por la noche, me permitían gozar de un reparador y
profundo sueño. Quizá, si usted supiera de algunos de esos planes y
propósitos se echaría las manos a la cabeza escandalizado, o quizás no.
Usted, aparte de juez, es hombre de mundo y sabe lo difícil que es, ya de por
sí, tener ilusiones, proyectos esperanzas y fantasías para, encima, exigir
que sean morales y legales. No sé si aquellos fueron los días más felices de
mi existencia carcelaria, hablar de felicidad en este lugar resulta un tanto
chocante, pero, al menos, fueron los más llevaderos. Un buen día, la jueza de
voz de jilguero desapareció y con ella mis fantasías y sueños. Sin embargo,
todavía queda en mí un poso de rebeldía, un rescoldo de lucha, un halo de
protesta que igual, no lo niego, son solo puras ganas de matar el tiempo, de
combatir el aburrimiento, de alejar la abulia, de descargar la adrenalina. El
caso es que, cual dije al comienzo de esta misiva, paso mi triste vida,
escribiendo a funcionarios, políticos y dignatarios y, habiendo acabado con
los de ámbito nacional, doy ahora comienzo, con usted, señoría, a mi ronda de
los de ámbito europeo, para, más tarde, pasar a los de alcance internacional,
manteniendo siempre, eso sí, mi carencia absoluta de ilusión, fe o
esperanza.
Quede
usted con Dios.
EXPOSICIÓN
II
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