AZORÍN, EL ÚLTIMO
ROMÁNTICO
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El autor |
Por
Ramón Fernández Palmeral
«La figura señera y la ingente
obra de Azorín», como ya escribiera Vicente Sala Belló para la
presentación de «Azorín y el fin de siglo (1893-1905)», con motivo del
I Centenario del Desastre de 1898, debería ser considerada como «El
último romántico» por la génesis de su formación política, filosófica
y literaria en lo que corresponde a la etapa de su adolescencia hasta
su viaje a Madrid (1896) ya convertido en adulto y en un periodista
vocacional y una reconocida promesa literaria. Un periodo juvenil, anterior al de ser reconocido por su imperial pluma universal.
Demostraremos que este apelativo de «El último romántico», no es
gratuito. Sin embargo, situemos el vocablo romántico donde le
corresponde históricamente, no con la acepción que nos sugiere
actualmente de enamoramiento o soñador, sino como revolución, progreso
y libertad (finales del XVIII a primera mitad del siglo XIX).
Antes de
llegar al peculiar estilo periodístico por el que le conocemos,
aparentemente sencillo y sucinto con escasas subordinadas, frases
cortas y léxico rico en arcaísmos, de palabra precisa y justa, vivió
una adolescencia bélica de ideas y agresiva, anarquista, realista en un
intento de denunciar la injusticia social. Más tarde se incorporaría a
lo que se llamó modernismo o renovación e innovación del lenguaje y
sobre todo repudiando viejos vicios dieciochescos, un movimiento
occidental de cambios filosóficos, literario y artístico (las
vanguardias). Miguel Ángel Lozano Marco, Universidad de Alicante,
comentó:
«Conocedor del
valor sustancial de la literatura, Martínez Ruiz, comenzó su vida
pública como crítlico (sic), [crítico], precoz –lo que él encontraba a
su alrededor– sino interpretación, comprensión, intento personal de
apresar el espíritu del libro». (Azorín. La mirada atenta, 1998).
En este trabajo hemos tenido
presente el artículo del biógrafo de Azorín, Santiago Riopérez y Mila,
titulado «Azorín, anarquistas» (Anales Azorinianos, nº 2, Monóvar,
1985), en el que nos expone una amplia tesis sobre este credo
anarquista de José Martínez, que comentaremos puntualmente.
Para analizar y documentar la
hipótesis romántica tardía de su adolescencia como revolución y
renovación de ideas, hemos de indagar primero en las fuentes.
DATOS FILIALES:
Su filiación
es harto conocida, a pesar de ello, no puede faltar en este artículo
sobre los primeros años de vida y su formación espiritual. José
Martínez Ruiz (Azorín), nació a las tres de la madrugada del domingo 8
de junio de 1873, en calle Cárcel (un caserón hidalguesco de dos pisos
y otro con troneras de desvanes, según descripción que hizo Ernesto Giménez Caballero) [1], en Monóvar
(Alicante), localidad de habla valenciana del Alto Vinalopó o valle de
Elda. Al neófito le bautizaron con los nombre de José Augusto
Trinidad, en la parroquia de San Juan Bautista.
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Finca "La Cañada", cuadro de
Luis Vidal Maestre |
Fue el mayor de nueve
hermanos, hijo de don Isidro Martínez Soriano, natural de Yecla
(Murcia), abogado, alcalde de Monóvar desde 1877 hasta 1881, y de doña
María Luisa Ruiz Maestre, natural de Petrel, descendiente de los Ruiz,
linaje de hidalgos con privilegios de Corte, era hija de propietarios.
La familia tenía una casa de campo en Collado de Salinas. (La
Cañada, era el nombre de la finca de los padres, donde el joven
Pepe, así le llama la familia, empezó a observar la naturaleza. (Ver
fotografía adjunta, de un cuadro del pintor Luis Vidal Maestre –Monóvar
1909-1970– fundador del grupo «Palera». Gerardo Diego escribió el
texto al catálogo de una exposición de Luis en 1976 en Monóvar).
Don Isidro
Martínez pertenece a una familia acomodada, católica, tradicional,
conservadora «romerista», es decir, partidaria del político conservador
antequerano Francisco Romero [2].
Los
antecedentes maternos de Azorín, se hallan en Petrel, investigados
concienzudamente por José Payá Bernabé, director de la Casa-Museo, de
quien tomo el siguiente párrafo:
«Entre los antepasados de J. Martínez Ruiz por la rama materna figuran,
entre otros, Pedro Ruiz Hernández Yagüe, familiar del Santo Oficio,
casado en Monóvar con Catalina Escrivana Romero; Fernando Ruiz, Rector
de la Iglesia parroquial de Monóvar; Pedro Ruiz Miralles, Licenciado
presbítero que recibió, en 1708, el título de Noble Hijodalgo de manos
del Rey Felipe V».
Descendiente
de este árbol genealógico fue Amancio Ruiz Mira, de Monóvar, que se
casó con Josefa Maestre Rico, natural de Petrer. Josefa y Amancio
tuvieron dos hijas: Josefa María Roberta, que falleció con un año de
edad, y María Luisa quien, con el tiempo, se convertiría en la madre de
Azorín.
El carácter
de José Martínez era el de un tipo raro, reservado, según los vecinos
contemporáneos que le conocían, y que a penas tenía contacto con la
gente, a pesar de conocer muy bien las costumbres y los lugares
geográficos.
PRIMEROS ESTUDIOS:
Las primeras
letras o «luces», como nos dejó escrito el propio Azorín, según cuenta
en Las confesiones de un pequeño filósofo (1904), las aprendió
en la escuela de Monóvar, donde nos confiesa, nunca mejor dicho, que
«este maestro que me inculcó las primeras luces era un hombre seco,
alto, huesudo, áspero de condición, brusco de palabra, con unos bigotes
cerdosos y lacios... porque yo –hijo del alcalde- recibía del maestro
todo los días una lección especial.»
Con nueve
años, en 1881, ingresa como alumno interno al Colegio de los Padres
Escolapios de Yecla (Murcia), o la Yécora de Pío Baroja en
Camino de perfección, pueblo de naturaleza del padre, para estudiar
el bachillerato que le costará siete años. Salió con dieciséis años
de edad para Valencia. Tuvo como profesor al padre Carlos Lasalde
(1841-1906). Esta triste época juvenil nos la relatará más tarde en su
primera novela La Voluntad (1902). El hispanista estadounidense
E. Inman Fox, escribió una amplia introducción a modo de ensayo de la
citada novela para la edición de Clásicos Castalia, nº 3 ,1989, en la
que argumenta sobre su estancia yeclana: «Los años de Yecla resurgen en
la memoria de Azorín como una sombra casi siempre teñida de tristeza.
Habíase sentido arrancado del seno familiar y de la radiante naturaleza
alicantina». Esta última apreciación de E. Inman Fox no debería
provocar aflicción, no obstante, para la sensibilidad el joven Pepe, sí
es causa de tristeza, a pesar de que las dos localidades, sin
pertenecer a la misma provincia, separadas por unos 40 kilómetros,
pertenecen a la misma comarca geográfica.
En el mismo
comentario crítico de E. Inman Fox (1989, p.13), argumenta que «sólo
Gabriel Miró, otro alicantino, ha dejado impresiones más intensas, de
una angustia artísticamente muy elaborada, sobre el impacto opresivo
que produce el internado en un colegio de religiosos...» (recordemos que
Gabriel Miró era buen amigo de Azorín [3]
estudió en el colegio Santo Domingo de los jesuitas de Orihuela
1887/92).
ETAPA VALENCIANA Y FORMACIÓN ROMÁNTICA.
En octubre
de 1888 comienza la carrera de Derecho en la Universidad literaria de
Valencia, ciudad de color huertano y sorollesco, su profesor de Derecho
Político era Eduardo Soler, krausista. Carrera que se ve truncada, ya
que el Derecho Romano se le atranca. Aquí, en Valencia, a través de la
recomendación de su tío Miguel, publica sus primeros artículos en La
Monarquía de Alicante y otros diarios regionales, y empieza la
batalla en busca de un seudónimos, primero: «Juan de Lis» y «Fray
José», no sólo por lo común de sus apellidos, sino porque quería
ocultarse de la autoridad paterna que, seguramente, no vería con buenos
ojos que su hijo se distrajera de los estudio con artículos
periodísticos.
Ante la
evidencia de los suspensos traslada el expediente universitario a Granada (1892). Vuelve José Martínez Ruiz ese mismo año otra vez a
estudiar en Valencia, pero ya le ha picado el gusanillo de la letra
impresa, que debió provocar en su vanidad, ese vicio que nos sustenta a
quienes intentamos seguir en vano el mismo camino. En Valencia descubre
un mundo nuevo, y esta libertad, llamémosle libertad valenciana, lejos
de la estrecha vigilancia del profesorado seglar de la Orden religiosa
de los Escolapios de Yecla y de la vigilancia paterna, le facilitan los
movimientos dentro de la ciudad naranja, libertad de elegir libros de
viejo, no censurados por la iglesia, lecturas de las corrientes
anarquista del momento, que le convierten en un rebelde de ideas, como
no podía ser menos en una incipiente vocación de escritor, crítico y
periodista. Empieza a escribir artículos en 1892 en La Educación
Católica con el seudónimo de Fray José, en El Defensor de Yecla
con el de Juan Lis, y El Eco de Monóvar.
Durante su
etapa valencia-universitaria no se aplica en los estudios, pierde el
tiempo con la afición al teatro (actores de la época eran Vico, Novelli...),
acude a las tertulias de café a escuchar música de Wanger (1813-1883),
que por aquella época el músico alemán era predilecto de los
valenciano. Se siente liberado de la represión a que había sido
sometido en sus años de bachillerato en el internado de Yecla. En su
libro Valencia, (1941), comenta que asiste a conferencias,
frecuenta las librerías de viejo, también iba a los toros, aunque luego
renegara de esta afición. Salas de juego, cafés como el de España
[4]. Conoce a artistas como Benlliure Además era un joven
aficionado al deporte de la pelota valenciana y a la pintura. Pensamos
que los padres no deberían estar muy contentos con la alergia que su
hijo le tenía a los libros de texto de Derecho: eterno repetidor de
asignaturas. En 1896 traslada el expediente universitario a Salamanca
y desde allí a Madrid.
En Valencia
había dos ambientes, dos corrientes estéticas, es decir dos tendencias
de ideas, una la de Teodoro Llorente, director de Las Provincias,
y otra la de Vicente Blasco Ibáñez, director de El Pueblo. Se
incorpora a la redacción de El Mercantil Valenciano, de
Francisco Castell, no gustó uno de sus artículos y le echaron de la
redacción. Colabora en la revista valenciana Bellas Artes entre
1894-1895. En El Pueblo, de Blasco Ibáñez entre 1894 a
1896, éste autor le dedicó su libro Arroz y Tartana, (según la
nota de José Payá en su artículo «Blasco Ibáñez en Azorín») con la
dedicatoria «a mi querido amigo el distinguido crítico don José
Martínez Ruiz, como muestra del afecto». Empieza a firmar con los ya
repetidísimos pseudónimos, y «Cándido» para el folleto de el Ateneo de
Valencia, La crítica literaria en España, como búsqueda de un
necesario encubrimiento o desdoblamiento de personalidad que le llevó
hasta 1903 tras el éxito de la novela Antonio Azorín (1904), aunque el personaje Antonio Azorín aparece por primera vez en La
Voluntad. Firma con el definitivo pseudónimo de Azorín en su
artículo «Somos iconoclastas», publicado en Alma Española el 28
de enero de 1904, un apellido común de la comarca del Vinalopó.
Quizá sea
interesante observar el prefijo semejante a azor, azotar, ácido, y el
sufijo de esa "í" tónica y aguda con sonido casi onomatopéyico: ring o
rín.
En alusión a
las lecturas juveniles tomo el párrafo de su biógrafo Santiago Riopérez
(1985, p.36):
«Y, sobre todo, el aluvión de sus
lecturas juveniles –cuyas obras podemos ver en el despacho de esta
Casa-Museo–, y sus personales traducciones de anarquistas eminentes.
Repasemos estos nombres: Hamon, Kropotkine, Bakunin, Faure, Nietzsche,
Shopenahauer, Leopardo, Baudelaire, Kafca y Larra, que le ha iluminado
por su tragedia, de maestro de la presente juventud».
La influencia
de los artículos periodísticos de Mariano de Larra son harto evidentes,
no ya por el encargo de
selección de Azorín de Artículos de costumbres, Madrid, Espasa-Calpe,
1942 (col. Austral), sino por el estilo agresivo y directo del suicida
madrileño. Un
13 de febrero de 1901 –nos lo cuenta José Ferrándiz Lozano en
«Periodismo y literatura: el roce hace el cariño»-, unos enigmáticos
visitantes pronunciarán un discurso ante su tumba: Pío Baroja redactó
una crónica que se imprimió en hoja suelta; José Martínez Ruiz -todavía
no firmaba con su pseudónimo Azorín- incluyó la escena en su novela
La Voluntad (1902). «Los tres hallaron su medio de vida en el
periodismo».
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Cuadro del autor |
FEDERALISTA:
Lee
infatigablemente lecturas de ideólogos anarquistas como Dorado Montero
[5], con quien mantiene una
correspondencia epistolar, lee también estudios sociales y jurídicos de
Lombroso, y lecturas francesas de Baudelaire, las Flores del mal
(1857), lecturas que le conducen a su concepto de anarquismo
de ideas basado en Dubois, amante de la justicia y de la libertad, le
llevan a escribir Notas sociales, y Anarquistas literarios
(1895) que firma con su nombre y guiños hacia el federalismo, no en
vano era hijo espiritual de la I República Federal, con el mandado del
apático y falto de carácter primer presidente Estanislao Figueras
Morante, por 244 votos, que a los cinco meses de presidencia abandonó
el gobierno y marchó a Francia de incógnito. Le sucedió en la
presidencia un seguidor de las ideas federalistas, el catalán Pi y
Margall [6], pontífice máximo del
federalismo español provocando con su actitud el movimiento
cantonalista, periodo entre el reinado de Amadeo y la restauración de
Cánovas. Años después Azorín, escribe en Crónica de 26 de enero
de 1897, «El País», considera a Pi y Margall «padre del anarquismo
español, adversario del Estado y de la Autoridad».
El
federalismo es, ideológicamente, sucesor de los principios románticos
de libertad, nacionalismo, ideas sociopolíticas que se venían
arrastrando del llamado "Siglo de las Luces" y la revolución Francesa y
el romanticismos histórico en El Contrato Social (1762) de
Rousseau. (Ver los trabajos de Giovanni Restrepo sobre este tema). Las
tesis románticas de las nacionalidades se deben a la creencia en la
libertad del individuo basada en su voluntad y, además, en que la
justicia y la verdad no eran categorías permanentes. (Voluntad del
individuo como sugerencia al título de su famosa novela La Voluntad).
La tesis que
Carlos Seco Serrano, de la Real Academia de la Historia, nos lo
confirma cuando escribe «Desconcertante Azorín el de sus vinculaciones
políticas: que parte del afectado gesto anarquista; que se identifica
más tarde con Pi y Margall y con Castelar, y luego se vincula al
maurismo...», en su artículo «Mi amistad con Azorín» (Anales
Azorinianos, nº 5, Monóvar, 1993, pp. 269, 270).
Envía una
carta el 21 de septiembre de 1897 al Presidente del Comité local de
Partido Republicano Federal de Monóvar, José Pérez Bernabeu, que era
médico [7], de adhesión al federalismo.
Ese año, 1897, Martínez Ruiz se convierte públicamente en un
infatigable luchador en pro del anarquismo de ideas, portavoz de la
intelectualidad ácrata. Sus primeros trescientos artículos
periodísticos combativos Obras Completas (Madrid, 1947), a los
que consideró, en su vejez, artículos agraces o inmaduros, de
propaganda anarquista «Desde ellos, se alcanzó una voz limpia y fuerte,
hondamente preocupada por los problemas nacionales, denunciadora de
injusticias, atropellos y corruptelas...» según el ya referido artículo
de Riopérez. Ideas quijotescas que se transformaron a través de los
siglos en románticas ideas, ideales imposibles y utópicos, que después
pasaron a un joven progresista que tomó la pluma como arma beligerante.
Se hace
necesario recordar que cerca de Monóvar sucedió, años atrás, lo que
se llamó «Guerra del Petróleo», promovida por la Asociación
Internacional de Trabajadores (AIT) del 9 al 13 de julio de 1873 con
el asalto y quema de la casa consistorial de Alcoy y la muerte de su
alcalde Agustín Albors Blanes, el balance de víctimas fue de 15 muertos
y 17 heridos. Ver El cantonalismo en la ciudad y reino de Valencia,
(Vicente Gascón Pelegrí, Imp. Mari Montañana, Valencia, 1974).
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Cuadro del autor |
CONCLUSIONES:
La conclusión a la que llego
sobre esta primera etapa adolescente de Azorín hasta el 25 de noviembre
de 1896 en que viajará a Madrid instalándose en calle Barquillo:
«Entré a trabajar en un diario (...) mi vida era austera y mi comer
frugal» escribe en Posdata (1959), es impensable que un joven
que deseara aspirar a empresas mayores, no se confiara a los brazos
amables del conservadurismo cómodo, ajeno a la política del momento
social y lucha de clases, ciego a la injusticia y a la vida propia de
los sibaritas bajo la propina de los padres, y, a la espera de
que alguien haga algo por ti, sin embargo en José Martínez la lecturas
anarquistas le conducen a un ataque feroz contra las instituciones
(Estado, Ejército, Iglesia) que él considera que coartan la libertad
individual de las personas. Por ello, y como un quijote, Azorín salió
«por la puerta falsa de un corral», lleno de ideales hacia Madrid.
¿Fue la guerra de Cuba
(1895-98), causa de su no beligerancia y anarquismo? El saneado
patrimonio familiar, impiden su reclutamiento en el servicio militar
obligatorio, tenía la edad para el alistamiento forzoso, se convierte
en un soldado de cuota, posiblemente, su padre debió pagar las casi
2.000 pesetas para librarle de la leva, de lo contrario le hubiéramos
visto en la guerra de Cuba, vestido con el traje blanco a rayas y el
sombrero de ala ancha, pero, seguramente, hoy no estaríamos analizando
a un escritor innovador y revolucionario, al último romántico del
lenguaje.
NOTAS
[1]
«Mi Azorín», Anales Azorinianos, nº 2 , p.53, Monóvar, 1985.
Ernesto Giménez Caballero da fe de que visitó a Azorín el 1 de
abril de 1939, en su casa de Madrid, vestido con uniforme de
alférez provisional, y le dijo: «–Azorín, vengo de su pueblo, de su
casa, que he contribuido a liberar. Pero sobre todo, vengo a darle
el parte de mi generación como gratitud a la suya: hemos recobrado
la Voluntad. Eso es todo». Azorín le contestó «-Ya es bastante».
(Esta fecha del 1 de abril es dudosa, ya que Azorín se exilió en
París desde octubre de 1936 hasta que regresó con su esposa el 23
de agosto de 1939).
[2]
Francisco Romero Robledo, Antequera (Málaga). Abogado y diputado
por la Unión Liberal desde l862. Contribuyó al destronamiento de
Isabel II, formando parte de la Junta revolucionaria de Madrid;
ingresó en el Partido Constitucional de Sagasta, de quien fue
subsecretario de Gobernación (1871). Combatió a la I República
(1873), y ayudó a Cánovas en su tarea de lograr la restauración
monárquica, siendo con él ministro de Gobernación en el
ministerio-regencia (1875). Tuvo a su cargo ese ministerio hasta
1879, y después en 1880- 1881 y 1884-1885, perfeccionando sus
conocimientos, iniciados con Sagasta, para canalizar los comicios
electorales en favor del gobierno. La cesión del poder a los
liberales, tras la muerte de Alfonso XIII, provocó su ruptura con
Cánovas y el acercamiento al general López Domínguez con quien
formó en 1886 el Partido Liberal-Reformista. Tras el fracaso de
éste (1888) se reintegró al Partido Conservador (1890), ocupando la
cartera de Ultramar (1891-1892), con la oposición y dimisión de
Silvela, y la de Gracia y Justicia (1895-1897). A la muerte de
Cánovas (1897) mantuvo su propio grupo («romerista»), ante la
incapacidad de acceder a la jefatura del partido de los
conservadores; y ocupó la presidencia del Congreso desde 1902,
teniendo, en poco tiempo, tres votos de censura. Romero Robledo
falleció en Madrid en 1906.
(DD.AA.: Enciclopedia de Historia de España, vol IV
(Diccionario biográfico). (1991). Madrid: Alianza Editorial. 910
pp.)
[3]
Gabriel Miró en Azorín. Vivencias, es el título de un
ciclo de conferencias que organizó el Instituto Juan Gil-Albert
(Alicante-España), en colaboración con la Casa-Museo Azorín. El
poeta y ensayista alicantino Antonio Porpetta 15 de marzo 2005
conferencia que llevó por título «La
música en la obra de Gabriel Miró». Y días 15 y
16 de marzo en la Casa-Museo de Azorín en Monóvar por catedráticos
de la Universidad de Murcia, Francisco J. Díez de Revenga de «De la
narrativa de Azorín a Gabriel Miró» y Miguel Ángel Lozano Marco con
«Sigüenza, personaje de Gabriel Miró». Y la profesora y escritora
Marina Mayoral con «La sensualidad trascendente en Gabriel Miró».
[4]
Juan Gil Albert, lo comenta en su artículo «Azorín y la
intravagancia» (Anales Azorinianos, nº 2), (...yendo a sentarse en
el Café de España de la Bajada de San Francisco, «café suntuoso
como no lo habría en parís», y en cuyos espejos alcancé yo a
reflejarme de muy niño).
[5]
Pedro Dorado Montero nació en Navacarros (Salamanca) el 19 de Mayo
de 1861, en el seno de una humilde familia campesina. Los primeros
estudios los realizó en la localidad próxima de Béjar, lugar donde
tuvo ocasión de tomar contacto por primera vez con el pensamiento
krausista que tanto influyó sobre su obra. Gracias a una beca del
Colegio Mayor de San Bartolomé. En 1883 culminó sus estudios de
doctorado en Madrid, y más tarde, en el Colegio de San Clemente de
Bolonia. En la capital de España entró en relación con Francisco
Giner de los Ríos y su "Institución Libre de Enseñanza", en Italia,
con los criterios doctrinales de la scuola Positiva de
Lombrosso, Ferri o Garofalo. Fruto de esta doble y bien dispar
influencia es la penalogía doradiana.
[6]
Francisco Pi y Margall, nació en Barcelona en 1824. Era hijo de un
obrero textil. Estuvo en el seminario (1831-1837) y estudió
Derecho; muy joven, fue miembro de la sociedad Filomática, donde
conoció a las principales figuras del romanticismo catalán. En 1847
fijó su residencia en Madrid. Colaboró en diferentes periódicos y
en la redacción de diversas obras. En 1848 completó la obra
"Recuerdos y bellezas de España", de Piferrer. En 1851, cuando
gozaba ya de un cierto prestigio, inició una monumental Historia
de la pintura, pero sus consideraciones sobre el cristianismo
durante la Edad Media provocaron una fulminante condenación
eclesiástica y legal. Su participación activa en política se
produjo a partir de 1854. Segundo presidente de la I República
española (11-06-1873) a (18-07-187).