Regreso al futuro
ABC -
Carlos Ruiz Zafón
Hace
un siglo, en aquel año de las luces de 1902, un joven escritor
dinamitaba la narrativa tradicional española para renacer de sus
cenizas encarnado en un seudónimo prestado de su protagonista. El
desafío que «Azorín» propone en La voluntad es un viaje en el
tiempo, real y literario. El salto es hacia el futuro y el abismo a
nuestros pies, la propia consciencia.
Al aventurarnos en sus páginas buena parte de la narrativa
contemporánea empieza a antojársenos pudorosa de propósitos y
patológicamente dócil de modales. A los pocos capítulos, nos
preguntamos si ese salto de cien años nos ha llevado hacia el pasado o
a un futuro extraviado. Los dilemas de la literatura de nuestro tiempo
son en su mayor parte mercantiles. Quizás por eso, el espectáculo del
nacimiento de las vanguardias, de la narrativa lírica, de la la
re-invención de la técnica y la estructura de la novela, el
espectáculo que destila esta voluntad de «Azorín», voluntad de
ambición, resulta hoy paradójico, de un heroísmo de pluma y espada ya
olvidado incluso en el discurso académico. El juego que se nos propone
en La voluntad es una galería de espejismos. El tejido básico
de «Azorín» es la re-interpretación de la realidad, de lo que él llama
el paisaje. Esta fibra narrativa teje un híbrido de géneros literarios
para desmembrar el rol tradicional del hilo argumental y sustituirlo
por el nudo psicológico de la evolución de su protagonista. La
escenografía la proporciona la fantasmagoría de una España negra, de
un Madrid espectral y decimonónico varado en el cementerio de las
ideologías y una tiniebla rural de frustraciones que dibujan mil
tramas de gris. El viaje literario se resiste a la geometría
tradicional y se pierde en ecos que se diluyen en ese flujo de
consciencia que presagia los estados alternativos de la narración que
despuntarán a lo largo del primer tercio del siglo XX, desde Proust a
Dos Passos. El relato lineal y la galería de personajes se atomizan en
favor de un plasma narrativo forjado por la consciencia, fusión del
autor con su personaje, de quien tomará el nombre. Al final del viaje,
hoy o cien años atrás, el interrogante de ese «Azorín» a medio camino
entre la realidad y la ficción es el mismo: ¿cómo enfrentarse al
absurdo de la existencia? La cuestión, tan o más cortante hoy que en
ese ayer futuro de Valle, Baroja o «Azorín», sigue abierta. Una
posible respuesta, quizás, nos la brindan estas páginas de
arqueológica actualidad.
Quizá vaya siendo hora de redescubrir el paisaje y recordar que la
ficción, por mucho que nos pese, siempre supera -y a menudo
sobrevive- a ese vago espejismo que, a falta de mejor nombre,
llamamos realidad.