Valencia no es sólo tierra de naranjas, arroz o turrón, sino
también de buenos vinos que lamentablemente siguen sin ser
percibidos por la gran mayoría de los consumidores como vinos de
auténtica categoría. Llevo tiempo escuchando a expertos en
marketing que critican la negligencia con la que se está actuando
en el sector del vino, pero hasta ayer no había tenido ocasión de
comprobarlo directamente.
Hace algún tiempo me puse a leer una novela que debía haber
pasado mucho antes por mis manos, El conde de
Montecristo , una de las más famosas obras de Alejandro
Dumas, escrita en 1844. Como las Navidades están a la vuelta de
la esquina, me voy a tomar la licencia de aconsejarles que se
dejen de playstations y cosas por el estilo
y vayan presto a la librería más próxima para regalarles a sus
hijos esta gran novela. Si tienen algo de sensibilidad, no
deberán sorprenderse al divisar un haz de luz bajo la puerta de
su habitación a horas intempestivas.
Pues bien, leía una de las más de mil páginas de Dumas cuando una
mezcla de incredulidad, sorpresa y alegría se apoderó de mí ante
lo que acababa de leer. No sé si me sorprendía más lo que se
decía o el hecho de que esas palabras permanecieran allí,
silenciosas a la vista de todo el mundo, como un tesoro que
reposa en las profundidades del océano esperando a ser
descubierto. Rápidamente doblé la hoja trazando así el mapa del
tesoro.
No se apuren, voy a abrir el cofre ante todos ustedes y ya me
dirán si lo que van a leer no debería deslumbrar a alguno como si
de rubíes o esmeraldas se tratara. El pasaje tiene lugar en el
palacio de Roma del conde de Montecristo. Allí recibe al mayor
Cavalcanti y le ofrece asiento. Escuchen la narración de Dumas:
“El mayor tomó un sillón y se sentó.
–Ahora –dijo el conde–, ¿queréis tomar alguna cosa? ¿Un vaso de
vino de Jerez, de Oporto, de Alicante?
–De Alicante, puesto que os empeñáis; es mi vino predilecto.
–Le tengo excelente; con un bizcochito, ¿no es verdad?
–Con un bizcochito, ya que me obligáis a ello”.
Ya ven, todo el mundo se rinde hoy ante los vinos de Jerez y de
Oporto –citados por el conde– y otro tanto sucede cuando se
mentan, por ejemplo, los de Burdeos o la Rioja. Pero el vino de
Alicante, pese a su excelente calidad, pasa desapercibido para
buena parte de los consumidores españoles y europeos. Se
desconoce que el vino de Alicante vivió una edad de oro en los
siglos XVI y XVII, y que el propio rey de Francia, Luis XIV,
disfrutaba los últimos días de su vida con tartas bañadas en
Fondillon, el vino de Monóvar, probablemente el que ofrece
Montecristo a Cavalcanti, pues sólo un vino dulce se puede
acompañar con bizcochito.
Ahí lo tienen ustedes, ¡un francés!, nada menos que Alejandro
Dumas, pone el vino de Alicante por delante del de Jerez y
Oporto. Pensé que si fuera el dueño de una bodega de vino de
Alicante me gustaría conocer este dato para explotarlo
comercialmente, bien luciéndolo en las botellas o destacándolo en
una placa o en la visita guiada a los turistas por la bodega, tal
como sucede en Jerez cuando uno visita, por ejemplo, la Bodega
González Byass.
Creí que como buen valenciano debía poner este dato en
conocimiento de los responsables de la denominación de origen de
Alicante. Les confesaré que me rondaba la esperanza de que ya
tuvieran conocimiento del regalo de Dumas y,
por qué no decirlo, también pensé que, caso de no saberlo, quizá
valorarían la información, al menos, con una cajita de vino que
me alegrara las Navidades. Como no cogían el teléfono, decidí
llamar a una de las bodegas más famosas de Alicante –me reservaré
el nombre porque no es cuestión de abochornar a nadie en estas
fechas– y, tras identificarme y explicar el motivo de mi llamada,
pedí que me pasaran con el responsable del área de marketing.
Así lo hizo y expliqué a aquel buen hombre la frase con que Dumas
honra al vino de Alicante. El hombre no tenía ni idea, como quizá
ya imaginaban ustedes, y mucho me temo que tampoco sabía
demasiado de Alejandro Dumas ni de su insigne personaje, pues de
lo contrario me habría preguntado, al menos, el capítulo en el
que se encuentra antes de aventurarse en las mil páginas, ¿no
creen? En definitiva, que parecía importarle poco lo que le
estaba contando. Por lo menos me dio las gracias, y a mi chanza
de que no estaría mal una cajita de vino en prueba de
agradecimiento contestó entre risitas un poco forzadas que no
estaría mal, que no estaría mal, sin atisbo alguno de animarse a
concretar la dádiva.
Colgué el auricular y comprendí que en cuestión de vinos sigue
faltando muchísimo por hacer, pese a que así lo vienen
advirtiendo desde hace décadas los expertos en marketing. No sé
si algún responsable de los vinos de Alicante leerá este artículo
y apreciará el valor de las palabras de Dumas. En cualquier caso,
el mapa del tesoro no lo voy a revelar. A ver si estas Navidades
alguno se anima a explorar la gran novela de Dumas y lo encuentra
por su cuenta.