En el año 1973, festejando el primer centenario del ilustre escritor
monovero José Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo yeclano de
«Azorín», la Diputación Provincial alicantina reunió en Monóver a un
buen puñado de literatos alicantinos bajo el pretexto de celebrar la
III Asamblea Comarcal de Escritores. Como no podía ser de otra forma,
el tema a debatir pasaba por glosar la figura de Azorín. Y a ello se
pusieron escritores de la talla de Vicente Ramos, Rafael Azuar,
Rafael Coloma, Martínez-Mena, Miguel Signes, Adrián Espí o José
Ferrándiz Casares, entre otros muchos. Cada uno de ellos fue
desgranando alguna de las características de la obra del monovero y,
como resultado de aquel encuentro, tiempo después apareció un volumen
que recogía aquellos trabajos editado por el entonces Instituto de
Estudios Alicantinos.
Durante las pasadas vacaciones de Semana
Santa, bien pasadas ya cuando este artículo llegue al lector, me di
de bruces en Biar con uno de los ejemplares y me dediqué a saborear,
mientras el viento frío abrileño soplaba desde Mariola y nos veíamos
obligados a subir la calefacción de casa, la obra del escritor
monovero vista y explicada por otros literatos alicantinos, algunos
de ellos amigos suyos.
De esta forma, cómo veía Azorín a Alicante y Valencia era
desgranado por Ruiz-Funes, Vicente Mojica se entretenía en
explicarnos el tema navideño en la obra del monovero o Martínez Ros
insistía en los aspectos sociales que descubría en la obra del
escritor.
Pero fue la reunión de tres textos, cortos y agudos, como siempre
solía el de Monóver, sobre Orihuela, recogidos y estudiados por
Guillén García los que me animaron a dejar constancia de la visión
azoriniana de la capital del Segura. Como he señalado, tres textos en
los que aparecen retazos oriolanos conforman el artículo, breve pero
intenso, sobre la Orihuela por la que paseó Azorín. El primero de
ellos, que el autor calcula escribiría allá por 1898, cuando los
restos del imperio español pasaban a mejor vida y toda una generación
iba a adoptar el nombre de esa fecha fatídica para España y gozosa
para estadounidenses, filipinos, cubanos y portorriqueños, relata en
su novela Antonio Azorín.
Como he señalado, breve, pero claro y, desde luego, anticlerical,
como correspondía a la personalidad de Azorín: «Van y vienen por las
calles clérigos con el manteo recogido en la espalda, frailes,
monjas, mandaderos de conventos con pequeños cajones y cestas, mozos
vestidos de negro y afeitados, niños con el traje galoneado de oro,
niñas, de dos en dos, con uniformes vestidos azules. Hay una diminuta
catedral, una microscópica obispalía, vetustos caserones con la
portalada redonda y zaguanes sombríos, conventos de monjas, conventos
de frailes. A la entrada de la ciudad, lindando con la huerta, los
jesuitas anidan en un palacio plateresco; arriba, en lo alto del
monte, dominando el poblado, el Seminario muestra su inmensa mole. El
río --por aquel entonces-- corre rumoroso, de escalón en escalón,
entre dos ringlas de viejas casas; las calles son estrechas sórdidas;
un olor de humedad y cocina se exhala de los porches oscuros; tocan
las campanas a las novenas; entran y salen en las iglesias mujeres
con matillas negras, hombres que remueven en el bolsillo los
rosarios». Es la visión decadente, tal y como acontecía en la España
de la época, de una ciudad adormecida desde hacía muchos, muchos
años…
José Guillén García, estudioso de Azorín, nos relata el segundo
encuentro, mucho más breve que el anterior, del escritor monovero con
la ciudad del pájaro oriol en «El libro de Levante» (1929): «Orihuela
y su huerta. Opulenta y religiosa, calles estrechas y catedral
diminuta. Naranjales; follaje oscuro y bolitas múltiples de oro».
Pero es en su «Sintiendo a España » (1942) donde Azorín, en
palabras de Guillén García, posa sus ojos sobre la vieja ciudad con
arrepentida delicadeza, cincuenta años después: «He llegado a
Orihuela… La estación se halla a diez minutos de la ciudad. Todo
respira, en esta época del año, intensa vida… Se respira vida en las
plantas, en las flores y en los frutos. El ambiente es denso,
embriagador, en estos días de la primavera, y el ánimo se siente
embargado por un leve sueño dulcísimo… La ciudad es interesante. He
visitado ya la diminuta catedral --obsesiva definición a lo largo del
tiempo para el de Monóver. El “Beadeker” dice de ella que es
insignificante. Pero yo puedo aseverar lo contrario. Gótica, airosa y
fina, encanta el encontrarse el viajero en sus naves. Y la reja del
coro es una obra primorosa de forja».
Azorín se adentra en la vida palpitante de la ciudad y, como no,
visita el mercado matinal, impregnándose de sus olores, colores y
sabores: «Mis ojos se recrean plácidamente con los rojos encendidos,
los amarillos y los verdes. Los rojos de cerezas y fresas, los
amarillos de nísperos y albaricoques, los verdes de la fresca
hojarasca que sirve de lecho a las exquisitas frutas…» Y recorre, de
nuevo, tras tanto tiempo sin hacerlo, sus callejas: «Me he detenido
en las puertas de los viejos talleres; carpinteros, fraguas,
alfayates que, en el tablero, van cortando el paño con sus pesadas
tijeras». Una Orihuela, nos advierte, en la que su lengua ya no es la
de Ausías March sino la de Cervantes. En la que el Segura o Tader
riega sus fertilísimas tierras… Una ciudad, finalmente, que, para el
maestro, «con ser alicantina, participa más de Murcia que de
Alicante…».