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              LA BUENA MUERTE 

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LA BUENA MUERTE
por Francisco Peiró 

CAPITULO III

       Sus recuerdos eran los de un estudio interminable y lleno de luz, repleto de cuadros acomodados sobre caballetes o amontonados en rincones. Su tía, regordeta, pelirroja y vivaracha, presidía sobre todo aquel maremagnun cubierta  con un gran guardapolvo que en tiempos había sido gris y ahora relucía con todos los colores, tintas y óleos que los mundos  mineral, vegetal y animal podían proporcionar,  sentada sobre un altísimo taburete  de patas metálicas con el ceño fruncido, los labios tensos, escrutando la obra en curso como si la fuese a diseccionar. Siempre había sentido una especial atracción por aquel lugar, Mejor dicho, por lo que se creaba en él. La matemáticas, la música, las lenguas, la parapsicología era algo consustancial con su persona y su cerebro. Algo que, en realidad, no le proporcionaba ningún placer puesto que no le suponía ningún esfuerzo. El dibujo y la pintura, por el contrario, tenían algo de mágico. La capacidad de crear movimiento, ilusión o asombro con solo aplicar un carboncillo sobre un papel, se le antojaba de pequeño, y aun ahora, como el mayor de los milagros y el más insondable de los misterios. Ni que decir tiene que en sus dedos un lápiz tan solo servía para dibujar, y con inferior caligrafía, los diversos alfabetos de las diferentes lenguas que conocía.
       Apartó de sí aquellos pensamientos. Con las manos llenas de frazadas, almohadas y sabanas, escudriño la vasta estancia, ahora iluminada tan solo por el incierto resplandor de una luna menguante infiltrada a través de unas claraboyas con más polvo que cristal. Una vez sus pupilas se hubieron acostumbrado a la penumbra, divisó al fondo de la sala una gran cama cuyos hierros dorados intercambiaban guiños con el techo de cristal. Al lado del vasto lecho creyó distinguir una vieja mesilla de noche de patas de avestruz sobre la cual, a modo de penacho, se asentaba una diminuta lamparilla de tintes rosáceos. Sorteando, o golpeando, obstáculos que al incierto resplandor del satélite dejaban adivinar su condición de sillas, arcones, mesas, sillones y caballetes llegó hasta el lecho. En el desnudo colchón, blanco como un sudario y terso como una lápida, creyó ver el fantasma de su padre con el rostro desfigurado por el terrible aterrizaje.     
      
“No son horas de chorradas, Nando”, se dijo, al tiempo que estiraba el cuello y dejaba caer la ropa de cama sobre la supuesta lápida. Tan pronto como sus brazos se vieron libres de la molesta, aunque liviana, carga, brotó desde su estómago un sopor que en su descenso comenzó a paralizarle las piernas y en su ascenso los brazos. Durante unos segundos contemplo con entornados ojos el lecho-lápida  que emitía un magnetismo que le atraía irremisiblemente. Tumbarse, sin dilación ni tardanza alguna, sobre el amplío sudario y dormir con el sueño profundo de la eternidad, era  lo que su cabeza, miembros y vísceras le exigía con un sordo gruñido. A punto estuvo de claudicar. Pero, a pesar de que su expediente judicial y penitenciario apuntaban hacia otras tesis, generalmente, la voluntad de Fernando primaba sobre sus pasiones o sus instintos. De un manotazo, dejó caer mantas y demás útiles de cama sobre el alfombrado suelo y, con la precisión y economía de movimientos que solo un interno de centro penitenciario o un soldado profesional es capaz, fue ordenando cada pieza de tela y lana en su lugar y modo correspondiente. Extrajo de una mochila que llevaba medio colgada de su espalda un pijama de seda de pantalón corto, desvistiose; y vistiose con el mismo, introdujo su cuerpo entre las sábanas, adoptó la  consabida postura fetal y, al instante, quedó dormido.
       La espaciosa avenida, flanqueada por grandes y suntuosos edificios, y poblada de sibilantes vehículos y silenciosos peatones, crecía en verticalidad a cada paso de su carrera. Aunque el paisaje urbano le era familiar, no podía precisar con certeza donde se hallaba. Igual podía ser el paseo de Gracia barcelonés, escalando un Tibidabo más alto que el Canigó, como un Champs  Elysees  empinándose hacia un Montmartre del tamaño de un Cervino. Sus oídos, por encima del chirriar de las ruedas de caucho sintético y del discordante aullido de los claxons, percibían dos sonidos acompasados, regulares y constantes que le tenían intrigado sobremanera. Por fin, en uno de los parabrisas que, en riada, pasaba  a tan solo escasos centímetros de su cuerpo, observó los ojos desorbitados de un corredor desnudo que con sus talones golpeaba el asfalto con movimientos de polichinela al tiempo que jadeaba como un galgo en el último sprint de la carrera.” Habrá que llegar a la meta doquiera que esté”, se dijo. Pero, desnudo no. Antes habría que encontrar una boutique donde cubrirse. Por allí debía de vivir Carlitos Jung, aquel psicólogo suizo amigo de su madre que pintaba aquellos cuadros tan estupendos al tiempo que ponía a parir a su antiguo amigo Freud. ¿Dónde viviría? Quizá más arriba. ¿Y si era más abajo? Una vez llegado a la meta, ¿cómo pararía? Quizá la pendiente fuera tan abrupta que, la mera fuerza de la gravedad de Newton, le pondría boca a bajo y le haría caer rodando  hasta donde había comenzado aquella loca carrera. Aquella idea le divirtió, cuando fuera a casa de Jung le preguntaría por su significado. Por cierto, dónde estaba el punto de salida, desde cuándo y desde dónde llevaba  corriendo como un caballo desbocado. Seguramente, Jung tendría respuesta para eso. Lo verdaderamente difícil era saber donde estaba la llegada, la meta.
       Percibió un cambio de ritmo en sus piernas. Por vez primera, miró hacia el suelo. El negro asfalto había comenzado a mutar de color y textura. Cada vez era más rojo y más líquido, cada vez más parecido a su propia sangre. Cada vez jadeaba más y más y sus pasos eran más inciertos. Exhausto, se detuvo en seco y levantó los ojos hacia el horizonte. Allende, muy a lo lejos, hacia el infinito, la amplia avenida se convertía en una glorieta de proporciones descomunales. Como si la madrileña Plaza de Castilla se extendiese desde la Sierra del Guadarrama hasta el Tajo. Un círculo blanco, rodeado de un anillo rojo ocupaba toda su superficie. Del mismo centro de la plaza, no sabía bien si en forma de volcán o de surtidor, comenzó a surgir una sustancia negra y viscosa, a medio camino entre aguas fecales y alquitrán que, al desparramarse por el impoluto disco albo, formó la siguiente frase:  PROHIBIDO NADAR CONTRA CORRIENTE.  “¿Nadar, quién está nadando aquí? Aunque como éste maldito… —no, no debo jurar, eso es perder el control—  suelo siga cediendo y se convierta en arenas movedizas, el nado va a ser la única forma de salir adelante. Me niego. No nadaré.” Extendió piernas y brazos, formando un aspa a la manera del famoso dibujo de Leonardo da Vinci, y esperó. Al  punto, un parabrisas gigantesco, sideral, negro, reluciente y metálico, con la señal de dirección prohibida reflejada en su centro, se abalanzó sobre él.
      
Sudaba, tenía ganas de ir al lavabo y la erección semejaba una prótesis dolorosa. “M… sea,” pensó, y ahora, qué hago. La necesidad, madre de todas las artes nobles e innobles, hizo que, a pesar de la somnolencia, una bombilla se encendiese en su cerebro. A tientas, logró localizar el interruptor de la  lamparilla. Una vez encendida, observó que la mesilla, en su parte inferior, poseía uno de esos compartimentos para alojar uno de aquellos arcaicos recipientes de porcelana, o hierro, llamados orinales, hoy casi en desuso pero utilísimos en aquellos tiempos que la humanidad carecía de luz eléctrica, inodoros y agua  corriente. Abrió la portezuela y ¡eureka! el blanco, límpido y reluciente orinal quedó expuesto. A trancas y barrancas, se desembarazó de frazadas y sabanas, sentose al borde del lecho-lápida y, con algún esfuerzo adicional por el tamaño que había adquirido su erección, miccionó. Volvió a introducir el recipiente en su receptáculo y se introdujo de nuevo en el lecho. Iba a extinguir la luz, cuando se preguntó qué hora sería. Miró su reloj de caja de latón con cadena del mismo metal, la exhibición de riqueza no es saludable  ni de buen gusto en los centros penitenciarios, y con un contenido suspiro advirtió que todavía faltaban unos poco minutos para las cuatro de la madrugada.
       Efectivamente, al poco la campana aguda de la torre del reloj desgranó los cuartos y, a continuación, la grave estalló cuatro veces consecutivas.
       ¿Qué sueño había tenido? Ah, sí, el de la dirección prohibida. Algunas veces, últimamente las más, tenía suerte,  y el sueño, o pesadilla según se mire, finalizaba justo cuando el funcionario abría la puerta de la celda al filo de las ocho de la mañana. Otras no, otras todavía faltaban muchas horas para que la cárcel volviera a la vida  y, durante algunos minutos tenía que escuchar el silencio de gritos de angustia lejanos, mezclados con los ronquidos y flatulencias de sus vecinos de celda. Pero, casi siempre lograba conciliar de nuevo el sueño. Esa era la principal ventaja de estar en el trullo, uno podía dormir a pierna suelta. Sueños tenía, los mismos que antes. Este de aquella misma noche, el del tráfico como lo llamaba él, era muy recurrente, como también lo era el del perro lastimero y el brazo de hielo. Al ir a golpear un chucho canijo y sarnoso que le imploraba con la mirada, su brazo se tornaba hielo y estallaba en mil pedazos. Aunque menos populares, también estaban el del pozo sin fondo, el del barco y la tempestad y algunos otros. Lo importante era que antes ninguno de ellos le permitía volver a conciliar el sueño y ahora, desde que ingresó, dormía a pierna suelta. Había sido un acierto ingresar en prisión. Definitivamente.
       La campana aguda indicó las cinco menos cuarto. No, hoy no iba a tener suerte. Claro que hoy no era un día cualquiera. Primero, no estaba en la cárcel y no gozaba, por tanto, de su benéfico influjo. Segundo, no todos los días se muere tu padre y vas a su entierro después de casi tres años de no ver la calle. Paciencia.
       Sonaron las cinco y, quizá cinco minutos después, las cinco y cuarto. Comenzó a sentirse incómodo en aquel lecho sobrevenido en lápida y sudario.
       ¡Joder! dijo en voz alta tan pronto dejas el trullo vuelves a las andadas. Deja de decir tacos, ¡Hostia!
       De una coz se desembarazó de los ropajes que le cubrían, retorno a utilizar el lecho como asiento y encendió la luz. No sentía realmente frío, pero tampoco era cuestión de permanecer descalzo con un pijama de mangas y pantalón cortos por todo abrigo. Localizó la mochila, extrajo un chándal, calcetines y zapatos de deporte, y se vistió.
       ¿Y ahora qué? se preguntó
       En la pared opuesta entrevió una estantería repleta de volúmenes. Se dirigió hacia ella. ”Dios sabe que mierda leería el viejo, pensó, lo de siempre, política, historia, economía, geografía, toda esa mierda. Si, al menos hubiera algo de un país que valiera la pena, yo que sé, Bután, Laos, Paraguay, Panamá, Sierra Leona, Botswana, algo así. Pero, ya se sabe, para el jodido viejo solo contaban los países ricos, grandes y poderosos, o, al menos, grandes y poderosos y, en último caso, grandes”. A mitad de camino su hombro izquierdo derribó una estructura que golpeó el piso con un estrépito considerable. Allí, al parecer, no había, como antaño, alfombra alguna que amortiguara el golpe.
       —¡Joder! Me cago en Dios y en todos los santos. ¿Quién coño habrá puesto ese cacharro en medio de la puta habitación? Tronó, perdida toda inhibición.
       “Venga, Nando tranquilo, musitó para sí, una cosa es que tú no puedas dormir y otra que despiertes al vecindario entero. Dónde coño estará el puto interruptor de la luz. Venga hombre cálmate, joder. Es que se me llevan todos los demonios cuando pienso lo ricamente que podría estar durmiendo en mi celda, y aquí estoy, despierto como un búho, helado como un carámbano, a oscuras y sin otra cosa que hacer que derribar muebles, o lo que sea, a mi paso. Qué será lo que he tirado al suelo.”
       Su cuerpo dio un giro de trescientos sesenta grados en busca de alguna clase de artilugio capaz de dar luz a la estancia, pero sus ojos, todavía no del todo acostumbrados a la oscuridad, fueron incapaces de cumplir su cometido. Con un alzamiento de hombros y un suspiro, volvió sobre sus pasos, tomó en sus manos la diminuta lamparilla de noche con pantalla de fina seda rosada y la alzó sobre su cabeza hasta donde permitía el escaso cordón que la unía al enchufe. A unos cuatro metros de donde se hallaba, es decir, a mitad de el camino entre la cama y la librería, pudo entrever, extendido en el suelo cual esqueleto de animal prehistórico, un gran trípode de madera oscura.
       “¿Qué carajo hace ese caballete en medio de la habitación?”, pensó.
       Un poco más allá, hacia la parte de la librería, donde la mortecina luz apenas llegaba, creyó distinguir, descansando también sobre el piso, un cuadro, que, quizá, fuera tan solo un simple marco. Seguramente, lo que fuese había estado descansando sobre el caballete hasta unos segundos antes. Colocó una vez más la lamparilla sobre la mesa y a paso de minué, y cuidando de no provocar un nuevo estropicio, se acercó al lugar del accidente. Puesto en cuclillas, tanteó, a manera de los invidentes, la superficie hasta lograr asir el objeto rectangular, que al tacto presentaba una textura uniforme y suave, aunque ligeramente rugosa. Tras un momento de reflexión, se dio cuenta de que no se trataba de una tabla de madera, sino de un tablón de corcho, de esos que suelen utilizarse en escuelas, oficinas y otros lugares públicos para, clavados con chinchetas, anunciar prohibiciones, advertencias o concursos. Éste, sin embargo, por lo menos al tacto, parecía totalmente virgen, puesto que ningún objeto punzante parecía atravesar su seno. Asiéndolo con ambas manos, lo alzó con sumo cuidado. A continuación, muy lentamente, arrastrando los pies como un encadenado, se dirigió al semiiluminado lecho. Efectivamente, examinado al resplandor de la lamparilla, quedó confirmada su vacuidad.
       “¿Para  qué diablos querría mi padre un cacharro de estos. Bah, seguro que pensó, en algún momento, organizar su aburrida existencia. Ya se sabe. Si ante ti pones hojas de planning, notas de recordatorio, calendarios, máximas y anatemas parece que le trasladas la responsabilidad de tu existir a esta fofa materia y tu quedas limpio de toda culpa y pecado. Seguro que lo compró y después se arrepintió y lo dejó ahí arrinconado. O quizá el viejo no tuviera ninguna responsabilidad que traspasar. El viejo nunca era responsable de nada. Todo era culpa de las circunstancias o, mayormente, de los demás mortales.”
       Al tiempo que elucubraba estas inmisericordes consideraciones, apoyó el tablón en las largas patas de la mesilla de noche. Al punto quedó confirmado que, tuviera, o no, pecados y culpas que purgar, su padre no había respetado la virginidad de la tabla. Simplemente, el hijo había estado observando el envés de la misma y al apoyarla sobre las patas le había  dado la vuelta, mostrando su contenido.
       —Cojones! Un collage, qué coño es esto. —exclamó en voz tan alta que, olvidándose de donde estaba, temió despertar a sus vecinos.
       Tomando la lamparilla en su mano, fue recorriendo con ella toda la rugosa superficie.
       Cinco fotos, sin duda ampliadas burdamente por medio de un ordenador o fotocopiadora, podía observarse la inadecuada densidad de los puntos de luz o píxeles, se exhibían dentro de aquel rectángulo, formando una cruz griega, es decir, aquella que sus cuatro brazos son de igual longitud.
       En el brazo superior se hallaba la fotografía de una escultura grecolatina, representando un caballero de edad provecta, faz triste y barba poblada. “Si tiene barbas, lo más probable es que sea griego, los romanos casi siempre se hacían la foto rasurados.”
       A la derecha del dórico anciano, se exhibía el retrato de un oriental de rasgos duros y altivos y mirada desafiante. Anudada a su cabeza, portaba una de esas bandas de tela ilustradas con caracteres orientales que los nipones conocen con el nombre de hochimaki. Ceñida a su abombado pecho y breve cintura, exhibía una elegante y semiabierta guerrera de corte decimonónico.
       “A este tipo le conozco yo. Ya creo que lo conozco. Y al otro también. Los conozco a los dos, seguro. Pero, qué conexión hay entre ellos.” Pensó Fernando casi en voz alta. 
       En el lado izquierdo de la cruz se encontraba el retrato de medio cuerpo, seguramente extraído de un mosaico, de un patricio romano y su esposa.
       “Éste, enepei. Ni Cicerón, ni César, ni Augusto, ni Trajano. Cualquiera sabe.”
       —¡Hombre! Hemingway. Por fin conozco a alguien. Este no tiene perdida.
       Exclamó dichoso al ver la conocida imagen del escritor y premio Nóbel norteamericano, con su clásica gorra campera y su alba y copiosa barba. Tomada, seguramente, en el curso de un de las corridas de su admirado e íntimo amigo el torero Antonio Ordóñez, allá por mediados de los años cincuenta del pasado siglo.
       “Y éste no te quiero decir” pensó para sus adentros al contemplar la imagen central de la extraña composición. Ésta última, al contrario que las imágenes periféricas, estaba reproducida a todo color y tenía un tamaño considerablemente mayor que el resto.
       “¡Qué diantres pintará aquí el Sagrado Corazón de Jesús!”
       Se trataba, efectivamente, de una de ésas edulcoradas  y tradicionales estampas, elaboradas siguiendo los cánones del Vaticano durante el reinado de Pío IX, a su vez inspirados en los retratos y grabados del renacentista pintor y grabador germano Alberto Durero. Cabellos rubios, tez sonrosada, labios carnosos cubiertos de carmín, azulados ojos beatíficos, túnica purpúrea y en la mano, sosteniéndolo entre pulgar e índice como si lo estuviera mostrando a una pléyade de ricos burgueses en un salón de subastas de Christies o Sothebys, un corazón perfecto. Tan perfecto, que parecía salido de una baraja diseñada especialmente al efecto por Don Heraclio Fournier.
       “Tiene narices la cosa. Un semita, lo que sería en nuestros días un árabe del desierto, si es que todavía queda alguno, representado como si fuera el hijo de la madre de Bradd Pitt y el padre de Paul Newman. Lo que hay que ver. La verdad es que en todas partes cuecen habas. Sin ir más lejos, El Buda era, sin duda alguna, de origen indoeuropeo pero, a medida que su religión se fue extendiendo hacia el norte y este, sus facciones se hicieron más similares a las de Confucio y Lao Tse. Así se escribe la historia. Que más da. Después de todo, quizá tengan razón. Ni el Cristo, ni el Buda, ni Mahoma son personas. Puede que, también, lo hayan sido, pero eso es lo de menos. Son símbolos, arquetipos, ejemplos, fantasías, un poco de todo eso y alguna cosa más. Y, por tanto, maleables y ajustables a las circunstancias y exigencias del momento y la ocasión. En fin, a ver si, con algo de suerte, el Vaticano nos obsequia dentro de poco con un Cristo de tez negra, y los mullahs nos hablan de un Mahoma de ojos oblicuos. 
       “A ver, qué es esto”
       Escritas dentro de una elipse blanca con una especie de apéndice en uno de sus extremos que apuntaba hacia la boca del anciano heleno ubicado en la parte superior de la cruz, del modo en que en los comics se señalan las palabras que pronuncian los diversos personajes, se hallaban los siguientes caracteres griegos

vmerpus reqalp

        “omerpus rezalp”, leyó entre dientes. “A lo mejor no es griego clásico, sino moderno, en cuyo caso me doy por jodido, porque apenas conozco el lingo. Pero, no. Si lo habla éste tipo de la antigüedad… !SOCRATES! El cabroncete éste es Sócrates. Me cago en la leche, cómo no se me había ocurrido antes. Cualquiera podría verlo. Bueno, a las cinco de la mañana, medio a oscuras y medio dormido, uno tiene estos fallos. A ver, a ver, lo que dice tiene que tener algún sentido. ¿Omerpus, omerpus? Omestes es comedor de carne cruda y también sanguinario y cosas así,  pero omerpus, enepei. A ver la otra, rezalp. La terminación alp, alfa, landa, pi en griego clásico no creo que exista, o debe ser rarísima. Yo, desde luego, no la he oido en mi vida Lo más  próximo que se me ocurre es rezos que significa cara o rostro. ¿Rostro sanguinario? El pobre maestro de Platón tiene de todo menos de rostro sanguinario. Además, ahí no pone eso. Ahí pone omerus rezalp. Bueno, cada cosa a su tiempo. Primero vamos a ver los personajes que falta por identificar. De momento, ya tenemos tres  fichados, arriba Sócrates, el de la cicuta, el maestro de Platón. Abajo Hemingway, el de los toros y el de “Por quién doblan las campanas”, la versión cinematográfica interpretada por Gary Cooper e Ingrid Bergman. También autor del “Viejo y del Mar”. La del Viejo no está mal, hay que reconocerlo, el resto pst. Y tenemos, claro está, al Jesucristo superstar éste, vale. Al chulo éste de la bufanda en la frente, el hochimiki éste, lo conozco, seguro. Segurísimo. Es un actor japonés. ¿Actor o autor? No lo sé, no me acuerdo. ¿Y el patricio romano?  El patricio no me suena de nada, absolutamente de nada. Míralo, míralo bien. Tiene que tener alguna conexión con los otros cuatro, seguro. Acerca la luz a esa pareja de tórtolos. Míralos bien. Por cierto, por qué es la única foto de una  pareja. Todos los demás son hombres y están solos. ¿Tiene eso algún significado? Vete tú a saber.
      
A ver, a ver. Aquí, al pie de la foto, hay algo escrito. Un poco borroso. Bueno, bastante borroso. La primera palabra no se ve muy bien, la segunda parece más clara. Por…Port…¿Porta?
Es decir, puerta. No, no. Dice Portia, un nombre bastante común dentro de las matronas romanas. Y el nombre del tío. Las letras están como partidas a lo largo del eje horizontal, debe ser cosa de la fotocopiadora. La última parece una u. Si ponemos una u y encima de ella otra u vuelta del revés, obtenemos una o. Nos ha jodido, en latín, la mayoría de los patronímicos terminan  en o y los  gentilicios en us, como Marcus Tullius Cicero, etc. Bueno, al menos sé que esto es un patronímico. Pero Portia, o Porcia en castellano es un gentilicio. Por qué mezclar uno con otro... Bueno, en Roma, como en todas partes hasta hace poco, la mujer era un mero apéndice del marido. El Sr. D. lo que sea y Porcia, es como decir El Sr. Pellicer y Sra., por decir algo.”
       “Espera, espera. Ya sé quien es el individuo de la bufanda en la frente. Sí, sí que lo sé. Es autor y actor, novelista, cineasta y dramaturgo,. Más famoso que el harakiri. Eso es, el haakiri, el seppuku. Me…mi…me…Mishima, Yukio Mishima. Cabrón no te ibas a escapar. Que genio eres Nando, no tenías que morirte nunca. ¿Muerte, harakiri? Espera, espera. Ninguno de los cuatro murió en la cama. Mishima, claro esta, se hizo el seppuku. Zas, las tripas al aire y, luego, su amigo lo decapitó. Fue un verdadero escándalo. Lo hizo en público, en el ministerio de defensa o algo así, si no recuerdo mal. Dicen que por el cabreo que acogió porque no le dieron el premio Nóbel de literatura aquel año que, para más INRI, se lo dieron a otro japonés que se llamaba… Kawabata. Vaya memorión. Éste también se suicido, pero de una manera más casera, con el gas de la cocina o algo así. Claro, Hemingway también se suicidó. Eso sí, a la americana. Se descerrajó un tiro en la boca, se voló los sesos y se acabó. Dijeron que estaba loco. A lo mejor, estaba demasiado cuerdo.
       Creo recordar que en la España de aquella época, mil novecientos sesenta o sesenta y uno, se intentó ocultar lo del harakiri del americano por todos los medios de que disponía entonces la censura que no eran pocos. Naturaca. El máximo valedor del toreo, en los círculos intelectuales internacionales, va y se abre la cabeza. A ver cómo se explica eso. Si el tipo lo hizo porque estaba majara, los extranjeros antifranquistas y, por ende, detractores de la fiesta nacional, podían decir que, efectivamente, estaba loco y por eso defendía el sanguinario y abominable espectáculo de los toros. Por el contrario, si estaba en sus cabales, cómo explicar que tan ardiente defensor del arte de Cúchares y, por ende, adalid de la España franquista, tradicional, católica e imperial hubiera cometido tan horrendo pecado. ¿No sería, entonces, que todos los franquistas, tradicionalistas, católicos e imperiales eran, al menos en potencia, pecadores y suicidas? Terrible dilema.”
       “Así, que tenemos dos suicidas, Hemingway el americano y Mishima el japonés; y dos ajusticiados , Sócrates el griego por la cicuta y Jesús el hebreo en la cruz. Algo es algo. Lógicamente, el quinto as de la baraja tiene que tener algo en común con uno de esos dos grupos o, quizá, con los dos.  A lo mejor se cargó a la pobre Porcia y luego se pegó un tiro. Bueno, un tiro no. Como todo patricio, se abalanzaría sobre su espada, tal dicen los relatos clásicos.
       Vamos a ver, vamos a ver. Quién de entre los patricios romanos tenía una mujer llamada Porcia y terminó sus días con una espada entre pecho y espalda. Mira otra vez las letritas partidas esas. Quizá no puedas saber cuales son, pero, con un poco de suerte, podré saber cuantas son. Una, dos, tres, cuatro. Sí señor, cuatro letras. Esto comienza a parecerse a un crucigrama. Esposo de la patricia Porcia que acabó sus días por su propia mano. Cuatro letras y acabado en o. Repasemos la historia. ¿Quiénes fueron los suicidas más famosos de la Roma clásica? Tenemos a Bruto, el que se cargó a César; tenemos a Séneca, el que se abrió las venas en el baño porque  el emperador Nerón se llevó un enorme mosqueo con él. Cuatro letras, cuatro letras. ¡! Claro!! Tenemos a Catón, Cato en la lengua del Lacio. Catón de Útica. El republicano ejemplar. El último defensor del senado. El postrero adversario de Julio César, que se dio muerte con su espada antes que rendirse al dictador. Ejemplo para `posteridad del probo, recto y leal político republicano.”
       El aire vibró con las agudas campanadas de la media. Fernando consultó su reloj.
       “Las seis y media. Mi tío no debe levantarse, por lo menos, hasta las ocho, u ocho y media. Todavía me queda tiempo para resolver este maldito embrollo. Ajusticiados, dos; suicidas, tres. Más un misteriosos texto fuera del tiempo reglamentario. Ése parece ser el resultado hasta la fecha. La cuestión, obviamente, es qué carajo quiere decir todo esto. Y, sobre todo, para qué leches mi viejo montó todo este show. Porque de los que no parece haber duda es que esto es cosa de mi padre. No es probable, ni de lejos, que mi tío, ni la criada esa que dice que tiene, sean  capaces de ir escribiendo misteriosas frases en griego. O que sepan quien es Mishima o Catón de Útica, famosos suicidas. ¿Suicidas? Un momento”
        Como si un nuevo  rayo divino hubiera golpeado la faz de un  nuevo Saulo, la cara le cambió de repente. El ceño se arrugó, los ojos se juntaron, las pupilas le brillaron como carbunclos, la nariz se le hizo más aguileña, los labios más tensos y el mentón más pronunciado. Sentado en la cama, las piernas cruzadas, la mano derecha soportando la barbilla cual nuevo Pensador de Rodin a las puertas del Infierno, Fernando Pellicer Osborne, lingüista, músico, matemático, parapsicólogo, viajero, homicida, interno penitenciario y, últimamente , huérfano de padre y madre, permaneció en dicha postura durante un tiempo indefinido al cabo del cual, se levantó muy lentamente y obtuvo de uno de los bolsillos laterales de la mochila un pequeño espejo de esos que los viajeros utilizan para afeitarse. Lo colocó delante del tablón de corcho en un ángulo agudo, miro en él y suspiro. Volvió a guardar el espejo y tornó a sentarse en la misma postura. Los ojos se le humedecieron y no pudo evitar que un poco de agua salobre le resbalara por las mejillas. Limpiose con un gesto brusco, al tiempo que decía dirigiéndose al collage del tablón:
       ¡"Joder", por qué me haces esto!. ¿Es para que me sienta más culpable todavía? Pues lo has conseguido.
       Luego, sin descalzarse siquiera, se acurrucó entre las mantas y se quedó dormido. En ese preciso instante la campana grave comenzó a entonar las ocho.

CAPÍTULO IV

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