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AZORÍN
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29 de junio del 2005, miércoles
   
 

Libros de viaje

http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pIdNoticia=304170&pIdSeccion=42&pNumEjemplar=951
LA NUEVA ESPAÑA (Asturias)

Un libro -pongamos el «Quijote»- no sólo es esa obra y la consideración que se pueda tener hacia ella, sino una serie casi infinita de hechos circunstanciales a los que puede dar lugar, y entre los que deberemos considerar en primerísimo lugar los otros libros que suscita o puede suscitar. Si Cervantes no hubiera publicado en 1605 la primera parte de «Don Quijote de la Mancha», Azorín no hubiera escrito en 1905 (hace, por tanto, exactamente cien años) «La ruta de don Quijote». Y no es «La ruta de don Quijote» obra merecedora de pasar inadvertida con motivo del centenario de su publicación. No es «La ruta de don Quijote» una obra cervantista: los cervantistas profesionales le negaron a Azorín el pan y la sal con motivo de la publicación de este libro. Francisco Rodríguez Marín, cervantista por antonomasia, cancerbero de la tumba de Cervantes como si se tratara del sepulcro del Cid (pues los cervantistas consideran deplorada que haya algo vivo en la obra de Cervantes) declaró que «La ruta de don Quijote» es una sucesión de «tentativas baladíes en que no hay ni pizca de cervantismo». ¿Es que no es cervantismo buscar las huellas de don Quijote por los caminos de La Mancha? Pues entonces, peor para el cervantismo, que en 1905 (y en 1916 todavía de forma más clamorosa), estaba entontecido de no respirar otra cosa que el aire viciado y cargado de polvo de las bibliotecas. Azorín, con su breve libro, salió a los caminos y abrió las ventanas, por las que entró una andanada de aire fresco. Los eruditos (compadezcámoslos, que diría Azorín), no soportan el aire fresco, de la misma manera que los vampiros no toleran la luz del sol. Pero también tienen sus ventajas. A veces pueden servir de ejemplo, como los cervantistas de 1905, para lo que no debe hacerse, y así, José María Martínez Cachero, cuidador de la edición de «La ruta de don Quijote» en Cátedra, el año 1984 (sería más que oportuna una reedición de obra tan bien hecha en este año cervantino), apunta a propósito de su edición, con estimulante ironía: «Como tengo muy presentes las pullas de Azorín contra los eruditos anotadores de los textos clásicos -y los llamados cervantistas tal vez resulten los peor parados-, he querido evitar como anotador de un libro suyo semejante pecado». Tiene razón el sabio maestro, porque hay anotaciones a pie de página que por su estolidez, pedantería o inoportunidad son grave pecado.

Ahora bien: si «La ruta de don Quijote» no es «un libro cervantista», al entender de Rodríguez Marín, ¿qué es? Dejémoslo en excelente libro de viajes. Ya es de sobra. Azorín sale al camino para buscar a don Quijote. Sabe, pues, que a don Quijote se le encuentra mejor en caminos y mesones que en academias y bibliotecas. Porque don Quijote está vivo y anda por ahí deshaciendo entuertos y recibiendo palos, que de todo depara la viña del Señor. Bastantes años después de esta salida de Azorín, por los años veinte del siglo XX, el novelista norteamericano John Dos Passos también salió al camino en busca de España y de don Quijote con un libro de título muy apropiado: «Rocinante vuelve al camino».
 
«La ruta de don Quijote» es, sin duda, un libro de viajes, y en un buen libro de viajes, como en una buena novela, hay de todo. La novela es un saco en el que cabe todo, decía don Pío Baroja. Y Azorín lo mismo nos habla de «duelos y quebrantos», que de eruditos locales, que de viejos oficios: «¿Y las tiendecillas hondas, lóbregas, de merceros, de cereros, de talabarteros, de pañeros con las mantas de vivos colores que flamean al aire?». Azorín se demora en Argamasilla, va a Ruidera y a la cueva de Montesinos, contempla los molinos de viento (que, en tiempos de Cervantes, constituían la «tecnología punta», que se dice ahora), pasa por Puerto Lápice y hace la exaltación española en Alcázar de San Juan. En Puerto Lápice inicia Víctor de la Serna «La vida del calatraveño», otro hermoso libro de viajes. Y otro aniversario: el del medio siglo de la publicación de «La ruta de los foramontanos», en 1955. Víctor de la Serna era un espléndido escritor, un enamorado de España y un excelente autor de libros de viajes, aunque a veces resulte un poco cargante su franquismo optimista y un tanto bobalicón. A veces es preferible la mala uva de Cela en «Viaje a la Alcarria». Pero ahora caemos en la cuenta de que en la España del siglo XX se han escrito espléndidos libros de viajes: de Unamuno, de José Pla, de Eduardo Aunós, de Álvaro Cunqueiro... La historia puede ser larga y el promedio, muy alto. Lo que sucede es que, tratándose de «viajes de cercanías», no se les concede importancia. De estos viajes o excursiones, Azorín y su ruta de don Quijote abren la marcha. Por cierto: da la sensación de que se vivía mejor en La Mancha de Azorín que en la Alcarria de Cela. Puede deberse a que Azorín mira poco hacia el paisanaje

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