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De Cervantes a García Márquez, pasando por Max Jacob, Dorothy
Parker, Jean Genet, Andersen o Walter Benjamin. En «La mirada
extranjera» (Proa-Diputació de Barcelona), Sam Abrams reúne 56
textos que tienen como rasgo común la asunción de lo catalán
por escritores foráneos
ABC - SERGI DORIA
La aventura es la aventura. Y, como apunta Carme Riera en el
prólogo de «La mirada extranjera», Barcelona ha sido siempre una
ciudad donde vivir aventuras. Por ello, no es extraño que Don
Quijote viviera en la Ciudad Condal muchos más riesgos que en el
imperio inmóvil de la Castilla del XVII. «¡Lástima que Barcelona
aparezca en la Segunda Parte y no en la Primera!» lamenta la
escritora.
Sam Abrams. norteamericano estudioso de la literatura catalana se
preguntó quién miraba la realidad catalana; qué atraía su
atención y qué veía. Y surgió este libro: 56 autores, desde
Cervantes a Pier Vittorio Tondelli en «un homenaje a la fabulosa
capacidad de la mirada, a la complejísima construcción de la
geografía humana, al apasionante mundo del viaje, al valor
incalculable de la memoria y a las enormes posibilidades
expresivas de la literatura».
Desplegada en poemas, dietarios, crónicas periodísticas,
fragmentos de novela, ensayos... la mirada «extranjera» no es
cuestión de nacionalidad, sino del impacto que la cultura
catalana -Cataluña, Valencia, Mallorca- provoca en sus
visitantes, hasta convertirse en materia literaria.
Para componer ese calidoscopio de miradas, Abrams ha seguido
varios criterios. En primer lugar, la gradación de la mirada. El
gran cuentista Andersen, por ejemplo, se queda en la visión
superficial del turista cuando visita Barcelona en 1862; en
cambio, matiza Abrams, «los años en Mallorca nutren toda la obra
de Robert Graves con olivos, naranjales y cultivos de secano». En
otras ocasiones, quien mira está «condenado» a ser extranjero:
«Es el caso de Patrick Gifreu. Hijo de padre catalán y madre
andaluza refugiados en Perpignan, en Francia es extranjero porque
es catalán y aquí un extraño porque es francés». La estancia en
Cataluña cambia la mirada de Dionisio Ridruejo, que evoluciona
desde la severidad castellana de Burgo de Osma a la suavidad del
Mediterráneo. Su «Cuaderno catalán» tamiza colores de Nonell,
jardines azules de Rusiñol y pinturas barcelonesas de Picasso.
De la mirada a la memoria: A la mirada sucede la memoria. A veces
es una memoria inmediata, como cuando Hemingway escribe sus
crónicas periodísticas con estilo vibrante. Otro americano,
Robert Creeley, queda marcado por su estancia en Mallorca entre
1952 y 1955: veinte años después, la memoria a largo plazo de
aquellas sensaciones sustancia sus relatos y poemas.
Todos esos textos y testimonios constituyen para Abrams, «un
patrimonio que sitúa la cultura catalana en el mapa». Huyendo de
la Primera Guerra Mundial, Gertrude Stein pasa en 1916 por Palma
de Mallorca donde escribe una serie de textos recogidos en «Geography
and plays» (1922). Otro nombre fundacional de la vanguardia, Max
Jacob, visita por aquellos años Cataluña con Picasso. En Figueras,
una pequeña orquesta interpreta una sardana. En 1922, Jacob
escribirá el poema «Honneur de la sardane et de la tenora» con
una coletilla a los versos: «Recordaré toda la vida aquel
instrumento musical que se llama Tenora; largo como un clarinete
pero que podría luchar, según dice un músico, con cuarenta
trombones...»
Toda antología está sujeta a juicios posteriores sobre
inclusiones y exclusiones. En las primeras, Abrams se ha regido
por la excelencia y la importancia de los textos; es el caso del
diario de Miguel Torga o el «Viaje a Barcelona» de Arthur Young,
el hombre que aplicó la Reforma Agraria en Inglaterra y que viajó
a Cataluña en 1787. No añora la estancia de Casanova en
Barcelona: «No dice nada concreto; podría haber estado aquí o en
el Tibet», ironiza. Abrams sí considera interesantes a Paul
Blackburn, de la «beat generation», o el cuento «Tramuntana» de
García Márquez... ¿Nos observará Gabo desde su casa del paseo de
Gracia?
Azorín entrevista a Prat de la Riba para ABC
En 1906, José Martínez Ruíz, más conocido como Azorín,
llega a Barcelona enviado por ABC para que conozca de cerca la
«cuestión catalana». Son los tiempos de los incidentes del «Cu-Cut!»
y el movimiento de la «Solidaritat Catalana», cuando la voz del
catalanismo se hace oír en la política peninsular. El escritor
de Monóvar publicará en el diario de Luca de Tena entrevistas
con Jaume Carner, Puig i Cadafalch, Miquel dels Sants Oliver,
Domènech i Muntaner, Roca i Roca, Lerroux, Pere Corominas y Enric
Prat de la Riba, director de «La Veu de Catalunya» y considerado
el «seny ordenador» del catalanismo.
Es un domingo 15 de abril cuando Azorín visita a Prat en su casa
de Vallvidrera. Lo describe con ese estilo atomizado de
adjetivación inteligente. «Sencillo, reservado: os mira
sonriendo, afable, discreto, y se va frotando las manos con
suavidad, sin decir más que, de cuando en cuando, una frase
ligera. Y necesitáis un largo rato, repetidas entrevistas, para
que este hombre intuitivo y sereno os confíe su pensamiento...»
Tras describir el paisaje que se divisa desde Vallvidrera,
Azorín deja hablar largo rato a su interlocutor. «La obra de
la unidad por asimilación ha fracasado, pues, en España. Hoy, la
desnacionalización de Cataluña y de las demás regiones que tienen
personalidad propia es imposible», afirma Prat. Muchos aspectos
de aquella conversación siguen vigentes cien años después.
La Guerra Civil atrae numerosos extranjeros como George Orwell,
Stephen Spender, Ernest Hemingway o Dorothy Parker que observa
los soldados republicanos en un café de Valencia, El periodista
John Langdon-Davies vive los bombardeos sobre Barcelona el 17 de
marzo de 1938: «Al meu refugi s´hi aplegaren unes cinc-centes
persones, la majoria dones, vells i criatures. Molts d´ells,
terroritzats per les explosions, no en volien sortir durant hores
i hores. En alguna ocasió venia una família i hi perdia un dels
fills. Ningú no sabia on era... Vaig parlar amb uns quants
testimonis que eren a la Gran Via entre la Rambla Catalunya y
Balmes quan hi llançaren la bomba. també vaig parlar amb un home
que s´havia apuntat a l´equip de salvament d´allí. Em va explicar
que van estar cent homes tot un dia per a desembarassar el carrer...
És una feina molt lenta. Hom no pot fer servir excavadores on hi
pot haver ferits».
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