ABC - CARLOS SECO SERRANO DE LA
REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
HACE dos años, y en representación de la Real Academia de la
Historia, acudí a Logroño para participar en los actos
conmemorativos del centenario de Práxedes Mateo Sagasta, ilustre
riojano que en un tiempo fue encarnación del liberalismo
progresista, y constituyó, a partir de 1876, uno de los pilares de
la Restauración canovista (Era, además, un político afable. Decía
Azorín: «A Cánovas, se le admiraba; a Sagasta se le quería»)
Los actos aludidos culminaron en la reposición de la estatua del
patricio; estatua que había sido derrocada bajo el régimen de
Franco. Y es que -no nos engañemos- esto del derribo de estatuas ha
constituido siempre un rito, repetido cada vez que se producía un
bandazo político en España (curiosamente, Franco, que tantas
estatuas hizo derribar, respetó la de Espartero, que siguió erguido
en su bien dotado caballo, pese a que era el símbolo de la
revolución liberal, tan denostada por el régimen franquista. Lo
hizo porque, según sus palabras -así me lo contaron a mí- «al fin y
al cabo, se trataba de un militar»).
La segunda República se había aplicado, asimismo, a derribar
estatuas, apenas producido su advenimiento. Creo que no lo hizo con
la de Alfonso XII, dada la altura de su emplazamiento en el bello
monumento del Retiro. En cambio, se cargó la del pobre Felipe III,
que centraba pacíficamente la Plaza Mayor -memorable regalo del
Monarca a Madrid y a los madrileños-.
Pero en fin, estos lamentables derribos perpetrados por unos y por
otros, se produjeron siempre al calor de las circunstancias,
revolucionarias o reaccionarias. Lo que resulta insólito es lo
ocurrido recientemente con la estatua ecuestre de Franco, derrocada
en frío, sin que viniera a cuento: en un acto que reviste todos los
caracteres de una deliberada y estúpida provocación. Que yo diga
esto, y que lamente desde luego el atentado simbólico, no responde
a mis puntos de vista respecto al General y a su régimen: nunca he
sido franquista; es más, en mi caso, ser franquista supondría algo
así como un pecado contra natura. Pero puedo entender las razones,
y la lealtad de los que lo son. Me había parecido siempre un
auténtico símbolo, un símbolo ejemplar de la reconciliación de las
dos Españas, esto es, del final de la guerra civil, que pudiesen
convivir, en un privilegiado enclave urbano de nuestra ciudad, las
estatuas de Prieto, de Largo Caballero... y de Franco. Esa
convivencia constituía, por sí sola, un monumento a la paz y la
reconciliación, lo que significó la transición: lo que desde el
principio abanderó el Rey Juan Carlos.
La retirada de la famosa estatua -y su «eco» en otras capitales de
provincia- ha resucitado, por lo pronto, todos los posos de un
rencor -de un odio- que parecía amortiguado; ha reanimado la lumbre
entre lo que parecían ya cenizas. A poco del episodio en cuestión
pasé por aquel lateral de la plaza de San Juan de la Cruz: el
pedestal vacío se había convertido en una especie de «muro de las
lamentaciones». No sólo se acumulaban ante él y sobre él ofrendas
florales, sino inscripciones alusivas al franquismo, que parecían
añorar, o desear, una vuelta a los planteamientos y consignas de la
guerra incivil: por ejemplo, aquello de «la conjuración judeo-masónica»,
en la que alguien creía ver la clave del «atentado». Y por
supuesto, las estaturas próximas -la de Prieto, el iniciador de las
obras luego culminadas en los «Nuevos Ministerios»; la de Largo
Caballero, cuya labor más notable, antes del desastre en que acabó
la República, fue la que desempeñó al frente del Ministerio del
Trabajo durante el bienio social-azañista-, se habían convertido en
vertedero de inmundicias.
La ofensiva «en frío» contra la estatua de Franco me recuerda la
que, hace dos o tres años, se desencadenó en la hermosa ciudad de
Burgos contra las lápidas dedicadas a figuras más o menos
destacadas de su pasado reciente. Cierto que en la ciudad
castellana había un verdadero exceso de inscripciones relativas a
los generales de la «cruzada». Pero cuando se impuso la decisión de
hacerlas desaparecer, cayeron generales de entonces y de mucho
antes. Por mi parte, dediqué un artículo a este despropósito. Y es
que, por lo común, un mínimo de cultura histórica suele estar
ausente de la ofensiva «derribadora» (diré más: la cultura está
ausente de estos «desahogos» populares, o no tan populares. El
pasado, los hechos del pasado, no se pueden borrar. ¿O acabaremos
por «tachar» lo que nos parezca inconveniente en los libros de
Historia?)
He vuelto a pasar, hace unos días, por «el lugar del crimen».
Aislado del pedestal famoso, se le ha liberado de ofrendas y de
ex-votos. Pero las efigies de Prieto y de Largo (sobre todo la de
este último) siguen padeciendo la inquina de los franquistas.
Me pregunto yo: ¿qué se perseguía con la retirada en frío de la
estatua de Franco? Sin duda, situarnos de nuevo en la tesitura
mental de los años treinta. ¿Apunta a ello también el reto lanzado
a los fieles a Franco y José Antonio con el nuevo proyecto sobre el
Valle de los Caídos? Por Dios, no. No volvamos a las andadas.
Por los días en que la transición pacífica -encarnada por el Rey,
lograda por Adolfo Suárez- se hacía venturosa realidad, afirmando
la necesidad de olvidar (¿recuerdan los que me leen aquel
estribillo que acompañó a las primeras elecciones democráticas:
«libertad sin ira, libertad»), se produjeron réplicas negativas
desde el sector de la izquierda: lo que era necesario, según ellas,
era «recordar».(¿Que recordasen los de una parte, no los de la
otra? Porque el cainismo lo practicaron todos).
Pienso que sí: hay que recordar. Pero lo que hay que recordar es el
lamentable ambiente de provocación y desafío que en la «primavera
trágica» padecimos los supervivientes de aquello: un ambiente
irrespirable que desembocó, fatalmente, en la guerra civil. Eso es
lo que conviene recordar para no repetir una situación semejante.
Por desgracia estamos viendo, día tras día, un constante empeño de
provocar, de renovar viejas heridas. La última muestra, llevada a
un extremo intolerable, ha sido la bufonada sacrílega perpetrada
por Carod y Maragall en Israel: un ultraje a la sensibilidad
cristiana que pone de relieve, ante todo, la lamentable ignorancia
en que, tanto uno como otro, viven respecto a la mentalidad y los
sentimientos de la inmensa mayoría de los españoles, catalanes o
no, neofranquistas o no -una ignorancia que les descalifica como
líderes políticos, más aún, como representantes de una idea
democrática que no sabe «conectar», sino romper con sus posibles
votantes-.
Que tengan en cuenta esta realidad asimismo los que, desde el
Gobierno del Estado, parecen empeñados en provocar, en alzar contra
sí a quienes en principio no tenían por qué haber sido sus enemigos
en las urnas, pero que, de seguir así las cosas, van a sorprender a
más de uno a la hora de la verdad.
Como no me duelen prendas, añadiré de otra parte -dirigiéndome
ahora al señor Rajoy y sus seguidores- que la «oposición
democrática» no debe ser entendida como una trifulca convertida en
sistema. Porque sigue siendo actual la advertencia de Cánovas. «No
hay posibilidad de gobierno sin transacciones justas, lícitas,
honradas e inteligentes».