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 13 de junio del 2005, lunes

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Azorín en Orihuela

INFORMACION - EMILIO SOLER

En el año 1973, festejando el primer centenario del ilustre escritor monovero José Martínez Ruiz, más conocido por su seudónimo yeclano de «Azorín», la Diputación Provincial alicantina reunió en Monóver a un buen puñado de literatos alicantinos bajo el pretexto de celebrar la III Asamblea Comarcal de Escritores. Como no podía ser de otra forma, el tema a debatir pasaba por glosar la figura de Azorín. Y a ello se pusieron escritores de la talla de Vicente Ramos, Rafael Azuar, Rafael Coloma, Martínez-Mena, Miguel Signes, Adrián Espí o José Ferrándiz Casares, entre otros muchos. Cada uno de ellos fue desgranando alguna de las características de la obra del monovero y, como resultado de aquel encuentro, tiempo después apareció un volumen que recogía aquellos trabajos editado por el entonces Instituto de Estudios Alicantinos.

Durante las pasadas vacaciones de Semana Santa, bien pasadas ya cuando este artículo llegue al lector, me di de bruces en Biar con uno de los ejemplares y me dediqué a saborear, mientras el viento frío abrileño soplaba desde Mariola y nos veíamos obligados a subir la calefacción de casa, la obra del escritor monovero vista y explicada por otros literatos alicantinos, algunos de ellos amigos suyos.

De esta forma, cómo veía Azorín a Alicante y Valencia era desgranado por Ruiz-Funes, Vicente Mojica se entretenía en explicarnos el tema navideño en la obra del monovero o Martínez Ros insistía en los aspectos sociales que descubría en la obra del escritor.

Pero fue la reunión de tres textos, cortos y agudos, como siempre solía el de Monóver, sobre Orihuela, recogidos y estudiados por Guillén García los que me animaron a dejar constancia de la visión azoriniana de la capital del Segura. Como he señalado, tres textos en los que aparecen retazos oriolanos conforman el artículo, breve pero intenso, sobre la Orihuela por la que paseó Azorín. El primero de ellos, que el autor calcula escribiría allá por 1898, cuando los restos del imperio español pasaban a mejor vida y toda una generación iba a adoptar el nombre de esa fecha fatídica para España y gozosa para estadounidenses, filipinos, cubanos y portorriqueños, relata en su novela Antonio Azorín.

Como he señalado, breve, pero claro y, desde luego, anticlerical, como correspondía a la personalidad de Azorín: «Van y vienen por las calles clérigos con el manteo recogido en la espalda, frailes, monjas, mandaderos de conventos con pequeños cajones y cestas, mozos vestidos de negro y afeitados, niños con el traje galoneado de oro, niñas, de dos en dos, con uniformes vestidos azules. Hay una diminuta catedral, una microscópica obispalía, vetustos caserones con la portalada redonda y zaguanes sombríos, conventos de monjas, conventos de frailes. A la entrada de la ciudad, lindando con la huerta, los jesuitas anidan en un palacio plateresco; arriba, en lo alto del monte, dominando el poblado, el Seminario muestra su inmensa mole. El río --por aquel entonces-- corre rumoroso, de escalón en escalón, entre dos ringlas de viejas casas; las calles son estrechas sórdidas; un olor de humedad y cocina se exhala de los porches oscuros; tocan las campanas a las novenas; entran y salen en las iglesias mujeres con matillas negras, hombres que remueven en el bolsillo los rosarios». Es la visión decadente, tal y como acontecía en la España de la época, de una ciudad adormecida desde hacía muchos, muchos años…

José Guillén García, estudioso de Azorín, nos relata el segundo encuentro, mucho más breve que el anterior, del escritor monovero con la ciudad del pájaro oriol en «El libro de Levante» (1929): «Orihuela y su huerta. Opulenta y religiosa, calles estrechas y catedral diminuta. Naranjales; follaje oscuro y bolitas múltiples de oro».

Pero es en su «Sintiendo a España » (1942) donde Azorín, en palabras de Guillén García, posa sus ojos sobre la vieja ciudad con arrepentida delicadeza, cincuenta años después: «He llegado a Orihuela… La estación se halla a diez minutos de la ciudad. Todo respira, en esta época del año, intensa vida… Se respira vida en las plantas, en las flores y en los frutos. El ambiente es denso, embriagador, en estos días de la primavera, y el ánimo se siente embargado por un leve sueño dulcísimo… La ciudad es interesante. He visitado ya la diminuta catedral --obsesiva definición a lo largo del tiempo para el de Monóver. El “Beadeker” dice de ella que es insignificante. Pero yo puedo aseverar lo contrario. Gótica, airosa y fina, encanta el encontrarse el viajero en sus naves. Y la reja del coro es una obra primorosa de forja».

Azorín se adentra en la vida palpitante de la ciudad y, como no, visita el mercado matinal, impregnándose de sus olores, colores y sabores: «Mis ojos se recrean plácidamente con los rojos encendidos, los amarillos y los verdes. Los rojos de cerezas y fresas, los amarillos de nísperos y albaricoques, los verdes de la fresca hojarasca que sirve de lecho a las exquisitas frutas…» Y recorre, de nuevo, tras tanto tiempo sin hacerlo, sus callejas: «Me he detenido en las puertas de los viejos talleres; carpinteros, fraguas, alfayates que, en el tablero, van cortando el paño con sus pesadas tijeras». Una Orihuela, nos advierte, en la que su lengua ya no es la de Ausías March sino la de Cervantes. En la que el Segura o Tader riega sus fertilísimas tierras… Una ciudad, finalmente, que, para el maestro, «con ser alicantina, participa más de Murcia que de Alicante…».

   
 

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