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24 de octubre del 2005, lunes

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El hostigante hedor de la corrupción 


EL PAÍS - J. J. PÉREZ BENLLOCH

Con más de dos quinquenios en las Cortes y unos cuantos más en la política activa, el popular Rafael Maluenda no puede alegar inocencia o buena fe al revelar los trámites de la Agencia Tributaria por los pagos efectuados en paraísos fiscales a raíz de los conciertos de Julio Iglesias en Shangai y México. Ha sido una andanada contra la gestión de Eduardo Zaplana, de cuyo tránsito por la Generalitat -todo hay que decirlo- no trascendieron notables escándalos económicos e inmobiliarios. Es posible que entonces se estuviesen cociendo y es eso lo que el veterano diputado de Monòver ha querido decirnos al desvelar este viejo asunto con el que trataría de airear el hedor a corrupción que desprende el actual Gobierno de Francisco Camps.

Pero al actuar así, el diputado alicantino no ha hecho más que mentar la soga en casa del ahorcado, condensando la atención en los trapicheos -y que valga la metáfora- que emergen a diario a propósito, por lo general, de las iniciativas inmobiliarias que están asolando el País Valenciano y corrompiendo a tantos gestores públicos, sin mención especial de uno u otro partido, pues tanto populares como socialistas se están mostrando permeables al irresistible encanto de las ventajas que decanta la floreciente economía de las oportunidades urbanísticas. Puede describirse más claro, pero ya nos entendemos. Basta ver cómo alcaldes y concejales se han puesto o se están poniendo las botas, amparados a menudo por los grandes partidos, capaces asimismo de acoger a tránsfugas con marchamo de delincuentes.

Esta semana no traeremos a colación los episodios protagonizados por el primer edil de Torrevieja o el inefable presidente de la Diputación de Castellón, Carlos Fabra. No se nos deben olvidar, pero también hay que darles un resuello en esta hora crepuscular de su trayectoria política. Porque suponemos que están en liquidación y que sólo falta esperar la oportunidad para licenciarlos. Una orla de irregulares y sospechosos en la que no estarán solos. No es caritativo, además, obligar al molt honorable Francisco Camps a dar la cara por ellos cada vez que se les menta, cuando es obvio que al presidente se le apila la faena con tanto tráfico municipal y urbanístico con vitola de juzgado de guardia.

Tal es el caso -decimos por las alarmantes a la par que chistosas apariencias- del alcalde popular de Orihuela, José Manuel Medina. Que reside en una -"lujosa", dicen- vivienda de un promotor a quien le ha recalificado suelo para miles de casas. Y no sólo eso: la ósmosis con el sector del ladrillar le permite poseer un coche de gran cilindrada -por supuesto que lujoso- que es, mira por dónde, de un concesionario a quien el edil le ha recalificado terrenos costeros. El munícipe alega que cada cual, en su modestia, se gana la vida como puede. Muy cierto. Pero él, mientras desempeñe el cargo que tiene, no debe constituirse en piedra de escándalo. Claro que si no se apresura a exprimir su oportunidad igual se queda compuesto y sin ganancia. Un poco o mucho de cinismo apenas si se nota.

Y qué nos cuentan de Francisco Arnal, ex alcalde socialista de Náquera y hoy tránsfuga en las filas del PP, a cuyo partido le ha garantizado la mayoría absoluta. Ahí está, un tipo que puede acabar siendo hijo benemérito de la villa, cuando debería estar en el trullo por violar la voluntad del electorado. Y si no, díganme qué se puede hacer con individuos como Juan Agustín Sanmiguel, otro tránsfuga del PSPV de Llaurí, que ha descubierto el profundo y coherente mensaje conservador a cambio de la concejalía de urbanismo. Sospechamos que un día será figura mediática, solo que en la crónica judicial.

Hiede. Por donde huelas, mires o toques. Y resulta paradójico que las iras o los reproches se polaricen en el consejero de Territorio, Rafael Blasco, cuando, sin atenuarle sus responsabilidades institucionales, la culpa se reparte por igual entre los grandes partidos, y los taimados promotores, que callan, seducen -ya me entienden- y decoran sus despachos y hogares con lienzos de las mejores firmas. El aroma del euro fácil los ha cultivado. ¿Dónde los fiscales anticorrupción, dónde Torquemada?
 

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                                  EPISTOLARIO DE AZORÍN 

José Payá Bernabé. 

     El 3 de junio de 1881 un estudiante de las Escuelas Pías de Yecla concebía una epístola dirigida a sus padres acusando  recibo de una carta de éstos y mandando besos a sus hermanos. Comenzaba así una faceta nueva en su vida: la de escritor de misivas, un aspecto que, con su triunfo como prosista, adquiriría un valor incalculable para los admiradores y estudiosos de su obra.  

    Desde esta carta hasta su fallecimiento, el 2 de marzo de 1967,  José Martínez Ruiz redactó alrededor de mil quinientas misivas. Esta es una cifra aproximada, calculada sobre la base de las cartas catalogadas y en el hecho de haber constatado claras ausencias  entre la documentación conservada.  

    Martínez Ruiz fue una persona absolutamente dedicada a la Literatura. Sus cartas no hacen más que reafirmarlo. Si las observamos detenidamente veremos cómo rezuma su amor por ella, incluyendo en este concepto su fervor por los libros; su lucha constante por innovar; la preocupación por hacerse un sitio en las redacciones y en el mercado editorial; su interés por estar al día en las novedades bibliográficas o su ansia de consolidarse como escritor. 

   Trasluce el epistolario la delicadeza y sensibilidad que tenía  para granjearse la amistad de determinas personas que resultaron claves en la evolución de su personalidad y en la confección de su producción. Entre éstos, cabe citar a sus biógrafos Ramón Gómez de la Serna;  Ángel Cruz Rueda;  José Alfonso Vidal; José García Mercadal y Santiago Riopérez, así como viejos conocidos: Clarín,[1] José Pérez Bernabeu; Pedro Dorado Montero; Queremón Alfonso y  José Capilla Beltrán, quien, por cuestiones de índole política, no pudo llevar a cabo su biografía Azorín, paso a paso.  

    Una visión de conjunto nos permite ver cómo, en ocasiones,  Azorín va mostrándose en su epistolario mediante esbozos de pequeños tratados de literatura, generoso defensor de sus compañeros de letras. Hay decenas de manifestaciones de apoyo o peticiones de favores en pro de Fray Candil, Miró, Juan Ramón, Baroja, José Alfonso, Cruz Rueda, Díaz Plaja o Torcuato Luca de Tena. Es conocido que Azorín admitía siempre la crítica de ideas, pero no la desconsideración personal como le ocurrió, en 1912, con Maeztu y Catalina o, el 17 de noviembre de 1944, con Federico García Sanchis, según se deduce de las misivas remitidas a Ortega y Gasset, Antonio Maura y Marañón respectivamente. 

       Uno de los autores por quienes siente predilección es Gabriel Miró. Reconoce sentirse, ya en 1912, interesado vivamente por cuanto hace su paisano. Le define como “poseedor de una personalidad relevante en su estilo y en su visión”. Y es que a Azorín siempre le han atraído los nuevos literatos.  

        A partir de los años veinte, Azorín se muestra elogioso con los nuevos poetas. Esto motivó que la buena amistad con Juan Ramón Jiménez se enfriara. La explicación a falta de que aparezcan sus cartas a Jarnés, Dámaso Alonso, Alberti, Aleixandre…, puede estar sintetizada en la misiva que le dirige a Gabriel Miró el 24 de marzo de 1929: 

           “Defiendo a la juventud por razones estéticas, sociales y biológicas: estas últimas son las más poderosas, cuanto más avance en los años, me aferraré más a lo nuevo; esa estribación es la razón suprema para mí del vivir. Y abandonaré a esta juventud, en cuanto salga otra, si llego a vivir tanto”. 

        Una claridad y contundencia que solía usar, a principios de siglo, cuando se mostró fascinado por la figura de Pí y Margall, a quien consideraba “padre del anarquismo español”. Así se desprende en el epistolario dirigido a José Pérez Bernabeu, presidente del partido federalista de Monóvar, con quien mantuvo una extensa y densa correspondencia entre 1897 y 1908 y a quien dedica una semblanza en Memorias Inmemoriales

       Sería bueno recordar que con, anterioridad a 1980, la Casa-Museo Azorín, Obra Social de la CAM, que había sido abierta al público en 1969, atesoraba un cuantioso material librario en claro contraste con un reducido número de documentación. Este hecho era comentado, con extrañeza, por los investigadores. El motivo no era otro que, por expreso deseo de Azorín, en 1975, Julio Rajal donó la biblioteca particular del escritor pero no hizo lo propio con el epistolario que se guardaba en ella. 

       El Museo alberga, en cambio, parte de las cartas recibidas por Martínez Ruiz en su juventud y las de éste dirigida a sus padres y  hermanos.  Dichas epístolas fueron publicadas parcialmente, entre otros, por José Rico Verdú, en Un  Azorín desconocido (1973); por Cela y Caudet ( 1973);  Santiago Riopérez (1979) y Salvador Pavía (1986). 

      La colección de cartas dirigidas a Azorín se compone de trescientas setenta y cinco cartas, con cuatrocientas setenta referencias bibliográficas. Las cartas de Azorín hasta ahora catalogadas según guía que acompañamos, son mil trescientas treinta y dos dirigidas a ciento setenta y una personas e instituciones, con mil ciento treinta y ocho referencias bibliográficas y hemerográficas.  

     Como podemos apreciar, no existe equilibrio entre las cartas a  y de  Azorín. Nuestra tarea persigue cuadrar una y otra parte. Una  muestra de este tipo de recopilación puede verse reflejada en Azorín - Unamuno: cartas y escritos complementarios  (1990), del profesor Laureano Robles. Una eficaz labor en la que viene perseverando con trabajos como “Cartas inéditas de Azorín a Dorado” (1986) o “Azorín y los Maura” ( 1996).  

       El elevado número de cartas de Azorín se debe a la búsqueda en archivos públicos y privados y al estudio de la bibliografía azoriniana. El punto de arranque de esta compilación parte de los estudios de Dionisio Gamallo Fierros, Hacia una bibliografía cronológica en torno a la letra y el espíritu de Azorín,  y del capítulo quinto de Azorín: guía de la obra completa  (1992), del profesor Inman Fox, que versa sobre el epistolario, pese a no ser ese el objeto central de su imprescindible trabajo. A diferencia de dichos estudios, desde 1995[2], con el estudio del epistolario de y a  Azorín adoptamos el objetivo de realizar un examen minucioso de su correspondencia tratando de analizar tanto el aspecto formal como el contenido de los documentos existentes. El método de trabajo consiste en dividir en dos partes la correspondencia: cartas dirigidas a  Azorín y  cartas escritas por él.  

       A tal fin, se estable un orden alfabético y, dentro de éste, cronológico. Asimismo, desarrollamos una base de datos específica con el fin de incluir toda la información relativa que permita conocer de un modo exhaustivo cualquier dato relacionado con este epistolario,  facilitando  el acceso a diferentes campos que señalan, entre otros aspectos, la fecha, remitente, destinatario, leyenda del membrete, breve resumen, materia, descriptores, formato, grafía, depósito y si es copia  ó original. También se indican las referencias bibliográficas, es decir, quién las ha publicado, dónde han aparecido, en qué orden han sido dadas a conocer y cuáles permanecen inéditas. Por otra parte, se especifica, en los casos conocidos, su procedencia.

Epistolario de Martínez Ruiz 

        Es el más numeroso. Crece cada año. De 1980 a la actualidad se ha triplicado merced a los trabajos de investigación que constan en la Guía  que acompañamos y a la labor de búsqueda, adquisiciones y donaciones llevada a cabo desde  la Casa-Museo de Monóvar. 

      Es difícil dar una visión suficientemente amplia de los temas tratados en este epistolario. Sin embargo, tras su lectura, se constata que no deberían acometerse nuevos proyectos de biografías de J. Martínez Ruiz sin contar con el mismo. Es la mejor manera de sea fidedigna, ya que los epistolarios son trascendentales para su elaboración. Sirven, además, para completar la labor de un autor incluso desde el punto de vista ético.  

      En el caso de Azorín hay determinadas cartas que tienen valor de inmediatez, pero también hay decenas de cartas que parecen haber sido escritas para la posterioridad, como las dirigidas a Pérez Bernabeu. Son cartas personales en las que se traduce parte de su pensamiento político e ideológico y su afán por mejorar España.

     Su permanente anhelo por llegar al Congreso[3], bien sea  como Cronista, candidato, Diputado a Cortes, Subsecretario de Instrucción Pública o simple espectador de la política, queda reflejada en las cartas remitidas a Antonio Maura (1905-1925); Eduardo Dato (1906-1909)[4]; La Cierva de quien se convirtió en consejero y al que mandaba cartas llenas de confidencias entre 1910 y 1930; Conde de Romanones (1916); Lerroux (1917); Maurras ( 1918); Gil-Robles (1933); Villalobos (1935); Franco (1939-1942); Franco Salgado-Araújo (1939); Tovar (1941) o el Ministro de Información y Turismo (1954). No incluimos en este apartado las misivas enviadas a su albacea testamentario Serrano Suñer, entre 1947 y 1966, por considerar, al igual que el profesor José Mª Fernández[5], que  no son documentos políticos. 

     También Azorín se ocupa de establecer relaciones con Alcaldes de poblaciones vinculadas tradicionalmente a su obra. Así, entre 1917 y 1965, cruza correspondencia con cuatro Alcaldes de Monóvar; Alicante (1924 y 1946);  Tarragona (1932);  Madrid ( 1947)[6]; Yecla (1953); Petrer (1957) y Valencia (1966). Asimismo, mantuvo relación con dos Presidentes de la Diputación Provincial de Alicante[7]

     Estas y otras poblaciones no sólo están presentes en su correspondencia a través de las misivas remitidas a cargos  públicos, sino que aparecen aludidas en multitud de ocasiones, fundamentalmente cuando se dirige a Capilla Beltrán (Elda); Rafael Ferreres ( Valencia); Queremón Alfonso, los presidentes del Casino (1947 y 1960) y José Alfonso ( Monóvar); José y María Martínez del Portal (Yecla); Manuel Casás ( Galicia); Antonio y Gabriel Maura ( Mallorca);  Vicente Medina y La Cierva (Murcia)… 

     En diversas ocasiones se ha comentado la necesidad vital que tenía Martínez Ruiz de rodearse de médicos. Por eso no es extraño ver en su epistolario cartas dirigidas a los doctores y amigos Gregorio Marañón; Mas Magro y a su cardiólogo Francisco Vega Díaz (1963-1966)[8], así como a su hermano Ramón. 

      La correspondencia  remitida a su familia desvela su perfil humano y algunas de sus preocupaciones profesionales. En este grupo está el mayor número de cartas redactadas por Martínez Ruiz. Hay cartas a sus padres desde 1881 hasta el fallecimiento de su madre, en 1916 y, hasta 1913, en el caso de su padre, cuyo óbito tuvo lugar tres años después. Sólo hay una carta dirigida a su esposa, Julia Guinda, desde Sevilla, lo cual contrasta con el elevadísimo número remitido a sus hermanos, especialmente a Amancio, al cual, desde 1902 hasta 1966, manda casi quinientas cartas. Fue, sin duda, a tenor del epistolario y de Memorias Inmemoriales, la persona más ligada a él[9]

     Entre los pocos documentos que permiten saber algo de la intimidad del escritor en palabras del profesor Francisco López Estrada[10], se encuentra una carta a su cuñado José Martínez del Portal anunciándole su intención de contraer matrimonio. Con su cuñado tuvo Martínez Ruiz muestras de gran afecto y confianza, tal y como se desprende del epistolario remitido entre 1902 y 1907. Con sus sobrinos Juan, Javier y María Luisa Martínez del Portal  y con su sobrina nieta, María Martínez del Portal (1960-1967), continuó este cariño y relación hasta el fallecimiento del escritor[11]

       Pormenores de su vida y la preocupación por las cuestiones que planteaba su oficio de escritor para la prensa, se desprenden de la lectura del epistolario de Martínez Ruiz a diferentes cabeceras de periódicos y a sus propios colegas. Desde El Mercantil Valenciano  (1894) hasta Prensa Española (1966), son muchos años al servicio de la actualidad, con multitud de acontecimientos sociales y periodísticos vividos. Algunos de ellos han quedado plasmados en las cartas remitidas a Luis París (1894); Ruiz Contreras y Francisco Lloret ( 1897); Ortega Munilla (1900-1905); Diario España (1904); Emilio Costa (1916): Nin Frías (1925); Torcuato Luca de Tena (1925-1966); Joaquín Aznar (1933); Miguel Pérez Ferrero (1938-1957); Diario Arriba  (1941); Pedro de Lorenzo (1942-1965); Juan Ignacio Luca de Tena (1966) o el Presidente de Prensa Española (1966)[12].  

      Su amor por el arte, especialmente por la pintura, también tiene su sitio en este epistolario. Daniel Vázquez Díaz (1915-1945); Francisco Peiró Hurtado (1953-1962) y John Ulbricht (1965) son los únicos artistas de los que hemos podido recopilar correspondencia. Es lógico pensar que falte el epistolario dirigido a Sebastián Miranda, Victorio Macho, José Palacios, Genaro Lahuerta, Joaquín Sorolla, Ricardo Baroja, Zuloaga, Aureliano de Beruete o  Adelardo Parrilla. Tampoco descartamos que existan cartas remitidas a Domenech i Montaner, Puig i Cadafals, el Conde Güell, Rusiñol, Riquer, Casas, Adrià Gual y otros personajes catalanes que tuvieron relación con Martínez Ruiz. 

      Es novedosa la recuperación del epistolario de Azorín dirigido, desde 1928 a 1944, a su editor José Ruiz Castillo. Un buen ejemplo para estudiar cómo se desenvolvía profesionalmente, auspiciando, incluso, ediciones de sus amigos; por ejemplo, Cruz Rueda o José Alfonso.                                    

Estudioso de epistolarios  

      Azorín no sólo remitió cartas, sino que escribió en la prensa sobre ellas. Con motivo de haberse comenzado a publicar el Epistolario de Teodoro Llorente, poeta, historiador y periodista,  se congratula de la aparición de esta edición recordando cómo era el director de Las Provincias[13]

      En La Prensa [14], publica un extenso artículo sobre “La Literatura epistolar” narrando cómo se escriben todavía cartas en los cafés. Lo cual, en sí, carece de importancia. Sin embargo hay una serie de frases que nos llevan a reflexionar si, en el fondo, no se refiere a él mismo y a su faceta de autor de cartas. Leemos: 

        “La literatura epistolar es literatura especialísima. Si las cartas son realmente íntimas, habrán sido escritas sin pensar ni remotamente en su publicación. Sólo en tales condiciones la pluma se expande efusiva y cordial. (…) La literatura epistolar es abundante en España”. 

       Azorín repasa el epistolario de Hernando del Pulgar, cronista de los Reyes Católicos; de Antonio Pérez; Santa Teresa de Jesús; Juan de Avila; Góngora, Nieremberg; Lope de Vega de quien espera que la Academia pondrá empeño en que se publiquen sus cartas en su integridad; Moratín; las cartas familiares del Padre Isla o el primer tomo del Epistolario de Gregorio Mayans en el que se recoge una carta del canónigo de Toledo don Alvaro Villegas. Se nos revela como un profundo conocedor de este género. 

       En ABC[15]  tornará a analizar el epistolario de Santa Teresa de Jesús; las cartas familiares del Padre Isla y Moratín afirmando que  “no se escribieron para la publicidad”. Sin embargo, piensa que las misivas de Antonio de Guevara y  Antonio Pérez sí fueron escritas “con ánimo de que se publiquen”. Esta división es la que  lleva a Azorín a interrogarse sobre ¿cuál será su actitud cuando, con la pluma en la mano, se disponga a escribir una carta?. He aquí su respuesta: 

         “Un refrán dice: La carta no tiene empacho; negamos o pedimos en carta lo que personalmente no nos atrevemos a negar o pedir. Un adagio latino nos advierte: Verba volant, scripta manent , las palabras se vuelan, los escritos permanecen. No sabemos a dónde irá a parar una carta que escribimos a determinada persona; a veces una carta da muchas vueltas; encontramos una carta después del tiempo, en manos de quien no sospechábamos. Pongamos tiento en lo que escribimos. No ataje nuestro sentir el escrúpulo de la ortografía. Debemos observar las reglas establecidas. No nos escandalicemos, sin embargo, de las incorrecciones. Los clásicos no tenían ortografía; Cervantes escribe su propio nombre unas veces Cervantes y otras Cervantes. Se dirá que en aquellos tiempos la ortografía no estaba fijada; no lo está hoy tampoco. Muchos vocablos tienen una ortografía caprichosa; existe toda una desidencia ortográfica: la ortografía llamada racional no es más ni menos racial que la otra. (…) se puede poner ortografía a una carta que no la tenga: no es posible infundir vida a una carta que carezca de ella. Y sin vida no hay cartas ni los demás géneros literarios”. 

        ¿Quiere decirnos que no plasmaba en el papel cuanto pensaba?. Tal vez la respuesta nos la del propio escritor en Memorias  (1943) y Memorias Inmemoriales  (1946):  

         “ Lo hondo no gustaba de manifestarlo nunca. Ni en los escritos (…) ni a nadie, ha revelado nunca X sus íntimos sentimientos”.  

        Frase contundente, auténtica, que concuerda con el hecho de que asuntos como su relación con Julián Besteiro y Margarita Nelkens o su pertenencia a la Agrupación al Servicio de la República[16], sólo han podido ser conocidos, parcialmente, en los últimos años.             

       Su biógrafo, Santiago Riopérez, considera que Azorín es esquivo, solitario e independiente[17]. Por eso es extraño, conociendo su hermetismo, que revelara a Ortega y Gasset, en una efusión íntima, su simpatía por Alemania[18]  y , en 1953, a Mariano Rodríguez de Rivas que  en la guerra civil fue “agente de  canje de prisioneros y gozaba de la confianza de uno y otro Gobierno”. También es rara su carta a  José García Mercadal, el 19 de agosto de 1961, confesándole que “ no habla nadie de guerra. Va retornando la gente. Va volviendo la normalidad callejera. Van los editores despertando”.                      

       Hay dos rasgos del epistolario de Unamuno que a Azorín le llaman sobremanera la atención: “Las cartas de Unamuno son muy extensas. No he podido yo escribir nunca largo. Escribía mi correspondiente con gran franqueza”[19]. De nuevo recuérdese que confecciona Madrid  en 1940, vuelve a preocuparse de la sinceridad en el epistolario. Un aspecto que ya confesó había apuntado en carta a Juan de la Cierva:            

          “Hace años valga la sinceridad, que pocas veces tengo en estas cosas; hace años, cuando era yo redactor de El País, estuve veinticuatro días comiendo lo siguiente, nada más que lo siguiente: por la mañana, a mediodía, un panecillo de diez céntimos; por la noche, otro panecillo de diez céntimos; por la noche, otro panecillo de diez céntimos. Todas las noches iba a la redacción, hacía mi artículo, trabajaba reciamente, y nadie sospechó siquiera el trance terrible por el que estaba yo pasando”.[20]  

        El estilo del epistolario es directo. Como él diría, “sin entretenerse”. A diferencia de Unamuno, la extensión  no suele rebasar las cuatro cuartillas. Una excepción es su primer documento político: la carta manuscrita, de once folios,  a Pérez Bernabeu en 1897[21]. Tiende a ser tan escueto que quizá sea de los pocos escritores que utiliza la tarjeta de visita autógrafa o mecanografiada. 

      Llama la atención de su epistolario que siendo según cuenta en Memorias Inmemoriales, “el escritor más improperado de su tiempo”[22], no haya casi ninguna alusión a estas diatribas. En 1915, al brotar en ABC  su polémica contra Blasco Ibáñez, solicita a su hermano Amancio las cartas del autor de La Barraca  para replicarle.  

      Su hermano Amancio, Cruz Rueda (1928-1958), Ortega y Gasset (1906-1932), Antonio Maura, Dorado Montero (1894-1915); Serrano Suñer, La Cierva y Juan Ramón Jiménez (1903-1921) cuya correspondencia desveló el profesor Urrutia[23], son quienes predominan como receptores.  

      Gabriel Maura, Miguel de Unamuno, José Alfonso Vidal, José Pérez Bernabeu, Gregorio Marañón, Capilla Beltrán, Pérez de Ayala, su madre, el doctor Francisco Vega Díaz y María Martínez del Portal, también contaron con un nutrido grupo de cartas del escritor.  

       Azorín consideraba que “una obra artística la constituyen momentos de emoción, de ternura, de pasión, de anhelar supremo, de melancolía, que luego es preciso ir aglomerando, envolviendo en un ambiente total”. Esto es precisamente su epistolario: una obra de arte que sintetiza el trato humano del escritor, mostrándolo con toda su exquisitez, meticulosidad y con una sensibilidad agudizada.  

        “Los pormenores secundarios, sin valor, desaparecen continúa diciéndonos Azorín, (…) la selección del detalle se opera ella sola”[24]. Esto mismo ha de suceder con su epistolario, porque éste debe ser, ante todo,  un  auxiliar de la investigación. Una investigación que ha  de contar, a priori,  con el máximo material  posible para poder abordarla. Más tarde, ha de ser la labor del investigador, del erudito, quien interprete todo aquello que haya que interpretar,  viendo en esas misivas un matiz que, tal vez, haya pasado desapercibido a otro azorinista.  

      El epistolario de Azorín del que se han de  recuperar más cartas, da una idea de la influencia de que gozó el escritor y de la resonancia de su obra. Y, lo más importante, permite seguir la evolución en su creación literaria[25] y  pensamiento político, aportando noticias de sus obras elaboradas o en producción.  

      Una lectura detallada del epistolario puede ser un recorrido de la mano de Azorín por su bio-bibliografía. Siempre encontraremos un rasgo interesante o un aspecto curioso que nos enriquezca. En el artículo antes mencionado de “Cartas”, Azorín mismo se lamenta: “No contamos con una antología de cartas: sería curiosa la que se formase”.  

       No nos cabe duda: sería curiosa y aleccionadora. Pocos escritores que hayan vivido noventa y tres años, con una actividad pública de primer orden, pueden alardear de poseer un epistolario tan limpio y transparente carente de rencores y envidias, como el de Azorín[26].  

(Introducción al Epistolario de Azorín. Madrid, Espasa Calpe, 1998, Tomo III de las Obras Escogidas, de Azorín. Coordinador  de Miguel Ángel Lozano).  


[1] La primera carta a Clarín data del 7 de febrero de 1892 y fue revelada por Dionisio Gamallo Fierros.

[2] Magdalena Rigual y José Payá. “Eco de Azorín en su Casa-Museo: 1904-1924”. Actas del III Coloquio Internacional de la Universidad de Pau.  Murcia, Universidad, 1996, pp. 303-381

[3] “Y yo, cuando paso por delante del Congreso, bajo la cabeza tristemente y pienso en esta horrible paradoja de mi vida: en haber comenzado a hacer un discurso a los ocho años, para acabar siendo un pobre hombre que no ha podido lograr un acta de Diputado”. Alma Española, 22 de noviembre de 1903

[4] Carlos Seco Serrano califica estas cartas de “un epistolario anodino”.

[5] “El zumo amargo de Azorín. Pensamiento político”. Anales Azorinianos núm. 5, p. 84

[6] Desconocemos la correspondencia mantenida con Arias Navarro, Alcalde de Madrid.

[7] Pedro Zaragoza y Bonmatí.

[8] Deben de existir cartas a los  doctores  Hernando  e Izquierdo. 

[9] Es fundamental el papel de Amancio como custodio del legado y de la biblioteca del hogar de los Martínez Ruiz  y  de enlace en el exilio, tal como se refleja  en el epistolario.

[10] “Azorín y…, esta vez, las mujeres”. Anales Azorinianos  núm. 5, p. 133 

[11] Faltan las cartas de Azorín a la familia Ciges Martínez.

[12] Faltan cartas dirigidas a Luis Calvo, Maruja Torres, a los directores de Diari de Barcelona, La vanguardia y La Prensa …

[13] “Valencia. Epistolario”. ABC,  19 de noviembre de 1929

[14] Buenos Aires, 28 de junio de 1936

[15]  Artículo denominado “Cartas”, del  4 de abril de 1945

[16] Carta de Azorín a Ortega y Gasset, 1932

[17] “El tiempo y el recuerdo en la narrativa azoriniana”. Anales Azorinianos  núm.5.

[18]  Carta del 14 de octubre de 1914

[19] “Unamuno”. Madrid,  capítulo VIII.

[20] 9 de agosto de 1912

[21] Original en el Archivo de José Capilla Beltrán.

[22] “Si X  conservara todo cuanto se ha escrito contra su persona, tendría la casa abarrotada de periódicos, revistas, folletos y libros. No guarda nada; su impasibilidad ante el grosero ataque se ha consolidado con los años”. 

[23] “Del epistolario entre Martínez Ruiz (Azorín) y Juan Ramón Jiménez”. Anales Azorinianos núm. 2, pp. 88-96 

[24] “Selección del detalle, clave de la estética de Azorín”, de Manuel Muñoz Cortés. Escorial  núm. 42, abril de 1944

[25] Azorín, en María Fontán, escribe que “cuando se es feliz (…) no se escribe a nadie”.  Alejandro Fernández Pombo. “Memoria postal de los hombres del 98”. Boletín núm. 2 de la Exposición Filatélica Centenario del 98, p. 22 

[26] Hacemos un llamamiento a cuantos tengan conocimiento o en su poder todavía cartas de Azorín para que faciliten copia a la Casa-Museo de Monóvar.

 

OPOSICIÓN A LAS MACRO-URBANIZACIONES

La Plataforma Comarcal, sin representación monovera, realizó ayer una marcha en contra de los planes urbanísticos

INFORMACION - B.R.

La Plataforma Comarcal del Vinalopó «Por un Urbanismo Sostenible», compuesta por colectivos de Aspe, Elda, Hondón de las Nieves, Monforte del Cid y Novelda programaron ayer varias marchas a los diferentes parajes naturales y sierras de la comarca «en peligro de ser arrasados» por la construcción de macro-urbanizaciones con campos de golf que hay proyectados.
Sobre las nueve y media de la mañana centenares de personas salieron en coche hacia Las Piletas y La Fuente del Lobo desde la Glorieta en la Plaza del Progreso en Monforte del Cid, pasando por «Los Garroferos» hasta la Sierra de San Pascual donde se inició el recorrido a pié por sendas y caminos de la zona. En estos núcleos el gobierno municipal, mediante la aprobación del Plan General de Ordenación Urbana, pretende llevar a cabo una urbanización de más de 17.000 viviendas con una capacidad para más de 50.000 habitantes. Con pancartas como «No pasarán las constructoras», «Salvemos Monforte del Cid, no al PGOU», «Prohibido los campos de golf» o «Solidaridad, Vecinos Pla», los afectados manifestaron su oposición a los planes urbanísticos asegurando que «para llevar a cabo esta barbaridad se han levantado las protecciones a muchos de los terrenos de valor ecológico y paisajístico mediante la recalificación declarándolos urbanizables. Son actuaciones insostenibles y debemos pensar que si destruimos nuestro medio ambiente nos destruimos a nosotros mismos», en palabras de los congregados. Asimismo, los componentes de la Plataforma Comarcal manifestaron su voluntad de continuar esta campaña en contra de la especulación urbanística para evitar construcciones «que vulneren la legalidad» según señalaron los manifestantes.

Vacuna contra la inteligencia

Por desgracia para algunos, la mente alcanza a veces más de lo que merece. Al asistir como involuntarios espectadores al presente espectáculo del reparto
masivo de vacunas gripales, hay quien sin querer rememora las colas con la cartilla de racionamiento, quien recuerda la gran marmita de hirviente leche en
polvo distribuida a los escolares por el mismo gobierno que repartía bombas atómicas y napalm a discreción... incluso hay quien se ve asaltado por imágenes reales mucho más espeluznantes.

Y yo, que no debo ser bastante cretino, quiero aprovechar la rumbosa temporada para solicitar humildemente tratamiento para mi inquietante malestar: ¿Podría someterme a una operación gratuita de aniquilación de inteligencia? Nada de reducción de estómago, por favor, que lo llevo bastante bien, que me amputen la inteligencia. Toda. Y es que, de momento, no me puedo quitar de la cabeza, por más que lo intento, que la misma Sanidad que reparte ahora generosa inmunidad a bombo y platillo, es la misma que me dijo que volviera dentro de un mes para quitarme un tapón de cera que me había ensordecido un oído, que no encuentra manera más políticamente correcta de tratar mi dentadura que arrancármela, que no tuvo reparo de abrir en canal a mi mujer cuando dio a luz para terminar antes, que se gasta millonadas en publicidad para recomendar el uso responsable de los estupefacientes, que tiene el aborto sistemático en nómina y la eutanasia en estudio, que no dice ni "mu" respecto a las sanguinarias circuncisiones rituales de menores ejecutadas precisamente por médicos y en establecimientos sanitarios... 

En fin, para que seguir, si cada cual tiene lo suyo que contar... y no todo es malo, por supuesto. Mi hijo por ejemplo, está más que agradecido por el guante de
látex que le dieron en la pasada consulta relámpago. Lo que no toleraría por nada del mundo, sería la amena rutina de los payasos de hospital. Por cosas de la
vida, no le gustan para nada ningún tipo de payasos.
  
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José Francisco Sánchez Beltrán

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