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              Luis Sogorb Mallebrera

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                                                                           Vuelos Cautivos
febrero                                           
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Pintan de colores el aire. Son la música del silencio. Navegan en el vacío llegando a todos los rincones de este planeta. Incluso consiguen en ocasiones que, nosotros, los humanos dejemos de mirar al suelo y levantemos la mirada y veamos más allá del horizonte. Han desafiado la gravedad y dominan el arte del vuelo, algo con lo que la humanidad sueña desde sus principios. Me estoy refiriendo, evidentemente, a las aves. Esos seres que surcan el cielo y que son para nosotros la representación más pura de la libertad.

 

Pero, en su deseo irrefrenable de poseerlo todo, el hombre le ha colocado rejas a esos vuelos y miles de aves, millones, dejan de pintar con sus plumajes el aire. Ahora le ponen música al ruido y ya no conquistan ningún rincón. He de confesar que yo mismo, en mi niñez, deseaba tener un pedazo de Naturaleza en casa para protegerlo y disfrutarlo al mismo tiempo. Así, algunos de estos seres alados entraron en casa. Podía contemplar sus bellos plumajes, darles comida y agua. Parecían felices pues me obsequiaban con sus bellos cantos que embriagaban mis oídos. Pero lo que no podía ver es lo que más me fascinaba de ellos. No podía verles volar, se tenían que conformar con dar un par de aleteos entre una y otra percha. Para satisfacer mi capricho les había privado de jugar con el viento y de rozar con la punta de sus alas al sol. Incluso alguien me dijo que los pájaros son incapaces de sentir ese cautiverio. Pero... ¿cómo podemos saber nosotros que sienten otros seres?.

"Colores de Otoño" - Óleo sobre tabla - 50 X 35 cms. - 2003

Pintura realizada a partir de las observaciones de un pequeño grupo de jilgueros que acude al atardecer a beber en el bebedero para aves de casa. Utilizan de posadero un albaricoquero de hojas doradas en otoño que junto con las cálidas luces y los bellos plumajes de estas aves crean un momento mágico.

Las mismas aves se encargarían en cierta manera de darme la respuesta. Un día me disponía a limpiar la jaula de uno de ellos. Un jilguero concretamente. Abrí la puerta para sacar el recipiente en el que se bañaba. No se como, en una décima de segundo, al introducir yo la mano él salió volando. Fue rapidísimo. Pero lo que me dejó clavado no fue la rapidez con que se "escapó". Conforme recobraba la libertad empezó a emitir unas notas. No cantaba. Era otra cosa. Nunca había oído así a un jilguero. La sensación que me transmitió en aquel instante y aún hoy, es que eran los más puros y radiantes gritos de alegría que nunca había escuchado. Alegría de volver a sentir el viento en el "rostro" y de poder decidir hacía donde volar.

 

Lo estuve mirando hasta que se difuminó en la lejanía y pude ver como cambió en varias ocasiones de rumbo, quizá porque no sabía en donde se encontraba y hacía donde dirigirse o, quizá porque con el entusiasmo de la libertad recobrada, de poder bañarse de nuevo en el azul del cielo, deseaba volar hacía todas las direcciones al mismo tiempo. No lo se ni me importó. Creo que de alguna forma me contagió esa alegría y parte de mi le acompañó en aquel vuelo. Y digo esto porque cuando dirigí mi mirada a los otros pájaros que seguían enjaulados pude darme cuenta por vez primera que sus ojos estaban tristes y los colores de sus plumajes apagados. De ahí a darles la libertad no transcurrió ni pensamiento ni tiempo alguno.

 

Si había tenido aquellas aves en casa era por la enorme fascinación y siguen haciéndolo que me producían desde el primer instante que empecé a observarles, pero no me di cuenta de que les había privado de todo aquello que más me fascinaba de ellos. No les permitía que participaran en darles vida a nuestros cielos.

 

Hoy en día, desde entonces, no tengo ningún ave enjaulada pero aquel jilguero me enseñó algo más. Me he dado cuenta de que las jaulas están vacías pero, sin embargo, son muchas más aves las que comparten la vida conmigo. Con todos. Sin obligarlos, sin hacerlos prisioneros, acuden todos los días a beber y a bañarse en el bebedero que construí para ellos. Todos los días acuden cuando quieren a comer en el terreno alrededor de casa. Unos semillas, otros insectos. Todos los días utilizan los árboles como refugio o como posadero para deleitarnos con sus bellos cantos. De vez en cuando alguna ave viajera decide descansar de su largo viaje que seguramente le traerá o le llevará a otro continente y lo hace porque encuentra hospitalidad. También algunas aves eligen construir su nido cerca de nuestra casa y hacernos participes del milagro de la vida. Pintan de colores y multitud de formas el enorme lienzo que es el cielo. Están ahí al amanecer y al atardecer, cogiendo los pigmentos que necesitan del sol para fabricar los colores con los que iluminaran nuestras retinas. Y surcaran el aire haciéndonos sentir por unos instantes libres a nosotros también.

 

Sin tener que obligarlas, las aves nos acompañan en todo momento allá en donde nos encontremos. Nos regalan sus bellos cantos, inventan los colores y jugando con el viento nos hacen alzar la mirada para que nos demos cuenta de que formamos parte de la vida, de que somos Naturaleza.

 

Termino de escribir estas líneas. Los últimos rayos de sol del día se cuelan por la ventana y acarician mi rostro. Afuera, oigo cantar a un mirlo posado en la rama más alta de uno de los pinos. Unos mosquiteros buscan afanosamente entre las ramas algún insecto para irse a dormir con el estomago lleno. Oigo también el reclamo persistente de un petirrojo que anuncia a sus congéneres que aquella zona ya está ocupada por él. Jilgueros, verdecillos, verderones, piquituertos, currucas, colirrojos, estorninos, pinzones, gorriones, lavanderas... acuden a saciar su sed y poderse ir así a descansar. Y mañana volverán a estar aquí y en todas partes, sin haberles obligado o pedido que así lo hicieran y lo harán deslizándose entre el aire en todas direcciones.

Luis Sogorb Mallebrera  

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