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AZORÍN
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17 de junio del 2005, viernes
   
 

http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/mayo_03/09052003_02.htm

Azorín, monóculo y bastón

Por Jesús Marchamalo

Cumplidos ya los ochenta, Azorín salía cada mañana de su casa para dar un paseo. Siempre vestido como para ir de boda, y con un porte aristocrático se paraba en los semáforos, inmóvil, tieso como un palo con su sombrero y su bastón, como si fuera una estatua de sí mismo.

Cuentan que había llegado a Madrid, José Martínez Ruiz, con un monóculo y un paraguas rojo, y que se había puesto de nombre Azorín para escribir en los periódicos. Un seudónimo tan afortunado que ya nadie volvería a llamarle de otra manera; Azorín ponía en el buzón de su casa de la calle Zorrilla, y Azorín también en la guía de teléfonos. Con los años dejó de usar el monóculo, así que para llamar la atención se hizo subsecretario de instrucción pública, y posó para las fotos de los periódicos con un bigotillo de alto cargo decimonónico y corbata de pajarita.

Durante una temporada se aficionó, con otros de la generación del 98, entre ellos Pío Baroja, a visitar cementerios. Salían de noche, embozados, al cementerio General del Norte y allí andaban entre los sepulcros, iluminados por la luna, como en una representación de Shakespeare. Un día decidieron recoger lo que quedara de los restos de Larra en San Nicolás, para trasladarlos a la Sacramental de San Justo. Azorín se hizo con un botón de la levita del malogrado Fígaro, y durante unos minutos sostuvo su cráneo entre las manos buscando el orificio de la bala que segó su vida.

En 1924 lo nombraron académico de la lengua, y allí anduvo en la docta institución a la que presentó de inmediato tres nuevas palabras merecedoras, según él, de figurar por méritos propios en el diccionario: agavillar, ‘montón de gavillas’; robadizo, ‘camino malo’ y morredero, ‘puerto o portillín’. Entre que los académicos no se las admitieron y que después le rechazaron por dos veces la candidatura de Gabriel Miró, dejó de ir a las sesiones pretextando que le coincidían con la hora de la cena, a las ocho, y que por nada del mundo alguien de su edad podía asumir el trastorno que le provocaría cambiar de horario.

Aficionado desde joven a las librerías de viejo, no era extraño verlo a primeras horas de la tarde sentado en la primera caseta de la Feria del Libro Viejo, en la cuesta de Moyano, charlando con el librero Negueroles, o en la librería de Berdegué donde lo dibujó el pintor Esplandiu en 1963.

En su casa tenía, al lado de la chimenea, un pequeño estante dedicado a los libros más leídos. Y hay una foto curiosa de ese rincón, rebosante de libros apilados de forma desordenada hasta la altura de los cuadros.

Ya viejo se aficionó al cine e iba casi a diario. Y después volvía a casa, a comentar con su mujer lo que había visto, sentado en un sofá de rayas que tenía y que le sobrevivió

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