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- Ecos de la Costa, con sede en la ciudad de Colima,
abarca todo el territorio estatal y municipios colindantes del sur de
Jalisco y Costa de Michoacán, México.
Rubén Martínez González
Admirado por
unos y menospreciado por otros, José Augusto Trinidad Martínez Ruiz es,
sin duda, un referente en las letras españolas del siglo pasado.
Periodista, narrador y ensayista, forma parte del grupo de escritores
españoles de la llamada “Generación del 98”, a la que él precisamente
bautizó.
Juan José Arreola, en su antología, Lectura en voz alta, editada
por Porrúa en la Colección Sepan Cuantos… rescata un texto de este
autor, en donde ofrece algunas reflexiones en torno a la redacción.
“Todo debe ser sacrificado a la claridad. Otra cualquier
circunstancia o condición, como la pureza, la medida, la elevación y la
delicadeza, debe ceder a la claridad. Sí; lo supremo es el estilo
sobrio y claro. Pero, ¿cómo escribir sobrio y claro cuando no se piensa
de ese modo? El estilo no es una cosa voluntaria, y ésta es la
invalidación y la inutilidad –relativas- de todas las reglas. El estilo
es una resultante… fisiológica. Cuando el estilo es oscuro, hay motivos
para creer que el entendimiento no es neto: estilo oscuro, pensamiento
oscuro. La sencillez, la dificilísima sencillez, es cuestión de método.
Haced lo siguiente y habréis alcanzado de un golpe el gran estilo:
colocad una cosa después de otra. Nada más; eso es todo. ¿No habéis
observado que el defecto de un orador o de un escritor consiste en que
coloca unas cosas dentro de otras, por medio de paréntesis, o de
apartados, de incisos y de consideraciones pasajeras e incidentales?
Pues bien, lo contrario es colocar las cosas-ideas, las sensaciones,
unas después de otras. ‘Las cosas deben colocarse –dice Benjaramo-
según el orden en que se piensan y darles la debida extensión’. Mas la
dificultad está… en pensar bien”.
Reflexión interesante de Martínez Ruiz (por cierto, los apellidos
de mi abuelo), en donde habla sobre todo de la ilación que debe
caracterizar a un discurso coherente, más que de la construcción de
oraciones simples, es decir, que no tienen en su estructura la
yuxtaposición, la subordinación ni la coordinación, que rompen la
estructura lineal de la oración. Se refiere entonces a la exposición
completa de una idea antes de pasar a la siguiente, sin revolverlas,
entremezclarlas, sin dejarlas a medias antes de abordar la siguiente,
es decir, sin cantinflear. Y esto vale tanto para lo hablado como para
lo escrito, que en ambos lenguajes puede presentarse.
Un discurso claro y coherente es siempre garantía no sólo de que se
habrá dicho lo que se quiso decir, sino de que será interpretado
correctamente por quien lo oiga o lo lea. Sin embargo, la vida diaria
nos ofrece innumerables ejemplos que contradicen esto que parece
elemental. En la escuela, en la calle y en los medios no es difícil
encontrar personas que parecen no tomar en cuenta la regla básica que
ofrece Martínez Ruiz: pensar con claridad como condición para poder
decir con claridad. Por el contrario, si la confusión existe en las
ideas, habrá de reflejarse en el sonido o en el papel.
El autor de que hablamos murió en 1967, a los 94 años de edad, y es
conocido por el seudónimo de “Azorín”