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AZORÍN
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13 de julio del 2005, miércoles
   
 

Literatura Contemporánea

El cordial "mano a mano" entre el novelista del Perú
y el minucioso estilista de La Mancha

MARIO VARGAS LLOSA, EN LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

http://www.cultuamericas.org/melibea/vargas.html

Acto de justicia y medida necesaria : Mario Vargas Llosa ha ingresado en la Real Academia Española de la Lengua y con él, por su misma presencia, el tumulto de una lengua enormemente viva, expresiva, caudalosa y fecunda como los grandes ríos de Sudamérica, a cuyas riberas se ha asomado más de una vez este autor.

Faltaba en aquella “docta casa” una presencia americana. Hay que desear que no sea la única, porque muchos otros autores de allende el Océano han aportado – y continúan haciéndolo – un vigor envidiable a nuestra lengua común : por lo que su “consagración” académica debiera avecinarse. No obstante, Vargas Llosa no es el primero, como algunos han supuesto : durante el siglo pasado, la llamada “docta casa” había acogido a un colombiano y un mexicano.

Mano a mano con “Azorín”

Mario Vargas Llosa eligió la figura de “Azorín” para su discurso de ingreso : una pieza sobria, elegante, sugerente. Buena ocasión para recordar que Vargas Llosa no es sólo un novelista – de donde obtiene la mayor popularidad –, sino un crítico avisado y sagaz.

Hay que leer también sus obras de crítica para no perder algunas de sus mejores páginas.

No ha disimulado en su discurso su admiración hacia “Azorín” . Recuerda, por ejemplo : "‘La ruta de Don Quijote’ (1905) es uno de los más hechiceros libros que he leído. Aunque hubiera sido el único que escribió, él solo bastaría para hacer de ‘Azorín’ uno de los más elegantes artesanos de nuestra lengua y el creador de un género en el que se alían la fantasía y la observación, la crónica de viaje y la crítica literaria, el diario íntimo y el reportaje periodístico, para producir, condensada como la luz en una piedra preciosa, una obra de consumada orfebrería artística”.

Pero es la suya una admiración crítica, no ciega.Ayuda a comprender al autor admirado : no le difumina entre la nube de incienso.

A propósito de la obra aludida, Vargas Llosa observa : “Nunca estuvo más cerca ‘Azorín’ de esa obra maestra que siempre rehuyó escribir, como si proponerse algo ambicioso hubiera sido incompatible con su moral de escritor que eligió, por idiosincrasia, pereza o ascetismo intelectual, vivir confinado en el arte menor”.

Yendo más hacia la entraña de la obra azoriniana, el estilo induce a cavilar sobre el fondo : “En las recreaciones de ‘Azorín’ todo está quieto, es idéntico a sí mismo, ha sido birlado a las leyes de la caducidad y la extinción”.

Insiste más adelante : “...todo en su literatura – su temática y, sobre todo, su estilo y artesanía – parece forjado con la intención de conservar la vida y el mundo tal como son, de suspender el tiempo y evitar la muerte. Esta es la significación honda del presente o pretérito perfecto del indicativo en que solía escribir sus textos, de la brevedad de sus frases y del estado de inanición en que suelen caer sus personajes : una manera de inmovilizar el mundo, de congelar la vida, de arrancar a los hombres y a las cosas de la usura fatídica”...

“El tiempo azoriniano es una sustancia quieta y visible en la que los seres y las cosas parecen atajados. Su prosa es intemporal : en ella nada pasa y, a lo más, gira en el sitio, alcanzando de este modo, como esos derviches místicos que, girando, girando, invocan a Dios, un estado anti, sobrenatural. Estabilizados ontológicamente, arrancados a la contingencia, los seres animados de su mundo se convierten en paisaje...”

“Azorín” como introductor de los clásicos

Uno de los motivos de gratitud de Vargas Llosa hacia “Azorín” es el favor que le hizo familiarizándole con los clásicos de nuestra literatura : un favor que comparten muchos de su generación.

“El reinventaba a los clásicos para el lector desconfiado, el que hojea deprisa los periódicos, rememorándolos en su entorno cotidiano y doméstico, espiando a esos grandes poetas o enjundiosos tratadistas o señores de la prosa novelera en su más desarmada intimidad hogareña, campestre o monacal, y refiriendo sus querellas, miserias o fastos de una manera que los volvía siempre seductores casos de humanidad”.

Pero... la narrativa siempre le fue negada. “El sabía describir, no contar”, resume Vargas Llosa con clara contundencia. “‘Azorín’ fue un creador más audaz y complejo cuando escribía artículos o pequeños ensayos que cuando hacía novelas. Las que escribió fueron experimentos audaces, pero fallidos...”

Espléndido análisis. Bien venido Mario Vargas Llosa a “la casa de todos” los que amamos y cultivamos esta lengua.

Lo mismo que eres siempre bien venido a los anaqueles de nuestras bibiliotecas.

El estilo de su discurso

Las citas anteriores permiten vislumbrar el estilo de su pieza oratoria : sencillo, casi coloquial, muy claro además de preciso. Por supuesto, nada “académico”. Deslizó Vargas Llosa en su comienzo un deseo de no incurrir nunca en academicismo : entendiéndolo, por supuesto, como anquilosamiento, pasadismo, quizá también petulancia o sequedad profesoral.

Le creemos sin esfuerzo : no es ese su camino. Incluso, cabe formularle un reparo a su prosa en esta ocasión. Reparo que casi se inadvierte, cubierto por los méritos, que son muchos.

No, señor académico

Vargas Llosa. hombre tan vital y tan práctico, ha dado otra lección, marginal, en su discurso. Además, involuntaria, pero dadas aquellas cualidades suyas no le importará que se mencione : la lección de que los académicos también se pueden equivocar. En esta época nuestra, tan implacable con toda autoridad, también la autoridad “delegada” de los académicos puede discutirse. Delegada, se entiende, de la superior autoridad – ésta, corporativa – de la propia Real Academia Española de la Lengua. A nuestro flamante académico se le escapó una conjugación equivocada : trastroca, como presente de indicativo del verbo trastrocar, que, sin embargo, por ser irregular, debe ser trastrueca.

También se durmió Homero, dice la frase habitual. También Mario puede equivocarse y ello nada resta a la gratitud que le debemos por tantas páginas inolvidables.

Camilo José Cela, extemporáneo

Ahora bien, una cosa es deslizar una observación de matiz y otra proclamar un desacuerdo, aunque fuera también accesorio, en la ocasión solemne de su ingreso en la Real Academia y precisamente en el discurso de respuesta al recipiendario. Esto es lo que hizo Camilo José Cela.

Estos discursos de respuesta son siempre protocolarios, a modo de homenaje, como testimonio de un ilustre compañerismo por parte de la docta corporación. No se habían aprovechado nunca para manifestar disentimiento ni formular críticas a la pieza oratoria precedente. Que Cela lo hiciera en esta ocasión quizá no llegue a ser una descortesía ; pero sí es una prueba más del mal gusto y la infatuación de este hombre, que ha dado muchas muestras de que “se considera por encima de todo” : en esta ocasión, por encima de una norma no escrita, impuesta por el buen sentido.

Si Camilo José Cela mantiene otras opiniones sobre “Azorín”, podía haber elegido cualquiera de las siguientes opciones: 1) pasarlas por alto en semejante solemnidad;

2) dialogar previamente con el nuevo académico para conseguir un pacto amistoso acerca de los puntos en desacuerdo y evitar, por consiguiente, que se hiciera público entonces;

3) si acaso juzgaba la cuestión tan seria – que no lo era –, renunciar él mismo a pronunciar el discurso de recepción.

Todo menos dar, por primera vez, aquella leve nota discordante.

Por fortuna, los méritos y las obras – también la simpatía personal – de Mario Vargas Llosa están muy por encima de las extemporaneidades del veterano académico que le respondió.

   
 

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