http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/mayo_03/09052003_02.htm
Cumplidos ya los ochenta, Azorín salía cada mañana de su casa para
dar un paseo. Siempre vestido como para ir de boda, y con un porte
aristocrático se paraba en los semáforos, inmóvil, tieso como un palo
con su sombrero y su bastón, como si fuera una estatua de sí mismo.
Cuentan que había llegado a Madrid, José Martínez Ruiz, con un
monóculo y un paraguas rojo, y que se había puesto de nombre Azorín
para escribir en los periódicos. Un seudónimo tan afortunado que ya
nadie volvería a llamarle de otra manera; Azorín ponía en el buzón de
su casa de la calle Zorrilla, y Azorín también en la guía de teléfonos.
Con los años dejó de usar el monóculo, así que para llamar la atención
se hizo subsecretario de instrucción pública, y posó para las fotos de
los periódicos con un bigotillo de alto cargo decimonónico y corbata de
pajarita.
Durante una temporada se aficionó, con otros de la generación del
98, entre ellos Pío Baroja, a visitar cementerios. Salían de noche,
embozados, al cementerio General del Norte y allí andaban entre los
sepulcros, iluminados por la luna, como en una representación de
Shakespeare. Un día decidieron recoger lo que quedara de los restos de
Larra en San Nicolás, para trasladarlos a la Sacramental de San Justo.
Azorín se hizo con un botón de la levita del malogrado Fígaro, y
durante unos minutos sostuvo su cráneo entre las manos buscando el
orificio de la bala que segó su vida.
En 1924 lo nombraron académico de la lengua, y allí anduvo en la
docta institución a la que presentó de inmediato tres nuevas palabras
merecedoras, según él, de figurar por méritos propios en el
diccionario: agavillar, ‘montón de gavillas’; robadizo,
‘camino malo’ y morredero, ‘puerto o portillín’. Entre que los
académicos no se las admitieron y que después le rechazaron por dos
veces la candidatura de Gabriel Miró, dejó de ir a las sesiones
pretextando que le coincidían con la hora de la cena, a las ocho, y que
por nada del mundo alguien de su edad podía asumir el trastorno que le
provocaría cambiar de horario.
Aficionado desde joven a las librerías de viejo, no era extraño
verlo a primeras horas de la tarde sentado en la primera caseta de la
Feria del Libro Viejo, en la cuesta de Moyano, charlando con el librero
Negueroles, o en la librería de Berdegué donde lo dibujó el pintor
Esplandiu en 1963.
En su casa tenía, al lado de la chimenea, un pequeño estante
dedicado a los libros más leídos. Y hay una foto curiosa de ese rincón,
rebosante de libros apilados de forma desordenada hasta la altura de
los cuadros.
Ya viejo se aficionó al cine e iba casi a diario. Y después volvía a
casa, a comentar con su mujer lo que había visto, sentado en un sofá de
rayas que tenía y que le sobrevivió
AZORÍN
en "Monòver
punto com"