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"Me gustaría mucho que
siempre, toda vuestra vida, en algún momento, ante una situación que
exija vuestra decisión, penséis que se os ha dicho que la más
importante, la más básica, la más trascendental de las decisiones del
hombre actualmente es la conservación de la Naturaleza.
Se habla mucho de
política, se habla mucho de deporte, se habla mucho de teología... Lo
más acuciante es que estamos destruyendo el medio que nos soporta, que
necesitamos oxígeno para respirar, agua para beber y vegetales para
comer y que el día que acabemos con el oxígeno, con el agua y con la
cobertura de la tierra, habremos acabado con nosotros mismos."
Félix Rodríguez de la
Fuente (14 Marzo 1928 - 14 Marzo 1980) |
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Frío intenso.
Llueve o nieva. O ambas cosas. Las montañas han sido absorbidas por un
pálido cielo gris que pacientemente las va cubriendo de un blanco
manto. Un manto de agua. Un manto de cristalina vida. De esta forma
poco habitual por estas tierras se ha estrenado este año el mes de
marzo. Y que mejor lugar para contemplar la transformación que la nieve
ejerce sobre el paisaje que adentrarse en el Monte Coto, refugiado en
sí mismo, placidamente adormecido.
Por la tarde,
cuando ya las nubes se han dado por satisfechas y se retiran, empezamos
a ascender por un acolchado camino níveo. Algunas placas de hielo sobre
el mismo atestiguan las bajas temperaturas a las que estamos. Subimos
por el camino por el que lo hemos hecho en tantas ocasiones. Nos
adentramos con la mirada por los mismos barrancos. Vemos los mismos
árboles... Sin embargo, parece que nos encontremos en otro lugar. En
otra montaña. Con otros barrancos diferentes. En un bosque diferente,
de un tímido verde.
Han desaparecido
piedras, rocas y el manto vegetal que cubría buena parte del suelo.
Dormitan bajo la nieve que se ha adueñado de todo creando un nuevo
paisaje a su capricho. Incluso ha conseguido ocultar las heridas que el
hombre le ha infringido a este lugar escarbando en sus entrañas a la
búsqueda de la riqueza rápida. Destruyendo belleza para fabricar
belleza. |
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Una vez arriba, en
el mirador podemos contemplar todo el "barranc de Caseta" cubierto de
nieve. Tan sólo las copas de los pinos han conseguido librarse de la
nieve que por su peso y la leve brisa que se desliza montaña abajo ha
caído al suelo. En estos momentos la sensación de quietud es absoluta.
Apenas podemos percibir el movimiento de alguna rama mecida por un
relajado viento. También es difícil percibir sonido alguno. Ni el canto
de ave alguna. Ni siquiera un par de alas surcando el pálido cielo.
Parece como si todos los animales hubieran enmudecido ante el fugaz
fenómeno meteorológico. Que al igual que uno mismo, estuvieran
contemplando extasiados el paisaje. Acariciando la nieve, hundiendo las
extremidades en el esponjoso tapiz. Oyendo como se resquebraja al
pisarlo.
Sin embargo, es
este un lugar que rebosa de vida. Es una fábrica de oxígeno y almacén
de agua. Cientos de especies de plantas tapizan el suelo. Según el tipo
de suelo, si es en solana o umbría, y la altura a que se encuentren,
irán cambiando las especies vegetales. A su vez, insectos, reptiles,
mamíferos y aves diferentes con relación a esas comunidades de plantas.
Por si fuera poco otras especies de animales que existen porque existen
las anteriores. Y otro grupo de animales que vive aquí porque lo hacen
los segundos, que lo hacen porque hay otros que viven porque hay
plantas, las plantas por el suelo, el aire y el agua. Y en constante
multiplicidad de vida. Toda y cada una de ellas única e irrepetible. Si
desaparece una insignificante planta, es muy posible que lo hagan otras
formas de vida.
Siguiendo absorto
aquí arriba en estos pensamientos, cuan afortunados somos de poder
abandonar el hormigón y el asfalto, los ruidos y gases de automóviles y
fábricas, perdiéndonos en un lugar como este. Un lugar repleto de
vivacidad, de quietudes, de encuentros y de silencios. Paseando la
mirada entre los árboles, dibujando sus formas, poco a poco, sin darnos
cuenta vamos encontrando lo que siempre buscamos y nunca vemos. Una paz
interior se apodera de nosotros y todo porque hasta nuestro cerebro ha
dejado de pensar. Hasta la última de nuestras células no hace otra cosa
que no sea disfrutar de este instante. De formar parte de esas vidas
que nos rodean. De que si desaparece esa insignificante planta, algo de
nosotros habrá dejado de existir también con ella.
Necesitamos de la
vida para que exista la nuestra propia, por lo que hemos de ser
conscientes de que hemos de cultivarla y no destruirla. De que al igual
que necesitamos de la tecnología para mejorar nuestras vidas,
necesitamos de lugares como el Monte Coto para crecer como personas y
para que lo sigan haciendo nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos
y así sucesivamente. Cuanta más diversidad de vida fluya, más rica será
la nuestra.
Hace unos días la
corporación municipal de Monòver decidía por unanimidad solicitar al
gobierno autonómico la declaración del área pública como Paraje Natural
Municipal, con el objetivo de preservar a la zona de posibles
alteraciones que pudieran dañarla. Es un primer paso para asegurarnos
de que al menos se conservará tal y como está. Pero no debe quedarse
tan sólo en eso y se deben tomar aquellas iniciativas que sirvan para
mejorar su diversidad de vidas y aquellas que sirvan para concienciar y
educar a cada uno de nosotros para que comprendamos porque se tiene que
conservar la naturaleza que nos rodea y para que la disfrutemos porque
de seguro que contribuirá a que seamos más humanos.
El Monte Coto es una
enorme cantera pero, una cantera de biodiversidad de la que se extrae
vida constantemente y es así porque la montaña es la madre de todas
esas vidas. Si la matamos, ¿qué nos queda? |