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Pintan
de colores el aire. Son la música del silencio. Navegan en
el vacío llegando a todos los rincones de este planeta. Incluso
consiguen en ocasiones que, nosotros, los humanos dejemos de mirar
al suelo y levantemos la mirada y veamos más allá del horizonte.
Han desafiado la gravedad y dominan el arte del vuelo, algo con
lo que la humanidad sueña desde sus principios. Me estoy refiriendo,
evidentemente, a las aves. Esos seres que surcan el cielo y que
son para nosotros la representación más pura de la libertad.
Pero,
en su deseo irrefrenable de poseerlo todo, el hombre le ha colocado
rejas a esos vuelos y miles de aves, millones, dejan de pintar con
sus plumajes el aire. Ahora le ponen música al ruido y ya no conquistan
ningún rincón. He de confesar que yo mismo, en mi niñez, deseaba
tener un pedazo de Naturaleza en casa para protegerlo y disfrutarlo
al mismo tiempo. Así, algunos de estos seres alados entraron en
casa. Podía contemplar sus bellos plumajes, darles comida y agua.
Parecían felices pues me obsequiaban con sus bellos cantos que embriagaban
mis oídos. Pero lo que no podía ver es lo que más me fascinaba de
ellos. No podía verles volar, se tenían que conformar con dar un
par de aleteos entre una y otra percha. Para satisfacer mi capricho
les había privado de jugar con el viento y de rozar con la punta
de sus alas al sol. Incluso alguien me dijo que los pájaros son
incapaces de sentir ese cautiverio. Pero... ¿cómo podemos saber
nosotros que sienten otros seres?.
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Las
mismas aves se encargarían en cierta manera de darme la respuesta.
Un día me disponía a limpiar la jaula de uno de ellos. Un jilguero
concretamente. Abrí la puerta para sacar el recipiente en el que
se bañaba. No se como, en una décima de segundo, al introducir
yo la mano él salió volando. Fue rapidísimo. Pero lo que me dejó
clavado no fue la rapidez con que se "escapó". Conforme
recobraba la libertad empezó a emitir unas notas. No cantaba. Era
otra cosa. Nunca había oído así a un jilguero. La sensación que
me transmitió en aquel instante y aún hoy, es que eran los más puros
y radiantes gritos de alegría que nunca había escuchado. Alegría
de volver a sentir el viento en el "rostro" y de poder decidir hacía
donde volar.
Lo
estuve mirando hasta que se difuminó en la lejanía y pude
ver como cambió en varias ocasiones de rumbo, quizá porque no sabía
en donde se encontraba y hacía donde dirigirse o, quizá porque con
el entusiasmo de la libertad recobrada, de poder bañarse de nuevo
en el azul del cielo, deseaba volar hacía todas las direcciones
al mismo tiempo. No lo se ni me importó. Creo que de alguna forma
me contagió esa alegría y parte de mi le acompañó en aquel vuelo.
Y digo esto porque cuando dirigí mi mirada a los otros pájaros que
seguían enjaulados pude darme cuenta por vez primera que
sus ojos estaban tristes y los colores de sus plumajes apagados.
De ahí a darles la libertad no transcurrió ni pensamiento ni tiempo
alguno.
Si
había tenido aquellas aves en casa era por la enorme fascinación
—y siguen
haciéndolo— que me producían desde el primer instante
que empecé a observarles, pero no me di cuenta de que les había
privado de todo aquello que más me fascinaba de ellos. No les permitía
que participaran en darles vida a nuestros cielos.
Hoy
en día, desde entonces, no tengo ningún ave enjaulada pero aquel
jilguero me enseñó algo más. Me he dado cuenta de que las jaulas
están vacías pero, sin embargo, son muchas más aves las que comparten
la vida conmigo. Con todos. Sin obligarlos, sin hacerlos prisioneros,
acuden todos los días a beber y a bañarse en el bebedero que construí
para ellos. Todos los días acuden cuando quieren a comer en el terreno
alrededor de casa. Unos semillas, otros insectos. Todos los días
utilizan los árboles como refugio o como posadero para deleitarnos
con sus bellos cantos. De vez en cuando alguna ave viajera decide
descansar de su largo viaje que seguramente le traerá o le llevará
a otro continente y lo hace porque encuentra hospitalidad. También
algunas aves eligen construir su nido cerca de nuestra casa y hacernos
participes del milagro de la vida. Pintan de colores y multitud
de formas el enorme lienzo que es el cielo. Están ahí al amanecer
y al atardecer, cogiendo los pigmentos que necesitan del sol para
fabricar los colores con los que iluminaran nuestras retinas. Y
surcaran el aire haciéndonos sentir por unos instantes libres a
nosotros también.
Sin
tener que obligarlas, las aves nos acompañan en todo momento allá
en donde nos encontremos. Nos regalan sus bellos cantos, inventan
los colores y jugando con el viento nos hacen alzar la mirada para
que nos demos cuenta de que formamos parte de la vida, de que
somos Naturaleza.
Termino
de escribir estas líneas. Los últimos rayos de sol del día
se cuelan por la ventana y acarician mi rostro. Afuera, oigo cantar
a un mirlo posado en la rama más alta de uno de los pinos. Unos
mosquiteros buscan afanosamente entre las ramas algún insecto para
irse a dormir con el estomago lleno. Oigo también el reclamo persistente
de un petirrojo que anuncia a sus congéneres que aquella zona ya
está ocupada por él. Jilgueros, verdecillos, verderones, piquituertos,
currucas, colirrojos, estorninos, pinzones, gorriones, lavanderas...
acuden a saciar su sed y poderse ir así a descansar. Y mañana
volverán
a estar aquí y en todas partes, sin haberles obligado o pedido que
así lo hicieran y lo harán deslizándose entre el aire en todas direcciones.
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