Descendieron del vehículo. El alfanje
de la luna clareaba los basamentos de mármol rojo y resbalaba sobre los
azulejos verdiazules de la torreta que, guardián y vigía, se alzaba en la
esquina sobre el segundo piso de la casa solariega. Miró al firmamento y
aspiró su aroma. Pequeñas ranuras de sentimiento, de entendimiento más bien,
iban abriéndose de entre los cerrojos abotargados de su cerebro, incapaz de
digerir la avalancha de sucesos, que no de emociones. Las emociones vienen
después, una vez se tiene la ocasión de alejarse mentalmente de los
acontecimientos y se pueden rumiar los hechos en la tranquilidad de la
distancia, psíquica más que geográfica. No que él fuera una persona
emocional. Le costaba horrores sentir algo por alguien. Las amistades
masculinas le aburrían. Aquella camaradería de secretos y frustraciones de
alcoba compartidos, aquel confesarse debilidades disfrazadas de heroicidades,
la droga del alcohol elevada a la comunión de la sangre, la fuerza física
convertida en fantasía deseable y meta irrealizable. En cuanto a los placeres
intelectuales, no creía en ellos. Se negaba a admitir que pudiera alterarse
el comportamiento o el conocimiento de cualquier ser humano en general, y el
suyo en particular, mediante el intercambio verbal de silogismos,
proposiciones, teoremas o chascarrillos. No había más que mirar alrededor.
Los grandes hitos de la ciencia y del saber habían sido producto de la
intuición, solitaria y autónoma. Newton “inventó” la ley de la gravedad al
ver desprenderse una manzana de su rama, y no mediante interminables
discusiones con amigos y colegas. Einstein “intuyó” la ley de la relatividad
en la soledad de un lago suizo. Galileo “descubrió” el movimiento uniforme de
los astros al observar la entrada de un galeón en el puerto. Los mismos
pitagóricos, los padres de las matemáticas antiguas y, por ende, los más
directos antepasados de la ciencia moderna, tenían de la aritmética y la
geometría un concepto mucho más afín a lo místico y religioso que a lo lógico
y estructural. Creía firmemente, dentro de la premisa de que no creía en nada
y menos firmemente, que la observación de la naturaleza era mucho más
delectable y provechosa que cualquier intercambio con los hombres. Opinión
escasamente original pero muy arraigada en su espíritu
Lo de las féminas era
harina de otro costal... A los treinta y siete años permanecía soltero y
nunca había compartido su existencia con una mujer. Claro que su estilo de
vida no era el más apropiado para mantener una relación estable, siempre de
un lado para otro con sus instrumentos de grabación a cuestas. Pero, eso no
era ni siquiera una buena excusa, marinos, geólogos y camioneros también
andan siempre de un lado para otro y, mal que bien, muchos logran formar una
familia. Lo de sus padres, su relación tormentosa, su divorcio etc. etc., no
llegaba ni siquiera a la categoría de excusa compasiva. Miles, millones de
seres humanos proceden de parejas divorciadas y casi todos parecen repetir la
amarga experiencia de sus progenitores. Y no es que no le gustara el sexo.
Los ritos del amor eran uno de sus pasatiempos favoritos y, modestia aparte,
estaba bien dotado y no carecía de la técnica y el conocimiento adecuados.
Además, gustaba de la relación oral, en el buen sentido de la palabra, con el
sexo opuesto. Las mujeres no tenían esas pretensiones de lógica y sentido
común que parece ser la meta y anhelo de todo macho que presuma más de
cerebro que de músculos. Era un verdadero deleite sumergirse en los recovecos
del modo de razonar femenino, mucho más próximos a los cánones y reglas de la
naturaleza. El problema residía en que nunca podía disfrutar de aquellos dos
placeres, el amatorio y el verbal, con la misma persona. En su experiencia
aquellas que poseían el don supremo de la sensibilidad armoniosa y la
comunión con el cosmos, estaban próximas, o habían traspasado ya, el umbral
de la ovulación. Como si el ignoto orden de las cosas decretará que la
verdadera feminidad comenzara una vez hubiera terminado el ciclo de la
fecundidad. Por desgracia, o por fortuna, en la justa erótica gustaba de ser
profesor antes que alumno, por lo que hallaba el clímax tan solo con
adolescentes, o tímidas veinteañeras.
—¿En qué estás pensando?
—En nada.
—Y en todo.
—Por supuesto.
Creía que fuera el cielo parecería más
grande, el aire más respirable, la tierra más fértil, la gente más humana.
Nada de eso. También era cierto que, después de casi treinta meses en la
cárcel, disfrutar del primer néctar de la libertad para asistir al entierro
de tu padre en una de las esquinas más desértica de la Península Ibérica,
tampoco era un detalle que pudiera pasarse por alto. No era eso, no. Su
tiempo no había llegado. Tenía un pacto consigo mismo. Cuatro años sin ver
más que los rostros de presos y carceleros. Su padre, al igual que su tío,
tías, primas y demás familiares, había intentado verle en varias ocasiones,
encontrándose en todas con la más firme de las negativas. Ni visitas, ni
cartas. Ese era el trato. Ahora se preguntaba si, en vez de un castigo,
aquello no era una bendición. Si no había aprovechado su penitencia para
castigar, de paso, a su padre. Quizás, pero un trato era un trato y le
molestaba que su padre, con muerte o sin ella, viniera a quebrantarlo. ¿Era
él un desnaturalizado por pensar así? Tonterías. Había recorrido suficiente
mundo para saber que el número de los que aborrecen o temen a sus
progenitores, sean concientes de ello o no, era igual o superior al de los
que los respetan. E infinitamente más grande de aquellos que los aman. Su
padre merecía ser despreciado. Y lo era. Nunca pensó más que en sí mismo,
situación casi universal de la condición humana, excepto que él estaba firme
e íntimamente convencido que solo vivía para sus semejantes. Eso sí,
semejantes sin nombre o apellidos. Semejantes incoloros, inodoros e
insípidos. Semejantes que se mueven en manadas como bisontes en la pradera.
Una masa amorfa, anónima e impersonal de semejantes incapaz de subdividirse
en personas de carne y hueso con rostros y apellidos. EL PUEBLO, con
mayúsculas, por supuesto, como LA PATRIA,
con mayúsculas mayores todavía, era la moderna excusa para que las más
grandes tropelías individuales se convirtieran, por arte de magia, en actos
de virtud y heroísmo.
Claro que nada de
esto era nuevo. La religión, con mayúsculas infinitas, había sido, en su
tiempo, una excusa más despreciable, y en su nombre se habían ejecutado
acciones aun más nefandas. Y, por descontado, su padre no era el único
dedicado a ese estúpido juego ni, sobre todo, era el jugador más hábil. Todos
los que formaban parte de ese equipo, políticos, banqueros, altos
funcionarios y magistrados, curia vaticana, cristiana o musulmana,
dictadorzuelos y derviches, merecían su desprecio. Y lo tenían, incluido su
padre. Lo único que, en cierta manera, salvaba a su padre era que se creía un
fracasado.
—¿Tienen las
estrellas otro resplandor cuando estás fuera?
—Yo diría que
parecen más lejanas.
—Entonces, para qué
las miras tanto.
—Para ver si se
acercan.
—Venga, déjate de
chorradas y entra en casa. O te piensas pasar toda la noche al sereno.
—Sabes. Cuando era
pequeño, en las noches de julio, la brisa del jardín me parecía la más dulce
del mundo. Las estrellas brillaban mucho más que en Madrid, Londres o
cualquier otra parte. Y la casa me parecía más grande y más hermosa que el
palacio más encantado de Disney.
—Ni eres pequeño,
ni estamos en julio. En cuanto a la casa sigue teniendo sus buenos quinientos
y pico metros cuadrados, sin incluir el jardín. Y ahora que no está tu padre
su mantenimiento me va a costar un riñón y parte del otro porque tus tías
con eso de que no tienen hijos y que tú, como único varón de la familia, vas
a heredarla se desentienden del pago de cualquier arreglo o impuesto.
¿Quieres un consejo?
—No.
—Cuando
la heredes, deshazte de ella. Es un verdadero incordio. Antes de venir a
vivir tu padre, caminaba por aquí como un naufrago por el océano. Y, después
de esto, va a ser peor.
—Creí que te
gustaba la casa y te disgustaba mi padre.
—Lo mismo que tú,
cuando era chaval, soñaba día y noche con esta casa. Con las palmeras y
fuentes del jardín, con las fiestas y bailes que organizaba mi abuela por
Pascua y Navidad, qué sé yo. Cuando hace diez años me ofrecieron la
posibilidad de ser alcalde, acepté sobre todo porque era una buena excusa
para disfrutarla todo el año, supongo.
—¿Y ahora?
—Yo que coño sé. Me
estoy haciendo viejo, supongo. El antro éste me huele a muerto. Aquí murieron
mis bisabuelos, mis abuelos, mis padres y mi hermano. Y supongo que también
moriré yo. Ya está bien para una sola familia.
—Mi padre no murió
aquí.
—Bueno, es un
decir. La última vez que durmió en una cama fue aquí.
—Ya.
—Venga, pasa. Que
parece que no, pero el relente le deja a uno helado. Veré si hay algo de
comer. ¡Huy! Las nueve pasadas. Seguro que, cómo se llama, Luci, sí Luci, la
ecuatoriana que se encarga de cocinar y mantener esto un poco en orden, se
debe de haber largado. Espero que haya dejado algo en el micro o el horno.
¡Joder! Con la de criadas que tenía mi abuela. Dos en la cocina, una para
servir la mesa, otra para yo que sé, a esa le metía yo mano que ni te cuento,
un jardinero, un chofer. La tira.
—¿Creí que alguna de
tus hijas todavía viviría contigo? Una de ellas, Anastasia, ¿no?, estaba en
el funeral
—¡Ca! Hombre ¡Ca! Esa vive en Alicante. Creí que se quedaría esta
noche a hacernos compañía. Pero tenía mucha prisa por irse a consolar al
novio, supongo.
—¿Y tú qué?
—Yo, qué de que.
—Cómo es que vives solo, sin nadie que te
consuele.
—No me jodas sobrino. Cuatro mujeres, cuatro
hijas, dos divorcios. ¿Te parece poco? Ahora te toca a ti.
—En cuanto salga voy a casarme con una bien gorda
y cachonda y tener seis churumbeles, todos varones, por supuesto.
—¿Tienes algo contra las niñas?
—No, nada. Era solo para equilibrar el
presupuesto familiar.
—Pasa ahí al saloncito ese. Veo que Luci ha
encendido la chimenea. Menos mal. Voy un momento a la cocina a ver si
encuentro algo que masticar.
Balanceándose como un marinero, la cuidadosa y
entrecana melena ondeando como una enseña, el alcalde se dirigió hacia el
interior de la casona, los pensamientos latiéndole al compás del corazón.
Está fresco como una rosa, el muy jodio. Como si
en vez de una puta cárcel, se hubiera pasado tres años en un balneario. La
familia de su madre fue siempre gente muy rara. Ella era más rara que un
perro verde. Le gustaba la música, cómo era, dodecafónica, o algo así,
aquello sonaba como un látigo sin tralla. Luego estaba lo del espiritismo. No
te jode, la orgullosa hija de la democracia más antigua del mundo sentada a
una mesa oscura con vasitos de agua y voces del más allá.
Por lo menos, los desgraciados hijos de la dictadura más cutre del
mundo éramos unos iconoclastas de tomo y lomo que no creíamos ni en la madre
que nos parió. Nos echaba unas parrafadas terribles sobre aquel tipo suizo,
cómo se llamaba, que más da, que le hacia la competencia a Freud y venía a
decir que la caca infantil es el principio de todas las cosas, o algo así.
Junk o Junker o yo que coño sé, yo soy de ciencias, joder. Seguro que de
pequeño le comía el coco al pobre Fernandito con todas aquellas chorradas.
Creo que cuando vivían en Honk Kong y en Bombay comían con los dedos y se
limpiaban el culo con agua después de hacer sus necesidades. Los ingleses
tienen una frase para eso que ahora no recuerdo. Después decía de nosotros
que éramos unos machistas, que no respetábamos ni el coño ni el cerebro de
las mujeres. Joder, yo, al menos, me limpio el culo con papel y no critico
tanto. Claro, que el pobre Fernandito es un genio, y eso debe de ser
realmente jodido. Cuántas lenguas sabe. Ni el mismo lo sabe. Diez o doce, por
lo menos. Y cuántas carreras. Que si matemáticas, que si música. Que si
lenguas muertas, que si lenguas vivas, que si lenguas por venir, yo que sé.
Él dice que no tiene merito, que no le cuesta ningún esfuerzo. Joder, con lo
que me costó a mí sacar lo de Ingeniero de Caminos. Y saqué lo del curso de
ingreso a la primera, que coste. Los genios no le toman el pulso a las cosas.
Todo es un esquiar a toda leche cuesta abajo con el viento empujándoles el
trasero. Así se dan después las hostias que se dan. Además, no entienden los
problemas de los demás. Con lo que me costó a mí aprender el inglés y el
cálculo integral, y el muy jodio dice que todo eso le aburre, que solo le
interesan las culturas en vías de extinción. En vías de extinción estamos
todos, no te jode.
La verdad es que es un buen chaval, un tipo estupendo.
Es el único, aparte de mí, que le tiene amor a este caserón decrépito. De
adolescente, cuando su madre, solo para que no olvidara el español —como si
eso se olvidara tan fácilmente, no te jode— le dejaba venir unas semanas de
verano a la península, no iba a Madrid o Marbella con su padre, ni a Alicante
o San Sebastián con sus tías. Se venía aquí, a la casa, como el decía, no a
disfrutar del sol, ni del pueblo, si es que hay algo en él que se pueda
disfrutar. Venía a disfrutar de la casa y del paisaje. Tiene cojones,
disfrutar de este paisaje. Estaba harto de tanto verde, de tanta lluvia, de
tanta gente. El desierto le iluminaba, decía. Estos genios, La verdad es
que, yo que coño sé por qué, también me siento a gusto entre estos montes
pelados, y no soy ningún genio. El problema es que me estoy enemistando con
demasiada gente. En política, ser honrado y popular es prácticamente
imposible. En las demás cosas también, pero en muchas de esas cosas no hace
falta ser popular. Al maldito pueblo le ha dado por lo del turismo, quien lo
iba a decir. Urbanizaciones, campos de golf, yo que sé. A los guiris, como a
mi sobrino y a mí hace ya mucho tiempo, les ha dado por esta tierra reseca y
dura. La verdad es que a mí no me importaría corromperme un poco. No por el
dinero, al dinero que le den por culo. Solo sirve para que se lo gasten mis
ex esposas, mis ex queridas y los novios, maridos, amantes o amigos de mis
hijas. Me gustaría venderme para ponerme en sintonía con el resto de la
corporación municipal y el sentir del pueblo en general.
Esta claro que en ciertos asuntos burocráticos, y en los de urbanismo
en particular, la corrupción es el aceite que engrasa el sistema. Los papeles
circulan más deprisa, los proyectos son más imaginativos, los permisos se
tramitan con mayor cariño y celeridad si, al final del camino, la recompensa
consiste en algo más que la satisfacción del deber cumplido. Pero, cojones,
estos animales de la construcción no tienen ni educación ni modales. Te
hablan como si ya dieran por sentado que se te va hacer el culo vaselina
pensando en los cuatro duros que te van a dar. Me hacen sentir un pringao. Y
yo no vine aquí para que me insultaran. Joder, el saber ganarse a la gente,
aunque sea a cambio de dinero, tiene su cosa, su arte, su ingenio. El que
compra tiene que hacer sentir al que se vende que su honor e integridad
quedan a salvo. La corrupción, como la seducción, es todo un arte. En fin, no
sé. Diez años de alcalde son ya muchos años. Joder, parece ayer cuando vine,
desde Valencia, a fundar la agrupación del PSOE. Refundar, decíamos entonces.
Cuántos años tenía, veintisiete o veintiocho. Al pobre cabo o sargento, o lo
que fuera, del puesto de la guardia civil casi le da un patatús. El nieto de
D. Facundo, el mayor terrateniente del pueblo y casi de la provincia,
intrigando con los comunistas. El pobre no sabía que hacer. Y no hizo nada. A
ver ¿Por qué diablos me hice yo del soe? Bueno, claro. De qué podía hacerse
uno entonces. No me iba a afiliar al Pece. Y el resto eran todos unos fachas
de cojones. Y para fachas ya estaban mis padres, mis abuelos, mis hermanas y
mis cuñados.
¡Que país! En otro cualquiera de Europa yo hubiera sido entonces, y
siempre, un conservador liberal. Partidario del divorcio, del aborto, del
derecho de huelga, de la libertad de prensa, de la separación efectiva de la
iglesia y del estado. Lo normal. Pero claro, en esta mierda de país,
entonces, y ahora, eso es ser de izquierdas, y en algunos casos, como lo del
derecho real y efectivo a abortar, de extrema izquierda. En fin, durante una
década he hecho de esta casa mi casa. No solamente durante los veranos, sino
durante el año entero. La política municipal del pueblo ha sido una balsa de
aceite gracias a que los de izquierdas me temen y los de derechas me
respetan. Pero, esto no puede continuar así. El problema principal, ahora lo
veo, es que esos sinvergüenzas de constructores me tratan como si yo fuera
un aprovechado de izquierdas. Y en la forma, y puede que también en el
fondo, yo soy un respetable señor de derechas. No, quizá, de su derecha
miserable, pero de derechas al fin y al cabo. Bueno, venga., Eduardito
espabila, collons. Hay que dar de comer al elefante ese de sobrino que
tienes. Cada vez que lo veo parece más alto y más ancho. Qué debe medir, casi
uno noventa, supongo. Joder, mi hermano medía más de uno ochenta y los
pantalones y la camisa le sientan como los pañales de un recién nacido. A
ver que hay por aquí.
—¡Fernando! —gritó a pleno pulmón al
tiempo que se asomaba al dintel de la cocina— ¿Qué quieres, pescado o carne?
—Lo que más rabia te de.
Tenía hambre. Que
bien le sentaría ahora una de esas grandes cabezas de pescado, sazonado y
picante, servida encima de una gran hoja de plátano, como en los viejos
tiempos del sur de la India y Ceilán. Siempre Ceilán. No había más remedio,
cuando todo esto acabará volvería allí, haría algo. Algo.
Indemnizarles, pedirles perdón, algo. Era
inútil, no se podía hacer nada. Nada. Igual que, cuando a finales de agosto,
su tío le miraba con ojos traviesos y le decía: “Mañana tenemos que ir al
aeropuerto”. Y no se podía hacer nada. Nada. Adiós barrancas pedregosas.
Adiós campos yermos blanqueados por el sol. Adiós sonoras veladas,
bermellones atardeceres y deslumbrantes despertares. Contra aquella mirada no
se podía hacer nada. Nada. En aquellas pupilas, seguramente tristes, aunque a
él se le antojaran burlonas, veía, en cinemascope y technicolor, las negras
nubes de Sussex, los húmedos campos de rugby y de críquet. Veía, incluso, el
fondo de las teteras de donde surgían aquellas tazas de té, desportilladas y
grasientas, que los ingleses sorbían a todas horas y lugares con fruición y
deleite, como si ellos fueran vampiros y el amarillento líquido plasma
sanguíneo. Y veía, sobre todo, el largo, cavernoso, inútil y aburrido
invierno que se le venía encima. Y no podía hacer nada. Nada.
Repantigado en un
amplio sillón de terciopelo rojo, los pies apoyados en un escabel del mismo
color y textura, miraba hipnotizado el crepitar de la leña dentro de cuyas
tenues brasas parecía consumirse el recuerdo, siempre idílico, de sus veranos
de adolescente. La habitación se hallaba en semipenumbra, tan solo, en un
rincón, una tenue bombilla cubierta de una pantalla de nácar multicolor daba
réplica a las pequeñas lenguas incandescentes que, de vez en cuando, salían
disparadas de los leños. Lánguidas hojillas de palmera surgidas de macetas de
barro asentadas en mesillas de largas y gráciles patas se apostaban en las
otras tres esquinas de la estancia. Las vidrieras de la puerta hacían juego
con los nácares de la lámpara y los estucos del techo con las verdes palmas.
Aquella estancia, del más puro estilo modernista, debía de haber sido
decorada por su bisabuelo y, desde entonces, nadie había cambiado ni un ápice
de su decoración o mobiliario. Eso era lo que más le gustaba de aquella casa,
LA CASA, con mayúsculas, que no cambiaba nunca.
Apareció su tío. Empujaba una pequeña mesa
plegable provista de ruedas y cubierta de viandas, platos, bebidas y
cubiertos. Fernando no pudo evitar torcer el gesto.
—¿Qué pasa? Todavía no lo has probado y ya
te estás quejando. Antes te lo comías todo, aunque fueran piedras y terrones
de los bancales. Te advierto que la Luci cocina de película.
—
No es eso. Es… —Fernando hizo un vago gesto hacia las ruedas del
mueble. Su tío quedó en pasmo durante algunos segundos.
—¡Ah, collons! Pues no había caído. Solo me
falta el bigotito y ya soy el perfecto empleado de pompas fúnebres.
—¿Cómo ocurrió?
—No lo sé.
—Mi padre no era ningún novato. Cuando
estábamos en la India solía ir todos los veranos a los Himalayas. Yo soñaba
con acompañarle algún día.
—Tu padre ya no era el de los Himalayas, de
aquello hace ya treinta años.
—¿Estaba viejo y decrépito?
—No, no, que va. Como un roble, como un
roble. Ya quisieran muchos de treinta y tres estar así pasados treinta años.
—Entonces.
—Verás. No sé. Es difícil explicarlo. A mí
también me ocurre a veces y tengo cuatro años menos que él. A una cierta edad
uno empieza a perder la concentración, a pretender que los años no han
trascurrido, que, con solo querer, detendremos el tiempo, que no hay que
tener miedo.
—Te explicas como un libro abierto y sin
hojas.
—Joder, Xiquet. Lo que quiero decir es que
por muy en forma que estuviera, su pisada y su equilibrio no podían ser tan
firmes y seguros como antes. A lo mejor se confió y cataclás.
—¿Estaba escalando la peña?
—No, no, parece que no.
—¿Cómo que parece?
—Bueno, se dio de morros. La cara la
tenía destrozada. Si hubiera estado escalando se hubiera caído de espaldas.
—No necesariamente.
—Puede que no. Pero es lo que ella dice.
—¡¿Ella?!... ¿La rubia?
—La misma.
—Y que coño hacia allí —En el mismo
acto que soltó el taco, se arrepintió. Denotaba una falta de control.
—Acompañarle. Qué otra cosa iba a hacer.
—Con tacones de aguja, falda de tubo y
maquillaje hasta el c… —Ésta vez logró controlarse.
—Y yo que carajo sé. Supongo que iría como
todo el mundo, con un chándal, unas botas y una mochila. Yo que sé.
—¿Solían salir juntos de excursión?
—No creo. No. Ya sabes como era tu padre,
no había quien le aguantara la marcha. Podía hacerse cuarenta o cincuenta
kilómetros de una sentada. Además le gustaba ir solo. Decía que conversar y
disfrutar del campo no son cosas que puedan hacerse al mismo tiempo. Y a
continuación añadía: “lo mismo que follar y fumar, una cosa primero y después
la otra”.
—¿Cuál es su explicación?
—Explicación de qué.
—J… por qué ése día, precisamente, estaba
con él.
—Ah. Era una salida corta, hacía buen día, yo qué se. Tampoco hemos hablado
mucho de eso.
—¿Corta? De aquí a lo más alto de la peña
la Zafra hay un buen par de horas, y a buen ritmo.
—Supongo.
—Déjalo. No le demos más vueltas. Que pasó
entonces. Según la rubia.
—Pues nada. Subieron arriba del todo, mi
hermano se asomó al precipicio, se resbaló y se cayó.
—Es una posibilidad.
—Cómo que una posibilidad. No te jode. No
creerás que la rubia…
—Es otra posibilidad.
—No me jodas. No puede ser. La rubia tiene
tetas pero no bíceps. Y tu padre estaba cuadrao.
—A veces, la maña vale más que la fuerza.
—Tú sabes de esas cosas mucho más que yo,
pero… —la voz del alcalde se fue apagando a medida que completaba la frase.
Se había dado cuenta demasiado tarde que aquel podía ser un terreno
cenagoso.
—Déjalo, déjalo. Perdona. —por primera vez
la voz de Fernando sonaba dubitativa, como si la referencia de su tío al
profundo conocimiento, teórico y práctico, por parte del sobrino de los
métodos violentos le hubiera afectado— Tienes razón. Allí estamos rodeados de
violencia. No solo espacial, sino también temporal. La violencia pasada, por
la que uno ingresa. La violencia presente, por la que uno sobrevive. La
violencia futura, con la que uno sueña. Está claro que el viejo chocheaba y
se pegó el castañazo, que le vamos hacer.
A partir de entonces el aire que circulaba entre sus dos semblantes se
enrareció un tanto. No se puede mentar en balde la soga en casa del ahorcado.
El alcalde desplegó hábilmente las hojas de la mesa y fue colocando vajilla,
utensilios y alimentos en su lugar. Fernando, mientras acercaba un par de
sillas de asientos de rejilla y altos respaldos a la improvisada mesa, y casi
a pesar suyo, cargó por última vez.
—¿Se hizo la autopsia?
—Sí, por supuesto.
—¿Y?
—Nada. Muerte accidental. Qué otra cosa
podía ser.
Cenaron en silencio. Sus pensamientos iban
y venían de los ojos a las llamas. A veces, en el viaje de vuelta, se
equivocaban de camino e iban a parar a la persona que no los había emitido,
quien, a su vez, recibía los de su silente contertulio. La salita de art
nouveau semejaba una gigantesca computadora alimentada por la energía del
fuego. El sabor de la violencia rebotaba por todas las esquinas y resbalaba
arriba y abajo de las diminutas palmeras. El alcalde, mientras se llevaba a
la boca unas migas de trucha en escabeche, tuvo que admitir, y ese no era un
pensamiento originariamente suyo, que no todos los problemas en que se había
visto envuelto su sobrino podían atribuirse a los genes o educación de su
cuñada inglesa y los familiares de esta. En la comarca, e incluso en la
provincia, era famosa la llamada “Furia de los Pellicer” que, al parecer, les
había dados buenos réditos en las guerras de Sucesión e Independencia. En la
primera, lucharon a favor de los franceses y en la segunda en su contra. Es
decir, siempre en el bando correcto, que no puede ser otro que el vencedor.
De ahí procedían sus tierras y su fortuna, legados graciosamente concedidos
por su valor rayano en la locura.
El debe, sin embargo, también tenía su historial. Los colonos,
aparceros y sirvientes, por no decir súbditos, que trabajan sus tierras
habían sido víctimas frecuentes de aquella furia. La lista de lesiones,
desmembramientos y muertes no era corta e incluía allegados de su propia
estirpe. Sin ir más lejos el padre de su abuelo, aquel a cuya esposa le
entusiasmaba organizar bailes y saraos, había cercenado de un tajo el
pescuezo de su legítima. Eso sí, practicadas las oportunas diligencias
judiciales, el veredicto había sido claro: muerte accidental. Y aquí paz y
después gloria.
El sobrino
notaba asimismo que el calor de la chimenea, el recio vino de la tierra y la
laxitud que suele sobrevenir después de estados de mucha tensión, abrían
neuronas de su cerebro que hasta entonces habían permanecido ocultas. Por vez
primera, vio a su padre como víctima. O, al menos, tanto víctima como
verdugo. Le seguía viendo como un ser egoísta y egocéntrico, dispuesto a
llevar a su familia de la Ceca a la Meca con tal de satisfacer la ambición
del momento. Hasta tal punto que uno temblaba de ansiedad cada vez que
comenzaba a gustarle un lugar, ante el temor que, al minuto siguiente, se
diera la orden de hacer las maletas. También era verdad que en toda su vida
tan solo tuvo tres temas de conversación, a saber: política, política y
política. Y de ahí no había manera de sacarle. Claro que se interesaba por
otras cosas. La economía, la geografía, la historia, la demografía, el arte,
la industria y el comercio eran objeto continuo de su interés. Pero, sola y
exclusivamente, en tanto en cuanto afectaran a las decisiones, composición y
estabilidad del gobierno del lugar donde se hallaban.
En los catorce años que convivieron, no recordaba ni una sola vez que,
aparte de las preguntas formales de rigor, se hubiera interesado, realmente,
por sus problemas e inquietudes. No, eso no era, exactamente, verdad. Una
vez, una sola vez, había visto a su padre realmente excitado al hablarle.
Debería tener él nueve o diez años, estaban en Hong Kong, debía ser un sábado
o domingo porque la mañana estaba bien avanzada y su padre y su madre estaban
desayunando en la veranda que rodeaba la casa, su padre, como de costumbre,
con uno de los brazos apoyado en la barandilla de hierro. Tan pronto como le
vio, le llamó a grandes gritos agitando un papel. Él pensó que se trataba de
algún regalo, quizá un billete para ir al zoo. Nada de eso, se trataba de un
informe del director del colegio donde estudiaba, en el que se ponía de
manifiesto las excepcionales —recordaba que su padre pronunciaba aquellas
cinco sílabas como si fuesen un manjar exquisito— dotes del hijo para la
música. Tal obviedad no despertó en él ningún interés. Jamás se volvió a
hablar sobre aquel tema, ni nunca más vio aquel brillo en los ojos de su
progenitor al dirigirse a él. Pero, Fernando Pellicer Narbona, su padre,
también había sido niño, también había tenido diez años, también había sido
un estudiante dotado y brillante. Por qué nunca antes había pensado en su
padre como un ser que también fue infante y adolescente. Cómo nunca se le
había pasado por la cabeza tal obviedad. Claro, que, muchas veces, lo obvio
está tan cercano que los ojos lo confunden con la oscuridad. Esta vez sí que
era obvio, y sí lo veía, que el que su padre hubiera fallecido pocas horas
antes, y el que se encontrara cenando en la casa donde su padre había nacido
tenía bastante que ver con que aquellas nuevas ventanas se abrieran en su
cerebro.
¿Qué clase de vida tuvo? No era difícil imaginarlo. La vida en una
ciudad de provincias venida a menos, como era el caso de Valencia, en los
años cuarenta y cincuenta del pasado siglo debió ser terriblemente
frustrante. Las mentiras más grandes se pregonaban como verdades absolutas,
las mentes más estrechas pretendían abrir horizontes, y los ideales más
elevados del espíritu no pasaban de ser falsos antídotos para los placeres de
la carne. No tenía nada de extraño, por tanto, que su padre viviera
obsesionado por aquella ansia de poder. Quería tener autoridad y fuerza
suficientes para tirar por la borda y de un plumazo todo el lastre con que
aquella sociedad suya le había sepultado en los años de su niñez y juventud.
¿Se destruye la fuerza con fuerza, es la mera voluntad un arma válida para
cambiar las mentes, y, en todo caso, quién decide qué es el cambio y cual es
su contenido? Eternas cuestiones que seguirán siendo eternas, por mucho que
gentes como su padre piensen que se pueden reducir a artículos en el Boletín
Oficial del Estado.
—Le dije a la ecuatoriana que preparara tu
habitación, la de siempre. Iré a ver si todo está en orden. —Aventuró a decir
el alcalde, harto de aquel silencio de ocultas y terribles energías, al
tiempo que se limpiaba las comisuras de la boca con la servilleta y se ponía
de pie.— Ahora mismo vuelvo.
—¿Dónde dormía papá?
—¿Tu padre? Bueno, había tomado posesión
del estudio de tu tía. Ya sabes el que está arriba del todo rodeado de
ventanales. Allí hacia su vida. A veces, no nos veíamos durante días enteros.
—Dormiré allí.
—¡¿Cómo?!
—Qué más da un sitio que otro.
—Hombre, ese sitio no es como cualquier
otro.
—Ah, no.
—Joder, ya sabes lo que quiero decir.
Además aquello debe de estar manga por hombro.
—No te preocupes ya me las apañare. Cogeré
la ropa de cama de mi habitación de siempre, como dices tú, aunque debe de
hacer diez o doce años que no pongo los pies allí, y me la llevaré al
estudio. —Su tío le miró de manera incierta a los ojos, hizo un ademán
abortado de abrir la boca y volvió a tomar asiento.— De acuerdo —concedió el
sobrino— no es de lo más normal dormir en la cama del muerto cuando éste está
todavía medio caliente. Pero, no sé. Siento como que es la manera de hacerle
compañía, de decirle adiós de una manera íntima, privada.
Su tío le miro como el que ve visiones.
—¿Estás bien?
—Estoy perfectamente. Solo que es mi
padre. De acuerdo, de acuerdo, el tipo no me caía nada bien, nunca nos
entendimos, nunca congeniamos. Se portó mal, por lo menos desde mi punto de
vista. Pero, era mi padre y quiero decirle adiós, o hasta luego, o lo
que se diga en estos casos. No podía hacerlo con todo aquella gente dándome
palmaditas en la espalda al tiempo que me miraba como si fuera un tigre del
zoo.
—Comprendo.
CAPITULO III