19 – CAMINO
A PUERTO LÁPICE
Señor Azorín:
Eran las 2,30 de la tarde
del día 11 de mayo, hora de comer, porque en estos viajes
literarios también se come y se bebe amén de otras necesidades
fisiológicas. Cuando bajamos del Cerro de la Paz, buscamos un
lugar para comer, sin embargo la carretera nos echó fuera de
Campo de Criptana y otra vez de vuelta regresamos a Alcázar,
buscamos un famoso restaurante que se llama «La Mancha», de
cocina regional. Tras varias vueltas por jardines y calles lo
encontramos y para nuestro lamento se hallaba cerrado, así que
continuamos nuestra carretera N-430, ya cerca de unas lagunas
medio desecadas, y en el primer restaurante que vimos y que
merecía la pena, entramos, se llama «Hotel Barataria», como la
ínsula que gobernó Sancho tiene dos comedores, uno de manteles
de hilo y servilletas en las copas.
Las ventas en tiempo de
don Quijote eran abundantes. Documentadas están las ventas del
Molinillo, del Alcalde y Venta Tejeda, ventas citadas en las
Novelas ejemplares, puesto que el viajero tenía que hacer
muchas jornadas. Las ventas fueron estudias por Astrana Marín.
Pues bien, estábamos
sentados mi mujer y yo a la mesa del Restaurante Barataria, que
no tiene nada de barato, cuando llegó el maître con el
cartapacio de la Carta que tenía cuatro o cinco páginas
metidas en sus fundas de plásticos. Nosotros al Menú para no
perder tiempo en que nos sirvieran. En la mesa de al lado
estaban sentado tres hombres: uno de ellos era el patrón de los
demás, porque cuando sonaba el teléfono móvil no lo atendía
directamente, sino que el segundo hombre recibía la llamada y
le preguntaban si estaba, y luego se lo pasaba, el tercero se
mostrada nervioso, intranquilo, miraba a toda partes como los
flamencos, y me dio la espina que era el guardaespaldas.
Leemos el menú: de
primero paella, sopa de pastor o guisantes con jamón. Arroz no,
que de paellas y calderos estamos hasta el pelo en Alicante. Yo
de primero la sopa de pastor, a mi mujer le gustan las
verduras, por lo tanto guisantes, y de segundo las chuletas de
cordero al queso manchego con miel, y ella filetes de lomo.
–Hola, ¿de beber? –pregunta el camarero.
–Una cerveza sin alcohol, que tengo que conducir, y un
mosto.
–Tú para qué le tienes que explicar al camarero si tienes
o no que conducir –me regaña mi mujer–
parece como si quisieras justificar que no pides vino.
Me callé, porque si hay algo que aprendí de mi abuelo es
a no discutir con las mujeres, «sí buana y vengan
aniversarios».
En seguida sirvieron un pan tostado candeal con su bol
de ajoaceite y tomate con aceite que fue liquidado en un
momento, sin darle tiempo a que llegaran las bebidas.
–No comas tanto pan que es lo más barato –me indicó mi
mujer. Pero yo seguí a lo mío, y no dejé ni las migajas.
En la típica
gastronomía manchega los tiznaos, migas de pastor, pistos,
asados de cabrito, no puede faltar el queso con Denominación de
Origen, los ajos, el azafrán ni el aceite, más la torta de
pastor en los guisos, gazpachos como los que usted describe en
el artículo: «Gazpachos» pag, 166-168 de La Ruta… En
algunos restaurantes figuran en la carta el salpicón y los
duelos y quebrantos. Usted nos habló de diversos tipos de
gazpachos: de los «ricos» con pollo, o perdiz, o conejo, o
liebre. Los «pobres» son de collejas. Los gazpachos montaraces
son los que guisan los pastores en el monte. ¿Recuerda esta
descripción en su libro Con permiso de los cervantistas?
Ay un manchego instalado en la Costa Blanca, en Santa Pola
creo, que ha inventado el gazpacho manchego con marisco, es
decir, la carne se sustituye por bogavante, langostinos tigres
de Guardamar (precio prohibitivo), algún rape y una cabeza de
gallineta, más la torta de pastor que no puede faltar; pues le
puedo asegurar que es uno de los inventos culinarios,
exportados de La Mancha, que más éxitos tiene allí en la Costa
Blanca.
De gastronomía nos
habla el Quijote «Una olla de algo más vaca que carnero,
salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados,
lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos».
También nos habla de los vinos de Málaga y de Ciudad Real. En
otro capítulo, el 20 de la 2ª parte en las bodas de Camacho,
cuenta que los cocineros y cocineras pasaban de cincuenta,
todos limpios, todos diligentes y todos contentos.
Después de comer nos
recomendaron los postres: Besos manchegos rodeados de nata y
caramelo en fideos. Yo pedí mi flan con nata, ella los
besos. ¿Y los «ruideritos» no tendrán celos de estos postres
que llaman repostería de autor? Se quedó en el botellero el
Estola 1999, etiqueta negra, cosecha excelente. Yo guardo en
casa una pequeña colección de botellas por si llueve, eso lo
decía mi abuelo paterno, cuando vivía en el cortijo del Mayarín.
Porque cuando llovía los peones no trabajaban en al campo y se
refugiaban en su cortijo y claro, tenía que sacar el vino,
aunque él tenía cosecha propia en un barril de muchas arrobas y
no tenía problemas, era un tonel grande y negro que compró en
Nerja a unos pescadores que se lo encontraron flotando en el
mar.
He tomado
el Nissan con cierta pereza, cierta pereza de conducir sin una
siesta. Con el estómago lleno y apenas sin descansar, tomamos
el coche, seguimos la dirección Oeste, pasamos por Herencia, el
pueblo que tiene fama de los mejores quesos manchegos de oveja,
aunque tienen variadas industrias como se puede ver desde la
carretera al pasar por el cerro del pueblo de Herencia. Hemos
pasado por debajo de una autopista y hemos entrado ya, al fin,
en Puerto Lápice, en el kilómetro 136 de la N-IV. El nombre de
Puerto Lápice deriva de su característica geológica de ser
tierra de piedra lapícea. Aquí estaban las quiterías o posadas
o ventas de Puerto Lápice. Fue el rey Carlos III quien dio
parroquia y juzgado a la villa en el año 1774, época en la que
existían al menos cuatro ventas, testimonio de la importancia
que siempre tuvo Puerto Lápice en la ruta Madrid-Andalucía. Ser
paso natural fue causa de que las tropas napoleónicas causasen
daños en muchas edificaciones en su camino invasor hacia el sur
en el año 1812. En 1841 se creó el Ayuntamiento concediéndole
el pequeño término del que hoy goza.
En su primera salida
llegó don Quijote a una venta en Puerto Lápice cuando
anochecía, después de caminar durante todo el día, «lugar muy
pasajero» que creyó castillo, y le pidió a quien creía ser el
alcaide de la fortaleza que le armase caballero como los
caballeros andantes; no era otro sino un ventero andaluz,
socarrón, cuyo nombre no sabemos, de los de playa de Sanlúcar,
no menos ladrón que Caco, ni menos maleante que estudiante paje
[estudiante fracasado], «era un poco socarrón y ya tenía
algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, terminó
de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones, y, por
tener que reír aquella noche, determinó seguirle el humor». En
la puerta había dos distraídas mozas que le parecieron dos
graciosas damas, cuando eran mozas del partido (rameras
damas) (II,2). Al final de este capítulo Cervantes comete el
error de llamar al ventero «castellano ventero» cuando antes
había dicho que era andaluz de las playas de Sanlúcar. En
estos pasajes donde se mezcla ficción con crueldad se nos
cuenta la realidad de toda una época, testigo de la vida
miserable de una decadencia.
La segunda vez que nos
lleva a Puerto Lápice es después de la aventura de los molinos,
donde había roto la lanza; llega a Puerto Lápice junto a Sancho
Panza, al que ya había convencido en la codicia de una ínsula, «por
ser lugar muy pasajero»,
o Lápiche como aparece escrito en su libro de La ruta…,
en la aventura de los frailes de San Benito y con el vizcaíno
del capítulo 8º de la I parte. Don Quijote creyó que los
frailes eran encantadores que llevaban hurtada alguna princesa
en un coche, donde en realidad viajaba una señora vizcaína
hacia Sevilla, escoltada por cuatro o cinco caballeros.
Usted nos da cuenta en
las crónicas VII y VIII, de la llegada a Puerto Lápiche, donde
se hospeda en el Mesón de Higinio Mascaraque. Nos describe
que «El puerto es un anchuroso paso que forma una depresión de
la montaña; nuestro carro sube corriendo por el suave declive,
muere la tarde…». Cuando mi mujer y yo llegamos a Puerto Lápice
eran las cinco y diez de la tarde, subimos hacia la derecha y
dimos la vuelta en la explanada del Hotel Aprisco. Carretera N-IV,
km. 136. Un hotel de dos estrellas y restaurante, en la puerta
junto a los aparcamiento hay una calesa antigua, cubierta bajo
una especie de pérgola. A lo mejor es el antiguo mesón de
Higinio, pero ningún porteño lo sabe. ¿Sabía usted que el
gentilicio de la gente de Puerto Lápice es porteños?
Usted toma contacto con
José Antonio el médico de Puerto Lápice, estaba enfermo y los
dolores iban purificando su carácter y además tiene el vicio
de tipografía, «hace un periódico durante la semana lo escribe
de puño y letra; luego, el domingo, lo lleva al casino; allí lo
leen los socios y después se lo vuelve a traer a casa para la
colección.»
El pueblo es alargado,
longitudinal, construido a ambos lado de la N-IV km 136, un
puerto tan suave que no sé por qué lo llama puerto, quizás lo
es si se viene de Arenas de San Juan. Tiene actualmente 1.049
habitantes (censo de 2001). No escuchamos al porquero que tocó
el cuerno y creyó don Quijote que era un enano del castillo,
que hacía seña de su venida. Por este pueblo seguramente que
Cervantes, gran viajero, había posado y hospedado en alguna
venta, bien camino a Madrid o a Esquivias (pueblo de la mujer,
al norte de Toledo) bien por el camino de Aranjuez o por
Toledo. Ya que Aranjuez lo nombró dos veces Cervantes, una en
el Quijote y otra en el Persiles y Segismunda, y que ya
escribí sobre ello y sin ningún reconocimiento, en las páginas
de la Comisión del IV Centenario de Aranjuez.
Bajamos de nuevo hacia el centro, la plaza del Ayuntamiento
porticada. Seguimos bajando hasta aparcar en la puerta de la
iglesia parroquial de Nuestra Señora del Buen Consejo. Se puede
ver la fachada de la venta con alero, y vimos un viejo portón,
ya estamos en la venta de Don Quijote, una venta conservada
como las antiguas ventas de La Mancha. La fachada encalada, con
portillo pintado en añil, venta que lleva el nombre del
Hidalgo, calle del Molino nº 4, que
fue construida
en el siglo XVIII y reformada como sitio de comida y descanso,
un monumento nacional,
entramos, a la derecha una tienda de souvenir, a la izquierda
un poyete de azulejos clásicos, diplomas, placas,
recordatorios, y un azulejo conmemorativo de su inauguración
tras la remodelación, donde me hice una foto, y otra a los
azulejos como documento de este safari fotográfico.
Se accede al patio empedrado a través de un porche cubierto y
sostenido por dos grandes pilares o columnas. Una vez dentro
uno se emociona, se llena de encanto y retorna al pasado de los
patios porticados con vigas de madera color almagra, patios de
comedias, artes y letras, como el teatro de Almagro. A la
izquierda se ve un carro que ha venido de los caminos, al
fondo, junto a un pozo con brocal y un abrevadero de piedra,
nos vigila la figura metálica de Don Quijote velando las armas
que tiene a sus pies: armadura y adarga. A quien le doy las
buenas tardes a la vez que imprudentemente toco la armadura, y,
me llevo una sorpresa inaudita, Don Quijote me advierte
enojado:
«-¡Oh,
tú, quienquiera que seas, atrevido caballero, que llegas a
tomar las armas de más valero andante que jamás se ciñó
espada!, Mira bien lo que haces y no las toques, si no quieres
dejar la vida en pago de tu atrevimiento»
(I,3).
Después de
este incidente lo mejor era no enfrentarme a él, dicen que está
falto de juicio. Entramos al Restaurante Típico, que es una
vieja bodega que conserva grandes tinas, y se puede comer en
esa bodega. En una
pared leí un diploma del cocinero y mesonero mayor don José
Luis Lerguburu Gutiérrez, que está considerado como el ventero
oficial, con atribuciones para ordenarte caballero como ya lo
hiera con Miguel de la Cuadra-Salcedo en el verano del 2003. En
dicho restaurante me tomé un cortado por 1.20 €, como en las
mejores cafería de la Gran Vía, pero sin duda alguna con mejor
decorado. Menos mal que yo siempre llevo bien herrada la
bolsa.
Don Quijote quiere ser nombrado caballero como los caballeros
andantes, por esa terquedad es también un modelo de aspiración
a un ideal ético y estético de vida, que se hace caballero
andante para defender la justicia en el mundo y busca aventuras
peligrosas y sobrehumanas con dragones y gigantes, para ser
merecedor del amor de una dama principal, en lo que se llamaba
amor cortés. En este caso era la princesa Dulcinea, que
Cervantes, para burlarse de los amores platónicos del
caballero, convierte en una aldeana llamada Aldonza Lorenzo,
que era un nombre del que circulaban burlas y chismes muy
populares
20.- DE
PUERTO LÁPICE AL MAR MENOR DE LA MANCHA