Cervantes se debe de haber hecho la misma pregunta frente al
pergamino en blanco: ¿por dónde empiezo? La meticulosa imprecisión de
su respuesta –fiel a su cruzada realista, el autor de El Quijote cambia
el “Había una vez hace mucho tiempo” por un “Había acá nomás hace
recién”– demuestra que nunca terminó de saberlo. Menos poder de
resolución se puede esperar entonces del viajero moderno frente a su
colorido mapa: podría empezar por Alcalá de Henares, la ciudad que
supuestamente vio nacer a Don Miguel. O por Esquivias, al sur de
Madrid, donde se conserva la casa de Don Alfonso Quijada Salazar,
pariente de su esposa. O bien por Argamasilla de Alba, indiscutido
hasta hace poco como el pueblo natal de Don Quijote; o bien por
Villanueva de los Infantes, la nueva propuesta de los eruditos; o bien
por El Toboso, puesto que toda verdadera aventura empieza por una
mujer. Claro que también hay opciones menos ortodoxas: emborracharse en
algún lugar de la Mancha de cuyo nombre no podremos acordarnos ni
queriendo, comprar en los Carrefour que llevan en su publicidad la
insignia del Cuarto Centenario (¡tres productos por el precio de dos!),
dejar que decida la suerte una de las monedas de 12 euros especialmente
acuñadas para la Celebración, quedarse en casa leyendo guías
turísticas. Saliendo al cruce de tantos caminos, los organizadores del
Cumple han estatuido que La Ruta –con 2500 km, “el corredor
ecoturístico y cultural más largo de Europa”– empieza oficialmente en
Toledo. Es la única razón que habla en contra de empezar por ahí.
Toledo
Según consta en el capítulo nueve de la primera parte del mejor
libro que se ha escrito en lengua castellana, fue en Toledo donde
Cervantes adquirió por medio real el enteramente ficticio manuscrito de
Cide Hamete Benengeli. La etiqueta exige, pues, hacerse de una edición
de El Quijote en el mismo sitio, y hete aquí que frente a la Catedral
se halla “la única librería anticuaria de toda la Mancha” (palabras de
su dueño), donde los Quijotes cuestan efectivamente medio real nuevo.
Pero hay trucos para llegar al doloroso monto: estacionar el auto fuera
de las murallas (enhebrarse a través de las calleagujuelas es de todos
modos una mala idea), ahorrarse la entrada de la sinagoga de Santa
María La Blanca (con ver las postales alcanza) y no dejarse embaucar
por el cuidador del monasterio de San Juan de los Reyes (pide coima
para dejar sacar fotos que igual se pueden sacar a sus espaldas). Para
los ortodoxos de la ruta, no hay mucho para hacer en Toledo además de
comprar el libro. Además, se trata de la ciudadela más bonita de
Europa: mejor abandonarla antes de que, como su afamado mazapán,
empalague.
El Toboso
En El Toboso es donde Don Quijote dice “Con la iglesia hemos dado,
Sancho”, frase que algo variada y con sentido propio supo luego
adquirir status de hecha dentro del refranero español. Se trata, en
efecto, de una iglesia de proporciones, la del Toboso, ya avistable
kilómetros antes de llegar al pueblo. Delante del edificio hay un
conjunto escultórico de hierro que muestra a Don Quijote declarándole
su amor a Dulcinea (ella con cinturita de avispa, él con gorrito de
prelado), a la izquierda está el Museo Cervantino, que alberga una
importante colección de ejemplares en distintos idiomas (corre el
rumor, que no nos fue dado confirmar, de que hay un ejemplar alemán con
la firma de Hitler y otro italiano con la de Mussolini), y más allá
está la casa de Dulcinea, cuyo interior se encontraba cerrado al
público por reparaciones al momento de nuestra visita. “¿No podían
acordarse de arreglarla un poco antes?”, le espetamos al cuidador.
Acaso alentado por el acento argentino, nos responde en confianza:
“Bueno, ya sabes cómo son estas cosas”. Entre las atracciones de este
simpático pero menguante pueblito (“Mis cuatro hijos se fueron, sólo
vamos quedando los viejos”, comenta ya ni siquiera en tono de queja una
tobosiana de nacimiento) se halla también Feliciana la loca. Basta
quedarse parado por ahí, lejos de los grupos de turistas, para que se
acerque a ventilar sus secretos: según ella, que dice ser hija no
reconocida de la reina de España y que puesta a cantar viejas canciones
españolas no para más, la verdadera casa de Dulcinea con sus
descendientes actuales queda al lado de la estación de servicio. Allí
cuelga, anunciando el Centenario, uno de esos tristes carteles
luminosos de kermés dominguera que poco después de su estreno empiezan
a fallar letra por letra y en la primera noche de viento fuerte se
vuelan para siempre.
Argamasilla de alba
Desde que Azorín empezara allí su Ruta del Quijote en
conmemoración del Tercer Centenario, Argamasilla de Alba pasa por ser
la cuna del caballero andante (también reclamaron ese honor Esquivias,
Villaverde, Tirteafuera, Argamasilla de Calatrava, Quintanar de la
Orden, entre otras). En este “pueblo enfermizo, fundado por una
generación presa de una hiperestesia nerviosa”, está la prisión donde
se supone que Cervantes empezó a escribir su libro. Las calles llevan
nombres reminiscentes de la novela; sobre la carretera, un cartel
anuncia orgulloso: “El lugar de la Mancha”.
Sin embargo, todo indica que la hegemonía de Argamasilla ha tocado a
su fin. Nuevos estudios demuestran que la verdadera y única e
indiscutible cuna del caballero es Villanueva de los Infantes, hasta
próximo aviso. Desde entonces, un cartel idéntico al de Argamasilla
pende a la entrada de este otro pueblo, que para festejar la novedad se
ha impuesto una tarea ya prefigurada por Borges: entre todos los
habitantes están copiando El Quijote a mano.
Pero el pueblo cuenta también con otros atractivos: el nombre de
ciertas comidas autóctonas (Duelos y quebrantos; Migas de pastor;
Patatas gañaneras; Pipirrana), la luz de la iglesia (sólo funciona si
los visitantes echan un euro en la ranura) y el convento donde murió
Francisco de Quevedo, hoy convertido en una hostería –cara, pero
atendida por una brasileña–.
Los molinos
Cuenta Azorín que, mientras en todas las otras ciudades de la Mancha
se pelean por ser la patria del Quijote, en Campo de Criptana se
cultiva el sanchismo: “Criptana quiere representar y compendiar el
espíritu práctico, bondadoso y agudo del sin par Sancho Panza”. Eso no
obstante, al llegar a los molinos notamos que recién ahora se empezaron
lentamente a acordar de hacer un estacionamiento para autos. “Tú sabes
cómo es esto”, comenta el jefe de la obra. Como la gente de la oficina
de turismo se ha ido a dormir la siesta (de 13 a 17 no pasa mucho en la
Mancha, lo que no equivale a decir que las horas restantes sean muy
distintas), don Julio toma un par de llaves y nos muestra los molinos
por dentro.
De los treinta y pico que hubo alguna vez, dice, sólo quedan 10, y
de esos sólo 3 conservan aún el mecanismo interno. Frente a uno de
estos centenarios armatostes de madera, don Julio se esmera por
explicar cómo se molía el grano y nosotros hacemos todo lo posible por
disimular que no le entendemos un pomo. Cada una de las ventanitas,
indica antes de irnos, llevaba el nombre del viento que entraba desde
esa dirección: matacabras, solano, vendaval, bochorno... los nombres
flotan en el aire quieto de la siesta.
Los siete molinos restantes, patrocinados cada uno por un país
latinoamericano, funcionan como museos: hay un molino dedicado a Sarita
Montiel, otros se ocupan de la labranza o el vino, el argentino
homenajea al célebre Enrique Alarcón. ¿Quién? Nuestro guía se muestra
ofuscado: “Alarcón, el cineasta argentino”. Nos disculpamos por nuestra
ignorancia: más tarde el sitio www.imdb.com nos indicará que se trata
de un escenógrafo español nacido en Campo de Criptana. Que no es, por
lo demás, el único lugar donde admirar estos amistosos molinos: los hay
también en Consuegra y Mota del Cuervo. Los hay por todas partes, en
rigor: según la World Wind Energy Association, el año pasado España fue
el país que más creció en producción de watts mediante molinos de
viento. Un gigante de la energía eólica.
La cueva de Montesinos
El episodio de la cueva de Montesinos es uno de los más oscuros de
El Quijote. Nunca sabremos si lo que el Don dice haber vivido dentro de
ella fue realidad, sueño o invención. Por primera y única vez en todo
el libro, nuestro caballero no es sólo protagonista sino también
narrador de su aventura: ningún abogado de la cordura se encuentra a su
lado como para asegurarnos que los gigantes son molinos, los yelmos no
más que bacías y los fabulosos castillos, ventas de mala muerte. Aquí
Don Quijote se hace cargo de El Quijote; deja las riendas de Rocinante
para tomar las de la historia; se arma, ya no caballero, sino narrador.
Visto desde este luminoso, clarividente enfoque, es bueno estar tan
falto de luces como para llegar a la cueva de Montesinos sin linterna:
saldremos de ella sabiendo tanto como al leer el libro. Antes, nos
cuenta un conductor de bus, la cueva estaba iluminada por dentro, pero
como se robaban todo, el gobierno decidió no poner un duro más para
mantenerla. ¿Ni para el Centenario se les ocurrió arreglarla? “Y... tú
sabes cómo es esto”.
El bus transporta a la promoción cincuenta y tantos de la carrera de
Ingeniería de alguna universidad del sur. Después de visitar la cueva,
el grupo se acomoda bajo un árbol, uno de los ancianos saca el libraco
y se pone a leer, el resto lo escucha, comenta, se ríe. Es un momento
mágico. Y qué prethiosho que shuena el Quijjjote en eshpañol de verdath.
La otra ruta
El Quijote ha dado pie a diversas interpretaciones, pero tal vez
ninguna tan radical como la de Leandro Rodríguez. Este profesor de
Derecho Internacional de la Universidad de Ginebra defiende hace mucho
la tesis de que Don Quijote no era manchego, sino manchado: un judío
converso, igual que Cervantes. A esa mácula sanguínea y no a cierto
lugar del centro de España habría aludido el manco de Lepanto llamando
a su héroe De la Mancha, por lo que todas las referencias geográficas
del libro han de ser leídas cum grano salis: ni El Toboso ni los Campos
de Montiel ni aun la cueva de Montesinos son más que metáforas. Es una
teoría fuerte: insinúa que los libros suceden en lugares imaginarios y
que cualquier visita a su presunta geografía es, por lo bajo, una
puerilidad.
Afortunadamente, Rodríguez mismo se encarga de devolvernos la
ilusión: propone que el Caballero de los Leones inventado por Miguel de
Cervantes Saavedra nació, como sus nombres lo indican, en el pueblo
Cervantes de la provincia de León. Pero Rodríguez ha hecho más por la
verdad histórica: ubicó la casa natal de Don Quijote y, a partir de
allí y de una reinterpretación total del texto, detalló el escenario
leonés de cada una de las aventuras del caballero. Un ejemplo: lo que
Cervantes llama Toboso es en realidad Santa Colomba de Sanabria porque:
a) queda cerca de Cervantes; b) allí vivió una mujer que se llamaba
Aldonza y tenía un padre de nombre Lorenzo (Aldonza Lorenzo es el
nombre no artístico de Dulcinea); c) en la mayoría de las lápidas del
cementerio de Santa Colomba se lee el nombre Saavedra; d) Cervantes,
que usa el nombre Toboso sólo por su sonoridad y para despistar al
lector, habla en algún momento de una “blanca paloma tobosina”, que es
lo que significa Colomba. Basado en estas y otras revelaciones no menos
epocales, Rodríguez ha editado dos libros (pagados de su bolsillo), ha
organizado congresos internacionales (muy asistidos por catedráticos
israelíes) y ha trazado hasta su propio circuito turístico por la zona.
La noticia dejará fríos a los discretos: nosotros, los curiosos, no
podemos cerrar nuestro viaje sin darnos una vuelta por Cervantes. Desde
la Mancha es un tirón: se impone hacer noche en Salamanca o en Avila,
que ya pagan el viaje. La geografía cambia hasta hacerse irreconocible:
la tierra roja y plana, los viñedos, las casas tapiadas y esas
nostalgias de ríos que conforman la Mancha se truecan en puro verde.
Cervantes no figura en ningún mapa y los pobladores de las
cercanías, o bien no saben dónde queda, o bien tienen ciertas
dificultades para explicar cómo llegar. No es para menos: el pueblo en
sí no es más que un sinuoso camino de montaña escoltado por casas más o
menos derruidas; la más destrozada de todas, ya casi saliendo hacia el
otro lado, es la del Quijote. “Estuvo 50 años deshabitada”, comenta
Miguel Rodríguez, que no es pariente de Leandro sino el vecino de
enfrente. “Antes la usaban para almacenar patatas.” Le pedimos que nos
hable de su pueblo: “Yo no soy de acá, me vine por mi mujer. En total
somos 17. El cura viene poco y a veces ni da misa, porque no va nadie”.
Después, aburrido, Miguel se interesa por nuestras señas. “En 1974
–evoca entonces–, comí carne argentina envasada en 1953: la mejor cena
de la mili.” Vale.