Castilla (fragmento)
Azorín
"No puede ver el mar la solitaria y melancólica Castilla. Está muy lejos el mar
de estas campiñas llanas, rasas, yermas, polvorientas; de estos barrancales
pedregosos; de estos terrazgos rojizos, en que los aluviones torrenciales han
abierto hondas mellas; mansos alcores y terreros, desde donde se divisa un
caminito que va en zigzag hasta un riachuelo. Las auras marinas no llegan hasta
esos poblados pardos de casuchas deleznables, que tienen un bosquecillo de
chopos junto al ejido. Desde la ventana de este sobrado, en lo alto de la casa,
no se ve la extensión azul y vagarosa; se columbra allá en una colina con los
cipreses rígidos, negros, a los lados, que destacan sobre el cielo límpido. A
esta olmeda que se abre a la salida de la vieja ciudad no llega el rumor rítmico
y ronco del oleaje; llega en el silencio de la mañana, en la paz azul del
mediodía, el cacareo metálico, largo, de un gallo, el golpear sobre el yunque de
una herrería. Estos labriegos secos, de faces polvorientas, cetrinas, no
contemplan el mar; ven la llanada de las mieses, miran sin verla la largura
monótona de los surcos en los bancales. Estas viejecitas de luto, con sus manos
pajizas, sarmentosas, no encienden cuando llega el crepúsculo una luz ante la
imagen de una Virgen que vela por los que salen en las barcas; van por las
callejas pinas y tortuosas a las novenas, miran al cielo en los días borrascosos
y piden, juntando sus manos, no que se aplaquen las olas, sino que las nubes no
despidan granizos asoladores.