Le dijeron
que había sido un éxito. Un éxito total. Habían venido muchas gentes,
gentes importantes, de Alicante, Valencia, Madrid, Barcelona, París.
¿Había dicho París o de otro país? Bueno, daba igual. Dónde estaría
París ¿Sería París otra expresión geográfica? Un exitazo. El coche
fúnebre era enorme, oscuro y lustroso como la piel de un gran gato
negro bien alimentado. Había flores por todas partes, el gran coche
negro parecía un jardín encantado. Formando grandes rodajas de banano,
con el centro hueco, como una pasta que aquí se llama buñuelo, las
flores cubrían el techo, los costados y el interior del elegante
vehículo. A su papá le hubiera gustado tener un entierro así. Aquello
parecía un desfile de modas. A lo mejor, salía en el Hola. Las hermanas
de D. Eduardo, bueno, Eduardo ¿Eduardo, D. Eduardo? Bueno, según para
qué y como. Total, las hermanas, Dª Marta y Dª Ana, llevaban unos
abrigos de pieles qué para que te quiero contar. El de Dª Marta, que
era la mayor y la más alta, le llegaba casi a los tobillos. Las pieles
eran negras. Negras como la noche más profunda dentro del tajo del
Manchángara, pero suaves y delicadas al tacto como el culito de un
bebe, o el pecho repleto de leche de una mujer recién parida. El de Dª
Ana, más chaparrita y rechonchita ella, eso sí con las piernas aun muy
esbeltas, era un tres cuartos que apenas le llegaba por encima de las
corvas de una tonalidad roja como la lava de los volcanes de su tierra
que, desgraciadamente, solo había podido ver en el cine y la
televisión. Las dos llevaban unas gafas de sol preciosas, monísimas.
Grandes muy grandes, de forma achinada y con incrustaciones que
parecían de nácar, oro y plata. Los zapatos, de tacón de aguja el de
Dª Ana y medio tacón Dª Marta, eran de puro raso negro como demandaba
la ocasión
¿Y las medias? No le había dicho de qué color eran las medias, pero seguro
que serían grises. De qué otro color iban a ser para asistir al entierro de
un hermano. Aquí la gente tenía costumbres muy particulares, pero en el
entierro de un familiar tan cercano todo el mundo, hasta en España, tenía que
llevar medias grises. Lástima que no pudiera ver los trajes sastre. Tenían
que ser trajes sastre. Qué otra cosa se puede llevar en un funeral, y más en
el de tu hermano. Pero, ninguna de las dos se abrió el abrigo de pieles ni
durante un segundo. Eduardo/D. Eduardo también estaba elegantísimo, con aquel
terno gris marengo que ella mismo le había planchado, y el brazalete negro
que ella misma le había cosido. Eduardo/D. Eduardo sabía llevar la ropa. No
es que fuera muy alto para ser criollo, pero tenía las espaldas robustas y el
pecho y el estómago abombados. En los hombres, los torsos demasiado planos y
atléticos eran buenos para lucir el bañador en la piscina, pero los ternos
cruzados lucían mejor si en el vientre había algo de sustancia. Además,
tenía aquella hermosa y abundante cabellera con el toque justo de gris para
que pareciera elegante sin parecer viejo. Todos en la presidencia, D.
Guillermo, el marido de Dª Marta, con aquel traje azul marino, D. Genaro, el
de Dª Ana, de negro riguroso; incluso los dos políticos, gente engañosa y
ruin donde las haya, estaban elegantes con aquellas barbas medio blancas tan
bien recortadas y aquellos pelos a lo Falcon Crest. Bueno, claro, estaba el
hijo de D. Fernando. ¡Ojalá! pudiera llamarle Fernando, pero aquella maldita
boluda le tenía comido el seso. Sus ojos eran todavía mas verdes y rasgados
que los de su padre, pero sus labios eran demasiado finos y su nariz
demasiado grande. No como D. Fernando, ¡Ojalá! pudiera llamarle Fernando, con
aquella nariz recta y fina como una regla y aquella boca de labios tan
perfectos, tan elegantes, tan sensibles, tan masculinos.
Todo en el hijo era grande, demasiado grande. Los hombros, las manos,
las piernas, los pies. Pobrecito había tenido que ir al entierro de su
papacito con unas Nike azules y blancas. Ella misma sacó lo que pudo del
dobladillo de un pantalón gris de su padre y eligió la chaqueta oscura más
grande que tenía D. Fernando, ¡Ojalá! le hubiera podido llamar en vida
Fernando aunque solo hubiera sido una vez. Pero, de dónde iba a sacar ella un
zapato del 46, que, según Eduardo/D. Eduardo era el número que calzaba su
sobrino. De todas maneras, causó sensación. Ojos como aquellos no se veían
todos los días y, menos aun, combinados con un pelo sedoso del color del
trigo maduro cuando lo atraviesan los rayos del atardecer.
La iglesia estaba a reventar. Todo el
pueblo fue a dar el pésame. El altar mayor parecía una fuente de flores y el
féretro de caoba pulida quedaba perfecto entre las escalinatas del altar
mayor, los lirios y claveles blancos y el púlpito. ¡Cómo le gustaba aquella
iglesia. Tan blanca, tan espaciosa, con aquellos santicos en los altares de
los lados de los que ella era tan devota. Era lo que más le recordaba a su
tierra en aquel pueblo.
Por qué no había ido al entierro. Por qué
había tenido que verlo todo a través de los ojos de su comadre, que sí, sí,
lo contaba todo con tal lujo de detalles, con pelos y señales que dirían
aquí, que casi una parecía ver una película, como aquellas películas de los
volcanes de su tierra, donde una casi se quemaba y ahogaba al verlos. Una
veía el féretro, las flores, la iglesia tan alta por fuera y tan blanca por
dentro y sentía hasta lo más hondo el dolor y la pena de sus hermanas. Dios
sabe lo que sentiría Eduardo/D. Eduardo y su sobrino. Ya se sabe, los hombres
no tienen sentimientos o, al menos, verdaderos sentimientos como los que
tienen las mujeres. ¿Había hecho bien en no ir? Claro que sí. Se hubiera
puesto a llorar como una tonta, como una loca desesperada. Los ojos
hinchados, la nariz llena de mocos
—uf, que asco— y el habla de tartamuda. Además, no tenía nada
que ponerse. Cómo iba, en esas condiciones, a darle el pésame a Eduardo/D.
Eduardo y al hijo, con todo el mundo mirándola.
—¿Quién es esa morenita que llora como una Magdalena?
Hubiera preguntado el hijo a Eduardo/ D.
Eduardo
—Esa es Luci, nuestra empleada del hogar
—seguro que habría dicho criada, pero no voy a poner esa palabra en su
boca— que estaba muy enamorada de tu padre, pero que se acuesta
conmigo.
Bueno, Eduardo tampoco sabía que estaba,
—¿cómo dicen aquí?— colada por su hermano. Los hombres eran
así, no veían un palmo más allá de sus narices. No veían nada más que
lo que les interesaba, lo que les hacía sentirse el centro de atención,
el ombligo del mundo. De lo demás no querían saber nada. Eran incapaces
de verlo, de sentirlo, de olfatearlo. Tampoco es que Eduardo fuera mala
persona. El pobre no había tenido suerte en esta vida. Cuatro, de
cuatro mujeres se había enamorado y las cuatro le habían dejado.
¿Estaba enamorado de ella? No, no lo creía. Vamos Luci, no te hagas la
tonta que ya no tienes edad para eso. Tú eres una distracción pasajera
hasta que encuentre una quinta. Te tiene cariño, claro que te tiene
cariño. No eres tan vieja, ni tan fea, ni lo haces tan mal en la cama.
A él, sin embargo, de vez en cuando le patina el embrague, claro que ya
no es ningún niño. No, no, la verdad, se defiende bastante bien para su
edad. Lo que pasa es que tiene edad para ser tu padre. Su sobrino y yo
debemos ser de edades parecidas.
¿Cómo será? Quiero decir por dentro. Alguna vez he oído decir a
Dª Ana que se llevaba muy mal con su padre. Cómo puede alguien llevarse
mal con una persona tan educada, de tan buen gusto, tan seria, tan
encantadora, que cuando te mira a los ojos te desnuda, quiero decir,
que parece entrar hasta lo más recóndito de tu alma. El pobre D.
Fernando se debió llevar un disgusto terrible cuando lo metieron en la
cárcel. Dos muertes ¡Dios mío, dos muertes! Los hombres son así,
prefieren la violencia al cariño. Mi Panchito siempre andaba, y andará
ahora supongo, a trompicones con todo el mundo. Pero, claro, el no es
un gigante como el hijo de D. Fernando. Creo que fue a la salida de una
discoteca de mala nota de Madrid a altas horas de la madrugada. Los
otros eran matones o gángsteres o algo así, también muy altos y muy
fuertes, pero Fernandito los despacho en un santiamén. He oído decir a
Dª Ana que es un experto en lucha libre o algo así. D. Fernando nunca
hablaba de su hijo, nunca. Qué debe sentir uno cuando le quita la vida
a un semejante. Debería ser algo terrible, como si el vacío te comiera
las entrañas, o las estrellas te tragaran los sesos y, sin embargo,
todo el mundo lo hace y a toda hora. En la televisión lo ponen a todas
horas, que si guerras, que si maltratos, que si accidentes. Pero,
hacerlo con tus propias manos, sintiendo la piel de la víctima entre
tus dedos, tiene que ser diferente. Dicen que no era la primera vez que
le ocurría una cosa así, que en algún lugar extraño ya le ocurrió una
cosa parecida. Alguien fue victima de su cabreo o su enfado. Qué
lástima ser así, tan fuerte y tan colérico. Sin embargo, Eduardo dice
que es una persona superlista, que habla no sé cuantos idiomas y que
compone música ¿Puede una persona que mata ser inteligente? A lo mejor,
los tontos somos los otros. El matar, como la muerte, debe de haber
estado ahí desde que el Dios Padre creo la Tierra, ya lo dice la
Biblia. Cómo debe de hacer el amor alguien tan fuerte y con tanta
pasión en el cuerpo. Vete tú a saber. A lo mejor es un desastre. A lo
mejor le dan más miedo las mujeres que los muertos. Hacer el amor no es
algo tan simple como matar. Me hubiera gustado saber que opinaba D.
Fernando de su hijo, pero el no soltaba prenda. En realidad, apenas me
hablaba, apenas notaba mi presencia. “Buenos días Luci, buenas tardes
Luci, cómo estás Luci. Y a correr. El muy idiota. Me habría gustado
saber que bebida le había dado la caballista boluda esa. Oí decir una
vez que fue a verle a la cárcel y el hijo le dio con la puerta en las
narices. Creo que se llevó un disgusto terrible. Tener un único hijo
para que resulte ser un asesino y te trate así.
Luci llegó al portón. Dio el alto a sus pensamientos, extrajo
una gruesa llave de hierro de su bolso, la introdujo en la cerradura y
accedió al jardín. La quiteña, a quien Eduardo trataba siempre con el
nombre genérico de peruana. Decía, medio en serio medio en broma, que
una expresión geográfica como ecuador no podía constituirse en estado.
Había llegado al pueblo hacía unos cinco años, donde ya residía una
comadre y vecina suya en Quito. Empleada al principio en el sector del
calzado, hacía dos años había encontrado acomodo en la casa y la cama
de Eduardo. Como todo emigrante vivía desgarrada entre dos mundos.
“Todo esto, se decía, lo hago por mis hijos” Dos chicos de diecinueve y
dieciocho años que ya iban a la universidad. En realidad, aparte de su
intenso amor maternal, lo hacía por sí misma. Desde pequeña, aquella
grácil figura que reflejaba en sus rasgos una armoniosa mixtura del
quechua, el oriental y el criollo, había tenido sus ambiciones y
sueños. Padres y siete hermanos, vivían en una chabola a orillas de la
valla metálica que separaba las favelas del aeropuerto. Aquel vigilar
el constante trasiego de aeronaves que venían de otros mundos allende
las montañas la marcó para siempre. Soñaba en llegar a ser una gran
estrella del cine musical americano, una especie de Rita Hayworth/Cansino
con menos piernas y más busto. Pero, apenas cumplidos los dieciséis
años, su madre la echó en brazos de Panchito, un indio con rasgos
negroides diez años mayor que ella, cuyo único atractivo consistía en
ser el orgulloso propietario de una desvencijada camioneta con la que
efectuaba portes a domicilio. Al punto tuvieron un hijo y, casi sin un
respiro, otro. Mas, la constante visión de las aeronaves le ayudaba a
mantener la esperanza. Logró colarse, primero de pinche de cocina y
luego en el servicio de limpieza de habitaciones, en un lujoso hotel de
la vía Patria en el centro comercial de la ciudad. Allí pudo observar
a sus anchas aquellos extraterrestres que iban y venían en aquellas
extrañas naves y juró que, un día, embarcaría en una de ellas. Con
discreción y sin escándalo, comenzó a conceder sus favores a los
clientes del establecimiento. Escogiendo sus presas entre los hombres
de negocios de mediana edad y no demasiado bien parecidos. Por
supuesto, alguna que otra vez tuvo que pagar tributo en especie a algún
jefecillo del establecimiento, a fin de lograr que sus actividades no
se vieran interrumpidas por inoportunos sobresaltos.
Así, sucre a sucre y año a año reunió lo
necesario para el gran salto. Ahora, sin embargo, su gran sueño era su
vuelta. No en un año, ni en dos. Quizá en cinco o en diez, cuando
hubiera reunido un capitalito que le permitiera establecerse como dueña
de una confortable pensión en los aledaños de la Plaza Grande o de
Armas, detrás mismo de la catedral. En el interim mantenía tranquilo y
sosegado al Excmo. Sr. Alcalde, a cambio de lo cual percibía un muy
generoso sueldo y una cuantiosa sisa.
El jardín, de más de un cuarto de hectárea, no podía decirse que
estuviera bien cuidado, aunque tampoco podría clasificársele en el
orden de los abandonados. Algunos setos hacía algún tiempo que no
habían sentido sobre sus lomos las tijeras de podar, pero, aun así,
todavía conservaban su primigenia forma geométrica; las hojas otoñales
invadían los paseos pero no hasta el punto de entorpecer el paso de los
viandantes, si es que hubiera habido alguno. Las numerosas palmeras
habían sido podadas en fechas no demasiado lejanas y el resto de la
flora arbórea, cipreses, eucaliptos, plátanos de paseo más algún que
otro solitario ciruelo y manzano conservaba, en general, un aspecto
casi saludable.
A la vasta y bien equipada cocina se
accedía a través de un porche acristalado en donde se amontonaban toda
suerte de electrodomésticos junto con equipamientos de jardinería.
“¿Qué hora
era? Las ocho y media”. Dudó entre subirle el desayuno al dormitorio o
esperarle encastillada en la cocina. No, no, se dijo, subir a la
habitación sería tentar al diablo. El día después del entierro, “eso”
sería un sacrilegio. Qué diría D. Fernando si les estuviese observando
desde su lugar en el cielo. Porque D. Fernando había ido derechito al
cielo, de eso no cabía la menor duda. Además, igual al sobrino le daba
por decir buenos días al tío y los pillaba en plena coyunda. Lo que le
faltaba, que aquel genio salvaje le viera el culo antes que la cara.
Encima, tenía la sensación de que iba a bajarle la regla. En realidad,
todavía le faltaban cuatro o cinco días. Debía ser del disgusto. Debía
de haber sido un poco más atrevida; debía de haberse metido en su cama,
así, por las bravas. Seguro que eso es lo que había hecho la caballista
boluda. No, no hubiera podido, D. Fernando le hacía sentirse una niña
indefensa, un juguete. Y ella también tenía sus principios, que caray.
Si un hombre no le echaba los tejos, ella ni se le acercaba, faltaría
más.
Abrió la vasta nevera,
extrajo una docena de relucientes naranjas y las puso a exprimir. Puso
café en la express, cortó el pan en rebanadas y puso éstas junto a la
tostadora. A renglón seguido colocó sobre la gran mesa de roble tres
servicios de desayuno. En esas estaba cuando notó que algo cálido y
áspero se deslizaba por la parte de atrás de sus tejanos, al tiempo que
un aliento un tanto agrio amenazaba con acariciar su oreja.
—Buenos días, peruana mía.
—¡Qué haces! Déjame. No ves que no estamos solos.
—Yo no veo a nadie.
—Eduardo, por favor, no me atosigues. No estoy de humor. Lo de ayer,
fue muy fuerte.
—Por cierto, no te vi.
—No fui.
—¿Por qué?
—No estaba de humor
—Me ha fastidiado. Yo tampoco.
—Lo tuyo es diferente.
—Ah sí, por qué.
—Tú eras su hermano.
—Dijiste que ibas a darle el último adiós, o palabras a ese efecto.
—Lo dije, lo dije. Pero, luego, en mi casa, me puse a llorar como una
Magdalena y, por más que quería, no podía parar. Le dije a Mari que
fuera ella sola y se fijara bien y que luego me lo contará punto por
punto, desde el principio hasta el final.
—Eres una sentimental.
—Y tú un cínico. Parece que, en vez de un hermano, se te ha muerto el
perro.
—A ciertas edades hay que estar preparado para estos eventos.
—Ni que fueras Matusalén.
—Sabes, a veces, pienso que mi hermano, no sé, como
que había perdido la ilusión. En fin, ilusión ya nos queda poca a
todos.
—Habla por ti.
—Por mí hablo, por mí hablo. A qué venía todo aquello de pasarse días
enteros encerrado en la habitación y luego, de repente, levantarse
antes de la salida del sol y pasarse el día entero paseando por esos
montes y caminos hasta el ocaso.
—Y las noches, dónde las pasaba.
—Las noches, yo qué coño sé.
—Lo sabes perfectamente.
—A santo de qué viene eso.
—No, nada, como decías que no le quedaba ninguna ilusión en la vida.
—Ah, cherchez la femme.
—¡Qué!
—Nada, nada. El eterno femenino, las mujeres os creéis el ombligo del
mundo.
—Mira quien fue a hablar.
—No, de verás, creo que mi hermano estaba cansado de vivir. Siempre
había sido un iluso. Quería cambiar el mundo, nada más ni nada menos.
Eso está bien a los quince o veinte años, como mucho. Después es el
mundo el que te va cambiando a ti, de lo contrario apañao vas. Mi
hermano se había vuelto insoportable, le había dado por juzgar y, por
supuesto, condenar a todo del mundo.
—¿A su hijo también?
—A su hijo también. El primero supongo.
—Pues bien que intento que le absolvieran. Y después, cuando le
condenaron, el hijo no quiso ni verle, ni decirle ahí te pudras.
—Y tú, cómo sabes eso.
—Me lo dijo tu hermana.
—¿Ana? Joder con la niña, tiene tal diarrea verbal crónica la jodida
escultora que va dejando su maloliente hedor por donde pasa.
—No la insultes es una señora agradabilísima y muy elegante. A mí
siempre me ha tratado como una igual. Además es una artista.
—Lo que es, es una beata cotorrona y una artesana mediocre que no
esculpiría un seno desnudo ni por asegurar su entrada en los cielos.
—Tú lo que eres es un machista. Si, en lugar de tu herma, fuera un
hijo tuyo otro gallo cantaría.
—Yo no tengo hijos, solo hijas, lo sabes perfectamente.
—Por eso mismo.
—Aun estoy a tiempo.
—!Qué haces, qué haces! No, no. Estate quieto. No me desabroches el
pantalón. Por favor, por favor.
—Uy que bragas más bonitas, éstas no las conozco, cuándo te las has
comprado.
La campana del reloj sonó diez veces.
—Buenos días. ¡Oh! Perdón, perdón, no sabía.
“Dios mío!” pensó Luci, mientras se
arreglaba los pantalones a toda prisa y salía disparada hacia el
lavabo, “Que vergüenza. Qué va a pensar de mí. No se pueden tener
pensamientos negativos. Desde ésta mañana tenía el presentimiento de
que el hijo de D. Fernando me iba a sorprender con las bragas al aire.
Y al final, zas, me ha tenido que ver el trasero antes que la nariz. No
hay derecho, los hombres son todos unos bestias. En cuanto les das un
poco de confianza ya piensan que eres de su propiedad. Pues no es tan
feo y horrible como me lo puso la Mari. Grande sí que es, ya lo creo.
Pero, aparte de los ojos que son preciosos, puro terciopelo verde, y
cómo miran. Tiene muchas cosas que me recuerdan al padre, la sonrisa,
el gesto ese al sonreír es exactamente igual, el mismito. Tiene cara de
cansado, de preocupado, debe de haber pasado una mala noche. Y ese
chándal tan horrible y tan arrugado, debe de haber dormido con él. La
verdad es que es culpa mía, me olvide de dejar unos pijamas planchados
encima de la cama de su habitación.
—Buenos días sobrino. Perdona, yo…
—No, no. La culpa es mía. Debí de haber llamado a la puerta antes de
entrar o, al menos, toser, yo que sé. Lo siento. La verdad es que
estoy medio dormido, he pasado una noche fatal.
—Yo tampoco he podido pegar ojo.
—¿Luci?
—¿Eh? Ah, sí, sí Luci, Luci, por supuesto. Estábamos tonteando
un poco, nada serio, cosas que pasan. Debo de estar chocheando.
—A mí no me lo ha parecido. En fin, cada loco con su tema. Oye, que
ésta es tu casa y aquí tienes derecho a hacer lo que te de la gana,
faltaría más. ¿Hay café? Necesito toneladas de ese amargo néctar y,
luego, una buena ducha fría.
—No te preocupes, ésta casa está a tu disposición, como siempre.
En ese momento reapareció la quiteña,
sonriente y fresca como una rosa. Le dio los buenos días a Fernando
como si el “incidente” hubiera sido un sueño, y se dispuso a servir el
café y el resto del desayuno.
—De qué parte de Perú eres, Luci, del mar o de la montaña.
—¿Perú, qué Perú? Ah, ése Perú. Eso son cosas de D. Eduardo.
Fernando pensó que el Don sonaba, y a
propósito, más falso que un Judas en aquellos labios tan femeninos.
—Cómo que cosas de mi tío, no entiendo ni jota.
—Verás sobrino…
—Deje que lo explique yo D. Eduardo. Usted ya ha hecho bastante
esfuerzo por hoy.
—Vale, vale.
—Verá, D. Eduardo sostiene que yo no vengo de un lugar sino de una
expresión geográfica ¿Está bien dicho D. Eduardo?
—Por favor no me llames de usted, llámame de tú. Seguro que eres más
joven que yo. Llámame Nando.
—Verás, lo que Luci quiere decir, sobrino, es que yo sostengo que un
estado civilizado no puede llamarse ecuador. Es como si a España le
hubieran cambiando el nombre y la hubiesen rebautizado algo así como
meridiano cero o paralelo treinta y siete.
—Quizá así acabarían de una vez muchos problemas, mejorarían muchas
cosas y nos ahorraríamos muchas discusiones sin sentido y muchos
diálogos para besugos.
—También tienes razón.
—D. Eduardo me llama
peruana porque le da la gana, y punto. Y, como una es la sirvienta,
tiene que aguantarse. Su padre, quiero decir, tu padre era mucho más
considerado.
A la mención del difunto
se produjo un silencio acompañado de un cierto desconcierto, como si el
finado fuera a bajar en cualquier momento a tomar su café y su bollo.
El primero en reaccionar fue el hijo del difunto que vio en ello la
ocasión para llevar el agua a su molino.
—Por cierto, mi padre se dedicaba a… a alguna clase, no se cómo
ponerlo, de… de actividad, de dedicación artística.
—Mi hermano dedicado al arte, de qué demonios hablas.
—Verás, ésta mañana, cuando me he despertado, me he dado de morros con
una especie de cuadro, un collage lo llamaría yo, de una composición
muy extraña.
—Un collage, de qué
carajo hablas. Perdón Luci.
—Muy educado está usted.
Como se nota que está su sobrino, si no de qué. Se refiere, digo, te
refieres al cristico, verdad.
—¡Qué cristico! Mi hermano no
había pisado una iglesia desde que dejo el colegio.
—Hasta
ayer.
—Exacto,
hasta ayer.
—Por
cierto, qué coño, con perdón Luci, hacia mi padre en una iglesia.
—Qué
quieres decir.
—Lo
sabes perfectamente. Ni en sueños hubiera creído mi padre que, antes de
enterrarlo, pasaría la vergüenza de quedar expuesto en un lugar
semejante.
—No
diga usted esas cosas Nando, por favor. —sonó,
plañidera, la voz de la sirvienta.
—Tu
padre no pasó ninguna vergüenza porque tu padre ya había dejado de
existir.
—Vale,
pues entonces la vergüenza la pase yo que soy su hijo, Por mí y por él.
—Nando,
por favor, no diga usted esas cosas, con lo bonita que es la iglesia.
—Venga
sobrino, no te pongas así. Qué querías. Tus tías hubieran puesto el
grito en el cielo, se hubieran muerto de pena, vergüenza y horror.
Además, venían las autoridades de Alicante.
—Exactamente,
que se supone que son laicas.
—Aquí
todo el mundo es laico de boquilla y a la hora de la verdad mean más en
la pila que en el retrete. Ya sabes como es el país, los ateos llevan
sus hijos a colegios religiosos y los católicos abortan y se
divorcian. Y tutti contenti. La vida sigue, qué más da.
—Sois
todos unos cobardes.
—Por
supuesto, por supuesto. Y ateos por la gracia de Dios.
—Bueno,
dejémoslo estar. Tienes razón, el país no tiene remedio. ¿Sabes lo
peor?
—No,
qué.
—Que,
encima, me gusta como es.
—A
mí no, sobrino, pero lo llevo lo mejor que puedo.
—Uy,
Luci, perdona que te hayamos dejado con la palabra en la boca. Estabas
hablándonos de un cristico, te referías al Corazón de Jesús, no.
—Exactamente,
al cristico. Una vez subí a limpiar y le vi a él, me acuerdo como si
fuera ayer, ay Dios mío que pena, mirando fijamente aquel cuadro con el
cristico y toda aquella gente rara a su alrededor.
—Y
qué pasó.
—Nada,
qué iba a pasar. Bueno, le pregunté que era aquello, claro
—Y
qué te dijo.
—Algo
de los discípulos.
—!Qué
aquellos eran sus discípulos!
—No,
no. Yo conozco a los discípulos del Señor, son doce, contando al Judas.
—Cierto…
el Judas no está ahí y, en buena lógica, debería estar. Quizá mí lógica
no sea la correcta.— reflexionó
en voz alta Fernando.
—Sobrino
de qué c... hablas. Apóstoles, Judas, esto qué es.
—Todo
a su debido tiempo tío, todo a su debido tiempo. Tengo una teoría. Mi
cabeza me dice que es la correcta, pero mi corazón duda. De momento, es
solo una teoría.
—Teoría,
de qué.
—No
tengo por costumbre presentar mis teorías sin, al mismo tiempo,
presentar algún hecho que las avale.
—Era
algo del gozo D. Fernan…, digo, Nando.
—Ya,
“Los gozos y las sombras”, mi querida Luci—
dijo el tío con el sarcasmo propio de la impotencia.
—¿Qué
sombras? D. Eduardo.
—No
te preocupes Luci, a mi tío le ha dado por la literatura.
—Como
tu quieras sobrino. Pero, en todo esto, yo veo muchas más sombras que
gozos. Anoche te faltó un tris para acusar a la argentina de homicidio
y ahora me vienes con apóstoles y con gozos. Joder, con perdón de Luci,
no estoy en la sombra, estoy en la más absoluta y negra oscuridad.
—Seguro que esa caballista tiene
algo que ver con la muerte de su padre. Seguro, segurísimo. Así me
muera.
—¿Caballista?
—Quiere
decir jinetera, sobrino. A ella le parece malsonante la palabreja y
dice caballista en su lugar.
—Muy
inteligente. Dejemos lo de cabalgar aparte, al menos por el momento.
Así que te dijo que eran los discípulos del gozo. ¿No serían del
placer?
—¿Cuál
es la diferencia?
—Todo
a su debido tiempo tío, todo a su debido tiempo.
—!Sí,
sí! Eso es, placer. Cómo lo sabía—
las palabras de Luci denotaban genuino asombro.
—Lo
deduzco. ¿No dijo nada más? Trata de recordar Luci. Quizá en esa
ocasión, quizá más tarde. ¿Hablabas con él con frecuencia?
Su padre de usted
no era muy dado a hablar, al menos conmigo. Era…era, cómo decirlo, muy
atento, muy educado muy… muy servicial. Si querías una explicación de
cualquier cosa él te la daba al momento, pero… pero…
—Pero
qué.— El tono de Fernando era de
verdadera ansiedad.
—Bueno,
él lo hacia con la mejor voluntad del mundo, pero utilizaba unas
palabras que…
—Que
no entendías ni gorda, no.
—Deje
que se exprese con sus propias palabras, tío.
—Vale,
vale, lo que tú digas, sobrino.
—Eso
es, palabras de esas.
—¿De
cuáles?
—Pues
como esa de expresarse y todo eso.
—Expresarse
viene de expreso, como el café.
—Venga
tío, no es el momento de coñas. No me la desconcentres, vale.
—Vale,
vale. Lo que tú digas, sobrino.
—Así
que no te dijo nada más sobre el cuadro del cristico. Es muy importante
para mí que puedas recordar algo.
—Algo
más me diría. Pero ya le digo, usaba aquellas palabras, te miraba con
aquellos ojos que…que una se perdía. Seguro que la caballista sabe
mucho más. Él siempre decía que lo mejor de “esa” mujer era que le
comprendía a pesar de no estar de acuerdo con él. ¿Cómo puedes
comprender a alguien sino crees en lo que dice?
—Comprender no significa
compartir.
—No
le entiendo.
—Lo
que mi sobrino quiere decirte es que el amor va por un lado y la
ciencia por otro.
—Todavía
lo entiendo menos.
—Déjalo
Luci, seguramente tienes razón. El problema de nuestro mundo es que
amor y ciencia caminan paralelos y nunca se encuentran—
atajó Fernando con voz cansada, después de haber tomado de un solo
sorbo su tercera taza de café.—
Dónde vive esa señora o señorita.
—A
cinco minutos de aquí. Justo frente a las antiguas escuelas. Por ahí
tengo la dirección y el teléfono.
—Gracias
tío, mientras tanto voy a ver si me afeito y me doy una ducha.
CAPÍTULO V