Sus recuerdos eran los de un estudio interminable y lleno de luz, repleto de
cuadros acomodados sobre caballetes o amontonados en rincones. Su tía,
regordeta, pelirroja y vivaracha, presidía sobre todo aquel maremagnun
cubierta con un gran guardapolvo que en tiempos había sido gris y ahora
relucía con todos los colores, tintas y óleos que los mundos mineral,
vegetal y animal podían proporcionar, sentada sobre un altísimo taburete de
patas metálicas con el ceño fruncido, los labios tensos, escrutando la obra
en curso como si la fuese a diseccionar. Siempre había sentido una especial
atracción por aquel lugar, Mejor dicho, por lo que se creaba en él. La
matemáticas, la música, las lenguas, la parapsicología era algo consustancial
con su persona y su cerebro. Algo que, en realidad, no le proporcionaba
ningún placer puesto que no le suponía ningún esfuerzo. El dibujo y la
pintura, por el contrario, tenían algo de mágico. La capacidad de crear
movimiento, ilusión o asombro con solo aplicar un carboncillo sobre un papel,
se le antojaba de pequeño, y aun ahora, como el mayor de los milagros y el
más insondable de los misterios. Ni que decir tiene que en sus dedos un lápiz
tan solo servía para dibujar, y con inferior caligrafía, los diversos
alfabetos de las diferentes lenguas que conocía.
Apartó de sí aquellos pensamientos. Con las
manos llenas de frazadas, almohadas y sabanas, escudriño la vasta estancia,
ahora iluminada tan solo por el incierto resplandor de una luna menguante
infiltrada a través de unas claraboyas con más polvo que cristal. Una vez sus
pupilas se hubieron acostumbrado a la penumbra, divisó al fondo de la sala
una gran cama cuyos hierros dorados intercambiaban guiños con el techo de
cristal. Al lado del vasto lecho creyó distinguir una vieja mesilla de noche
de patas de avestruz sobre la cual, a modo de penacho, se asentaba una
diminuta lamparilla de tintes rosáceos. Sorteando, o golpeando, obstáculos
que al incierto resplandor del satélite dejaban adivinar su condición de
sillas, arcones, mesas, sillones y caballetes llegó hasta el lecho. En el
desnudo colchón, blanco como un sudario y terso como una lápida, creyó ver el
fantasma de su padre con el rostro desfigurado por el terrible aterrizaje.
“No son horas de chorradas, Nando”, se dijo, al tiempo que estiraba el
cuello y dejaba caer la ropa de cama sobre la supuesta lápida. Tan pronto
como sus brazos se vieron libres de la molesta, aunque liviana, carga, brotó
desde su estómago un sopor que en su descenso comenzó a paralizarle las
piernas y en su ascenso los brazos. Durante unos segundos contemplo con
entornados ojos el lecho-lápida que emitía un magnetismo que le atraía
irremisiblemente. Tumbarse, sin dilación ni tardanza alguna, sobre el amplío
sudario y dormir con el sueño profundo de la eternidad, era lo que su
cabeza, miembros y vísceras le exigía con un sordo gruñido. A punto estuvo de
claudicar. Pero, a pesar de que su expediente judicial y penitenciario
apuntaban hacia otras tesis, generalmente, la voluntad de Fernando primaba
sobre sus pasiones o sus instintos. De un manotazo, dejó caer mantas y demás
útiles de cama sobre el alfombrado suelo y, con la precisión y economía de
movimientos que solo un interno de centro penitenciario o un soldado
profesional es capaz, fue ordenando cada pieza de tela y lana en su lugar y
modo correspondiente. Extrajo de una mochila que llevaba medio colgada de su
espalda un pijama de seda de pantalón corto, desvistiose; y vistiose con el
mismo, introdujo su cuerpo entre las sábanas, adoptó la consabida postura
fetal y, al instante, quedó dormido.
La espaciosa avenida, flanqueada por grandes y suntuosos edificios, y poblada
de sibilantes vehículos y silenciosos peatones, crecía en verticalidad a cada
paso de su carrera. Aunque el paisaje urbano le era familiar, no podía
precisar con certeza donde se hallaba. Igual podía ser el paseo de Gracia
barcelonés, escalando un Tibidabo más alto que el Canigó, como un Champs
Elysees empinándose hacia un Montmartre del tamaño de un Cervino. Sus oídos,
por encima del chirriar de las ruedas de caucho sintético y del discordante
aullido de los claxons, percibían dos sonidos acompasados, regulares y
constantes que le tenían intrigado sobremanera. Por fin, en uno de los
parabrisas que, en riada, pasaba a tan solo escasos centímetros de su
cuerpo, observó los ojos desorbitados de un corredor desnudo que con sus
talones golpeaba el asfalto con movimientos de polichinela al tiempo que
jadeaba como un galgo en el último sprint de la carrera.” Habrá que llegar a
la meta doquiera que esté”, se dijo. Pero, desnudo no. Antes habría que
encontrar una boutique donde cubrirse. Por allí debía de vivir Carlitos Jung,
aquel psicólogo suizo amigo de su madre que pintaba aquellos cuadros tan
estupendos al tiempo que ponía a parir a su antiguo amigo Freud. ¿Dónde
viviría? Quizá más arriba. ¿Y si era más abajo? Una vez llegado a la meta,
¿cómo pararía? Quizá la pendiente fuera tan abrupta que, la mera fuerza de la
gravedad de Newton, le pondría boca a bajo y le haría caer rodando hasta
donde había comenzado aquella loca carrera. Aquella idea le divirtió, cuando
fuera a casa de Jung le preguntaría por su significado. Por cierto, dónde
estaba el punto de salida, desde cuándo y desde dónde llevaba corriendo como
un caballo desbocado. Seguramente, Jung tendría respuesta para eso. Lo
verdaderamente difícil era saber donde estaba la llegada, la meta.
Percibió un cambio de ritmo en sus piernas. Por vez primera, miró
hacia el suelo. El negro asfalto había comenzado a mutar de color y textura.
Cada vez era más rojo y más líquido, cada vez más parecido a su propia
sangre. Cada vez jadeaba más y más y sus pasos eran más inciertos. Exhausto,
se detuvo en seco y levantó los ojos hacia el horizonte. Allende, muy a lo
lejos, hacia el infinito, la amplia avenida se convertía en una glorieta de
proporciones descomunales. Como si la madrileña Plaza de Castilla se
extendiese desde la Sierra del Guadarrama hasta el Tajo. Un círculo blanco,
rodeado de un anillo rojo ocupaba toda su superficie. Del mismo centro de la
plaza, no sabía bien si en forma de volcán o de surtidor, comenzó a surgir
una sustancia negra y viscosa, a medio camino entre aguas fecales y alquitrán
que, al desparramarse por el impoluto disco albo, formó la siguiente frase:
PROHIBIDO NADAR CONTRA CORRIENTE. “¿Nadar, quién está nadando
aquí? Aunque como éste maldito… —no, no debo jurar, eso es perder el control—
suelo siga cediendo y se convierta en arenas movedizas, el nado va a ser la
única forma de salir adelante. Me niego. No nadaré.” Extendió piernas y
brazos, formando un aspa a la manera del famoso dibujo de Leonardo da Vinci,
y esperó. Al punto, un parabrisas gigantesco, sideral, negro, reluciente y
metálico, con la señal de dirección prohibida reflejada en su centro, se
abalanzó sobre él.
Sudaba, tenía ganas de ir al lavabo y la erección semejaba una prótesis
dolorosa. “M… sea,” pensó, y ahora, qué hago. La necesidad, madre de todas
las artes nobles e innobles, hizo que, a pesar de la somnolencia, una
bombilla se encendiese en su cerebro. A tientas, logró localizar el
interruptor de la lamparilla. Una vez encendida, observó que la mesilla, en
su parte inferior, poseía uno de esos compartimentos para alojar uno de
aquellos arcaicos recipientes de porcelana, o hierro, llamados orinales, hoy
casi en desuso pero utilísimos en aquellos tiempos que la humanidad carecía
de luz eléctrica, inodoros y agua corriente. Abrió la portezuela y ¡eureka!
el blanco, límpido y reluciente orinal quedó expuesto. A trancas y barrancas,
se desembarazó de frazadas y sabanas, sentose al borde del lecho-lápida y,
con algún esfuerzo adicional por el tamaño que había adquirido su erección,
miccionó. Volvió a introducir el recipiente en su receptáculo y se introdujo
de nuevo en el lecho. Iba a extinguir la luz, cuando se preguntó qué hora
sería. Miró su reloj de caja de latón con cadena del mismo metal, la
exhibición de riqueza no es saludable ni de buen gusto en los centros
penitenciarios, y con un contenido suspiro advirtió que todavía faltaban unos
poco minutos para las cuatro de la madrugada.
Efectivamente, al poco la campana aguda de
la torre del reloj desgranó los cuartos y, a continuación, la grave estalló
cuatro veces consecutivas.
¿Qué sueño había tenido? Ah, sí, el de la dirección prohibida. Algunas
veces, últimamente las más, tenía suerte, y el sueño, o pesadilla según se
mire, finalizaba justo cuando el funcionario abría la puerta de la celda al
filo de las ocho de la mañana. Otras no, otras todavía faltaban muchas horas
para que la cárcel volviera a la vida y, durante algunos minutos tenía que
escuchar el silencio de gritos de angustia lejanos, mezclados con los
ronquidos y flatulencias de sus vecinos de celda. Pero, casi siempre lograba
conciliar de nuevo el sueño. Esa era la principal ventaja de estar en el
trullo, uno podía dormir a pierna suelta. Sueños tenía, los mismos que antes.
Este de aquella misma noche, el del tráfico como lo llamaba él, era muy
recurrente, como también lo era el del perro lastimero y el brazo de hielo.
Al ir a golpear un chucho canijo y sarnoso que le imploraba con la mirada, su
brazo se tornaba hielo y estallaba en mil pedazos. Aunque menos populares,
también estaban el del pozo sin fondo, el del barco y la tempestad y algunos
otros. Lo importante era que antes ninguno de ellos le permitía volver a
conciliar el sueño y ahora, desde que ingresó, dormía a pierna suelta. Había
sido un acierto ingresar en prisión. Definitivamente.
La campana aguda indicó las cinco menos
cuarto. No, hoy no iba a tener suerte. Claro que hoy no era un día
cualquiera. Primero, no estaba en la cárcel y no gozaba, por tanto, de su
benéfico influjo. Segundo, no todos los días se muere tu padre y vas a su
entierro después de casi tres años de no ver la calle. Paciencia.
Sonaron las cinco y, quizá cinco minutos después, las cinco y cuarto.
Comenzó a sentirse incómodo en aquel lecho sobrevenido en lápida y sudario.
—¡Joder!
—dijo en voz alta— tan pronto dejas el trullo vuelves a las
andadas. Deja de decir tacos, ¡Hostia!
De una coz se desembarazó de los ropajes
que le cubrían, retorno a utilizar el lecho como asiento y encendió la luz.
No sentía realmente frío, pero tampoco era cuestión de permanecer descalzo
con un pijama de mangas y pantalón cortos por todo abrigo. Localizó la
mochila, extrajo un chándal, calcetines y zapatos de deporte, y se vistió.
—¿Y ahora qué?
—se preguntó
En la pared opuesta entrevió una estantería
repleta de volúmenes. Se dirigió hacia ella. ”Dios sabe que mierda leería el
viejo, pensó, lo de siempre, política, historia, economía, geografía, toda
esa mierda. Si, al menos hubiera algo de un país que valiera la pena, yo que
sé, Bután, Laos, Paraguay, Panamá, Sierra Leona, Botswana, algo así. Pero, ya
se sabe, para el jodido viejo solo contaban los países ricos, grandes y
poderosos, o, al menos, grandes y poderosos y, en último caso, grandes”. A
mitad de camino su hombro izquierdo derribó una estructura que golpeó el piso
con un estrépito considerable. Allí, al parecer, no había, como antaño,
alfombra alguna que amortiguara el golpe.
—¡Joder! Me cago en Dios y en todos los santos. ¿Quién coño habrá
puesto ese cacharro en medio de la puta habitación?
—Tronó, perdida toda inhibición.
“Venga, Nando tranquilo, musitó para sí, una cosa es que tú no puedas
dormir y otra que despiertes al vecindario entero. Dónde coño estará el puto
interruptor de la luz. Venga hombre cálmate, joder. Es que se me llevan todos
los demonios cuando pienso lo ricamente que podría estar durmiendo en mi
celda, y aquí estoy, despierto como un búho, helado como un carámbano, a
oscuras y sin otra cosa que hacer que derribar muebles, o lo que sea, a mi
paso. Qué será lo que he tirado al suelo.”
Su cuerpo dio un giro de trescientos
sesenta grados en busca de alguna clase de artilugio capaz de dar luz a la
estancia, pero sus ojos, todavía no del todo acostumbrados a la oscuridad,
fueron incapaces de cumplir su cometido. Con un alzamiento de hombros y un
suspiro, volvió sobre sus pasos, tomó en sus manos la diminuta lamparilla de
noche con pantalla de fina seda rosada y la alzó sobre su cabeza hasta donde
permitía el escaso cordón que la unía al enchufe. A unos cuatro metros de
donde se hallaba, es decir, a mitad de el camino entre la cama y la librería,
pudo entrever, extendido en el suelo cual esqueleto de animal prehistórico,
un gran trípode de madera oscura.
“¿Qué carajo hace ese caballete en medio de
la habitación?”, pensó.
Un poco más allá, hacia la parte de la librería, donde la mortecina
luz apenas llegaba, creyó distinguir, descansando también sobre el piso, un
cuadro, que, quizá, fuera tan solo un simple marco. Seguramente, lo que fuese
había estado descansando sobre el caballete hasta unos segundos antes. Colocó
una vez más la lamparilla sobre la mesa y a paso de minué, y cuidando de no
provocar un nuevo estropicio, se acercó al lugar del accidente. Puesto en
cuclillas, tanteó, a manera de los invidentes, la superficie hasta lograr
asir el objeto rectangular, que al tacto presentaba una textura uniforme y
suave, aunque ligeramente rugosa. Tras un momento de reflexión, se dio cuenta
de que no se trataba de una tabla de madera, sino de un tablón de corcho, de
esos que suelen utilizarse en escuelas, oficinas y otros lugares públicos
para, clavados con chinchetas, anunciar prohibiciones, advertencias o
concursos. Éste, sin embargo, por lo menos al tacto, parecía totalmente
virgen, puesto que ningún objeto punzante parecía atravesar su seno.
Asiéndolo con ambas manos, lo alzó con sumo cuidado. A continuación, muy
lentamente, arrastrando los pies como un encadenado, se dirigió al
semiiluminado lecho. Efectivamente, examinado al resplandor de la lamparilla,
quedó confirmada su vacuidad.
“¿Para qué diablos querría mi padre un
cacharro de estos. Bah, seguro que pensó, en algún momento, organizar su
aburrida existencia. Ya se sabe. Si ante ti pones hojas de planning, notas de
recordatorio, calendarios, máximas y anatemas parece que le trasladas la
responsabilidad de tu existir a esta fofa materia y tu quedas limpio de toda
culpa y pecado. Seguro que lo compró y después se arrepintió y lo dejó ahí
arrinconado. O quizá el viejo no tuviera ninguna responsabilidad que
traspasar. El viejo nunca era responsable de nada. Todo era culpa de las
circunstancias o, mayormente, de los demás mortales.”
Al tiempo que elucubraba estas inmisericordes consideraciones, apoyó
el tablón en las largas patas de la mesilla de noche. Al punto quedó
confirmado que, tuviera, o no, pecados y culpas que purgar, su padre no había
respetado la virginidad de la tabla. Simplemente, el hijo había estado
observando el envés de la misma y al apoyarla sobre las patas le había dado
la vuelta, mostrando su contenido.
—Cojones! Un collage, qué coño es esto. —exclamó
en voz tan alta que, olvidándose de donde estaba, temió despertar a sus
vecinos.
Tomando la lamparilla en su mano, fue
recorriendo con ella toda la rugosa superficie.
Cinco fotos, sin duda ampliadas burdamente
por medio de un ordenador o fotocopiadora, podía observarse la inadecuada
densidad de los puntos de luz o píxeles, se exhibían dentro de aquel
rectángulo, formando una cruz griega, es decir, aquella que sus cuatro brazos
son de igual longitud.
En el brazo superior se hallaba la
fotografía de una escultura grecolatina, representando un caballero de edad
provecta, faz triste y barba poblada. “Si tiene barbas, lo más probable es
que sea griego, los romanos casi siempre se hacían la foto rasurados.”
A la derecha del dórico anciano, se exhibía
el retrato de un oriental de rasgos duros y altivos y mirada desafiante.
Anudada a su cabeza, portaba una de esas bandas de tela ilustradas con
caracteres orientales que los nipones conocen con el nombre de hochimaki.
Ceñida a su abombado pecho y breve cintura, exhibía una elegante y
semiabierta guerrera de corte decimonónico.
“A este tipo le conozco yo. Ya creo que lo
conozco. Y al otro también. Los conozco a los dos, seguro. Pero, qué conexión
hay entre ellos.” Pensó Fernando casi en voz alta.
En el lado izquierdo de la cruz se encontraba el retrato de medio
cuerpo, seguramente extraído de un mosaico, de un patricio romano y su
esposa.
“Éste, enepei. Ni Cicerón, ni César, ni
Augusto, ni Trajano. Cualquiera sabe.”
—¡Hombre! Hemingway. Por fin conozco a
alguien. Este no tiene perdida.
Exclamó dichoso al ver la conocida imagen
del escritor y premio Nóbel norteamericano, con su clásica gorra campera y su
alba y copiosa barba. Tomada, seguramente, en el curso de un de las corridas
de su admirado e íntimo amigo el torero Antonio Ordóñez, allá por mediados de
los años cincuenta del pasado siglo.
“Y éste no te quiero decir” pensó para sus
adentros al contemplar la imagen central de la extraña composición. Ésta
última, al contrario que las imágenes periféricas, estaba reproducida a todo
color y tenía un tamaño considerablemente mayor que el resto.
“¡Qué diantres pintará aquí el Sagrado
Corazón de Jesús!”
Se trataba, efectivamente, de una de ésas
edulcoradas y tradicionales estampas, elaboradas siguiendo los cánones del
Vaticano durante el reinado de Pío IX, a su vez inspirados en los retratos y
grabados del renacentista pintor y grabador germano Alberto Durero. Cabellos
rubios, tez sonrosada, labios carnosos cubiertos de carmín, azulados ojos
beatíficos, túnica purpúrea y en la mano, sosteniéndolo entre pulgar e índice
como si lo estuviera mostrando a una pléyade de ricos burgueses en un salón
de subastas de Christies o Sothebys, un corazón perfecto. Tan perfecto, que
parecía salido de una baraja diseñada especialmente al efecto por Don
Heraclio Fournier.
“Tiene narices la cosa. Un semita, lo que sería en nuestros días un
árabe del desierto, si es que todavía queda alguno, representado como si
fuera el hijo de la madre de Bradd Pitt y el padre de Paul Newman. Lo que hay
que ver. La verdad es que en todas partes cuecen habas. Sin ir más lejos, El
Buda era, sin duda alguna, de origen indoeuropeo pero, a medida que su
religión se fue extendiendo hacia el norte y este, sus facciones se hicieron
más similares a las de Confucio y Lao Tse. Así se escribe la historia. Que
más da. Después de todo, quizá tengan razón. Ni el Cristo, ni el Buda, ni
Mahoma son personas. Puede que, también, lo hayan sido, pero eso es lo de
menos. Son símbolos, arquetipos, ejemplos, fantasías, un poco de todo eso y
alguna cosa más. Y, por tanto, maleables y ajustables a las circunstancias y
exigencias del momento y la ocasión. En fin, a ver si, con algo de suerte, el
Vaticano nos obsequia dentro de poco con un Cristo de tez negra, y los
mullahs nos hablan de un Mahoma de ojos oblicuos.
“A ver, qué es esto”
Escritas dentro de una elipse blanca con
una especie de apéndice en uno de sus extremos que apuntaba hacia la boca del
anciano heleno ubicado en la parte superior de la cruz, del modo en que en
los comics se señalan las palabras que pronuncian los diversos personajes, se
hallaban los siguientes caracteres griegos
vmerpus
reqalp
“omerpus rezalp”, leyó entre dientes. “A lo mejor no es griego
clásico, sino moderno, en cuyo caso me doy por jodido, porque apenas conozco
el lingo. Pero, no. Si lo habla éste tipo de la antigüedad… !SOCRATES! El
cabroncete éste es Sócrates. Me cago en la leche, cómo no se me había
ocurrido antes. Cualquiera podría verlo. Bueno, a las cinco de la mañana,
medio a oscuras y medio dormido, uno tiene estos fallos. A ver, a ver, lo que
dice tiene que tener algún sentido. ¿Omerpus, omerpus? Omestes es comedor de
carne cruda y también sanguinario y cosas así, pero omerpus, enepei. A ver
la otra, rezalp. La terminación alp, alfa, landa, pi en griego clásico no
creo que exista, o debe ser rarísima. Yo, desde luego, no la he oido en mi
vida Lo más próximo que se me ocurre es rezos que significa cara o rostro.
¿Rostro sanguinario? El pobre maestro de Platón tiene de todo menos de rostro
sanguinario. Además, ahí no pone eso. Ahí pone omerus rezalp. Bueno, cada
cosa a su tiempo. Primero vamos a ver los personajes que falta por
identificar. De momento, ya tenemos tres fichados, arriba Sócrates, el de la
cicuta, el maestro de Platón. Abajo Hemingway, el de los toros y el de “Por
quién doblan las campanas”, la versión cinematográfica interpretada por Gary
Cooper e Ingrid Bergman. También autor del “Viejo y del Mar”. La del Viejo no
está mal, hay que reconocerlo, el resto pst. Y tenemos, claro está, al
Jesucristo superstar éste, vale. Al chulo éste de la bufanda en la frente, el
hochimiki éste, lo conozco, seguro. Segurísimo. Es un actor japonés.
¿Actor o autor? No lo sé, no me acuerdo. ¿Y el patricio romano? El patricio
no me suena de nada, absolutamente de nada. Míralo, míralo bien. Tiene que
tener alguna conexión con los otros cuatro, seguro. Acerca la luz a esa
pareja de tórtolos. Míralos bien. Por cierto, por qué es la única foto de
una pareja. Todos los demás son hombres y están solos. ¿Tiene eso algún
significado? Vete tú a saber.
A ver, a ver. Aquí, al pie de la foto, hay algo escrito. Un poco
borroso. Bueno, bastante borroso. La primera palabra no se ve muy bien, la
segunda parece más clara. Por…Port…¿Porta?
Es decir, puerta. No, no. Dice Portia, un nombre bastante común dentro de las
matronas romanas. Y el nombre del tío. Las letras están como partidas a lo
largo del eje horizontal, debe ser cosa de la fotocopiadora. La última parece
una u. Si ponemos una u y encima de ella otra u vuelta del revés, obtenemos
una o. Nos ha jodido, en latín, la mayoría de los patronímicos terminan en o
y los gentilicios en us, como Marcus Tullius Cicero, etc. Bueno, al menos sé
que esto es un patronímico. Pero Portia, o Porcia en castellano es un
gentilicio. Por qué mezclar uno con otro... Bueno, en Roma, como en todas
partes hasta hace poco, la mujer era un mero apéndice del marido. El Sr. D.
lo que sea y Porcia, es como decir El Sr. Pellicer y Sra., por decir algo.”
“Espera, espera. Ya sé quien es el
individuo de la bufanda en la frente. Sí, sí que lo sé. Es autor y actor,
novelista, cineasta y dramaturgo,. Más famoso que el harakiri. Eso es, el
haakiri, el seppuku. Me…mi…me…Mishima, Yukio Mishima. Cabrón no te ibas a
escapar. Que genio eres Nando, no tenías que morirte nunca. ¿Muerte,
harakiri? Espera, espera. Ninguno de los cuatro murió en la cama. Mishima,
claro esta, se hizo el seppuku. Zas, las tripas al aire y, luego, su amigo lo
decapitó. Fue un verdadero escándalo. Lo hizo en público, en el ministerio de
defensa o algo así, si no recuerdo mal. Dicen que por el cabreo que acogió
porque no le dieron el premio Nóbel de literatura aquel año que, para más
INRI, se lo dieron a otro japonés que se llamaba… Kawabata. Vaya memorión.
Éste también se suicido, pero de una manera más casera, con el gas de la
cocina o algo así. Claro, Hemingway también se suicidó. Eso sí, a la
americana. Se descerrajó un tiro en la boca, se voló los sesos y se acabó.
Dijeron que estaba loco. A lo mejor, estaba demasiado cuerdo.
Creo recordar que en la España de aquella época, mil novecientos
sesenta o sesenta y uno, se intentó ocultar lo del harakiri del americano por
todos los medios de que disponía entonces la censura que no eran pocos.
Naturaca. El máximo valedor del toreo, en los círculos intelectuales
internacionales, va y se abre la cabeza. A ver cómo se explica eso. Si el
tipo lo hizo porque estaba majara, los extranjeros antifranquistas y, por
ende, detractores de la fiesta nacional, podían decir que, efectivamente,
estaba loco y por eso defendía el sanguinario y abominable espectáculo de los
toros. Por el contrario, si estaba en sus cabales, cómo explicar que tan
ardiente defensor del arte de Cúchares y, por ende, adalid de la España
franquista, tradicional, católica e imperial hubiera cometido tan horrendo
pecado. ¿No sería, entonces, que todos los franquistas, tradicionalistas,
católicos e imperiales eran, al menos en potencia, pecadores y suicidas?
Terrible dilema.”
“Así, que tenemos dos suicidas, Hemingway
el americano y Mishima el japonés; y dos ajusticiados , Sócrates el griego
por la cicuta y Jesús el hebreo en la cruz. Algo es algo. Lógicamente, el
quinto as de la baraja tiene que tener algo en común con uno de esos dos
grupos o, quizá, con los dos. A lo mejor se cargó a la pobre Porcia y luego
se pegó un tiro. Bueno, un tiro no. Como todo patricio, se abalanzaría sobre
su espada, tal dicen los relatos clásicos.
Vamos a ver, vamos a ver. Quién de entre los patricios romanos tenía
una mujer llamada Porcia y terminó sus días con una espada entre pecho y
espalda. Mira otra vez las letritas partidas esas. Quizá no puedas saber
cuales son, pero, con un poco de suerte, podré saber cuantas son. Una, dos,
tres, cuatro. Sí señor, cuatro letras. Esto comienza a parecerse a un
crucigrama. Esposo de la patricia Porcia que acabó sus días por su propia
mano. Cuatro letras y acabado en o. Repasemos la historia. ¿Quiénes fueron
los suicidas más famosos de la Roma clásica? Tenemos a Bruto, el que se cargó
a César; tenemos a Séneca, el que se abrió las venas en el baño porque el
emperador Nerón se llevó un enorme mosqueo con él. Cuatro letras, cuatro
letras. ¡! Claro!! Tenemos a Catón, Cato en la lengua del Lacio. Catón de
Útica. El republicano ejemplar. El último defensor del senado. El postrero
adversario de Julio César, que se dio muerte con su espada antes que rendirse
al dictador. Ejemplo para `posteridad del probo, recto y leal político
republicano.”
El aire vibró con las agudas campanadas de
la media. Fernando consultó su reloj.
“Las seis y media. Mi tío no debe
levantarse, por lo menos, hasta las ocho, u ocho y media. Todavía me queda
tiempo para resolver este maldito embrollo. Ajusticiados, dos; suicidas,
tres. Más un misteriosos texto fuera del tiempo reglamentario. Ése parece ser
el resultado hasta la fecha. La cuestión, obviamente, es qué carajo quiere
decir todo esto. Y, sobre todo, para qué leches mi viejo montó todo este
show. Porque de los que no parece haber duda es que esto es cosa de mi padre.
No es probable, ni de lejos, que mi tío, ni la criada esa que dice que tiene,
sean capaces de ir escribiendo misteriosas frases en griego. O que sepan
quien es Mishima o Catón de Útica, famosos suicidas. ¿Suicidas? Un momento”
Como si un nuevo rayo divino hubiera golpeado la faz de un nuevo
Saulo, la cara le cambió de repente. El ceño se arrugó, los ojos se juntaron,
las pupilas le brillaron como carbunclos, la nariz se le hizo más aguileña,
los labios más tensos y el mentón más pronunciado. Sentado en la cama, las
piernas cruzadas, la mano derecha soportando la barbilla cual nuevo Pensador
de Rodin a las puertas del Infierno, Fernando Pellicer Osborne, lingüista,
músico, matemático, parapsicólogo, viajero, homicida, interno penitenciario
y, últimamente , huérfano de padre y madre, permaneció en dicha postura
durante un tiempo indefinido al cabo del cual, se levantó muy lentamente y
obtuvo de uno de los bolsillos laterales de la mochila un pequeño espejo de
esos que los viajeros utilizan para afeitarse. Lo colocó delante del tablón
de corcho en un ángulo agudo, miro en él y suspiro. Volvió a guardar el
espejo y tornó a sentarse en la misma postura. Los ojos se le humedecieron y
no pudo evitar que un poco de agua salobre le resbalara por las mejillas.
Limpiose con un gesto brusco, al tiempo que decía dirigiéndose al collage del
tablón:
¡"Joder", por qué me haces esto!. ¿Es para
que me sienta más culpable todavía? Pues lo has conseguido.
Luego, sin descalzarse siquiera, se
acurrucó entre las mantas y se quedó dormido. En ese preciso instante la
campana grave comenzó a entonar las ocho.
CAPÍTULO IV