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Francisco Peiró

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Análisis de la situación (Crisis del calzado y PAIS)
Francisco Peiró

             Cualquier economista de medio pelo le dirá que la calidad de vida y la salud financiera de un país no dependen, en última instancia, ni de la índole de la educación, ni del nivel tecnológico y de investigación, ni, mucho menos, del esfuerzo y capacidad de trabajo. Cualquiera que haya visitado Rusia habrá podido constatar el excelente grado educacional de la mayoría de sus habitantes, sin que ello sea óbice para que hoy en día su población padezca una pobreza extrema y una expectativa de vida cada vez más corta. Inglaterra, a lo largo de los años cuarenta, cincuenta y sesenta del pasado siglo era, sin lugar a dudas y junto a los EE UU y Alemania, el país con mejores técnicos e investigadores, la penicilina, el radar y las computadoras, por citar solo algunos de los más relevantes descubrimientos, vieron la primera luz en sus laboratorios y universidades y, sin embargo, la Gran Bretaña experimentó una decadencia económica y política sin parangón durante aquellos mismos años. En cuanto al trabajo duro, uno no tiene más que pasearse por las colinas y laderas de los valles del Vinalopó y La Marina para observar como nuestros antepasados se deslomaron trabajando de sol a sol, con tan solo un pico y una azada, y quizás un borrico, para abancalar monte tras monte, Una labor digna de titanes que no parece contribuyera en exceso a liberarlos de su extrema pobreza. La salud financiera y el bienestar de las gentes dependen de un parámetro mucho más etéreo, psicológico y difícil de medir y evaluar que conocemos bajo la acepción de adaptabilidad.

            Es ésta, sin lugar a dudas, una palabra maldita y políticamente incorrecta. Y ningún candidato a alcalde, concejal o diputado osaría mencionarla en público, sobre todo en época de elecciones, pues sería tanto como firmar su deceso político. En el terreno económico, como en tantas otras facetas de nuestra vida, vivimos rodeados de aparentes contradicciones y paradojas, producto de nuestro natural deseo e inclinación a preferir la cuesta abajo a la cuesta arriba, lo sencillo a lo complejo y lo fácil a lo arduo. Lo que la inmensa mayoría de los seres humanos añora es una vida fácil, sencilla y sin problemas, o con los menos posibles, y, ciertamente, la dichosa adaptabilidad no facilita ninguna de esas cosas. La adaptabilidad impone estar siempre dispuesto al cambio, a la movilidad, tanto geográfica como laboral, y a la innovación y, al menos voluntariamente, conozco a muy pocos dispuestos a recorrer ese calvario. Por supuesto, que muchos de nuestros antepasados bebieron de ese cáliz, pero la mayoría de ellos lo hicieron, como es natural, a regañadientes y obligados por las circunstancias, unas veces económicas, otras políticas, y otras ambas a la vez.

          Durante los años sesenta, setenta, ochenta y noventa del pasado siglo el españolito medio se dejó la piel fabricando zapatos, bolsos, televisores, electrodomésticos, tractores, camiones y coches; pescando en el mar; recolectando legumbres, verduras y frutas; ordeñando vacas o sacrificando reses. Y ahora nos dicen que por culpa de la dichosa globalización cuantos, al menos de pensamiento, no habrán depositado sus heces sobre la dichosa palabreja tenemos que resignarnos a que chinos, vietnamitas, húngaros, polacos, marroquíes, argentinos, uruguayos, noruegos o coreanos, por citar tan solo los más señalados, nos hagan la santa puñeta, fabricando uno o varios de esos artículos a unos precios tales que no puede competir con ellos ni la santa madre que los parió. Mas ¡Oh paradoja de las paradojas¡ a pesar de que todos esos foráneos nos arrebatan producto tras producto y mercado tras mercado, la economía crece, el paro disminuye y la inmigración aumenta. ¿Estaremos todos locos?

          Muchos, algunos quizás de nuestro mismo pueblo, puede que digan, si es que acaso llegan a leer estas líneas: “Vale, en Madrid, Valencia, Bilbao, Benidorm o Torrevieja las cosas es posible que vayan de p… madre, pero aquí en el pueblo, y en todos los valles del Vinalopó, la cosa va de pena, dentro de poco no fabricaremos ni una sola suela, ni un solo tacón y el último en salir que apague la luz.” Nada más lejos de la realidad, las cosas, incluso aquí, van razonablemente bien, incluso muy bien me atrevería a decir, pero las circunstancias exigen un cambio de mentalidad, de hábitos, de costumbres, de idiosincrasia, de aptitudes y de conocimientos, dicho en una sola palabra, exigen adaptabilidad, y ante eso todo son lágrimas y rechinar de dientes, cual nos dice la Biblia. El otro día, charlando con mi frutero, los viejos viudos y con hijos, e hijas, ya talluditos y que han abandonado el nido, también tenemos que adaptarnos y reciclarnos y aprender a hacer la compra, entre otras muchas cosas se quejaba de que, a él personalmente, toda esa nueva clientela potencial de recién llegados al pueblo, tanto del cono sur y el Magreb, como de los países del norte de Europa, no le beneficiaba en absoluto, puesto que todos ellos compraban sus peculiares productos en las tiendas establecidas a tal efecto por sus correligionarios. Cuando yo le señalé que, tanto en los supermercados de nuestra localidad como en los más extensos centros comerciales de Elda y Petrel, había observado que se habían habilitado ciertos espacios para poner a la venta los productos alimenticios a los que están acostumbrados unos y otros, me dio la razón, mas, a renglón seguido, añadió que todo eso era demasiado lío y molestia. A guisa de anécdota para justificar su inhibición ante toda novedad, incluso me confesó que una vez, a petición de cierto cliente, adquirió un partida de bananos (plátano macho de textura mucho más dura que el plátano normal y de, aproximadamente, el doble de su tamaño, que solo se pude ingerir previa su cocción o fritura) y que casi se parte los dientes intentando masticarlo. Como él mismo dijo: “Una vez y no más Santo Tomás.”

            Hay que desterrar de todos nosotros “el espíritu del frutero”. Mas, como decíamos al principio, unas veces para bien y otras para mal, el ser humano (¿Podría decirse la ser humana? Tendré que consultarlo con la Academia), como la mayoría de sus congéneres del reino animal, tiende a aferrarse a sus antiguos hábitos y costumbres el famoso, entre nosotros, tota la vida ha segut y no es nada fácil cambiar esa tendencia instintiva. Si bien, como todos sabemos, la acción civilizadora no es más que la lucha continua para racionalizar nuestros instintos. Viene todo esto a cuento, porque en los últimos tiempos nuestro municipio, los colindantes y vecinos, y bastantes otros en la zona sudoriental de la península, están inmersos en un proceso de profundo cambio, que pasaremos a describir más adelante, causa, a la vez, de progreso y desasosiego, Y lo que más me asombra, que no preocupa, a estas alturas a mí ya me preocupan muy pocas cosas, es que no solo algunos estamentos de nuestra sociedad local se opongan a dicho proceso de transformación, sino que más de un partido político y varios medios de comunicación, algunos de considerable envergadura e influencia, se hayan sumando a ese bando.

            Mi padre, hombre curioso e inquisidor donde los hubiere, me solía contar como entre las familias de Benidorm y demás parajes de La Marina era costumbre inveterada, al repartir la herencia, dotar al primogénito con las tierras más alejadas del mar, y por ende las más fértiles y menos secas, y dejar a los segundones las lindantes con la costa. Esta especie de justicia poética
con el tiempo, como todos sabemos, los terrenos costeros  llegaron a valer infinitamente más que los del interior, siempre fue muy del agrado de mi progenitor quizá porque, en los negocios, él siempre confió más en la suerte que en la sabiduría. Ahora parece que dicha justicia poética está a punto, o quizás ha llegado ya, a nuestros lares. ¿Cuándo íbamos a pensar que un pedazo de tierra yerma y reseca, monovera o eldense, pudiera llegar a valer infinitamente más que una fábrica de calzado o de sus componentes? ¿Quién es el loco, el demente, que pretende hacernos creer que en este páramo desértico van a florecer, prácticamente de la noche a la mañana, y como por ensalmo, casas, árboles, flores, piscinas y campos de golf? De dónde vendrá el agua, se preguntan unos, quién construirá la infraestructura necesaria, dicen otros, qué será de nuestras costumbres y nuestras tradiciones, piensan los más, si, por algún extraño conjuro, todos esos megalómanos diseños urbanísticos llegan a buen fin y, dentro de una década o dos, los naturales del lugar nos vemos reducidos a la condición de ínfima minoría. Las preguntas, como no podía ser menos, son perfectamente válidas. Ahí van mis respuestas.

          La experiencia americana nos enseña que, una vez la tecnología ha alcanzado un cierto nivel, la ubicación de la misma tiende a situarse allá donde los factores medioambientales son más favorables al ser humano, caso de California. Por otra parte, a medida que la esperanza de vida se alarga y el nivel adquisitivo sube, los pensionistas se hallan en condiciones de cambiar de residencia y, generalmente, eligen un lugar más cálido y menos congestionado del que habitan, caso de Florida y, también hasta cierto punto, de California. Si tirásemos de hemeroteca, veríamos que cuando a mediados de los ochenta Barcelona, con el apoyo de todos los partidos políticos y de España entera, se postuló para los juegos olímpicos del 92, unido a la celebración de la Expo en Sevilla, uno de los principales argumentos que se utilizaron para justificar el ingente gasto en remodelación urbanística e infraestructuras fue el que ello ayudaría a persuadir a los habitantes de los países del norte de que en el nuestro ya existía suficiente capacidad gestora empresarial y administrativa para hacer posible que nos convirtiéramos en la nueva California de Europa. Simplemente, está a punto de suceder lo que con tanta vehemencia deseábamos hace dos décadas. Una vez completada nuestra integración europea y derribadas las barreras financieras con la llegada del euro, el “éxodo” de los habitantes del frío septentrión hacia el cálido mediodía va a ser imparable.  Y que nadie piense que nuestro entorno se va a convertir, solo, en el asilo de Europa. California comenzó así y ahora es el primer centro tecnológico del mundo; en cuanto a Florida su capital, Miami, se ha convertido en uno de los centros financieros más influyentes de los EEUU, y la importancia política del Estado es tal que, como todos recordaremos, en las elecciones presidenciales del 2000 fue la clave del éxito del partido republicano.

              Muy bien, dirán algunos, todo eso suena muy alentador, pero da la casualidad de que el papel lo aguanta todo y soñar despiertos no cuesta dinero. Si todo eso es así, entonces por qué los políticos de Madrid, e incluso a veces de Valencia, alertan del peligro de que, de llevarse adelante esos planes urbanísticos, las infraestructuras se colapsen y de que no haya agua para todos, y los ecologistas ponen el grito en el cielo sobre la inminente degradación de la naturaleza terrestre y marina. La respuesta es sencilla, la solución práctica no lo es tanto. Los políticos de la cúpula estatal son tan inmovilistas y poco adaptables como el que más, al fin y al cabo solemos elegir a los que se parecen más a nosotros, y lo que realmente les preocupa no es el gasto para nuevas estructuras per se, sino la enorme readaptación de recursos que, a corto `plazo, ello implica. El tan manido ejemplo del agua para los campos de golf es uno de los más gráficos y válidos. A fecha de hoy no hay duda alguna que el agua destinada a un campo de golf es más rentable, es decir, produce más beneficios y genera más puestos de trabajo, que la destinada a casi cualquier ámbito de la agricultura. Sin embargo, el poderoso lobby agrícola todavía consigue que muchos medios de comunicación sigan con el sambenito de que el golf es solo un pasatiempo y la agricultura un sector estratégico que hay que proteger. Pero cuando se trata de realojar partidas de presupuestos, lo del agua para los campos de golf, es tan solo una gota en el océano si lo comparamos con los miles de millones de ayudas agrícolas, entre otras, que estarían mucho mejor aprovechados si se destinaran a construir infraestructuras, incluida la generación y conducción de aguas, en las zonas donde se prevé la nueva emigración europea, que indudablemente, como también ocurre en América, vendrá acompañada de una inmigración procedente de zonas menos desarrolladas que se encargará de atender el sector terciario menos especializado. Mas, aparte del cataclismo presupuestario que todo esto pudiera suponer, también lo está el político. Si a corto plazo, las antiguas provincias de Alicante, Murcia y Almería, por poner un ejemplo, aumentaran sensiblemente sus respectivas poblaciones su peso específico electoral aumentaría considerablemente y ello iría en detrimento de otras regiones ahora más influyentes. En estas cuestiones electorales el resultado es siempre de suma cero, lo que uno gana otro lo pierde. Y el futuro perdedor es el que, hoy por hoy, tiene más poder e influencia y quien, por lo tanto, procurara, en la medida de los posible, evitar el crecimiento de su competidor.

          Un último comentario sobre el tema ecologista y medioambiental. No hay duda que el tema de medioambiente es de una importancia vital, ahí están la desecación del lago Aral, la sobreexplotación pesquera, y el accidente de Chernobil para demostrarlo. Todo, sin embargo, incluso la protección debida a la madre naturaleza, deber de hacerse, en mi opinión, dentro de un equilibrio y una mesura. Decir que la mejor manera de conservar las playas limpias y las aguas incontaminadas consiste en evitar que se construya vivienda alguna cerca de ellas, como pretenden algunos cuando se habla del infraexplotado litoral murciano y almeriense, es lo mismo que decir que la mejor manera de evitar que te caiga una teja en la cabeza consiste en permanecer encerrado en casa de por vida. Los extremos rara vez son ponderados y razonables. En todo caso habrá que insistir, y conseguir, que las medidas que se adopten permitan que, a pesar de los habitáculos, las playas se mantengan tan limpias y las aguas tan impolutas como hasta ahora. En cuanto a nuestro desértico interior, la verdad es que, por más que me esfuerzo, no consigo entender y ponerme en el lugar de aquellos que pretenden evitar a toda costa cualquier cambio o alteración en su paisaje. Puedo decir con orgullo y sin temor que soy uno de esos seres que aman los desiertos, y cuanto más desnudos y desolados mayor impresión de grandeza me producen. Por eso disfruto paseando por los roquedales, las desnudas laderas y yermos campos de toda esta comarca, pero jamás se me pasaría por la cabeza oponerme a que éste, o cualquier otro desierto, se viera convertido en un vergel o en un recinto habitado.

            Ah, y en cuanto a que nos invadan y nos impongan sus usos, costumbres y manías. Qué quieren que les diga. Probablemente será así en gran parte, ya dijimos que la tan denostada adaptabilidad no es cosa fácil, pero, como todos sabemos, en ningún lugar dan duros por pesetas. Y, en todo caso, más vale que vengan de fuera y nos cambien un poco, que nos veamos obligados a emigrar y nos cambien por completo.

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