|
Después de una primavera creadora de nuevas vidas, de
sonidos, de luces, de aromas y colores llegamos al estío del
sosiego. De madurar esas vidas. Los campos se doran al sol.
La arboleda se desprende de parte de su vestidura para
soportar mejor las altas temperaturas y la escasez de la
apreciada agua.
Es entonces cuando nosotros, los humanos, nos movemos
de aquí para allá. Y es que llegan las tan ansiadas
vacaciones y como ya esta mal visto en esta sociedad en que
vivimos darle al cuerpo el placer de no hacer nada, de no
pensar en nada, de no desear nada, pues, nos lanzamos a las
playas, a los montes, a otras provincias e incluso a otros
países. Y, por supuesto, seguimos consumiendo alocadamente o
de otra forma el sistema se vería abocado al desastre.
Sin entrar a analizar este período vacacional, muy
merecido por otra parte, sí voy a pasearme por ese contacto
que tiene lugar entre el hombre y el resto del mundo, es
decir, la Naturaleza. Y es que hasta ahora, la mayoría de las
personas habían permanecido refugiadas en la burbuja que es
su ciudad de toda una serie de otros seres o... bichos, para
entendernos mejor.
Entre cemento, asfalto, cristal y fumigaciones de todo
tipo, intentamos mantener lejos de nosotros a toda una
multitud de pequeños animalillos bastante molestos, aunque
hemos de reconocer que nos oponen feroz resistencia. Así, si
elegimos la montaña para pasar unos días de asueto en un
camping a tal efecto, hay quien se encontrará con la sorpresa
de que en el bosque no hay enchufes donde conectar a los
otros miembros de la familia, la tele o la radio. Y es que
los sonidos del entorno no nos llegan y, si lo hacen, causan
indiferencia o inquietud ante nuestra absoluta ignorancia de
la procedencia de esos sonidos. Pero las sorpresas no acaban
ahí y uno se da cuenta de que aquí también hay bichos y ¡un
montón!. Los más veteranos, ya han venido mejor preparados
esta vez y pronto los ves rociando con enormes botes de
insecticidas los troncos y suelos, al exterminio de hormigas.
Unas hormigas que están en su casa y que lo único que hacen
es recolectar comida para llenar la despensa, pues en el
invierno no hay nada que llevarse a la boca. Es más fácil
exterminarlas que tomar unas pequeñas precauciones con los
desperdicios y la comida, para evitar que al levantarte al
día siguiente te hayan dejado sin desayuno, aunque puedo
asegurar que no hay nada más entretenido que ver como
tantos seres diminutos en absoluto orden hacen desaparecer en
un visto y no visto media docena de magdalenas.
El anochecer es otro momento temido del día pues hacen
acto de aparición los temibles mosquitos con sed de sangre.
Los más sensibles a los picotazos se embadurnan con cremas
ahuyentadoras que no sólo ahuyentan a los punzantes
voladores. Pero claro, con la noche y una luz encendida,
pronto habrá una multitud de bichos volando alrededor de la
mágica luz. Y todo lo que vuela entonces son mosquitos o al
menos pican. No se salvan ni las gráciles mariposas. La
velada se pasa mirando constantemente hacia arriba, siguiendo
con la mirada el devenir de los voladores, interrumpido de
vez en cuando con algún manotazo o zapatillazo con mayor o
menor fortuna.
Algunos insectos, pocos, causan indiferencia entre
nosotros o al menos dejamos de mayor o menor grado que estén
cerca de nosotros. Uno de ellos es la mosca, aunque no sé
bien si es porque desde pequeños aprendemos que no pican o si
es porque es muy difícil pillarlas. Y si no, cuando tenemos
dos o tres de estos insectos yendo de una parte a otra de
nuestro cuerpo, ¿qué es más fácil, acabar con ellas o
terminar haciéndonos daño?
Pero hay otros, muchos, que producen un efecto
totalmente contrario. Alguien cómodamente aposentado en su
flamante hamaca, al que nada ni nadie lo va a mover de ahí,
de repente ve una pequeña araña; y casi sin mediar un segundo
y como si el asiento le hubiese disparado con un potente
muelle, salta agarrando al mismo tiempo con la mano una
zapatilla estampándola contra el repelente bichejo. ¿Y por
qué esa reacción? ¿Acaso había qué actuar rápido antes de que
hiciera lo mismo el temible arácnido?
Pero, sin lugar a dudas el bicho con peor reputación
del verano es la avispa. Es un insecto que pica. Cierto. Pero
no va por ahí buscando gente a la que picar. Busca comida. Va
a la caza de moscas, mosquitos, arañas, etc... ¡vaya! Lo que
sí tiene son armas para defenderse y nos avisa de ello con su
traje amarillo y negro. No le gustan las vibraciones fuertes,
vamos, el ruido, y al final del verano las calores y la cada
vez mayor escasez de alimento las hace más irritables. Pero
aún así no tenemos porque tener ningún problema con ellas si
actuamos con total tranquilidad, sin brusquedades. Proseguirá
su camino. Y nosotros vamos y actuamos justamente al revés.
El pánico se apodera de nosotros, gritamos, nos movemos
bruscamente lanzando manotazos a diestro y siniestro. Y
conseguimos que nos pique. ¡Y quién no lo haría!
Bromas aparte, en estos días en que vamos a salir de
casa y vamos a cruzar nuestras vidas con las de otros seres,
si no queremos pararnos a conocerlas, al menos, seamos
respetuosos con ellas. Al fin y al cabo nos están hospedando
en su casa.
Es medianoche cuando acabo de escribir estas líneas.
Una tranquila música suena de fondo, mientras una suave y
refrescante brisa entra por la ventana y veo de reojo como
una joven salamanquesa se mueve, bocabajo, por la escayola
del techo y la única reacción que me provoca es una sonrisa
porque, sencillamente, sé con total seguridad que ella no se
va a abalanzar sobre mí a morderme la yugular.
Buen verano y felices vacaciones a quién las haya
disfrutado o vaya a hacerlo. |