DEMETRIO MALLEBRERA:
Sí, pero no
Sensibles y mentecatos
Entre túmulos, margaritas y síndromes

Sí, pero no
DEMETRIO MALLEBRERA
Me ha escrito mi amigo Marcial desde Monóvar (aunque podría haber sido
desde cualquier parte del planeta, dado que se trata de un emilio de los
que te llegan al instante) para saludarme y decirme que se alegra de mi
recuperación al ver la reaparición de mis colaboraciones en este
periódico y para enviarme unos encomios. Se lo he agradecido enormemente,
porque, como le he contestado, hay unas veces en que los elogios son más
necesarios que en otras ocasiones, sobre todo si se piensa que existen
esos momentos críticos (procedentes de crisis) en que se necesitan, no
digo fármacos, pero sí inyecciones de moral, impulsos, cierta forma de
caricias, yo qué sé, algo parecido, para notar que lo que uno hace tiene
algo de utilidad. Lo diré para que quede constancia: lo que uno hace
aquí, normalmente cada semana, es sacar temas de actualidad, ponerle unos
argumentos para que ayuden a pensar, sin ser imperioso, y dejando que el
lector saque sus conclusiones y tenga, como debe ser, la última palabra,
como fruto del esfuerzo, a veces arduo y quizá aburrido, de haber leído
algún párrafo, y como verdadero galardón al mérito de haber llegado hasta
el final, si se da el caso.
En nuestro suelo patrio somos bastante duros para el agradecimiento y
mucho más para la alabanza. Al que da las gracias por cualquier cosa lo
clasificamos como latoso, pero si alguien se vuelve ensalzador pasa a ser
el pelota redomado del contubernio. Coincido con mi amigo Enrique cuando
dice que los méritos con diploma, medalla y lazo se los llevan los
muertos, quienes eran, como mínimo, muy buenas personas. Será que en esto
de los encomios hay que hablar en pasado, porque lo que es en presente,
que es cuando de verdad se necesitan, somos el colmo de la tacañería, de
una parquedad excesiva cuando se trata de personas próximas y de
familiares.
¿Cuántos manitas del hogar hacen sus chapucillas para salir de apuros
ante una eventualidad y no le dicen ni siquiera que ahí te pudras! Y no
digamos, cuántas y cuántas manos femeninas, delicadas y artísticas a más
no poder, realizan ganchillos, bolillos, bordados de dejarse los ojos en
finos hilos de oro y plata, y tantas otras manualidades, que parece que
los demás no vean ni valoren en su justa medida porque están llenos de
insensibilidad. Y en la empresa pasa cuarto y mitad de lo mismo, que
parece que no hayas puesto nada de tu parte al hacer aquel trabajo tan
costoso. Y aún te dirá el jefe que la gratitud va en el sueldo, mientras
aquí (en la faena remunerada y supuestamente bien administrada) está
permitido (aunque no bien visto, por fortuna) adular al superior y
sentirte muy obligado con él.
Es cierto que llegamos a ser crueles de tan paupérrimos que nos mostramos
ante el enaltecimiento que se deben algunas personas. Felicitamos poco, y
se nota mucho que cuando lo hacemos parece algo automático que nos hace
mostrarnos como indiferentes ante lo que probablemente sea lo más grande
que le esté pasando a nuestro amigo, compañero o familiar. Es
sintomático: no besamos siquiera, hacemos como que sí, pero no, y muchas
veces ponemos la cara para que nos besen a nosotros. Y si nos aprietan
mucho y hemos de elogiar, porque toca en esos momentos hacerlo y para eso
hemos venido, pues tampoco vamos a cortarnos lanzando cuatro frases que
ni las apreciamos ni las evaluamos, porque a veces decimos lo que no
sabemos qué significa. Y aún así, cuidado, que somos dados a los elogios
aparentes en cuanto le añadimos a la frase grandilocuente la cortante
conjunción pero de rigor (que tan de moda ha puesto Albert Mota, el
profesor de bailes de salón, en la televisión, más que nada porque se lo
corean de modo divertido), tras la cual puede venir la puñalada trapera.
Y es cierto, sí, que no todas las alabanzas son una farsa y que
cualquiera de nosotros las necesitamos, aunque sólo sea de vez en cuando,
para sentir que vives y que estás. Y a lo mejor, para nada más. (DEMETRIO
MALLEBRERA / JOSÉ IBARROLA - LA VERDAD, 25 de noviembre del 2006)
Sensibles y mentecatos
DEMETRIO MALLEBRERA
Me llamó poderosamente la atención hace unos meses lo que leí en la
sección de Cartas al director de una conocida revista universitaria, cuyo
titular ya me atrajo desde el principio. El firmante de la epístola, tras
decirnos que lo que comentaba se lo contó un antepasado suyo, y los dos
se habían aprendido muy bien la lección, vino a explicarnos que en
aquellos tiempos, cuando existían los maestros y se entretenían
ilustrando cuidadosamente las cosas, hubo uno de ellos que aclaró con
gran lucidez el origen de la palabra «mentecato» (tonto, falto de juicio,
privado de razón, según el diccionario de la RAE) y que eso le marcó
tanto (al viejo familiar) que luego lo fue exponiendo a las siguientes
generaciones para que esas aclaraciones no fueran víctimas, como tantas
cosas en esta vida, del inexorable paso del tiempo. Lo que enseñaba el
adusto educador es que semejante palabra significaba mente-capto, o sea
que uno es captado por la mente de otro, supuestamente más inteligente,
que le come el coco y lo convierte en un débil mental. Quizás hoy habría
que decir «abducir», aunque la nueva palabreja se usa más para hablarnos
del novedoso terreno de los extraterrestres; pero el significado va por
el mismo camino: captarte la mente para llevarte al huerto o al espacio
sideral. El caso es que el firmante de la carta que nos ocupa va por la
vida con mucha preocupación, ojo avizor, para que ni los periódicos, ni
las radios ni las televisiones le den gato por liebre, sobre todo en
asuntos delicados, que es donde, con juegos malabares y de palabras, la
gente tiene la sensación de que casi siempre se nos está manipulando.
Tener una vacunación parecida a la que se ha aconsejado parece muy buena
para que los husmeos que se nos cuentan no se salgan de madre. No sólo
nos advierte de las consecuencias de la mentecatez el atento lector
mencionado, sino que ya hace tiempo que lo vienen diciendo personajes
reconocidos de la esfera intelectual, declarando en plan denuncia que hay
una enorme falta de escrúpulos por parte de presentadores y colaboradores
de espacios informativos (no los llamaré periodistas) dedicados al
cotilleo, en los que salen o dejan de salir las celebridades que
convienen a los intereses del manoseado curioseo, y saltan las
informaciones más escandalosas o llamativas cuando hay que tapar algún
error político o conviene mirar para otro lado. En este terreno tan
resbaladizo y falto de ética, en el que se permite a cualquiera que
descalifique a su contrario, incluso lo hace algún conductor del
programa, los tertulianos son capaces de arremeter contra hechos del
pasado dignos de todo respeto, y no digamos contra la fama debida a las
personas, así estén vivas como muertas. A veces nos dejan estupefactos
con los medios que utilizan y el lenguaje que emplean, que además de
ofensivo es amenazador. ¿Ha visto usted cómo anuncian lo que aún está por
saberse, lo que han averiguado y lo que pondrán, sin misericordia alguna,
tal día o dentro de unos minutos?
Al otro lado del hilo está la sensibilidad de la audiencia, la formada
por las personas que toman la decisión de tragarse aquello porque parece
que gusta mucho el entrometimiento en vidas ajenas, y debe dar un gustazo
enorme comprobar cómo el resto del mundo, incluidos los famosos, también
tiene problemas generacionales y de herencias, incluso cuentan sin
descaro con qué hermano han dejado de hablarse a causa de una palabra más
alta que otra, y cogen sus correspondientes cabreos que acompañan de
exagerados lamentos, lagrimones y representaciones trágicas. Sí, al otro
lado de la pantalla, también se consumen pañuelitos de pena y ganas de
salir en la tele para contar cada cual su penita y su dolor. Mañana,
tarde y noche se las pasa la audiencia dándole al lagrimal y al fisgoneo,
impidiendo que afloren ideas y pensamientos propios. Y no hay manera. La
cuestión, que ya es demasiado inquietante, es si habrá alguien que tenga
alguna solución. (DEMETRIO MALLEBRERA - LA VERDAD, 11 de noviembre del
2006)
Entre túmulos, margaritas y síndromes
DEMETRIO MALLEBRERA
Estimadísimo amigo Deogracias, cuyos restos moran bajo esta tumba desde
que nos dejaste en nuestra primera juventud -la de las confidencias y
confianzas, la de la sinceridad y la buena amistad que no traiciona-
¡hace tanto tiempo, varios lustros ya! Este es el lugar que no quisiera
dejar de visitar, como lo vengo haciendo sin falta cada año en torno al
día de Todos los Santos o al de los Difuntos, según se tercie cada vez.
Uno puede venir cualquier otro día del año, pues por estas calles siempre
deambula alguien. Acuérdate de aquellos primeros años en los que siempre
te dedicaba una larga charla en las vacaciones de verano; aquello sí que
era revivir, casi palpar y desde luego sentir (gozar y sufrir) nuestros
recuerdos, aunque duró poco porque, como bien sabes, ya que lo observas
todo desde tu espléndido mirador en esa nube azul que no se ve porque se
confunde con el cielo, en estas cosas manda la familia, que ahora dice
por aquí y mañana dice por allá. En cambio, el 1 de noviembre es una
fecha que ven de otra manera, con un respeto especial. Yo creo que todos
(tenemos) a alguien a quien saludar con añoranza, porque sabemos que no
lo podemos ver de otra manera. Mira, si no, el gentío. Y la verdad es que
a mí me gusta bastante estar rodeado de mucha gente en sitios como este,
pues cada año que pasa hay personas conocidas a las que nunca pudiste
decirles una última palabra. Aunque se forme un poco de rumor subido de
tono, éstos son como los días de fiesta de este pueblecito llamado
cementerio, tan lleno de visitantes y de ciudadanos ausentes que hablan
con los vivos y con los muertos, que rezan, que rememoran anécdotas.
Tienes incluso la ventaja de que aquí no te molestan los altavoces tan
fuertes que te instalan en las fiestas del barrio y no te dejan dormir.
Esto es como un paseo entre mausoleos clásicos y el colorido de los
ornatos frescos y brillantes. Aquí te dejo este macetón, majo, que dicen
que así duran más las flores, aunque no pueden hacerle competencia a las
maravillosas margaritas que te han puesto este año tus familiares, que,
como otros tantos, se están olvidando de los crisantemos. Cada vez hay
más curiosos y paseantes en este jardín bellísimo, como si fuera el
paraíso, que aplican a sus muertos la frase de San Pablo que dice que
somos «ciudadanos del Cielo». He podido venir de nuevo, Deogracias, y te
escribo como cada año, en el momento justo en el que se cumple ese mismo
plazo de tiempo, reanudando mis habituales misivas a los amigos que
suelen publicarme con gentileza en este amable periódico, pues a los
pocos días tuve un infarto (que es el segundo y eso ya te deja de otra
manera); de modo que, después de estar por esas fechas analizando los
diversos síndromes que tanto me gustaba comentar y que le dan apellidos a
las enfermedades crecientes que tiene esta sociedad, me tengo que apuntar
al llamado avesiculado (infartado), según me comentó en su día otro
colega que también escribe en los periódicos, aunque él lo que hacía era
celebrar el día del orgullo avesicular, en descarada confrontación con el
afamado orgullo homo. Por esas fechas estaba de moda el síndrome del
emperador (el de los chavales que son unos tiranos con sus padres y resto
de familiares), el de Diógenes (que consiste en acumular enseres y
objetos inservibles en el hogar) y el de Sissí, que me ha rozado durante
este tiempo, y que se fundamenta en que los depresivos se disfrazan de
seres felices, es decir los tristes y abatidos se comportan de modo
activo y positivo con ciertas dosis de humor. Y todo porque uno tiene
claro que vive por y para los demás. El conocido pensador cristiano André
Frossard nos dice que el hombre no se encuentra solo porque está rodeado
de una invisible presencia en la que espera; y que más allá de los
sentidos y de la imaginación existe otro mundo cerca del cual este
universo material, por hermoso que sea y por insistente que sepa hacerse,
no es más que un reflejo lejano de la belleza que lo ha creado.
(DEMETRIO MALLEBRERA / JOSÉ IBARROLA - LA VERDAD, 4 de noviembre del
2006)