7.- LAS LAGUNAS DE RUIDERA
Señor Azorín:
Por la noche estuve tomando notas para no olvidarme de lo
vivido. Estuve leyendo algunos capítulos anteriores de los referentes
al Caballero del Verde Gabán. De repente empecé a destornillarme de
risa.
—¿De qué te ríes tú solo? Los tonto se ríen solos.
—Es que estoy leyendo lo de la aventura de los leones del
Quijote. Uno de los episodios más humorísticos del libro.
Escucha: Estaba Sancho comprando requesones a unos pastores y
como no tenía donde meterlos los iba guardando en la celda de Don
Quijote, cuando escuchó que su amo le llamaba a toda prisa para que
le trajera la celada que llevaba el escudero, puesto que vio a un
carro que venía con bandeas reales, y presagió una nueva aventura, y
como Sancho no tuvo tiempo de sacar los requesones de la celada se lo
dio como estaba. Y don Quijote sin echar de ver lo que la celada
tenía dentro se la encajó en la cabeza, y como los requesones se
exprimieron comenzó a correr el suero por el rostro y barba de don
Quijote
—¿Qué será esto, Sancho, que parece que se me ablandan los cascos,
o se me derriten los sesos, o que sudo de los pies a la cabeza?
Mi mujer también se tronchaba de risa. Además la aventura de los
leones hambrientos, cuando pide al leonero que abra la jaula, es de
un valor temerario más que de cordura.
Estuve escribiendo notas aisladas, sentado al borde de la cama
mientras miraba por la ventana la laguna de La Colgada, sobre cuyo
espejo se reflejaba una luna pequeña y creciente, alta y lejana sobre
el horizonte montañoso de unos cerros leves, un tajo de sandía
blanca, la luz selenita llegaba hasta el embarcadero, tres patos
navegan hasta la orilla, uno se queda picoteando al borde de la
tierra, los otros dos se van hacia la cascada, como el otro pato no
regresa se vuelven hacia él, y educados y vigilantes le esperan a
que termine de picotear.
«Y le enseñaron las lagunas de Ruidera, famosas
asimismo en toda La Mancha y aún en toda España…»
(Cap. 21,2ª parte de El Quijote).
Este eslogan encabeza el Catálogo sobre el
Parque Natural de Lagunas de Ruidera,
de Andrés Naranjo Moya, Impresión y Diseño: Gráfica Tomelloso, S.L.
(2002), que con primorosas y educativas ilustraciones lo incorporo
desde ahora a mis libros guías y ya van cinco. Muchas veces, señor
Azorín, tengo dudas de si el artículo «la» que precede a Mancha va
con mayúscula o con minúscula, usted lo escribe con minúscula, yo he
optado por la mayúscula, no obstante creo, que esta ambigüedad
necesita un congreso lingüístico o al menos una tesis doctoral.
El silencio es comestible «un silencio profundo,
un silencio ideal, un silencio que os sosiega los nervios y os invita
al trabajo, un silencio que Cervantes califica de “maravilloso” y que
dice que es lo que más ha sorprendido a Don Quijote, reina en toda la
casa». Usted se refiere al capítulo 18 de la 2º parte del Quijote,
en casa del caballero del Verde Gabán,
«pero de lo que más se contentó don Quijote fue del maravilloso
silencio que en toda la casa había, que semejaba un monasterio de
cartujos». A veces nos da miedo el silencio porque oímos el fluir de
nuestra sangre al paso latir por los oídos, en lo que se llama
tinnitus (ruidos en los oídos), y es que yo padezco eternos ruidos a
los que no hago caso. En estos parajes lacustres, deslizada entre
exquisitos y penitentes chopos, álamos u olmos, la paz casi molesta
tanto como un mal poema. Un enjambre de mosquitos vuela al trasluz.
Dormí de un tirón, desperté cuando las del alba serían, con la
luz del amanecer hice unas fotos desde la ventana, la luz se
reflejaba con ganas de romper el cascarón del ocaso aún casi
cerrado, la bóveda del universo, en el cielo había unas nubes
ligeras, de mantequilla, quietas en el horizonte. Lo primero que
hice fue bajar al parking, junto a la carretera, para ver si estaba
mi Nissan Almera, es un gasoil, una maravilla de los hijos del sol
naciente, me da la sensación de que en el motor hay cientos de
japoneses trabajando para mí solo. Antes de desayunar hice un breve
recorrido por los alrededores, por el llamado barrio de Pesadores;
bajé por unas escaleras a la abandonada central eléctrica de Fenosa.
Al borde de una, dos, tres cataratas, de unos diez metros de altas,
contemplé el matrimonio de un álamo unido a una jacarandá florecida
en violeta, que a la vez había metido un mazacote de raíces en el
agua y parecía un malecón o embarcadero natural.
Tomé notas de la flora autóctona de un cartel informativo de
los que hay por el parque, al borde de las carreteras. Crecen los
olmos (Ulmus campestris) y el álamo blanco (Pupulus alba).
El chopo (Pupulus so) fue introducido con fines
maderables, y también la repoblación con pinos carrascos (Pinus
halepensis), resistentes a la sequía para proteger las
vaguadas ante la erosión. Junto a la encina, la coscoja, el enebro,
el espino, aliagas, romeros, sabinas, abetos o cipreses. La
vegetación de los pantanos o palustre, crece con los miedos como
crecen las sombras oscuras del destino, son los carrizos (Phragmites
australis), espadañas (Thypha syp), masiegas (Claudium
mariscus) y juncos.
Las Lagunas de Ruidera componen un Parque Natural, forman un
conjunto de una, dos tres, cuatro…, hasta quince lagunas entrelazadas
por canalillos, cascadas, saltos o nacimientos, de formas elípticas,
circulares o fiordos de aguas transparentes, de un cromatismo
variable entre la gama de los colores esmeraldas, zafiros, perlas,
azules, pardos…, hábitat de una flora y fauna variada. El silencio es
tan callado que se oye, quien tenga oídos, el crecer de la hierba,
cortado por el vuelo de los vencejos, algún pitirrojo o la aleta de
algún pez que corta el agua y produce ondas concéntricas. Es uno de
los parajes más bellos de España. Las lagunas se llaman: Blanca,
Conceja, Tomilla, Tinaja, San Pedro, Redondilla, Lengua, Santos
Morcillo, Salvadora, Batana, Colgada, Del Rey, Cueva Morenilla,
Coladilla, Cenagosa. Aunque llaman Lagunas de Ruidera al parque
natural, colindan los términos de Villahermosa, Ossa de Montiel,
Ruidera, Alhambra y Argamasilla de Alba.
A las nueve regresé a la habitación 409 para avisar a mi mujer
de que bajara a desayunar, no podíamos perder mucho tiempo, teníamos
muchos lugares de La ruta de don Quijote por visitar.
El camarero del ancla tatuada en el brazo, un hombre fuerte de
unos cincuenta años, es diligente, ya afable, ya diligente, ya
atento, que acaba de abrir la cafetería. Somos los primeros clientes
y los únicos. Yo no paro de hablarle, de sacarle alguna palabra que
no sea la del servilismo.
—Nosotros venimos desde Alicante para hacer la Ruta de don
Quijote.
—Esta es la mejor fecha para venir a las lagunas —juzga el
camarero que se llama Paco—, en invierno hace frío y en agosto no
para uno del calor y la cantidad de gente que viene. Yo estuve
trabajando en un pueblo costero de la Marina Alta, aquello sí que
tiene turismo y buen ambiente.
—¿Entonces conocerás el Cabo de la Nao y San Antonio, la isla
de Portichol y playa de Granadellas?
—Pues claro, yo trabajé en la Costa Blanca, cerca de veinte
años.
—He visto centrales eléctricas abandonadas de Fenosa— pregunté
con curiosidad.
—Hace unos treinta años cerraron las fábricas de la luz, hubo
cinco centrales, daban trabajo a muchas familias.
8.- EL CASTILLO DE PEÑARROYA